NOCHES DE RONDA (amores radiales)








NOCHES DE RONDA

 
Cuando no existían televisión, celulares ni internet, la Radio era el entretenimiento mayor. ¿Quiénes hacían los Radioteatros, cómo se grababa una Radionovela? ¿Contribuyó la Radio al derrocamiento, por una insurrección popular, del gobierno democrático del general Isaías Medina Angarita? ¡Descúbralo en esta historia de intrigas políticas y amores radiales que comienza la víspera del golpe al Presidente por los militares de Marcos Pérez Jiménez y los civiles de Rómulo Betancourt y concluye tres años después, el día de la investidura como Primer Magistrado del novelista Rómulo Gallegos, mucho de ello visto y narrado desde los estudios y micrófonos de uno de los más populares circuitos radiales de Venezuela!









NOCHES DE RONDA
 
 
 
(amores radiales)
 
 
 
 
 

YANKO DURÁN








A mis queridos Compañeros 

de (lo que fueron)

Radio Visión,

Radio Continente 

y Radio Rumbos  






OTRA PUBLICACIÓN DE



Enero – 2012
 
Hecho el Depósito de Ley:
 
Ifi25220138002219 
 
ISBN: 978-980-12-6708-9
 
Licencia SAFECREATIVE
 
(Todos los Derechos Reservados)






              NOTA: 

 

Esta novela es una ficción concebida

en base a los hechos acontecidos en 

Venezuela entre Octubre de 1945 y 

Enero de 1948.

Es también un tributo a todos los

profesionales con quienes tuve el 

privilegio de compartir micrófono 

(la mayoría de los cuales, aunque

ya eran mayores, conservaban casi

místicamente en la mirada y en el

espíritu la añoranza por esa era de

esplendor del divertimento nacional

por antonomasia de aquellos 

dorados años: La Radio).

Los lugares son reales. 

También muchos de los personajes,

harto conocidos.   

                                                                    El Autor 










 
ÍNDICE:                          
 
1: Los Golpeados
 
2: Antecedentes
 
3: Una Radionovela
 
4: Cumbre Presidencial  
 
5: Los Gandoleros
 
6: ¡Hoy no hay Comedia!  
 
7: ¡Suspendidas las Garantías! 
 
8: ¡Esto se Acabó!    
 
9: Los Decretos   
 
10: El Drama de Carmen    
 
11: Variadito, como el País  
 
12: Gardel en Venezuela  
 
13: Poblete y Torrijos   
 
14: Como en un Tango   
 
15: ¡Más Drama!  
 
16: Lo que trajo la Lluvia 
 
17: Llueve y Escampa  
 
18: Verdad-es   
 
19: Simón   
 
20: Plegarias y Cuentos  
 
21: Rompimientos     
 
22: ¡Noche de Ronda!  
     
 El Autor 
 





NOCHES DE RONDA
(amores radiales)
 





(“Para que lo que se escribe
  
 pueda denominarse literatura,
  
debe producir en el lector un
  
placer no sólo por lo que se dijo,
  
sino por la manera de decirlo.”
  
Stopford Brooke) 




