NOUS (el hombre de humo) trata sobre un asesino serial muy peculiar, y sobre la Muerte... ¿Somos un capricho darwiniano de la Naturaleza, no más que un accidente planetario? ¿Por qué no tenemos mensajes o señales fehacientes de los que se han ido al más allá? ¿Por qué...?
Mientras
la Ciencia avanza, ella (la Muerte) se disfraza de tecnología e
indiferencia para infiltrarse (como siempre) en nuestros miedos más
atávicos.
¿Sabes qué significa el término NOUS, lector? Es probable que no. No importa. Ya lo descubrirás con la complicidad de los personajes de esta extraña novela: NOUS, el Hombre de Humo.
YANKO DURÁN
Nous
(EL HOMBRE DE HUMO)
Julio – 2013
Hecho el Depósito de Ley:
Ifi25220138002149
ISBN: 978-980-12-6706-5
Licencia SAFECREATIVE
(Todos los Derechos Reservados)
Guía del lector:
(Personajes principales que aparecen en la novela)
Guacaipura: Santera, bruja y curandera.
Dra. Guillermina Viscaya Salazar: Prestigiosa siquiatra.
Guillermo Viscaya Salazar: Hermano de la anterior;
Inspector de la policía científica.
Hermes García: Viejo actor de teatro.
Ramona de García: Su esposa. Enfermera Graduada.
Berta Barazarte: Anciana enferma.
Iris Galíndez: Actriz de teatro.
Patricia Galíndez de Vizcaya: Hija de la anterior y esposa del Inspector.
Israel Maza: Detective de Homicidios.
Padre Ignacio Villamizar: Sacerdote católico.
Dr. Amadeo Carranza: Siquiatra, Sicólogo y metafísico.
Tamanaca: Hija del anterior.
Joao de Riveira: Dueño del abastos La Marejada
CONTENIDO:
Preliminar
I: Mina
II: el Viejo Vampiro
III: el Ángel de Dios
IV: el Desconcierto
V: NOUS
VI: el Fantasma
VII: el Mensaje
VIII: Hermes
IX: el Accidente
X: el Metafísico
XI: el Duelo
XII: el Ente
XIII: la Esposa
XIV: la Aclaración
XV: el Dragón
XVI: la Despedida
PRELIMINAR
“Al abandonar con brusquedad el mundo químico, la consciencia huye, pero luego retorna”, lo tranquilizó la voz.
–¿Qué
mundo químico? –dijo, entrando a la dimensión del pánico profundo–.
¿Qué me quiere decir…? ¿Por eso es que casi nadie puede verme? ¿Por eso
es que ahora soy como etéreo…, como de humo… porque estoy... muerto?
¿Es eso?
ΨΨΨΨΨΨΨ
En la vieja plaza de La Pastora, al norte
de la ciudad, esa tarde había niños jugando la ere y fusilao, liceístas
de ambos sexos estudiando o fingiendo que estudiaban sus libros y
cuadernos, adultos aburridos sacando crucigramas y dameros con ese aire
ausente y definitivo que sólo se ve en las personas mayores cuando
realizan un trabajo que saben baladí; un heladero sacudiendo su
productiva y desafinada campanilla, una anciana con bastón y vestida de
luto dirigiéndose a la iglesia situada al norte de la plaza, un muchacho
moreno vendiendo un raspado a un hombre de barba blanca a través de la
ventanilla de un taxi, dos viejos de sombrero cazando las curvas de las
pocas jóvenes que atravesaban de extremo a extremo aquel espacio
público...
De pronto, una mujer de piel negra ataviada con una
escandalosa falda color rojo sangre y blusa y zapatos de tacón verdes se
dirigió con paso raudo hacia la iglesia mirando hacia atrás como si la
hostigase una jauría hambrienta... Se detuvo un instante frente a una de
las puertas para leer con cierta zozobra lo que estaba escrito en una
placa de mármol blanco en el muro:
“Ninguno es tan bueno
que no necesite entrar”
Nadie
en la plaza ni en las calles aledañas pareció tomar en cuenta la
desacostumbrada prisa de una mujer que visitaba un templo cristiano en
horas de una calurosa tarde de comienzos de mayo vestida de verde y
rojo.
Tampoco nadie notó la figura que lucía un elegante esmoquin
negro (cual si asistiera a la más rancia ceremonia en la cual exigieran
rigurosa etiqueta) y que se dispuso a entrar al recinto sagrado, pero
se detuvo a leer el mismo aviso en la pared que examinara la mujer de
falda roja.
Al concluir, miró hacia el interior del templo, pero no
penetró, sino que fue hasta la otra puerta, la de la izquierda, con aire
entre indeciso y temeroso, y observó la otra losa, de idénticas
proporciones a la anterior, con una leyenda parecida:
“Ninguno es tan malo
que no pueda entrar”
Algunos
fieles, con aire cansino, salieron del santuario y pasaron junto al
hombre de etiqueta sin dirigirle una mirada de pueril curiosidad
siquiera.
“Tengo que averiguar qué me está pasando”, pensó él, y
entre asustadizo y renuente entró en la casa de Dios en pos de la mujer
negra vestida de verde y rojo.
I: Mina
“¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño
y los sueños, sueños son.”
(Calderón de la Barca)
Una
densa niebla descendía sobre los postes de pálida y vidriosa luz,
opacándolos y dificultando la visión. La fina cortina de lluvia que
bajaba, incesante, contribuía a darle a la solitaria calle un ambiente
espectral y amortiguaba un poco el eco de los asustados pasos de la
mujer (que vestía un sobretodo oscuro con capucha y zapatos de tacón
alto, rojos).
Volteaba nerviosamente hacia atrás a cada segundo, la mujer, como si alguien o algo quisiera alcanzarla.
Y, en efecto, algo la perseguía.
Por
sobre el silbar de la brisa lloviznada se podía percibir un ruido
indefinible que quizá pudiera semejarse al batir de un par de
gigantescas alas acercándose.
La mujer (muda por un terror que mucho
tenía de irracional) detuvo su carrera contra un añoso árbol desabrigado
de ramas. Se aferró a su tronco y volteó a mirar hacia arriba por
detrás de su hombro al apreciar el ruido aleteante más cerca. Alcanzó a
distinguir una sombra informe que se le venía encima. Cerró los párpados
con fuerza, pero sin que a su mente o a su garganta viniera ninguna
oración o súplica en demanda de auxilio.
Cuando volvió a abrirlos,
todo el entorno y el ambiente habían cambiado: Ya no llovía; había
brisa, pero era cálida y salada... Sintió húmedo el suelo... Ahora
estaba pisando la arena mojada de una solitaria playa con sus pies
descalzos. No llevaba ya sobretodo con capucha sino una bata de organdí
blanco, muy ligera, y corría, espantada y jadeante, con las olas
lamiendo sus tobillos, como si la invitaran al último abrazo. Corrió
más, alejándose del agua; corrió con desesperación, pero a cada paso la
arena mojada era como una boca, como infinitas fauces que quisieran
tragársela... De pronto se detuvo, acezante, y volteó hacia arriba
buscando en el aire el origen de su pánico..., pero nada descubrió.
Desde
lo alto, la luna arrancaba reflejos bruñidos a las hambrientas aguas.
Al escuchar el aleteo de nuevo muy cerca de su espalda, remprendió su
huida, pero entonces chocó con un borroso y enorme bulto aparecido
repentinamente frente a ella.
Con ojos rojizos, hipnóticos, el
engendro desplegó sus alas negras y la arropó, y la mujer sólo alcanzó a
emitir un corto grito de horror antes de hundirse en el pavoroso vacío
de su miedo...
ΨΨΨΨΨΨΨ
La doctora Guillermina (Mina)
Vizcaya Salazar, que dormitaba con la cabeza recostada en el espaldar de
su cómodo sillón forrado de pana azul, despertó con brusquedad.
Momentáneamente desorientada echó de ver que estaba en su consultorio.
Como el recinto estaba en penumbras, encendió una lámpara de mesa. Se
masajeó los párpados.
Al revivir su sueño de siempre, su recurrente obsesión, masculló, molesta, mientras encendía un cigarrillo:
–¡Vampiro maricón!
Cuando
daba una tercera y profunda bocanada, sonó su teléfono celular. Lo tomó
de encima de su mesa de trabajo, chequeó la pantalla y atendió, con
acento cansado:
–¿Aló, Memo..., qué haces?
–Epa, Mina, ¿qué fue,
qué novedad hay? –preguntó por el auricular una voz de hombre, con tono
cariñoso–. ¿Todavía en el consultorio, chamita?
–Todavía, chamo –respondió, con un suspiro.
–Mira, ¿y qué pasó? ¿Se te olvidó la vaina en casa de los Aparicio? Yo voy en camino.
–No, no, allá nos vemos –atajó, bostezando ruidosamente–. Ay, perdón...
–¿Qué pasa, todo bien?
–Sí, sí... Es que tuve un día muy agitado. Cuando se fue mi última paciente, me quedé dormida en el sillón, y adivina qué...
Una risita burlona pero simpática se escuchó del otro lado de la comunicación.
–¿Soñaste otra vez con tu vampirito?... ¡Qué bolas!
–Deja la vaina, Memo. Nos vemos ahorita.
ΨΨΨΨΨΨΨ
–¡Ah!
–exclamó, transfigurado–. ¡Tierra venida de Transilvania, nación de mis
ancestros! ¡Apropiado lecho para mi reposo! –siguió, proyectando la
voz, el Conde Drácula, con exagerado acento melodramático.
Tendió la
vista y el puñado de tierra que había recogido hacia el exiguo aforo
asistente al viejo teatro del centro de la ciudad. Frente a él, en un
extremo del proscenio, sobre un montón de tierra de utilería (aserrín
pintado), yacía un vulgar y feo féretro de madera moteado de negro, sin
tapa.
Al fondo y en los laterales del pequeño escenario, espesos
cortinajes (que alguna vez fueron carmesí encendido, ahora convertidos
por el uso y el polvo del tiempo en anodinos remedos de lujo y
esplendor) proyectaban la ilusión de que el ataúd hacía las veces de
lecho de la criatura avernal.
Hacia el foro y a la derecha, una luna
llena de anime animada por un farol púrpura proyectaba su ilusorio
resplandor a través de un ventanal. El opaco y amarillento crepitar de
cuatro enormes y solitarios cirios engarzados en sendos candelabros de
pie flanqueando la urna desdibujaban las facciones del viejo actor que
interpretaba al vampiro.
Desde luego, el Conde vestía de etiqueta,
como Hollywood imponía desde que le arrebatara el personaje a Abraham
Stoker y a la literatura del terror: ancha capa rojinegra, esmoquin
negro, camisa blanca con pechera y mangas orladas, corbata de lazo,
zapatos de charol y guantes oscuros.
Una pareja joven que estaba en
primera fila bostezó ruidosamente al tiempo que Drácula se volvía hacia
ellos con mirada de animal salvaje y exclamaba, con terrible acento:
–¡Ya he asegurado mi descanso, pero debo alimentarme! ¡Necesito sangre fresca para mi sed de siglos!
Un
ruidoso chirriar de anillas indicó que el viejo telón se ponía en
movimiento y en tanto el avejentado Conde seguía con la sanguinolenta
mirada clavada en la parejita se escucharon algunos aplausos de
compromiso entre el escaso público asistente.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El
rancho era miserable. Un espacio de 6 x 6 metros dividido
aproximadamente a la mitad por una descolorida cortina verde. Por entre
las láminas de cinc de techo y paredes se filtraba el oscuro rumor de la
quebrada, el chillido embrutecedor de los grillos y el frío que bajaba
del cerro.
Afuera, en el sendero bordeado de ranchos igual de
míseros y tristes, bajo las luces indigentes del mezquino alumbrado
público, las comadres conversaban en voz baja sobre la posible causa del
estado (casi agónico ya) de la anciana enferma y sobre las facultades
de la curandera llamada por la hija.
En el interior de la morada de
piso irregular, la mujer de piel negra, falda y cota de colores vivos y
pañolón anudado sobre la cabeza, de unos treinta años de su edad, estaba
ensalmando (entre apestosas nubes de humo del tabaco que a ratos
fumaba y los ramazos que propinaba con unas chamizas igualmente
pestíferas) a una mujer de respiración estertórica que yacía sobre un
lecho pequeño. Tenía los párpados cerrados y expresión dolorida, pero a
ratos los abría y miraba a la bruja con ojos en los que brillaba una
indescifrable súplica mezclada con un resignado desdén. En el rostro de
la curandera se había aposentado una cierta conmiseración, como un
secreto reproche.
Del otro lado de la cortina, a respetuosa
distancia, Josefina, la hija de la enferma, ya con siete meses de su
tercer embarazo, observaba.
Al rato preguntó, en un susurro:
–¿Será que mamá se mejora con el ensalme aunque sea un poquito, Guacai-pura?
La
negra del tabaco no respondió al momento. Tomó la botella que tenía
delante y sorbió un gran trago de aguardiente que luego regó sobre el
pecho de la enferma con una larga espiración, entre la humareda del
cigarro.
Después volteó a mirar a la barrigona:
–Guá, de cajón
que Berta se tiene que mejorá, chica. Lo que pasa es que tú no conoces
bien la facultá de esta negra en acción, Josefina, y te falta fe... Ven
acá más bien...
Con ademanes medrosos, la mujer se acercó a la
curandera llamada Guacaipura. Era ésta de marcada fisonomía negroide,
abultada nariz y dientes enormes y dispares, con el cabello ensortijado
peinado en incontables hilachas o mechas de escandalosos tonos rojizos y
morados que apenas se distinguían debido a la pañoleta que usaba cuando
efectuaba sus curaciones.
–Dime, Guacaipura.
–Ajá... Mira, ya
‘tá ensalmá y rezá. Ahí te traje saúco y salvia, pa que le hagas un
guarapo y se lo das bien caliente cada cuatro horas, ¿oíste? –dijo.
Luego
señaló el pequeño altar más arriba de la cabecera de la cama en el cual
había estatuillas de figuras religiosas y paganas entre las cuales
destacaba una del Indio Guacaipuro (o Guaicaipuro):
–Y síguele poniendo la vela y el aguardiente al tocayo, pa que veas que tu mamá se va a mejorar de un to, ¿oíste?
Como
la barrigona asintiera en resignado silencio, Guacaipura se agachó a
acariciar una mejilla de la enferma, que abrió los ojos y le dirigió una
mirada indescifrable.
–Chaíto, pues... Josefina te va a hacé un guarapito que te va a poné las pilas nuevecitas otra vez, ¿oíste, Berta?
La anciana cerró los ojos, cansada, con una mueca de hastío. La bruja atravesó la cortina, seguida de la otra.
–Bueno, me voy pa mi rancho, pero cualquier cosa me avisas, sin pena ninguna, ¿oíste?
–Dios te pague, Guacaipura –dijo, en un susurro.
–Guá, yo preferiría que fueras tú –respondió, guasona, guiñando un ojo–. Nos vemos, pues.
II: el Viejo Vampiro
“La finalidad de la tragedia
es conmover y sorprender
al auditorio, pero solo
transitoriamente.”
(Polibio)
–¡Hermosa
mía, el amor de los hombres es una ficción, un sueño, un vano delirio,
una impostura! –dijo el vampiro con apasionado y ampuloso tono,
dirigiendo la mirada a las últimas filas, casi vacías del todo.
El
decorado había cambiado. Ahora la escena representaba la lujosa
habitación de Guillermina (Mina) Murray, la mujer que el Conde Drácula
había elegido para perpetuar su especie, según la sinopsis del programa
teatral.
El viejo actor estaba delante del ventanal de cortinas de
blanca gasa, vestido con el esmoquin que usara en la escena anterior.
Mina, la mujer que era su obsesión, de rodillas en el lecho de rojas
sábanas, cubría su cuerpo únicamente con un provocador camisón de dormir
de seda azul; el rubio cabello le caía en cascada a la espalda. Ya no
era joven (contrario a lo que indicaba la historia original de Stoker),
pero no deslucía en su personaje, y se veía atractiva y tentadora aún.
El
Conde se volvió bruscamente hacia ella, con un revolotear de su hermosa
capa (escarlata por la cara interior) y ella, subyugada por su
presencia, avanzó de rodillas sobre el tálamo hasta situarse en la
orilla, para que la criatura le tomara el rostro entre sus manos
enguantadas:
–Sólo los seres especiales como yo tenemos el poder de ofrecer los goces de la perennidad del amor...
Hermes
García, el veterano actor que encarnaba al vampiro de edad indefinible,
recitaba con bastante convencimiento su parlamento. Elevó las
ensangrentadas pupilas hacia la artificiosa luna:
–¡Yo soy eterno,
Mina, como la sombra! ¡Soy el Príncipe de la Noche, y te ofrezco el
amor...! ¡Te ofrezco el amor, Mina Murray, porque yo soy el Amor!
...Concluyó
con arrobado acento, y la atrajo hacia sí y la besó sonora y
teatral-mente. Así quedaron mientras las luces del escenario iban
agonizando perezosamente esperando los aplausos, que comenzaron a
resonar tibiamente, sin llegar al entusiasmo, en tanto las luces de la
sala se encendían para indicar el intermedio.
ΨΨΨΨΨΨΨ
La
quinta de los Aparicio era enorme y vieja, pero con jardines bien
cuidados, árboles frutales y una piscina gigantesca y circular.
La
celebración estaba en su apogeo, y a pesar de que era informal, se veía
gente engalanada (sobretodo mujeres). No había mucho alboroto, sin
embargo, quizá porque los finos licores que repartían por doquier los
empleados de la agencia de festejos contratada al efecto apenas
comenzaban a surtir su burbujeante efecto.
–¿Qué...? ¿Crees que no es serio o qué? –repitió la mujer, mirando al hombre.
Era
la doctora Guillermina (Mina) Vizcaya Salazar. Estaba sentada con aire
aburrido en una de las sillas blancas colocadas en la grama cerca del
borde de la piscina, trago en mano y frente a su hermano, el Inspector
Guillermo Vizcaya Salazar.
La siquiatra tenía estatura de reina de
belleza (medía 1 m. 77 cms.) y una interesantísima mezcla de rasgos
germánicos y aborígenes caribeños en los cuales predominaban un par de
ojazos verdes y oscuros que podían llegar a ser atemorizantes si ella le
daba suficiente fijeza y fuerza a la mirada. Vestía pantalón, blusa y
saco blancos, que contrastaban elegantemente con su larga cabellera
castaña, casi rojiza.
Estaba en la plenitud de sus treinta y cinco
años la doctora Mina Vizcaya Salazar. El Inspector de la Policía
Científica Guillermo Vizcaya Salazar, su único hermano, era alto y
fornido, con las facciones más aindiadas que Mina y una espesa mata de
cabello negro que ya empezaba a teñirse con la nieve de los cuarenta.
Calzaba zapatos de cuero de gruesa suela y usaba bluyíns, camisa azul
manga larga, corbata unicolor, paltó oscuro y un par de gafas negras que
no se quitaba ni para limpiarlas.
Sin apartar la vista de un par de
muchachas en minúsculas y apretadas falditas que le miraban a
hurtadillas pero provocándolo, el Inspector Vizcaya Salazar sonrió:
–¿Qué fue, pana? ¿Vas a pagar tu mal día conmigo? ¿Yo tengo la culpa...?
–No, pero...
–A
mí me tiene loco un maniático que mata viejitos desahuciados y que deja
notas raras, las que quiero que examines, dicho sea de paso, pero no le
echo el ganso a nadie...
–¡Ay, no, Memo, por Dios!... Hoy no,
chamito... Ese es tu trabajo, y te pido por favor que no menosprecies mi
rollo, porque te juro que es legítimo –se quejó, con grave rostro.
Él se carcajeó, mirando a las niñas de bonitas piernas. Mina se puso dramática, casi patética.
–No
te rías, Memo, no seas así –pidió, mimosa, y añadió, fastidiada y
mirando en derredor–. ¿Qué hacemos tú y yo en medio de esta gente
insensible, que ni en cuenta nos toma? Esta vaina es para sifrinos.
Guillermo Vizcaya Salazar, incontenible, soltó una sonora carcajada que llamó la atención de algunos invitados cercanos.
–¡Adiós cará! –rió más–. ¿Qué fue eso, Mina?
Burlón,
imitó el tono profesional de ella cuando daba una conferencia o
diagnosticaba un quebranto mental: “¿una frustración emocional o el
desahogo de un reprimido sentimiento misantrópico”, ah?
La miró, cariñoso y todavía levemente sarcástico. Ella sonrió, vacua, y miró su vaso vacío.
–Coño,
Memo, es en serio, vale. Estoy, no sé..., deprimida..., ladillada –hizo
una pausa–. Entre el imbécil de Adrián Herrera y el vampiro acosador de
mis pesadillas me tienen hecha leña.
Guillermo tomó dos vasos llenos de la bandeja de un mesero que acertaba a pasar a su lado y le ofreció uno:
–Bueno,
te tengo la solución –expuso, con una media sonrisa pero en tono
serio–: manda al casanova de Adrián Herrera al carajo y quédate con el
vampiro... Al menos el Conde Drácula no te monta cachos.
–Ni se sabe
–dijo Mina en un suspiro–. Mira que le he dado vueltas a la cabeza
examinando esa extraña fijación mía con el chupasangre, pero no le
encuentro explicación.
–Ah carajo, chica, hazte analizar –dijo el
Inspector, apartando la mirada de las carajitas un momento y posándola
en su hermana–… Total, a ti te sale gratis.
–Coño, no te burles, Memo.
–No
me burlo, chamita, es en serio. ¿No se te ha ocurrido que a lo mejor
Drácula te persigue porque te llamas Guillermina y los tuyos te decimos
Mina, igual que a su novia en la novela original?
Pero a ella no le agradó la agudeza.
–¡Ay, no me jodas!
Encendió un cigarrillo y le lanzó el humo al rostro.
–Hasta un policía debería saber que un personaje de ficción no puede obsesionar a alguien a menos que ese alguien se deje.
–Pues no te dejes, y ya.
–Ojalá fuese tan sencillo como decirlo –comentó.
Miró a cuatro o cinco infantes que alborotaban alrededor de la piscina y entonces soltó el verdadero motivo de su mal humor:
–Hoy mandé al galán de playa de Adrián Herrera a freír espárragos.
El hermano soltó la carcajada ipso facto:
–¡Ah, vaina!... ¡Ahora sí entiendo: tú lo que cargas encima es tremendo despecho, chama!
Mina lo miró y sonrió. ¿Sería por su profesión que Memo no podía evitar ser tan directo?
–Puede ser. ¿Sabes lo que solía decir Amadeo Carranza, mi mejor
profesor de psicología?
–No. ¿Qué?
–...Que por cada persona despechada, existen al menos nueve que la envidian.
Él volvió a carcajearse contagiosamente:
–No jodas; eso es una pendejada.
–Lo
mismo le decía yo. En todo caso, estoy harta de hombres que sólo
quieren ser manipulados sexualmente y también del bendito draculita que
me inmoviliza con su capita de carnaval y luego se evapora..., y me
despierto.
–Jejeje –hizo Guillermo, guturalmente–; ¿y qué cara
tiene tu vampiro? ¿Es Bela Lugosi, Boris Karloff, Christopher Lee, Tom
Cruise, Robert Pattinson... o tiene la cara del chulito maricón Adrián
Herrera?
–No, no... No es nadie que yo haya visto, ni del cine... No sé quién carajos es, no lo conozco.
–Qué vaina más rara, ¿no?
–Ni tanto –respondió ella.
Con evidente fastidio bebió el trago de un golpe. Miró en derredor de nuevo.
–Mira,
creo que no fue buena idea venir a esta joda. Vente, vamos a un sitio
donde la gente beba por motivos anímicos. Yo invito.
El Inspector se
levantó junto con ella de la silla, le pasó un brazo por los hombros y
se dirigieron a la salida sin que nadie se fijara en ellos.
–Hecho –dijo él–, pero asegúrate de llevar tarjeta o chequera.
–¿Cómo así?
–¿Cómo así? ¡La última vez que me invitaste dejé la quincena en aquel bar!
–¡No seas cobero, chico! –rió ella.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El tráfico era verdaderamente estresante ese día, a la hora cuando terminó la función.
El
viejo centro de Caracas parecía un bazar persa, según la manoseada
expresión que usaba en cada ocasión Ramona de García, la mujer de Hermes
García, el actor.
Desde luego, tenía razón: autobuses, busetas por
puesto, vehículos de carga, taxis, autos particulares, motorizados y
peatones, en desatinada y descomunal balumba, se obstinaban en
adelantarse unos a otros y en apostar a cuál hacía más ruido,
convirtiendo las estropeadas calles caraqueñas en un auténtico
pandemónium.
El escaso público asistente al teatro había abandonado ya el salón.
Frente
a la vieja edificación llegó un volkswagen y, como pudo, Ramona Alcorta
de García se mal estacionó cerca a esperar a su marido. Era una mujer
ya mayor de cincuenta años, pasada de peso, pero aún activa y saludable.
Trabajaba desde hacía muchos años, por turnos, en más de uno de los
hospitales de las zonas norte y sur de la ciudad, y acababa de salir de
su guardia en uno de ellos, razón por la cual aún vestía su blanco
uniforme de Enfermera Jefe o Graduada, como se les llamaba en Venezuela.
En vista de que estaba cayendo una ligera llovizna, Ramona de
García se había puesto un suéter para el frío. Después de unos minutos
salieron del local el actor e Iris Galíndez, la actriz que interpretaba a
la Mina de Drácula, ambos en ropa de diario. Al divisar a su esposa
dentro del carro, Hermes García se detuvo en el quiosco de la esquina y
compró unas chucherías para ella y para su compañera de elenco, como
acostumbraba.
Iris-Mina acompañó al histrión hasta el carro. Al
verlos acercarse, Ramona, como solía hacer, se corrió en el asiento para
cederle a su marido el lugar del conductor. Iris Galíndez se inclinó
hacia la ventanilla en tanto Hermes daba la vuelta.
–Hola, Ramona. ¿Muchos pacientes...?
–Como siempre –respondió ella, dejando que su cansada faz dibujara una sonrisa de compromiso–. ¿Y tú? ¿Mucho público...?
–Más bien poco, chica... La Lluvia a lo mejor.
–A lo mejor –asintió Ramona.
Ya Hermes había encendido el motor. El actor miró por la ventanilla del copiloto:
–Iris, ¿te llevamos o qué?
–No, no, gracias, Hermes; David viene a buscarme.
–¡Está lloviznando! –protestó Ramona.
–Sí, pero esta escampando ya... No debe tardar. Me llamó hace ratico.
–Okey –cortó Hermes–; cuídate, Iris; y siempre mosca por aquí, ah. Nos vemos mañana.
–Saludos a tu hija –dijo Ramona.
–Con gusto... Babay, Ramona... Chao, Hermes, hasta mañana... Ah, ¿ves? Ahí llega David.
En
efecto, un hombre con chaqueta de cuero y casco, cabalgando una
poderosa motocicleta, llegó y se paró delante de Iris al tiempo que
Hermes lo saludaba con un gesto de la mano y arrancaba.
En la
cartelera de la entrada del teatro podía leerse, en letras rojas, junto a
una foto del actor, caracterizado como el Conde:
EL PRIMER ACTOR HERMES GARCÍA ES:
DRÁCULA, EL PRÍNCIPE DE LA NOCHE
Y más abajo, en letras un poco más pequeñas:
IRIS GALÍNDEZ INTERPRETA A
MINA MURRAY
III: el Ángel de Dios
“No hay crimen en el mundo
que se oculte,
aunque la tierra toda lo sepulte.”
(W. Shakespeare)
El
infernal tráfico citadino de un viernes por la tarde-noche se había
despejado un poco al salir de la zona central. El matrimonio García
Alcorta vivía en la antigua, popular y populosa Parroquia de La
Candelaria.
Llevaban largo rato callados el actor y la enfermera, y lo peor: sin proponérselo.
Ramona
miró a su marido sin girar completamente la cabeza. Hermes estaba más
taciturno que de costumbre. ¡Aferraba el volante del volkswagen como si
alguien fuese a arrebatárselo!
Preguntó, con tono cálido:
–¿Qué tal la función hoy, amor? ¿Bien?
Él ni siquiera pareció escucharla. Otro largo silencio, incómodo para ella.
Repentinamente, Hermes murmuró, para su capote:
–Es tiempo. ¡Tiene que ser hoy!
Ramona
le miró sin mucha extrañeza. ¿Trataría él, en este mismo momento, de
memorizar algún trozo de parlamento difícil u olvidado o inventado de la
pieza dramática en la cual consumía su presente energía vital? ¡Raro no
sería! ¡Ah pues! ¡Se la pasaba en eso! ¿Cuántas veces, en mitad de una
de esas raras crisis que lo acosaban a veces no había sucedido que
Ramona creía que Hermes discutía terminantemente con ella o bien que
estaba rezando (porque era sumamente creyente) y en realidad estaba
repasando en alta voz algunos trozos de sus diálogos de teatro, ah,
cuántas veces...?
Dejó las especulaciones y quiso saber:
–Hermes,
mi amor, ¿qué es lo que tiene que ser hoy?... Es viernes; los Zambrano
nos invitaron al brindis de su aniversario de bodas, ¿no te acuerdas?
–¡Cónchale, no me acordaba! –mintió–. Tendrás que ir sola, Ramona. Hoy de verdad no puedo. Tengo trabajo eucarístico.
–¡Ay, no! ¿Otra vez?
–Lo
lamento, mi vida –dijo, tierno, y le explicó–: Es que una de las
muchachas de mantenimiento del teatro tiene a la madre muy enferma y...
–¡Eso es injusto! ¡Prometiste que iríamos juntos! –dramatizó Ramona–. ¿No puedes hacer mañana ese... trabajo que dices?
–¡Amaos los unos a los otros! –citó él, con súbita pasión y voz engolada. Ramona volteó a criticarlo, ácida. Hermes no la dejó:
–¡Esa,
mi querida defensora de los derechos piadosos de la cultura cristiana,
es la mayor revelación dada a la humanidad! Es la clave de todos los
misterios, pero, ¡claro!, nos cuesta penetrar lo complejo de su
simplicidad.
–¡No, no, no, Hermes, por tu madre, hoy no! –aniñó ella
voz e intención–. No empieces con tus cosas; sólo quería relajarme un
poco tomando un trago en compañía de algunos vecinos y de mi marido. Más
nada. Tuve un día difícil.
–Difícil es vivir y morir con dignidad, decían los antiguos –enfatizó Hermes, con altivo talante.
Ramona
reconoció la frase: era del personaje que él interpretaba a diario en
el escenario. Lo contempló un rato y le cruzó por la cabeza la peregrina
idea de que a su marido, últimamente, y pensándolo bien pensado, como
que le costaba diferenciar la realidad cotidiana de la teatral..., a lo
mejor por su exagerado arrebato por el arte dramático y por la religión.
“¡Qué broma!, pensó, volviendo a su preocupación; ¿será que habrá que llevarlo a ver a Cristian?”
Cristian era el simpático psiquiatra francés amigo de Ulises, el director de la obra.
“¡Qué buena broma!”
–Se
debe morir con orgullo cuando ya no es posible estar orgulloso de
vivir, decía Nietzsche –resonó otra vez la voz de Hermes–. ¡Y es cierto!
¡Es una verdad más grande que una catedral!
Se quedó como muerta
(así decían ahora los chamos, y ella encontraba esa expresión bien
gráfica). Hermes pareció picarse por el mutismo de ella.
–¡En serio,
mi amor, piénsalo! ¡Piénsalo, chica! ¡Usa tu brillante cerebro!... ¿No
se te ha ocurrido meditar nunca en que la muerte trae aparejada la
desesperanza, salvo cuando, digamos, interviene la eutanasia, por
ejemplo?
–¡Ay, no, Hermes, qué va, suficiente! ¡Ya, ya; no más de
esos temas tuyos tan lúgubres, por Dios santo!... Mira, no importa; iré
sola, ¿sí?
Fingió rendirse, ¡y no tomó en cuenta la crucial revelación existencial que él acababa de regalarle!
–Tiene que ser hoy –enfatizó Hermes, con tono y mirada de los que utilizaba cuando electrizaba al público desde el escenario.
Ramona se alisó una invisible arruga de la falda.
“¡Qué buena lavativa!”, pensó.
Y
es que cuando su marido se ponía así trágico, intransigente,
irremediable, para ella era difícil permanecer inconmovible. Claro, él
tenía sus razones, o sus motiva-ciones, mejor dicho. Había pasado por
muchos traumas en su niñez. Quizá por eso había terminado siendo actor;
así podía apropiarse de los dolores de otros seres, reales o ficticios, y
filtrarlos, volverlos de revés, expurgarlos y de esa forma
debilitar-los, como le había explicado el propio Hermes en alguna
ocasión.
No ha debido ser cosa fácil para una criatura de apenas
diez años convivir con un padre alcohólico que lo golpeaba y tener a su
madre postrada en una cama de hospital, declarada paciente vegetativo
por mala praxis médica: era una sencilla operación de apendicitis, pero
el anestesista mezcló indebidamente las substancias, bien porque estaba
borracho o drogado o trasnochado, nunca se supo bien.
¡Esas cosas
tenían que inclinar la balanza quieras que no para que él fuese a veces
tan dado a la introspección y a hacer su santa voluntad! Quizás por eso
realizaba a veces ese trabajo eucarístico.
En una ocasión Ramona le
preguntó qué carrizo significaba exactamente eso, y Hermes le explicó,
con mirada extraviada, que consistía en ayudar a las personas que
estaban cerca de emprender la última jornada a prepararse mejor para ir
en completa paz hacia Jehová (esas habían sido, literalmente, sus
palabras).
No se crea, no era una actitud falsamente humanística y
frívola, como las que adoptaban algunos artistas superficiales buscando
el aplauso del público (que no es lo mismo que el éxito, ojo, según
Hermes). Nada de eso. Ella, Ramona, sabía que su marido acudía
(prescindiendo de aspavientos y poses publicitarias estériles) a
reconfortar a los pacientes terminales en los hospitales. ¡Ah, pues! ¿No
lo había ella acompañado en más de una ocasión? ¿Quién negaría, en
honor a la verdad, que su marido tenía un corazón enorme y rebosante de
piedad cristiana, ah, quién...?
Suspiró, resignada, y preguntó, sin mirarlo:
–Pero vas a llegar temprano, mi amor, ¿verdad?
–Supongo, mi amor.
–Bueno –dijo.
Se
encogió de hombros, pensando (no sin fastidio) en qué trapos se pondría
para cumplir con el brindis de los Zambrano Aveledo, compromiso que
antes de saber que Hermes no la acompañaría semejaba un merecido
desahogo, pero ahora tenía faz de castigo y bochorno.
ΨΨΨΨΨΨΨ
–Pues
yo la veo peor, comadre, pero ¿qué hago, si cuando la llevo a los
hospitales me la devuelven sin hacerle nada? –hipó, entre lágrimas,
sobándose la crecida panza, Josefina, la hija de la moribunda anciana
Berta Barazarte, señalando hacia su rancho.
La comadre y otras
vecinas conversaban en un terraplén contiguo a la entrada de la casa, a
la luz lánguida de un bombillo de escaso vataje que pendía de un delgado
cable. Las mujeres que le acompañaban cruzaron los brazos en silencio,
incapaces de ofrecerle ya consuelo. Más allá, cerca de unos pipotes con
agua, la bruja Guacaipura y dos hombres tomaban café guayoyo con
chimeneao (un licor seco, barato, imitación del Chemineaud francés).
Parecían esperar lo irremediable, quizá sugestionados por los dolorosos
gemidos que de cuando en cuando exhalaba la enferma desde su lecho.
Días
atrás, cuando la curandera ensalmara y le mandara unos brebajes a
Berta, la anciana pareció ir recobrando sus fuerzas lentamente, pero
desde la noche anterior había vuelto a agravarse, y en el hospital ni
siquiera la habían atendido. A la misma Ramona Alcorta de García, la
Enfermera Jefe y esposa del actor Hermes García, le había tocado
desesperanzar a Josefina respecto de las posibilidades de vida de su
anciana madre.
Berta Barazarte ya no era capaz de reconocer a nadie,
y aunque el cáncer le minaba el cuerpo todo, no acababa de aniquilarla,
a pesar de que ella, en su corazón, suplicaba al cielo que terminara
con su implacable suplicio, y su hija ponía su esperanza en los médicos.
Pero no había respuesta ni de la ciencia ni de Dios.
La comadre a la cual se dirigiera Josefina señaló con el mentón hacia donde estaba la negra Guacaipura conversando.
–Ah, comadre Josefina, ¿y lo que le mandó Guacaipura no le asentó fue?
–Pues... así-así –hizo Josefina un gesto con la mano, y todas volvieron a quedar en silencio.
De
la cercana quebrada de Catuche llegaba el murmullo del agua bajando de
la cumbre del cerro, el croar de los batracios y el coro anochecido de
los grillos. A las mujeres les semejó un rezo mortuorio.
–Venga,
comadre Josefina... –dijo la vecina, tomándola por un brazo–; ya debe
estar hirviendo el agua que puse a hacer pa’l café. Venga, vamos a
hacelo.
Se metieron ambas al rancho vecino. Las otras se quedaron allí en el zaguán de tierra, chismeando, entre murmullos.
Sin
que nadie lo advirtiera, quizá por la escasa iluminación que había en
el sendero que venía por entre el monte desde la quebrada, un hombre
vestido con una especie de largo sobretodo negro, con capucha, entró al
rancho subrepticia-mente.
Con sigiloso paso, apartó la cortina y se
acercó al camastro donde Berta se debatía entre atroces sufrimientos que
ya ninguna droga calmaba. Una de sus manos (despojándose del negro
guante que la enfundaba y la volvía anónima) tocó la frente ardiente de
la infeliz.
Ella abrió los ojos. ¡Una vehemente, dolorosa, visceral y
desesperada petición de ayuda floreció (como un ruego tenaz) en el
semblante de la desdichada!
–¿Quién eres tú? –dijo–. ¿Un ángel de Dios?
Él
no replicó. Tomó las exangües manos de ella y se las juntó a la altura
de los marchitos senos, dejó sobre ellas las suyas (a las cuales había
descalzado de los guantes), e inclinó la cabeza y cerró los ojos, en
actitud de fervorosa oración.
Un susurro ronco, estremecedor, se encaramó por las paredes del rancho y escapó hacia la quebrada:
“No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará...”
El
hombre de negro le hizo la señal de la cruz en la frente con el dedo
pulgar; Berta le miró y algo parecido a una sonrisa asomó a sus labios
resecos. Él, con tierno gesto, le cerró los párpados..., y a
continuación la ahogó, tapando su nariz y su boca con ambas manos. Ella
se dejó hacer, entregándose a la muerte como un pajarito, con aterradora
dulzura. Acto seguido, las manos del hombre (de nuevo enmascaradas)
dejaron un mensaje escrito en una hoja de papel de cuaderno escolar
sujeto por las de la muerta, y su dueño salió del recinto.
Afuera,
junto a los pipotes, la ensalmadora Guacaipura se estaba tomando otra
dosis de café con licor cuando sintió un escalofrío repentino aunado a
un presen-timiento; tragó el brebaje, se estremeció de nuevo y se
persignó, ante el mudo respeto y extrañeza de quienes le acompañaban.
Con
su corazonada todavía sacudiéndola, volteó hacia el rancho de Berta a
tiempo para ver el perfil del hombre de negro alejándose hacia las
sombras del río, tras persignarse y juntar las manos mirando al cielo,
como agradeciendo un bien recibido.
La bruja, sin saber qué hacer ni
qué pensar, lo miró irse y luego, cada vez más sobrecogida por un
extraño pavor, entró en el rancho para corroborar su presagio.
Salió dando alaridos, despavorida, con la extraña nota en las manos, y llamando a Josefina.
La quebrada se tragó los gritos de espanto de las comadres.
IV: el Desconcierto
“Que el grande y el pequeño
somos iguales lo que dura el sueño.”
(Lope de Vega)
En
el horizonte, una nube de gaviotas perseguía a un buque de turistas
desde cuya cubierta superior varios niños les arrojaban alimentos... El
sol declinaba contra la mole del cerro tiñendo de sepia el paisaje,
semejándolo a una vieja postal.
Una mujer, con la oscura cabellera
al viento y apenas vestida con un batín de tul blanco corría por la
orilla de la playa, alucinada, volteando hacia atrás repetida-mente...
Tropezó y cayó sobre la arena mojada y se incorporó y corrió de nuevo
desaforadamente, pero al mirar hacia el mar, se inmovilizó: Allí,
imponente, salvaje y enigmática, mirándola hipnóticamente con sus
pupilas sanguinolentas, suspendida sobre las aguas, con la capa al aire,
estaba la bestia, sonriente y hambrienta. Sin embargo, antes de que,
como de costumbre, su horror terminara en el abrazo de la aberración,
Mina Vizcaya Salazar decidió enfrentarla:
–¿Por qué me persigues, monstruo? –le gritó, avanzando hacia él–. ¡Déjame en paz ya, gran carajo!
El vampiro pareció desconcertarse ante la inesperada reacción.
Abrió
la boca y mostró los colmillos. Mina se detuvo y llevó una de sus manos
al cuello como buscando un crucifijo, tal como hacían las damas de
Drácula en las películas, pero en lugar de la efigie del Crucificado sus
ojos contemplaron un gran camafeo con la foto de Adrián Herrera, su
recién despedido amante, sonriendo galanamente.
El Conde Drácula sonrió igualmente, triunfal, y abrió los brazos que aferraban el manto. Ella reaccionó con fiereza:
–¡Esto no está pasando! ¡Esto es un sueño! ¡Tú no eres real!
Pero
el vampiro, con burlona mirada, en un santiamén estuvo a su lado y la
envolvió en un abrazo erizado de colmillos de fiera salvaje...
En su lecho de habitación, la siquiatra Mina Vizcaya Salazar despertó con rudeza, sudorosa, jadeante y harta.
–¡Otra vez! ¡Pero qué buena vaina! –resopló, y se sentó en la cama, frustrada e impotente–. ¿Hasta cuándo, carajo?
Encendió
un cigarrillo que tomó de la cajetilla que estaba en la mesa de noche.
Se peinó el revuelto cabello con una mano al tiempo que escupía,
rabiosa:
–¡Vampiro maricón!
ΨΨΨΨΨΨΨ
En ese mismo
instante, en otra parte de la zona metropolitana de Caracas, en el
interior de un centenario templo situado en una barriada popular al
norte de la ciudad, dos mujeres se incorporaron del banco donde oraban y
abandonaron el recinto, en paz ya con sus culpas. En la puerta
saludaron con una leve inclinación de cabeza a alguien que venía
entrando. Beatas al fin, ardorosas de su local dominio, misioneras de su
propia entereza, tomaron buena nota mental de sus señas: vestía de
negro, traía puesta la capucha del abrigo y calzaba guantes para el
frío.
La iglesia quedó solitaria. Un monaguillo atravesó por delante
del altar mayor, hizo una reverencia y siguió hacia el otro extremo,
sin voltear.
La figura de negro se ajustó los guantes, fue hasta una
de las naves laterales, se arrodilló delante de la imagen de Jesús,
bajó la cabeza, unió las manos a la altura del pecho y rezó con fervor,
en un susurro: “Ten piedad de mí, oh Jehová, conforme a tu misericordia.
Conforme a la multitud de tus piedades, borra mis rebeliones. Lávame
más y más de mi maldad y límpiame de mis pecados, Señor Dios del mundo.
Amén.”
ΨΨΨΨΨΨΨ
El hombre, aturdido, sintiendo que un
millar de abejas entretejían una diabólica red de zumbidos en su cabeza,
se miró al espejo. Se examinó los ojos maquillados; se miró la ropa
negra y elegante, de etiqueta. Volvió a fijarse en su rostro, surcado
por líneas de cosmético oscuro que le daban una apariencia sombría.
Examinó el recinto, siempre con ojos nuevos: se encontraba en el
interior de una enorme sala de baño. Al oír chirriar una puerta, se
volvió.
Entró un individuo que dejó ésta abierta y fue con rapidez a
uno de los cubículos, sin fijarse para nada en la figura vestida con
suma elegancia. El hombre de negro, tras mirarse de nuevo en el espejo y
no reconocerse, salió al pasillo por la puerta que el otro dejara
franca.
El ruido en su cabeza proseguía, insobornable. Trató de no prestarle atención.
Supo
que estaba en un hospital al fijarse en el tráfico de pacientes y de
sus familiares, de enfermeras y doctores que iban y venían. Un poco
azorado (aunque sin saber por qué), saludó mecánicamente con la cabeza a
una pareja con batas blancas que venía hacia él, pero no sólo no le
prestaron ninguna atención sino que tuvo que apartarse para que no le
atropellaran.
Así, desubicado, como atolondrado más bien, llegó ante
unas inmensas puertas de cristal de lo que parecía ser un auditorio o
salón de conferencias, las cuales estaban abiertas de par en par. De
adentro le llegaba el rumor de toses y murmullos, y la voz segura y
profesional de una mujer. Leyó una cartelera que ponía, en letras
blancas sobre fondo negro:
2as. Jornadas sobre
Demencia y Mortalidad
Ponente: Dra. Guillermina
Vizcaya Salazar
“Vizcaya Salazar... Esos apellidos me suenan.”
Siguiendo
un impulso, entró en el auditorio. Sin saber por qué lo hacía, fue a
sentarse en una apartada silla de la primera fila. Nadie pareció reparar
en él, excepto la atractiva mujer elegantemente vestida que dictaba la
conferencia, quien le dedicó una fugaz mirada de sus hermosos ojos
verdes, un poco extrañada de su atuendo.
“Coño –pensó Mina–, lo que le falta es la capa para parecerse a mi drácula.”
Los
asistentes a la charla eran en su mayoría jóvenes de ambos sexos
menores de 30 años y se uniformaban con batas blancas, aunque no todos;
dos o tres hombres vestían traje y corbata. Había varios de pie, listos
para salir, y el hombre del esmoquin calculó que la ponencia estaba por
terminar. Uno de los médicos de la última fila, catire, de rostro
barbado e inteligente, levantó la mano e hizo una consulta:
–Una última pregunta, doctora Vizcaya, si es tan amable.
La siquiatra lo miró con cariñosa indulgencia.
–En vista de su exposición anterior, ¿cómo definiría entonces usted la magia negra?
Ella sonrió y se paseó por el tablado.
–Pues
yo diría que lo que llamamos magia negra no es más que la manipulación
de las leyes naturales con propósitos fraudulentos, mi querido doctor
Vivas.
El hombre que había preguntado sonrió con expresión inconforme. Mina aprovechó para despedirse.
–Muy bien, damas y caballeros, nos vemos mañana, en la conclusión. Gracias por su asistencia.
Comenzaron a salir todos.
El
hombre vestido de negro levantó una mano como para hacer una pregunta,
pero nadie le prestó atención. El doctor Vivas se acercó al estrado
donde la ponente recogía sus papeles.
–¿Y el vudú y sus ritos sangrientos, querida Mina? –insistió, cordial. Ella se volvió y le miró, incisiva y jovial:
–No estamos aquí para hablar de magia, sino de enfermedades mentales y mortales, doctor Vivas, no seas vivo.
El
rubio sonrió y se quedó allí, mirándola recoger sus cosas. Casi todos
los asistentes habían salido ya, comentando entre sí lo debatido en el
simposio. Keyla Fuentes, la esposa del catire doctor Vivas, que era una
delgada, morena y joven doctora también amiga de Mina y quien, al igual
que su marido, no se resignaba a marcharse, tras un momento de
vacilación se acercó a la siquiatra con una gran sonrisa en el rostro
atractivo:
–Perdona, doctora Vizcaya, pero estoy muy interesada en discutir sobre el tema de la eutanasia y no sé si mañana haya ocasión...
–Lo lamento, Keyla, pero estoy full exhausta. Perdónenme los dos –dijo, cordial.
Keyla tomó una mano de su marido y, sin amilanarse, amplió la sonrisa, pero enserió el tono:
–Mina,
al menos dame tu opinión profesional: ese tal... “NOUS, el asesino
eutanásico”, apodado así por los medios de comunicación, que deja notas
miste-riosas en los pechos de sus víctimas, tiene que ser un enfermo
mental del tipo esquizoide, ¿no crees tú?
El hombre del esmoquin negro pareció estar muy atento a la respuesta.
Mina Vizcaya sonrió de nuevo, paciente y profesional.
–Doctora
Fuentes de Vivas, arrebatar la vida a un semejante con o sin su
consentimiento obviamente refleja un grave desajuste emocional y
psíquico, aunque no necesariamente ligado con la esquizofrenia.
Como ya había terminado de guardar sus notas en el maletín, le hizo al matrimonio un gesto de despedida:
–Chao, parejita, hasta mañana.
Y
se dio vuelta para bajar de la tribuna pero se interrumpió al notar que
el hombre que recién entrara vestido de manera tan rigurosa e
inapropiada tenía su mano levantada.
Curiosa, avanzó hasta la punta de la tarima, ante las miradas de desconcierto de sus dos amigos.
–¿Sí, dígame...?
–Perdone,
doctora –resonó la profunda voz de bajo del individuo–... eso que acaba
de decir, ¿significa que esa persona está trastornada, fuera de sus
cabales?
–Disculpe –le examinó ella–, ¿está inscrito en las jornadas? ¿Es usted médi-co?
–¿Qué te pasa, doctora Vizcaya? –dijo Keyla Fuentes de Vivas. Su marido también la miró con extrañeza:
–¿A quién le hablas, Mina?
–A este señor.
No
le quitaba la vista de encima al del esmoquin y esperaba su respuesta,
pero cuando el sujeto iba a contestarle ¡súbitamente fue sacudido por
violentos espasmos! ¡Su rostro se contorsionó en una mueca de intenso
dolor, miró con ojos de horror y súplica a la siquiatra..., y se esfumó
en el aire!
Mina cerró los ojos y se pasó una mano por el rostro
cansado. Los volvió a abrir y constató que ya el hombre de negro no
estaba. ¿Habría sido una alucinación...?
Sin embargo, tratando de no parecer alterada, preguntó a los dos únicos colegas que aún quedaban en el recinto:
–¿No vieron al tipo elegante que estaba ahí hablando conmigo?
–¿Qué tipo, chica? –dijo Keyla.
–¿Seguro que estás bien, Mina? –preguntó el catire.
Ella optó por sonreír y bromear:
–¡Uufff!
Creo que lo de Adrián me está afectando más de lo que creí: ¡veo
hombres raros en todas partes!... Vamos, vamos saliendo.
Caminó
hacia la puerta con aire todavía desconcertado (que procuraba
disimular). Su teléfono celular comenzó a repicar. Lo atendió sin mirar
la pantalla.
–¿Aló, buenas tardes...?
V: NOUS
“El crimen nunca se
fundamenta en la razón”
(Tito Livio)
Guillermo
Vizcaya Salazar, con saco y corbata azules de Inspector de la Policía
Científica, estaba en el interior de un auto patrulla que conducía por
el sur de la ciudad Israel Maza, un detective bastante más joven,
subordinado suyo.
El Inspector tenía el celular en la mano y su tono era perentorio:
–Mina, ¿dónde andas?
–Saliendo de una conferencia, Memo. ¿Por...?
–Necesito hablarte. Ando por las Mercedes. ¿Podemos vernos en tu consultorio como a... las dos, chama?
–Claro, Memo –y como notara que su hermano le hablaba con cierto tono de preocupación–: ¿Qué sucede?
–Es
por la vaina de los mensajes del tipo que te dije. De arriba ya
empezaron a joder y a ponerme un cohete en el culo... Te cuento bien
ahora... Chao, y gracias.
El Inspector cerró el celular y quedó
pensativo. Su compañero aprovechó una luz roja para mirarle con fijeza.
Tras una larga pausa, preguntó:
–Inspector, ¿le va a pedir a su hermana un perfil sicológico del tal asesino UNOS?
Cuando la luz cambió, Guillermo Vizcaya contestó.
–Sí, Maza... Que nos elabore un perfil y que nos ayude con las jodidas notas de mierda del tal Unos o Nous. Dale, arranca.
–Pero Inspector, acuérdese que el Director dijo...
–Ya
sé lo que dijo el Director, Maza –atajó, convincente y persuasivo–,
pero confío más en mi hermana que en los otros sicólogos y criptógrafos,
¿estamos?
El detective Maza, también de saco azul marino, sin
corbata, se acomodó la cachucha con el nombre e insignia del equipo de
béisbol Leones del Caracas y mur-muró:
–Entendido, Inspector Vizcaya.
Tras ajustarse con el pulgar los lentes oscuros, Vizcaya ordenó.
–Párate en el Mc Donald’s. Yo brindo la hamburguesa.
Como el otro no dijera nada, el Inspector insistió, seco:
–Además, chico, acuérdate que Mina nos ha ayudado otras veces, ¿correcto?
ΨΨΨΨΨΨΨ
Estaban
dando las tres de la tarde las campanas de la vieja iglesia de La
Pastora (inveterado uso al cual los parroquianos habíanse acostumbrado
desde la ya lejana época colonial). En las afueras de la vivienda de la
bruja Guacaipura, ésta departía con algunas vecinas, todas comentando
todavía el extraño suceso de la muerte, o más bien el asesinato de la
mamá de Josefina, la anciana Berta Barazarte, días atrás. Como
Guacaipura venía de un almuerzo romántico con un taxista enamorado suyo y
vestía aún una vaporosa y sexy falda rojo fuego y una blusa verde
manzana, además de haberse hecho resaltar aún más las mechas de vivos
colores, era blanco de pesadas bromas por parte de las comadres desde
que llegara, un rato antes.
Una de las mujeres, delgada y seca como
una uva pasa, con todos los dedos de las manos adornados de anillos de
todo género, comentó con voz que pretendía sonar indiferente:
–Guá, yo no sé ustedes, pero pa mí es bien raro que le haigan hecho la fulana autosia a la señora Berta.
Una de las vecinas más jóvenes del grupo repicó, rápida, riendo con pena ajena:
–Ay, no seas inorante, tía Isbelia, que la autosia se la hacen a tu’el mundo, por ley, ¿no es así, Guacaipura?
Pero
tuvo que insistir con la consulta, porque la santera parecía estar en
otra parte. Al fin respondió, aunque con aire ausente:
–Así mismo es, Petra Paula,... y más cuando la causa de la muerte no está clara.
La tía de Petra Paula se la quedó mirando con abierto e impertinente descaro:
–¿Y a ti qué te pasa, mujer de Dió, que ahora te la vives como espalomá?
–Guá, nada; ¿qué me va a pasar, Isbelia?
–¡Jumm! –hizo Isbelia, estirando los labios en un claro gesto de desconfianza.
Las otras mujeres siguieron el cotorreo. La curandera continuó con su expresión abstraída y grave.
–Épale,
¿y sí será verdad eso que dicen en las noticias? –apuntó otra, una
vieja panzona, de grandes y escasos dientes. Las otras la miraron,
preguntonas–. Guá, eso sobre un tal NOUS, un dizque asesino “tanásico”.
¡Cómo si eso de NOUS fuera un nombre cristiano!, ¿no’s verdá?
Petra Paula metió baza de nuevo:
–¡Quién
sabe! Acuérdense que el año trasantepasao había un loco de esos matando
el indigente que juega garrote, ¿se acuerdan...?
Todas asintieron, graves, menos Guacaipura. Petra Paula la miró:
–Ah, Guacaipura, ¿tú crees que ese asesino fue el hombre de negro que viste salí del rancho ‘e doña Berta?
Sin embargo, la ensalmadora ya no les prestaba atención, pendiente de su nuevo presagio.
Como
su callada actitud rayaba en la insolencia, las otras se miraron y
optaron por marcharse. Petra Paula, la más joven, se lo manifestó, entre
molesta y apenada.
–Bueno, nos vemos despué, Guacaipura... Nosotras vamos a... a ve si a la pobre Josefina le hace falta algo, ¿oíste, mana?
Ella les hizo un gesto vago con el brazo lleno de pulseras baratas.
Con
un cada vez más acentuado estremecimiento entró en su rancho. Fue a la
habitación con la idea de quitarse la pinta y ponerse cómoda, pero
seguía con una desazón que no acertaba a explicarse, aunque sabía bien
que tenía que ser por cau-sa de una manifestación espiritual, como
tantas que desde niña venía experimen-tando. Le molestaba no acertar con
la causa del designio. Se acercó a la abigarrada mesa en la cual todo
género de estatuas de santos cristianos y efigies de la santimonia
africana y caribeña se disputaban su predilección y tomó una botella de
aguardiente de caña y bebió largamente. Un segundo trago pareció
calmarla y cuando fue a devolver el frasco a su lugar, escuchó la ronca y
sobrenatural voz:
–¡Tienes que ayudarme!
Su cuerpo todo se tensó
como una cuerda de nylon estirada. Al tiempo que dejaba resbalar la
botella en su mano hasta tomarla por el cuello para usarla como un arma
si fuese necesario, fue volteando lentamente hacia el lugar de donde
había provenido la desesperada voz de hombre.
Al contemplar a un
individuo bastante mayor, de pie junto a una silla, vestido con una
elegante pero ridícula ropa negra, que la miraba desencajado y cuasi
amena-zante, lo detalló, como tratando de reconocerlo.
Con natural recelo, y sin embargo aliviada, preguntó:
–¿Quién eres tú?
El tipo de negro repitió, más desesperado:
–¡Tienes que ayudarme, chica!
–¿Por qué? –dijo, sin moverse aún.
–Porque eres una bruja.
Guacaipura dejó la botella en su lugar y se volvió hacia él por completo, con aire digno:
–Soy curandera y metafísica, mijo, no bruja. Una de las mejores de Caracas, ¿oíste?
Lo contempló con ojo crítico y fue a pararse a un metro de donde estaba él.
–¿Cómo entraste, ah?
–La puerta estaba abierta.
–¿Y en qué quieres que te ayude, cuál es tu problema?
El la miró hondo, desvalido.
–Sinceramente, no sé.
–¿Eres mamadorcito de gallo o qué? –se engalló la bruja, poniendo los brazos en jarras.
–¡No, no! ¡En serio! Tienes que ayudarme a descubrir qué me está pasando –pidió el hombre con desesperación.
Se acercó a la ventana que daba a la quebrada:
–¡Te lo juro; no sé quién soy! –se desesperó, y quedó de perfil a Guacaipura, angustiado, mirando afuera.
Ella,
que acababa de reconocer el perfil del sujeto, tragó en seco,
estremecida. ¡Era el tipo que viera salir del rancho de Berta la noche
que la anciana apareciera muerta con un extraño mensaje en un papel
entre sus manos!
Se aterró y se indignó a la vez:
–¡Yo sé quién eres! –gritó, impulsiva.
El hombre del esmoquin volteó, rápido.
–¡La
policía dijo que la pobre Berta murió por asfixia mecánica, no por su
enfermedad, y yo te vi salir de su rancho minutos antes!
El tipo, con mirada de loco, dio unos pasos hacia ella, que retrocedió, sin dejar de acusarlo:
–¡Tú eres el tal NOUS, a quien llaman el asesino eutanásico!
–¡No lo sé! –gritó él–: ¡Ayúdame! ¡No recuerdo nada!
–¡Aléjate pa’llá! ¡Voy a llamar a la policía!
–¡No! –gritó el hombre.
Abrió
los brazos como para detenerla, pero ella, decidida, corrió hasta la
puerta y él se le echó encima, pero nada pudo aferrar: ¡pasó a través
del cuerpo de la mujer como si fuera de niebla, para espanto de ambos!
Muda del miedo, todavía Guacaipura tuvo los arrestos de hacer la guiña y
tronar los dedos para espantarlo, aunque más asustado y desconcertado
parecía él.
–¡Vade retro, espíritu del mal! ¡Fuera de esta casa,
demonio! –chilló a voz en cuello, y salió corriendo a buscar ayuda
espiritual.
El hombre, luego de un segundo de indecisión, saltó tras
ella, sin que los cuerpos sólidos fuesen impedimento a su desorientado
andar.
“Tengo que averiguar qué me está pasando...”, pensó, pávido,
pero determinado a resolver su dilema, al entrar en la Iglesia de la
parroquia La Pastora siguiendo a la mujer negra de falda roja y blusa
verde que podía verle y escucharle.
Guacaipura, todavía temerosa
por la experiencia que acababa de vivir con el fantasma vestido de
etiqueta, buscaba al Padre Ignacio Villamizar en el interior del
solitario oratorio.
Apenas se veía a una mujer gruesa y vieja de
velo negro que, al acabar de decir sus pecados, se incorporó y se
dirigió a un banco en la primera fila de la nave central.
La puerta
del confesionario se abrió y salió de su interior un cura alto,
desgar-bado, de piel blanquísima, con el rubio cabello cortado al rape y
una expresión bondadosa instalada en el rostro impecablemente afeitado.
La mujer de rojo y verde lo abordó, sísmica:
–¡Padre Ignacio, tiene que ayudarme!
El sacerdote se volvió en redondo, intrigado. La bonhomía desapareció de su faz.
–¡Bendito
sea el Señor! ¿A qué cristiano habrás perjudicado con tus prácticas
obscenas y paganas que acudes a Dios de nuevo, bruja Guacaipura?
–¡Ay,
no, Padre, no me descargue orita! ¡Tiene que ayudarme, porque creo que
me persigue el fantasma del esmoquin negro, el asesino que llaman
eutanásico!
VI: el Fantasma
“Cuando sufrimos es cuando
veneramos a los dioses.
El hombre feliz rara vez
se acerca al altar”
(Silio Itálico)
–Pero mujer, ¿cómo es eso de que no era humano?
Guacaipura,
todavía nerviosa, terminó de beber el agua que el cura le ob-sequiara y
puso el vaso sobre la mesa del comedor de la sacristía. Sin mirarlo,
trató una vez más de explicarse:
–Bueno, yo no sé, pero normal no
era, Padre Ignacio... ¿No le estoy diciendo que nos trompezamos y lo
atravesé como a un poco de aire, como a un fantasma, pué?
–¿Seguro que no estabas...?
El
de la sotana hizo el elocuente ademán de empinar el codo. La santera
formó una cruz con sus dedos pulgar e índice de la mano derecha y se la
llevó a los labios:
–¡Por San Juan Guaricongo, Padre Ignacio!
–¡No jures en vano, y menos en la iglesia, Guacaipura!
–¡Aaayyyy! –gritó ella, espantada y sorprendida.
–¿Qué te pasa ahora?
Lívida, señaló un punto a espaldas del padre. Él volteó, pero nada vio. La negra insistió:
–¡Mírelo, Padre Ignacio, ahí está, justo detrás de usted!
–¿Dónde, chica? Yo no veo nada.
La bruja, al notar que el fantasma del hombre de negro avanzaba hacia ella, trató de refugiarse detrás del sacerdote.
El aparecido se detuvo y la miró suplicante:
–¿No vas a ayudarme entonces?
Guacaipura le hizo la guiña con ambas manos:
–¡Vade retro, Satanás!
–¿Pero a quién le hablas tú? ¿Te has vuelto loca en verdad...? ¡Aquí no hay nadie más que tú y yo, Guacaipura!
El
hombre del esmoquin, con gesto de desconsuelo, paso a través del cuerpo
del cura y fue a situarse frente a una pequeña efigie de Jesús de
Nazaret:
–¡Nadie más puede verme, pero no se por qué!
–¡Esfúmate, demonio! ¡Padre, hágale un exorcismo, pero rápido! ¡Ahora está ahí frente a Jesucristo!
–No digas tonterías. Te repito que yo no veo a nadie más aquí... Estás aluci-nando.
La de piel de abenuz se molestó con el sacerdote, sin quitar la vista de la apari-ción.
–¡Yo
no estoy alucinando nada, Padre Ignacio! ¡El asesino está ahí, frente a
usted, pero no sé por qué no puede verlo ni escucharlo!
–Anda, dile al señor cura que me ayude, por favor –suplicó la aparición, volviéndose a mirarla.
–¡Lo que le voy a decir es que te eche agua bendita para que te desaparezcas!
Al
Padre Ignacio Villamizar no le quedó más remedio que empezar a tomar en
serio a la curandera, a pesar de que él sabía que le gustaba beber
licor y realizar prácticas contrarias a la religión católica.
–Pero..., ¿en serio ves a alguien ahí, Guacaipura?
La
cabeza con mechones de vivos colores volteó y lo miró, volteó hacia el
fantasma, suspiró y se calmó un poco, poniendo aire de cómica
resignación. Incluso se sentó en un taburete y señalando al aparecido,
le explicó al sacerdote:
–Es el hombre que vi saliendo del rancho de
la difunta Berta Barazarte un minuto antes de que ella fuera asesinada,
Padre Ignacio. Es al que llaman las noticias Nous, el asesino
eutanásico –y añadió con cierto gracejo–: Quiere que usted lo ayude.
El
cura puso cara de desconfianza. Miró el lugar donde la bruja señalaba
que estaba la visión del asesino eutanásico del que, ciertamente,
hablaban mucho los medios de comunicación por estos días señalando que
había ahogado a varios ancianos de ambos sexos, moribundos, pero a quien
nadie había identificado aún. Decidió seguir la corriente, porque
conocía el empecinamiento de la ensalmadora. ¡Cuántas veces no la había
él reprendido en el pasado, incluso en público, y ella había persistido
en sus loqueras idólatras!
Sin embargo, por las dudas, trató de
mostrar una expresión de tranquila condescendencia, aunque no consiguió
eliminar cierta mordacidad al replicar:
–Pero bueno, mujer, si es un fantasma incorpóreo como tú afirmas, ¿cómo es que puede asfixiar a sus víctimas?
–Ah, no, Padre, eso si no sé yo.
–Bueno, bueno, vamos a ver, Guacaipura, vamos a ver... Hagamos una pequeña prueba entonces...
Tanto el fantasma de negro como la mujer le miraron con interés.
–Mira, ponte de espaldas a mí y dile a tu amigo que te describa lo que hago; si aciertas, sabré que no mientes.
–¡Zape! ¿Quién le dijo que él era amigo mío?
–Bueno, chica, como sea. Necesito indicios de que no estás borracha o drogada.
Se
miraron en silencio el fantasma del presunto asesino y la bruja. Aquel
asintió y ella se volvió de espaldas al Padre Ignacio. Éste se arrodilló
y juntó las manos a la altura del pecho, negando con la cabeza, un poco
abochornado de su propia credulidad en la mismísima casa de Dios Padre.
El hombre o espíritu vestido de oscuro habló:
–Dile que está arrodillado, como orando, y negando con la cabeza.
–Dice que usté está orando arrodillao y moviendo la cabeza.
Se
produjo una viva reacción de sorpresa del cura. Instintivamente examinó
el comedor buscando algún cristal que reflejara su imagen y sirviera de
referencia a la mujer, pero nada de eso había. Entonces se incorporó,
siempre a espaldas de ella. Procurando no hacer ningún ruido, tomó el
rosario que pendía de su cuello, lo guardó en uno de los bolsillos del
hábito y sin darse cuenta, naturalmente, pasó a través del cuerpo de la
aparición, tomó un ejemplar de la Biblia que estaba sobre un pequeño
escaparate y lo abrió al azar. Miró en derredor, como cerciorándose de
que no hubiera trucos, y preguntó, con menos burla:
–¿Y ahora?
El fantasma, luego de unos segundos, se acercó a Guacaipura y le habló al oído. Ella tradujo.
–Él
dice que usted primero se sacó el rosario del cuello y lo guardó en el
bolsillo derecho de la sotana y después pasó a través de él, agarró una
Biblia y la tiene abierta, en su mano izquierda, en la página 362,
Hechos, y la derecha está en su espalda.
Hubo un momento de tensa
expectativa. El Padre Ignacio no sabía qué decir ni cómo reaccionar.
Luego pensó que la santa institución a la cual pertenecía no llevaba dos
mil años de existencia negando espejismos ni falsos milagros en balde.
¡Ya verían la bruja y su fantasmita, si es que en realidad existía la
burlona entidad, lo que era meterse en y con la iglesia y tratar de
engañar a uno de sus miembros!
Reconfortado con tales pensamientos, se encogió de hombros y cerró la Biblia.
–Pues
bien, ésta es la casa de Dios, y Dios es el Padre de toda criatura
viviente, aunque yo no pueda verla –dijo, volviendo a ponerse la
camándula en el cuello. Miró a la negra y agregó, todavía incrédulo, y
socarrón:
–Pregúntale qué quiere.
Guacaipura miró al cura ya sin
asombro, y luego al aparecido. Hizo un gesto, en tanto sacaba del seno
un habano y unos fósforos.
–Ya oíste al Padre Ignacio. Habla, pué.
–¡No
se te ocurra encender esa peste aquí, Guacaipura! –reprendió el cura, y
después suavizó–: Dile que nos diga cómo se llama, anda.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El
arroyo semejaba un tajo vivo y serpenteante en el cuerpo moreno y
moteado de verde de la sierra. La casa estaba enclavada a menos de
cincuenta metros del afluente, y era enorme y fresca, colorida y vital,
cargada de flores y arbustos y árboles umbrosos y frutales.
Una
mujer de raza negra, cuarentona, atravesó el salón-comedor con una taza
humeante sobre una bandeja y caminó por el exuberante sendero
enjardinado al encuentro del hombre vestido con pantalón y fresca camisa
de algodón blancos, igual que el sombrero que protegía su cráneo, éste
albo de canas también.
Usaba (el hombre) gruesos anteojos oscuros y
tenía aspecto afable y edad inde-finible, y podaba y limpiaba (con
franca concentración y de espaldas a la mujer que se aproximaba con paso
perezoso) unos encendidos claveles amarillos que reverbe-raban al sol
de la tarde.
Cuando llegó a su altura, ella susurró con amor y respeto:
–El chocolate.
El
hombre (cuya piel era del color de la bebida que le traían) se volvió.
Un enorme y grueso medallón de oro con un cristo sobre la cruz
centelleó, colgado de su cuello. Sonrió apenas a la mujer, soltó el
trozo de paño húmedo con el cual limpiaba las flores y tomó la taza de
encima de la bandeja con absoluto aplomo, a pesar de que estaba privado
del sentido de la vista.
Tamanaca, la hija mayor del sabio doctor en
Psicología y Psiquiatría (y profesor de ambas ramas de la medicina)
Amadeo Carranza, aguardó en actitud sumisa y contemplativa a que su
padre probara la primera muestra del cacao cosechado en la misma
hacienda.
Con parsimonia, tras un largo paladeo, y casi para sí, dijo él:
–Humm, buena recogida ésta, y te quedó muy bueno, mija, como siempre.
Ella musitó un “gracias, papá” pequeñito y él volvió a saborear la espesa bebida con fruición.
De golpe, como olfateando el viento, dijo:
–Hay... perturbaciones en el aire.
Tamanaca miró el cielo, que estaba impoluto, de un azul desvestido de nubes:
–No creo que llueva –apuntó en un murmullo.
Él replicó, misterioso:
–No me refería a perturbaciones climáticas, hija.
Bebió otro gran sorbo. Volvió a menear la cabeza, como aclarando una visión interior.
–Ella vendrá. Con alguien. A una consulta.
–¿Quién, papá...?
Lo miró hondo, y ante la sonrisa enigmática del viejo, preguntó, incrédula:
–¿En serio lo dice?
Amadeo
Carranza vació la taza de un viaje y con asombrosa precisión la volvió a
colocar sobre el centro de la bandeja que ella aún sostenía entre sus
manos sin que aquella golpeara a ésta.
Palpó entre sus manos el rostro tibio de la hija y pidió, amable:
–No vayas a ponerle mala cara, Tamanaca.
Ella se le quedó mirando el sereno rostro como buscando una señal que desengañara su incredulidad.
Él regresó a sus flores.
VII: el Mensaje
“Cuanto más grande es el
hombre, mayor es el crimen.”
(Thomas Fuller)
En
torno del escritorio del amplio consultorio privado de la doctora
Vizcaya Salazar conversaban ella, su hermano Guillermo e Israel Maza, el
detective compañero de éste.
–¿A cuántas personas ha matado ya este tal Unos...?
–Que sepamos, a seis –respondió el Inspector, sombrío.
–¿Todas ancianas?
–Ancianas y ancianos desahuciados –confirmó.
Mina lo miró un momento, pensativa.
–¿Hay algún patrón, Memo?
El
Inspector Vizcaya Salazar sacó de un bolsillo interior del saco un
sobre y se lo entregó. Mina lo abrió y examinó su contenido: varias
hojas de papel de cuaderno escolar con un mismo e idéntico mensaje del
asesino eutanásico.
En ellas, con letras de colores, irregulares, como las de un niño, el criminal dejaba su reto:
Estoy entre los Astros y los Reyes;
soy el nuevo Caronte
y el antiguo Mercurio;
dios soy; piedad soy, soy paz;
mis leyes soy.
Soy uno. Búscame. Soy UNOS.
Largo rato estudió la siquiatra las notas, en silencio, grave el rostro.
–Huumm –hizo, tras la pausa.
Repitió, como tratando de hallar detrás de las palabras el contenido que se le escapaba:
–“Soy uno. Búscame. Soy UNOS”... En hojas y letras de escolar... escritas con crayones...
Guillermo la miró como esperando la pregunta. Dijo al cabo, hosco:
–No hallamos ninguna huella en ellas, Mina, nada de nada.
Ella se incorporó y comenzó un lento paseíllo por la estancia, al tiempo que habla-ba casi consigo misma.
–Le
gusta el misterio, el secreto, la intriga..., además de ser una persona
culta. Cometer sus crímenes es un deber..., una especie de tarea que se
ha impuesto...
–Sí... Tal vez tenga un jefe, o un cómplice –aventuró Memo–. A lo mejor son varios UNOS... ¿Podría ser, Mina?
–No es probable –negó ella–... Las notas tienen personalidad propia. Las firma como UNOS, lo que es claramente un anagrama.
El Inspector se impacientó:
–Sí,
sí; ya intentamos descifrarlo, y la única palabra que se forma con UNOS
y que tiene algún sentido es NOUS, un fonema que viene del griego y que
significa mente, inteligencia, pero eso no nos sirve de mucho, me
parece. Hasta la prensa lo llama así.
–¿Cómo?
–“Nous, el asesino eutanásico”.
–Cierto. Con razón me sonaba...
Mina
miró a su hermano y detuvo su caminar; se dirigió a su computadora
personal en tanto señalaba a los dos hombres la vasta biblioteca que
ocupaba toda una pared:
–Okey; consultemos más minuciosamente en
Internet y también en esas enciclopedias, Memo, detective Maza, a ver
qué encontramos acerca de la palabra NOUS...
En ese momento se abrió
la puerta que comunicaba con recepción y asomó el rostro de una mujer
madura, de gruesas gafas sujetas con cordón; tenía mirada autoritaria.
Era Yolanda, la asistente y secretaria de Mina. Habló desde la puerta
con su voz de soprano:
–Doctora, ¿de qué pido las pizzas entonces?
Mina dudó. Se volvió a los otros, con mirada preguntona.
ΨΨΨΨΨΨΨ
–Dile
que tiene que hacer un esfuerzo por decirnos aunque sea su nombre, su
dirección o algo que nos ayude a saber quién es, Guacaipura –repitió el
cura, paciente.
La negra negó con la cabeza, entre una humareda apestosa.
–Ya se lo dije, y dos veces, pero no recuerda nada de nada.
El Padre Ignacio palmoteó el humo, disgustado.
–¡Te dije que apagaras esa cosa!
–Perdone, Padre, pero me calma los nervios.
–Por lo menos podrías comprar de los perfumados.
–Qué va, son muy caros.
–Pregúntale si en sus bolsillos no hay alguna identificación, una dirección...
–Dile que de nada serviría –dijo el de negro–, ya que mi cuerpo es como de vapor. Mira, explícale...
Hizo
intento de jurungar sus bolsillos, pero, en efecto, sus manos se
diluyeron dentro de su cuerpo como si fuera un gas liviano.
La negra exhaló una larga bocanada.
–No se puede, Padre. Él es tan macizo como este humo.
–Pregúntale que cómo sabía que tú podrías verle y oírle, que cómo llegó a ti.
Guacaipura miró elocuentemente al espíritu, que estaba asomado a la ventana, harto.
Éste explotó:
–¡Yo qué sé! Lo único que recuerdo es una sala de baño, un pasillo y el auditorio de un hospital –y calló bruscamente...
Entonces emitió un grito de triunfo, como el ermitaño que encuentra oro–: ¡Un momento!
–¿Qué pasa, chico? –se asustó la bruja. También el cura:
–¿Qué...?
–¡La doctora! –gritó el hombre sin cuerpo sólido.
–¿Qué doctora?
–¿Hay una doctora? –se asombró el de la sotana negra.
El fantasma caminó hacia ellos:
–¡La doctora del hospital, la de la conferencia! ¡Ella me vio y me habló!
–Dice que una doctora lo vio y le habló en un hospital.
–¿Qué hospital era? –interrogó el Padre Ignacio, sin saber exactamente hacia dónde mirar–. ¿Cómo se llama la doctora?
Guacaipura vio cómo el hombre de humo hacía un esfuerzo por recordar, pero...
–¡No puedo!
–No, qué va, no puede.
–Dile que tiene que intentarlo con seriedad.
La
negra miró al hombre sin identidad, que cerró los ojos, concentrado...,
¡y de repente, tal como aconteciera en el auditorio del hospital, se
contorsionó de dolor, y se esfumó!
La curandera, que creía estar curada de espantos, abrió la enorme boca, atónita:
–¡Coño, se fue! –se le escapó.
El Padre no le recriminó, sino que preguntó tontamente:
–¿Quién se fue?
–¿Quién va a ser, Padre? ¡El tipo, el fantasma! –y se persignó– ¡Protégenos, Reina Maria Lionza, y tocayo Guacaipuro!
–Respeta, mujer, que estás en la iglesia –regañó el sacerdote, con displicencia.
La desconfianza volvió a asomarse a su rostro:
–¿Así que... desapareció delante de tus ojos, sin más?
–¿No
me cree, Padre Ignacio? –contestó, retadora, y lo apuntó con uno de sus
dedos, amenazante–. ¡Pues entonces vamos a ir a hablar con el sabio
profesor Amadeo Carranza!
–¿Con el famoso Profesor Carranza, el conferencista? –se asombró el cura–. ¿Pero tú lo conoces, Guacaipura? ¿De dónde?
–¡Véngase, vamos para su casa para presentárselo y para que nos haga la segunda con el espectrico este!
ΨΨΨΨΨΨΨ
Sobre
el escritorio se veían grandes trozos de pizza, mezclados con
información recién impresa bajada de Internet y con tres gruesos tomos
de carátulas rojas. Mina, que hoy llevaba un precioso pero práctico
conjunto de pantalón y saco verdes ajustados al talle sobre una coqueta
franela rosa, tomaba pequeños sorbos de una lata de cerveza mientras
leía para los dos policías la conclusión de su búsqueda:
–Como
estos asesinatos son cometidos por alguien que firma sus mensajes co-mo
UNOS y sabemos que UNOS vendría siendo un anagrama de NOUS, tenemos
entonces que...
Hizo una estudiada pausa. Memo se ajustó los anteojos oscuros. El Detective Maza hizo lo mismo con la gorra.
–Nous,
en francés es nú: pronombre personal, nosotros, nosotras. Nous viene
del griego y significa mente, inteligencia, espíritu, razón, memoria,
intelecto... El filósofo del siglo V antes de Cristo, Anaxágoras,
maestro de Pericles, de Eurípides y de Sócrates, sostenía que al
comienzo del infinito caos atómico de la creación surgió el Orden,
emanado de una inteligencia perenne a la cual llamó Nous; éste sería el
nombre de la Sustancia Pensante.
Tras su exposición, hubo un silencio. Los miró, interrogativa:
–¿Les dice algo todo esto?
Nuevo mutismo de los dos hombres.
Al
cabo rato, y como un significativo signo de su impaciencia y ansiedad,
el Ins-pector limpió sus gafas con una toalla de papel. Se encogió de
hombros, incómodo:
–Supongo que el tipo quiere decirnos que es un carajo muy inteligente, ¿no?
Ella lo miró y se acercó de nuevo a la mesa. Dejó de beber. Puso la lata junto al cenicero.
–¿Por qué un carajo, Memo? Podría ser una mujer.
–No, doctora Vizcaya –negó Maza.
–¿Por qué no?
–Es que hay un posible testigo –dijo Guillermo–. Olvidé mencionártelo.
Mina abrió mucho los ojos:
–¿Alguien vio al asesino entonces?
El policía joven consultó una libretita:
–Eso parece, doctora...
–¿Cómo que parece?
–Bueno,
una mujer del barrio Los Mecedores, una curandera o medio bruja llamada
Guacaipura dice que vio a un tipo como de 50 años salir del rancho de
la última víctima, Berta Barazarte.
–¿Y ya elaboraron un retrato?
El Inspector atacó otro trozo de pizza:
–No hay suficientes datos, Mina. Era de noche y había poca luz; además, la testigo dice que el tipo llevaba capucha.
Mina se quedó mirando a ambos policías:
–¿Entonces cómo puede afirmar que era un hombre como de 50 años?
Maza intervino de nuevo:
–No lo asegura; dice que eso le pareció.
–Nadie más vio nada raro –intercaló el Inspector, comiendo–, pero seguimos buscando potenciales testigos.
Mina se incorporó de nuevo y prosiguió su caminar pensativa y cerveza en mano:
–A
ver... el sólo hecho de que el asesino, sea hombre o mujer, deje esos
men-sajes cada vez que mata indica su egotismo, su afán de llamar la
atención. Es el clá-sico cuadro de un individuo con limitaciones
emocionales y evidente asonancia afec-tiva hacia el sufrimiento.
–¿Qué significa...? –preguntó el detective Maza, sin rubor.
El Inspector se creyó obligado a estar más claro que su subordinado:
–Bueno, chico, que no soporta el sufrimiento ajeno; ¿no, Mina?
Su hermana compuso una mueca de sarcasmo profesional:
–Sí;...
en realidad debe ser una personalidad anormal, psicopática, producto,
probablemente, de una niñez traumática, pero eso tampoco ayuda mucho,
¿verdad?
Los detectives se miraron, y luego no pudieron esconder su frustración, su no-comprensión.
–Pero
quiten esa expresión de desaliento –regañó ella en tono cariñoso–. Los
acertijos son así, trabajosos. Por eso se llaman acertijos...
El detective Maza, con la cara amarrada, señaló las notas que dejaba el asesino:
–¿Pero qué significa lo demás, doctora? O sea, eso de...
–Siempre
es el mismo mensaje –interrumpió ella, casi para sí–, invariable, sin
nuevas veleidades ni pistas, de modo que quiere asegurarse de que sea
bien com-prendido. Es su... su patrón de identidad, por decirlo así.
El
Inspector se levantó de su cómoda silla y estiró las piernas,
limpiándose la boca de los restos de comida con un pañuelo rojo. En su
voz había un dejo de contrariedad mal disimulada.
–Coño, Mina, pero,
¿qué es eso de Caronte y Mercurio? Maza y yo revisamos varios
diccionarios, pero casi no sacamos nada en claro. Caronte es el barquero
de los muertos en la mitología antigua y Mercurio es el dios del sol,
pero...
La hermana asintió con la cabeza, paciente, y tomó una de las notas del asesino.
–Sí,
correcto..., pero tal vez un árbol nos impida ver el bosque... A ver...
el men-saje, siempre el mismo, no nos olvidemos, dice:... “Estoy entre
los Astros y los Reyes; soy el nuevo Caronte y el antiguo Mercurio; dios
soy; piedad soy, soy paz; mis leyes soy. Soy uno. Búscame. Soy UNOS.”
Dejó el envase de cerveza y se sentó.
–No será difícil desentrañarlo.
–¿En serio? –dijo el hermano, escéptico.
–Fíjense:
sabemos ya que el término NOUS, que él pone como firma al resal-tarlo,
simboliza inteligencia... Caronte, en la mitología romana, es el
barquero que transporta las almas de los muertos de una orilla a la otra
del río que lleva a los infiernos...
El detective Maza, que estaba atento a las explicaciones de Mina, metió baza:
–Claro, como hace, en cierto modo, nuestro bondadoso asesino eutanásico.
–Exacto –dijo la psiquiatra, mirándolo–... y Mercurio es el Heraldo de los dioses...
–¿Y este... NOUS..., es una especie de mensajero de la muerte entonces? –apuntó el Inspector.
–Correcto.
Mina releyó la hoja que tenía en la mano:
–“Estoy
entre los Astros y los Reyes; soy el nuevo Caronte y el antiguo
Mercurio; dios soy; piedad soy, soy paz; mis leyes soy. Soy uno.
Búscame. Soy UNOS”... Humm... es claro que este enajenado se cree una
especie de elegido, de enviado de Dios.
–¿Enviado de Dios un asesino, doctora? –negó Maza.
Mina
le taladró con la mirada verde acero que usaba con algún paciente
cuando éste quería dar a entender que la perturbada era ella y no quien
venía a la consulta.
–Detective Maza, Atila y Hitler creían lo mismo.
Guillermo intervino de nuevo:
–Bueno, es un maniático. Dice claramente que es Dios, Mina.
–No
–le corrigió ella, amable–; fíjate que dice dios soy, en minúscula, lo
que indica que cree ser uno de tantos dioses que la humanidad ha
concebido. Y luego dice que es piedad y paz, refiriéndose a lo que hace,
a lo que proporciona a sus víctimas.
El joven detective Maza no pudo evitar un comentario impertinente:
–¿Usted como que apoya lo que ese loco coño de madre hace, doctora Vizcaya, dicho sea con todo respeto?
–Bueno, Maza, ¿qué te pasa? –saltó su jefe, un poco sorprendido de la acritud de su compañero.
Mina clavó en el detective una mirada como un trallazo.
–No
apruebo la eutanasia ni moral, ni ética, ni profesionalmente, detective
Maza, si a eso se refiere, y me parece que olvida que, en mi trabajo,
debo tratar de introdu-cirme en la mente de otras personas para luego
poder comprender el por qué de sus acciones.
El Inspector lanzó
una fría mirada a su subalterno y luego fue junto a su hermana y repasó
una de las líneas que más le intrigaban de la nota del asesino, con aire
dubitativo:
–...Estoy entre los Astros y los Reyes... Estoy entre los Astros y los Reyes...
A Maza, quizá tanteando la cuota de participación que le quedaba en la reunión, se le ocurrió una especulación:
–¿Y no indicará eso el nombre de un rey antiguo, ah, doctora, Inspector?
A Mina Vizcaya Salazar se le iluminaron los ojos verde mar:
–¡Podría
ser! Probablemente un rey mitológico, un dios pagano y un astro, todo
en uno, que al mismo tiempo tenga alguna relación con Caronte y Mercurio
–y señaló los libros con repentino entusiasmo– ¡Busquemos esa relación!
VIII: Hermes
“El amor a la vida
no es en el fondo sino
el temor a la muerte.”
(Shopenhauer)
Era
una especie de armonía inquietante, con resonancias oscuras y súbitas,
ulu-lantes, como si salieran de una trompeta metida dentro de otra
trompeta más grande y sellada y luego filtradas por campanas de delgado
cristal; eso era lo que le parecía percibir al hombre del esmoquin
negro. Las notas subían y bajaban de intensidad con tanta rapidez que
ora le dejaban aturdido, ora alerta para seguir escuchando.
Cuando
se atrevió a abrir los ojos notó que iba viajando en giros a través de
un laberinto o túnel multiforme y multidimensional, de muchos y
esplendentes colores... Después vio que estaba en una especie de extraña
montaña rusa hecha de espuma iridiscente, húmeda, y a continuación
sintió que su cuerpo neblinoso estaba siendo halado hacia un torbellino
que descendía en espiral a velocidad supersónica, inimaginable..., y
bruscamente, con un formidable y aterrador estallido de mil tonos
enceguecedores, cesó todo: la música obsesiva, el movimiento
desfalleciente, las coloraciones demenciales; todo se transformó en un
prado gris silencioso y solitario.
El hombre sin memoria se vio
delante de un descomunal árbol oval de un color que se parecía al verde
de las esmeraldas, pero mucho más opaco y como hueco a ratos, como si
dentro del color hubiese un sin fin de diminutas larvas con forma de
hojas sobreponiéndose unas sobre otras en un relevo insobornable y
cíclico, enloquecedor.
Al árbol lo rodeaba una nube de aleteantes
mariposas de múltiples tamaños, todas de color negro-plata brillante y
todas con siete ojos blancos pintados en las alas...
El hombre,
atolondrado, al borde del vértigo, abrió y cerró los párpados varias
veces,... y entonces comprendió que todo el prado y el árbol y las
mariposas se desdibujaban y volvían a tomar caprichosas representaciones
porque todo estaba conformado por rayos de energía pura, energía que se
alteraba ante su sola mirada, que se transformaba sin modelo ni
definición porque él mismo era parte del sobrenatural cuadro.
Cuando
transcurrió una eternidad, por encima de su cabeza, entre las ramas que
cambiaban continuamente de formas, comenzó a centellear una luz azul
celeste-pálido, que se fue tornando intensa, intensa, intensa, aunque no
cegadora... El hombre sin pasado notó que tenía forma alargada y
tersura como de nube, quizá como debía verse una lanza hecha de vapor de
agua e iluminada interiormente.
Oyó de súbito una voz serena y
resonante, plena de vitalidad, que lo mismo podía ser femenina que
masculina y que parecía provenir del centro de la lanza de luz.
“¿No recuerdas lo ocurrido?”, dijo, con profunda calidez, que se le antojó lejanamente familiar.
–¿Qué es esto, dónde estoy ahora? ¿Quién me habla?
Hubo un momento de silencio angustiante. Después, la voz volvió a sonar, bien-hechora, casi letárgica:
“El choque, cuando es inesperado, suele ser muy perturbador.”
–¿Qué choque? –se angustió el hombre, a pesar de todo–. ¿Eso fue lo que me pasó? ¿Choqué?
Nuevo silencio. La lanza azulada pareció brillar más. El hombre se desesperó.
–¿Por qué no me dice quién es usted y dónde estoy, por favor?
“Soy la última a quien ayudaste. Tu salvación consiste en que los demás se salven. Debes matar al dragón”.
–¿Matar
al dragón? ¿Qué significa eso? ¿Cuál dragón? ¿Cómo le ayudé yo? No
entiendo nada –casi lloró el hombre–... Mire, deje que le explique: no
sé cómo, pero perdí la memoria. No sé quién soy ni cómo me llamo.... No
tengo recuerdos conscientes, nadie puede verme ni oírme, a excepción de
dos mujeres a las que nunca antes había visto puesto que ellas no me han
reconocido...
“Al abandonar con brusquedad el mundo químico, la conciencia huye, pero luego retorna”, dijo en tono tranquilizador la voz.
–¿Qué
mundo químico? –preguntó, entrando a la dimensión del pánico profundo–.
¿Qué me quiere decir...? ¿Por eso es que casi nadie puede verme? ¿Por
eso es que ahora soy como etéreo, como de humo, porque estoy... muerto?
¿Es eso?
“La muerte es sólo un cortocircuito entre los polos
magnético y eléctrico del organismo físico. Más allá, ya no existen las
barreras.”
El pavor de lo inexplicable invadió entonces al pobre ser sin memoria. Desarmonizó todo el paisaje con sus gritos:
–¿Quién es usted? ¿Por qué no puedo verle? ¿Por qué todo es como de niebla? ¿Qué es este lugar?
“Tú dímelo...”, dijo la voz.
–¿Yo...?
“Sí, tú... Este lugar es una construcción mental tuya.”
–¿Cómo que una constru...?
No
pudo terminar la frase. Un pavoroso estallido de luz y sonido le hizo
proferir un alarido de espanto, y aunque sabía que estaba gritando, no
podía escucharse... Sintió que se precipitaba en lo más profundo y
aterrador de aquellas arenas energéticas... Cerró los ojos... y se
hundió en la nada.
ΨΨΨΨΨΨΨ
En la puerta de cristal
transparente de la entrada del abastos La Marejada destacaba el afiche
(el mismo que en la cartelera del teatro del centro de la ciudad
pregonaba que Hermes García era Drácula, el Príncipe de la Noche e Iris
Galíndez interpretaba a Mina Murray), ya un poco descolorido.
El
negocio era un típico local de venta de víveres y afines de la parroquia
de La Candelaria de esos en los cuales se conseguía desde una curita
hasta una chirimoya. Había varios clientes haciendo sus compras, entre
ellos Ramona de García, la esposa del actor. Cesta en mano, escogía
frutas y vegetales. Su vecina (vivían en el mismo edificio) Iris
Galíndez, la actriz, entró al local y se la topó. Al verla, una
expresión de conmiseración se dibujó en su cara, pero el saludo quiso
ser animoso, a pesar de todo:
–Hola, Ramona –dijo, tras el beso en la mejilla–, ¿cómo va todo, qué dicen los médicos?
La
enfermera hizo un gesto de resignación, y su mirada se fijó en otro
afiche que estaba detrás de la caja registradora, de frente a Joao, el
propietario del lugar, y en el que se veía a su esposo en otra pose, con
su esmoquin y su capa rojinegra.
–Pues... la verdad no dan muchas esperanzas, Iris.
La actriz chasqueó los dientes, condolida.
–¡Qué
broma, amiga!... Qué duro debe ser, ¿no?,... y eso que a lo mejor tú
eres más fuerte para una cosa de esas, digo yo, por tu profesión...
–No creas –murmuró Ramona, sin quitar la vista del retrato de su marido.
–¿No,
verdad? –dijo Iris, y se acordó, y agregó, en voz baja–: ¿Sabes que
esta mañana fuimos al hospital varios compañeros del teatro, pero no nos
dejaron verlo, chica?
–No, no dejan todavía; yo únicamente, y eso
porque soy enfermera, claro –y sonrió, resignada–. Gracias de todas
maneras, Iris, y a tus compañeros. Se aprecia el gesto.
–Ay, no, por favor, Ramona; ya sabes que estamos contigo de todo corazón en este difícil trance.
–Yo
sé, amiga, y les agradezco a todos los del elenco –susurró, tomando
entre los dedos un tomate manzano y metiéndolo en la cesta. Iris hizo
otro tanto con un par de cebollas. Ramona carraspeó, y preguntó, sin
mirarla:
–¿Y qué? ¿Ya están ensayando la nueva obra, o lo van a sustituir en El Prín-cipe...?
–No
–dijo Iris, con desazón–, no vamos a hacer más El Príncipe...; mañana
comenzamos a ensayar la del Doctor Jekill y Mister Hyde.
–Ah, qué bueno –dijo la enfermera, por compromiso.
En
eso llegó Patricia, la hija de Iris, con un paquete grande en las
manos. Su tremebunda barriga de ocho meses y medio ya le hacía caminar
como un rollizo pingüino. Era una joven señora de 24 años, atractiva
como la madre, aunque con cierta expresión bobalicona en el bonito
semblante. Tenía el cabello de un amarillo tan puro que casi encandilaba
mirárselo. Llegó junto a las otras dos y saludó con un beso en la
mejilla a la enfermera.
–Hola, señora Ramona. ¿Cómo está...?
Ramona
hizo un gesto de “así-así” con la mano y Patricia (que no era muy
lista) señaló el cartel que publicitaba la obra de Drácula.
–Cónchale, mamá me contó lo de su esposo. ¿Cómo sigue él, el señor Hermes?
–Pues ahí, sin cambios. Gracias por preguntar, Patricia.
–Qué buena broma, ¿no? –comentó la embarazada, y luego le extendió el paquete a la madre–... Toma, mami, la carne.
–¿Cuánto fue?
–No te preocupes –sonrió, pícara, Patricia Galíndez de Vizcaya–. Le quité plata a Guillermo anoche, que llegó medio prendío.
–Oye, Patricia –cambió el tema la enfermera, aprovechando la oportunidad–, ¿y tu marido ya agarró al tipo ese mataviejitas?
Patricia negó con la cabeza:
–No que yo sepa, señora Ramona. La policía ni siquiera lo ha identificado todavía, figúrese.
Hizo un gesto y sacó un celular de uno de los bolsillos de su bata de barrigona.
–Por
cierto, déjame llamarlo para ver si almorzó, porque con ese asunto del
ase-sino eutanásico anda como loco y se le olvida hasta comer...
Permiso...
ΨΨΨΨΨΨΨ
El Inspector Vizcaya encendió un cigarrillo. Sus ojos chispeaban de irritación aún a través de los anteojos oscuros.
–¿Entonces por todas las vías nos tropezamos con ese... bendito nombre...?
Los
tres tomaban café tibio. Cuando Mina iba a responder, el celular de su
hermano repicó y él se excusó, tras mirar la pantalla del aparato.
–Disculpen, es Patricia. ¿Aló, mi amor?
–Hola, papi –saludó ella–. No se te olvidó almorzar, ¿verdá?
–No,
mi amor. Estoy en el consultorio de Mina y comimos pizza aquí mismo, y
antes me zampé una hamburguesa. ¿Y tú? ¿Todo bien? ¿Fuiste al médico, te
vio?
–Sí, papi, tranquilo. Todo bien con el bebé... Mira, estoy en
el supermercado con mi mamá y con la señora Ramona, la vecina que es
esposa del señor que es actor, ¿te acuerdas?; bueno, que le dio una cosa
ahí, un patatús...
–¿A quién, Paty? –preguntó el Inspector, confundido.
–Al esposo de la vecina, al señor Hermes, ¿no te estoy diciendo, mi amor? Le dio una cosa de esas de acv, ¿sabes?
–¿Un accidente-cerebro-vascular?
–Sí,
papi, un acv de esos –confirmó Patricia, a quien le parecía sumamente
difí-cil pronunciar de corrido lo que significaban las tres letras–.
Mira, papi, ¿vienes temprano hoy?
–Depende –dijo, cariñoso–. Te aviso más tarde.
–Bueno, pero no se te olvide –pidió, mimosa.
–No, mami... Bueno, saludos a la suegra y a la vecina... Dile que lamento lo de su esposo. Chao, mami, hablamos...
El Inspector Vizcaya Salazar cerró el teléfono y volvió a su asunto:
–Okey,
seguimos... Decía que el nombre que coincide plenamente con lo que
buscamos es: Hermes, ¿correcto...? Entonces lo que deberíamos...
Calló de pronto. Mina e Israel Maza le miraron, curiosos. Él agregó, por lo bajo:
–¡Coño, qué casualidad!
–¿Qué cosa, Memo?
–Esto del nombre Hermes –apuntó, e hizo con la mano un ademán a su hermana–; espérate, Mina, ya va, déjame chequear una vaina.
Cogió el teléfono y llamó.
–¿Aló, Paty...?
–¿Qué pasó, papi?
–¿A quién fue que le dio un acv, al esposo de la señora Ramona, la vecina?
–Sí, papi, al señor Hermes, ¿por qué?
–No, por nada, mi amor. Gracias; chao, chao...
Su hermana y su ayudante le miraron, curiosos.
–¿Qué pasa, Memo? ¿Quién sufrió un acv?
Él no contestó de inmediato; se quedó un instante caviloso y luego desechó con un gesto la casualidad.
–No,
un vecino mío que es actor y se llama igual, Hermes..., pero sigamos
con el nuestro. Entonces ese nombre concuerda en todo con las notas, ¿no
es así?
–Sí –confirmó Mina–, aunque no es el único...
–Bueno, pero es el que mejor encaja, según tú.
–Correcto.
Hay varias definiciones del nombre Hermes: fue un dios griego, hijo de
Zeus, patrón de los ladrones y encargado, entre otras cosas, de llevar
las almas de los muertos a los infiernos.
–Como el tal Caronte, el barquero.
–Ajá, y los latinos lo identificaban con Mercurio –siguió ella.
–...El mensajero de los dioses –agregó el Detective Maza.
–Sí
–siguió Mina, con un grueso volumen en la mano y señalando un grabado
del personaje–, y está Hermes Trismegisto, que significa tres veces
santo, y que era el dios lunar Thot, conductor de las almas de los
muertos, según los griegos.
El Inspector Vizcaya Salazar,
enciclopedia en mano, volvió a intervenir. Leyó: “Antiguo rey egipcio,
inventor de todas las ciencias, cuyos secretos guardaba en misteriosos
libros...”
–De él proviene el término hermético como sinónimo de impenetrable y reserva-do –explicó Mina.
–Fíjense
–puntualizó el Inspector–: aquí resaltan que también con el nombre de
Hermes bautizaron a un asteroide descubierto en 1937.
Presa de un súbito presentimiento cogió de la mesa una de las notas dejadas por el criminal apodado Nous. Murmuró:
–Estoy
entre los Reyes y los Astros –miró a su compañero–... Maza, todo
coincide. Como dijo Mina, creo que nuestro asesino de viejitos nos ha
dejado suficientes pistas acerca de su nombre.
La siquiatra destapó otra cerveza y fue a sentarse en medio de ambos. Sentenció:
–Parece obvio que no es una mujer. Todos los nombres que cita son masculinos.
–¿Y no podría ser adrede, para despistarnos? –preguntó Maza.
–No
lo creo –negó ella–; es un hombre, y sabe que tarde o temprano la
policía descifrará sus mensajes. Tal vez en el fondo es lo que desea.
–¿Qué cosa? –quiso saber Memo, aunque sabía la respuesta.
Mina lo miró:
–Quiere ser descubierto... y castigado.
IX: el Accidente
“La Naturaleza no ha
dado al hombre nada mejor
que la brevedad de su vida.”
(Plinio el Viejo)
–Mamá,
sírvete más ensalada de aguacate. Ya sabes que ahora la recomiendan
para el colesterol bueno –dijo Patricia Galíndez de Vizcaya señalando la
fuente con la sabrosa mezcolanza de tomate, cebolla, lechuga y
aguacate.
–Ajá –contestó, distraída, Irís.
No podía dejar de
pensar en la mala suerte de la obra de terror cuya represen-tación tan
abruptamente habían tenido que interrumpir.
Madre e hija merendaban
en el comedor del apartamento de esta, vecino del hogar del matrimonio
de Ramona y Hermes García, dos pisos más abajo.
Como la embarazada notara el ensimismamiento de su madre, dejó el tenedor y la interrumpió con su acostumbrada falta de tino:
–¿...Ah, mamá...?
–¿Sí...?
–¿...Entonces el señor Hermes va a quedar vegetal, verdad?
Iris Galíndez se escandalizó:
–¡Ay, chica, no sé! –dijo, dando un respingo–. ¡Dios lo guarde!
–Bueno, ¿pero no dijo la esposa que no reacciona, que tiene el cerebro muerto?
–No,
Patricia, no están seguros de nada. Aunque no ha habido cambios desde
la crisis, Ramona no ha perdido las esperanzas, y ella sabe de eso
porque es enfermera graduada.
–Pobrecita, ¿verdad? –dijo, sobándose
la descomunal panza. Sin dejar de ingerir grandes trozos de aguacate,
preguntó–: Oye, mamá, lo del señor Hermes fue en plena actuación
contigo, ¿verdad?, como le sucedió hace un pocotón de años a un actor
francés o inglés, según me contaron, ¿no es así?
–Así es –respondió
Iris, sombría–. Le pasó a Molièrè, el más famoso autor y comediante
francés del siglo XVII... Murió en plena representación de El Enfermo
Imaginario...
–Que ironía, ¿verdad, mamá?
No contestó la actriz. Su rostro reflejaba el tormento que la embargaba al recordar la tragedia de su compañero de escena.
–Lo
de Hermes fue realmente perturbador –murmuró, y su mente revivió el
mo-mento cuando la tragedia real se impuso a la teatral...