I:
LOS GOLPEADOS


El Jueves 18 de Octubre, a media mañana, el Ministro del Interior, Arturo Uslar Pietri, se dispuso a salir de su residencia rumbo al Palacio de Miraflores, luego de efectuar algunas llamadas por teléfono tratando de averiguar lo propuesto por el Presidente la noche anterior con respecto a la carta fantasma. 
Cuando salía rumbo al garaje donde le esperaba el chofer, una de las muchachas de servicio vino corriendo a avisarle, con tono escandaloso:
¡Doctor, doctor, lo llaman por teléfono! ¡Dijeron que era urgente!
¿Quién es? –preguntó el escritor, acostumbrado al dramatismo de la sirvienta.
¡Un amigo suyo, doctor, del gobierno!
¿Y no dijo su nombre, Úrsula? –volvió a preguntar, retornando a la casa en pos de la criada.
¡Sí lo dijo, pero en la carrera por venir a avisarle antes que se fuera se me olvidó, doctor, perdone!
No importa, Úrsula, no se preocupe –tranquilizó el patrón a la negrita, que peló los dientes, avergonzada, y se fue a la cocina con paso rápido en tanto el Doctor en Ciencias Políticas, ex Ministro de Educación, ex Secretario de la Presidencia de la República, ex Ministro de Hacienda y actual Ministro de Relaciones Interiores recogió la bocina de marfil del vistoso teléfono, colgada verticalmente.
¿Aló, sí, quién llama…?
Una voz masculina, tensa pero bien conocida, le intranquilizó:
¿Alo, Arturo…? Es Pedro.
Buen día. ¿Qué ocurre, chico? Iba saliendo para Miraflores.
Para eso te llamo, vale. ¡La vaina como que está prendida por los lados del Cuartel San Carlos! –dijo con tono alarmado Pedro Sotillo, el Secretario de la Presidencia.
¿Cómo es eso?
Guá, vale, que se alzó ese Cuartel, pero no sé más nada. Yo voy saliendo para el Palacio. ¿Quieres que te pase recogiendo?
No, no, muchas gracias, Pedro, no hace falta. Nos vemos en Miraflores dentro de un rato.
Bueno, chico, adiós, y estate ojo avizor.
Claro, vale, cuídate tú también –recomendó, y colgó.
Una arruga de preocupación apareció en su frente despejada, y por espacio de varios minu­tos meditó en la acción a seguir que fuese más conveniente. Después, ya decidido, llamó, pre­suroso pero calmado:
Úrsula, tenga la bondad de traerme la llave del mueble de las armas. 

♫♫♫

¡General Celis Paredes, hay que suspender las Garantías, de inmediato!
¡Sí, señor Presidente! ¿Qué quiere que hagamos?
Primero, ya le ordené al Mayor Ochoa Briceño que no se le vaya a ocurrir atacar el edificio de la Escuela Militar de La Planicie con la policía sin orden expresa mía, por más que sepamos que ahí está el comando de la rebelión.
¡Pero mi general, desde allá nos disparan con todo lo que tienen!
¡Aunque así sea! Repito que yo no voy a masacrar a muchachos inocentes que a lo mejor ni saben de las intenciones de los alzados, ¿oíste, Celis?; y segundo, mándame a reunir en el Palacio Federal Legislativo a todos tus compañeros de Gabinete, estén donde estén, para celebrar Consejo de Ministros.
Como usted ordene, señor Presidente. ¡Capitán Riverol!
Espérate un momento, Celis –recapacitó rápido el General Medina, mirando fijamente a su Ministro de Fomento.
El Presidente vestía fino traje gris y sombrero negro; Celis Paredes tenía puesta una chaqueta de cuero y pantalón de gabardina negra.
Sabemos que el Cuartel de la Guardia de Honor Presidencial en la entrada del Palacio de Miraflores está tomado por los insurgentes porque el propio Capitán Nucete se hizo el sordo y no me abrió la reja hace un rato cuando quise ir hasta mi Despacho; él como que cree que uno es pendejo; ese debe estar en connivencia con el Mayor Celestino Velasco, que siempre ha sido resabiado y es el Comandante del Cuartel –dijo Medina de un tirón, y luego, adusto–: ¿Tú sabes cómo es la cosa, Celis?, que necesitamos tomar medidas urgentes, pero ya, antes que esta vaina se nos vaya de las manos... Voy a instalar el comando de operaciones aquí.
¿Aquí en San Martín, Presidente?
Sí, chico, aquí mismo en el Cuartel Ambrosio Plaza.
Bueno, Presidente, pero...
¿Pero qué, chico? ¿No estás de acuerdo?
Sí, sí, mi general –asintió Celis, nervioso–, pero déjeme decirle que me acaban de informar la novedad de que en el Palacio de Miraflores hay un gentío preso por los insurgentes, y a lo mejor usted no lo sabe; entre ellos varios de mis colegas del gabinete...
¿Cómo es eso? ¿Qué Ministros míos están presos allá?
Mire, mi general cuando varios funcionarios del gobierno se enteraron de los enfrentamientos en los cuarteles alzados, o sea, el San Carlos y el Bermúdez de La Planta, se dirigieron al Palacio de Miraflores a brindarle su apoyo a usted y fue cuando los detuvieron los alzaos a medida que llegaban sin que pudieran...
¡Pero quiénes son, chico! –se impacientó Medina.
Hay muchos, Señor Presidente, pero le puedo nombrar a los ministros Uslar Pietri y Pedro Sotillo; también Monseñor Pellín, Enrique Tejera, Jóvito Villalba, Alirio Ugarte Pelayo, Mario Briceño Iragorry, el general López Contreras, que acudió también a solidarizarse con usted y lo...
¿El General López también?... ¡Y nosotros que pensábamos que él estaba detrás de este relajo! ¡Qué buena vaina, Celis!
Sí, señor; le repito que todos iban a respaldar al gobierno y están presos en varios lugares del Palacio; también le informo, Presidente, que aquí en el Ambrosio Plaza permanecen encerrados desde esta madrugada tres de los cabecillas del movimiento subversivo, según acabo de saber por boca de...
¿Quiénes son esos cabecillas?
Los mayores Julio César Vargas y Marcos Pérez Jiménez y el teniente Horacio López Conde.
¡Grandísimos ingratos, traidores! –gritó el Presidente sin poder contenerse, pero de inmediato recobró el control de sus nervios–. Ajá. Has que redoblen su vigilancia, por si acaso. Mira, ¿y quién comanda este golpe ahí en la Escuela Militar de La Planicie entonces, chico?
Carlos Delgado Chalbaud y Mario Vargas, Presidente, a según me...
¡Grandes carajos! ¡Ingratos! ¡Es que de gente como esa, mal agradecida, está sembrado el camino del infierno, carajo! –y miró al ministro–: ¿No he favorecido yo con especial consideración a esos dos muérganos, Celis, dime tú?
Así es, mi general. Me consta.
Cuerda de desagradecidos, canallas es lo que son –y volvió a recobrar la serenidad–. Mira, ¿se sabe ya dónde está el Ministro de Guerra?
El Coronel Delfín Becerra se reportó hace poco; ya viene para acá, Presidente.
¿Y hemos tenido comunicación con Maracay?
No, mi general. No se sabe si la guarnición es nuestra o de ellos –dijo, inquieto–. Y le informo que los rebeldes trataron de tomar las instalaciones del Telégrafo, pero la policía lo impidió... ¿Mandamos a encadenar las emisoras para que usted se dirija a la nación, mi general?
No, chico, todavía no; no hay por qué alarmar al país entero más de lo necesario por unos revoltosos en Caracas. Mira, vamos a hacer una vaina mejor: tráete a los demás Ministros para acá para el Cuartel y emitimos el Decreto de Suspensión de Garantías desde aquí.
¡A la orden, Presidente!