En
el escenario (que representaba la habitación de Mina Murray), Hermes
García, maquillado y caracterizado como el Conde Drácula, luchaba con la
mujer para obligarla a beber de un hilillo carmesí que manaba de su
pecho desnudo, aferrándola por el cabello, pero ella resistía
débilmente, arrodillada en el vaporoso lecho, con su hermosa y sexy bata
ahora manchada de sangre.
El clímax dramático de la irreal escena oscurecía y arrollaba el talento histriónico de los intérpretes.
La novia de Drácula, con desfalleciente coraje, trataba de sustraerse a la hipnótica mirada de la bestia:
–¡No, no, déjame, suéltame, suéltame! –murmuraba, ronca de emoción.
El vampiro, furioso, excitado, pregonaba a la noche su dominio:
–¡Obedece, Mina! ¡Inútil es resistir! ¡Yo soy tu señor natural, y mi amor de siglos te hará vivir eternamente esta vez!
Hermes García cerró su diálogo con un sobreactuado grito:
–¡Bebe, y te regalaré la Eternidad!
De
seguidas, ante el progresivo horror de Iris y el desconcierto del
escaso público asistente, Drácula comenzó a contorsionarse, víctima de
una crisis cerebro-vascular, y cayó boca abajo sobre el lecho de Mina.
Algunos
de los presentes comenzaron a aplaudir, pero entonces la actriz, al
darse cuenta del verdadero drama, lanzó un grito de terror que más
parecía de Mina Murray que de Iris Galíndez.
–¡Uppss! –hizo
Patricia, con su lógica simpleza–. En verdad que debe haber sido
calamitoso –Soltó una risita tonta–: La gente pensaría que era parte de
la obra, ¿no, mamá?
Iris Galíndez no contestó, todavía estremecida por la evocación, pero la miró con silencioso reproche.
–Parece
que es un mal de familia –recordó Iris repentinamente–. La madre de
Hermes murió de algo parecido, según me contó Ramona una vez.
–¿Y eso es hereditario, mamá?
–No
sé, hija, no sé –cortó, nerviosa, y después de pensarlo un momento más,
se decidió–: ¡Ay, no, Patricia, yo voy a ver si me dejan entrar! ¡Tengo
que verlo!
–¿Quieres que te acompañe? –preguntó la embarazada, y la madre se encogió de hombros, dubitativa.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El
tráfico de vehículos, como siempre a esa hora, era infernal en el
centro de la ciudad cuando el auto patrulla asignado al Inspector
Guillermo Vizcaya Salazar se dirigía a la Comisaría Central de la
Policía Científica. Conducía el detective Israel Maza. El Inspector
terminó de encender el cigarrillo que aquel le obsequió y preguntó, tras
lanzar una gran bocanada:
–¿Cuántos tipos con ese nombre de Hermes crees que existan registrados en cedulación, ah, Maza?
–No
demasiados, Inspector Vizcaya –respondió–. Ya llamé a Monsalve, en
Informática, para que nos imprima una copia de todos los Hermes que
vivan en el área del Distrito Capital.
El Inspector se animó más:
–Perfecto.
Si nuestro mata-viejitos es un solo tipo, como afirma Mina, pronto
descubriremos su identidad. Con un poco de suerte, tal vez la tal
Guacaipura ésta recuerde algo que nos permita identificarlo más pronto.
En eso sonó su celular. Miró la pantalla y atendió, intrigado:
–¿Sí, buenas tardes...?
Una nerviosa voz de mujer interrogó:
–¿Inspector Vizcaya Salazar?
–Él habla. ¿Quién es...?
–Inspector, soy yo, Guacaipura, la curandera, no sé si se acuerda de mí...
El
policía sonrió y miró a su compañero como diciéndole “¡qué
casualidad!”, y subió el tono para que el otro supiera quien llamaba.
–Sí, claro, señora Guacaipura; usted es la testigo que vive en los Mecedores de La Pastora...
–Esa misma –atropelló ella–... Ajá, mire, lo llamo porque es que el tipo, el ase-sino, se me apareció.
–¿Cómo es eso, señora? –se atiesó el policía–. ¿Dónde lo vio, cuándo?
–Lo he visto dos veces, Inspector.
Guillermo miró a su colega abriendo mucho los ojos:
–¿Dos veces lo ha visto? ¿Y por qué no me había avisado antes?
El Inspector escuchó claramente la respiración forzada de la mujer y la escuchó vacilar:
–Guá,
Inspector, es que pensé que a lo mejor usté no me iba a creer..., y eso
que tengo ahorita a mi lado, aquí en el carro, al Padre Ignacio
Villamizar, que va manejando.
–¡A mí no me involucres! –oyó Guillermo que decía una voz masculina, fuerte.
Endureció el tono el Inspector:
–Señora
Guacaipura, deje que yo decida si le creo o no, ¿estamos de acuerdo? A
ver, cuénteme... No, espere; ¿quiere que la llame yo para que hablemos
más cómodamente y no gaste su saldo...?
–¡Guá, claro! –escuchó que contestaban.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El
padre Ignacio Villamizar observaba con mal disimulada curiosidad al
doctor y profesor Amadeo Carranza quien, unos metros más allá, en la
zona enjardinada, le susurraba algo a unos rosales mientras los
acariciaba con delicadeza, como suelen hacer algunas personas con
ciertos animales.
El sacerdote, que había llegado un rato antes en
compañía de la bruja Guacai-pura, estaba de pie en la terraza y miraba a
través del ventanal de gruesos cristales con las manos a la espalda y
expresión cortés.
Tamanaca, la hija del sabio, llegó desde el
comedor, bandeja en mano repleta de bebidas y delicatessen; la colocó en
la mesa y sonrió, afable:
–Tome lo que guste, Padre Ignacio. Guacaipura vendrá en un ratico, ¿está bien?
–Muchas gracias, hija, muy amable –sonrió él.
La mujer le mostró un control remoto.
–Si el aire acondicionado le molesta o está muy frío, le baja con esto, ¿oyó?
El Padre Ignacio hizo con la mano un gesto que indicaba que había entendido y que todo estaba bien.
–Ah, mire, ahí viene papá.
En
efecto, el profesor Amadeo Carranza, trajeado de blanco como de
costumbre, con su enorme medallón con la imagen en oro del Mesías
Crucificado se acercaba desde el jardín con paso resuelto. El clérigo
pensó que jamás había visto a un ciego caminar con más firmeza, como si
no temiera tropezar. Abrió y cerró sin indecisiones la puerta de vidrio y
se detuvo a tres pasos del visitante. Traía en la mano izquierda una
fulgente rosa roja. Tendió la derecha con afabilidad tras quitarse el
sombrero y entregarlo a su hija, todo con movimientos firmes.
–Amadeo
Carranza, para servirle, Padre –retumbó su sonora voz y una amplia,
señorial y seductora sonrisa acompañó su presentación.
–Ignacio Villamizar; es un verdadero honor, Profesor.
–Pero siéntese, haga el favor –pidió el ciego. El cura obedeció. Carranza levan-tó la mano con la flor:
–Es bueno hablarles, porque se nutren de nuestras vibraciones, como usted debe saber.
Acto seguido, le extendió la rosa.
–¿Para mí? Gracias, Profesor.
Ignacio Villamizar aspiró la fragancia y admiró el esplendor del obsequio.
–Tómelo como un acercamiento entre su oficio y el mío.
El
clérigo puso expresión de intriga. Observó con manifiesta curiosidad el
hermo-so crucifijo del otro. Tamanaca le explicó, mientras el invidente
se sentaba en una de las mullidas butacas:
–Además de profesor de sicología y siquiatría, papá es también una especie de preste...
El cura, que había tomado de la bandeja un trozo de queso blanco, la miró, intri-gado:
–¿Ah sí?
–Ajá. Es Gran Maestro de la fraternidad de la Cruz y la Rosa.
–Debe serle familiar esa escuela filosófica, Padre –dijo Amadeo Carranza en tono zumbón.
–A
decir verdad –respondió con afabilidad– he estudiado varias corrientes
ro-sacruces, Profesor Carranza, aunque ninguna de la cruz y la rosa.
–Son sólo denominaciones, Padre –dijo el otro, acomodándose las gafas pardas–. Las diferencias son de forma, no de fondo.
–Ehh,
sí, bueno, Profesor –carraspeó el sacerdote, comenzando a dudar si
a-quella visita de la mano de una curandera medio pirata a la más
reconocida autoridad psiquiátrica, psicológica y metafísica del
continente para corroborar la existencia o no de un fantasmita
extraviado en sí mismo había sido una buena idea–; las logias rosacruces
y masónicas se han escindido de tal forma y son tantas hoy en día que
realmente no hay forma ni manera de identificarlas. Y, por lo que sé, no
son muy católicas que se diga –añadió, dueño de una enorme sonrisa.
Más grande fue la que iluminó la morena faz del ciego:
–En
efecto, mi apreciado amigo; no somos, como organización, ni católicos
ni de ninguna otra religión, pero nuestro guía espiritual es el Maestro
Jesús. Ustedes dependen del Papa; hay cierta diferencia.
Como
Tamanaca intuyó que iba a comenzar una especie de duelo filosófico a los
que tan adicto era su padre se retiró con discreción.
–Con permiso... Estaré en el comedor, con Guacaipura.
–Adelante, no tenga cuidado –dijo Ignacio Villamizar.
La
mujer se alejó con una enigmática sonrisa. El cura probó un poco del
sabroso chocolate casero y siguió comiendo queso y galletas en tanto
escrutaba el rostro de Amadeo Carranza, quien sonreía abiertamente, como
si realmente pudiese mirar a su huésped.
X: el Metafísico
“No podemos comprender plenamente
esta vida hasta que sepamos
algo de lo que hay más allá.”
(Dr. en Medicina Raymond A. Moody, jr.,
autor del libro “Vida Después de la Vida”)
En
la puerta de su consultorio, de pie, con un formal apretón de manos, la
doctora Vizcaya Salazar despedía a una de sus pacientes, una dama
ricachona y delgadísima, de pómulos salientes y maneras distinguidas:
–Bueno, hasta la próxima semana entonces, señora Villarte.
La
emperifollada mujer, bolso en mano, salió hacia la recepción. Mina
cerró la puerta y exhaló un suspiro, fatigada, mareada casi, y fue a
sentarse en su cómodo sillón. Tomó el teléfono para hablar con Yolanda,
su asistente. Contuvo un bostezo, presa de un repentino sopor.
–Yolanda, me siento un poco... fatigada. ¿Cuántos pacientes me quedan?
Yolanda contestó, incontinenti:
–Hay dos más anotados, doctora, pero no han llegado...
–Haz el favor de cambiarles la cita para otro día, chica; no veré a nadie más hoy.
–Muy bien, doctora. ¿Quiere que baje a buscarle algo a la farmacia o qué?
–No, no, gracias. Ve tú a merendar abajo, anda.
–Perfecto; gracias, doctora Vizcaya.
Mina,
con aire perezoso, colgó la bocina y tomó el control del aparato del
aire acondicionado y le bajó unos grados. Había comenzado a sentir frío.
Bostezó ruidosamente, con ganas de hacerlo, con desahogo... Se sacó los
zapatos... Los ojos se le cerraban... Escuchó, alejado, el ruido de la
puerta del pasillo al abrirse y cerrarse... Echó la cabeza atrás, montó
los pies sobre el escritorio y se dispuso a echar un camarón. Todavía
alcanzó a sonreír, ya al borde de la línea consciente, al pensar en su
recurrencia soñera: “Espero que en lugar de morderme, esta vez me hagas
el amor, maricón, si es que vas a aparecer”, murmuró, sonreída...
ΨΨΨΨΨΨΨ
En
el comedor de la hacienda de cacao (a través de cuyos ventanales de
cristal podía verse el jardín y también la terraza) las dos mujeres
tomaban chocolate. Guacaipura se notaba nerviosa, tensa, y Tamanaca
trataba de buscarle la verdad en los ojos, pero la otra rehuía el
contacto.
Con desazón, volteando hacia el mirador donde conversaban los dos hombres, preguntó:
–¿Y cómo ha estado él, Tamanaca?
–Ahí... bien... ¿Y tú, chica?
La
curandera se ajustó más el florido pañuelo sobre el cabello peinado en
hilachas de colores y los lentes negros y asintió con la cabeza, en
tanto sacaba del bolso un habano de los que solía consumir y lo
encendía. La otra tosió y manoteó el humo de su cara:
–¿Pero todavía fumas esa porquería, muchacha?
–Es un implemento de trabajo, tú lo sabes –argumentó, seria.
Señaló con el cigarro hacia la terraza y preguntó con cierta aprensión:
–¿Desde cuándo no le da un ataque...?
Luego de una larguísima pausa, la otra contestó.
–Justo desde hace dos años.
–Claro. Qué bruta soy –asintió–. La última crisis fue cuando me fui de aquí.
No se miraban. Siguió otro largo e incómodo mutismo. No encontraban las palabras para romperlo. La curandera dijo, al cabo:
–Vine porque necesito que él me ayude...
Tamanaca la miró, curiosa.
–Con una –Guacaipura dudó un instante–... Con una aparición que no me deja quieta. Ya se lo expliqué y le pareció bien.
–No te critico. Estás en tu derecho. Hiciste lo correcto –contestó Tamanaca.
Pero en su voz se había deslizado un leve reproche, y la otra lo captó.
–Hice lo correcto, ¿pero...?
–Trata de no provocarlo –apaciguó Tamanaca– aunque creo que ya sus ata-ques son cosa superada.
–¡Dios y San Juan Guaricongo bendito te oigan, chica!
Las
dos voltearon al unísono hacia el mirador encristalado donde la
conversación estaba muy animada, a juzgar por la vivacidad de los gestos
de ambos hombres.
Tras un sonoro carraspeo, Tamanaca preguntó:
–¿Y a qué vino el cura?
–¿El padre Ignacio? No, a nada... Yo le pedí que me acompañara para que... lo conociera.
–Ajá, claro –asintió.
Después de otra larga pausa, sin mirarla, Tamanaca aventuró:
–No te quiere creer ni una sola palabra..., ¿cierto?
La bruja asintió en silencio. La otra insistió:
–¿Y la aparición esa qué quiere?
Se encogió de hombros Guacaipura.
Pero
Tamanaca insistió con firmeza y ella tuvo que echarle el cuento de cómo
el hombre de cuerpo humoso y sin memoria se le había colado en la
casa...
–Profesor, ¿qué opina usted de lo que cree ver la... la curandera Guacaipura?
Amadeo
Carranza irguió la cabeza súbitamente (como hacen los ciegos) y tomó un
sorbo de la taza que sostenía en las manos. Lucía relajado, tranquilo,
con una pierna cruzada sobre la otra rodilla. El Padre Ignacio seguía
comiendo y bebiendo chocolate, si bien moderadamente.
Carranza sonrió luego de un momento, enigmático, y preguntó de buenas a primeras:
–¿Le gusta nuestra ambrosía, Padre?
–¿Cómo...? –se desconcertó éste.
–El chocolate.
–Ah... Sí, hombre, sí, claro... Está delicioso.
–Ambrosía le llamo yo –sonrió Amadeo.
Luego de un momento en el cual esperó que su interlocutor dijera algo, comentó, risueño:
–Tremenda pelada se echó Colón con nuestro maná americano, ¿no le parece a usted?
El Padre Ignacio se le quedó mirando a las gafas sin ocultar su desconcierto:
–¿Disculpe?
–En
ninguno de sus cuatro viajes al nuevo continente a lo largo de diez
años el genovés reparó en la fruta del cacao, y eso que tuvo que
conocerla, porque los indígenas centroamericanos la cultivaban y la
preparaban, y además la utilizaban como moneda. ¿Qué le parece?
El Padre Ignacio Villamizar no entendía nada, pero procuró agarrar el hilo de la conversación.
–Sí,
bueno... Tiene usted razón. Cuando en Europa se conoció el cacao, fue a
través de Hernán Cortés y los suyos, que lo llevaron de México, y se
puso de moda de inmediato...
–Correcto. Por eso le decía que nuestro
gran Almirante se peló feo ahí, porque no supo ver que el fabuloso
Dorado que buscaba, no era dorado, sino pardo –concluyó el ciego,
riendo.
El cura no pudo dejar de preguntarse qué relación tenía la
historia del cacao con lo que él quería saber. Tomó otro sorbo de
chocolate e intentó enrumbar el tema hacia donde le interesaba:
–Disculpe
que insista sobre el asunto de Guacaipura y el fantasma que cree ver y
que le habla, Profesor Carranza, pero a eso vinimos ella y yo.
–Mire, Padre, la curandera Guacaipura, como la llama usted, siempre ha sido... digamos... especial –y enfatizó–: desde niña.
El
Padre Ignacio le miró las gafas oscuras de nuevo, como si desconfiara
de su ceguera. Con la sospecha rondando su mente cual inquieta mariposa,
interrogó, con cierto descaro:
–¿La conoce desde niña, Profesor Carranza?
El sabio esbozó una de sus grandes, bonachonas sonrisas:
–No se lo dijo, ¿verdad...? Debí imaginarlo.
–No, no me lo dijo, pero déjeme adivinar... Guacaipura... es... hija suya, ¿cierto?
El ciego asintió, con expresión contrariada.
–Siempre
ha tenido los sentidos síquicos más desarrollados que el común de la
gente. Lástima que no haya querido nunca estudiar ni entrenar para
cultivarlos con seriedad.
–Aguarde un momento –atajó el otro, con
aire grave pero sin soltar el bocadillo que engullía–: ¿eso significa
que usted piensa que ella realmente ve a ese... fantasma, demonio,
aparición o lo que sea?
El Profesor Amadeo Carranza abrió los brazos como diciendo “¿Qué quiere que le diga?”.
El cura dejó de comer queso.
–Profesor,
por favor, hablemos con seriedad... Guacaipura trató de convencerme con
trucos de aprendiz de mago de que algo se le apareció allá en la
iglesia, pero yo no pude ver nada.
El psiquiatra y psicólogo procedía con paciencia, como si el otro fuese un estudiante no muy brillante.
–Padre
Ignacio, la visión física sólo sirve para percibir las cosas cuyo ritmo
de vibración es muy denso. Ya conoce usted aquello de “En el Principio
fue el Verbo”, que quiere decir que todo es Vibración en el Universo, en
diversas secuencias y ritmos, obviamente.
El cura tosió dos veces, incómodo:
–Claro. Obviamente.
–Nuestras
barreras son nuestros sentidos..., o más bien nuestros sinsentidos
–amplió la sonrisa–. Un fantasma, mi querido amigo, bien podría ser
materia vibrando a velocidad imperceptible para casi cualquier ojo
humano.
Hubo un silencio. El cura estaba alerta, interesado.
El Profesor prosiguió:
–“El
futuro y el pasado son como ríos que fluyen hacia el presente”, decían
Maeterlink y Nietzsche, como usted seguramente recordará.
–¡Ja! ¡Bonitas joyas! –replicó el Padre Ignacio, mordaz.
Movió los brazos con súbita energía, como si el ciego pudiese verlo:
–¡Tremendo ejemplo cita usted! ¡Dos heresiarcas descarados, igual que el pesimista de Schopenhauer!
–Si
usted lo afirma, Padre –sonrió Carranza–, pero fíjese que el célebre
físico inglés Stephen Hawking ha dicho en varias ocasiones que, en
efecto, el Tiempo es como un río cuyas aguas no fluyen a la misma
velocidad siempre.
–Discúlpeme, Profesor, pero no veo qué tiene que ver Juana con la hermana...
–Mi
querido amigo, perdone mi falta de modales y permítame por favor seguir
citando a uno de los más ilustres cosmólogos y astrofísicos de la
actualidad –atajó el ciego.
Ya no sonreía Amadeo Carranza. Su rostro estaba revestido de una impresionante solemnidad.
–Pues
bien, este científico ha demostrado que el Tiempo, al cual él llama La
Cuarta Dimensión, transcurrirá más lentamente para una persona que viva
en las inmediaciones de una enorme masa física, como una montaña o una
pirámide, por ejemplo, con relación a alguien más distante, ¿me sigue
usted...?
–Desde luego, Profesor –repuso el cura, agrio–; ese tal
Hawking es el mismo que ha dicho que debemos prepararnos para la
invasión extraterrestre en cualquier momento.
–Bueno, él afirma lo
que todos suponíamos: que debe existir vida en otros planetas, Padre...,
desde luego, sustentada por Dios –se permitió agregar, no sin
sarcas-mo.
El sacerdote (que seguía picando y picado) apuntó con un pedazo de galleta a su anfitrión:
–No
se me vaya a ofender, Profesor Carranza, pero me recuerda usted a aquel
escritor dizque metafísico y dizque tibetano llamado Lobsang Rampa, ¿lo
recuerda?, y quien no era sino un gran embaucador inglés que hablaba de
un viaje astral que había hecho a un planeta llamado Ganímedes, y de un
dichoso cordón de plata que supuestamente une a todos los seres
humanos...
Amadeo Carranza calló y se inmovilizó, como sopesando lo
dicho por el sacerdote. Tenía el rostro impenetrable. Después puso con
toda parsimonia la taza en la mesa y entonces, luego de uno segundos en
los cuales pareció que observaba en verdad al cura, ¡le sujetó
sorpresivamente un brazo y con la otra mano recorrió con presteza su
cabeza, torso, diafragma y estómago, como auscultándolo!
Cuando lo
soltó, el cura estaba sorprendido y asustado, lo mismo que las dos hijas
del sabio, quienes, desde el comedor, sintieron la paralizante
perspectiva de que a su padre le atacase una nueva crisis.
–¡Pero qué le pasa a usted! –musitó el religioso.
No lograba reponerse aún y lo que escuchó a continuación le hizo erizar los vellos:
–¿Hace cuánto que lo operaron de apendicitis, Padre Ignacio?
Abrió la boca buscando aire:
–¿Qué...? ¿Pero cómo supo eso? Fue... fue hace más de diez años pero casi nadie lo...
–Cuide
su nivel de azúcar; está alto, pero imagino que ya sabe eso –prosiguió
Amadeo Carranza, sereno–. Lo que no debe saber aún es que sus riñones
están comenzando a empollar lo que muy pronto serán dolorosos cálculos
nefríticos, mi querido colega.
El Padre Ignacio no sabía si estaba delante de un loco o de un místico, o de una peligrosa mezcla de ambas cosas.
Optó
por la salida más fácil al notar la tensión de las dos mujeres desde el
fondo del comedor: levantó su taza hacia ellas, como brindando, y
sonrió.
Amadeo Carranza hizo otro tanto, lo cual provocó un nuevo desconcierto en el cura.
ΨΨΨΨΨΨΨ
“¡Déjame tranquila; tú no existes!”, gritó la mujer a la sombra, sin precisarla bien aún, apoyándose en un poste.
Se
miró: como casi siempre que soñaba con Drácula, estaba ligera de ropas,
exuberante, descalza... y corriendo; pero esta vez lo hacía como en
cámara lenta, como a un tercio de su desplazamiento normal.
El
ambiente era conocido: una calle neblinosa, en penumbras, como esas de
las viejas películas de horror de las primeras décadas del siglo XX. Sin
embargo, a diferencia de otras ocasiones, esta vez la actitud de la
mujer no era asustadiza. De pronto, como a dos metros, entre la bruma
gris, la borrosa figura del vampiro avanzó otra vez hacia ella, pero,
cosa rara, lo hizo cubriéndose el rostro con la capa.
Mina retrocedió un paso, pero su tono y su actitud eran fieros:
“¿Por qué me atormentas?, gritó. ¿Qué tengo yo que ver contigo? ¡Deja mis sueños en paz!”...
Extrañamente,
el Conde Drácula se volvió casi de espaldas, inseguro e indeciso, y no
le mostró los colmillos, como invariablemente hacía. Mina se tornó más
agresiva entonces, invirtiendo lo que sucedía de continuo en sus
pesadillas, es decir, acosando ella al acosador ahora:
–¿Quieres mi
sangre, monstruo...? ¿Es eso...? ¿O es que deseas hacerme el amor?
¡Coño, pues vente, vamos a salir de eso, pero déjame en paz ya! –retó.
Temerariamente,
se abrió el camisón de dormir a la altura del pecho y mostró el cuello y
los senos maduros y grandes, tersos y firmes. El monstruo retrocedió,
impresionado, hasta apoyarse en un poste. Una franja de luz le dio en el
rostro y la siquiatra abrió con desmesura los ojos al reconocerlo:
–Pero...
yo lo conozco... ¡Yo te conozco! ¡Eres el tipo extraño y elegante de la
conferencia en el hospital, el que nadie más vio...!
El hombre de negro, aterrado, gritó: “¡Ayúdeme, doctora, por favor! ¡Ayúdeme!”
Mina,
aunque sabía que estaba soñando, se extrañó. Cuando intentó acercarse
más, la criatura compuso una mueca dolorosa en el rostro, se contorsionó
y se esfumó entre la neblina, como cuando ella lo viera en la vida
real.
Guillermina Vizcaya Salazar, absolutamente aturdida, se abrazó al poste...
Entonces
escuchó los toques en la puerta de su consultorio y despertó, atontada.
Se frotó los párpados y reconoció la silueta de su secretaria Yolanda,
quien golpeaba el cristal con enérgica autoridad.
–¡Doctora Vizcaya!, ¿está todo bien?...
XI: el Duelo
“La vida es un abismo.”
(Víctor Hugo)
El
Padre Ignacio Villamizar, de pie, no ocultaba su desazón. Miraba el
rostro apacible y sonreído del ciego y notaba la nerviosa inquietud de
las hijas desde el comedor.
El Profesor Amadeo Carranza le señaló el asiento con gesto tranquilizador.
–Siéntese, Padre Ignacio, por favor.
Obedeció, a su pesar.
–No
hay por qué sorprenderse tanto; llevo muchos años entrenando mis
sentidos no-físicos; su cordón de plata hizo lo demás para el
diagnóstico –añadió, no sin sorna.
Entre admirado y fustigado, el sacerdote hizo las paces. Quiso satisfacer una curiosidad que lo mortificaba:
–Profesor,
cuando Guacaipura me dijo que lo conocía, no imaginé que fuera su hija,
y le pregunté por su... bueno, por su invidencia, pero ella lo único
que me comentó fue que no era de nacimiento... ¿Cómo perdió la vista,
Profesor Carranza, si no es indiscreción?
El siquiatra contestó con nobleza, sin rescoldo de traumas:
–Fue un accidente, padre. Trataba de impedir que mi esposa, en un arrebato de insensatez, se disparara en la cabeza.
Carranza oyó claramente la respiración agitada del clérigo.
–Acabábamos
de perder a nuestro único hijo varón. Había nacido con una rara
enfermedad incurable de esas de nombre impronunciable en español, y no
pude impedir que Mibia, su madre, se suicidara. En el intento, un
proyectil dañó mi nervio óptico –concluyó.
Se quitó las gafas oscuras y señaló una pequeña cicatriz cerca de la sien.
–Lo lamento, Profesor, no debí...
–No hay cuidado, Padre. Es la vida, con sus distintas manifestaciones.
–Aún así...
–Después,
yo también empecé a sufrir ataques de enajenación mental –hizo como que
no había adivinado la sorpresa del otro. Se volvió a poner los anteojos
y señaló hacia el comedor–. A mis hijas, como es natural, no les gusta
hablar de eso.
–Muy lamentable, Profesor, en verdad.
–Descuide. Son pruebas para el espíritu. Lo que la gente llama karma.
–Admiro su serenidad, Profesor.
Repentinamente, el ciego acercó su rostro al del sacerdote y le ha tono confidencial, como alucinado:
–Padre Ignacio, ¡le voy a revelar un gran secreto de los iniciados en el ocultismo!
El otro tuvo un involuntario estremecimiento.
–¿Le interesa? –rugió Amadeo Carranza.
–Hombre...
–Escúcheme:
el conocimiento deviene cuando uno descubre que existen –y puso ambas
manos con las puntas de los dedos mirándose una frente a otra y a la
misma altura– ¡las escaleras horizontales!
Ignacio Villamizar se
quedó mirando, por enésima vez, los anteojos oscuros del ciego, tratando
de entender el concepto develado. Tuvo la desagradable impresión de que
(desde sus ojos sin luz) el Profesor Amadeo Carranza se burlaba de
todos sus años de arduo estudio seminarista... Después, lentamente,
comenzó a asombrarse al creer haber penetrado la intención del
invidente..., pero entonces, de sopetón, éste lanzó una estruendosa y
demencial carcajada, para estupor del cura y alarma de las mujeres del
comedor.
ΨΨΨΨΨΨΨ
Guillermina Vizcaya Salazar logró recuperarse un poco. Alzó la voz, tras carraspear:
–Sí, sí, Yolanda... Todo bien.
–¿Puedo entrar? –preguntó la otra.
No aguardó respuesta. Penetró en el estudio y se acercó a su patrona. Mina estaba sacando un cigarrillo de su cigarrera.
–Usted me va a disculpar, doctora, pero es que me pareció oírla gritar, y feo.
–Sí, –suspiró–. Era una de mis pesadillas, no te preocupes.
–No, sí me preocupo, doctora, cónchale –insistió, regañándola cariñosamente.
Mina sonrió un poco, y comentó, reflexiva, con el cigarro apagado entre los dedos y sin mirarla:
–Los
psiquiatras somos como los actores, Yolanda: nos alimentamos con los
sueños de los demás –sonrió sin ganas–... Bah, no me hagas caso; es una
pen-dejada.
Ya tranquilizada, Yolanda se dispuso a salir.
–Bueno, voy a actualizar unos archivos en la computadora. ¿Necesita algo?
Mina la miró, apartó la vista y dijo, en un susurro:
–Un hombre.
Yolanda lanzó una pequeña carcajada y salió, cerrando la puerta.
La siquiatra, abstraída, cavilosa, volvió a refregar sus ojos... Tomó el encendedor y dio fuego al cigarrillo.
Fue entonces cuando volvió a oír la voz, a sus espaldas.
–¡Tiene que ayudarme!
Presa
de un terror frío, aprensivo, su garganta se secó instantáneamente; su
cuerpo se envaró y su frente y cuello se poblaron de un sudor helado.
–No puede ser –alcanzó a murmurar.
Pero
sí podía ser. El Conde Drácula (sin capa ni guantes esta vez), y tal
como hiciera segundos antes en su sueño, se corporizó delante de sus
ojos:
–Se lo ruego, doctora: ¡Ayúdeme!
La eminente especialista
se resistía a creerlo: ¿Una criatura que habitaba sólo en sus
pesadillas, materializada en la realidad de su vida cotidiana? ¡La
quimera de cualquier psiquiatra, pues! ¡Allí tenía material hasta para
ganar un Premio Nobel!, pensó con amargura, tratando de relajarse y de
que la alucinación desapareciera por sí misma.
Pero no solamente no
se esfumaba, sino que le miraba con aquellas pupilas en las cuales
brillaba la más profunda y desconcertante desesperación, como si en
verdad...
–¡Tú no eres real! –negó–. No sé qué coño pasa, pero YO SÉ
que TÚ no eres REAL. NO PUEDES ESTAR AQUÍ. Cerraré los ojos y te irás
muy largo al carajo.
Y los cerró, con reconcentrada determinación. Los abrió. Suspiró, aliviada. Se había ido. Pero...
–¿Qué tengo que hacer para que me ayude? –oyó que Drácula volvía a supli-car, alejado ahora.
Mina
Vizcaya Salazar se llevó las manos a la cara y respiró profundamente.
¿Estaría durmiendo aún...?, especuló, pero sabía que estaba despierta.
Volteó hacia el rincón de donde había brotado la ronca voz de la
aparición. Allí estaba, con su aire no ya amenazador sino desvalido.
Decidió seguirle el juego a su imaginación.
–¿Qué cosa eres tú?
–¡No
sé! –se desesperó el afligido ente–. No puedo recordar nada de mí
mis-mo; no sé qué hacía, ni si tengo familia... Me pasan cosas raras. No
siento hambre, ni sed, ni frío, ni calor; no puedo oler ni saborear
nada; no tengo pulso; me siento como hecho de viento; atravieso los
cuerpos sólidos –la miró, ya casi resignado–. ¡Ayúdeme, doctora; tengo
el miedo hereje!
–Tú no eres real.
La figura avanzó unos pasos:
–Si
no soy real, ¿qué soy entonces? ¿Por qué la veo y la escucho, y usted a
mí?... ¿Qué será lo que me pasa, ah, doctora? ¿Por qué sólo usted y la
bruja pueden verme? ¿Estoy muerto acaso?
Mina lo miró con frialdad y se dirigió a la puerta.
–Esta
vaina tiene que ser producto de stress, de ansiedad o de perturbación
emocional. El rompimiento con Adrián Herrera me afectó más de lo que
pensé. Qué joder, qué vergüenza. Necesito aire fresco.
Hermes García, el hombre de humo y sin memoria, se la quedó mirando, desolado, perdido, mientras ella salía con resuelto andar.
ΨΨΨΨΨΨΨ
Con
manifiesto nerviosismo, la santera Guacaipura Carranza trajo hasta la
mesa de los dos hombres más bocadillos y café y chocolate. Desde el
comedor, la hija mayor, Tamanaca, estaba atenta por si la charla llegaba
a mayores. Amadeo Carranza sujetó un brazo del religioso y su tono se
hizo ahora vehemente, aunque manso:
–Padre Ignacio, le pido con toda
humildad que abra su corazón y su psiquis a la aparente irracionalidad y
a la profunda simbología de este concepto que acabo de expresarle.
El cura se soltó con suavidad y miró alternativamente a padre e hija. Guacaipura hurtó la mirada.
–¿Pero
usted va a seguir con eso, Profesor? –replicó huraño–. ¿Qué simbología
puede haber en una escalera horizontal si el vocablo califica una cosa
que sirve para subir y para bajar? –Volvió a mirar a la bruja, que
fingía acomodar los pastelillos–. Me perdona de nuevo, pero es una
contradicción muy tonta.
El ciego sonrió con toda la cara:
–Sea indulgente conmigo, Padre, por caridad... Trate de pensar en un reloj que gira en ambos sentidos al mismo tiempo.
–¡Y dale con lo mismo! ¡Entonces no sería un reloj, querido Profesor...!
Amadeo
Carranza volvió a sonreír con manifiesta tolerancia. Ignacio
Villamizar, engallado, se lanzó a fondo para hacer valer su pequeña
revancha:
–Mire, esas son zoquetadas nietzscheanas, Profesor
Carranza..., ¿o es que usted piensa que he olvidado los postulados de
los pensadores modernos? –Engrifado, citó–: Maurice Maeterlink: “El
eterno Presente jamás está inmóvil; esa es la única verdad.”; Emmanuelle
Kant: “La filosofía, en lugar de descubrir la verdad, solo sirve para
evitar el error”... Según Euclides, el Universo es recto; según
Einstein, es curvo... ¿Entonces? ¿Dónde está la verdad? ¿Tal vez la
tiene usted en su mano, Profesor Carranza?
Guacaipura se estremeció y
sus gruesos labios temblaron incontrolablemente al notar que los ojos
sin vida de su padre parecían relumbrar como los de un poseso aún a
través de los anteojos negros. También el sacerdote se alarmó cuando el
ciego se llevó los puños cerrados al pecho y comenzó un lento, ronco,
extraño y creciente susurro, que parecía una invocación, un conjuro:
–¡Busca la flor que vuela, Expósito de la Muerte!
¡Encuentra el dardo que se posa en los Cielos!
¡Localiza la enigmática y voraz Fénix de piel
adiamantada y fulgurado aliento, la misma que alentó
los pavorosos mecanismos del odio y soportó con furiosa
impavidez los espesos correajes del Amor! –concluyó, en tono triunfal, el Profesor Carranza.
El Padre Ignacio, más inquieto cada vez, miró a Guacaipura. Ella le aclaró, con tono grave:
–Es uno de sus poemas. Se llama “Mariposa de Fuego”.
ΨΨΨΨΨΨΨ
–Aquí está la lista con fotos y nombres completos de los Hermes, Inspector Vizcaya.
El Detective Israel Maza traía consigo varios papeles impresos.
Despachaban en la oficina del oficial, en la Comisaría Central de la Policía Científica.
Detrás
del escritorio de Guillermo había una pizarra para marcadores de agua
guindada en la pared, con anotaciones y pistas de ambos policías. Al
lado estaba otra, ésta de corcho, con fotos de las víctimas de NOUS
sujetas con chinches.
También había una de Guacaipura Carranza, la
única posible testigo. El Inspector Vizcaya dio un vistazo a los papeles
y miró a su camarada.
–¿Son todos, Maza...? ¿Nada más doce?
–Eran diecinueve los que vivían en la capital, según los de estadísticas, pero de ellos hay 7 fallecidos, jefe.
–Bueno, mejor, menos trabajo para nosotros.
En ese momento sonó su celular. Miró la pantalla y atendió.
–¿Aló, chamita, qué fue, todo bien?
–¡Coño, Memo, no me vas a creer! –dijo con un dejo histérico la por lo regular tranquila voz de su hermana Mina.
De fondo se oía ruido de tráfico automotor intenso.
–¿Dónde andas...? –contestó él–. ¿Qué es lo que no te voy a creer?
–¡Es que es una vaina para locos, una vaina recontraultra-esquizofrénica, Guilllermo!
–Tranquila, chamita. ¿Andas en el carro?
–Sí; salí del consultorio a coger fresco porque... Escúchame, Guillermo...
“Coño
–pensó el Inspector Vizcaya–, la cosa es seria: sólo me llama Guillermo
cuando me va a regañar o cuando tiene serios problemas...”
–Guillermo, ¡te juro que es el mismo tipo!
–¿Qué tipo? ¿De qué hablas?
–¡Lo veo en todas partes...! Ahora me acosa despierta también! ¡Acabo de hablar con él en la clínica! ¡No sé qué hacer, chico!
–Hey,
hey, Guillermina, cálmate, ¿sí?... ¿Hablaste con algún colega tuyo como
te recomendé, o con ese Profesor a quien tanto admiras?
–Coño, no, Memo, todavía no...; es que me da cierta vergüenza, chico... ¡Mierda!
El
Inspector se sobresaltó al escuchar, a través del celular el ruido de
un frenazo violentísimo, y luego otra exclamación de su hermana:
–¡Coño de la madre, es que no puede ser!
–¿Qué pasa, Mina? ¿Chocaste?
–No, no –lo tranquilizó ella–. Ojalá... Es peor. Te llamo ahorita, Guillermo...
El Inspector Vizcaya parecía ausente, desubicado. Israel Maza se le acercó.
–¿Sucede algo malo, Inspector?
Volteó, sin perder su aire distraído.
–Pues... no sé, Maza... Mi hermana como que necesita en serio ver a un siquia-tra.
–¿Cómo es la cosa? –sonrió, sorprendido, el asistente.
–Pues sí: o le hace falta ver a un colega,... o buscarse un novio urgente.
Con un gesto displicente fijó su atención en los papeles que su compañero le había traído.
–Volvamos a los Hermes. ¿Chequeaste cuántos tienen antecedentes?
–Todos están como policía en final de quincena, jefe.
–¿Cómo es eso?
–Limpios –sonrió su propia broma Maza.
–Ah.
Oká... Investiguemos si hay algún patrón perimetral entre los
domicilios de los sujetos que llevan el nombre de Hermes y los sitios de
deceso de las víctimas. Vente, vamos al mapa...
XII: el Ente
“Luego de haber podido
volar, ¿a quién le interesa
volver a caminar?”
El
taxista gritó, luego de contemplar a la mujer hablando con el asiento
vacío del copiloto: “¡Mujer tenías que ser pa' pararte así: ni que
tuvieras una gandola, piazo‘e loca!”
Mina sacó la mano por la ventanilla y le enseñó el dedo medio, sin voltear a mirarlo.
En
realidad el hombre tenía razón: el carro de la siquiatra estaba
atravesado entre los dos canales de circulación, mal estacionado en la
poco concurrida calle, tal como había quedado luego del bestial frenazo
que oyera el Inspector Vizcaya a través del celular, y ella hablaba con
alguien que nadie más podía ver ni escuchar.
–¿Pero hasta cuándo me jodes tú, chico...? ¡Déjame en paz!
–Perdone que la siga molestando, pero no tengo a quién acudir.
–¿Qué cosa eres tú, vale? ¿Cómo puedes aparecer y desaparecer cuando te da la gana?
–¡No lo sé, doctora, créame, por favor...! Se lo pido por caridad, por lo que más quiera: ¡ayúdeme!
Ella se quedó mirando con fijeza los ojos negros del fantasma:
–Okey. ¿Cómo puedo ayudarte?
ΨΨΨΨΨΨΨ
Los
dos hombres habían decidido pasear entre las flores y las plantas, en
plan de charla sin asperezas, a pedido de Guacaipura y Tamanaca.
Amadeo
Carranza parecía ahora más lúcido, aunque igual de misterioso. El Padre
Ignacio Villamizar estaba a la expectativa, quizá para disimular su
recelo. Las dos hermanas vigilaban desde el comedor.
El ciego se
detuvo, se inclinó un poco, extendió la mano y desprendió una flor de su
tallo y luego la olfateó. La acarició con ternura. El cura continuó la
conversación que sostenían, afable, pero incómodo:
–Profesor, no es
que no quiera hablar del tema sino que, ¿cómo le diría...?, soy más bien
de temperamento pragmático, ¿se da cuenta?, y...
–Padre –cortó el sabio–, permítame recordarle que quien vino a hablarme de un fantasma fue usted.
El Padre Ignacio Villamizar rió con ligereza.
–Bueno, sí, pero yo no lo he visto. Su hija Guacaipura es la del cuento, no lo olvide.
Amadeo
Carranza, que no cesaba de acariciar la flor que tenía en las manos, se
quitó los lentes oscuros, los guardó en el bolsillo de la guayabera, se
subió un poco el sombrero, olió la rosa de nuevo y dijo:
–¿Usted sabía que muchas especies de flores son sensibles a las manifesta-ciones paranormales, Padre Ignacio?
Pero el sacerdote no se dejó cambiar el tema:
–Si
yo no supiera que Guacaipura es una mujer seria a su manera pensaría
que quiere burlarse de mí con ese asunto de la aparición.
–Eso jamás, Padre, se lo puedo asegurar.
–Sí, sí, eso es lo que más me desconcierta –razonó, sincero.
Luego enserió más aún el tono:
–Mire,
Profesor Carranza, he leído todos sus libros y he visto algunas de sus
entrevistas en televisión; usted es una indiscutible autoridad en el
tema y por eso quiero preguntarle sin ambages y muy en serio: ¿cree
usted en fantasmas?
–Hombre, depende...
–¿De qué?
–Del caso que cite.
–Oh, vamos; usted sabe que estoy hablando de lo que Guacaipura cree obser-var.
–¿Me está preguntando si creo que existe la entidad que mi hija puede ver...?
–Sí –retó el sacerdote.
–Ya le dije que ella tiene... facultades paranormales.
–¿Pero usted cree que los muertos pueden comunicarse con nosotros, Profe-sor?
–¿Y quién dice que esa manifestación de que hablamos es de un muerto?
–¿Pueden los muertos comunicarse con nosotros o no, Profesor Carranza? –porfió el cura.
–Bueno,
mi querido amigo –sonrió comprensivamente el conferencista–, piense en
esto: lo poco que sabemos del otro mundo nos lo tienen que haber dicho
las almas de los difuntos, ¿no le parece?
–¡No, no, Profesor
Carranza, hablo en serio! Mucha gente, a través de los años, gente
famosa y seria por lo demás, ha intentado, ¡sin éxito!, esa
comunicación... Muchos prometieron que cuando estuvieran allá harían una
señita para acá, pero ninguno lo ha logrado.
El invidente volvió la cabeza y pareció mirar a su contertulio:
–¿Está insinuando que el Cielo y el Infierno no existen, Padre Ignacio?
–¡No se me vuelva a ir por la tangente! –rió el cura–: ¡No sea vivo, Profesor Carranza!
El siquiatra y sicólogo enserió el tono:
–¿Y
no se le ha ocurrido pensar que a lo mejor es tan difícil comunicarse
desde allá porque nuestros lenguajes de aquí petrifican las demás
dimensiones; es decir, son incapaces de expresarlas?
–¿Volvemos a los sofismas, Profesor?
–¿Me
acusa de sofista, cuando fue usted quien aseveró hace rato que el
hombre tiene que desequilibrar las cosas para poder descubrir el
equilibrio?
–¿Y no es así, acaso?
–Quizá.
Se permitieron otro largo silencio. Las mujeres se tranquilizaron, aunque seguían alerta. El cura insistió:
–¿Entonces eso que Guacaipura ve es realmente un alma en pena, Profesor, un muerto?
–Ya le dije que no necesariamente. Puede ser un ente residual.
–¡Y dale con el lenguaje rosacruz! –protestó el sacerdote–. Con usted no se puede.
Amadeo Carranza calló y volvió a olisquear la rosa.
–¿Sabe a qué huele una rosa, Padre Ignacio?
El cura sonrió con indulgencia. “Esto es una pérdida de tiempo”, pensó. Cortó él también una flor para olerla.
En
el comedor, mientras Tamanaca tomaba su tercera taza de chocolate,
Guacaipura hablaba por su teléfono celular, vigilada por el ojo crítico
de su hermana.
Asintió varias veces, mirando hacia el jardín donde
los dos hombres seguían conversando. Cuando concluyó, cerró el aparato y
miró a la otra con evidente nerviosismo.
–¿Qué sucede, Guacaipura?
–Unos policías van a venir para acá.
El asombro y la desconfianza se dibujaron en el rostro de la mayor de las hermanas:
–¿Unos policías? ¿Por qué...? ¿Qué fue lo que hiciste ahora?
–Yo
nada, pero el espanto ese que se me aparece, sí. Es un criminal, chica.
Le dicen Nous, el asesino eutanásico. Los policías quieren que mire
unas fotos a ver si lo reconozco.
La hermana se le quedó mirando con aire receloso.
ΨΨΨΨΨΨΨ
“¡Francamente,
cada día hay más locos en esta ciudad! ¡Debe ser ese asunto del cambio
climático!”, pensó la anciana que iba paseando su perro al mirar a la
bonita mujer hablando sola en el interior del automóvil.
Habiendo
estacionado correctamente su auto bajo la copa de unos árboles, la
siquiatra (que ya no sabía qué creer respecto de aquella aparición)
decidió seguir adelante para ver si aclarando su origen conseguía verse
libre de ella.
–¿No recuerdas siquiera tu nombre o por qué vas vestido así?
–No, no, nada, doctora –dijo, con tono desvalido.
–¿Familia,
domicilio, trabajo? –él negó con la cabeza. Ella se desesperó un poco–.
¿Qué entidad eres? ¿Un muerto, un espíritu, un fantasma, un ectoplasma,
una proyección, qué cosa...?
–¡Es que no lo sé, doctora!
–¿Y
cómo te metías en mis sueños, por qué? –nueva negativa de la figura de
negro–. ¿Por qué solamente yo puedo verte?... No lo entiendo.
–Usted, y una bruja.
Guillermina Vizcaya Salazar lo miró, sarcástica.
–Hey, respeta. Soy una de las psiquiatras más prestigiosas y mejor pagadas de Caracas.
El fantasma sonrió, esperanzado. Mina también.
–Es cierto –afirmó–; ya habías mencionado lo de la bruja. ¿Y ella no te aclaró nada?
–Nada. Se asustó y salió corriendo a ver a un cura.
–¿Ah sí? ¿Dónde?
–En la iglesia de La Pastora. Yo la seguí.
–¿La seguiste? ¿Entraste en la iglesia?
Hermes asintió y Mina, con aire socarrón, encendió un cigarrillo.
–¡Ah, bueno, coño; ya por lo menos sabemos que no eres el anticristo! –ironizó.
Aspiró el humo tranquilizador y lo miró con ojos nuevos, ya casi como a un paciente.
–Mira,
no conozco mucho de Parapsicología, pero me dio clases y todavía me
asesora algunas veces un reconocidísimo sabio y psíquico criollo. Tal
vez él pueda ayudarnos, porque tu caso es bien jodido, Drácula. Déjame
llamarlo para concertar una... ¡Hey, qué te pasa!
Como en
anteriores ocasiones, la figura del actor Hermes García comenzó a
contorsionarse y luego se esfumó como el humo del cigarrillo que ella
fumaba. Mina Vizcaya Salazar quedó boquiabierta.
–¡Coño de la madre!
–silabeó, atolondrada y relampagueantes los ojos verdes–. ¡Esta vaina es
para locos! ¡Necesito un trago, pero urgente!
ΨΨΨΨΨΨΨ
La
vegetación era espesa, tupida, con una extraña fosforescencia verde
pálido. Un arroyo de aguas cristalinas y resplandecientes serpenteaba
entre el monte y descendía hasta topar con tres grandes piedras y formar
una rumorosa cascada.
El sol quemaba con destellos cegadores que
arrancaba al torrente y al verdor de la espesura. No se veían pájaros ni
mariposas, pero el viento entre las ramas y el agua entre las piedras
llenaban el aire de sonidos dulcísimos.
Menos desconcertado que la
vez anterior, ya casi acostumbrándose a su estado, el hombre sin cuerpo
sólido admiró la belleza del paraje y se adentró en el pozo en pos de la
lanza de azulada luz que ya conocía y que reverberaba encima de las
piedras que conformaban el salto de agua.
Debido a la actual
composición de su organismo sabía que no podría mojarse, pero lo
intentó..., sin resultados, por supuesto. Del interior de la lanza de
luz brotó la voz que había oído en su visita al árbol de hojas vivientes
y mariposas con ojos en las alas.
–Bienvenido.
–¿Quién eres tú? ¿Un ángel? –preguntó, ya sin desesperación.
–Soy
un guardián ahora –contestó la voz rejuvenecida y vital de la anciana
Berta Barazarte, la última víctima del asesino eutanásico.
–También soy tu deudora.
–¡Entonces ayúdame! ¡Dime quién soy, qué debo hacer!
–Debes Matar tu Dragón, y cuanto antes mejor.
–¿Qué significa eso? ¡No entiendo nada!
–Pronto entenderás. No desmayes. Lo lamento, no debo decir más. Tengo que irme. Tu tiempo se acaba. ¡Enfrenta a tu Dragón!
La flama brillante fue ascendiendo hasta desaparecer contra el azul del cielo. El hombre de humo la miró alejarse, resignado.
“¿Qué voy a hacer? ¿Qué dragón será ese? ¿Qué puedo enfrentar, si ni siquiera sé quién soy? ”
XIII: la Esposa
“Nadie incurre en delito
empujado por el destino.”
(Séneca)
Frente
a las pizarras de su despacho en las cuales había ahora nuevos apuntes y
flechas y fotografías pegadas con tirro y tachuelas, el Inspector
Vizcaya repasaba una y otra vez el caso del asesino eutanásico.
El
detective Israel Maza se acercó a su jefe con un cachito de jamón y un
vaso de café en las manos. Habló mientras masticaba el bocadillo y
bebía:
–Ya tengo la dirección de la casa del papá de la bruja,
Inspector. Me dijo que podemos ir, que va a estar allá un rato. Es vía
Guarenas, hacia Guatopo.
Guillermo Vizcaya, marcador en mano, asintió, concentrado en lo suyo.
–Okey, Maza –dijo, y señaló una zona del mapa de Caracas en la pared–. Fíjate, no hay patrón perimetral, aparentemente...
–¿Entonces escoge a sus víctimas al azar?
–Eso
parece –murmuró el Inspector, golpeando suavemente sus dientes con el
lápiz–... Pero, de ser así..., ¿cómo se entera de sus enfermedades
terminales? ¿Cómo sabe dónde viven o en cual hospital o clínica
agonizan...?
Se quedó quieto el Inspector Vizcaya Salazar un
momento, mordiendo la punta trasera del marcador, con los nervios en
tensión y una idea en la cabeza:
–Para saber algo así tendría que tener acceso, o trabajar en...