II:
ANTECEDENTES


¡No, no, no; sea por Dios! ¡Es que esta varilla no se puede aguantar más, muchachones!–protestó el Mayor Marcos Evangelista Pérez Jiménez con el característico acento de su Táchira natal–. ¿Cómo les parece que sea posible que un simple chofer de bus gane más que un oficial del ejército, como dice a cada rato el periódico con mucha razón, ah? ¿Dónde se ha visto semejante exabrupto?
¿Qué periódico dice eso, Marcos? –preguntó el Capitán Mario Ricardo Vargas Cárdenas, con un cigarrillo en la boca.
¿Y es que usted no lee, Mario? –regañó Pérez, que era mediano de estatura y relleno de carnes, cráneo de calvicie ya galopante y gruesos anteojos de pasta detrás de cuyos cristales chispeaban sus astutas pupilas–. ¿Qué periódico va a ser? ¡La Esfera, pues!
Ajá –confirmó, reflexivo, el hombre alto y flaco, Mayor Carlos Delgado Chalbaud, con un vaso de escocés en la mano del cual bebía largos sorbos, saboreándose–. Hay que darle un parao a esta situación, como dices tú, Marcos. Quiero que sepan que yo ya tengo convencido a medio mundo, de Mayores para abajo.
¿Cómo cuántos tienes tú? –indagó el Capitán Vargas–. Porque entre mi hermano Julio César y yo hemos palabreado como a cuarenta, entre oficiales y suboficiales.
Ya sabemos que tenemos más de cien –cortó Pérez Jiménez, práctico–; lo importante, lo verdaderamente significativo es que no se vayan a echar para atrás a la hora de la verdad, cuando empiece a zumbar el plomo, ¿sí me entienden?
Los tres jóvenes oficiales conspiradores integrantes de la Unión Patriótica Militar (socie-dad o logia activada a principios del año 1945 con el propósito de lograr, por cualquier vía, las reivindicaciones militares que sus miembros creían justas y necesarias) estaban reunidos en la habitación de Marcos Pérez Jiménez en la Escuela Militar de Venezuela, el jueves 11 de Octubre del año 45, al anochecer, luego de haber asistido a su día de clases.
Sí; Marcos tiene razón; yo tengo a los míos dispuestos –insistió Vargas.
Pérez Jiménez se quitó los lentes y los limpió con un pañuelito de pana amarilla (los tres oficiales usaban gafas). La calva le brilló al resplandor del ocaso naranja que se colaba por una de las ventanas de su habitación de La Planicie. Con sus grandes ojos miopes miró a sus compañeros de armas alternativamente y luego soltó, con estudiado énfasis:
Yo hablé esta mañana temprano con el hombre.
¿Ah sí? ¡Cuenta! –saltaron los otros, flanqueándolo–. ¿Qué dijo, qué te recomendó?
Que sigamos esperando el mejor momento, pero que no puede pasar de la semana que viene. Me informó que el miércoles 17 en la noche él y su gente tienen un mitin en el Nuevo Circo; que después de eso, cuando nosotros lo creamos conveniente, actuemos con todos nuestros recursos.
Pero ellos nos van a apoyar, los civiles, ¿no? –replicó Vargas–; porque si no, tampoco les vamos a regalar esa guanábana madurita.
Sí, sí; dijo que después que estallara el rebullicio ellos salían para la calle con su gente a buscar las armas que nosotros vamos a facilitarles para combatir al gobierno.
Huumm –hizo Delgado Chalbaud, desconfiado, y volvió a beber–... Rómulo Betancourt es una lanza tirada, como dicen en el llano. Hay que andar ojo pelao y alertas con ese in-dividuo, muchachos.
Yo sé que Betancourt es un gran carajo –confirmó, con su hablar cantadito, Pérez Jiménez–, pero hay que tirar la parada con él. Ya estamos en el burro y hay que arrear, compañeros –afirmó, y después, con una sonrisita indescifrable–. Dame un michito a mí, Carlos.
♫♫♫

¿Y a ti te parece conveniente apoyarlos de una vez, chico? –preguntó Raúl Leoni con aire de preocupación, y se pellizcó el mentón.
Guá, claro, Raúl. Y si no, ¿hasta cuándo vamos a seguir esperando, vale? –contestó, rotundo, Rómulo Betancourt con su voz nasal y encendiendo su infaltable pipa–. La Unión Militar tiene razón: esta vaina es inaguantable. Medina no quiere servir para un carajo; está empeñao en que el suyo es un gobierno democrático, cuando apenas llegará a tímidamente liberal, si acaso.
¡Pero él y los suyos dicen que son más vanguardistas que Reverón con la luz, vale! –tronó Leoni de nuevo–. ¡Con el cuento ese de que propició en abril la reforma constitucional que le otorgó voto a los analfabetos mayores de 21 años para elegir diputados y a las mujeres para elegir los miembros de los Concejos Municipales cree que es Catón ligado con Licurgo, no me joroben!
Menos mal que le faltaron las bolas para impulsar la innovación de elegir al Presidente por voto popular, porque de hacerlo nos hubiera zumbao por un precipicio –subrayó Betancourt, y luego, otra vez con tono encendido–: Todavía insiste en imponer ajuro a Ángel Biaggini como el candidato de la Unidad Nacional, ¡no jodas!, un carajo cuyo único mérito es ser tachirense también, como casi todos ellos... ¿No te parece, Gonzalo?
No, y no es nada –empató, vehemente, Leoni, sin esperar a que el otro contestara, ajustándose los anteojos (los tres políticos usaban anteojos y trajes oscuros; sus sombreros estaban sobre el escritorio)–; ahora Biaggini “dizque es del pueblo”, y se la pasan sacándolo en los periódicos besando carajitos y viejas, un individuo que es tamaño latifundista, de quien dicen que tiene más rial que un torero español, no friegue.
Es que no hay forma ni manera de que en el PDV entiendan que este país quiere cambios profundos, quiere elegir a sus gobernantes desde la base, que es el pueblo llano –insistió Betancourt.
¡Estos grandísimos carajos juran que esto que nosotros exigimos es arbitrario e inconstitucional! –se quejó Leoni, enrojeciendo.
No te sulfures, Raúl, no seas pendejo –aconsejó el de la pipa–. Ya nosotros, como organización política, fijamos bien clara en la prensa nacional nuestra posición al respecto, con las advertencias del caso.
El gobierno dijo que eran amenazas descaradas, Rómulo –murmuró Leoni.
¡Que digan lo que les dé la gana, chico! –saltó ahora Betancourt envuelto en una nube de oloroso humo–. ¡Más claro no canta un gallo! ¿No le propusimos al zoquete de Medina que en enero del año que viene el Congreso elija un presidente provisional, respaldado por todas las fuerzas políticas, para que allane el camino a las votaciones directas y secretas? ¿Qué más quieren?... Te repito que ante el país está claro que en Acción Democrática no queremos soluciones de violencia, pero... ¡el que tenga oídos que oiga, como dijo el otro!
El otro no, chico; como dijo Cristo –sonrió Leoni.
¿Qué dices tú, Gonzalo? –volvió a preguntar el guatireño, volviéndose a mirar a quien no había dicho una sola palabra.
Gonzalo Barrios juntó sus manos a la altura de la panza y miró a sus dos amigos sin responder enseguida. Estaban sentados en el interior del bufete que los dos abogados (Barrios y Leoni) mantenían en la parroquia Altagracia, en la zona central de Caracas.
El gobierno está metido en un berenjenal –contestó al fin Barrios, y sonrió–: Esos carajitos, los oficialitos, están desesperados y arrechos, con mucha razón por lo demás, con López Contreras, con Medina y con todos los viejos generales y coroneles que no los dejan ascender, temerosos de que los desplacen –la sonrisa del astuto abogado y político se ensanchó–. ¡Hay que aprovechar la coyuntura, caballeros!
¡Estoy de acuerdo! –dijo Betancourt, incorporándose y poniéndose el sombrero–. Vamos a celebrar con unas arepitas ahí en la esquina.