Calló de nuevo. Volteó a ver a su compañero, que le devolvió la mirada, calándole la intención.
Un mismo pensamiento los asaltó:
–¡Debe ser un médico! –dijo Guillermo.
–¡O un enfermero! –completó Israel Maza.
ΨΨΨΨΨΨΨ
–Padre
Ignacio, volviendo a lo nuestro, ¿alguna vez le dijeron en el seminario
que el único invento humano que no está basado en la Madre Naturaleza
es la cremallera, nuestro vulgar y silvestre cierre o zipper?
–¿A eso
llama “volver a lo nuestro”...? –rió el eclesiástico, y añadió,
cómplice–: No, qué va, así no se puede, Profesor. ¡Usted es demasiado
pícaro! Será mejor que dejemos esta conversación tablas.
Pero el sabio no tenía la intención de dejar el asunto inconcluso.
Apoyó una de sus gruesas manos en el brazo del sacerdote y murmuró, con inquietante acento:
–No,
no, espere, por favor, se lo ruego, y hablo en serio. Sea tole-rante
con mi terquedad y considere que cuando a uno le dan alas tiene al menos
la obligación de hacer lo posible por volar.
Antes de que el clérigo se repusiera de su seriedad, susurró, con una convicción y una entonación realmente sobrecogedoras:
–¡Padre Ignacio, usted, como todos, debe Matar su Dragón!
–¿Más poemas oscuros, Profesor? ¿Más lenguaje metafísico...? ¡Qué se supone que significa eso, por el amor de Dios!
–Usted
lo sabe en el fondo de su mente y de su corazón, Padre Villamizar.
¡Busque la Flor que Vuela, encuentre la Mariposa Incesante! ¡Enfréntese a
sus miedos! ¡Atrévase a experimentar la fe auténtica, la que se hunde
en el fanatismo y emerge, intacta, de la locura! ¡Abata el reducto
último de nosotros los miserables, Padre Ignacio!
–¿Cómo que me
atreva a tener fe? –contestó con arrogancia y airado–. ¡Soy un sacerdote
de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, Profesor Carranza!
Imprevistamente, resonó el grito de sorpresa de Guacaipura Carranza desde el salón comedor:
–¡Ahí está! ¡Mírenlo! ¡Me siguió...!
Tamanaca,
sorprendida por la vehemencia de su hermana, volteó hacia donde ella
señalaba. También lo hizo el sacerdote. Amadeo Carranza se quedó
estatuario, quieto. Unísona al grito, había comenzado a soplar una
repentina, fuerte y fría brisa, que agitaba el ramaje y los arbustos y
las flores y las hojas del suelo, encumbrándolas...
Las dos rosas que los dos hombres tenían en las manos resplandecieron, cegadoras, como imbuidas de súbita energía.
El ciego cerró los párpados con fuerza, estremecido por la presencia que sabía cercana y desconcertada, irresoluta.
Se concentró, apretando el tallo de la flor hasta hacerse daño... y entonces vislumbró la aparición.
ΨΨΨΨΨΨΨ
–¿Aló...?
Sí, él habla –dijo Guillermo Vizcaya Salazar, y escuchó con atención lo
que le informaban via celular–. ¿Cuándo fue eso...? ¡Mantenga la calma;
vamos enseguida para allá!... ¡Maza, creo que lo tenemos! –subió el
tono, animado.
–¿A quién, Inspector?
–¡Al asesino, chico! ¡A NOUS! ¿Ya digitalizaste todo? Bueno... Vámonos...
–¿Para dónde...?
–El tipo se acaba de aparecer en la casa del papá de la bruja Guacaipura –informó, y su teléfono repicó otra vez–. ¿Aló...?
–¡Soy yo, Memo! –dijo la voz atormentada de su hermana Mina Vizcaya Salazar.
–¿Qué pasa, chama?
–¡Que me voy a volver loca, coño, si no hablo con alguien de esta vaina!... ¿Nos podemos ver, pero ya, Guillermo?
–¡No
puedo, Mina! Voy saliendo a ver a un posible sospechoso de ser el hijo
de puta mata-viejitos... ¡Pero, oye, anota esta dirección!
ΨΨΨΨΨΨΨ
El rostro estaba pálido, cadavérico, flácido.
Los
brazos y manos semejaban extraños animales marinos, con tubos y
mangue-ras por doquier. Botellas y envases plásticos colgaban de la
pared, detrás de la cabecera de la cama. Una estrecha banda de goma
proporcionaba oxígeno.
La Enfermera Jefe, con rostro grave pero
profesional chequeaba que todos los artilugios del único enfermo de la
Sala de Terapia Intensiva en este momento funcionaran correctamente.
Después, Ramona de García regaló una mirada amorosa al actor desfallecido.
Le contempló largamente, dubitativa, como debatiéndose entre dos resoluciones igualmente abominables.
Una
lágrima furtiva testimonió su dolor de esposa. Pasó una mano por los
rasgos inmóviles de Hermes García y movió la cabeza con resignación.
El ruido burbujeante del envase del oxígeno en la pared le ayudaba a concen-trarse en los recuerdos...
Una
mirada evocadora se ancló en sus ojos... Una tenue sonrisa se le asomó a
los labios... ¡La vida era tan... tan misteriosa e impredecible!...,
¿no es cierto...?
...Había anochecido hacía rato. Por la avenida
Rafael Urdaneta, la cual conducía a la Plaza de La Candelaria, se
desplazaba, entercerado, el carrito volkswagen del actor que
interpretaba al Conde Drácula en un viejo teatro del centro de Caracas.
No había mucho flujo de vehículos a esta hora.
Junto a Hermes García
iba Ramona, su esposa, embutida en su blanco uniforme de Enfermera
Graduada. Conversaban desde que él saliera de la función de hoy, pero
ella tenía expresión de mortificación.
–Hermes, mi amor, yo no quiero seguir hablando de ese tema.
–¿Por qué no, Ramona? –reprochó con dulzura–. No seas niña, chica; todos vamos para allá.
–Yo sé, yo sé, pero es que tú pareces obsesionado con eso.
–¿Obsesionado con qué, mi amor?
–Con
eso, pues –y como él la mirara pidiendo más aclaraciones, agregó–. Con
las enfermedades terminales, con la muerte, con... el más allá...
Hermes García usó una de sus sonrisas de galán otoñal, amoroso y bromista:
–¡No, señor, eso no es así! ¡Con la única con quien yo estoy obsesionado es contigo, mi Florence Nithtingale criolla y bella!
–Ay, no, no, es en serio, Hermes, chico, no me gusta –dijo Ramona, mohína.
Él aprovechó una luz roja para mirarla y usar su tono más convincente:
–Pero
Ramona, mi amor, igual hay que dejarlo bien claro cuando uno puede. A
cualquiera le puede ocurrir. ¡Si lo sabrás tú, que trabajas en
hospitales!... Bueno, fíjate en el vecino del piso de abajo, el
italiano, el deportista, no me acuerdo cómo es que se llama...
–Spinetti –sopló Ramona.
–Ese mismo, Spinetti. Ahí tienes. ¿No quedó en estado vegetal?
–Bueno, sí, pero los médicos dan esperanzas, mi amor, no es lo mismo...
–Claro
–atajó él–, porque es lo único que pueden dar, Ramona, mi amor. Los
médicos son como nosotros los actores, preciosa: regalan esperanzas,
venden ilusiones.
Ella siguió negando con la cabeza, contrariada.
–¡Ay,
no, Hermes, no quiero seguir con el temita! ¡A ti no te va a pasar
nunca nada de eso, por el amor de Dios! ¡Tú, siempre tan creyente, te
estás volviendo pavoso!... Debe ser esa bendita obra de Drácula que
estás haciendo ahora.
–No seas tontita, Ramona. Lo que me estoy volviendo es precavido, que nunca está de más, tú lo sabes.
Hizo una pausa y volvió a sonreír, bien simpático, y agregó, con firmeza:
–Mi
vida, sabemos que no va a pasar, pero si por un designio de Dios
llegara a ocurrir, ya sabes: ¡me desenchufas! ¡No vayas a permitir, bajo
ningún respecto, que quede como Spinetti! ¡No me haría ninguna gracia
vivir artificialmente, como si fuera un pedazo de pulpa negra!
Y como pasaban ya frente a un negocio en la cuadra del edificio donde vivían, sonrió, para más desazón de ella:
–Mira, hablando de eso, está abierto todavía... ¿Nos paramos en la carnicería?
“Siempre
tan loco y ocurrente”, pensó la esposa, conmovida con la evocación, y
enjugó otra lágrima. Se recompuso enseguida y volvió a ser la enfermera
experta habituada a mirar a la muerte cara a cara casi a diario.
Inspeccionó
una vez más que los fluidos gotearan a la velocidad correcta, besó a su
esposo con levedad en la frente, dio media vuelta y salió de la
estancia de Terapia Intensiva.
Cuando desembocó en el pasillo, la
abordaron abruptamente sus vecinas Iris Galíndez y su hija, que estaba
casi al parir ya, la simpática Patricia, esposa de un Inspector de
Policía.
Iris, al contemplar la expresión de sorpresa de Ramona,
sintió que no había sido una buena idea venir. Luego de los saludos de
rigor, se lo dijo:
–Ramona, disculpa que no te llamé antes de venir, chica, pero fue un impulso; de todas maneras ya nos vamos, ¿oíste?
–Ay,
no, Iris, amiga, agradecidísima más bien. Tú sabes que él y yo no
tenemos familia aquí en Caracas –Le sobó la barriga a la embarazada–. Y
gracias a ti también, Patricia.
La muchacha sonrió, y como Ramona
sintiera que el feto daba como pataditas, se conmovió casi hasta el
llanto. Preguntó dulcemente:
–¿Y por fin para cuándo es, mija?
–Para dentro de 21 días dice el médico.
Iris Galíndez, sin ocultar su ansiedad, preguntó lo que le interesaba:
–Mira, Ramona, ¿y qué...? ¿Sigue igual...?
–Igual. No hay cambios.
–¿Pero qué dicen los médicos, qué recomiendan?
–No
se ponen de acuerdo –murmuró la enfermera, descorazonada–. Unos dicen
que podría reaccionar y salir del coma, pero no saben en qué condiciones
quedaría; otros hablan de que no hay ninguna posibilidad de regresión
de una crisis así; que habría que quitarle los tubos; total que una no
sabe qué pensar.
–Qué buena broma, chica –se solidarizó Iris. Luego preguntó, bajito y temerosa–: ¿No podemos verlo un segundito, verdad?
En
ese momento una de las estudiantes de enfermería de las que hacían su
pasantía en el hospital se acercó con timidez a Ramona.
Traía una carpeta de historia clínica en las manos.
–Disculpen... Permiso, Graduada... Mire, la solicitan los familiares del paciente Ochoa, de la 328.
–Diles que enseguida voy, Nuris, gracias.
La muchacha medio sonrió y se alejó por el corredor.
Ramona aferró las manos de sus vecinas:
–Cónchale,
Iris, Patricia, muy agradecida, de verdad –y añadió, con cierta
picar-día y volteando a mirar si no había médicos a la vista–; miren,
vamos a hacer una cosa: pueden pasar a verlo cada una un minutico, ¿está
bien?
Las dos vecinas le apretaron la mano, conmovidas por su
valentía. Ramona, con aire apenado y paso rápido, se fue en pos de la
pasante.
Después de una fugaz consulta silenciosa con su hija, Iris
Galíndez se dirigió a Terapia Intensiva a ver a su compañero de trabajo.
XIV: la Aclaración
“Si yerro en mi creencia
de que las almas de los
hombres son inmortales,
yerro alegremente, y no
deseo verme libre de tan
delicioso error.”
(Cicerón)
–¡Déjame
en paz, mal espíritu! ¡Ya te dije que no puedo hacer nada por ti, ni
quiero! ¡Eres un criminal! ¡Fuera de aquí! –gritaba, estremecida,
Guacaipura Carranza.
El viento, de fuerte, se había vuelto
huracanado. Las caídas hojas de los árboles giraban a varios metros del
suelo con frenéticas piruetas en espiral, jugando a cuáles volaban más
alto; las ramas de la arboleda y de los arbustos se batían a uno y otro
lado, como buscando librarse de aquel rigor...
El cuerpo humoso de
Hermes García seguía bajo la mata de mango, mirando como hipnotizado al
dueño de la casa. El Padre Ignacio Villamizar se mantenía junto al
profesor, con su desconcierto intacto. Amadeo Carranza, con los párpados
fuertemente apretados y una expresión tirante en el rostro, había
extendido la mano diestra como para ubicar sensorialmente a la
aparición, y caminaba hacia ella. Guacaipura, que había bajado del
comedor con su hermana, gritaba para espantar al espectro:
–¡Aquiétate, en el nombre de Dios todopoderoso, engendro! ¡No te metas con mi papá! ¡Vade retro!
Repentinamente se produjo una tensa quietud. El viento se calmó como obedeciendo una secreta disposición.
Guacaipura insistió:
–¡Será mejor que arranques rápido de aquí, asesino eutanásico, porque la policía esta al llegar!, ¿me oíste?
Amadeo Carranza, ya bajo la mata, hizo un gesto imperioso a su hija:
–¡Silencio, Guacaipura!
–¿Usted también puede verme y oírme, como la bruja y la doctora? –preguntó, esperanzado, Hermes García.
Amadeo Carranza abrió los párpados para que la entidad descubriera que sus ojos no tenían luz.
Hermes García insistió:
–¿Pero puede oírme?
–Sí, puedo oírte y sentir tus vibraciones –murmuró el sabio–. Supongo que estás desconcertado.
–¡Mucho!
¡Necesito respuestas, señor! Guacaipura me acusa de ser un asesino,
pero ni siquiera recuerdo quién soy... Usted me puede ayudar, ¿verdad?
–Debes haber sufrido un choque psico-físico-emocional muy fuerte.
–¿Qué significa eso?
–El
cerebro humano puede, en una crisis apremiante determinada, irradiar
una violenta descarga de energía que lo desconecta del plano que
llamamos físico o químico y lo transporta a uno más elevado o
neuro-astral. Ése puede haber sido tu caso.
–No le entiendo muy bien, señor. ¿Significa que estoy muerto o qué?
–Significa
que tenemos que averiguar dónde está tu cuerpo material depositado, si
es que existe todavía; en caso contrario, serías una entidad
extracorpórea.
–¿Qué es extracorpórea?
De golpe, Guacaipura
sintió ruido de pasos apresurados; volteó hacia uno de los senderos del
jardín y observó que avanzaban, armas en mano, agachados y alertas, los
dos policías civiles que la habían interrogado con relación al caso de
la anciana Berta Barazarte.
Al ver que un negro viejo y de
aspecto distinguido y venerable estaba hablando bajo un árbol con
alguien invisible, el Inspector Vizcaya y el detective Maza se miraron,
intrigados, en tanto enfrentaban a las hermanas Carranza y al Padre
Ignacio:
–¿Qué está sucediendo aquí, ciudadanos? –preguntó, autoritario, el Inspector.
Tamanaca reaccionó de inmediato, arisca:
–¿Ustedes son los policías?
–En efecto, señora –corroboró el Inspector, señalando las placas que colgaban de sus cuellos.
Miró a la bruja.
–Señora Guacaipura, ¿dónde está el tipo, el tal NOUS?
Ella señaló hacia la mata de mango.
–Ahí, hablando con mi papá –informó, con cierta sorna.
–¿Dónde? –preguntó Maza–. Yo nada más veo a una persona allá.
–Guá, claro, detective –se desquitó un poco la curandera–; yo les dije que era un fantasma, pero sabía que no me iban a creer.
–¡Ahí está, ése es el tipo! –resonó un grito, alejado.
Todos voltearon.
Mina Vizcaya Salazar corría hacia ellos por otro de los senderos del jardín.
–¿Pero qué hace ahí con el Profesor Carranza? –dijo, llegando, pasmada.
El más sorprendido era su hermano Guillermo. Preguntó, incrédulo:
–Mina, ¿tú puedes ver a alguien bajo esa mata, aparte del papá de la señora?
–¿Quién es ella, Inspector? –interrogó Guacaipura al policía. Mina la miró.
–Soy la doctora Vizcaya Salazar. Alumna del Profesor Carranza. Tú debes ser la bruja de la que me habló el vampiro.
–¿Cuál
vampiro...? Y yo no soy ninguna bruja, soy curandera, que no es lo
mismo ni se escribe igual, doctora –puntualizó Guacaipura.
De repente se acordó de lo que el fantasma le había dicho.
–Ah, ya; usted es la doctora que también puede verlo.
–Un
momento, un momento –intervino el Inspector, todo enredado–; ¿significa
que están hablando del mismo sujeto? –Miró a su hermana, boquiabierto–:
¿Nous, el asesino mata-viejitos y tu vampiro gozón son uno solo?
Israel Maza, saliendo de su embelesamiento, les mostró unas fotos en la pantalla de su teléfono inteligente.
–Perdón, señoras; ¿alguno de éstos Hermes es el que ustedes ven ahí...?
El Padre Ignacio creyó conveniente intervenir, aunque nadie le prestara mucha atención:
–¿Pero entonces es en serio que hay un fantasma o algo extraño ahí con el profesor Carranza?
Guacaipura
y Mina señalaron al detective la fotografía digital del actor Hermes
García. Guillermo Vizcaya miró la pantalla y no se pudo contener:
–¡Coño,
pero esto no puede ser!... ¡Perdón! –se disculpó–. Es que este tipo es
el actor con el que trabaja Iris, mi suegra, el que hace de Drácula
–Miró a Maza y a Mina–: Hermes García, al que le dio el acv y está en
Terapia Intensiva en la Cruz Roja, ¿se acuerdan que Patricia me dijo por
teléfono?
–¿Fue a él...? –Preguntó Mina–. Bueno, eso podría explicar algunas cosas...
–Sí; éste es el asesino eutanásico –dijo la curandera, señalando el rostro de Hermes García en la pantalla.
El detective miró a su jefe, confuso.
–Inspector Vizcaya, ¿qué hacemos...?
–Coño, Maza, no sé –replicó, perplejo–. No he hecho el curso para atrapar fantasmas asesinos todavía.
La
siquiatra miró a su hermano con un brillo de reproche en los bellos
ojos esmeraldinos y luego se volvió con aire resuelto a la bruja:
–Vente, vamos a entrar a hablar con ellos.
Guacaipura hizo la guiña de inmediato:
–¡Zape gato! ¡Yo no hablo con muertos!
Mina, osadamente, se dirigió hacia el árbol de mango. Su hermano le advirtió:
–Guillermina, ten cuidado, por favor. No sabemos qué cosa enfrentamos.
La doctora lanzó una mirada retadora a Guacaipura:
–No te preocupes, hermanito. No me asusto tan fácilmente. Y además, confío plenamente en el Profesor Carranza.
Como esperaba, Guacaipura se picó y la siguió, decidida:
–¿Con
que así es la cosa? ¡Pues el Profesor Amadeo Carranza es mi papá,
doctora, para que lo sepa, y dicen que hijo de tigre sale pintao!
–¿Eres hija del profesor? –Preguntó Mina, sonriendo– Qué bueno. Vamos...
Guacaipura la miró, todavía escamada.
Con las reservas del caso, se acercaron.
Amadeo Carranza, que parecía estar esperando ayuda, dijo, sin moverse:
–Me alegra que decidieras ayudar, hija.
–Gracias, papá... También hay una alumna tuya aquí.
El sabio se desconcertó un segundo.
–¿Una alumna...? –luego sonrió–. Ah. ¿Guillermina?
–Sí, Profesor, soy yo.
–También tú puedes verlo, ¿no es eso?
–Sí, aunque no sé por qué. Primero se me aparecía en sueños y después...
–Guillermina
–cortó el Profesor–, ¿te das cuenta de que él podría ser una prueba
fehaciente, verídica, de que hay algo más allá de la muerte?
–No
podemos afirmar eso, Profesor Carranza. Usted sabe mejor que yo que la
supervivencia post mortem no es aceptada en psicología.
–Sí, ya sé que no se ha podido demostrar todavía la inmortalidad del alma, ¡pero lo contrario tampoco, Guillermina!
Hermes García parecía menos desesperanzado que otras veces:
–¿Post mortem...? ¿Entonces es verdad que ya estoy... muerto?
–No
–negó Mina, mirándolo–; mi hermano, que es Inspector de policía, dice
que tu cuerpo está en Terapia Intensiva en la Cruz Roja de aquí de
Caracas. Él sabe ya quién eres.
–¿Y quién soy, doctora?
Ella lo contempló con pena. Suspiró.
–Bueno..., te llamas Hermes García, eres actor de profesión y...
–Y un mataviejitos, un asesino eutanásico–agregó con crueldad Guacaipura.
–¡No; eso no puede ser! –gimió, desesperándose de nuevo–... ¡No soy un asesino! ¡No quiero hacerle daño a nadie! ¡Aaaaahh...!
Gritó
y empezó a retorcerse, víctima de los dolorosos e intensos espasmos que
le atacaban en forma tan repentina, y entonces, ante la impotencia del
sabio y el espanto de las dos mujeres, en el colmo del sufrimiento, de
la desesperación y del horror, ¡comenzó a recordar!
¡Se vio
cometiendo su último crimen, cuando le quitara la vida a la anciana
Berta Barazarte, moribunda en Los Mecedores de La Pastora, en el rancho
junto a la quebrada del Catuche, donde la bruja aseguraba haberlo visto!
¡Recordó el teatro y su personaje del Conde Drácula; recordó a Iris, su
pareja de reparto, y a Patricia, hija de ésta y también vecina suya;
recordó claramente su accidente en el escenario, cuando sufriera el
inesperado accidente cerebro vascular; recordó su inexplicable presencia
en los sueños de la doctora siquiatra; recordó con horror su estada en
el árbol de hojas vivientes y en la catarata de luz; recordó a su esposa
Ramona, de quien se servía (sin que ella lo sospechara) para localizar a
las personas que quería ayudar a dejar de sufrir!... ¡Recordó, en fin,
horrorizado y con lujo de detalles, a todos y cada uno de los ancianos y
ancianas, los enfermitos arduos a quienes ayudó a emprender la última
jornada para ir en completa paz hacia Jehová! ¡Espantado al saberse un
criminal corruptor de las leyes humanas y divinas, lanzó un grito de
impotencia y rebeldía!:
–¡Nooooooooo...!
¡Un fulgurante estallido se produjo bajo las ramas del mango!
¡Una
luz blanquísima, cegadora, brotó del tórax humoso del hombre sin
cuerpo, quien se retorció como si le estuviesen aplicando un hierro
candente, y de seguidas se esfumó en el aire!
ΨΨΨΨΨΨΨ
Patricia
Galíndez de Vizcaya, con expresión compasiva y embobada, contem-plaba
inmovilizado quizá para siempre en su cama a quien fuera el actor
compañero de trabajo de su mamá en la obra del Conde Drácula que a ella
tanto le fascinó.
“Pobrecito –pensó, lastimera–; cónchale, debe ser
bien fastidioso estar ahí tendido sin poder ocuparse de nada pensando en
lo fregao que uno está y sin saber si algún día va uno a volver a ser
una persona normal o se va a quedar así para toda la vida...”
¡De
golpe, el cuerpo del desgraciado enfermo comenzó a sacudirse
incontrolablemente, como si le estuviesen aplicando sucesivas descargas
de electricidad, para pasmo y terror de la embarazada, que se agarró el
vientre con ambas manos, como si el nonato la patease con violencia!
¡Aterrorizada corrió hacia el pasillo dando lecos de auxilio!
XV: el Dragón
“El acto de morir
es también uno de
los actos de la vida.”
(Marco Aurelio)
Joao
de Silveira, el portugués dueño del abasto La Marejada, en la Parroquia
de La Candelaria, saludó complacido al Inspector Vizcaya Salazar, a su
esposa y a la suegra de éste cuando entraron al negocio halando el
carrito de las compras dispuestos a hacer mercado.
Rato hacía que
Joao no perdía de vista a un joven de aire malandroso, vestido con una
chaqueta deportiva con capucha, que haraganeaba entre los anaqueles sin
decidirse a comprar cosa alguna.
“Menus mal que el vecinu es
pulicía, pur si las muscas”, se dijo Joao, más tranquilo, aunque no le
quitaba el ojo al malandru, pues desconfiaba de él porque usaba el
capuchón sin que estuviera lloviendo ni haciendo frío, y él, Joao, tenía
la convicción de que el muchacho estaba drugadu.
El adolescente, a
su vez, observaba nerviosamente a un lado y a otro, y parecía estudiar
la no muy concurrida clientela del local a esta hora de la mañana. En
tanto fingía buscar alguna mercancía, vigilaba casi sin disimulo al
portugués, que manipulaba la caja registradora.
El Inspector Vizcaya
Salazar también notó la presencia del tipo con pinta de choro y su
sexto sentido le advirtió que podría haber problemas.
“Tendré que estar mosca con ese chamo, porsia”, se dijo.
En
ese momento sonó su celular e hizo una seña a su esposa Patricia y a su
suegra Iris y se apartó para atender la llamada. Notó, maquinalmente,
que al sospechoso le brillaron los ojos al mirar su lujoso celular.
–¿Aló, Maza, qué pasó? –dijo al teléfono.
Se
retiró un poco, olvidándose momentáneamente del sujeto de la capucha y
bajando el tono para que las mujeres no escucharan, pues por un
comprensible escrúpulo no había querido confesar a su suegra ni a su
esposa el terrible secreto de Hermes García, el vecino que no sólo era
actor sino también ejecutor implacable de personas desahuciadas.
–Maza, ¿hablaste con el hombre?
–Sí, Inspector –escuchó que decía su compañero–... Vengo de la oficina del Fiscal del Ministerio Público...
–¿Y...? ¿Podemos o no podemos encerrar a Hermes García, alias Nous?
–Negativo, Inspector.
–¡Coño, me imaginé esa vaina! ¿Te explicaron por qué?
–Por lo mismo de siempre, jefe. El juez le manda a decir que no hay suficiente evidencia.
Guillermo Vizcaya Salazar sintió que le subía del estómago una oleada de indignación.
–¿El
Juez no acepta el testimonio de Guacaipura Carranza, que lo vio salir
segundos después de ahogar a la anciana Berta Barazarte? ¡A mí que no me
jodan, Maza!
–El juez señala que ella no lo vio ahogándola, y que
además ella misma declaró que tampoco está segura de que fuera Hermes
García el tipo que salió de la casa, de noche, con luz escasa y
encapuchado.
El Inspector chequeó que su esposa y su suegra no estuvieran cerca o pen-dientes de su conversación, para sentenciar:
–Entonces nos jodimos, detective Maza. Habrá que seguir, oficialmente, buscando a Nous.
Ahora fue el turno del policía más joven para indignarse:
–¡Qué
bolas, Inspector! ¡El juez sabe tan bien como nosotros que el asesino
eutanásico Nous es Hermes García, el actor y esposo de la Enfermera
Jefe, por medio de quien sabía de los ancianos desahuciados e iba y los
ahogaba y dejaba su mensajito de burla, no me joda!
–Pero debemos respetar los procedimientos legales, detective Maza.
–Pues yo me cago en los procedimientos legales, Inspector Vizcaya, con el debido respeto.
–Coge
pausa, Maza. Piensa que si era este tipo, de todos modos tuvo su
castigo... Ya esta vaina se olvidará cuando no aparezcan más viejitos
muertos... Bueno, te corto porque ando con la mujer y la suegra haciendo
mercado. Habla-mos... Yo voy después de almuerzo, ¿oíste, Maza? Chao...
Joao De Silveira vio venir a la pareja hacia su
establecimiento y recordó, consternado, que nomás quince días atrás eran
dos de sus clientes más celebrados. Quitó con presteza los dos afiches
que adornaban su negocio y que recordaban al actor Hermes García cuando
estaba en plenitud de condiciones.
Iris, Patricia y el Inspector notaron el gesto de Joao y miraron hacia el cristal de la puerta de entrada.
Dos
largas semanas habían transcurrido desde el contacto de Hermes García
con el sabio Amadeo Carranza y el retorno de su memoria irrestricta.
Una
mueca de conmiseración se dibujó en el rostro regordete de Silveira
cuando entraron al local Ramona Alcorta (con su traje de enfermera,
porque había llegado directamente del trabajo a casa a recoger a Hermes
para venir con él a hacer las compras) y el ex Drácula, vestido con un
sencillo mono deportivo, una boina de tela y zapatos tenis.
Su mujer
lo llevaba del brazo y él caminaba trabajosamente, ya que luego de
recuperarse del ataque cerebral que sufriera, había quedado con la mitad
izquierda del cuerpo semiparalizada, la boca torcida perdida y la
memoria desequilibrada.
Era como un niño muy pequeño embutido en el
cuerpo ingobernable de un hombre adulto, según el símil que había usado
el médico especialista que le trataba.
Iris y Patricia se acercaron a saludar a la pareja exhibiendo su expresión más delicada.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El
sol de la mañana se afanaba por entrar en el coqueto dormitorio
encortinado y casi hermético de la doctora Guillermina Vizcaya Salazar,
pero era inútil.
Acostada en el lecho soltero-solitario-y-enorme, se
revolvía, inquieta, con pesadillas (para variar, pensó con su parte
consciente, pero más allá del borde del resquicio que pretendía
delimitar la semi inconsciencia engañosa y perpetua).
Aún cuando en
las últimas dos semanas había conseguido librarse de la recurrencia de
la obsesión del prototipo draculiano con esmoquin, dominador y agresivo,
al parecer ahora el travieso sueño que involucraba al vampiro
hambriento había regresado.
Desde lo más profundo de su
pesadilla, Guillermina Vizcaya Salazar se preguntó qué carajo tendría
que ver este otro y nuevo vampiro indefinible con el asesino eutanásico,
pues por su hermano Guillermo había sabido la suerte que había corrido
el actor mata-viejitos.
ΨΨΨΨΨΨΨ
En el interior de su
rancho-consultorio, la curandera Guacaipura Carranza ponía su empeño
(ataviada con falda y blusa de tonos chillones y pañoleta en la cabeza
de mechas coloridas) en despojar a una clienta venida de una
urbanización vecina y de ciertos recursos económicos, a juzgar por sus
ropas y joyas. La negra fumaba uno de sus gruesos y fétidos puros y
envolvía a la obesa matrona en nubes de humo pestilente y la rociaba con
buches de aguardiente barato, como mandaba el ritual.
ΨΨΨΨΨΨΨ
En
La Marejada, el descerebrado actor Hermes García examinaba, con
atención infantil y un hilillo de baba resbalándole de la comisura de
los labios, un frasco de mermelada de frambuesa en un anaquel junto a la
caja.
El Inspector Vizcaya, su suegra y Ramona de García
conversaban cerca del módulo de las ofertas del día. Patricia,
arrastrando su (cada vez más) descomunal panza (que hacía pensar
secretamente al policía que pariría por lo menos tres muchachos) había
ido hasta el fondo del pasillo de los cereales, perdiéndose en sus
recovecos.
Guillermo Vizcaya Salazar insistía en observar (a
hurtadillas y con cierta secreta y morbosa curiosidad) a quien él sabía
un asesino ducho, por más que sus crímenes no se hubieran podido
comprobar debido a esos intersticios legales que los sistemas judiciales
de todas las civilizaciones albergaban (quizá para que no se les
acusara de despiadados).
–¿Es cierto que va reaccionando de maravilla, Ramona? –preguntó Iris Galín-dez piadosamente a la esposa del actor.
Ramona, mirando al suelo, musitó:
–Pues..., sí... Ahí va, tú sabes...
–¿Pero ya te reconoce, ya recuerda algo...?
Ramona fingió examinar un sobre de sopa concentrada.
–¿Cuál será mejor? –dudó–. ¿Pollo con fideos o cruzado?
Con
una mueca amable y circunstancial (que le costó un mundo fabricar)
metió ambos envases en la cesta y regaló una fugaz mirada al marido
enfermo. Sin mirar a la vecina susurró, con tono confidente:
–Ay, no, Iris, nada, nada...
–¿No recuerda nada de nada todavía, señora Ramona? –intervino el Inspector–. Qué buena broma, ¿no?
–Sí. Es cómo un bebé recién nacido –murmuró la esposa del asesino.
Acostumbrada
como estaba a refrenar los sentimientos, Ramona abortó un sollo-zo,
pero el brillante parpadear la delató delante de los otros.
Tuvo que ampliar la explicación:
–Todo
lo hace por instinto, pero los doctores me recomendaron que no lo
dejara encerrarse en sí mismo... Que lo sacara cuanto pua porque un
olor, un sonido, un detalle de cualquier tipo, una palabra en apariencia
inocente puede ser el resorte que desencadene su recuperación.
–Oye,
qué bien –opinó Guillermo Vizcaya, que no encontraba como ocultar su
falta de sensibilidad ante la tragedia (para él muy merecida, por lo
demás) de sus vecinos.
–¡Ay, ojalá, Ramona, mana, Dios mediante! –fervorizó sinceramente Iris Galíndez, sin mirar a su yerno.
Entonces, un repentino y desgarrador alarido vibró por debajo del anime del cielo raso:
–¡Suéltameeee!
Todos
los presentes, de alguna manera, supieron que el grito lo había
proferido la mujer embarazada, aunque no estuviera visible.
La
estridencia y el terror que expresaba aquella súplica quedó flotando
unos segundos y luego alcanzó a paralizar hasta a las moscas que
habitaban el recinto.
El primero en reaccionar fue, naturalmente, el
Inspector Vizcaya Salazar. Instinti-vamente empuñó su arma, la ocultó
en la entrepierna y buscó con la mirada a su esposa..., pero entonces,
desde un pasillo del fondo surgió una escena de película de horror para
él: ¡Patricia seguía gritando con desgarrador frenesí en tanto era
brutalmente arrastrada por los cabellos por el hijo de puta de la
capucha que, pistola en mano, se dirigía con su rehén hacia la caja
registradora con un aire suicida en la mirada!
–¡Nadie se mueva,
nojoda, o esta puta se va a la mierda! –amenazó, y con esa resolución de
los que nada tienen que perder (salvo su vida miserable) le puso el
cañón del arma en la cabeza a la embarazada, que seguía chillando de
terror, incapaz de razonar en el aporte que su incontrolada histeria
agregaba al ánimo suicida del juvenil atracador.
–¡Al suelo, coño!
¡Al suelo todo el mundo!... ¡Y tú cállate, coño de tu madre mal parida, o
te mato ya mismo, preñada de mierda, hija-de-puta!
Joao y los demás
clientes levantaron las manos, demudados. Patricia, en crisis, con la
mirada fija en su marido policía, se puso ambas manos en la boca y
guardó silencio.
El Tiempo se hizo estático dentro del local.
El
único a quien el episodio no parecía afectarle era al ex asesino
eutanásico Hermes García: ajeno a la tragedia, seguía revolviendo con un
dedo la mermelada del frasco que finalmente había conseguido destapar.
Guillermo
Vizcaya, con mucha sangre fría y firme pulso, levantó su mano armada y
apuntó al ladrón a la cabeza, y éste, al notarlo, apretó la suya contra
la sien de Patricia, resteado.
–Chamo, escúchame –dijo el Inspector,
suave y convincentemente–... Es una señora embarazada... No te
compliques tu vida... Soy policía, pero voy a dejar que te lleves los
reales y las prendas de todo el mundo, ¿estamos claros?
El
muchacho, que (tal como sospechaba Joao) estaba bajo los efectos de
psicotrópicos, lo miró con infinito e irracional odio. Su voz tenía el
paroxismo de los suicidas:
–¡Suelta esa mierda, o la mato! ¡Suelta tu pistola, policía maricón! ¡SUÉLTALA, COÑO!
Pero Guillermo Vizcaya estaba acostumbrado a lidiar con estas situaciones. Con voz desprovista de emoción aconsejó:
–Cálmate, chamo. El policía soy yo, no tú. No te guíes por lo que ves en la televisión.
–¡Suelta esa mierda, coño'e tu madre, o la mato, nojoda!
–Llévate lo que quieras, pero no le hagas daño a la señora, pana, no te compliques la existencia.
Sonaba cada vez más persuasivo el Inspector Vizcaya:
–Si la sueltas, yo pongo mi arma en el piso y tú te llevas todo y arrancas tranquilo, ¿sí va?
Pero el joven forajido estaba ya al borde de la desesperación:
–¡Coño, suelta esa mierda, huevón, o mato a esta puta barrigona te dije!
–¡Okey,
okey, okey, tranquilo, deja los nervios!... Cálmate... Mira, pongo mi
arma en el piso... ¿Ves? Así... Pero mantén la calma, chamo...
Durante
el ínterin, como el asaltante estaba descuidado y pendiente de las
acciones del Inspector, el portugués Silveira aprovechó para sacar un
revólver de la caja registradora y apuntarle:
–¡Suelta tu pistula tú, malandru cuñu de madre! –gritó, tembleque pero triunfal.
El caco se exasperó por completo; gritó, apuntando ora a Guillermo, ora al portugués, ora a Patricia:
–¡Pon esa mierda en el mostrador, portugués pajúo, rápido, rápido, coño, o la mato!
Joao no sabía qué hacer. Miró a Guillermo, que le habló serenamente.
–Haga lo que él dice, Joao..., por favor...
Pero
el pobre comerciante, demasiado ofuscado como para decidirse, no hacía
caso. La situación se había tornado tan insostenible que el joven
drogadicto, sintiendo que aquello que en principio parecía un asalto
sencillo y productivo se le estaba complicando demasiado, le puso el
arma a Patricia en el hinchado vientre, dispuesto a todo:
–¡Por
última vez, suelta esa mierda, maldito portugués –apostrofó–, o le
disparo a esta coño de madre en la barriga y me importa un coño, dije!
La infeliz embarazada entró en incontrolable crisis y rompió fuen-te.
–¡Coño, suelta esa mierda te digo, portugués marico!
–¡Mi bebé! ¡Mi bebé! ¡Mi bebé! –gritaba Patricia de Vizcaya, desbordada ya de emociones y de fluidos.
Iris,
Ramona y los demás clientes, que no habían tenido tiempo si-quiera de
obedecer y tirarse al suelo, comenzaron a indignarse, y a gritar con
furia su rebeldía.
Los penetrantes chillidos de Patricia alusivos a
su bebé sembraron tal pavor en el descerebrado Hermes García que le
hicieron reaccionar. Una horrible mueca le deformó aún más el pétreo
rostro; miró la faz del malandro (que para él resplandecía, demoníaca y
dragonesca) y comenzó a articular con fiereza lo que le dictaba su
menguado cerebro:
–¡El dragón... matar al dragón... matar al dragón...!
Repetía
torpemente la salmodia al tiempo que se le encimaba al asaltante
arrastrando con dificultad la dormida mitad de su cuerpo. Al verlo tan
cerca y tan agresivo, el delincuente giró su brazo armado y le disparó
en la cabeza, distracción que aprovechó el policía para recuperar su
arma del suelo y meterle dos tiros en el cuello al ladrón, matándolo en
el acto.
Patricia no cesaba de gritar, de rodillas entre sus
líquidos placentarios. Su marido acudió a socorrerla en tanto Ramona se
ocupaba del suyo, que, boqueando, la miraba con una sonrisa en los ojos.
–¡Joao, llame a una ambulancia, rápido, por favor! –gritó el Inspector.
–El dragón... maté al dragón... Obedecí, maté al dragón –murmuraba el actor, agónico.
Guillermo se desesperó del todo:
–¡Suegra! ¡Señora García, por caridad, ayúdenme con Patricia...! ¡Está pariendo, coño...!
Pero
Ramona estaba pendiente de su agonizante esposo, quien alargó la mano
no paralizada para tocar su rostro y murmuró, con su último aliento:
–El bebé... sálvalo... el bebé... sálvalo...
Ramona
lloraba en silencio. Patricia gemía y pujaba, en los azares del parto,
auxiliada por su madre; el portugués y los otros tres clientes estaban
inmovilizados ante la sangre del malhechor muerto y la agonía de Hermes
García.
–¡Hermes, mi amor, no te mueras, no te mueras! –gemía la enfermera.
Guillermo Vizcaya Salazar trataba de parecer sereno ante la difícil situación:
–¡Por
el amor de dios, enfermera García, atienda a Patricia, que ya viene la
criatura! ¡Por favor! ¿No ve que no puede hacer ya nada por su
esposo...?
XVI: la Despedida
“La muerte no es un fin,
sino un nuevo principio,
una transición a un estado
superior de conciencia.”
(Dra. en Psicología Elisabeth
Kluber-Ross, autora del libro
“Sobre la Muerte y los Moribundos”)
La
bruja Guacaipura Carranza estaba a punto de concluir su acción de
despojar a la obesa señora de sus maleficios cuando sintió un repentino
encalambramiento de todos sus músculos. Se paralizó y se atoró con el
humo del tabaco, pero la despojada no se dio cuenta de nada porque tenía
los ojos cerrados, tal como se lo pidieran, para mayor efecto de la
cura.
Con la sensación que tanto conocía de la inminencia de una
aparición, Guacaipura giró la cabeza hacia la puerta del rancho, a
tiempo para observar la materialización en el dintel de Hermes García
humoso y espectral como ella le conocía, pero sin traje de etiqueta
ahora. Un fulgor que le rodeaba, como un halo azulado, impedía
distinguir bien sus vestidos.
Lucía tranquilo, aliviado, pensó Guacaipura.
Él se deslizó hacia ella, sonriente, y cuando habló su voz era vibrante y poderosa, pero calmada, equilibrados sus tonos.
“Tranquila,
Guacaipura Carranza. Sólo he venido a despedirme, y a regalarte una
reflexión. Piensa en esto, amiga: la parte de Dios que crees entender,
está en los demás, pero la que no entiendes, está dentro de ti.”
Y sin más, la serena aparición se desvaneció.
La
bruja no acertaba a despertar, tabaco en mano y un buche de caña
todavía en la boca. La clienta obesa abrió los ojos, extrañada de la
inmovilidad de la curandera, y ésta aprovechó para tragar y despedir a
la mujer.
Rato más tarde, cuando meditaba en las extrañas
palabras que el aparecido le dijera, oyó otra voz conocida que le
hablaba desde el umbral del rancho:
–Guacaipura, mija, necesito que
te pases más tardecita por la sacristía para que me ayudes con un caso
raro que tengo allá, ¿oíste? –dijo, con entonación culpable y rostro un
poco sofocado el Padre Ignacio Villamizar.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El
sabio Amadeo Carranza estaba removiendo con una pala de madera los
granos de cacao que se secaban al sol cuando tuvo un deslumbramiento
repentino.
Se detuvo, cimbrado. Su hija Tamanaca, que lo vigilaba
desde uno de los corre-dores de la hacienda en compañía de varios peones
que se disponían a almorzar, vio como el viejo se paralizaba y luego
extendía los brazos hacia delante, como para detectar algo.
Cuando
escuchó la reposada voz de Hermes García, el profesor, psicólogo y
psiquiatra no se sorprendió. La voz dijo, con dulzura:
“Maestro, he
venido a regalarle un convencimiento, a usted, que se desvive por la
sinrazón de las cosas imposibles. Y es el siguiente: el Bien y el Mal no
son premios, ni castigos,... sino opciones.”
Al rato de estarlo observando, Tamanaca advirtió que, finalmente, el sabio salía de su inmovilidad y sonreía.
Un fulgor de satisfacción (de felicidad casi) le bañaba el rostro acanelado.
ΨΨΨΨΨΨΨ
Guillermina Vizcaya Salazar se revolvía en el lecho, inquieta, víctima de la misma pesadilla de siempre, al parecer.
Despertó con brusquedad.
Se sentó en la cama, turulata.
Miró hacia la puerta de la habitación a oscuras.
Y lo vio.
Luminiscente. Sereno y en paz, radiante la faz.
Se acercó al lecho. Sonrió. Y habló con ternura:
“Saludos,
doctora. Esta vez mi viaje es más largo. Vine a dejarle una certeza.
Escuche bien y no cuestione nunca más su propia capacidad de sacrificio
ni pondere su falso cinismo: El amor, doctora, es como la fe, y como la
muerte: no acepta ni impone preceptos, y como ellas, es impredecible, e
inevitable.”
La visión se evaporó ante los ojos quietos y suspensos de Mina, quien, como antes Guacaipura, se sentía incapaz de reaccionar.
Su expresión de incomprensión lo decía todo.
Con movimientos crispados volvió a tenderse. Estaba ensimismada, y preocupantemente seria.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El
furioso y vital llanto del recién nacido ponía una nota desatinada,
casi absurda en el ambiente trágico del supermercado de Joao de
Silveira.
Sobre el piso (hartos ya de escándalo y atención) los
rostros del actor teatral y del inmaduro delincuente tenían la rigidez
cerosa de la muerte.
Un auténtico enjambre de vecinos, curiosos,
periodistas y camarógrafos se arremolinaba frente a la puerta de la
escena del hecho, y adentro había otro gentío compuesto de policías,
bomberos, paramédicos, detectives de paisano, chivos policiales,
familiares y amigos de los involucrados...
Ramona, la ahora viuda de
García, terminó de amarrar con una cinta el cordón umbilical del recién
nacido hijo de Patricia y Guillermo Vizcaya y se lo entregó a la
llorosa madre, entre sus propias lágrimas por la muerte de su marido.
El detective de Homicidios Israel Maza entró al local con paso enérgico y abrazó a su amigo y jefe inmediato.
Guillermo, sonriente de emoción, le señaló al bebé.
En
el mostrador, Joao obsequiaba licor de sidra en vasos de cartón,
celebrando el desenlace casi feliz del suceso y comentaba que tal vez
había sido mejor así para “el truncu de actur que era el señur Hermes.”
Iris
Galíndez, la ufana abuela, aunque feliz porque su nieto, su hija y su
yerno estaban a salvo, entremezclaba alguna lágrima de pesar por la
muerte del compa-ñero actor. De súbito, se le ocurrió una idea. Habló
con su hija, y ésta con el Inspector.
Guillermo estuvo de acuerdo, tras un momento de indecisión.
Tendió un vaso con sidra a la enfermera:
–Beba, señora García. Para los nervios.
–Gracias.
En
ese momento los forenses autorizaban el levantamiento de los cuerpos
del atracador encapuchado y de Hermes García, el asesino eutanásico.
Una nube nubló los ojos de la enfermera, acostumbrada a lidiar y a reprimir el dolor, pero el ajeno.
El Inspector Vizcaya, abrazado a su bebé, carraspeó:
–Mire,
señora García, usted sabe que lamentamos muchísimo su pérdida y que
agradecemos igualmente su valiosa ayuda para que el niño viniera al
mundo con bien, y comprendemos... O tratamos de comprender su pena, y
queremos...
Enmudeció y tosió fuerte, atorado e incómodo. Con gesto
elocuente, extendió los brazos y ofreció su preciosa carga, la cual
había cesado sus berridos de ensayo y estaba todavía envuelta en los
trapos de coleto virgen que Joao se había apresurado a buscar
obedeciendo la imperiosa orden de Ramona.
No le cabía la sonrisa en la cara al policía, ni la culpa:
–¿Le gustaría ser la madrina de bautizo?
La
rolliza enfermera lo miró hondo; y luego a Patricia, a Iris, al bebé...
No se decidía. De pronto, se le ocurrió pensar que, de alguna rara
manera, la muerte de su esposo quizá no había sido en vano.
Sin que
viniera a cuento, recordó cómo el pichón de actor que entonces era
Hermes García la había enamorado en un baile de graduación de
bachillerato cuando anunció (pomposa y fatuamente) que había ideado, en
honor de ella, dos revolucionarios pasos de baile moderno. ¡Era embuste!
No había ideado nada. Ni siquiera bailaba bien. Era pura desfachatez,
loca fanfarronería... ¿Pero a qué mujer no le gusta que un enamorado
invente (o diga que ha inventado) algo así en honor de su enamorada?
Un
reconfortante sentimiento de paz y de solidaridad le hizo destellar la
mirada. Sin decir palabra, extendió los brazos para cargar al nené.
Joao,
que había asistido al pequeño drama del ofrecimiento del infante con el
ánimo en suspenso, destapó, gozoso, tres botellas más de bebida
espumante.
“¡Qué carayu! –pensó–. ¡Al supermercadu lu pueden vulver a asaltar mañana, peru nu tudus lus días nace un carajitu aquí!”
ΨΨΨΨΨΨΨ
El
rumor de las olas, al desvanecerse mansamente en la arena de la playa,
invitaba a la entrega, a la rendición, a la tregua definitiva,... pero
las gaviotas, con sus chillidos hambrientos y destemplados, te obligaban
a continuar.
Atardecía.
En alguna parte, alguien tocaba un violín con desesperante maestría.
Era una melodía cíngara, lánguida, tristísima, subterránea, visceral, primitiva.
La
mujer, engalanada con un vaporoso traje de novia de larga cola y corona
de flores de azahar, corría descalza por la solitaria orilla con el
primoroso ramo nupcial apoyado en un brazo (cosa rara: el traje parecía
ser impermeable; el agua no lo penetraba).
Se reconoció: era ella, Mina. Tenía los ojos arrasados en llanto y parecía buscar a alguien con desesperación.
Se detuvo, exhausta. Se hincó en la arena, vencida, llorosa.
El violín comenzó a subir la nota que prolongaba, en un interminable y terrífico calderón.
Mina arrojó las flores al agua, y las olas, golosas, ávidas, casi desesperadas, se las tragaron.
El llanto silencioso y rendido de la buena moza novia estremecía el paisaje de ensueño.
De golpe, sintió un contacto en su mano.
El violín agotó su nota moribunda y comenzó alegremente un popurrí de ritmos tropicales.
Entonces, Mina abrió los bellos ojos verde-mar lentamente, con precaución.
Un
hombre alto y fornido, no totalmente parecido a Adrián Herrera pero sí
semejante, muy apuesto, de aristocrático porte y finas maneras, vestido
con riguroso esmoquin negro y de cabello engominado peinado hacia atrás a
lo Carlos Gardel tenía en su mano las flores que ella botara al mar y
se las ofrecía con una mirada profunda y llena de promesas.
Fascinada, enamorada, excitada, se levantó, con su mano prisionera entre la de él.
El
violín (que alguien en alguna parte tocaba) inesperadamente comenzó a
desgranar unos compases oscuros, turbadores, premonitorios. Mina no hizo
caso. Acercó su rostro al del galán y cerró los ojos, esperando el beso
presentido.
Sintió un aliento fétido y los abrió: casi como
recónditamente esperaba, el apuesto mozo, con la boca abierta y los ojos
repentinamente salpicados de sangre, le mostraba dos magníficos
colmillos de vampiro.
Mina Vizcaya Salazar lanzó un grito de pavor..., y despertó, convulsa.
Encendió la luz a toda prisa.
“¡Qué
buena vaina otra vez!”, sentenció, entre frustrada, excitada y furiosa,
al darse cabal cuenta de que sufría, de nuevo, una variación de la
periódica pesadilla del monstruo creado por Bram Stocker.
Se quedó pensativa, sin saber qué más hacer o decir.
“¿Estaré
ya tan al borde de mi pánico a la soledad, que sería capaz de casarme
con cualquier clase de engendro? ¿Ese es el umbral desde el cual
arrancan estas pesadillas horribles y estúpidas? ¿Quedé tan
dolorosamente traumada por mis dos divorcios, por mi incapacidad de
parir y por la mal disfrazada mariconería de Adrián Herrera como para
buscar refugio elusivo y cobarde en la irrealidad? ¿Emanan de mi lado
más oscuro estas manifestaciones o advertencias del subconsciente, o
será otra criatura rara que quiere comunicarse?”, reflexionó durante
largo rato, realmente preocupada.
De golpe se le ocurrió una humorada:
–¡Bueno, al menos éste es un vampiro nuevo, apuesto y sexy, y no el mata-viejitos todo enrollado y desmemoriado!
Suspiró,
resignada, y recordó lo que le dijo el asesino eutanásico (en su última
aparición) sobre la absoluta independencia del amor, de la fe y de la
muerte...
Pensó que, viéndolo bien, nadie le podía quitar lo bailado, y que le quedaban muchísimos bailes más, Dios mediante...
¡Entonces,
se echó a reír con sabrosas carcajadas que evidenciaban su carácter
irredimiblemente irreverente y al mismo tiempo su profundo respeto a la
maravillosa circunstancia o azar que hacía posible el milagro de la
vida!
ΨΨΨΨΨΨΨ
El árbol era el mismo, pero las ramas vivientes, de verdes que fueran, ahora amarilleaban de blancura.
No
había tanta variedad de tonos y colores como la vez anterior, porque
todo el paisaje tendía a alborear, como si estuviese amaneciendo.
Hermes
García sentíase flotar, aunque no era ésa exactamente la sensación que
experimentaba; más bien se parecía a caer, a descender, a deslizarse,
por más que permaneciera en el mismo lugar, frente al árbol.
La lanza de luz hizo su aparición frente a él, y la sintió cálida, amorosa.
Sin
poder definir con certeza qué sentía (porque era muy difícil analizar
en el momento sus sentimientos, si es que eran sentimientos), observó
cómo alrededor de la luz azulada comenzaban a vislumbrarse y a
confundirse unos con otros, tremendamente vivos (como si fuese una
pantalla de televisión sin bordes ni márgenes ni puntos oscuros) los
rostros de sus víctimas, comenzando por Berta Barazarte, la última...
También emergió el de su madre, la primera persona a quien él, Hermes,
había ayudado a partir al otro lado desenchufando los cables que la
amarraban a la humillación... Luego surgió la faz de su padre, luminosa y
perdonadora, indulgente y comprensiva.
La voz bienhechora y energética de Berta Barazarte resonó en su cabeza:
–Bienvenido.
–Gracias. ¿Me dirás ahora tu nombre?
–Los nombres propios despersonalizan, hermano. Confórmate con conocer que ya estás donde te corresponde.
–¿Esta vez es... definitivo?
–Esa palabra es... insustancial aquí. Ven, acompáñanos.
Hermes García sintió que descansaba entre nubes de espuma.
Quiso cerrar los ojos, pero entonces notó, sin asombro, que allí nada se abría o se cerraba. Todo era.
Supo que él no era de humo, sino de energía pura.
Supo que estaba en casa.
FIN
NOUS (el hombre de humo) trata sobre un asesino serial muy peculiar, y sobre la Muerte... ¿Somos un capricho darwiniano de la Naturaleza, no más que un accidente planetario? ¿Por qué no tenemos mensajes o señales fehacientes de los que se han ido al más allá? ¿Por qué...?
Mientras la Ciencia avanza, ella (la Muerte) se disfraza de tecnología e indiferencia para infiltrarse (como siempre) en nuestros miedos más atávicos.
¿Sabes qué significa el término NOUS, lector? Es probable que no.
No importa. Ya lo descubrirás con la complicidad de los personajes de esta extraña novela: NOUS, el Hombre de Humo.
YANKO DURÁN
Nous
(EL HOMBRE DE HUMO)
Julio – 2013
Hecho el Depósito de Ley:
Ifi25220138002149
ISBN: 978-980-12-6706-5
Licencia SAFECREATIVE
(Todos los Derechos Reservados)
Guía del lector:
(Personajes principales que aparecen en la novela)
Guacaipura: Santera, bruja y curandera.
Dra. Guillermina Viscaya Salazar: Prestigiosa siquiatra.
Guillermo Viscaya Salazar: Hermano de la anterior; Inspector de la policía
científica.
Hermes García: Viejo actor de teatro.
Ramona de García: Su esposa. Enfermera Graduada.
Berta Barazarte: Anciana enferma.
Iris Galíndez: Actriz de teatro.
Patricia Galíndez de Vizcaya: Hija de la anterior y esposa del Inspector
Vizcaya.
Israel Maza: Detective de Homicidios.
Padre Ignacio Villamizar: Sacerdote católico.
Dr. Amadeo Carranza: Siquiatra, Sicólogo y metafísico.
Tamanaca: Hija del anterior.
Joao de Riveira: Dueño del abastos La Marejada
CONTENIDO:
Preliminar
I: Mina
II: el Viejo Vampiro
III: el Ángel de Dios
IV: el Desconcierto
V: NOUS
VI: el Fantasma
VII: el Mensaje
VIII: Hermes
IX: el Accidente
X: el Metafísico
XI: el Duelo
XII: el Ente
XIII: la Esposa
XIV: la Aclaración
XV: el Dragón
XVI: la Despedida
PRELIMINAR
“Al abandonar con brusquedad el mundo químico, la consciencia huye, pero luego retorna”, lo tranquilizó la voz.
–¿Qué mundo químico? –dijo, entrando a la dimensión del pánico profundo–. ¿Qué me quiere decir…? ¿Por eso es que casi nadie puede verme? ¿Por eso es que ahora soy como etéreo…, como de humo… porque estoy... muerto? ¿Es eso?
ΨΨΨΨΨΨΨ
En la vieja plaza de La Pastora, al norte de la ciudad, esa tarde había niños jugando la ere y fusilao, liceístas de ambos sexos estudiando o fingiendo que estudiaban sus libros y cuadernos, adultos aburridos sacando crucigramas y dameros con ese aire ausente y definitivo que sólo se ve en las personas mayores cuando realizan un trabajo que saben baladí; un heladero sacudiendo su productiva y desafinada campanilla, una anciana con bastón y vestida de luto dirigiéndose a la iglesia situada al norte de la plaza, un muchacho moreno vendiendo un raspado a un hombre de barba blanca a través de la ventanilla de un taxi, dos viejos de sombrero cazando las curvas de las pocas jóvenes que atravesaban de extremo a extremo aquel espacio público...
De pronto, una mujer de piel negra ataviada con una escandalosa falda color rojo sangre y blusa y zapatos de tacón verdes se dirigió con paso raudo hacia la iglesia mirando hacia atrás como si la hostigase una jauría hambrienta... Se detuvo un instante frente a una de las puertas para leer con cierta zozobra lo que estaba escrito en una placa de mármol blanco en el muro:
“Ninguno es tan bueno
que no necesite entrar”
Nadie en la plaza ni en las calles aledañas pareció tomar en cuenta la desacostumbrada prisa de una mujer que visitaba un templo cristiano en horas de una calurosa tarde de comienzos de mayo vestida de verde y rojo.
Tampoco nadie notó la figura que lucía un elegante esmoquin negro (cual si asistiera a la más rancia ceremonia en la cual exigieran rigurosa etiqueta) y que se dispuso a entrar al recinto sagrado, pero se detuvo a leer el mismo aviso en la pared que examinara la mujer de falda roja.
Al concluir, miró hacia el interior del templo, pero no penetró, sino que fue hasta la otra puerta, la de la izquierda, con aire entre indeciso y temeroso, y observó la otra losa, de idénticas proporciones a la anterior, con una leyenda parecida:
“Ninguno es tan malo
que no pueda entrar”
Algunos fieles, con aire cansino, salieron del santuario y pasaron junto al hombre de etiqueta sin dirigirle una mirada de pueril curiosidad siquiera.
“Tengo que averiguar qué me está pasando”, pensó él, y entre asustadizo y renuente entró en la casa de Dios en pos de la mujer negra vestida de verde y rojo.
I: Mina
“¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño
y los sueños, sueños son.”
(Calderón de la Barca)
Una densa niebla descendía sobre los postes de pálida y vidriosa luz, opacándolos y dificultando la visión. La fina cortina de lluvia que bajaba, incesante, contribuía a darle a la solitaria calle un ambiente espectral y amortiguaba un poco el eco de los asustados pasos de la mujer (que vestía un sobretodo oscuro con capucha y zapatos de tacón alto, rojos).
Volteaba nerviosamente hacia atrás a cada segundo, la mujer, como si alguien o algo quisiera alcanzarla.
Y, en efecto, algo la perseguía.
Por sobre el silbar de la brisa lloviznada se podía percibir un ruido indefinible que quizá pudiera semejarse al batir de un par de gigantescas alas acercándose.
La mujer (muda por un terror que mucho tenía de irracional) detuvo su carrera contra un añoso árbol desabrigado de ramas. Se aferró a su tronco y volteó a mirar hacia arriba por detrás de su hombro al apreciar el ruido aleteante más cerca. Alcanzó a distinguir una sombra informe que se le venía encima. Cerró los párpados con fuerza, pero sin que a su mente o a su garganta viniera ninguna oración o súplica en demanda de auxilio.
Cuando volvió a abrirlos, todo el entorno y el ambiente habían cambiado: Ya no llovía; había brisa, pero era cálida y salada... Sintió húmedo el suelo... Ahora estaba pisando la arena mojada de una solitaria playa con sus pies descalzos. No llevaba ya sobretodo con capucha sino una bata de organdí blanco, muy ligera, y corría, espantada y jadeante, con las olas lamiendo sus tobillos, como si la invitaran al último abrazo. Corrió más, alejándose del agua; corrió con desesperación, pero a cada paso la arena mojada era como una boca, como infinitas fauces que quisieran tragársela... De pronto se detuvo, acezante, y volteó hacia arriba buscando en el aire el origen de su pánico..., pero nada descubrió.
Desde lo alto, la luna arrancaba reflejos bruñidos a las hambrientas aguas. Al escuchar el aleteo de nuevo muy cerca de su espalda, remprendió su huida, pero entonces chocó con un borroso y enorme bulto aparecido repentinamente frente a ella.
Con ojos rojizos, hipnóticos, el engendro desplegó sus alas negras y la arropó, y la mujer sólo alcanzó a emitir un corto grito de horror antes de hundirse en el pavoroso vacío de su miedo...
ΨΨΨΨΨΨΨ
La doctora Guillermina (Mina) Vizcaya Salazar, que dormitaba con la cabeza recostada en el espaldar de su cómodo sillón forrado de pana azul, despertó con brusquedad. Momentáneamente desorientada echó de ver que estaba en su consultorio. Como el recinto estaba en penumbras, encendió una lámpara de mesa. Se masajeó los párpados.
Al revivir su sueño de siempre, su recurrente obsesión, masculló, molesta, mientras encendía un cigarrillo:
–¡Vampiro maricón!
Cuando daba una tercera y profunda bocanada, sonó su teléfono celular. Lo tomó de encima de su mesa de trabajo, chequeó la pantalla y atendió, con acento cansado:
–¿Aló, Memo..., qué haces?
–Epa, Mina, ¿qué fue, qué novedad hay? –preguntó por el auricular una voz de hombre, con tono cariñoso–. ¿Todavía en el consultorio, chamita?
–Todavía, chamo –respondió, con un suspiro.
–Mira, ¿y qué pasó? ¿Se te olvidó la vaina en casa de los Aparicio? Yo voy en camino.
–No, no, allá nos vemos –atajó, bostezando ruidosamente–. Ay, perdón...
–¿Qué pasa, todo bien?
–Sí, sí... Es que tuve un día muy agitado. Cuando se fue mi última paciente, me quedé dormida en el sillón, y adivina qué...
Una risita burlona pero simpática se escuchó del otro lado de la comunicación.
–¿Soñaste otra vez con tu vampirito?... ¡Qué bolas!
–Deja la vaina, Memo. Nos vemos ahorita.
ΨΨΨΨΨΨΨ
–¡Ah! –exclamó, transfigurado–. ¡Tierra venida de Transilvania, nación de mis ancestros! ¡Apropiado lecho para mi reposo! –siguió, proyectando la voz, el Conde Drácula, con exagerado acento melodramático.
Tendió la vista y el puñado de tierra que había recogido hacia el exiguo aforo asistente al viejo teatro del centro de la ciudad. Frente a él, en un extremo del proscenio, sobre un montón de tierra de utilería (aserrín pintado), yacía un vulgar y feo féretro de madera moteado de negro, sin tapa.
Al fondo y en los laterales del pequeño escenario, espesos cortinajes (que alguna vez fueron carmesí encendido, ahora convertidos por el uso y el polvo del tiempo en anodinos remedos de lujo y esplendor) proyectaban la ilusión de que el ataúd hacía las veces de lecho de la criatura avernal.
Hacia el foro y a la derecha, una luna llena de anime animada por un farol púrpura proyectaba su ilusorio resplandor a través de un ventanal. El opaco y amarillento crepitar de cuatro enormes y solitarios cirios engarzados en sendos candelabros de pie flanqueando la urna desdibujaban las facciones del viejo actor que interpretaba al vampiro.
Desde luego, el Conde vestía de etiqueta, como Hollywood imponía desde que le arrebatara el personaje a Abraham Stoker y a la literatura del terror: ancha capa rojinegra, esmoquin negro, camisa blanca con pechera y mangas orladas, corbata de lazo, zapatos de charol y guantes oscuros.
Una pareja joven que estaba en primera fila bostezó ruidosamente al tiempo que Drácula se volvía hacia ellos con mirada de animal salvaje y exclamaba, con terrible acento:
–¡Ya he asegurado mi descanso, pero debo alimentarme! ¡Necesito sangre fresca para mi sed de siglos!
Un ruidoso chirriar de anillas indicó que el viejo telón se ponía en movimiento y en tanto el avejentado Conde seguía con la sanguinolenta mirada clavada en la parejita se escucharon algunos aplausos de compromiso entre el escaso público asistente.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El rancho era miserable. Un espacio de 6 x 6 metros dividido aproximadamente a la mitad por una descolorida cortina verde. Por entre las láminas de cinc de techo y paredes se filtraba el oscuro rumor de la quebrada, el chillido embrutecedor de los grillos y el frío que bajaba del cerro.
Afuera, en el sendero bordeado de ranchos igual de míseros y tristes, bajo las luces indigentes del mezquino alumbrado público, las comadres conversaban en voz baja sobre la posible causa del estado (casi agónico ya) de la anciana enferma y sobre las facultades de la curandera llamada por la hija.
En el interior de la morada de piso irregular, la mujer de piel negra, falda y cota de colores vivos y pañolón anudado sobre la cabeza, de unos treinta años de su edad, estaba ensalmando (entre apestosas nubes de humo del tabaco que a ratos fumaba y los ramazos que propinaba con unas chamizas igualmente pestíferas) a una mujer de respiración estertórica que yacía sobre un lecho pequeño. Tenía los párpados cerrados y expresión dolorida, pero a ratos los abría y miraba a la bruja con ojos en los que brillaba una indescifrable súplica mezclada con un resignado desdén. En el rostro de la curandera se había aposentado una cierta conmiseración, como un secreto reproche.
Del otro lado de la cortina, a respetuosa distancia, Josefina, la hija de la enferma, ya con siete meses de su tercer embarazo, observaba.
Al rato preguntó, en un susurro:
–¿Será que mamá se mejora con el ensalme aunque sea un poquito, Guacai-pura?
La negra del tabaco no respondió al momento. Tomó la botella que tenía delante y sorbió un gran trago de aguardiente que luego regó sobre el pecho de la enferma con una larga espiración, entre la humareda del cigarro.
Después volteó a mirar a la barrigona:
–Guá, de cajón que Berta se tiene que mejorá, chica. Lo que pasa es que tú no conoces bien la facultá de esta negra en acción, Josefina, y te falta fe... Ven acá más bien...
Con ademanes medrosos, la mujer se acercó a la curandera llamada Guacaipura. Era ésta de marcada fisonomía negroide, abultada nariz y dientes enormes y dispares, con el cabello ensortijado peinado en incontables hilachas o mechas de escandalosos tonos rojizos y morados que apenas se distinguían debido a la pañoleta que usaba cuando efectuaba sus curaciones.
–Dime, Guacaipura.
–Ajá... Mira, ya ‘tá ensalmá y rezá. Ahí te traje saúco y salvia, pa que le hagas un guarapo y se lo das bien caliente cada cuatro horas, ¿oíste? –dijo.
Luego señaló el pequeño altar más arriba de la cabecera de la cama en el cual había estatuillas de figuras religiosas y paganas entre las cuales destacaba una del Indio Guacaipuro (o Guaicaipuro):
–Y síguele poniendo la vela y el aguardiente al tocayo, pa que veas que tu mamá se va a mejorar de un to, ¿oíste?
Como la barrigona asintiera en resignado silencio, Guacaipura se agachó a acariciar una mejilla de la enferma, que abrió los ojos y le dirigió una mirada indescifrable.
–Chaíto, pues... Josefina te va a hacé un guarapito que te va a poné las pilas nuevecitas otra vez, ¿oíste, Berta?
La anciana cerró los ojos, cansada, con una mueca de hastío. La bruja atravesó la cortina, seguida de la otra.
–Bueno, me voy pa mi rancho, pero cualquier cosa me avisas, sin pena ninguna, ¿oíste?
–Dios te pague, Guacaipura –dijo, en un susurro.
–Guá, yo preferiría que fueras tú –respondió, guasona, guiñando un ojo–. Nos vemos, pues.
II: el Viejo Vampiro
“La finalidad de la tragedia
es conmover y sorprender
al auditorio, pero solo
transitoriamente.”
(Polibio)
–¡Hermosa mía, el amor de los hombres es una ficción, un sueño, un vano delirio, una impostura! –dijo el vampiro con apasionado y ampuloso tono, dirigiendo la mirada a las últimas filas, casi vacías del todo.
El decorado había cambiado. Ahora la escena representaba la lujosa habitación de Guillermina (Mina) Murray, la mujer que el Conde Drácula había elegido para perpetuar su especie, según la sinopsis del programa teatral.
El viejo actor estaba delante del ventanal de cortinas de blanca gasa, vestido con el esmoquin que usara en la escena anterior. Mina, la mujer que era su obsesión, de rodillas en el lecho de rojas sábanas, cubría su cuerpo únicamente con un provocador camisón de dormir de seda azul; el rubio cabello le caía en cascada a la espalda. Ya no era joven (contrario a lo que indicaba la historia original de Stoker), pero no deslucía en su personaje, y se veía atractiva y tentadora aún.
El Conde se volvió bruscamente hacia ella, con un revolotear de su hermosa capa (escarlata por la cara interior) y ella, subyugada por su presencia, avanzó de rodillas sobre el tálamo hasta situarse en la orilla, para que la criatura le tomara el rostro entre sus manos enguantadas:
–Sólo los seres especiales como yo tenemos el poder de ofrecer los goces de la perennidad del amor...
Hermes García, el veterano actor que encarnaba al vampiro de edad indefinible, recitaba con bastante convencimiento su parlamento. Elevó las ensangrentadas pupilas hacia la artificiosa luna:
–¡Yo soy eterno, Mina, como la sombra! ¡Soy el Príncipe de la Noche, y te ofrezco el amor...! ¡Te ofrezco el amor, Mina Murray, porque yo soy el Amor!
...Concluyó con arrobado acento, y la atrajo hacia sí y la besó sonora y teatral-mente. Así quedaron mientras las luces del escenario iban agonizando perezosamente esperando los aplausos, que comenzaron a resonar tibiamente, sin llegar al entusiasmo, en tanto las luces de la sala se encendían para indicar el intermedio.
ΨΨΨΨΨΨΨ
La quinta de los Aparicio era enorme y vieja, pero con jardines bien cuidados, árboles frutales y una piscina gigantesca y circular.
La celebración estaba en su apogeo, y a pesar de que era informal, se veía gente engalanada (sobretodo mujeres). No había mucho alboroto, sin embargo, quizá porque los finos licores que repartían por doquier los empleados de la agencia de festejos contratada al efecto apenas comenzaban a surtir su burbujeante efecto.
–¿Qué...? ¿Crees que no es serio o qué? –repitió la mujer, mirando al hombre.
Era la doctora Guillermina (Mina) Vizcaya Salazar. Estaba sentada con aire aburrido en una de las sillas blancas colocadas en la grama cerca del borde de la piscina, trago en mano y frente a su hermano, el Inspector Guillermo Vizcaya Salazar.
La siquiatra tenía estatura de reina de belleza (medía 1 m. 77 cms.) y una interesantísima mezcla de rasgos germánicos y aborígenes caribeños en los cuales predominaban un par de ojazos verdes y oscuros que podían llegar a ser atemorizantes si ella le daba suficiente fijeza y fuerza a la mirada. Vestía pantalón, blusa y saco blancos, que contrastaban elegantemente con su larga cabellera castaña, casi rojiza.
Estaba en la plenitud de sus treinta y cinco años la doctora Mina Vizcaya Salazar. El Inspector de la Policía Científica Guillermo Vizcaya Salazar, su único hermano, era alto y fornido, con las facciones más aindiadas que Mina y una espesa mata de cabello negro que ya empezaba a teñirse con la nieve de los cuarenta. Calzaba zapatos de cuero de gruesa suela y usaba bluyíns, camisa azul manga larga, corbata unicolor, paltó oscuro y un par de gafas negras que no se quitaba ni para limpiarlas.
Sin apartar la vista de un par de muchachas en minúsculas y apretadas falditas que le miraban a hurtadillas pero provocándolo, el Inspector Vizcaya Salazar sonrió:
–¿Qué fue, pana? ¿Vas a pagar tu mal día conmigo? ¿Yo tengo la culpa...?
–No, pero...
–A mí me tiene loco un maniático que mata viejitos desahuciados y que deja notas raras, las que quiero que examines, dicho sea de paso, pero no le echo el ganso a nadie...
–¡Ay, no, Memo, por Dios!... Hoy no, chamito... Ese es tu trabajo, y te pido por favor que no menosprecies mi rollo, porque te juro que es legítimo –se quejó, con grave rostro.
Él se carcajeó, mirando a las niñas de bonitas piernas. Mina se puso dramática, casi patética.
–No te rías, Memo, no seas así –pidió, mimosa, y añadió, fastidiada y mirando en derredor–. ¿Qué hacemos tú y yo en medio de esta gente insensible, que ni en cuenta nos toma? Esta vaina es para sifrinos.
Guillermo Vizcaya Salazar, incontenible, soltó una sonora carcajada que llamó la atención de algunos invitados cercanos.
–¡Adiós cará! –rió más–. ¿Qué fue eso, Mina?
Burlón, imitó el tono profesional de ella cuando daba una conferencia o diagnosticaba un quebranto mental: “¿una frustración emocional o el desahogo de un reprimido sentimiento misantrópico”, ah?
La miró, cariñoso y todavía levemente sarcástico. Ella sonrió, vacua, y miró su vaso vacío.
–Coño, Memo, es en serio, vale. Estoy, no sé..., deprimida..., ladillada –hizo una pausa–. Entre el imbécil de Adrián Herrera y el vampiro acosador de mis pesadillas me tienen hecha leña.
Guillermo tomó dos vasos llenos de la bandeja de un mesero que acertaba a pasar a su lado y le ofreció uno:
–Bueno, te tengo la solución –expuso, con una media sonrisa pero en tono serio–: manda al casanova de Adrián Herrera al carajo y quédate con el vampiro... Al menos el Conde Drácula no te monta cachos.
–Ni se sabe –dijo Mina en un suspiro–. Mira que le he dado vueltas a la cabeza examinando esa extraña fijación mía con el chupasangre, pero no le encuentro explicación.
–Ah carajo, chica, hazte analizar –dijo el Inspector, apartando la mirada de las carajitas un momento y posándola en su hermana–… Total, a ti te sale gratis.
–Coño, no te burles, Memo.
–No me burlo, chamita, es en serio. ¿No se te ha ocurrido que a lo mejor Drácula te persigue porque te llamas Guillermina y los tuyos te decimos Mina, igual que a su novia en la novela original?
Pero a ella no le agradó la agudeza.
–¡Ay, no me jodas!
Encendió un cigarrillo y le lanzó el humo al rostro.
–Hasta un policía debería saber que un personaje de ficción no puede obsesionar a alguien a menos que ese alguien se deje.
–Pues no te dejes, y ya.
–Ojalá fuese tan sencillo como decirlo –comentó.
Miró a cuatro o cinco infantes que alborotaban alrededor de la piscina y entonces soltó el verdadero motivo de su mal humor:
–Hoy mandé al galán de playa de Adrián Herrera a freír espárragos.
El hermano soltó la carcajada ipso facto:
–¡Ah, vaina!... ¡Ahora sí entiendo: tú lo que cargas encima es tremendo despecho, chama!
Mina lo miró y sonrió. ¿Sería por su profesión que Memo no podía evitar ser tan directo?
–Puede ser. ¿Sabes lo que solía decir Amadeo Carranza, mi mejor
profesor de psicología?
–No. ¿Qué?
–...Que por cada persona despechada, existen al menos nueve que la envidian.
Él volvió a carcajearse contagiosamente:
–No jodas; eso es una pendejada.
–Lo mismo le decía yo. En todo caso, estoy harta de hombres que sólo quieren ser manipulados sexualmente y también del bendito draculita que me inmoviliza con su capita de carnaval y luego se evapora..., y me despierto.
–Jejeje –hizo Guillermo, guturalmente–; ¿y qué cara tiene tu vampiro? ¿Es Bela Lugosi, Boris Karloff, Christopher Lee, Tom Cruise, Robert Pattinson... o tiene la cara del chulito maricón Adrián Herrera?
–No, no... No es nadie que yo haya visto, ni del cine... No sé quién carajos es, no lo conozco.
–Qué vaina más rara, ¿no?
–Ni tanto –respondió ella.
Con evidente fastidio bebió el trago de un golpe. Miró en derredor de nuevo.
–Mira, creo que no fue buena idea venir a esta joda. Vente, vamos a un sitio donde la gente beba por motivos anímicos. Yo invito.
El Inspector se levantó junto con ella de la silla, le pasó un brazo por los hombros y se dirigieron a la salida sin que nadie se fijara en ellos.
–Hecho –dijo él–, pero asegúrate de llevar tarjeta o chequera.
–¿Cómo así?
–¿Cómo así? ¡La última vez que me invitaste dejé la quincena en aquel bar!
–¡No seas cobero, chico! –rió ella.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El tráfico era verdaderamente estresante ese día, a la hora cuando terminó la función.
El viejo centro de Caracas parecía un bazar persa, según la manoseada expresión que usaba en cada ocasión Ramona de García, la mujer de Hermes García, el actor.
Desde luego, tenía razón: autobuses, busetas por puesto, vehículos de carga, taxis, autos particulares, motorizados y peatones, en desatinada y descomunal balumba, se obstinaban en adelantarse unos a otros y en apostar a cuál hacía más ruido, convirtiendo las estropeadas calles caraqueñas en un auténtico pandemónium.
El escaso público asistente al teatro había abandonado ya el salón.
Frente a la vieja edificación llegó un volkswagen y, como pudo, Ramona Alcorta de García se mal estacionó cerca a esperar a su marido. Era una mujer ya mayor de cincuenta años, pasada de peso, pero aún activa y saludable. Trabajaba desde hacía muchos años, por turnos, en más de uno de los hospitales de las zonas norte y sur de la ciudad, y acababa de salir de su guardia en uno de ellos, razón por la cual aún vestía su blanco uniforme de Enfermera Jefe o Graduada, como se les llamaba en Venezuela.
En vista de que estaba cayendo una ligera llovizna, Ramona de García se había puesto un suéter para el frío. Después de unos minutos salieron del local el actor e Iris Galíndez, la actriz que interpretaba a la Mina de Drácula, ambos en ropa de diario. Al divisar a su esposa dentro del carro, Hermes García se detuvo en el quiosco de la esquina y compró unas chucherías para ella y para su compañera de elenco, como acostumbraba.
Iris-Mina acompañó al histrión hasta el carro. Al verlos acercarse, Ramona, como solía hacer, se corrió en el asiento para cederle a su marido el lugar del conductor. Iris Galíndez se inclinó hacia la ventanilla en tanto Hermes daba la vuelta.
–Hola, Ramona. ¿Muchos pacientes...?
–Como siempre –respondió ella, dejando que su cansada faz dibujara una sonrisa de compromiso–. ¿Y tú? ¿Mucho público...?
–Más bien poco, chica... La Lluvia a lo mejor.
–A lo mejor –asintió Ramona.
Ya Hermes había encendido el motor. El actor miró por la ventanilla del copiloto:
–Iris, ¿te llevamos o qué?
–No, no, gracias, Hermes; David viene a buscarme.
–¡Está lloviznando! –protestó Ramona.
–Sí, pero esta escampando ya... No debe tardar. Me llamó hace ratico.
–Okey –cortó Hermes–; cuídate, Iris; y siempre mosca por aquí, ah. Nos vemos mañana.
–Saludos a tu hija –dijo Ramona.
–Con gusto... Babay, Ramona... Chao, Hermes, hasta mañana... Ah, ¿ves? Ahí llega David.
En efecto, un hombre con chaqueta de cuero y casco, cabalgando una poderosa motocicleta, llegó y se paró delante de Iris al tiempo que Hermes lo saludaba con un gesto de la mano y arrancaba.
En la cartelera de la entrada del teatro podía leerse, en letras rojas, junto a una foto del actor, caracterizado como el Conde:
EL PRIMER ACTOR HERMES GARCÍA ES:
DRÁCULA, EL PRÍNCIPE DE LA NOCHE
Y más abajo, en letras un poco más pequeñas:
IRIS GALÍNDEZ INTERPRETA A
MINA MURRAY
III: el Ángel de Dios
“No hay crimen en el mundo
que se oculte,
aunque la tierra toda lo sepulte.”
(W. Shakespeare)
El infernal tráfico citadino de un viernes por la tarde-noche se había despejado un poco al salir de la zona central. El matrimonio García Alcorta vivía en la antigua, popular y populosa Parroquia de La Candelaria.
Llevaban largo rato callados el actor y la enfermera, y lo peor: sin proponérselo.
Ramona miró a su marido sin girar completamente la cabeza. Hermes estaba más taciturno que de costumbre. ¡Aferraba el volante del volkswagen como si alguien fuese a arrebatárselo!
Preguntó, con tono cálido:
–¿Qué tal la función hoy, amor? ¿Bien?
Él ni siquiera pareció escucharla. Otro largo silencio, incómodo para ella.
Repentinamente, Hermes murmuró, para su capote:
–Es tiempo. ¡Tiene que ser hoy!
Ramona le miró sin mucha extrañeza. ¿Trataría él, en este mismo momento, de memorizar algún trozo de parlamento difícil u olvidado o inventado de la pieza dramática en la cual consumía su presente energía vital? ¡Raro no sería! ¡Ah pues! ¡Se la pasaba en eso! ¿Cuántas veces, en mitad de una de esas raras crisis que lo acosaban a veces no había sucedido que Ramona creía que Hermes discutía terminantemente con ella o bien que estaba rezando (porque era sumamente creyente) y en realidad estaba repasando en alta voz algunos trozos de sus diálogos de teatro, ah, cuántas veces...?
Dejó las especulaciones y quiso saber:
–Hermes, mi amor, ¿qué es lo que tiene que ser hoy?... Es viernes; los Zambrano nos invitaron al brindis de su aniversario de bodas, ¿no te acuerdas?
–¡Cónchale, no me acordaba! –mintió–. Tendrás que ir sola, Ramona. Hoy de verdad no puedo. Tengo trabajo eucarístico.
–¡Ay, no! ¿Otra vez?
–Lo lamento, mi vida –dijo, tierno, y le explicó–: Es que una de las muchachas de mantenimiento del teatro tiene a la madre muy enferma y...
–¡Eso es injusto! ¡Prometiste que iríamos juntos! –dramatizó Ramona–. ¿No puedes hacer mañana ese... trabajo que dices?
–¡Amaos los unos a los otros! –citó él, con súbita pasión y voz engolada. Ramona volteó a criticarlo, ácida. Hermes no la dejó:
–¡Esa, mi querida defensora de los derechos piadosos de la cultura cristiana, es la mayor revelación dada a la humanidad! Es la clave de todos los misterios, pero, ¡claro!, nos cuesta penetrar lo complejo de su simplicidad.
–¡No, no, no, Hermes, por tu madre, hoy no! –aniñó ella voz e intención–. No empieces con tus cosas; sólo quería relajarme un poco tomando un trago en compañía de algunos vecinos y de mi marido. Más nada. Tuve un día difícil.
–Difícil es vivir y morir con dignidad, decían los antiguos –enfatizó Hermes, con altivo talante.
Ramona reconoció la frase: era del personaje que él interpretaba a diario en el escenario. Lo contempló un rato y le cruzó por la cabeza la peregrina idea de que a su marido, últimamente, y pensándolo bien pensado, como que le costaba diferenciar la realidad cotidiana de la teatral..., a lo mejor por su exagerado arrebato por el arte dramático y por la religión.
“¡Qué broma!, pensó, volviendo a su preocupación; ¿será que habrá que llevarlo a ver a Cristian?”
Cristian era el simpático psiquiatra francés amigo de Ulises, el director de la obra.
“¡Qué buena broma!”
–Se debe morir con orgullo cuando ya no es posible estar orgulloso de vivir, decía Nietzsche –resonó otra vez la voz de Hermes–. ¡Y es cierto! ¡Es una verdad más grande que una catedral!
Se quedó como muerta (así decían ahora los chamos, y ella encontraba esa expresión bien gráfica). Hermes pareció picarse por el mutismo de ella.
–¡En serio, mi amor, piénsalo! ¡Piénsalo, chica! ¡Usa tu brillante cerebro!... ¿No se te ha ocurrido meditar nunca en que la muerte trae aparejada la desesperanza, salvo cuando, digamos, interviene la eutanasia, por ejemplo?
–¡Ay, no, Hermes, qué va, suficiente! ¡Ya, ya; no más de esos temas tuyos tan lúgubres, por Dios santo!... Mira, no importa; iré sola, ¿sí?
Fingió rendirse, ¡y no tomó en cuenta la crucial revelación existencial que él acababa de regalarle!
–Tiene que ser hoy –enfatizó Hermes, con tono y mirada de los que utilizaba cuando electrizaba al público desde el escenario.
Ramona se alisó una invisible arruga de la falda.
“¡Qué buena lavativa!”, pensó.
Y es que cuando su marido se ponía así trágico, intransigente, irremediable, para ella era difícil permanecer inconmovible. Claro, él tenía sus razones, o sus motiva-ciones, mejor dicho. Había pasado por muchos traumas en su niñez. Quizá por eso había terminado siendo actor; así podía apropiarse de los dolores de otros seres, reales o ficticios, y filtrarlos, volverlos de revés, expurgarlos y de esa forma debilitar-los, como le había explicado el propio Hermes en alguna ocasión.
No ha debido ser cosa fácil para una criatura de apenas diez años convivir con un padre alcohólico que lo golpeaba y tener a su madre postrada en una cama de hospital, declarada paciente vegetativo por mala praxis médica: era una sencilla operación de apendicitis, pero el anestesista mezcló indebidamente las substancias, bien porque estaba borracho o drogado o trasnochado, nunca se supo bien.
¡Esas cosas tenían que inclinar la balanza quieras que no para que él fuese a veces tan dado a la introspección y a hacer su santa voluntad! Quizás por eso realizaba a veces ese trabajo eucarístico.
En una ocasión Ramona le preguntó qué carrizo significaba exactamente eso, y Hermes le explicó, con mirada extraviada, que consistía en ayudar a las personas que estaban cerca de emprender la última jornada a prepararse mejor para ir en completa paz hacia Jehová (esas habían sido, literalmente, sus palabras).
No se crea, no era una actitud falsamente humanística y frívola, como las que adoptaban algunos artistas superficiales buscando el aplauso del público (que no es lo mismo que el éxito, ojo, según Hermes). Nada de eso. Ella, Ramona, sabía que su marido acudía (prescindiendo de aspavientos y poses publicitarias estériles) a reconfortar a los pacientes terminales en los hospitales. ¡Ah, pues! ¿No lo había ella acompañado en más de una ocasión? ¿Quién negaría, en honor a la verdad, que su marido tenía un corazón enorme y rebosante de piedad cristiana, ah, quién...?
Suspiró, resignada, y preguntó, sin mirarlo:
–Pero vas a llegar temprano, mi amor, ¿verdad?
–Supongo, mi amor.
–Bueno –dijo.
Se encogió de hombros, pensando (no sin fastidio) en qué trapos se pondría para cumplir con el brindis de los Zambrano Aveledo, compromiso que antes de saber que Hermes no la acompañaría semejaba un merecido desahogo, pero ahora tenía faz de castigo y bochorno.
ΨΨΨΨΨΨΨ
–Pues yo la veo peor, comadre, pero ¿qué hago, si cuando la llevo a los hospitales me la devuelven sin hacerle nada? –hipó, entre lágrimas, sobándose la crecida panza, Josefina, la hija de la moribunda anciana Berta Barazarte, señalando hacia su rancho.
La comadre y otras vecinas conversaban en un terraplén contiguo a la entrada de la casa, a la luz lánguida de un bombillo de escaso vataje que pendía de un delgado cable. Las mujeres que le acompañaban cruzaron los brazos en silencio, incapaces de ofrecerle ya consuelo. Más allá, cerca de unos pipotes con agua, la bruja Guacaipura y dos hombres tomaban café guayoyo con chimeneao (un licor seco, barato, imitación del Chemineaud francés). Parecían esperar lo irremediable, quizá sugestionados por los dolorosos gemidos que de cuando en cuando exhalaba la enferma desde su lecho.
Días atrás, cuando la curandera ensalmara y le mandara unos brebajes a Berta, la anciana pareció ir recobrando sus fuerzas lentamente, pero desde la noche anterior había vuelto a agravarse, y en el hospital ni siquiera la habían atendido. A la misma Ramona Alcorta de García, la Enfermera Jefe y esposa del actor Hermes García, le había tocado desesperanzar a Josefina respecto de las posibilidades de vida de su anciana madre.
Berta Barazarte ya no era capaz de reconocer a nadie, y aunque el cáncer le minaba el cuerpo todo, no acababa de aniquilarla, a pesar de que ella, en su corazón, suplicaba al cielo que terminara con su implacable suplicio, y su hija ponía su esperanza en los médicos.
Pero no había respuesta ni de la ciencia ni de Dios.
La comadre a la cual se dirigiera Josefina señaló con el mentón hacia donde estaba la negra Guacaipura conversando.
–Ah, comadre Josefina, ¿y lo que le mandó Guacaipura no le asentó fue?
–Pues... así-así –hizo Josefina un gesto con la mano, y todas volvieron a quedar en silencio.
De la cercana quebrada de Catuche llegaba el murmullo del agua bajando de la cumbre del cerro, el croar de los batracios y el coro anochecido de los grillos. A las mujeres les semejó un rezo mortuorio.
–Venga, comadre Josefina... –dijo la vecina, tomándola por un brazo–; ya debe estar hirviendo el agua que puse a hacer pa’l café. Venga, vamos a hacelo.
Se metieron ambas al rancho vecino. Las otras se quedaron allí en el zaguán de tierra, chismeando, entre murmullos.
Sin que nadie lo advirtiera, quizá por la escasa iluminación que había en el sendero que venía por entre el monte desde la quebrada, un hombre vestido con una especie de largo sobretodo negro, con capucha, entró al rancho subrepticia-mente.
Con sigiloso paso, apartó la cortina y se acercó al camastro donde Berta se debatía entre atroces sufrimientos que ya ninguna droga calmaba. Una de sus manos (despojándose del negro guante que la enfundaba y la volvía anónima) tocó la frente ardiente de la infeliz.
Ella abrió los ojos. ¡Una vehemente, dolorosa, visceral y desesperada petición de ayuda floreció (como un ruego tenaz) en el semblante de la desdichada!
–¿Quién eres tú? –dijo–. ¿Un ángel de Dios?
Él no replicó. Tomó las exangües manos de ella y se las juntó a la altura de los marchitos senos, dejó sobre ellas las suyas (a las cuales había descalzado de los guantes), e inclinó la cabeza y cerró los ojos, en actitud de fervorosa oración.
Un susurro ronco, estremecedor, se encaramó por las paredes del rancho y escapó hacia la quebrada:
“No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará...”
El hombre de negro le hizo la señal de la cruz en la frente con el dedo pulgar; Berta le miró y algo parecido a una sonrisa asomó a sus labios resecos. Él, con tierno gesto, le cerró los párpados..., y a continuación la ahogó, tapando su nariz y su boca con ambas manos. Ella se dejó hacer, entregándose a la muerte como un pajarito, con aterradora dulzura. Acto seguido, las manos del hombre (de nuevo enmascaradas) dejaron un mensaje escrito en una hoja de papel de cuaderno escolar sujeto por las de la muerta, y su dueño salió del recinto.
Afuera, junto a los pipotes, la ensalmadora Guacaipura se estaba tomando otra dosis de café con licor cuando sintió un escalofrío repentino aunado a un presen-timiento; tragó el brebaje, se estremeció de nuevo y se persignó, ante el mudo respeto y extrañeza de quienes le acompañaban.
Con su corazonada todavía sacudiéndola, volteó hacia el rancho de Berta a tiempo para ver el perfil del hombre de negro alejándose hacia las sombras del río, tras persignarse y juntar las manos mirando al cielo, como agradeciendo un bien recibido.
La bruja, sin saber qué hacer ni qué pensar, lo miró irse y luego, cada vez más sobrecogida por un extraño pavor, entró en el rancho para corroborar su presagio.
Salió dando alaridos, despavorida, con la extraña nota en las manos, y llamando a Josefina.
La quebrada se tragó los gritos de espanto de las comadres.
IV: el Desconcierto
“Que el grande y el pequeño
somos iguales lo que dura el sueño.”
(Lope de Vega)
En el horizonte, una nube de gaviotas perseguía a un buque de turistas desde cuya cubierta superior varios niños les arrojaban alimentos... El sol declinaba contra la mole del cerro tiñendo de sepia el paisaje, semejándolo a una vieja postal.
Una mujer, con la oscura cabellera al viento y apenas vestida con un batín de tul blanco corría por la orilla de la playa, alucinada, volteando hacia atrás repetida-mente... Tropezó y cayó sobre la arena mojada y se incorporó y corrió de nuevo desaforadamente, pero al mirar hacia el mar, se inmovilizó: Allí, imponente, salvaje y enigmática, mirándola hipnóticamente con sus pupilas sanguinolentas, suspendida sobre las aguas, con la capa al aire, estaba la bestia, sonriente y hambrienta. Sin embargo, antes de que, como de costumbre, su horror terminara en el abrazo de la aberración, Mina Vizcaya Salazar decidió enfrentarla:
–¿Por qué me persigues, monstruo? –le gritó, avanzando hacia él–. ¡Déjame en paz ya, gran carajo!
El vampiro pareció desconcertarse ante la inesperada reacción.
Abrió la boca y mostró los colmillos. Mina se detuvo y llevó una de sus manos al cuello como buscando un crucifijo, tal como hacían las damas de Drácula en las películas, pero en lugar de la efigie del Crucificado sus ojos contemplaron un gran camafeo con la foto de Adrián Herrera, su recién despedido amante, sonriendo galanamente.
El Conde Drácula sonrió igualmente, triunfal, y abrió los brazos que aferraban el manto. Ella reaccionó con fiereza:
–¡Esto no está pasando! ¡Esto es un sueño! ¡Tú no eres real!
Pero el vampiro, con burlona mirada, en un santiamén estuvo a su lado y la envolvió en un abrazo erizado de colmillos de fiera salvaje...
En su lecho de habitación, la siquiatra Mina Vizcaya Salazar despertó con rudeza, sudorosa, jadeante y harta.
–¡Otra vez! ¡Pero qué buena vaina! –resopló, y se sentó en la cama, frustrada e impotente–. ¿Hasta cuándo, carajo?
Encendió un cigarrillo que tomó de la cajetilla que estaba en la mesa de noche. Se peinó el revuelto cabello con una mano al tiempo que escupía, rabiosa:
–¡Vampiro maricón!
ΨΨΨΨΨΨΨ
En ese mismo instante, en otra parte de la zona metropolitana de Caracas, en el interior de un centenario templo situado en una barriada popular al norte de la ciudad, dos mujeres se incorporaron del banco donde oraban y abandonaron el recinto, en paz ya con sus culpas. En la puerta saludaron con una leve inclinación de cabeza a alguien que venía entrando. Beatas al fin, ardorosas de su local dominio, misioneras de su propia entereza, tomaron buena nota mental de sus señas: vestía de negro, traía puesta la capucha del abrigo y calzaba guantes para el frío.
La iglesia quedó solitaria. Un monaguillo atravesó por delante del altar mayor, hizo una reverencia y siguió hacia el otro extremo, sin voltear.
La figura de negro se ajustó los guantes, fue hasta una de las naves laterales, se arrodilló delante de la imagen de Jesús, bajó la cabeza, unió las manos a la altura del pecho y rezó con fervor, en un susurro: “Ten piedad de mí, oh Jehová, conforme a tu misericordia. Conforme a la multitud de tus piedades, borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad y límpiame de mis pecados, Señor Dios del mundo. Amén.”
ΨΨΨΨΨΨΨ
El hombre, aturdido, sintiendo que un millar de abejas entretejían una diabólica red de zumbidos en su cabeza, se miró al espejo. Se examinó los ojos maquillados; se miró la ropa negra y elegante, de etiqueta. Volvió a fijarse en su rostro, surcado por líneas de cosmético oscuro que le daban una apariencia sombría. Examinó el recinto, siempre con ojos nuevos: se encontraba en el interior de una enorme sala de baño. Al oír chirriar una puerta, se volvió.
Entró un individuo que dejó ésta abierta y fue con rapidez a uno de los cubículos, sin fijarse para nada en la figura vestida con suma elegancia. El hombre de negro, tras mirarse de nuevo en el espejo y no reconocerse, salió al pasillo por la puerta que el otro dejara franca.
El ruido en su cabeza proseguía, insobornable. Trató de no prestarle atención.
Supo que estaba en un hospital al fijarse en el tráfico de pacientes y de sus familiares, de enfermeras y doctores que iban y venían. Un poco azorado (aunque sin saber por qué), saludó mecánicamente con la cabeza a una pareja con batas blancas que venía hacia él, pero no sólo no le prestaron ninguna atención sino que tuvo que apartarse para que no le atropellaran.
Así, desubicado, como atolondrado más bien, llegó ante unas inmensas puertas de cristal de lo que parecía ser un auditorio o salón de conferencias, las cuales estaban abiertas de par en par. De adentro le llegaba el rumor de toses y murmullos, y la voz segura y profesional de una mujer. Leyó una cartelera que ponía, en letras blancas sobre fondo negro:
2as. Jornadas sobre
Demencia y Mortalidad
Ponente: Dra. Guillermina
Vizcaya Salazar
“Vizcaya Salazar... Esos apellidos me suenan.”
Siguiendo un impulso, entró en el auditorio. Sin saber por qué lo hacía, fue a sentarse en una apartada silla de la primera fila. Nadie pareció reparar en él, excepto la atractiva mujer elegantemente vestida que dictaba la conferencia, quien le dedicó una fugaz mirada de sus hermosos ojos verdes, un poco extrañada de su atuendo.
“Coño –pensó Mina–, lo que le falta es la capa para parecerse a mi drácula.”
Los asistentes a la charla eran en su mayoría jóvenes de ambos sexos menores de 30 años y se uniformaban con batas blancas, aunque no todos; dos o tres hombres vestían traje y corbata. Había varios de pie, listos para salir, y el hombre del esmoquin calculó que la ponencia estaba por terminar. Uno de los médicos de la última fila, catire, de rostro barbado e inteligente, levantó la mano e hizo una consulta:
–Una última pregunta, doctora Vizcaya, si es tan amable.
La siquiatra lo miró con cariñosa indulgencia.
–En vista de su exposición anterior, ¿cómo definiría entonces usted la magia negra?
Ella sonrió y se paseó por el tablado.
–Pues yo diría que lo que llamamos magia negra no es más que la manipulación de las leyes naturales con propósitos fraudulentos, mi querido doctor Vivas.
El hombre que había preguntado sonrió con expresión inconforme. Mina aprovechó para despedirse.
–Muy bien, damas y caballeros, nos vemos mañana, en la conclusión. Gracias por su asistencia.
Comenzaron a salir todos.
El hombre vestido de negro levantó una mano como para hacer una pregunta, pero nadie le prestó atención. El doctor Vivas se acercó al estrado donde la ponente recogía sus papeles.
–¿Y el vudú y sus ritos sangrientos, querida Mina? –insistió, cordial. Ella se volvió y le miró, incisiva y jovial:
–No estamos aquí para hablar de magia, sino de enfermedades mentales y mortales, doctor Vivas, no seas vivo.
El rubio sonrió y se quedó allí, mirándola recoger sus cosas. Casi todos los asistentes habían salido ya, comentando entre sí lo debatido en el simposio. Keyla Fuentes, la esposa del catire doctor Vivas, que era una delgada, morena y joven doctora también amiga de Mina y quien, al igual que su marido, no se resignaba a marcharse, tras un momento de vacilación se acercó a la siquiatra con una gran sonrisa en el rostro atractivo:
–Perdona, doctora Vizcaya, pero estoy muy interesada en discutir sobre el tema de la eutanasia y no sé si mañana haya ocasión...
–Lo lamento, Keyla, pero estoy full exhausta. Perdónenme los dos –dijo, cordial.
Keyla tomó una mano de su marido y, sin amilanarse, amplió la sonrisa, pero enserió el tono:
–Mina, al menos dame tu opinión profesional: ese tal... “NOUS, el asesino eutanásico”, apodado así por los medios de comunicación, que deja notas miste-riosas en los pechos de sus víctimas, tiene que ser un enfermo mental del tipo esquizoide, ¿no crees tú?
El hombre del esmoquin negro pareció estar muy atento a la respuesta.
Mina Vizcaya sonrió de nuevo, paciente y profesional.
–Doctora Fuentes de Vivas, arrebatar la vida a un semejante con o sin su consentimiento obviamente refleja un grave desajuste emocional y psíquico, aunque no necesariamente ligado con la esquizofrenia.
Como ya había terminado de guardar sus notas en el maletín, le hizo al matrimonio un gesto de despedida:
–Chao, parejita, hasta mañana.
Y se dio vuelta para bajar de la tribuna pero se interrumpió al notar que el hombre que recién entrara vestido de manera tan rigurosa e inapropiada tenía su mano levantada.
Curiosa, avanzó hasta la punta de la tarima, ante las miradas de desconcierto de sus dos amigos.
–¿Sí, dígame...?
–Perdone, doctora –resonó la profunda voz de bajo del individuo–... eso que acaba de decir, ¿significa que esa persona está trastornada, fuera de sus cabales?
–Disculpe –le examinó ella–, ¿está inscrito en las jornadas? ¿Es usted médi-co?
–¿Qué te pasa, doctora Vizcaya? –dijo Keyla Fuentes de Vivas. Su marido también la miró con extrañeza:
–¿A quién le hablas, Mina?
–A este señor.
No le quitaba la vista de encima al del esmoquin y esperaba su respuesta, pero cuando el sujeto iba a contestarle ¡súbitamente fue sacudido por violentos espasmos! ¡Su rostro se contorsionó en una mueca de intenso dolor, miró con ojos de horror y súplica a la siquiatra..., y se esfumó en el aire!
Mina cerró los ojos y se pasó una mano por el rostro cansado. Los volvió a abrir y constató que ya el hombre de negro no estaba. ¿Habría sido una alucinación...?
Sin embargo, tratando de no parecer alterada, preguntó a los dos únicos colegas que aún quedaban en el recinto:
–¿No vieron al tipo elegante que estaba ahí hablando conmigo?
–¿Qué tipo, chica? –dijo Keyla.
–¿Seguro que estás bien, Mina? –preguntó el catire.
Ella optó por sonreír y bromear:
–¡Uufff! Creo que lo de Adrián me está afectando más de lo que creí: ¡veo hombres raros en todas partes!... Vamos, vamos saliendo.
Caminó hacia la puerta con aire todavía desconcertado (que procuraba disimular). Su teléfono celular comenzó a repicar. Lo atendió sin mirar la pantalla.
–¿Aló, buenas tardes...?
V: NOUS
“El crimen nunca se
fundamenta en la razón”
(Tito Livio)
Guillermo Vizcaya Salazar, con saco y corbata azules de Inspector de la Policía Científica, estaba en el interior de un auto patrulla que conducía por el sur de la ciudad Israel Maza, un detective bastante más joven, subordinado suyo.
El Inspector tenía el celular en la mano y su tono era perentorio:
–Mina, ¿dónde andas?
–Saliendo de una conferencia, Memo. ¿Por...?
–Necesito hablarte. Ando por las Mercedes. ¿Podemos vernos en tu consultorio como a... las dos, chama?
–Claro, Memo –y como notara que su hermano le hablaba con cierto tono de preocupación–: ¿Qué sucede?
–Es por la vaina de los mensajes del tipo que te dije. De arriba ya empezaron a joder y a ponerme un cohete en el culo... Te cuento bien ahora... Chao, y gracias.
El Inspector cerró el celular y quedó pensativo. Su compañero aprovechó una luz roja para mirarle con fijeza. Tras una larga pausa, preguntó:
–Inspector, ¿le va a pedir a su hermana un perfil sicológico del tal asesino UNOS?
Cuando la luz cambió, Guillermo Vizcaya contestó.
–Sí, Maza... Que nos elabore un perfil y que nos ayude con las jodidas notas de mierda del tal Unos o Nous. Dale, arranca.
–Pero Inspector, acuérdese que el Director dijo...
–Ya sé lo que dijo el Director, Maza –atajó, convincente y persuasivo–, pero confío más en mi hermana que en los otros sicólogos y criptógrafos, ¿estamos?
El detective Maza, también de saco azul marino, sin corbata, se acomodó la cachucha con el nombre e insignia del equipo de béisbol Leones del Caracas y mur-muró:
–Entendido, Inspector Vizcaya.
Tras ajustarse con el pulgar los lentes oscuros, Vizcaya ordenó.
–Párate en el Mc Donald’s. Yo brindo la hamburguesa.
Como el otro no dijera nada, el Inspector insistió, seco:
–Además, chico, acuérdate que Mina nos ha ayudado otras veces, ¿correcto?
ΨΨΨΨΨΨΨ
Estaban dando las tres de la tarde las campanas de la vieja iglesia de La Pastora (inveterado uso al cual los parroquianos habíanse acostumbrado desde la ya lejana época colonial). En las afueras de la vivienda de la bruja Guacaipura, ésta departía con algunas vecinas, todas comentando todavía el extraño suceso de la muerte, o más bien el asesinato de la mamá de Josefina, la anciana Berta Barazarte, días atrás. Como Guacaipura venía de un almuerzo romántico con un taxista enamorado suyo y vestía aún una vaporosa y sexy falda rojo fuego y una blusa verde manzana, además de haberse hecho resaltar aún más las mechas de vivos colores, era blanco de pesadas bromas por parte de las comadres desde que llegara, un rato antes.
Una de las mujeres, delgada y seca como una uva pasa, con todos los dedos de las manos adornados de anillos de todo género, comentó con voz que pretendía sonar indiferente:
–Guá, yo no sé ustedes, pero pa mí es bien raro que le haigan hecho la fulana autosia a la señora Berta.
Una de las vecinas más jóvenes del grupo repicó, rápida, riendo con pena ajena:
–Ay, no seas inorante, tía Isbelia, que la autosia se la hacen a tu’el mundo, por ley, ¿no es así, Guacaipura?
Pero tuvo que insistir con la consulta, porque la santera parecía estar en otra parte. Al fin respondió, aunque con aire ausente:
–Así mismo es, Petra Paula,... y más cuando la causa de la muerte no está clara.
La tía de Petra Paula se la quedó mirando con abierto e impertinente descaro:
–¿Y a ti qué te pasa, mujer de Dió, que ahora te la vives como espalomá?
–Guá, nada; ¿qué me va a pasar, Isbelia?
–¡Jumm! –hizo Isbelia, estirando los labios en un claro gesto de desconfianza.
Las otras mujeres siguieron el cotorreo. La curandera continuó con su expresión abstraída y grave.
–Épale, ¿y sí será verdad eso que dicen en las noticias? –apuntó otra, una vieja panzona, de grandes y escasos dientes. Las otras la miraron, preguntonas–. Guá, eso sobre un tal NOUS, un dizque asesino “tanásico”. ¡Cómo si eso de NOUS fuera un nombre cristiano!, ¿no’s verdá?
Petra Paula metió baza de nuevo:
–¡Quién sabe! Acuérdense que el año trasantepasao había un loco de esos matando el indigente que juega garrote, ¿se acuerdan...?
Todas asintieron, graves, menos Guacaipura. Petra Paula la miró:
–Ah, Guacaipura, ¿tú crees que ese asesino fue el hombre de negro que viste salí del rancho ‘e doña Berta?
Sin embargo, la ensalmadora ya no les prestaba atención, pendiente de su nuevo presagio.
Como su callada actitud rayaba en la insolencia, las otras se miraron y optaron por marcharse. Petra Paula, la más joven, se lo manifestó, entre molesta y apenada.
–Bueno, nos vemos despué, Guacaipura... Nosotras vamos a... a ve si a la pobre Josefina le hace falta algo, ¿oíste, mana?
Ella les hizo un gesto vago con el brazo lleno de pulseras baratas.
Con un cada vez más acentuado estremecimiento entró en su rancho. Fue a la habitación con la idea de quitarse la pinta y ponerse cómoda, pero seguía con una desazón que no acertaba a explicarse, aunque sabía bien que tenía que ser por cau-sa de una manifestación espiritual, como tantas que desde niña venía experimen-tando. Le molestaba no acertar con la causa del designio. Se acercó a la abigarrada mesa en la cual todo género de estatuas de santos cristianos y efigies de la santimonia africana y caribeña se disputaban su predilección y tomó una botella de aguardiente de caña y bebió largamente. Un segundo trago pareció calmarla y cuando fue a devolver el frasco a su lugar, escuchó la ronca y sobrenatural voz:
–¡Tienes que ayudarme!
Su cuerpo todo se tensó como una cuerda de nylon estirada. Al tiempo que dejaba resbalar la botella en su mano hasta tomarla por el cuello para usarla como un arma si fuese necesario, fue volteando lentamente hacia el lugar de donde había provenido la desesperada voz de hombre.
Al contemplar a un individuo bastante mayor, de pie junto a una silla, vestido con una elegante pero ridícula ropa negra, que la miraba desencajado y cuasi amena-zante, lo detalló, como tratando de reconocerlo.
Con natural recelo, y sin embargo aliviada, preguntó:
–¿Quién eres tú?
El tipo de negro repitió, más desesperado:
–¡Tienes que ayudarme, chica!
–¿Por qué? –dijo, sin moverse aún.
–Porque eres una bruja.
Guacaipura dejó la botella en su lugar y se volvió hacia él por completo, con aire digno:
–Soy curandera y metafísica, mijo, no bruja. Una de las mejores de Caracas, ¿oíste?
Lo contempló con ojo crítico y fue a pararse a un metro de donde estaba él.
–¿Cómo entraste, ah?
–La puerta estaba abierta.
–¿Y en qué quieres que te ayude, cuál es tu problema?
El la miró hondo, desvalido.
–Sinceramente, no sé.
–¿Eres mamadorcito de gallo o qué? –se engalló la bruja, poniendo los brazos en jarras.
–¡No, no! ¡En serio! Tienes que ayudarme a descubrir qué me está pasando –pidió el hombre con desesperación.
Se acercó a la ventana que daba a la quebrada:
–¡Te lo juro; no sé quién soy! –se desesperó, y quedó de perfil a Guacaipura, angustiado, mirando afuera.
Ella, que acababa de reconocer el perfil del sujeto, tragó en seco, estremecida. ¡Era el tipo que viera salir del rancho de Berta la noche que la anciana apareciera muerta con un extraño mensaje en un papel entre sus manos!
Se aterró y se indignó a la vez:
–¡Yo sé quién eres! –gritó, impulsiva.
El hombre del esmoquin volteó, rápido.
–¡La policía dijo que la pobre Berta murió por asfixia mecánica, no por su enfermedad, y yo te vi salir de su rancho minutos antes!
El tipo, con mirada de loco, dio unos pasos hacia ella, que retrocedió, sin dejar de acusarlo:
–¡Tú eres el tal NOUS, a quien llaman el asesino eutanásico!
–¡No lo sé! –gritó él–: ¡Ayúdame! ¡No recuerdo nada!
–¡Aléjate pa’llá! ¡Voy a llamar a la policía!
–¡No! –gritó el hombre.
Abrió los brazos como para detenerla, pero ella, decidida, corrió hasta la puerta y él se le echó encima, pero nada pudo aferrar: ¡pasó a través del cuerpo de la mujer como si fuera de niebla, para espanto de ambos! Muda del miedo, todavía Guacaipura tuvo los arrestos de hacer la guiña y tronar los dedos para espantarlo, aunque más asustado y desconcertado parecía él.
–¡Vade retro, espíritu del mal! ¡Fuera de esta casa, demonio! –chilló a voz en cuello, y salió corriendo a buscar ayuda espiritual.
El hombre, luego de un segundo de indecisión, saltó tras ella, sin que los cuerpos sólidos fuesen impedimento a su desorientado andar.
“Tengo que averiguar qué me está pasando...”, pensó, pávido, pero determinado a resolver su dilema, al entrar en la Iglesia de la parroquia La Pastora siguiendo a la mujer negra de falda roja y blusa verde que podía verle y escucharle.
Guacaipura, todavía temerosa por la experiencia que acababa de vivir con el fantasma vestido de etiqueta, buscaba al Padre Ignacio Villamizar en el interior del solitario oratorio.
Apenas se veía a una mujer gruesa y vieja de velo negro que, al acabar de decir sus pecados, se incorporó y se dirigió a un banco en la primera fila de la nave central.
La puerta del confesionario se abrió y salió de su interior un cura alto, desgar-bado, de piel blanquísima, con el rubio cabello cortado al rape y una expresión bondadosa instalada en el rostro impecablemente afeitado.
La mujer de rojo y verde lo abordó, sísmica:
–¡Padre Ignacio, tiene que ayudarme!
El sacerdote se volvió en redondo, intrigado. La bonhomía desapareció de su faz.
–¡Bendito sea el Señor! ¿A qué cristiano habrás perjudicado con tus prácticas obscenas y paganas que acudes a Dios de nuevo, bruja Guacaipura?
–¡Ay, no, Padre, no me descargue orita! ¡Tiene que ayudarme, porque creo que me persigue el fantasma del esmoquin negro, el asesino que llaman eutanásico!
VI: el Fantasma
“Cuando sufrimos es cuando
veneramos a los dioses.
El hombre feliz rara vez
se acerca al altar”
(Silio Itálico)
–Pero mujer, ¿cómo es eso de que no era humano?
Guacaipura, todavía nerviosa, terminó de beber el agua que el cura le ob-sequiara y puso el vaso sobre la mesa del comedor de la sacristía. Sin mirarlo, trató una vez más de explicarse:
–Bueno, yo no sé, pero normal no era, Padre Ignacio... ¿No le estoy diciendo que nos trompezamos y lo atravesé como a un poco de aire, como a un fantasma, pué?
–¿Seguro que no estabas...?
El de la sotana hizo el elocuente ademán de empinar el codo. La santera formó una cruz con sus dedos pulgar e índice de la mano derecha y se la llevó a los labios:
–¡Por San Juan Guaricongo, Padre Ignacio!
–¡No jures en vano, y menos en la iglesia, Guacaipura!
–¡Aaayyyy! –gritó ella, espantada y sorprendida.
–¿Qué te pasa ahora?
Lívida, señaló un punto a espaldas del padre. Él volteó, pero nada vio. La negra insistió:
–¡Mírelo, Padre Ignacio, ahí está, justo detrás de usted!
–¿Dónde, chica? Yo no veo nada.
La bruja, al notar que el fantasma del hombre de negro avanzaba hacia ella, trató de refugiarse detrás del sacerdote.
El aparecido se detuvo y la miró suplicante:
–¿No vas a ayudarme entonces?
Guacaipura le hizo la guiña con ambas manos:
–¡Vade retro, Satanás!
–¿Pero a quién le hablas tú? ¿Te has vuelto loca en verdad...? ¡Aquí no hay nadie más que tú y yo, Guacaipura!
El hombre del esmoquin, con gesto de desconsuelo, paso a través del cuerpo del cura y fue a situarse frente a una pequeña efigie de Jesús de Nazaret:
–¡Nadie más puede verme, pero no se por qué!
–¡Esfúmate, demonio! ¡Padre, hágale un exorcismo, pero rápido! ¡Ahora está ahí frente a Jesucristo!
–No digas tonterías. Te repito que yo no veo a nadie más aquí... Estás aluci-nando.
La de piel de abenuz se molestó con el sacerdote, sin quitar la vista de la apari-ción.
–¡Yo no estoy alucinando nada, Padre Ignacio! ¡El asesino está ahí, frente a usted, pero no sé por qué no puede verlo ni escucharlo!
–Anda, dile al señor cura que me ayude, por favor –suplicó la aparición, volviéndose a mirarla.
–¡Lo que le voy a decir es que te eche agua bendita para que te desaparezcas!
Al Padre Ignacio Villamizar no le quedó más remedio que empezar a tomar en serio a la curandera, a pesar de que él sabía que le gustaba beber licor y realizar prácticas contrarias a la religión católica.
–Pero..., ¿en serio ves a alguien ahí, Guacaipura?
La cabeza con mechones de vivos colores volteó y lo miró, volteó hacia el fantasma, suspiró y se calmó un poco, poniendo aire de cómica resignación. Incluso se sentó en un taburete y señalando al aparecido, le explicó al sacerdote:
–Es el hombre que vi saliendo del rancho de la difunta Berta Barazarte un minuto antes de que ella fuera asesinada, Padre Ignacio. Es al que llaman las noticias Nous, el asesino eutanásico –y añadió con cierto gracejo–: Quiere que usted lo ayude.
El cura puso cara de desconfianza. Miró el lugar donde la bruja señalaba que estaba la visión del asesino eutanásico del que, ciertamente, hablaban mucho los medios de comunicación por estos días señalando que había ahogado a varios ancianos de ambos sexos, moribundos, pero a quien nadie había identificado aún. Decidió seguir la corriente, porque conocía el empecinamiento de la ensalmadora. ¡Cuántas veces no la había él reprendido en el pasado, incluso en público, y ella había persistido en sus loqueras idólatras!
Sin embargo, por las dudas, trató de mostrar una expresión de tranquila condescendencia, aunque no consiguió eliminar cierta mordacidad al replicar:
–Pero bueno, mujer, si es un fantasma incorpóreo como tú afirmas, ¿cómo es que puede asfixiar a sus víctimas?
–Ah, no, Padre, eso si no sé yo.
–Bueno, bueno, vamos a ver, Guacaipura, vamos a ver... Hagamos una pequeña prueba entonces...
Tanto el fantasma de negro como la mujer le miraron con interés.
–Mira, ponte de espaldas a mí y dile a tu amigo que te describa lo que hago; si aciertas, sabré que no mientes.
–¡Zape! ¿Quién le dijo que él era amigo mío?
–Bueno, chica, como sea. Necesito indicios de que no estás borracha o drogada.
Se miraron en silencio el fantasma del presunto asesino y la bruja. Aquel asintió y ella se volvió de espaldas al Padre Ignacio. Éste se arrodilló y juntó las manos a la altura del pecho, negando con la cabeza, un poco abochornado de su propia credulidad en la mismísima casa de Dios Padre. El hombre o espíritu vestido de oscuro habló:
–Dile que está arrodillado, como orando, y negando con la cabeza.
–Dice que usté está orando arrodillao y moviendo la cabeza.
Se produjo una viva reacción de sorpresa del cura. Instintivamente examinó el comedor buscando algún cristal que reflejara su imagen y sirviera de referencia a la mujer, pero nada de eso había. Entonces se incorporó, siempre a espaldas de ella. Procurando no hacer ningún ruido, tomó el rosario que pendía de su cuello, lo guardó en uno de los bolsillos del hábito y sin darse cuenta, naturalmente, pasó a través del cuerpo de la aparición, tomó un ejemplar de la Biblia que estaba sobre un pequeño escaparate y lo abrió al azar. Miró en derredor, como cerciorándose de que no hubiera trucos, y preguntó, con menos burla:
–¿Y ahora?
El fantasma, luego de unos segundos, se acercó a Guacaipura y le habló al oído. Ella tradujo.
–Él dice que usted primero se sacó el rosario del cuello y lo guardó en el bolsillo derecho de la sotana y después pasó a través de él, agarró una Biblia y la tiene abierta, en su mano izquierda, en la página 362, Hechos, y la derecha está en su espalda.
Hubo un momento de tensa expectativa. El Padre Ignacio no sabía qué decir ni cómo reaccionar. Luego pensó que la santa institución a la cual pertenecía no llevaba dos mil años de existencia negando espejismos ni falsos milagros en balde. ¡Ya verían la bruja y su fantasmita, si es que en realidad existía la burlona entidad, lo que era meterse en y con la iglesia y tratar de engañar a uno de sus miembros!
Reconfortado con tales pensamientos, se encogió de hombros y cerró la Biblia.
–Pues bien, ésta es la casa de Dios, y Dios es el Padre de toda criatura viviente, aunque yo no pueda verla –dijo, volviendo a ponerse la camándula en el cuello. Miró a la negra y agregó, todavía incrédulo, y socarrón:
–Pregúntale qué quiere.
Guacaipura miró al cura ya sin asombro, y luego al aparecido. Hizo un gesto, en tanto sacaba del seno un habano y unos fósforos.
–Ya oíste al Padre Ignacio. Habla, pué.
–¡No se te ocurra encender esa peste aquí, Guacaipura! –reprendió el cura, y después suavizó–: Dile que nos diga cómo se llama, anda.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El arroyo semejaba un tajo vivo y serpenteante en el cuerpo moreno y moteado de verde de la sierra. La casa estaba enclavada a menos de cincuenta metros del afluente, y era enorme y fresca, colorida y vital, cargada de flores y arbustos y árboles umbrosos y frutales.
Una mujer de raza negra, cuarentona, atravesó el salón-comedor con una taza humeante sobre una bandeja y caminó por el exuberante sendero enjardinado al encuentro del hombre vestido con pantalón y fresca camisa de algodón blancos, igual que el sombrero que protegía su cráneo, éste albo de canas también.
Usaba (el hombre) gruesos anteojos oscuros y tenía aspecto afable y edad inde-finible, y podaba y limpiaba (con franca concentración y de espaldas a la mujer que se aproximaba con paso perezoso) unos encendidos claveles amarillos que reverbe-raban al sol de la tarde.
Cuando llegó a su altura, ella susurró con amor y respeto:
–El chocolate.
El hombre (cuya piel era del color de la bebida que le traían) se volvió. Un enorme y grueso medallón de oro con un cristo sobre la cruz centelleó, colgado de su cuello. Sonrió apenas a la mujer, soltó el trozo de paño húmedo con el cual limpiaba las flores y tomó la taza de encima de la bandeja con absoluto aplomo, a pesar de que estaba privado del sentido de la vista.
Tamanaca, la hija mayor del sabio doctor en Psicología y Psiquiatría (y profesor de ambas ramas de la medicina) Amadeo Carranza, aguardó en actitud sumisa y contemplativa a que su padre probara la primera muestra del cacao cosechado en la misma hacienda.
Con parsimonia, tras un largo paladeo, y casi para sí, dijo él:
–Humm, buena recogida ésta, y te quedó muy bueno, mija, como siempre.
Ella musitó un “gracias, papá” pequeñito y él volvió a saborear la espesa bebida con fruición.
De golpe, como olfateando el viento, dijo:
–Hay... perturbaciones en el aire.
Tamanaca miró el cielo, que estaba impoluto, de un azul desvestido de nubes:
–No creo que llueva –apuntó en un murmullo.
Él replicó, misterioso:
–No me refería a perturbaciones climáticas, hija.
Bebió otro gran sorbo. Volvió a menear la cabeza, como aclarando una visión interior.
–Ella vendrá. Con alguien. A una consulta.
–¿Quién, papá...?
Lo miró hondo, y ante la sonrisa enigmática del viejo, preguntó, incrédula:
–¿En serio lo dice?
Amadeo Carranza vació la taza de un viaje y con asombrosa precisión la volvió a colocar sobre el centro de la bandeja que ella aún sostenía entre sus manos sin que aquella golpeara a ésta.
Palpó entre sus manos el rostro tibio de la hija y pidió, amable:
–No vayas a ponerle mala cara, Tamanaca.
Ella se le quedó mirando el sereno rostro como buscando una señal que desengañara su incredulidad.
Él regresó a sus flores.
VII: el Mensaje
“Cuanto más grande es el
hombre, mayor es el crimen.”
(Thomas Fuller)
En torno del escritorio del amplio consultorio privado de la doctora Vizcaya Salazar conversaban ella, su hermano Guillermo e Israel Maza, el detective compañero de éste.
–¿A cuántas personas ha matado ya este tal Unos...?
–Que sepamos, a seis –respondió el Inspector, sombrío.
–¿Todas ancianas?
–Ancianas y ancianos desahuciados –confirmó.
Mina lo miró un momento, pensativa.
–¿Hay algún patrón, Memo?
El Inspector Vizcaya Salazar sacó de un bolsillo interior del saco un sobre y se lo entregó. Mina lo abrió y examinó su contenido: varias hojas de papel de cuaderno escolar con un mismo e idéntico mensaje del asesino eutanásico.
En ellas, con letras de colores, irregulares, como las de un niño, el criminal dejaba su reto:
Estoy entre los Astros y los Reyes;
soy el nuevo Caronte
y el antiguo Mercurio;
dios soy; piedad soy, soy paz;
mis leyes soy.
Soy uno. Búscame. Soy UNOS.
Largo rato estudió la siquiatra las notas, en silencio, grave el rostro.
–Huumm –hizo, tras la pausa.
Repitió, como tratando de hallar detrás de las palabras el contenido que se le escapaba:
–“Soy uno. Búscame. Soy UNOS”... En hojas y letras de escolar... escritas con crayones...
Guillermo la miró como esperando la pregunta. Dijo al cabo, hosco:
–No hallamos ninguna huella en ellas, Mina, nada de nada.
Ella se incorporó y comenzó un lento paseíllo por la estancia, al tiempo que habla-ba casi consigo misma.
–Le gusta el misterio, el secreto, la intriga..., además de ser una persona culta. Cometer sus crímenes es un deber..., una especie de tarea que se ha impuesto...
–Sí... Tal vez tenga un jefe, o un cómplice –aventuró Memo–. A lo mejor son varios UNOS... ¿Podría ser, Mina?
–No es probable –negó ella–... Las notas tienen personalidad propia. Las firma como UNOS, lo que es claramente un anagrama.
El Inspector se impacientó:
–Sí, sí; ya intentamos descifrarlo, y la única palabra que se forma con UNOS y que tiene algún sentido es NOUS, un fonema que viene del griego y que significa mente, inteligencia, pero eso no nos sirve de mucho, me parece. Hasta la prensa lo llama así.
–¿Cómo?
–“Nous, el asesino eutanásico”.
–Cierto. Con razón me sonaba...
Mina miró a su hermano y detuvo su caminar; se dirigió a su computadora personal en tanto señalaba a los dos hombres la vasta biblioteca que ocupaba toda una pared:
–Okey; consultemos más minuciosamente en Internet y también en esas enciclopedias, Memo, detective Maza, a ver qué encontramos acerca de la palabra NOUS...
En ese momento se abrió la puerta que comunicaba con recepción y asomó el rostro de una mujer madura, de gruesas gafas sujetas con cordón; tenía mirada autoritaria. Era Yolanda, la asistente y secretaria de Mina. Habló desde la puerta con su voz de soprano:
–Doctora, ¿de qué pido las pizzas entonces?
Mina dudó. Se volvió a los otros, con mirada preguntona.
ΨΨΨΨΨΨΨ
–Dile que tiene que hacer un esfuerzo por decirnos aunque sea su nombre, su dirección o algo que nos ayude a saber quién es, Guacaipura –repitió el cura, paciente.
La negra negó con la cabeza, entre una humareda apestosa.
–Ya se lo dije, y dos veces, pero no recuerda nada de nada.
El Padre Ignacio palmoteó el humo, disgustado.
–¡Te dije que apagaras esa cosa!
–Perdone, Padre, pero me calma los nervios.
–Por lo menos podrías comprar de los perfumados.
–Qué va, son muy caros.
–Pregúntale si en sus bolsillos no hay alguna identificación, una dirección...
–Dile que de nada serviría –dijo el de negro–, ya que mi cuerpo es como de vapor. Mira, explícale...
Hizo intento de jurungar sus bolsillos, pero, en efecto, sus manos se diluyeron dentro de su cuerpo como si fuera un gas liviano.
La negra exhaló una larga bocanada.
–No se puede, Padre. Él es tan macizo como este humo.
–Pregúntale que cómo sabía que tú podrías verle y oírle, que cómo llegó a ti.
Guacaipura miró elocuentemente al espíritu, que estaba asomado a la ventana, harto.
Éste explotó:
–¡Yo qué sé! Lo único que recuerdo es una sala de baño, un pasillo y el auditorio de un hospital –y calló bruscamente...
Entonces emitió un grito de triunfo, como el ermitaño que encuentra oro–: ¡Un momento!
–¿Qué pasa, chico? –se asustó la bruja. También el cura:
–¿Qué...?
–¡La doctora! –gritó el hombre sin cuerpo sólido.
–¿Qué doctora?
–¿Hay una doctora? –se asombró el de la sotana negra.
El fantasma caminó hacia ellos:
–¡La doctora del hospital, la de la conferencia! ¡Ella me vio y me habló!
–Dice que una doctora lo vio y le habló en un hospital.
–¿Qué hospital era? –interrogó el Padre Ignacio, sin saber exactamente hacia dónde mirar–. ¿Cómo se llama la doctora?
Guacaipura vio cómo el hombre de humo hacía un esfuerzo por recordar, pero...
–¡No puedo!
–No, qué va, no puede.
–Dile que tiene que intentarlo con seriedad.
La negra miró al hombre sin identidad, que cerró los ojos, concentrado..., ¡y de repente, tal como aconteciera en el auditorio del hospital, se contorsionó de dolor, y se esfumó!
La curandera, que creía estar curada de espantos, abrió la enorme boca, atónita:
–¡Coño, se fue! –se le escapó.
El Padre no le recriminó, sino que preguntó tontamente:
–¿Quién se fue?
–¿Quién va a ser, Padre? ¡El tipo, el fantasma! –y se persignó– ¡Protégenos, Reina Maria Lionza, y tocayo Guacaipuro!
–Respeta, mujer, que estás en la iglesia –regañó el sacerdote, con displicencia.
La desconfianza volvió a asomarse a su rostro:
–¿Así que... desapareció delante de tus ojos, sin más?
–¿No me cree, Padre Ignacio? –contestó, retadora, y lo apuntó con uno de sus dedos, amenazante–. ¡Pues entonces vamos a ir a hablar con el sabio profesor Amadeo Carranza!
–¿Con el famoso Profesor Carranza, el conferencista? –se asombró el cura–. ¿Pero tú lo conoces, Guacaipura? ¿De dónde?
–¡Véngase, vamos para su casa para presentárselo y para que nos haga la segunda con el espectrico este!
ΨΨΨΨΨΨΨ
Sobre el escritorio se veían grandes trozos de pizza, mezclados con información recién impresa bajada de Internet y con tres gruesos tomos de carátulas rojas. Mina, que hoy llevaba un precioso pero práctico conjunto de pantalón y saco verdes ajustados al talle sobre una coqueta franela rosa, tomaba pequeños sorbos de una lata de cerveza mientras leía para los dos policías la conclusión de su búsqueda:
–Como estos asesinatos son cometidos por alguien que firma sus mensajes co-mo UNOS y sabemos que UNOS vendría siendo un anagrama de NOUS, tenemos entonces que...
Hizo una estudiada pausa. Memo se ajustó los anteojos oscuros. El Detective Maza hizo lo mismo con la gorra.
–Nous, en francés es nú: pronombre personal, nosotros, nosotras. Nous viene del griego y significa mente, inteligencia, espíritu, razón, memoria, intelecto... El filósofo del siglo V antes de Cristo, Anaxágoras, maestro de Pericles, de Eurípides y de Sócrates, sostenía que al comienzo del infinito caos atómico de la creación surgió el Orden, emanado de una inteligencia perenne a la cual llamó Nous; éste sería el nombre de la Sustancia Pensante.
Tras su exposición, hubo un silencio. Los miró, interrogativa:
–¿Les dice algo todo esto?
Nuevo mutismo de los dos hombres.
Al cabo rato, y como un significativo signo de su impaciencia y ansiedad, el Ins-pector limpió sus gafas con una toalla de papel. Se encogió de hombros, incómodo:
–Supongo que el tipo quiere decirnos que es un carajo muy inteligente, ¿no?
Ella lo miró y se acercó de nuevo a la mesa. Dejó de beber. Puso la lata junto al cenicero.
–¿Por qué un carajo, Memo? Podría ser una mujer.
–No, doctora Vizcaya –negó Maza.
–¿Por qué no?
–Es que hay un posible testigo –dijo Guillermo–. Olvidé mencionártelo.
Mina abrió mucho los ojos:
–¿Alguien vio al asesino entonces?
El policía joven consultó una libretita:
–Eso parece, doctora...
–¿Cómo que parece?
–Bueno, una mujer del barrio Los Mecedores, una curandera o medio bruja llamada Guacaipura dice que vio a un tipo como de 50 años salir del rancho de la última víctima, Berta Barazarte.
–¿Y ya elaboraron un retrato?
El Inspector atacó otro trozo de pizza:
–No hay suficientes datos, Mina. Era de noche y había poca luz; además, la testigo dice que el tipo llevaba capucha.
Mina se quedó mirando a ambos policías:
–¿Entonces cómo puede afirmar que era un hombre como de 50 años?
Maza intervino de nuevo:
–No lo asegura; dice que eso le pareció.
–Nadie más vio nada raro –intercaló el Inspector, comiendo–, pero seguimos buscando potenciales testigos.
Mina se incorporó de nuevo y prosiguió su caminar pensativa y cerveza en mano:
–A ver... el sólo hecho de que el asesino, sea hombre o mujer, deje esos men-sajes cada vez que mata indica su egotismo, su afán de llamar la atención. Es el clá-sico cuadro de un individuo con limitaciones emocionales y evidente asonancia afec-tiva hacia el sufrimiento.
–¿Qué significa...? –preguntó el detective Maza, sin rubor.
El Inspector se creyó obligado a estar más claro que su subordinado:
–Bueno, chico, que no soporta el sufrimiento ajeno; ¿no, Mina?
Su hermana compuso una mueca de sarcasmo profesional:
–Sí;... en realidad debe ser una personalidad anormal, psicopática, producto, probablemente, de una niñez traumática, pero eso tampoco ayuda mucho, ¿verdad?
Los detectives se miraron, y luego no pudieron esconder su frustración, su no-comprensión.
–Pero quiten esa expresión de desaliento –regañó ella en tono cariñoso–. Los acertijos son así, trabajosos. Por eso se llaman acertijos...
El detective Maza, con la cara amarrada, señaló las notas que dejaba el asesino:
–¿Pero qué significa lo demás, doctora? O sea, eso de...
–Siempre es el mismo mensaje –interrumpió ella, casi para sí–, invariable, sin nuevas veleidades ni pistas, de modo que quiere asegurarse de que sea bien com-prendido. Es su... su patrón de identidad, por decirlo así.
El Inspector se levantó de su cómoda silla y estiró las piernas, limpiándose la boca de los restos de comida con un pañuelo rojo. En su voz había un dejo de contrariedad mal disimulada.
–Coño, Mina, pero, ¿qué es eso de Caronte y Mercurio? Maza y yo revisamos varios diccionarios, pero casi no sacamos nada en claro. Caronte es el barquero de los muertos en la mitología antigua y Mercurio es el dios del sol, pero...
La hermana asintió con la cabeza, paciente, y tomó una de las notas del asesino.
–Sí, correcto..., pero tal vez un árbol nos impida ver el bosque... A ver... el men-saje, siempre el mismo, no nos olvidemos, dice:... “Estoy entre los Astros y los Reyes; soy el nuevo Caronte y el antiguo Mercurio; dios soy; piedad soy, soy paz; mis leyes soy. Soy uno. Búscame. Soy UNOS.”
Dejó el envase de cerveza y se sentó.
–No será difícil desentrañarlo.
–¿En serio? –dijo el hermano, escéptico.
–Fíjense: sabemos ya que el término NOUS, que él pone como firma al resal-tarlo, simboliza inteligencia... Caronte, en la mitología romana, es el barquero que transporta las almas de los muertos de una orilla a la otra del río que lleva a los infiernos...
El detective Maza, que estaba atento a las explicaciones de Mina, metió baza:
–Claro, como hace, en cierto modo, nuestro bondadoso asesino eutanásico.
–Exacto –dijo la psiquiatra, mirándolo–... y Mercurio es el Heraldo de los dioses...
–¿Y este... NOUS..., es una especie de mensajero de la muerte entonces? –apuntó el Inspector.
–Correcto.
Mina releyó la hoja que tenía en la mano:
–“Estoy entre los Astros y los Reyes; soy el nuevo Caronte y el antiguo Mercurio; dios soy; piedad soy, soy paz; mis leyes soy. Soy uno. Búscame. Soy UNOS”... Humm... es claro que este enajenado se cree una especie de elegido, de enviado de Dios.
–¿Enviado de Dios un asesino, doctora? –negó Maza.
Mina le taladró con la mirada verde acero que usaba con algún paciente cuando éste quería dar a entender que la perturbada era ella y no quien venía a la consulta.
–Detective Maza, Atila y Hitler creían lo mismo.
Guillermo intervino de nuevo:
–Bueno, es un maniático. Dice claramente que es Dios, Mina.
–No –le corrigió ella, amable–; fíjate que dice dios soy, en minúscula, lo que indica que cree ser uno de tantos dioses que la humanidad ha concebido. Y luego dice que es piedad y paz, refiriéndose a lo que hace, a lo que proporciona a sus víctimas.
El joven detective Maza no pudo evitar un comentario impertinente:
–¿Usted como que apoya lo que ese loco coño de madre hace, doctora Vizcaya, dicho sea con todo respeto?
–Bueno, Maza, ¿qué te pasa? –saltó su jefe, un poco sorprendido de la acritud de su compañero.
Mina clavó en el detective una mirada como un trallazo.
–No apruebo la eutanasia ni moral, ni ética, ni profesionalmente, detective Maza, si a eso se refiere, y me parece que olvida que, en mi trabajo, debo tratar de introdu-cirme en la mente de otras personas para luego poder comprender el por qué de sus acciones.
El Inspector lanzó una fría mirada a su subalterno y luego fue junto a su hermana y repasó una de las líneas que más le intrigaban de la nota del asesino, con aire dubitativo:
–...Estoy entre los Astros y los Reyes... Estoy entre los Astros y los Reyes...
A Maza, quizá tanteando la cuota de participación que le quedaba en la reunión, se le ocurrió una especulación:
–¿Y no indicará eso el nombre de un rey antiguo, ah, doctora, Inspector?
A Mina Vizcaya Salazar se le iluminaron los ojos verde mar:
–¡Podría ser! Probablemente un rey mitológico, un dios pagano y un astro, todo en uno, que al mismo tiempo tenga alguna relación con Caronte y Mercurio –y señaló los libros con repentino entusiasmo– ¡Busquemos esa relación!
VIII: Hermes
“El amor a la vida
no es en el fondo sino
el temor a la muerte.”
(Shopenhauer)
Era una especie de armonía inquietante, con resonancias oscuras y súbitas, ulu-lantes, como si salieran de una trompeta metida dentro de otra trompeta más grande y sellada y luego filtradas por campanas de delgado cristal; eso era lo que le parecía percibir al hombre del esmoquin negro. Las notas subían y bajaban de intensidad con tanta rapidez que ora le dejaban aturdido, ora alerta para seguir escuchando.
Cuando se atrevió a abrir los ojos notó que iba viajando en giros a través de un laberinto o túnel multiforme y multidimensional, de muchos y esplendentes colores... Después vio que estaba en una especie de extraña montaña rusa hecha de espuma iridiscente, húmeda, y a continuación sintió que su cuerpo neblinoso estaba siendo halado hacia un torbellino que descendía en espiral a velocidad supersónica, inimaginable..., y bruscamente, con un formidable y aterrador estallido de mil tonos enceguecedores, cesó todo: la música obsesiva, el movimiento desfalleciente, las coloraciones demenciales; todo se transformó en un prado gris silencioso y solitario.
El hombre sin memoria se vio delante de un descomunal árbol oval de un color que se parecía al verde de las esmeraldas, pero mucho más opaco y como hueco a ratos, como si dentro del color hubiese un sin fin de diminutas larvas con forma de hojas sobreponiéndose unas sobre otras en un relevo insobornable y cíclico, enloquecedor.
Al árbol lo rodeaba una nube de aleteantes mariposas de múltiples tamaños, todas de color negro-plata brillante y todas con siete ojos blancos pintados en las alas...
El hombre, atolondrado, al borde del vértigo, abrió y cerró los párpados varias veces,... y entonces comprendió que todo el prado y el árbol y las mariposas se desdibujaban y volvían a tomar caprichosas representaciones porque todo estaba conformado por rayos de energía pura, energía que se alteraba ante su sola mirada, que se transformaba sin modelo ni definición porque él mismo era parte del sobrenatural cuadro.
Cuando transcurrió una eternidad, por encima de su cabeza, entre las ramas que cambiaban continuamente de formas, comenzó a centellear una luz azul celeste-pálido, que se fue tornando intensa, intensa, intensa, aunque no cegadora... El hombre sin pasado notó que tenía forma alargada y tersura como de nube, quizá como debía verse una lanza hecha de vapor de agua e iluminada interiormente.
Oyó de súbito una voz serena y resonante, plena de vitalidad, que lo mismo podía ser femenina que masculina y que parecía provenir del centro de la lanza de luz.
“¿No recuerdas lo ocurrido?”, dijo, con profunda calidez, que se le antojó lejanamente familiar.
–¿Qué es esto, dónde estoy ahora? ¿Quién me habla?
Hubo un momento de silencio angustiante. Después, la voz volvió a sonar, bien-hechora, casi letárgica:
“El choque, cuando es inesperado, suele ser muy perturbador.”
–¿Qué choque? –se angustió el hombre, a pesar de todo–. ¿Eso fue lo que me pasó? ¿Choqué?
Nuevo silencio. La lanza azulada pareció brillar más. El hombre se desesperó.
–¿Por qué no me dice quién es usted y dónde estoy, por favor?
“Soy la última a quien ayudaste. Tu salvación consiste en que los demás se salven. Debes matar al dragón”.
–¿Matar al dragón? ¿Qué significa eso? ¿Cuál dragón? ¿Cómo le ayudé yo? No entiendo nada –casi lloró el hombre–... Mire, deje que le explique: no sé cómo, pero perdí la memoria. No sé quién soy ni cómo me llamo.... No tengo recuerdos conscientes, nadie puede verme ni oírme, a excepción de dos mujeres a las que nunca antes había visto puesto que ellas no me han reconocido...
“Al abandonar con brusquedad el mundo químico, la conciencia huye, pero luego retorna”, dijo en tono tranquilizador la voz.
–¿Qué mundo químico? –preguntó, entrando a la dimensión del pánico profundo–. ¿Qué me quiere decir...? ¿Por eso es que casi nadie puede verme? ¿Por eso es que ahora soy como etéreo, como de humo, porque estoy... muerto? ¿Es eso?
“La muerte es sólo un cortocircuito entre los polos magnético y eléctrico del organismo físico. Más allá, ya no existen las barreras.”
El pavor de lo inexplicable invadió entonces al pobre ser sin memoria. Desarmonizó todo el paisaje con sus gritos:
–¿Quién es usted? ¿Por qué no puedo verle? ¿Por qué todo es como de niebla? ¿Qué es este lugar?
“Tú dímelo...”, dijo la voz.
–¿Yo...?
“Sí, tú... Este lugar es una construcción mental tuya.”
–¿Cómo que una constru...?
No pudo terminar la frase. Un pavoroso estallido de luz y sonido le hizo proferir un alarido de espanto, y aunque sabía que estaba gritando, no podía escucharse... Sintió que se precipitaba en lo más profundo y aterrador de aquellas arenas energéticas... Cerró los ojos... y se hundió en la nada.
ΨΨΨΨΨΨΨ
En la puerta de cristal transparente de la entrada del abastos La Marejada destacaba el afiche (el mismo que en la cartelera del teatro del centro de la ciudad pregonaba que Hermes García era Drácula, el Príncipe de la Noche e Iris Galíndez interpretaba a Mina Murray), ya un poco descolorido.
El negocio era un típico local de venta de víveres y afines de la parroquia de La Candelaria de esos en los cuales se conseguía desde una curita hasta una chirimoya. Había varios clientes haciendo sus compras, entre ellos Ramona de García, la esposa del actor. Cesta en mano, escogía frutas y vegetales. Su vecina (vivían en el mismo edificio) Iris Galíndez, la actriz, entró al local y se la topó. Al verla, una expresión de conmiseración se dibujó en su cara, pero el saludo quiso ser animoso, a pesar de todo:
–Hola, Ramona –dijo, tras el beso en la mejilla–, ¿cómo va todo, qué dicen los médicos?
La enfermera hizo un gesto de resignación, y su mirada se fijó en otro afiche que estaba detrás de la caja registradora, de frente a Joao, el propietario del lugar, y en el que se veía a su esposo en otra pose, con su esmoquin y su capa rojinegra.
–Pues... la verdad no dan muchas esperanzas, Iris.
La actriz chasqueó los dientes, condolida.
–¡Qué broma, amiga!... Qué duro debe ser, ¿no?,... y eso que a lo mejor tú eres más fuerte para una cosa de esas, digo yo, por tu profesión...
–No creas –murmuró Ramona, sin quitar la vista del retrato de su marido.
–¿No, verdad? –dijo Iris, y se acordó, y agregó, en voz baja–: ¿Sabes que esta mañana fuimos al hospital varios compañeros del teatro, pero no nos dejaron verlo, chica?
–No, no dejan todavía; yo únicamente, y eso porque soy enfermera, claro –y sonrió, resignada–. Gracias de todas maneras, Iris, y a tus compañeros. Se aprecia el gesto.
–Ay, no, por favor, Ramona; ya sabes que estamos contigo de todo corazón en este difícil trance.
–Yo sé, amiga, y les agradezco a todos los del elenco –susurró, tomando entre los dedos un tomate manzano y metiéndolo en la cesta. Iris hizo otro tanto con un par de cebollas. Ramona carraspeó, y preguntó, sin mirarla:
–¿Y qué? ¿Ya están ensayando la nueva obra, o lo van a sustituir en El Prín-cipe...?
–No –dijo Iris, con desazón–, no vamos a hacer más El Príncipe...; mañana comenzamos a ensayar la del Doctor Jekill y Mister Hyde.
–Ah, qué bueno –dijo la enfermera, por compromiso.
En eso llegó Patricia, la hija de Iris, con un paquete grande en las manos. Su tremebunda barriga de ocho meses y medio ya le hacía caminar como un rollizo pingüino. Era una joven señora de 24 años, atractiva como la madre, aunque con cierta expresión bobalicona en el bonito semblante. Tenía el cabello de un amarillo tan puro que casi encandilaba mirárselo. Llegó junto a las otras dos y saludó con un beso en la mejilla a la enfermera.
–Hola, señora Ramona. ¿Cómo está...?
Ramona hizo un gesto de “así-así” con la mano y Patricia (que no era muy lista) señaló el cartel que publicitaba la obra de Drácula.
–Cónchale, mamá me contó lo de su esposo. ¿Cómo sigue él, el señor Hermes?
–Pues ahí, sin cambios. Gracias por preguntar, Patricia.
–Qué buena broma, ¿no? –comentó la embarazada, y luego le extendió el paquete a la madre–... Toma, mami, la carne.
–¿Cuánto fue?
–No te preocupes –sonrió, pícara, Patricia Galíndez de Vizcaya–. Le quité plata a Guillermo anoche, que llegó medio prendío.
–Oye, Patricia –cambió el tema la enfermera, aprovechando la oportunidad–, ¿y tu marido ya agarró al tipo ese mataviejitas?
Patricia negó con la cabeza:
–No que yo sepa, señora Ramona. La policía ni siquiera lo ha identificado todavía, figúrese.
Hizo un gesto y sacó un celular de uno de los bolsillos de su bata de barrigona.
–Por cierto, déjame llamarlo para ver si almorzó, porque con ese asunto del ase-sino eutanásico anda como loco y se le olvida hasta comer... Permiso...
ΨΨΨΨΨΨΨ
El Inspector Vizcaya encendió un cigarrillo. Sus ojos chispeaban de irritación aún a través de los anteojos oscuros.
–¿Entonces por todas las vías nos tropezamos con ese... bendito nombre...?
Los tres tomaban café tibio. Cuando Mina iba a responder, el celular de su hermano repicó y él se excusó, tras mirar la pantalla del aparato.
–Disculpen, es Patricia. ¿Aló, mi amor?
–Hola, papi –saludó ella–. No se te olvidó almorzar, ¿verdá?
–No, mi amor. Estoy en el consultorio de Mina y comimos pizza aquí mismo, y antes me zampé una hamburguesa. ¿Y tú? ¿Todo bien? ¿Fuiste al médico, te vio?
–Sí, papi, tranquilo. Todo bien con el bebé... Mira, estoy en el supermercado con mi mamá y con la señora Ramona, la vecina que es esposa del señor que es actor, ¿te acuerdas?; bueno, que le dio una cosa ahí, un patatús...
–¿A quién, Paty? –preguntó el Inspector, confundido.
–Al esposo de la vecina, al señor Hermes, ¿no te estoy diciendo, mi amor? Le dio una cosa de esas de acv, ¿sabes?
–¿Un accidente-cerebro-vascular?
–Sí, papi, un acv de esos –confirmó Patricia, a quien le parecía sumamente difí-cil pronunciar de corrido lo que significaban las tres letras–. Mira, papi, ¿vienes temprano hoy?
–Depende –dijo, cariñoso–. Te aviso más tarde.
–Bueno, pero no se te olvide –pidió, mimosa.
–No, mami... Bueno, saludos a la suegra y a la vecina... Dile que lamento lo de su esposo. Chao, mami, hablamos...
El Inspector Vizcaya Salazar cerró el teléfono y volvió a su asunto:
–Okey, seguimos... Decía que el nombre que coincide plenamente con lo que buscamos es: Hermes, ¿correcto...? Entonces lo que deberíamos...
Calló de pronto. Mina e Israel Maza le miraron, curiosos. Él agregó, por lo bajo:
–¡Coño, qué casualidad!
–¿Qué cosa, Memo?
–Esto del nombre Hermes –apuntó, e hizo con la mano un ademán a su hermana–; espérate, Mina, ya va, déjame chequear una vaina.
Cogió el teléfono y llamó.
–¿Aló, Paty...?
–¿Qué pasó, papi?
–¿A quién fue que le dio un acv, al esposo de la señora Ramona, la vecina?
–Sí, papi, al señor Hermes, ¿por qué?
–No, por nada, mi amor. Gracias; chao, chao...
Su hermana y su ayudante le miraron, curiosos.
–¿Qué pasa, Memo? ¿Quién sufrió un acv?
Él no contestó de inmediato; se quedó un instante caviloso y luego desechó con un gesto la casualidad.
–No, un vecino mío que es actor y se llama igual, Hermes..., pero sigamos con el nuestro. Entonces ese nombre concuerda en todo con las notas, ¿no es así?
–Sí –confirmó Mina–, aunque no es el único...
–Bueno, pero es el que mejor encaja, según tú.
–Correcto. Hay varias definiciones del nombre Hermes: fue un dios griego, hijo de Zeus, patrón de los ladrones y encargado, entre otras cosas, de llevar las almas de los muertos a los infiernos.
–Como el tal Caronte, el barquero.
–Ajá, y los latinos lo identificaban con Mercurio –siguió ella.
–...El mensajero de los dioses –agregó el Detective Maza.
–Sí –siguió Mina, con un grueso volumen en la mano y señalando un grabado del personaje–, y está Hermes Trismegisto, que significa tres veces santo, y que era el dios lunar Thot, conductor de las almas de los muertos, según los griegos.
El Inspector Vizcaya Salazar, enciclopedia en mano, volvió a intervenir. Leyó: “Antiguo rey egipcio, inventor de todas las ciencias, cuyos secretos guardaba en misteriosos libros...”
–De él proviene el término hermético como sinónimo de impenetrable y reserva-do –explicó Mina.
–Fíjense –puntualizó el Inspector–: aquí resaltan que también con el nombre de Hermes bautizaron a un asteroide descubierto en 1937.
Presa de un súbito presentimiento cogió de la mesa una de las notas dejadas por el criminal apodado Nous. Murmuró:
–Estoy entre los Reyes y los Astros –miró a su compañero–... Maza, todo coincide. Como dijo Mina, creo que nuestro asesino de viejitos nos ha dejado suficientes pistas acerca de su nombre.
La siquiatra destapó otra cerveza y fue a sentarse en medio de ambos. Sentenció:
–Parece obvio que no es una mujer. Todos los nombres que cita son masculinos.
–¿Y no podría ser adrede, para despistarnos? –preguntó Maza.
–No lo creo –negó ella–; es un hombre, y sabe que tarde o temprano la policía descifrará sus mensajes. Tal vez en el fondo es lo que desea.
–¿Qué cosa? –quiso saber Memo, aunque sabía la respuesta.
Mina lo miró:
–Quiere ser descubierto... y castigado.
IX: el Accidente
“La Naturaleza no ha
dado al hombre nada mejor
que la brevedad de su vida.”
(Plinio el Viejo)
–Mamá, sírvete más ensalada de aguacate. Ya sabes que ahora la recomiendan para el colesterol bueno –dijo Patricia Galíndez de Vizcaya señalando la fuente con la sabrosa mezcolanza de tomate, cebolla, lechuga y aguacate.
–Ajá –contestó, distraída, Irís.
No podía dejar de pensar en la mala suerte de la obra de terror cuya represen-tación tan abruptamente habían tenido que interrumpir.
Madre e hija merendaban en el comedor del apartamento de esta, vecino del hogar del matrimonio de Ramona y Hermes García, dos pisos más abajo.
Como la embarazada notara el ensimismamiento de su madre, dejó el tenedor y la interrumpió con su acostumbrada falta de tino:
–¿...Ah, mamá...?
–¿Sí...?
–¿...Entonces el señor Hermes va a quedar vegetal, verdad?
Iris Galíndez se escandalizó:
–¡Ay, chica, no sé! –dijo, dando un respingo–. ¡Dios lo guarde!
–Bueno, ¿pero no dijo la esposa que no reacciona, que tiene el cerebro muerto?
–No, Patricia, no están seguros de nada. Aunque no ha habido cambios desde la crisis, Ramona no ha perdido las esperanzas, y ella sabe de eso porque es enfermera graduada.
–Pobrecita, ¿verdad? –dijo, sobándose la descomunal panza. Sin dejar de ingerir grandes trozos de aguacate, preguntó–: Oye, mamá, lo del señor Hermes fue en plena actuación contigo, ¿verdad?, como le sucedió hace un pocotón de años a un actor francés o inglés, según me contaron, ¿no es así?
–Así es –respondió Iris, sombría–. Le pasó a Molièrè, el más famoso autor y comediante francés del siglo XVII... Murió en plena representación de El Enfermo Imaginario...
–Que ironía, ¿verdad, mamá?
No contestó la actriz. Su rostro reflejaba el tormento que la embargaba al recordar la tragedia de su compañero de escena.
–Lo de Hermes fue realmente perturbador –murmuró, y su mente revivió el mo-mento cuando la tragedia real se impuso a la teatral...
En el escenario (que representaba la habitación de Mina Murray), Hermes García, maquillado y caracterizado como el Conde Drácula, luchaba con la mujer para obligarla a beber de un hilillo carmesí que manaba de su pecho desnudo, aferrándola por el cabello, pero ella resistía débilmente, arrodillada en el vaporoso lecho, con su hermosa y sexy bata ahora manchada de sangre.
El clímax dramático de la irreal escena oscurecía y arrollaba el talento histriónico de los intérpretes.
La novia de Drácula, con desfalleciente coraje, trataba de sustraerse a la hipnótica mirada de la bestia:
–¡No, no, déjame, suéltame, suéltame! –murmuraba, ronca de emoción.
El vampiro, furioso, excitado, pregonaba a la noche su dominio:
–¡Obedece, Mina! ¡Inútil es resistir! ¡Yo soy tu señor natural, y mi amor de siglos te hará vivir eternamente esta vez!
Hermes García cerró su diálogo con un sobreactuado grito:
–¡Bebe, y te regalaré la Eternidad!
De seguidas, ante el progresivo horror de Iris y el desconcierto del escaso público asistente, Drácula comenzó a contorsionarse, víctima de una crisis cerebro-vascular, y cayó boca abajo sobre el lecho de Mina.
Algunos de los presentes comenzaron a aplaudir, pero entonces la actriz, al darse cuenta del verdadero drama, lanzó un grito de terror que más parecía de Mina Murray que de Iris Galíndez.
–¡Uppss! –hizo Patricia, con su lógica simpleza–. En verdad que debe haber sido calamitoso –Soltó una risita tonta–: La gente pensaría que era parte de la obra, ¿no, mamá?
Iris Galíndez no contestó, todavía estremecida por la evocación, pero la miró con silencioso reproche.
–Parece que es un mal de familia –recordó Iris repentinamente–. La madre de Hermes murió de algo parecido, según me contó Ramona una vez.
–¿Y eso es hereditario, mamá?
–No sé, hija, no sé –cortó, nerviosa, y después de pensarlo un momento más, se decidió–: ¡Ay, no, Patricia, yo voy a ver si me dejan entrar! ¡Tengo que verlo!
–¿Quieres que te acompañe? –preguntó la embarazada, y la madre se encogió de hombros, dubitativa.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El tráfico de vehículos, como siempre a esa hora, era infernal en el centro de la ciudad cuando el auto patrulla asignado al Inspector Guillermo Vizcaya Salazar se dirigía a la Comisaría Central de la Policía Científica. Conducía el detective Israel Maza. El Inspector terminó de encender el cigarrillo que aquel le obsequió y preguntó, tras lanzar una gran bocanada:
–¿Cuántos tipos con ese nombre de Hermes crees que existan registrados en cedulación, ah, Maza?
–No demasiados, Inspector Vizcaya –respondió–. Ya llamé a Monsalve, en Informática, para que nos imprima una copia de todos los Hermes que vivan en el área del Distrito Capital.
El Inspector se animó más:
–Perfecto. Si nuestro mata-viejitos es un solo tipo, como afirma Mina, pronto descubriremos su identidad. Con un poco de suerte, tal vez la tal Guacaipura ésta recuerde algo que nos permita identificarlo más pronto.
En eso sonó su celular. Miró la pantalla y atendió, intrigado:
–¿Sí, buenas tardes...?
Una nerviosa voz de mujer interrogó:
–¿Inspector Vizcaya Salazar?
–Él habla. ¿Quién es...?
–Inspector, soy yo, Guacaipura, la curandera, no sé si se acuerda de mí...
El policía sonrió y miró a su compañero como diciéndole “¡qué casualidad!”, y subió el tono para que el otro supiera quien llamaba.
–Sí, claro, señora Guacaipura; usted es la testigo que vive en los Mecedores de La Pastora...
–Esa misma –atropelló ella–... Ajá, mire, lo llamo porque es que el tipo, el ase-sino, se me apareció.
–¿Cómo es eso, señora? –se atiesó el policía–. ¿Dónde lo vio, cuándo?
–Lo he visto dos veces, Inspector.
Guillermo miró a su colega abriendo mucho los ojos:
–¿Dos veces lo ha visto? ¿Y por qué no me había avisado antes?
El Inspector escuchó claramente la respiración forzada de la mujer y la escuchó vacilar:
–Guá, Inspector, es que pensé que a lo mejor usté no me iba a creer..., y eso que tengo ahorita a mi lado, aquí en el carro, al Padre Ignacio Villamizar, que va manejando.
–¡A mí no me involucres! –oyó Guillermo que decía una voz masculina, fuerte.
Endureció el tono el Inspector:
–Señora Guacaipura, deje que yo decida si le creo o no, ¿estamos de acuerdo? A ver, cuénteme... No, espere; ¿quiere que la llame yo para que hablemos más cómodamente y no gaste su saldo...?
–¡Guá, claro! –escuchó que contestaban.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El padre Ignacio Villamizar observaba con mal disimulada curiosidad al doctor y profesor Amadeo Carranza quien, unos metros más allá, en la zona enjardinada, le susurraba algo a unos rosales mientras los acariciaba con delicadeza, como suelen hacer algunas personas con ciertos animales.
El sacerdote, que había llegado un rato antes en compañía de la bruja Guacai-pura, estaba de pie en la terraza y miraba a través del ventanal de gruesos cristales con las manos a la espalda y expresión cortés.
Tamanaca, la hija del sabio, llegó desde el comedor, bandeja en mano repleta de bebidas y delicatessen; la colocó en la mesa y sonrió, afable:
–Tome lo que guste, Padre Ignacio. Guacaipura vendrá en un ratico, ¿está bien?
–Muchas gracias, hija, muy amable –sonrió él.
La mujer le mostró un control remoto.
–Si el aire acondicionado le molesta o está muy frío, le baja con esto, ¿oyó?
El Padre Ignacio hizo con la mano un gesto que indicaba que había entendido y que todo estaba bien.
–Ah, mire, ahí viene papá.
En efecto, el profesor Amadeo Carranza, trajeado de blanco como de costumbre, con su enorme medallón con la imagen en oro del Mesías Crucificado se acercaba desde el jardín con paso resuelto. El clérigo pensó que jamás había visto a un ciego caminar con más firmeza, como si no temiera tropezar. Abrió y cerró sin indecisiones la puerta de vidrio y se detuvo a tres pasos del visitante. Traía en la mano izquierda una fulgente rosa roja. Tendió la derecha con afabilidad tras quitarse el sombrero y entregarlo a su hija, todo con movimientos firmes.
–Amadeo Carranza, para servirle, Padre –retumbó su sonora voz y una amplia, señorial y seductora sonrisa acompañó su presentación.
–Ignacio Villamizar; es un verdadero honor, Profesor.
–Pero siéntese, haga el favor –pidió el ciego. El cura obedeció. Carranza levan-tó la mano con la flor:
–Es bueno hablarles, porque se nutren de nuestras vibraciones, como usted debe saber.
Acto seguido, le extendió la rosa.
–¿Para mí? Gracias, Profesor.
Ignacio Villamizar aspiró la fragancia y admiró el esplendor del obsequio.
–Tómelo como un acercamiento entre su oficio y el mío.
El clérigo puso expresión de intriga. Observó con manifiesta curiosidad el hermo-so crucifijo del otro. Tamanaca le explicó, mientras el invidente se sentaba en una de las mullidas butacas:
–Además de profesor de sicología y siquiatría, papá es también una especie de preste...
El cura, que había tomado de la bandeja un trozo de queso blanco, la miró, intri-gado:
–¿Ah sí?
–Ajá. Es Gran Maestro de la fraternidad de la Cruz y la Rosa.
–Debe serle familiar esa escuela filosófica, Padre –dijo Amadeo Carranza en tono zumbón.
–A decir verdad –respondió con afabilidad– he estudiado varias corrientes ro-sacruces, Profesor Carranza, aunque ninguna de la cruz y la rosa.
–Son sólo denominaciones, Padre –dijo el otro, acomodándose las gafas pardas–. Las diferencias son de forma, no de fondo.
–Ehh, sí, bueno, Profesor –carraspeó el sacerdote, comenzando a dudar si a-quella visita de la mano de una curandera medio pirata a la más reconocida autoridad psiquiátrica, psicológica y metafísica del continente para corroborar la existencia o no de un fantasmita extraviado en sí mismo había sido una buena idea–; las logias rosacruces y masónicas se han escindido de tal forma y son tantas hoy en día que realmente no hay forma ni manera de identificarlas. Y, por lo que sé, no son muy católicas que se diga –añadió, dueño de una enorme sonrisa.
Más grande fue la que iluminó la morena faz del ciego:
–En efecto, mi apreciado amigo; no somos, como organización, ni católicos ni de ninguna otra religión, pero nuestro guía espiritual es el Maestro Jesús. Ustedes dependen del Papa; hay cierta diferencia.
Como Tamanaca intuyó que iba a comenzar una especie de duelo filosófico a los que tan adicto era su padre se retiró con discreción.
–Con permiso... Estaré en el comedor, con Guacaipura.
–Adelante, no tenga cuidado –dijo Ignacio Villamizar.
La mujer se alejó con una enigmática sonrisa. El cura probó un poco del sabroso chocolate casero y siguió comiendo queso y galletas en tanto escrutaba el rostro de Amadeo Carranza, quien sonreía abiertamente, como si realmente pudiese mirar a su huésped.
X: el Metafísico
“No podemos comprender plenamente
esta vida hasta que sepamos
algo de lo que hay más allá.”
(Dr. en Medicina Raymond A. Moody, jr.,
autor del libro “Vida Después de la Vida”)
En la puerta de su consultorio, de pie, con un formal apretón de manos, la doctora Vizcaya Salazar despedía a una de sus pacientes, una dama ricachona y delgadísima, de pómulos salientes y maneras distinguidas:
–Bueno, hasta la próxima semana entonces, señora Villarte.
La emperifollada mujer, bolso en mano, salió hacia la recepción. Mina cerró la puerta y exhaló un suspiro, fatigada, mareada casi, y fue a sentarse en su cómodo sillón. Tomó el teléfono para hablar con Yolanda, su asistente. Contuvo un bostezo, presa de un repentino sopor.
–Yolanda, me siento un poco... fatigada. ¿Cuántos pacientes me quedan?
Yolanda contestó, incontinenti:
–Hay dos más anotados, doctora, pero no han llegado...
–Haz el favor de cambiarles la cita para otro día, chica; no veré a nadie más hoy.
–Muy bien, doctora. ¿Quiere que baje a buscarle algo a la farmacia o qué?
–No, no, gracias. Ve tú a merendar abajo, anda.
–Perfecto; gracias, doctora Vizcaya.
Mina, con aire perezoso, colgó la bocina y tomó el control del aparato del aire acondicionado y le bajó unos grados. Había comenzado a sentir frío. Bostezó ruidosamente, con ganas de hacerlo, con desahogo... Se sacó los zapatos... Los ojos se le cerraban... Escuchó, alejado, el ruido de la puerta del pasillo al abrirse y cerrarse... Echó la cabeza atrás, montó los pies sobre el escritorio y se dispuso a echar un camarón. Todavía alcanzó a sonreír, ya al borde de la línea consciente, al pensar en su recurrencia soñera: “Espero que en lugar de morderme, esta vez me hagas el amor, maricón, si es que vas a aparecer”, murmuró, sonreída...
ΨΨΨΨΨΨΨ
En el comedor de la hacienda de cacao (a través de cuyos ventanales de cristal podía verse el jardín y también la terraza) las dos mujeres tomaban chocolate. Guacaipura se notaba nerviosa, tensa, y Tamanaca trataba de buscarle la verdad en los ojos, pero la otra rehuía el contacto.
Con desazón, volteando hacia el mirador donde conversaban los dos hombres, preguntó:
–¿Y cómo ha estado él, Tamanaca?
–Ahí... bien... ¿Y tú, chica?
La curandera se ajustó más el florido pañuelo sobre el cabello peinado en hilachas de colores y los lentes negros y asintió con la cabeza, en tanto sacaba del bolso un habano de los que solía consumir y lo encendía. La otra tosió y manoteó el humo de su cara:
–¿Pero todavía fumas esa porquería, muchacha?
–Es un implemento de trabajo, tú lo sabes –argumentó, seria.
Señaló con el cigarro hacia la terraza y preguntó con cierta aprensión:
–¿Desde cuándo no le da un ataque...?
Luego de una larguísima pausa, la otra contestó.
–Justo desde hace dos años.
–Claro. Qué bruta soy –asintió–. La última crisis fue cuando me fui de aquí.
No se miraban. Siguió otro largo e incómodo mutismo. No encontraban las palabras para romperlo. La curandera dijo, al cabo:
–Vine porque necesito que él me ayude...
Tamanaca la miró, curiosa.
–Con una –Guacaipura dudó un instante–... Con una aparición que no me deja quieta. Ya se lo expliqué y le pareció bien.
–No te critico. Estás en tu derecho. Hiciste lo correcto –contestó Tamanaca.
Pero en su voz se había deslizado un leve reproche, y la otra lo captó.
–Hice lo correcto, ¿pero...?
–Trata de no provocarlo –apaciguó Tamanaca– aunque creo que ya sus ata-ques son cosa superada.
–¡Dios y San Juan Guaricongo bendito te oigan, chica!
Las dos voltearon al unísono hacia el mirador encristalado donde la conversación estaba muy animada, a juzgar por la vivacidad de los gestos de ambos hombres.
Tras un sonoro carraspeo, Tamanaca preguntó:
–¿Y a qué vino el cura?
–¿El padre Ignacio? No, a nada... Yo le pedí que me acompañara para que... lo conociera.
–Ajá, claro –asintió.
Después de otra larga pausa, sin mirarla, Tamanaca aventuró:
–No te quiere creer ni una sola palabra..., ¿cierto?
La bruja asintió en silencio. La otra insistió:
–¿Y la aparición esa qué quiere?
Se encogió de hombros Guacaipura.
Pero Tamanaca insistió con firmeza y ella tuvo que echarle el cuento de cómo el hombre de cuerpo humoso y sin memoria se le había colado en la casa...
–Profesor, ¿qué opina usted de lo que cree ver la... la curandera Guacaipura?
Amadeo Carranza irguió la cabeza súbitamente (como hacen los ciegos) y tomó un sorbo de la taza que sostenía en las manos. Lucía relajado, tranquilo, con una pierna cruzada sobre la otra rodilla. El Padre Ignacio seguía comiendo y bebiendo chocolate, si bien moderadamente.
Carranza sonrió luego de un momento, enigmático, y preguntó de buenas a primeras:
–¿Le gusta nuestra ambrosía, Padre?
–¿Cómo...? –se desconcertó éste.
–El chocolate.
–Ah... Sí, hombre, sí, claro... Está delicioso.
–Ambrosía le llamo yo –sonrió Amadeo.
Luego de un momento en el cual esperó que su interlocutor dijera algo, comentó, risueño:
–Tremenda pelada se echó Colón con nuestro maná americano, ¿no le parece a usted?
El Padre Ignacio se le quedó mirando a las gafas sin ocultar su desconcierto:
–¿Disculpe?
–En ninguno de sus cuatro viajes al nuevo continente a lo largo de diez años el genovés reparó en la fruta del cacao, y eso que tuvo que conocerla, porque los indígenas centroamericanos la cultivaban y la preparaban, y además la utilizaban como moneda. ¿Qué le parece?
El Padre Ignacio Villamizar no entendía nada, pero procuró agarrar el hilo de la conversación.
–Sí, bueno... Tiene usted razón. Cuando en Europa se conoció el cacao, fue a través de Hernán Cortés y los suyos, que lo llevaron de México, y se puso de moda de inmediato...
–Correcto. Por eso le decía que nuestro gran Almirante se peló feo ahí, porque no supo ver que el fabuloso Dorado que buscaba, no era dorado, sino pardo –concluyó el ciego, riendo.
El cura no pudo dejar de preguntarse qué relación tenía la historia del cacao con lo que él quería saber. Tomó otro sorbo de chocolate e intentó enrumbar el tema hacia donde le interesaba:
–Disculpe que insista sobre el asunto de Guacaipura y el fantasma que cree ver y que le habla, Profesor Carranza, pero a eso vinimos ella y yo.
–Mire, Padre, la curandera Guacaipura, como la llama usted, siempre ha sido... digamos... especial –y enfatizó–: desde niña.
El Padre Ignacio le miró las gafas oscuras de nuevo, como si desconfiara de su ceguera. Con la sospecha rondando su mente cual inquieta mariposa, interrogó, con cierto descaro:
–¿La conoce desde niña, Profesor Carranza?
El sabio esbozó una de sus grandes, bonachonas sonrisas:
–No se lo dijo, ¿verdad...? Debí imaginarlo.
–No, no me lo dijo, pero déjeme adivinar... Guacaipura... es... hija suya, ¿cierto?
El ciego asintió, con expresión contrariada.
–Siempre ha tenido los sentidos síquicos más desarrollados que el común de la gente. Lástima que no haya querido nunca estudiar ni entrenar para cultivarlos con seriedad.
–Aguarde un momento –atajó el otro, con aire grave pero sin soltar el bocadillo que engullía–: ¿eso significa que usted piensa que ella realmente ve a ese... fantasma, demonio, aparición o lo que sea?
El Profesor Amadeo Carranza abrió los brazos como diciendo “¿Qué quiere que le diga?”.
El cura dejó de comer queso.
–Profesor, por favor, hablemos con seriedad... Guacaipura trató de convencerme con trucos de aprendiz de mago de que algo se le apareció allá en la iglesia, pero yo no pude ver nada.
El psiquiatra y psicólogo procedía con paciencia, como si el otro fuese un estudiante no muy brillante.
–Padre Ignacio, la visión física sólo sirve para percibir las cosas cuyo ritmo de vibración es muy denso. Ya conoce usted aquello de “En el Principio fue el Verbo”, que quiere decir que todo es Vibración en el Universo, en diversas secuencias y ritmos, obviamente.
El cura tosió dos veces, incómodo:
–Claro. Obviamente.
–Nuestras barreras son nuestros sentidos..., o más bien nuestros sinsentidos –amplió la sonrisa–. Un fantasma, mi querido amigo, bien podría ser materia vibrando a velocidad imperceptible para casi cualquier ojo humano.
Hubo un silencio. El cura estaba alerta, interesado.
El Profesor prosiguió:
–“El futuro y el pasado son como ríos que fluyen hacia el presente”, decían Maeterlink y Nietzsche, como usted seguramente recordará.
–¡Ja! ¡Bonitas joyas! –replicó el Padre Ignacio, mordaz.
Movió los brazos con súbita energía, como si el ciego pudiese verlo:
–¡Tremendo ejemplo cita usted! ¡Dos heresiarcas descarados, igual que el pesimista de Schopenhauer!
–Si usted lo afirma, Padre –sonrió Carranza–, pero fíjese que el célebre físico inglés Stephen Hawking ha dicho en varias ocasiones que, en efecto, el Tiempo es como un río cuyas aguas no fluyen a la misma velocidad siempre.
–Discúlpeme, Profesor, pero no veo qué tiene que ver Juana con la hermana...
–Mi querido amigo, perdone mi falta de modales y permítame por favor seguir citando a uno de los más ilustres cosmólogos y astrofísicos de la actualidad –atajó el ciego.
Ya no sonreía Amadeo Carranza. Su rostro estaba revestido de una impresionante solemnidad.
–Pues bien, este científico ha demostrado que el Tiempo, al cual él llama La Cuarta Dimensión, transcurrirá más lentamente para una persona que viva en las inmediaciones de una enorme masa física, como una montaña o una pirámide, por ejemplo, con relación a alguien más distante, ¿me sigue usted...?
–Desde luego, Profesor –repuso el cura, agrio–; ese tal Hawking es el mismo que ha dicho que debemos prepararnos para la invasión extraterrestre en cualquier momento.
–Bueno, él afirma lo que todos suponíamos: que debe existir vida en otros planetas, Padre..., desde luego, sustentada por Dios –se permitió agregar, no sin sarcas-mo.
El sacerdote (que seguía picando y picado) apuntó con un pedazo de galleta a su anfitrión:
–No se me vaya a ofender, Profesor Carranza, pero me recuerda usted a aquel escritor dizque metafísico y dizque tibetano llamado Lobsang Rampa, ¿lo recuerda?, y quien no era sino un gran embaucador inglés que hablaba de un viaje astral que había hecho a un planeta llamado Ganímedes, y de un dichoso cordón de plata que supuestamente une a todos los seres humanos...
Amadeo Carranza calló y se inmovilizó, como sopesando lo dicho por el sacerdote. Tenía el rostro impenetrable. Después puso con toda parsimonia la taza en la mesa y entonces, luego de uno segundos en los cuales pareció que observaba en verdad al cura, ¡le sujetó sorpresivamente un brazo y con la otra mano recorrió con presteza su cabeza, torso, diafragma y estómago, como auscultándolo!
Cuando lo soltó, el cura estaba sorprendido y asustado, lo mismo que las dos hijas del sabio, quienes, desde el comedor, sintieron la paralizante perspectiva de que a su padre le atacase una nueva crisis.
–¡Pero qué le pasa a usted! –musitó el religioso.
No lograba reponerse aún y lo que escuchó a continuación le hizo erizar los vellos:
–¿Hace cuánto que lo operaron de apendicitis, Padre Ignacio?
Abrió la boca buscando aire:
–¿Qué...? ¿Pero cómo supo eso? Fue... fue hace más de diez años pero casi nadie lo...
–Cuide su nivel de azúcar; está alto, pero imagino que ya sabe eso –prosiguió Amadeo Carranza, sereno–. Lo que no debe saber aún es que sus riñones están comenzando a empollar lo que muy pronto serán dolorosos cálculos nefríticos, mi querido colega.
El Padre Ignacio no sabía si estaba delante de un loco o de un místico, o de una peligrosa mezcla de ambas cosas.
Optó por la salida más fácil al notar la tensión de las dos mujeres desde el fondo del comedor: levantó su taza hacia ellas, como brindando, y sonrió.
Amadeo Carranza hizo otro tanto, lo cual provocó un nuevo desconcierto en el cura.
ΨΨΨΨΨΨΨ
“¡Déjame tranquila; tú no existes!”, gritó la mujer a la sombra, sin precisarla bien aún, apoyándose en un poste.
Se miró: como casi siempre que soñaba con Drácula, estaba ligera de ropas, exuberante, descalza... y corriendo; pero esta vez lo hacía como en cámara lenta, como a un tercio de su desplazamiento normal.
El ambiente era conocido: una calle neblinosa, en penumbras, como esas de las viejas películas de horror de las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, a diferencia de otras ocasiones, esta vez la actitud de la mujer no era asustadiza. De pronto, como a dos metros, entre la bruma gris, la borrosa figura del vampiro avanzó otra vez hacia ella, pero, cosa rara, lo hizo cubriéndose el rostro con la capa.
Mina retrocedió un paso, pero su tono y su actitud eran fieros:
“¿Por qué me atormentas?, gritó. ¿Qué tengo yo que ver contigo? ¡Deja mis sueños en paz!”...
Extrañamente, el Conde Drácula se volvió casi de espaldas, inseguro e indeciso, y no le mostró los colmillos, como invariablemente hacía. Mina se tornó más agresiva entonces, invirtiendo lo que sucedía de continuo en sus pesadillas, es decir, acosando ella al acosador ahora:
–¿Quieres mi sangre, monstruo...? ¿Es eso...? ¿O es que deseas hacerme el amor? ¡Coño, pues vente, vamos a salir de eso, pero déjame en paz ya! –retó.
Temerariamente, se abrió el camisón de dormir a la altura del pecho y mostró el cuello y los senos maduros y grandes, tersos y firmes. El monstruo retrocedió, impresionado, hasta apoyarse en un poste. Una franja de luz le dio en el rostro y la siquiatra abrió con desmesura los ojos al reconocerlo:
–Pero... yo lo conozco... ¡Yo te conozco! ¡Eres el tipo extraño y elegante de la conferencia en el hospital, el que nadie más vio...!
El hombre de negro, aterrado, gritó: “¡Ayúdeme, doctora, por favor! ¡Ayúdeme!”
Mina, aunque sabía que estaba soñando, se extrañó. Cuando intentó acercarse más, la criatura compuso una mueca dolorosa en el rostro, se contorsionó y se esfumó entre la neblina, como cuando ella lo viera en la vida real.
Guillermina Vizcaya Salazar, absolutamente aturdida, se abrazó al poste...
Entonces escuchó los toques en la puerta de su consultorio y despertó, atontada. Se frotó los párpados y reconoció la silueta de su secretaria Yolanda, quien golpeaba el cristal con enérgica autoridad.
–¡Doctora Vizcaya!, ¿está todo bien?...
XI: el Duelo
“La vida es un abismo.”
(Víctor Hugo)
El Padre Ignacio Villamizar, de pie, no ocultaba su desazón. Miraba el rostro apacible y sonreído del ciego y notaba la nerviosa inquietud de las hijas desde el comedor.
El Profesor Amadeo Carranza le señaló el asiento con gesto tranquilizador.
–Siéntese, Padre Ignacio, por favor.
Obedeció, a su pesar.
–No hay por qué sorprenderse tanto; llevo muchos años entrenando mis sentidos no-físicos; su cordón de plata hizo lo demás para el diagnóstico –añadió, no sin sorna.
Entre admirado y fustigado, el sacerdote hizo las paces. Quiso satisfacer una curiosidad que lo mortificaba:
–Profesor, cuando Guacaipura me dijo que lo conocía, no imaginé que fuera su hija, y le pregunté por su... bueno, por su invidencia, pero ella lo único que me comentó fue que no era de nacimiento... ¿Cómo perdió la vista, Profesor Carranza, si no es indiscreción?
El siquiatra contestó con nobleza, sin rescoldo de traumas:
–Fue un accidente, padre. Trataba de impedir que mi esposa, en un arrebato de insensatez, se disparara en la cabeza.
Carranza oyó claramente la respiración agitada del clérigo.
–Acabábamos de perder a nuestro único hijo varón. Había nacido con una rara enfermedad incurable de esas de nombre impronunciable en español, y no pude impedir que Mibia, su madre, se suicidara. En el intento, un proyectil dañó mi nervio óptico –concluyó.
Se quitó las gafas oscuras y señaló una pequeña cicatriz cerca de la sien.
–Lo lamento, Profesor, no debí...
–No hay cuidado, Padre. Es la vida, con sus distintas manifestaciones.
–Aún así...
–Después, yo también empecé a sufrir ataques de enajenación mental –hizo como que no había adivinado la sorpresa del otro. Se volvió a poner los anteojos y señaló hacia el comedor–. A mis hijas, como es natural, no les gusta hablar de eso.
–Muy lamentable, Profesor, en verdad.
–Descuide. Son pruebas para el espíritu. Lo que la gente llama karma.
–Admiro su serenidad, Profesor.
Repentinamente, el ciego acercó su rostro al del sacerdote y le ha tono confidencial, como alucinado:
–Padre Ignacio, ¡le voy a revelar un gran secreto de los iniciados en el ocultismo!
El otro tuvo un involuntario estremecimiento.
–¿Le interesa? –rugió Amadeo Carranza.
–Hombre...
–Escúcheme: el conocimiento deviene cuando uno descubre que existen –y puso ambas manos con las puntas de los dedos mirándose una frente a otra y a la misma altura– ¡las escaleras horizontales!
Ignacio Villamizar se quedó mirando, por enésima vez, los anteojos oscuros del ciego, tratando de entender el concepto develado. Tuvo la desagradable impresión de que (desde sus ojos sin luz) el Profesor Amadeo Carranza se burlaba de todos sus años de arduo estudio seminarista... Después, lentamente, comenzó a asombrarse al creer haber penetrado la intención del invidente..., pero entonces, de sopetón, éste lanzó una estruendosa y demencial carcajada, para estupor del cura y alarma de las mujeres del comedor.
ΨΨΨΨΨΨΨ
Guillermina Vizcaya Salazar logró recuperarse un poco. Alzó la voz, tras carraspear:
–Sí, sí, Yolanda... Todo bien.
–¿Puedo entrar? –preguntó la otra.
No aguardó respuesta. Penetró en el estudio y se acercó a su patrona. Mina estaba sacando un cigarrillo de su cigarrera.
–Usted me va a disculpar, doctora, pero es que me pareció oírla gritar, y feo.
–Sí, –suspiró–. Era una de mis pesadillas, no te preocupes.
–No, sí me preocupo, doctora, cónchale –insistió, regañándola cariñosamente.
Mina sonrió un poco, y comentó, reflexiva, con el cigarro apagado entre los dedos y sin mirarla:
–Los psiquiatras somos como los actores, Yolanda: nos alimentamos con los sueños de los demás –sonrió sin ganas–... Bah, no me hagas caso; es una pen-dejada.
Ya tranquilizada, Yolanda se dispuso a salir.
–Bueno, voy a actualizar unos archivos en la computadora. ¿Necesita algo?
Mina la miró, apartó la vista y dijo, en un susurro:
–Un hombre.
Yolanda lanzó una pequeña carcajada y salió, cerrando la puerta.
La siquiatra, abstraída, cavilosa, volvió a refregar sus ojos... Tomó el encendedor y dio fuego al cigarrillo.
Fue entonces cuando volvió a oír la voz, a sus espaldas.
–¡Tiene que ayudarme!
Presa de un terror frío, aprensivo, su garganta se secó instantáneamente; su cuerpo se envaró y su frente y cuello se poblaron de un sudor helado.
–No puede ser –alcanzó a murmurar.
Pero sí podía ser. El Conde Drácula (sin capa ni guantes esta vez), y tal como hiciera segundos antes en su sueño, se corporizó delante de sus ojos:
–Se lo ruego, doctora: ¡Ayúdeme!
La eminente especialista se resistía a creerlo: ¿Una criatura que habitaba sólo en sus pesadillas, materializada en la realidad de su vida cotidiana? ¡La quimera de cualquier psiquiatra, pues! ¡Allí tenía material hasta para ganar un Premio Nobel!, pensó con amargura, tratando de relajarse y de que la alucinación desapareciera por sí misma.
Pero no solamente no se esfumaba, sino que le miraba con aquellas pupilas en las cuales brillaba la más profunda y desconcertante desesperación, como si en verdad...
–¡Tú no eres real! –negó–. No sé qué coño pasa, pero YO SÉ que TÚ no eres REAL. NO PUEDES ESTAR AQUÍ. Cerraré los ojos y te irás muy largo al carajo.
Y los cerró, con reconcentrada determinación. Los abrió. Suspiró, aliviada. Se había ido. Pero...
–¿Qué tengo que hacer para que me ayude? –oyó que Drácula volvía a supli-car, alejado ahora.
Mina Vizcaya Salazar se llevó las manos a la cara y respiró profundamente. ¿Estaría durmiendo aún...?, especuló, pero sabía que estaba despierta. Volteó hacia el rincón de donde había brotado la ronca voz de la aparición. Allí estaba, con su aire no ya amenazador sino desvalido.
Decidió seguirle el juego a su imaginación.
–¿Qué cosa eres tú?
–¡No sé! –se desesperó el afligido ente–. No puedo recordar nada de mí mis-mo; no sé qué hacía, ni si tengo familia... Me pasan cosas raras. No siento hambre, ni sed, ni frío, ni calor; no puedo oler ni saborear nada; no tengo pulso; me siento como hecho de viento; atravieso los cuerpos sólidos –la miró, ya casi resignado–. ¡Ayúdeme, doctora; tengo el miedo hereje!
–Tú no eres real.
La figura avanzó unos pasos:
–Si no soy real, ¿qué soy entonces? ¿Por qué la veo y la escucho, y usted a mí?... ¿Qué será lo que me pasa, ah, doctora? ¿Por qué sólo usted y la bruja pueden verme? ¿Estoy muerto acaso?
Mina lo miró con frialdad y se dirigió a la puerta.
–Esta vaina tiene que ser producto de stress, de ansiedad o de perturbación emocional. El rompimiento con Adrián Herrera me afectó más de lo que pensé. Qué joder, qué vergüenza. Necesito aire fresco.
Hermes García, el hombre de humo y sin memoria, se la quedó mirando, desolado, perdido, mientras ella salía con resuelto andar.
ΨΨΨΨΨΨΨ
Con manifiesto nerviosismo, la santera Guacaipura Carranza trajo hasta la mesa de los dos hombres más bocadillos y café y chocolate. Desde el comedor, la hija mayor, Tamanaca, estaba atenta por si la charla llegaba a mayores. Amadeo Carranza sujetó un brazo del religioso y su tono se hizo ahora vehemente, aunque manso:
–Padre Ignacio, le pido con toda humildad que abra su corazón y su psiquis a la aparente irracionalidad y a la profunda simbología de este concepto que acabo de expresarle.
El cura se soltó con suavidad y miró alternativamente a padre e hija. Guacaipura hurtó la mirada.
–¿Pero usted va a seguir con eso, Profesor? –replicó huraño–. ¿Qué simbología puede haber en una escalera horizontal si el vocablo califica una cosa que sirve para subir y para bajar? –Volvió a mirar a la bruja, que fingía acomodar los pastelillos–. Me perdona de nuevo, pero es una contradicción muy tonta.
El ciego sonrió con toda la cara:
–Sea indulgente conmigo, Padre, por caridad... Trate de pensar en un reloj que gira en ambos sentidos al mismo tiempo.
–¡Y dale con lo mismo! ¡Entonces no sería un reloj, querido Profesor...!
Amadeo Carranza volvió a sonreír con manifiesta tolerancia. Ignacio Villamizar, engallado, se lanzó a fondo para hacer valer su pequeña revancha:
–Mire, esas son zoquetadas nietzscheanas, Profesor Carranza..., ¿o es que usted piensa que he olvidado los postulados de los pensadores modernos? –Engrifado, citó–: Maurice Maeterlink: “El eterno Presente jamás está inmóvil; esa es la única verdad.”; Emmanuelle Kant: “La filosofía, en lugar de descubrir la verdad, solo sirve para evitar el error”... Según Euclides, el Universo es recto; según Einstein, es curvo... ¿Entonces? ¿Dónde está la verdad? ¿Tal vez la tiene usted en su mano, Profesor Carranza?
Guacaipura se estremeció y sus gruesos labios temblaron incontrolablemente al notar que los ojos sin vida de su padre parecían relumbrar como los de un poseso aún a través de los anteojos negros. También el sacerdote se alarmó cuando el ciego se llevó los puños cerrados al pecho y comenzó un lento, ronco, extraño y creciente susurro, que parecía una invocación, un conjuro:
–¡Busca la flor que vuela, Expósito de la Muerte!
¡Encuentra el dardo que se posa en los Cielos!
¡Localiza la enigmática y voraz Fénix de piel
adiamantada y fulgurado aliento, la misma que alentó
los pavorosos mecanismos del odio y soportó con furiosa
impavidez los espesos correajes del Amor! –concluyó, en tono triunfal, el Profesor Carranza.
El Padre Ignacio, más inquieto cada vez, miró a Guacaipura. Ella le aclaró, con tono grave:
–Es uno de sus poemas. Se llama “Mariposa de Fuego”.
ΨΨΨΨΨΨΨ
–Aquí está la lista con fotos y nombres completos de los Hermes, Inspector Vizcaya.
El Detective Israel Maza traía consigo varios papeles impresos.
Despachaban en la oficina del oficial, en la Comisaría Central de la Policía Científica.
Detrás del escritorio de Guillermo había una pizarra para marcadores de agua guindada en la pared, con anotaciones y pistas de ambos policías. Al lado estaba otra, ésta de corcho, con fotos de las víctimas de NOUS sujetas con chinches.
También había una de Guacaipura Carranza, la única posible testigo. El Inspector Vizcaya dio un vistazo a los papeles y miró a su camarada.
–¿Son todos, Maza...? ¿Nada más doce?
–Eran diecinueve los que vivían en la capital, según los de estadísticas, pero de ellos hay 7 fallecidos, jefe.
–Bueno, mejor, menos trabajo para nosotros.
En ese momento sonó su celular. Miró la pantalla y atendió.
–¿Aló, chamita, qué fue, todo bien?
–¡Coño, Memo, no me vas a creer! –dijo con un dejo histérico la por lo regular tranquila voz de su hermana Mina.
De fondo se oía ruido de tráfico automotor intenso.
–¿Dónde andas...? –contestó él–. ¿Qué es lo que no te voy a creer?
–¡Es que es una vaina para locos, una vaina recontraultra-esquizofrénica, Guilllermo!
–Tranquila, chamita. ¿Andas en el carro?
–Sí; salí del consultorio a coger fresco porque... Escúchame, Guillermo...
“Coño –pensó el Inspector Vizcaya–, la cosa es seria: sólo me llama Guillermo cuando me va a regañar o cuando tiene serios problemas...”
–Guillermo, ¡te juro que es el mismo tipo!
–¿Qué tipo? ¿De qué hablas?
–¡Lo veo en todas partes...! Ahora me acosa despierta también! ¡Acabo de hablar con él en la clínica! ¡No sé qué hacer, chico!
–Hey, hey, Guillermina, cálmate, ¿sí?... ¿Hablaste con algún colega tuyo como te recomendé, o con ese Profesor a quien tanto admiras?
–Coño, no, Memo, todavía no...; es que me da cierta vergüenza, chico... ¡Mierda!
El Inspector se sobresaltó al escuchar, a través del celular el ruido de un frenazo violentísimo, y luego otra exclamación de su hermana:
–¡Coño de la madre, es que no puede ser!
–¿Qué pasa, Mina? ¿Chocaste?
–No, no –lo tranquilizó ella–. Ojalá... Es peor. Te llamo ahorita, Guillermo...
El Inspector Vizcaya parecía ausente, desubicado. Israel Maza se le acercó.
–¿Sucede algo malo, Inspector?
Volteó, sin perder su aire distraído.
–Pues... no sé, Maza... Mi hermana como que necesita en serio ver a un siquia-tra.
–¿Cómo es la cosa? –sonrió, sorprendido, el asistente.
–Pues sí: o le hace falta ver a un colega,... o buscarse un novio urgente.
Con un gesto displicente fijó su atención en los papeles que su compañero le había traído.
–Volvamos a los Hermes. ¿Chequeaste cuántos tienen antecedentes?
–Todos están como policía en final de quincena, jefe.
–¿Cómo es eso?
–Limpios –sonrió su propia broma Maza.
–Ah. Oká... Investiguemos si hay algún patrón perimetral entre los domicilios de los sujetos que llevan el nombre de Hermes y los sitios de deceso de las víctimas. Vente, vamos al mapa...
XII: el Ente
“Luego de haber podido
volar, ¿a quién le interesa
volver a caminar?”
El taxista gritó, luego de contemplar a la mujer hablando con el asiento vacío del copiloto: “¡Mujer tenías que ser pa' pararte así: ni que tuvieras una gandola, piazo‘e loca!”
Mina sacó la mano por la ventanilla y le enseñó el dedo medio, sin voltear a mirarlo.
En realidad el hombre tenía razón: el carro de la siquiatra estaba atravesado entre los dos canales de circulación, mal estacionado en la poco concurrida calle, tal como había quedado luego del bestial frenazo que oyera el Inspector Vizcaya a través del celular, y ella hablaba con alguien que nadie más podía ver ni escuchar.
–¿Pero hasta cuándo me jodes tú, chico...? ¡Déjame en paz!
–Perdone que la siga molestando, pero no tengo a quién acudir.
–¿Qué cosa eres tú, vale? ¿Cómo puedes aparecer y desaparecer cuando te da la gana?
–¡No lo sé, doctora, créame, por favor...! Se lo pido por caridad, por lo que más quiera: ¡ayúdeme!
Ella se quedó mirando con fijeza los ojos negros del fantasma:
–Okey. ¿Cómo puedo ayudarte?
ΨΨΨΨΨΨΨ
Los dos hombres habían decidido pasear entre las flores y las plantas, en plan de charla sin asperezas, a pedido de Guacaipura y Tamanaca.
Amadeo Carranza parecía ahora más lúcido, aunque igual de misterioso. El Padre Ignacio Villamizar estaba a la expectativa, quizá para disimular su recelo. Las dos hermanas vigilaban desde el comedor.
El ciego se detuvo, se inclinó un poco, extendió la mano y desprendió una flor de su tallo y luego la olfateó. La acarició con ternura. El cura continuó la conversación que sostenían, afable, pero incómodo:
–Profesor, no es que no quiera hablar del tema sino que, ¿cómo le diría...?, soy más bien de temperamento pragmático, ¿se da cuenta?, y...
–Padre –cortó el sabio–, permítame recordarle que quien vino a hablarme de un fantasma fue usted.
El Padre Ignacio Villamizar rió con ligereza.
–Bueno, sí, pero yo no lo he visto. Su hija Guacaipura es la del cuento, no lo olvide.
Amadeo Carranza, que no cesaba de acariciar la flor que tenía en las manos, se quitó los lentes oscuros, los guardó en el bolsillo de la guayabera, se subió un poco el sombrero, olió la rosa de nuevo y dijo:
–¿Usted sabía que muchas especies de flores son sensibles a las manifesta-ciones paranormales, Padre Ignacio?
Pero el sacerdote no se dejó cambiar el tema:
–Si yo no supiera que Guacaipura es una mujer seria a su manera pensaría que quiere burlarse de mí con ese asunto de la aparición.
–Eso jamás, Padre, se lo puedo asegurar.
–Sí, sí, eso es lo que más me desconcierta –razonó, sincero.
Luego enserió más aún el tono:
–Mire, Profesor Carranza, he leído todos sus libros y he visto algunas de sus entrevistas en televisión; usted es una indiscutible autoridad en el tema y por eso quiero preguntarle sin ambages y muy en serio: ¿cree usted en fantasmas?
–Hombre, depende...
–¿De qué?
–Del caso que cite.
–Oh, vamos; usted sabe que estoy hablando de lo que Guacaipura cree obser-var.
–¿Me está preguntando si creo que existe la entidad que mi hija puede ver...?
–Sí –retó el sacerdote.
–Ya le dije que ella tiene... facultades paranormales.
–¿Pero usted cree que los muertos pueden comunicarse con nosotros, Profe-sor?
–¿Y quién dice que esa manifestación de que hablamos es de un muerto?
–¿Pueden los muertos comunicarse con nosotros o no, Profesor Carranza? –porfió el cura.
–Bueno, mi querido amigo –sonrió comprensivamente el conferencista–, piense en esto: lo poco que sabemos del otro mundo nos lo tienen que haber dicho las almas de los difuntos, ¿no le parece?
–¡No, no, Profesor Carranza, hablo en serio! Mucha gente, a través de los años, gente famosa y seria por lo demás, ha intentado, ¡sin éxito!, esa comunicación... Muchos prometieron que cuando estuvieran allá harían una señita para acá, pero ninguno lo ha logrado.
El invidente volvió la cabeza y pareció mirar a su contertulio:
–¿Está insinuando que el Cielo y el Infierno no existen, Padre Ignacio?
–¡No se me vuelva a ir por la tangente! –rió el cura–: ¡No sea vivo, Profesor Carranza!
El siquiatra y sicólogo enserió el tono:
–¿Y no se le ha ocurrido pensar que a lo mejor es tan difícil comunicarse desde allá porque nuestros lenguajes de aquí petrifican las demás dimensiones; es decir, son incapaces de expresarlas?
–¿Volvemos a los sofismas, Profesor?
–¿Me acusa de sofista, cuando fue usted quien aseveró hace rato que el hombre tiene que desequilibrar las cosas para poder descubrir el equilibrio?
–¿Y no es así, acaso?
–Quizá.
Se permitieron otro largo silencio. Las mujeres se tranquilizaron, aunque seguían alerta. El cura insistió:
–¿Entonces eso que Guacaipura ve es realmente un alma en pena, Profesor, un muerto?
–Ya le dije que no necesariamente. Puede ser un ente residual.
–¡Y dale con el lenguaje rosacruz! –protestó el sacerdote–. Con usted no se puede.
Amadeo Carranza calló y volvió a olisquear la rosa.
–¿Sabe a qué huele una rosa, Padre Ignacio?
El cura sonrió con indulgencia. “Esto es una pérdida de tiempo”, pensó. Cortó él también una flor para olerla.
En el comedor, mientras Tamanaca tomaba su tercera taza de chocolate, Guacaipura hablaba por su teléfono celular, vigilada por el ojo crítico de su hermana.
Asintió varias veces, mirando hacia el jardín donde los dos hombres seguían conversando. Cuando concluyó, cerró el aparato y miró a la otra con evidente nerviosismo.
–¿Qué sucede, Guacaipura?
–Unos policías van a venir para acá.
El asombro y la desconfianza se dibujaron en el rostro de la mayor de las hermanas:
–¿Unos policías? ¿Por qué...? ¿Qué fue lo que hiciste ahora?
–Yo nada, pero el espanto ese que se me aparece, sí. Es un criminal, chica. Le dicen Nous, el asesino eutanásico. Los policías quieren que mire unas fotos a ver si lo reconozco.
La hermana se le quedó mirando con aire receloso.
ΨΨΨΨΨΨΨ
“¡Francamente, cada día hay más locos en esta ciudad! ¡Debe ser ese asunto del cambio climático!”, pensó la anciana que iba paseando su perro al mirar a la bonita mujer hablando sola en el interior del automóvil.
Habiendo estacionado correctamente su auto bajo la copa de unos árboles, la siquiatra (que ya no sabía qué creer respecto de aquella aparición) decidió seguir adelante para ver si aclarando su origen conseguía verse libre de ella.
–¿No recuerdas siquiera tu nombre o por qué vas vestido así?
–No, no, nada, doctora –dijo, con tono desvalido.
–¿Familia, domicilio, trabajo? –él negó con la cabeza. Ella se desesperó un poco–. ¿Qué entidad eres? ¿Un muerto, un espíritu, un fantasma, un ectoplasma, una proyección, qué cosa...?
–¡Es que no lo sé, doctora!
–¿Y cómo te metías en mis sueños, por qué? –nueva negativa de la figura de negro–. ¿Por qué solamente yo puedo verte?... No lo entiendo.
–Usted, y una bruja.
Guillermina Vizcaya Salazar lo miró, sarcástica.
–Hey, respeta. Soy una de las psiquiatras más prestigiosas y mejor pagadas de Caracas.
El fantasma sonrió, esperanzado. Mina también.
–Es cierto –afirmó–; ya habías mencionado lo de la bruja. ¿Y ella no te aclaró nada?
–Nada. Se asustó y salió corriendo a ver a un cura.
–¿Ah sí? ¿Dónde?
–En la iglesia de La Pastora. Yo la seguí.
–¿La seguiste? ¿Entraste en la iglesia?
Hermes asintió y Mina, con aire socarrón, encendió un cigarrillo.
–¡Ah, bueno, coño; ya por lo menos sabemos que no eres el anticristo! –ironizó.
Aspiró el humo tranquilizador y lo miró con ojos nuevos, ya casi como a un paciente.
–Mira, no conozco mucho de Parapsicología, pero me dio clases y todavía me asesora algunas veces un reconocidísimo sabio y psíquico criollo. Tal vez él pueda ayudarnos, porque tu caso es bien jodido, Drácula. Déjame llamarlo para concertar una... ¡Hey, qué te pasa!
Como en anteriores ocasiones, la figura del actor Hermes García comenzó a contorsionarse y luego se esfumó como el humo del cigarrillo que ella fumaba. Mina Vizcaya Salazar quedó boquiabierta.
–¡Coño de la madre! –silabeó, atolondrada y relampagueantes los ojos verdes–. ¡Esta vaina es para locos! ¡Necesito un trago, pero urgente!
ΨΨΨΨΨΨΨ
La vegetación era espesa, tupida, con una extraña fosforescencia verde pálido. Un arroyo de aguas cristalinas y resplandecientes serpenteaba entre el monte y descendía hasta topar con tres grandes piedras y formar una rumorosa cascada.
El sol quemaba con destellos cegadores que arrancaba al torrente y al verdor de la espesura. No se veían pájaros ni mariposas, pero el viento entre las ramas y el agua entre las piedras llenaban el aire de sonidos dulcísimos.
Menos desconcertado que la vez anterior, ya casi acostumbrándose a su estado, el hombre sin cuerpo sólido admiró la belleza del paraje y se adentró en el pozo en pos de la lanza de azulada luz que ya conocía y que reverberaba encima de las piedras que conformaban el salto de agua.
Debido a la actual composición de su organismo sabía que no podría mojarse, pero lo intentó..., sin resultados, por supuesto. Del interior de la lanza de luz brotó la voz que había oído en su visita al árbol de hojas vivientes y mariposas con ojos en las alas.
–Bienvenido.
–¿Quién eres tú? ¿Un ángel? –preguntó, ya sin desesperación.
–Soy un guardián ahora –contestó la voz rejuvenecida y vital de la anciana Berta Barazarte, la última víctima del asesino eutanásico.
–También soy tu deudora.
–¡Entonces ayúdame! ¡Dime quién soy, qué debo hacer!
–Debes Matar tu Dragón, y cuanto antes mejor.
–¿Qué significa eso? ¡No entiendo nada!
–Pronto entenderás. No desmayes. Lo lamento, no debo decir más. Tengo que irme. Tu tiempo se acaba. ¡Enfrenta a tu Dragón!
La flama brillante fue ascendiendo hasta desaparecer contra el azul del cielo. El hombre de humo la miró alejarse, resignado.
“¿Qué voy a hacer? ¿Qué dragón será ese? ¿Qué puedo enfrentar, si ni siquiera sé quién soy? ”
XIII: la Esposa
“Nadie incurre en delito
empujado por el destino.”
(Séneca)
Frente a las pizarras de su despacho en las cuales había ahora nuevos apuntes y flechas y fotografías pegadas con tirro y tachuelas, el Inspector Vizcaya repasaba una y otra vez el caso del asesino eutanásico.
El detective Israel Maza se acercó a su jefe con un cachito de jamón y un vaso de café en las manos. Habló mientras masticaba el bocadillo y bebía:
–Ya tengo la dirección de la casa del papá de la bruja, Inspector. Me dijo que podemos ir, que va a estar allá un rato. Es vía Guarenas, hacia Guatopo.
Guillermo Vizcaya, marcador en mano, asintió, concentrado en lo suyo.
–Okey, Maza –dijo, y señaló una zona del mapa de Caracas en la pared–. Fíjate, no hay patrón perimetral, aparentemente...
–¿Entonces escoge a sus víctimas al azar?
–Eso parece –murmuró el Inspector, golpeando suavemente sus dientes con el lápiz–... Pero, de ser así..., ¿cómo se entera de sus enfermedades terminales? ¿Cómo sabe dónde viven o en cual hospital o clínica agonizan...?
Se quedó quieto el Inspector Vizcaya Salazar un momento, mordiendo la punta trasera del marcador, con los nervios en tensión y una idea en la cabeza:
–Para saber algo así tendría que tener acceso, o trabajar en...
Calló de nuevo. Volteó a ver a su compañero, que le devolvió la mirada, calándole la intención.
Un mismo pensamiento los asaltó:
–¡Debe ser un médico! –dijo Guillermo.
–¡O un enfermero! –completó Israel Maza.
ΨΨΨΨΨΨΨ
–Padre Ignacio, volviendo a lo nuestro, ¿alguna vez le dijeron en el seminario que el único invento humano que no está basado en la Madre Naturaleza es la cremallera, nuestro vulgar y silvestre cierre o zipper?
–¿A eso llama “volver a lo nuestro”...? –rió el eclesiástico, y añadió, cómplice–: No, qué va, así no se puede, Profesor. ¡Usted es demasiado pícaro! Será mejor que dejemos esta conversación tablas.
Pero el sabio no tenía la intención de dejar el asunto inconcluso.
Apoyó una de sus gruesas manos en el brazo del sacerdote y murmuró, con inquietante acento:
–No, no, espere, por favor, se lo ruego, y hablo en serio. Sea tole-rante con mi terquedad y considere que cuando a uno le dan alas tiene al menos la obligación de hacer lo posible por volar.
Antes de que el clérigo se repusiera de su seriedad, susurró, con una convicción y una entonación realmente sobrecogedoras:
–¡Padre Ignacio, usted, como todos, debe Matar su Dragón!
–¿Más poemas oscuros, Profesor? ¿Más lenguaje metafísico...? ¡Qué se supone que significa eso, por el amor de Dios!
–Usted lo sabe en el fondo de su mente y de su corazón, Padre Villamizar. ¡Busque la Flor que Vuela, encuentre la Mariposa Incesante! ¡Enfréntese a sus miedos! ¡Atrévase a experimentar la fe auténtica, la que se hunde en el fanatismo y emerge, intacta, de la locura! ¡Abata el reducto último de nosotros los miserables, Padre Ignacio!
–¿Cómo que me atreva a tener fe? –contestó con arrogancia y airado–. ¡Soy un sacerdote de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, Profesor Carranza!
Imprevistamente, resonó el grito de sorpresa de Guacaipura Carranza desde el salón comedor:
–¡Ahí está! ¡Mírenlo! ¡Me siguió...!
Tamanaca, sorprendida por la vehemencia de su hermana, volteó hacia donde ella señalaba. También lo hizo el sacerdote. Amadeo Carranza se quedó estatuario, quieto. Unísona al grito, había comenzado a soplar una repentina, fuerte y fría brisa, que agitaba el ramaje y los arbustos y las flores y las hojas del suelo, encumbrándolas...
Las dos rosas que los dos hombres tenían en las manos resplandecieron, cegadoras, como imbuidas de súbita energía.
El ciego cerró los párpados con fuerza, estremecido por la presencia que sabía cercana y desconcertada, irresoluta.
Se concentró, apretando el tallo de la flor hasta hacerse daño... y entonces vislumbró la aparición.
ΨΨΨΨΨΨΨ
–¿Aló...? Sí, él habla –dijo Guillermo Vizcaya Salazar, y escuchó con atención lo que le informaban via celular–. ¿Cuándo fue eso...? ¡Mantenga la calma; vamos enseguida para allá!... ¡Maza, creo que lo tenemos! –subió el tono, animado.
–¿A quién, Inspector?
–¡Al asesino, chico! ¡A NOUS! ¿Ya digitalizaste todo? Bueno... Vámonos...
–¿Para dónde...?
–El tipo se acaba de aparecer en la casa del papá de la bruja Guacaipura –informó, y su teléfono repicó otra vez–. ¿Aló...?
–¡Soy yo, Memo! –dijo la voz atormentada de su hermana Mina Vizcaya Salazar.
–¿Qué pasa, chama?
–¡Que me voy a volver loca, coño, si no hablo con alguien de esta vaina!... ¿Nos podemos ver, pero ya, Guillermo?
–¡No puedo, Mina! Voy saliendo a ver a un posible sospechoso de ser el hijo de puta mata-viejitos... ¡Pero, oye, anota esta dirección!
ΨΨΨΨΨΨΨ
El rostro estaba pálido, cadavérico, flácido.
Los brazos y manos semejaban extraños animales marinos, con tubos y mangue-ras por doquier. Botellas y envases plásticos colgaban de la pared, detrás de la cabecera de la cama. Una estrecha banda de goma proporcionaba oxígeno.
La Enfermera Jefe, con rostro grave pero profesional chequeaba que todos los artilugios del único enfermo de la Sala de Terapia Intensiva en este momento funcionaran correctamente.
Después, Ramona de García regaló una mirada amorosa al actor desfallecido.
Le contempló largamente, dubitativa, como debatiéndose entre dos resoluciones igualmente abominables.
Una lágrima furtiva testimonió su dolor de esposa. Pasó una mano por los rasgos inmóviles de Hermes García y movió la cabeza con resignación.
El ruido burbujeante del envase del oxígeno en la pared le ayudaba a concen-trarse en los recuerdos...
Una mirada evocadora se ancló en sus ojos... Una tenue sonrisa se le asomó a los labios... ¡La vida era tan... tan misteriosa e impredecible!..., ¿no es cierto...?
...Había anochecido hacía rato. Por la avenida Rafael Urdaneta, la cual conducía a la Plaza de La Candelaria, se desplazaba, entercerado, el carrito volkswagen del actor que interpretaba al Conde Drácula en un viejo teatro del centro de Caracas. No había mucho flujo de vehículos a esta hora.
Junto a Hermes García iba Ramona, su esposa, embutida en su blanco uniforme de Enfermera Graduada. Conversaban desde que él saliera de la función de hoy, pero ella tenía expresión de mortificación.
–Hermes, mi amor, yo no quiero seguir hablando de ese tema.
–¿Por qué no, Ramona? –reprochó con dulzura–. No seas niña, chica; todos vamos para allá.
–Yo sé, yo sé, pero es que tú pareces obsesionado con eso.
–¿Obsesionado con qué, mi amor?
–Con eso, pues –y como él la mirara pidiendo más aclaraciones, agregó–. Con las enfermedades terminales, con la muerte, con... el más allá...
Hermes García usó una de sus sonrisas de galán otoñal, amoroso y bromista:
–¡No, señor, eso no es así! ¡Con la única con quien yo estoy obsesionado es contigo, mi Florence Nithtingale criolla y bella!
–Ay, no, no, es en serio, Hermes, chico, no me gusta –dijo Ramona, mohína.
Él aprovechó una luz roja para mirarla y usar su tono más convincente:
–Pero Ramona, mi amor, igual hay que dejarlo bien claro cuando uno puede. A cualquiera le puede ocurrir. ¡Si lo sabrás tú, que trabajas en hospitales!... Bueno, fíjate en el vecino del piso de abajo, el italiano, el deportista, no me acuerdo cómo es que se llama...
–Spinetti –sopló Ramona.
–Ese mismo, Spinetti. Ahí tienes. ¿No quedó en estado vegetal?
–Bueno, sí, pero los médicos dan esperanzas, mi amor, no es lo mismo...
–Claro –atajó él–, porque es lo único que pueden dar, Ramona, mi amor. Los médicos son como nosotros los actores, preciosa: regalan esperanzas, venden ilusiones.
Ella siguió negando con la cabeza, contrariada.
–¡Ay, no, Hermes, no quiero seguir con el temita! ¡A ti no te va a pasar nunca nada de eso, por el amor de Dios! ¡Tú, siempre tan creyente, te estás volviendo pavoso!... Debe ser esa bendita obra de Drácula que estás haciendo ahora.
–No seas tontita, Ramona. Lo que me estoy volviendo es precavido, que nunca está de más, tú lo sabes.
Hizo una pausa y volvió a sonreír, bien simpático, y agregó, con firmeza:
–Mi vida, sabemos que no va a pasar, pero si por un designio de Dios llegara a ocurrir, ya sabes: ¡me desenchufas! ¡No vayas a permitir, bajo ningún respecto, que quede como Spinetti! ¡No me haría ninguna gracia vivir artificialmente, como si fuera un pedazo de pulpa negra!
Y como pasaban ya frente a un negocio en la cuadra del edificio donde vivían, sonrió, para más desazón de ella:
–Mira, hablando de eso, está abierto todavía... ¿Nos paramos en la carnicería?
“Siempre tan loco y ocurrente”, pensó la esposa, conmovida con la evocación, y enjugó otra lágrima. Se recompuso enseguida y volvió a ser la enfermera experta habituada a mirar a la muerte cara a cara casi a diario.
Inspeccionó una vez más que los fluidos gotearan a la velocidad correcta, besó a su esposo con levedad en la frente, dio media vuelta y salió de la estancia de Terapia Intensiva.
Cuando desembocó en el pasillo, la abordaron abruptamente sus vecinas Iris Galíndez y su hija, que estaba casi al parir ya, la simpática Patricia, esposa de un Inspector de Policía.
Iris, al contemplar la expresión de sorpresa de Ramona, sintió que no había sido una buena idea venir. Luego de los saludos de rigor, se lo dijo:
–Ramona, disculpa que no te llamé antes de venir, chica, pero fue un impulso; de todas maneras ya nos vamos, ¿oíste?
–Ay, no, Iris, amiga, agradecidísima más bien. Tú sabes que él y yo no tenemos familia aquí en Caracas –Le sobó la barriga a la embarazada–. Y gracias a ti también, Patricia.
La muchacha sonrió, y como Ramona sintiera que el feto daba como pataditas, se conmovió casi hasta el llanto. Preguntó dulcemente:
–¿Y por fin para cuándo es, mija?
–Para dentro de 21 días dice el médico.
Iris Galíndez, sin ocultar su ansiedad, preguntó lo que le interesaba:
–Mira, Ramona, ¿y qué...? ¿Sigue igual...?
–Igual. No hay cambios.
–¿Pero qué dicen los médicos, qué recomiendan?
–No se ponen de acuerdo –murmuró la enfermera, descorazonada–. Unos dicen que podría reaccionar y salir del coma, pero no saben en qué condiciones quedaría; otros hablan de que no hay ninguna posibilidad de regresión de una crisis así; que habría que quitarle los tubos; total que una no sabe qué pensar.
–Qué buena broma, chica –se solidarizó Iris. Luego preguntó, bajito y temerosa–: ¿No podemos verlo un segundito, verdad?
En ese momento una de las estudiantes de enfermería de las que hacían su pasantía en el hospital se acercó con timidez a Ramona.
Traía una carpeta de historia clínica en las manos.
–Disculpen... Permiso, Graduada... Mire, la solicitan los familiares del paciente Ochoa, de la 328.
–Diles que enseguida voy, Nuris, gracias.
La muchacha medio sonrió y se alejó por el corredor.
Ramona aferró las manos de sus vecinas:
–Cónchale, Iris, Patricia, muy agradecida, de verdad –y añadió, con cierta picar-día y volteando a mirar si no había médicos a la vista–; miren, vamos a hacer una cosa: pueden pasar a verlo cada una un minutico, ¿está bien?
Las dos vecinas le apretaron la mano, conmovidas por su valentía. Ramona, con aire apenado y paso rápido, se fue en pos de la pasante.
Después de una fugaz consulta silenciosa con su hija, Iris Galíndez se dirigió a Terapia Intensiva a ver a su compañero de trabajo.
XIV: la Aclaración
“Si yerro en mi creencia
de que las almas de los
hombres son inmortales,
yerro alegremente, y no
deseo verme libre de tan
delicioso error.”
(Cicerón)
–¡Déjame en paz, mal espíritu! ¡Ya te dije que no puedo hacer nada por ti, ni quiero! ¡Eres un criminal! ¡Fuera de aquí! –gritaba, estremecida, Guacaipura Carranza.
El viento, de fuerte, se había vuelto huracanado. Las caídas hojas de los árboles giraban a varios metros del suelo con frenéticas piruetas en espiral, jugando a cuáles volaban más alto; las ramas de la arboleda y de los arbustos se batían a uno y otro lado, como buscando librarse de aquel rigor...
El cuerpo humoso de Hermes García seguía bajo la mata de mango, mirando como hipnotizado al dueño de la casa. El Padre Ignacio Villamizar se mantenía junto al profesor, con su desconcierto intacto. Amadeo Carranza, con los párpados fuertemente apretados y una expresión tirante en el rostro, había extendido la mano diestra como para ubicar sensorialmente a la aparición, y caminaba hacia ella. Guacaipura, que había bajado del comedor con su hermana, gritaba para espantar al espectro:
–¡Aquiétate, en el nombre de Dios todopoderoso, engendro! ¡No te metas con mi papá! ¡Vade retro!
Repentinamente se produjo una tensa quietud. El viento se calmó como obedeciendo una secreta disposición.
Guacaipura insistió:
–¡Será mejor que arranques rápido de aquí, asesino eutanásico, porque la policía esta al llegar!, ¿me oíste?
Amadeo Carranza, ya bajo la mata, hizo un gesto imperioso a su hija:
–¡Silencio, Guacaipura!
–¿Usted también puede verme y oírme, como la bruja y la doctora? –preguntó, esperanzado, Hermes García.
Amadeo Carranza abrió los párpados para que la entidad descubriera que sus ojos no tenían luz.
Hermes García insistió:
–¿Pero puede oírme?
–Sí, puedo oírte y sentir tus vibraciones –murmuró el sabio–. Supongo que estás desconcertado.
–¡Mucho! ¡Necesito respuestas, señor! Guacaipura me acusa de ser un asesino, pero ni siquiera recuerdo quién soy... Usted me puede ayudar, ¿verdad?
–Debes haber sufrido un choque psico-físico-emocional muy fuerte.
–¿Qué significa eso?
–El cerebro humano puede, en una crisis apremiante determinada, irradiar una violenta descarga de energía que lo desconecta del plano que llamamos físico o químico y lo transporta a uno más elevado o neuro-astral. Ése puede haber sido tu caso.
–No le entiendo muy bien, señor. ¿Significa que estoy muerto o qué?
–Significa que tenemos que averiguar dónde está tu cuerpo material depositado, si es que existe todavía; en caso contrario, serías una entidad extracorpórea.
–¿Qué es extracorpórea?
De golpe, Guacaipura sintió ruido de pasos apresurados; volteó hacia uno de los senderos del jardín y observó que avanzaban, armas en mano, agachados y alertas, los dos policías civiles que la habían interrogado con relación al caso de la anciana Berta Barazarte.
Al ver que un negro viejo y de aspecto distinguido y venerable estaba hablando bajo un árbol con alguien invisible, el Inspector Vizcaya y el detective Maza se miraron, intrigados, en tanto enfrentaban a las hermanas Carranza y al Padre Ignacio:
–¿Qué está sucediendo aquí, ciudadanos? –preguntó, autoritario, el Inspector.
Tamanaca reaccionó de inmediato, arisca:
–¿Ustedes son los policías?
–En efecto, señora –corroboró el Inspector, señalando las placas que colgaban de sus cuellos.
Miró a la bruja.
–Señora Guacaipura, ¿dónde está el tipo, el tal NOUS?
Ella señaló hacia la mata de mango.
–Ahí, hablando con mi papá –informó, con cierta sorna.
–¿Dónde? –preguntó Maza–. Yo nada más veo a una persona allá.
–Guá, claro, detective –se desquitó un poco la curandera–; yo les dije que era un fantasma, pero sabía que no me iban a creer.
–¡Ahí está, ése es el tipo! –resonó un grito, alejado.
Todos voltearon.
Mina Vizcaya Salazar corría hacia ellos por otro de los senderos del jardín.
–¿Pero qué hace ahí con el Profesor Carranza? –dijo, llegando, pasmada.
El más sorprendido era su hermano Guillermo. Preguntó, incrédulo:
–Mina, ¿tú puedes ver a alguien bajo esa mata, aparte del papá de la señora?
–¿Quién es ella, Inspector? –interrogó Guacaipura al policía. Mina la miró.
–Soy la doctora Vizcaya Salazar. Alumna del Profesor Carranza. Tú debes ser la bruja de la que me habló el vampiro.
–¿Cuál vampiro...? Y yo no soy ninguna bruja, soy curandera, que no es lo mismo ni se escribe igual, doctora –puntualizó Guacaipura.
De repente se acordó de lo que el fantasma le había dicho.
–Ah, ya; usted es la doctora que también puede verlo.
–Un momento, un momento –intervino el Inspector, todo enredado–; ¿significa que están hablando del mismo sujeto? –Miró a su hermana, boquiabierto–: ¿Nous, el asesino mata-viejitos y tu vampiro gozón son uno solo?
Israel Maza, saliendo de su embelesamiento, les mostró unas fotos en la pantalla de su teléfono inteligente.
–Perdón, señoras; ¿alguno de éstos Hermes es el que ustedes ven ahí...?
El Padre Ignacio creyó conveniente intervenir, aunque nadie le prestara mucha atención:
–¿Pero entonces es en serio que hay un fantasma o algo extraño ahí con el profesor Carranza?
Guacaipura y Mina señalaron al detective la fotografía digital del actor Hermes García. Guillermo Vizcaya miró la pantalla y no se pudo contener:
–¡Coño, pero esto no puede ser!... ¡Perdón! –se disculpó–. Es que este tipo es el actor con el que trabaja Iris, mi suegra, el que hace de Drácula –Miró a Maza y a Mina–: Hermes García, al que le dio el acv y está en Terapia Intensiva en la Cruz Roja, ¿se acuerdan que Patricia me dijo por teléfono?
–¿Fue a él...? –Preguntó Mina–. Bueno, eso podría explicar algunas cosas...
–Sí; éste es el asesino eutanásico –dijo la curandera, señalando el rostro de Hermes García en la pantalla.
El detective miró a su jefe, confuso.
–Inspector Vizcaya, ¿qué hacemos...?
–Coño, Maza, no sé –replicó, perplejo–. No he hecho el curso para atrapar fantasmas asesinos todavía.
La siquiatra miró a su hermano con un brillo de reproche en los bellos ojos esmeraldinos y luego se volvió con aire resuelto a la bruja:
–Vente, vamos a entrar a hablar con ellos.
Guacaipura hizo la guiña de inmediato:
–¡Zape gato! ¡Yo no hablo con muertos!
Mina, osadamente, se dirigió hacia el árbol de mango. Su hermano le advirtió:
–Guillermina, ten cuidado, por favor. No sabemos qué cosa enfrentamos.
La doctora lanzó una mirada retadora a Guacaipura:
–No te preocupes, hermanito. No me asusto tan fácilmente. Y además, confío plenamente en el Profesor Carranza.
Como esperaba, Guacaipura se picó y la siguió, decidida:
–¿Con que así es la cosa? ¡Pues el Profesor Amadeo Carranza es mi papá, doctora, para que lo sepa, y dicen que hijo de tigre sale pintao!
–¿Eres hija del profesor? –Preguntó Mina, sonriendo– Qué bueno. Vamos...
Guacaipura la miró, todavía escamada.
Con las reservas del caso, se acercaron.
Amadeo Carranza, que parecía estar esperando ayuda, dijo, sin moverse:
–Me alegra que decidieras ayudar, hija.
–Gracias, papá... También hay una alumna tuya aquí.
El sabio se desconcertó un segundo.
–¿Una alumna...? –luego sonrió–. Ah. ¿Guillermina?
–Sí, Profesor, soy yo.
–También tú puedes verlo, ¿no es eso?
–Sí, aunque no sé por qué. Primero se me aparecía en sueños y después...
–Guillermina –cortó el Profesor–, ¿te das cuenta de que él podría ser una prueba fehaciente, verídica, de que hay algo más allá de la muerte?
–No podemos afirmar eso, Profesor Carranza. Usted sabe mejor que yo que la supervivencia post mortem no es aceptada en psicología.
–Sí, ya sé que no se ha podido demostrar todavía la inmortalidad del alma, ¡pero lo contrario tampoco, Guillermina!
Hermes García parecía menos desesperanzado que otras veces:
–¿Post mortem...? ¿Entonces es verdad que ya estoy... muerto?
–No –negó Mina, mirándolo–; mi hermano, que es Inspector de policía, dice que tu cuerpo está en Terapia Intensiva en la Cruz Roja de aquí de Caracas. Él sabe ya quién eres.
–¿Y quién soy, doctora?
Ella lo contempló con pena. Suspiró.
–Bueno..., te llamas Hermes García, eres actor de profesión y...
–Y un mataviejitos, un asesino eutanásico–agregó con crueldad Guacaipura.
–¡No; eso no puede ser! –gimió, desesperándose de nuevo–... ¡No soy un asesino! ¡No quiero hacerle daño a nadie! ¡Aaaaahh...!
Gritó y empezó a retorcerse, víctima de los dolorosos e intensos espasmos que le atacaban en forma tan repentina, y entonces, ante la impotencia del sabio y el espanto de las dos mujeres, en el colmo del sufrimiento, de la desesperación y del horror, ¡comenzó a recordar!
¡Se vio cometiendo su último crimen, cuando le quitara la vida a la anciana Berta Barazarte, moribunda en Los Mecedores de La Pastora, en el rancho junto a la quebrada del Catuche, donde la bruja aseguraba haberlo visto! ¡Recordó el teatro y su personaje del Conde Drácula; recordó a Iris, su pareja de reparto, y a Patricia, hija de ésta y también vecina suya; recordó claramente su accidente en el escenario, cuando sufriera el inesperado accidente cerebro vascular; recordó su inexplicable presencia en los sueños de la doctora siquiatra; recordó con horror su estada en el árbol de hojas vivientes y en la catarata de luz; recordó a su esposa Ramona, de quien se servía (sin que ella lo sospechara) para localizar a las personas que quería ayudar a dejar de sufrir!... ¡Recordó, en fin, horrorizado y con lujo de detalles, a todos y cada uno de los ancianos y ancianas, los enfermitos arduos a quienes ayudó a emprender la última jornada para ir en completa paz hacia Jehová! ¡Espantado al saberse un criminal corruptor de las leyes humanas y divinas, lanzó un grito de impotencia y rebeldía!:
–¡Nooooooooo...!
¡Un fulgurante estallido se produjo bajo las ramas del mango!
¡Una luz blanquísima, cegadora, brotó del tórax humoso del hombre sin cuerpo, quien se retorció como si le estuviesen aplicando un hierro candente, y de seguidas se esfumó en el aire!
ΨΨΨΨΨΨΨ
Patricia Galíndez de Vizcaya, con expresión compasiva y embobada, contem-plaba inmovilizado quizá para siempre en su cama a quien fuera el actor compañero de trabajo de su mamá en la obra del Conde Drácula que a ella tanto le fascinó.
“Pobrecito –pensó, lastimera–; cónchale, debe ser bien fastidioso estar ahí tendido sin poder ocuparse de nada pensando en lo fregao que uno está y sin saber si algún día va uno a volver a ser una persona normal o se va a quedar así para toda la vida...”
¡De golpe, el cuerpo del desgraciado enfermo comenzó a sacudirse incontrolablemente, como si le estuviesen aplicando sucesivas descargas de electricidad, para pasmo y terror de la embarazada, que se agarró el vientre con ambas manos, como si el nonato la patease con violencia! ¡Aterrorizada corrió hacia el pasillo dando lecos de auxilio!
XV: el Dragón
“El acto de morir
es también uno de
los actos de la vida.”
(Marco Aurelio)
Joao de Silveira, el portugués dueño del abasto La Marejada, en la Parroquia de La Candelaria, saludó complacido al Inspector Vizcaya Salazar, a su esposa y a la suegra de éste cuando entraron al negocio halando el carrito de las compras dispuestos a hacer mercado.
Rato hacía que Joao no perdía de vista a un joven de aire malandroso, vestido con una chaqueta deportiva con capucha, que haraganeaba entre los anaqueles sin decidirse a comprar cosa alguna.
“Menus mal que el vecinu es pulicía, pur si las muscas”, se dijo Joao, más tranquilo, aunque no le quitaba el ojo al malandru, pues desconfiaba de él porque usaba el capuchón sin que estuviera lloviendo ni haciendo frío, y él, Joao, tenía la convicción de que el muchacho estaba drugadu.
El adolescente, a su vez, observaba nerviosamente a un lado y a otro, y parecía estudiar la no muy concurrida clientela del local a esta hora de la mañana. En tanto fingía buscar alguna mercancía, vigilaba casi sin disimulo al portugués, que manipulaba la caja registradora.
El Inspector Vizcaya Salazar también notó la presencia del tipo con pinta de choro y su sexto sentido le advirtió que podría haber problemas.
“Tendré que estar mosca con ese chamo, porsia”, se dijo.
En ese momento sonó su celular e hizo una seña a su esposa Patricia y a su suegra Iris y se apartó para atender la llamada. Notó, maquinalmente, que al sospechoso le brillaron los ojos al mirar su lujoso celular.
–¿Aló, Maza, qué pasó? –dijo al teléfono.
Se retiró un poco, olvidándose momentáneamente del sujeto de la capucha y bajando el tono para que las mujeres no escucharan, pues por un comprensible escrúpulo no había querido confesar a su suegra ni a su esposa el terrible secreto de Hermes García, el vecino que no sólo era actor sino también ejecutor implacable de personas desahuciadas.
–Maza, ¿hablaste con el hombre?
–Sí, Inspector –escuchó que decía su compañero–... Vengo de la oficina del Fiscal del Ministerio Público...
–¿Y...? ¿Podemos o no podemos encerrar a Hermes García, alias Nous?
–Negativo, Inspector.
–¡Coño, me imaginé esa vaina! ¿Te explicaron por qué?
–Por lo mismo de siempre, jefe. El juez le manda a decir que no hay suficiente evidencia.
Guillermo Vizcaya Salazar sintió que le subía del estómago una oleada de indignación.
–¿El Juez no acepta el testimonio de Guacaipura Carranza, que lo vio salir segundos después de ahogar a la anciana Berta Barazarte? ¡A mí que no me jodan, Maza!
–El juez señala que ella no lo vio ahogándola, y que además ella misma declaró que tampoco está segura de que fuera Hermes García el tipo que salió de la casa, de noche, con luz escasa y encapuchado.
El Inspector chequeó que su esposa y su suegra no estuvieran cerca o pen-dientes de su conversación, para sentenciar:
–Entonces nos jodimos, detective Maza. Habrá que seguir, oficialmente, buscando a Nous.
Ahora fue el turno del policía más joven para indignarse:
–¡Qué bolas, Inspector! ¡El juez sabe tan bien como nosotros que el asesino eutanásico Nous es Hermes García, el actor y esposo de la Enfermera Jefe, por medio de quien sabía de los ancianos desahuciados e iba y los ahogaba y dejaba su mensajito de burla, no me joda!
–Pero debemos respetar los procedimientos legales, detective Maza.
–Pues yo me cago en los procedimientos legales, Inspector Vizcaya, con el debido respeto.
–Coge pausa, Maza. Piensa que si era este tipo, de todos modos tuvo su castigo... Ya esta vaina se olvidará cuando no aparezcan más viejitos muertos... Bueno, te corto porque ando con la mujer y la suegra haciendo mercado. Habla-mos... Yo voy después de almuerzo, ¿oíste, Maza? Chao...
Joao De Silveira vio venir a la pareja hacia su establecimiento y recordó, consternado, que nomás quince días atrás eran dos de sus clientes más celebrados. Quitó con presteza los dos afiches que adornaban su negocio y que recordaban al actor Hermes García cuando estaba en plenitud de condiciones.
Iris, Patricia y el Inspector notaron el gesto de Joao y miraron hacia el cristal de la puerta de entrada.
Dos largas semanas habían transcurrido desde el contacto de Hermes García con el sabio Amadeo Carranza y el retorno de su memoria irrestricta.
Una mueca de conmiseración se dibujó en el rostro regordete de Silveira cuando entraron al local Ramona Alcorta (con su traje de enfermera, porque había llegado directamente del trabajo a casa a recoger a Hermes para venir con él a hacer las compras) y el ex Drácula, vestido con un sencillo mono deportivo, una boina de tela y zapatos tenis.
Su mujer lo llevaba del brazo y él caminaba trabajosamente, ya que luego de recuperarse del ataque cerebral que sufriera, había quedado con la mitad izquierda del cuerpo semiparalizada, la boca torcida perdida y la memoria desequilibrada.
Era como un niño muy pequeño embutido en el cuerpo ingobernable de un hombre adulto, según el símil que había usado el médico especialista que le trataba.
Iris y Patricia se acercaron a saludar a la pareja exhibiendo su expresión más delicada.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El sol de la mañana se afanaba por entrar en el coqueto dormitorio encortinado y casi hermético de la doctora Guillermina Vizcaya Salazar, pero era inútil.
Acostada en el lecho soltero-solitario-y-enorme, se revolvía, inquieta, con pesadillas (para variar, pensó con su parte consciente, pero más allá del borde del resquicio que pretendía delimitar la semi inconsciencia engañosa y perpetua).
Aún cuando en las últimas dos semanas había conseguido librarse de la recurrencia de la obsesión del prototipo draculiano con esmoquin, dominador y agresivo, al parecer ahora el travieso sueño que involucraba al vampiro hambriento había regresado.
Desde lo más profundo de su pesadilla, Guillermina Vizcaya Salazar se preguntó qué carajo tendría que ver este otro y nuevo vampiro indefinible con el asesino eutanásico, pues por su hermano Guillermo había sabido la suerte que había corrido el actor mata-viejitos.
ΨΨΨΨΨΨΨ
En el interior de su rancho-consultorio, la curandera Guacaipura Carranza ponía su empeño (ataviada con falda y blusa de tonos chillones y pañoleta en la cabeza de mechas coloridas) en despojar a una clienta venida de una urbanización vecina y de ciertos recursos económicos, a juzgar por sus ropas y joyas. La negra fumaba uno de sus gruesos y fétidos puros y envolvía a la obesa matrona en nubes de humo pestilente y la rociaba con buches de aguardiente barato, como mandaba el ritual.
ΨΨΨΨΨΨΨ
En La Marejada, el descerebrado actor Hermes García examinaba, con atención infantil y un hilillo de baba resbalándole de la comisura de los labios, un frasco de mermelada de frambuesa en un anaquel junto a la caja.
El Inspector Vizcaya, su suegra y Ramona de García conversaban cerca del módulo de las ofertas del día. Patricia, arrastrando su (cada vez más) descomunal panza (que hacía pensar secretamente al policía que pariría por lo menos tres muchachos) había ido hasta el fondo del pasillo de los cereales, perdiéndose en sus recovecos.
Guillermo Vizcaya Salazar insistía en observar (a hurtadillas y con cierta secreta y morbosa curiosidad) a quien él sabía un asesino ducho, por más que sus crímenes no se hubieran podido comprobar debido a esos intersticios legales que los sistemas judiciales de todas las civilizaciones albergaban (quizá para que no se les acusara de despiadados).
–¿Es cierto que va reaccionando de maravilla, Ramona? –preguntó Iris Galín-dez piadosamente a la esposa del actor.
Ramona, mirando al suelo, musitó:
–Pues..., sí... Ahí va, tú sabes...
–¿Pero ya te reconoce, ya recuerda algo...?
Ramona fingió examinar un sobre de sopa concentrada.
–¿Cuál será mejor? –dudó–. ¿Pollo con fideos o cruzado?
Con una mueca amable y circunstancial (que le costó un mundo fabricar) metió ambos envases en la cesta y regaló una fugaz mirada al marido enfermo. Sin mirar a la vecina susurró, con tono confidente:
–Ay, no, Iris, nada, nada...
–¿No recuerda nada de nada todavía, señora Ramona? –intervino el Inspector–. Qué buena broma, ¿no?
–Sí. Es cómo un bebé recién nacido –murmuró la esposa del asesino.
Acostumbrada como estaba a refrenar los sentimientos, Ramona abortó un sollo-zo, pero el brillante parpadear la delató delante de los otros.
Tuvo que ampliar la explicación:
–Todo lo hace por instinto, pero los doctores me recomendaron que no lo dejara encerrarse en sí mismo... Que lo sacara cuanto pua porque un olor, un sonido, un detalle de cualquier tipo, una palabra en apariencia inocente puede ser el resorte que desencadene su recuperación.
–Oye, qué bien –opinó Guillermo Vizcaya, que no encontraba como ocultar su falta de sensibilidad ante la tragedia (para él muy merecida, por lo demás) de sus vecinos.
–¡Ay, ojalá, Ramona, mana, Dios mediante! –fervorizó sinceramente Iris Galíndez, sin mirar a su yerno.
Entonces, un repentino y desgarrador alarido vibró por debajo del anime del cielo raso:
–¡Suéltameeee!
Todos los presentes, de alguna manera, supieron que el grito lo había proferido la mujer embarazada, aunque no estuviera visible.
La estridencia y el terror que expresaba aquella súplica quedó flotando unos segundos y luego alcanzó a paralizar hasta a las moscas que habitaban el recinto.
El primero en reaccionar fue, naturalmente, el Inspector Vizcaya Salazar. Instinti-vamente empuñó su arma, la ocultó en la entrepierna y buscó con la mirada a su esposa..., pero entonces, desde un pasillo del fondo surgió una escena de película de horror para él: ¡Patricia seguía gritando con desgarrador frenesí en tanto era brutalmente arrastrada por los cabellos por el hijo de puta de la capucha que, pistola en mano, se dirigía con su rehén hacia la caja registradora con un aire suicida en la mirada!
–¡Nadie se mueva, nojoda, o esta puta se va a la mierda! –amenazó, y con esa resolución de los que nada tienen que perder (salvo su vida miserable) le puso el cañón del arma en la cabeza a la embarazada, que seguía chillando de terror, incapaz de razonar en el aporte que su incontrolada histeria agregaba al ánimo suicida del juvenil atracador.
–¡Al suelo, coño! ¡Al suelo todo el mundo!... ¡Y tú cállate, coño de tu madre mal parida, o te mato ya mismo, preñada de mierda, hija-de-puta!
Joao y los demás clientes levantaron las manos, demudados. Patricia, en crisis, con la mirada fija en su marido policía, se puso ambas manos en la boca y guardó silencio.
El Tiempo se hizo estático dentro del local.
El único a quien el episodio no parecía afectarle era al ex asesino eutanásico Hermes García: ajeno a la tragedia, seguía revolviendo con un dedo la mermelada del frasco que finalmente había conseguido destapar.
Guillermo Vizcaya, con mucha sangre fría y firme pulso, levantó su mano armada y apuntó al ladrón a la cabeza, y éste, al notarlo, apretó la suya contra la sien de Patricia, resteado.
–Chamo, escúchame –dijo el Inspector, suave y convincentemente–... Es una señora embarazada... No te compliques tu vida... Soy policía, pero voy a dejar que te lleves los reales y las prendas de todo el mundo, ¿estamos claros?
El muchacho, que (tal como sospechaba Joao) estaba bajo los efectos de psicotrópicos, lo miró con infinito e irracional odio. Su voz tenía el paroxismo de los suicidas:
–¡Suelta esa mierda, o la mato! ¡Suelta tu pistola, policía maricón! ¡SUÉLTALA, COÑO!
Pero Guillermo Vizcaya estaba acostumbrado a lidiar con estas situaciones. Con voz desprovista de emoción aconsejó:
–Cálmate, chamo. El policía soy yo, no tú. No te guíes por lo que ves en la televisión.
–¡Suelta esa mierda, coño'e tu madre, o la mato, nojoda!
–Llévate lo que quieras, pero no le hagas daño a la señora, pana, no te compliques la existencia.
Sonaba cada vez más persuasivo el Inspector Vizcaya:
–Si la sueltas, yo pongo mi arma en el piso y tú te llevas todo y arrancas tranquilo, ¿sí va?
Pero el joven forajido estaba ya al borde de la desesperación:
–¡Coño, suelta esa mierda, huevón, o mato a esta puta barrigona te dije!
–¡Okey, okey, okey, tranquilo, deja los nervios!... Cálmate... Mira, pongo mi arma en el piso... ¿Ves? Así... Pero mantén la calma, chamo...
Durante el ínterin, como el asaltante estaba descuidado y pendiente de las acciones del Inspector, el portugués Silveira aprovechó para sacar un revólver de la caja registradora y apuntarle:
–¡Suelta tu pistula tú, malandru cuñu de madre! –gritó, tembleque pero triunfal.
El caco se exasperó por completo; gritó, apuntando ora a Guillermo, ora al portugués, ora a Patricia:
–¡Pon esa mierda en el mostrador, portugués pajúo, rápido, rápido, coño, o la mato!
Joao no sabía qué hacer. Miró a Guillermo, que le habló serenamente.
–Haga lo que él dice, Joao..., por favor...
Pero el pobre comerciante, demasiado ofuscado como para decidirse, no hacía caso. La situación se había tornado tan insostenible que el joven drogadicto, sintiendo que aquello que en principio parecía un asalto sencillo y productivo se le estaba complicando demasiado, le puso el arma a Patricia en el hinchado vientre, dispuesto a todo:
–¡Por última vez, suelta esa mierda, maldito portugués –apostrofó–, o le disparo a esta coño de madre en la barriga y me importa un coño, dije!
La infeliz embarazada entró en incontrolable crisis y rompió fuen-te.
–¡Coño, suelta esa mierda te digo, portugués marico!
–¡Mi bebé! ¡Mi bebé! ¡Mi bebé! –gritaba Patricia de Vizcaya, desbordada ya de emociones y de fluidos.
Iris, Ramona y los demás clientes, que no habían tenido tiempo si-quiera de obedecer y tirarse al suelo, comenzaron a indignarse, y a gritar con furia su rebeldía.
Los penetrantes chillidos de Patricia alusivos a su bebé sembraron tal pavor en el descerebrado Hermes García que le hicieron reaccionar. Una horrible mueca le deformó aún más el pétreo rostro; miró la faz del malandro (que para él resplandecía, demoníaca y dragonesca) y comenzó a articular con fiereza lo que le dictaba su menguado cerebro:
–¡El dragón... matar al dragón... matar al dragón...!
Repetía torpemente la salmodia al tiempo que se le encimaba al asaltante arrastrando con dificultad la dormida mitad de su cuerpo. Al verlo tan cerca y tan agresivo, el delincuente giró su brazo armado y le disparó en la cabeza, distracción que aprovechó el policía para recuperar su arma del suelo y meterle dos tiros en el cuello al ladrón, matándolo en el acto.
Patricia no cesaba de gritar, de rodillas entre sus líquidos placentarios. Su marido acudió a socorrerla en tanto Ramona se ocupaba del suyo, que, boqueando, la miraba con una sonrisa en los ojos.
–¡Joao, llame a una ambulancia, rápido, por favor! –gritó el Inspector.
–El dragón... maté al dragón... Obedecí, maté al dragón –murmuraba el actor, agónico.
Guillermo se desesperó del todo:
–¡Suegra! ¡Señora García, por caridad, ayúdenme con Patricia...! ¡Está pariendo, coño...!
Pero Ramona estaba pendiente de su agonizante esposo, quien alargó la mano no paralizada para tocar su rostro y murmuró, con su último aliento:
–El bebé... sálvalo... el bebé... sálvalo...
Ramona lloraba en silencio. Patricia gemía y pujaba, en los azares del parto, auxiliada por su madre; el portugués y los otros tres clientes estaban inmovilizados ante la sangre del malhechor muerto y la agonía de Hermes García.
–¡Hermes, mi amor, no te mueras, no te mueras! –gemía la enfermera.
Guillermo Vizcaya Salazar trataba de parecer sereno ante la difícil situación:
–¡Por el amor de dios, enfermera García, atienda a Patricia, que ya viene la criatura! ¡Por favor! ¿No ve que no puede hacer ya nada por su esposo...?
XVI: la Despedida
“La muerte no es un fin,
sino un nuevo principio,
una transición a un estado
superior de conciencia.”
(Dra. en Psicología Elisabeth
Kluber-Ross, autora del libro
“Sobre la Muerte y los Moribundos”)
La bruja Guacaipura Carranza estaba a punto de concluir su acción de despojar a la obesa señora de sus maleficios cuando sintió un repentino encalambramiento de todos sus músculos. Se paralizó y se atoró con el humo del tabaco, pero la despojada no se dio cuenta de nada porque tenía los ojos cerrados, tal como se lo pidieran, para mayor efecto de la cura.
Con la sensación que tanto conocía de la inminencia de una aparición, Guacaipura giró la cabeza hacia la puerta del rancho, a tiempo para observar la materialización en el dintel de Hermes García humoso y espectral como ella le conocía, pero sin traje de etiqueta ahora. Un fulgor que le rodeaba, como un halo azulado, impedía distinguir bien sus vestidos.
Lucía tranquilo, aliviado, pensó Guacaipura.
Él se deslizó hacia ella, sonriente, y cuando habló su voz era vibrante y poderosa, pero calmada, equilibrados sus tonos.
“Tranquila, Guacaipura Carranza. Sólo he venido a despedirme, y a regalarte una reflexión. Piensa en esto, amiga: la parte de Dios que crees entender, está en los demás, pero la que no entiendes, está dentro de ti.”
Y sin más, la serena aparición se desvaneció.
La bruja no acertaba a despertar, tabaco en mano y un buche de caña todavía en la boca. La clienta obesa abrió los ojos, extrañada de la inmovilidad de la curandera, y ésta aprovechó para tragar y despedir a la mujer.
Rato más tarde, cuando meditaba en las extrañas palabras que el aparecido le dijera, oyó otra voz conocida que le hablaba desde el umbral del rancho:
–Guacaipura, mija, necesito que te pases más tardecita por la sacristía para que me ayudes con un caso raro que tengo allá, ¿oíste? –dijo, con entonación culpable y rostro un poco sofocado el Padre Ignacio Villamizar.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El sabio Amadeo Carranza estaba removiendo con una pala de madera los granos de cacao que se secaban al sol cuando tuvo un deslumbramiento repentino.
Se detuvo, cimbrado. Su hija Tamanaca, que lo vigilaba desde uno de los corre-dores de la hacienda en compañía de varios peones que se disponían a almorzar, vio como el viejo se paralizaba y luego extendía los brazos hacia delante, como para detectar algo.
Cuando escuchó la reposada voz de Hermes García, el profesor, psicólogo y psiquiatra no se sorprendió. La voz dijo, con dulzura:
“Maestro, he venido a regalarle un convencimiento, a usted, que se desvive por la sinrazón de las cosas imposibles. Y es el siguiente: el Bien y el Mal no son premios, ni castigos,... sino opciones.”
Al rato de estarlo observando, Tamanaca advirtió que, finalmente, el sabio salía de su inmovilidad y sonreía.
Un fulgor de satisfacción (de felicidad casi) le bañaba el rostro acanelado.
ΨΨΨΨΨΨΨ
Guillermina Vizcaya Salazar se revolvía en el lecho, inquieta, víctima de la misma pesadilla de siempre, al parecer.
Despertó con brusquedad.
Se sentó en la cama, turulata.
Miró hacia la puerta de la habitación a oscuras.
Y lo vio.
Luminiscente. Sereno y en paz, radiante la faz.
Se acercó al lecho. Sonrió. Y habló con ternura:
“Saludos, doctora. Esta vez mi viaje es más largo. Vine a dejarle una certeza. Escuche bien y no cuestione nunca más su propia capacidad de sacrificio ni pondere su falso cinismo: El amor, doctora, es como la fe, y como la muerte: no acepta ni impone preceptos, y como ellas, es impredecible, e inevitable.”
La visión se evaporó ante los ojos quietos y suspensos de Mina, quien, como antes Guacaipura, se sentía incapaz de reaccionar.
Su expresión de incomprensión lo decía todo.
Con movimientos crispados volvió a tenderse. Estaba ensimismada, y preocupantemente seria.
ΨΨΨΨΨΨΨ
El furioso y vital llanto del recién nacido ponía una nota desatinada, casi absurda en el ambiente trágico del supermercado de Joao de Silveira.
Sobre el piso (hartos ya de escándalo y atención) los rostros del actor teatral y del inmaduro delincuente tenían la rigidez cerosa de la muerte.
Un auténtico enjambre de vecinos, curiosos, periodistas y camarógrafos se arremolinaba frente a la puerta de la escena del hecho, y adentro había otro gentío compuesto de policías, bomberos, paramédicos, detectives de paisano, chivos policiales, familiares y amigos de los involucrados...
Ramona, la ahora viuda de García, terminó de amarrar con una cinta el cordón umbilical del recién nacido hijo de Patricia y Guillermo Vizcaya y se lo entregó a la llorosa madre, entre sus propias lágrimas por la muerte de su marido.
El detective de Homicidios Israel Maza entró al local con paso enérgico y abrazó a su amigo y jefe inmediato.
Guillermo, sonriente de emoción, le señaló al bebé.
En el mostrador, Joao obsequiaba licor de sidra en vasos de cartón, celebrando el desenlace casi feliz del suceso y comentaba que tal vez había sido mejor así para “el truncu de actur que era el señur Hermes.”
Iris Galíndez, la ufana abuela, aunque feliz porque su nieto, su hija y su yerno estaban a salvo, entremezclaba alguna lágrima de pesar por la muerte del compa-ñero actor. De súbito, se le ocurrió una idea. Habló con su hija, y ésta con el Inspector.
Guillermo estuvo de acuerdo, tras un momento de indecisión.
Tendió un vaso con sidra a la enfermera:
–Beba, señora García. Para los nervios.
–Gracias.
En ese momento los forenses autorizaban el levantamiento de los cuerpos del atracador encapuchado y de Hermes García, el asesino eutanásico.
Una nube nubló los ojos de la enfermera, acostumbrada a lidiar y a reprimir el dolor, pero el ajeno.
El Inspector Vizcaya, abrazado a su bebé, carraspeó:
–Mire, señora García, usted sabe que lamentamos muchísimo su pérdida y que agradecemos igualmente su valiosa ayuda para que el niño viniera al mundo con bien, y comprendemos... O tratamos de comprender su pena, y queremos...
Enmudeció y tosió fuerte, atorado e incómodo. Con gesto elocuente, extendió los brazos y ofreció su preciosa carga, la cual había cesado sus berridos de ensayo y estaba todavía envuelta en los trapos de coleto virgen que Joao se había apresurado a buscar obedeciendo la imperiosa orden de Ramona.
No le cabía la sonrisa en la cara al policía, ni la culpa:
–¿Le gustaría ser la madrina de bautizo?
La rolliza enfermera lo miró hondo; y luego a Patricia, a Iris, al bebé... No se decidía. De pronto, se le ocurrió pensar que, de alguna rara manera, la muerte de su esposo quizá no había sido en vano.
Sin que viniera a cuento, recordó cómo el pichón de actor que entonces era Hermes García la había enamorado en un baile de graduación de bachillerato cuando anunció (pomposa y fatuamente) que había ideado, en honor de ella, dos revolucionarios pasos de baile moderno. ¡Era embuste! No había ideado nada. Ni siquiera bailaba bien. Era pura desfachatez, loca fanfarronería... ¿Pero a qué mujer no le gusta que un enamorado invente (o diga que ha inventado) algo así en honor de su enamorada?
Un reconfortante sentimiento de paz y de solidaridad le hizo destellar la mirada. Sin decir palabra, extendió los brazos para cargar al nené.
Joao, que había asistido al pequeño drama del ofrecimiento del infante con el ánimo en suspenso, destapó, gozoso, tres botellas más de bebida espumante.
“¡Qué carayu! –pensó–. ¡Al supermercadu lu pueden vulver a asaltar mañana, peru nu tudus lus días nace un carajitu aquí!”
ΨΨΨΨΨΨΨ
El rumor de las olas, al desvanecerse mansamente en la arena de la playa, invitaba a la entrega, a la rendición, a la tregua definitiva,... pero las gaviotas, con sus chillidos hambrientos y destemplados, te obligaban a continuar.
Atardecía.
En alguna parte, alguien tocaba un violín con desesperante maestría.
Era una melodía cíngara, lánguida, tristísima, subterránea, visceral, primitiva.
La mujer, engalanada con un vaporoso traje de novia de larga cola y corona de flores de azahar, corría descalza por la solitaria orilla con el primoroso ramo nupcial apoyado en un brazo (cosa rara: el traje parecía ser impermeable; el agua no lo penetraba).
Se reconoció: era ella, Mina. Tenía los ojos arrasados en llanto y parecía buscar a alguien con desesperación.
Se detuvo, exhausta. Se hincó en la arena, vencida, llorosa.
El violín comenzó a subir la nota que prolongaba, en un interminable y terrífico calderón.
Mina arrojó las flores al agua, y las olas, golosas, ávidas, casi desesperadas, se las tragaron.
El llanto silencioso y rendido de la buena moza novia estremecía el paisaje de ensueño.
De golpe, sintió un contacto en su mano.
El violín agotó su nota moribunda y comenzó alegremente un popurrí de ritmos tropicales.
Entonces, Mina abrió los bellos ojos verde-mar lentamente, con precaución.
Un hombre alto y fornido, no totalmente parecido a Adrián Herrera pero sí semejante, muy apuesto, de aristocrático porte y finas maneras, vestido con riguroso esmoquin negro y de cabello engominado peinado hacia atrás a lo Carlos Gardel tenía en su mano las flores que ella botara al mar y se las ofrecía con una mirada profunda y llena de promesas.
Fascinada, enamorada, excitada, se levantó, con su mano prisionera entre la de él.
El violín (que alguien en alguna parte tocaba) inesperadamente comenzó a desgranar unos compases oscuros, turbadores, premonitorios. Mina no hizo caso. Acercó su rostro al del galán y cerró los ojos, esperando el beso presentido.
Sintió un aliento fétido y los abrió: casi como recónditamente esperaba, el apuesto mozo, con la boca abierta y los ojos repentinamente salpicados de sangre, le mostraba dos magníficos colmillos de vampiro.
Mina Vizcaya Salazar lanzó un grito de pavor..., y despertó, convulsa.
Encendió la luz a toda prisa.
“¡Qué buena vaina otra vez!”, sentenció, entre frustrada, excitada y furiosa, al darse cabal cuenta de que sufría, de nuevo, una variación de la periódica pesadilla del monstruo creado por Bram Stocker.
Se quedó pensativa, sin saber qué más hacer o decir.
“¿Estaré ya tan al borde de mi pánico a la soledad, que sería capaz de casarme con cualquier clase de engendro? ¿Ese es el umbral desde el cual arrancan estas pesadillas horribles y estúpidas? ¿Quedé tan dolorosamente traumada por mis dos divorcios, por mi incapacidad de parir y por la mal disfrazada mariconería de Adrián Herrera como para buscar refugio elusivo y cobarde en la irrealidad? ¿Emanan de mi lado más oscuro estas manifestaciones o advertencias del subconsciente, o será otra criatura rara que quiere comunicarse?”, reflexionó durante largo rato, realmente preocupada.
De golpe se le ocurrió una humorada:
–¡Bueno, al menos éste es un vampiro nuevo, apuesto y sexy, y no el mata-viejitos todo enrollado y desmemoriado!
Suspiró, resignada, y recordó lo que le dijo el asesino eutanásico (en su última aparición) sobre la absoluta independencia del amor, de la fe y de la muerte...
Pensó que, viéndolo bien, nadie le podía quitar lo bailado, y que le quedaban muchísimos bailes más, Dios mediante...
¡Entonces, se echó a reír con sabrosas carcajadas que evidenciaban su carácter irredimiblemente irreverente y al mismo tiempo su profundo respeto a la maravillosa circunstancia o azar que hacía posible el milagro de la vida!
ΨΨΨΨΨΨΨ
El árbol era el mismo, pero las ramas vivientes, de verdes que fueran, ahora amarilleaban de blancura.
No había tanta variedad de tonos y colores como la vez anterior, porque todo el paisaje tendía a alborear, como si estuviese amaneciendo.
Hermes García sentíase flotar, aunque no era ésa exactamente la sensación que experimentaba; más bien se parecía a caer, a descender, a deslizarse, por más que permaneciera en el mismo lugar, frente al árbol.
La lanza de luz hizo su aparición frente a él, y la sintió cálida, amorosa.
Sin poder definir con certeza qué sentía (porque era muy difícil analizar en el momento sus sentimientos, si es que eran sentimientos), observó cómo alrededor de la luz azulada comenzaban a vislumbrarse y a confundirse unos con otros, tremendamente vivos (como si fuese una pantalla de televisión sin bordes ni márgenes ni puntos oscuros) los rostros de sus víctimas, comenzando por Berta Barazarte, la última... También emergió el de su madre, la primera persona a quien él, Hermes, había ayudado a partir al otro lado desenchufando los cables que la amarraban a la humillación... Luego surgió la faz de su padre, luminosa y perdonadora, indulgente y comprensiva.
La voz bienhechora y energética de Berta Barazarte resonó en su cabeza:
–Bienvenido.
–Gracias. ¿Me dirás ahora tu nombre?
–Los nombres propios despersonalizan, hermano. Confórmate con conocer que ya estás donde te corresponde.
–¿Esta vez es... definitivo?
–Esa palabra es... insustancial aquí. Ven, acompáñanos.
Hermes García sintió que descansaba entre nubes de espuma.
Quiso cerrar los ojos, pero entonces notó, sin asombro, que allí nada se abría o se cerraba. Todo era.
Supo que él no era de humo, sino de energía pura.
Supo que estaba en casa.
FIN

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