♫♫♫

¿Y tú qué opinas de esta esquelita, Arturo...? –preguntó el poeta Pedro Sotillo, Secretario de la Presidencia de la República, mirando con rostro tenso a Uslar Pietri, su compañero de gabinete.
Mira, Pedro, a mí me parece que hay que actuar con mucho tino. Hay acusaciones concretas y nombres con sus apellidos en ese anónimo –acotó en tono sereno el caraqueño, actual Ministro de Relaciones Interiores y fundador en el año 43 junto con el Presidente Medina y una larga lista de intelectuales venezolanos del PDV (Partido Democrático Venezolano).
¿Y usted, Presidente? –preguntó Sotillo con tono agrio, agresivo.
El Primer Mandatario, sentado tras su enorme escritorio de caoba pulida, parecía absorto, la vista fija en la carta que tan misteriosamente había aparecido en el Despacho Presidencial.
Los tres hombres vestían trajes oscuros, pero Medina tenía un poco floja su corbata.
Al notar sobre sí las miradas de sus dos Consejeros, reaccionó:
¿No acuartelamos las tropas entonces, Uslar? –repreguntó.
Yo creo que sí, Presidente, y cuanto antes, mejor, pero sin aspavientos ni declaraciones a la prensa –recomendó el espigado y ya cuarentón cuentista y novelista, con las manos en los bolsillos del pantalón.
¡Y has que encierren, preventivamente, a los hermanos Mario y Julio César Vargas, a Delgado Chalbaud, a Pérez Jiménez y a los otros cuatro que nombra ahí el fulano amigo leal ese! –dijo, vehemente, Sotillo, quien era conocido desde muchacho del General Medina.
En silencio, siempre meditabundo, Medina Angarita se incorporó y con las manos a la espalda y el papel delator entre los dedos se paseó por la amplia estancia ejecutiva del Palacio de Miraflores, sede oficial del gobierno central de la nación venezolana desde 1904, año cuando el Presidente Cipriano Castro abandonó la Casa Amarilla, frente a la Plaza Bolívar, desde uno de cuyos balcones del segundo piso hubo de saltar durante el terremoto del 28 de Octubre de 1900, y se mudó a la fastuosa residencia que Joaquín Crespo mandó a construir, de fábrica antisísmica.
El general detuvo su caminar frente al gran ventanal y se quedó mirando la silueta que la luna recién nacida componía contra la mole del cerro guardián de Caracas.
Como ustedes bien saben, soy un militar de sentimientos republicanos –dijo, con voz cargada de emoción–. La crítica ponzoñosa, la cizaña, no me afecta gran cosa. ¿No dijeron, cuando fui Ministro, que era, igual que Perón, admirador de Mussolini y que tenía un retrato suyo en mi despacho? ¿No dicen ahora Betancourt y sus amigotes de la prensa oposicionista que me la paso borracho en el Longchamps, que soy corrupto, mujeriego y no sé cuántas barbaridades más? Yo no puedo, ni quiero, poner preso a todo el que hable mal de mi persona, porque creo profundamente en la libertad de pensamiento. Soy un hombre de criterio liberal y un demócrata de corazón, y a ustedes les consta.
Uslar y Sotillo asintieron y se miraron, inquietos. Aunque el Presidente era hombre cultivado e inteligente, pocas veces explicaba sus pensamientos tan ampliamente o justificaba sus acciones, y menos en una situación política tan delicada como la que se vivía en el país merced a dimes y diretes que corrían incesantemente hora tras hora en los últimos días, cual si el Palacio de Miraflores fuese una corte imperial renacentista.
Ciertamente, en un fragmento de su mensaje al Congreso Nacional este año 45, meses antes de estos sucesos de Octubre, el Presidente Medina reconoció y advirtió lo precario del sistema de gobierno inaugurado en el país por Eleazar López Contreras y continuado por él después de los afrentosos 27 años de dictadura de Juan Vicente Gómez: “La Democracia venezolana no es todavía lo suficientemente fuerte para que pueda ignorar a sus enemigos, a todos los agentes de turbias fuerzas que no pueden resignarse a que el país se rija por el interés de la mayoría y no por el de unos cuantos privilegiados que fingen considerar subversivo y peligroso todo orden social que no sea el de amos y esclavos.
Con una nueva y reflexiva mirada a la carta misteriosa, prosiguió, como si sus pensamientos estuvieran en otra parte:
Jamás olvido la anécdota aquella del general Carlos Soublette cuando era Presidente, hace más de cien años, y un actor representó en el teatro un juguete cómico en el cual se burlaba de su persona y de la majestad presidencial, y él lo llamó a su presencia e hizo que el humorista le leyera la cuestión y cuando terminó le dijo sonriente algo así como “muy simpática la pieza, señor, y las burlas hacia mi persona no son tan fuertes; de todos modos, déjeme decirle una cosa: Venezuela no se perderá porque un ciudadano se burle del Presidente; se perderá porque el Presidente se burle de sus conciudadanos”... ¿No es así el cuento, Uslar?
Por ahí va la cosa, Presidente –sonrió, preocupado, el Ministro del Interior.
En fin, señores; lo he dicho muchas veces y lo voy a repetir ahora: me enorgullece que bajo mi gobierno no haya ni un preso político ni un desterrado, ¡y este papelucho no hará cambiar eso!
¡Pero Isaías, chico, no parecen vainas tuyas! –saltó Sotillo con abierta desesperación, usando su habla gruesa–. ¡En ese papel del carajo dijo que se planea un atentado contra ti y que la guardia presidencial está complicada, vale!... ¡Tienes que tomar en cuenta las actuales circunstancias políticas del país, no juegue! ¡No se te olvide la confidencia del subteniente Cimarra en la fiesta de la semana pasada sobre un posible complot militar, y ahora esta vaina!
El Presidente lo miró sin decir nada. Sotillo intentó una falsa humorada:
¡Isaías, tú no puedes darte el lujo de hacer como Julio César, que ignoró los avisos de su asesinato durante los idus de marzo...! ¡No peques de bolsa, Presidente!



III:
UNA RADIONOVELA
A continuación, Ondas Populares, presente siempre en todos los hogares, cuando son exactamente las 7 y 45 minutos de la noche de hoy miércoles 17 de Octubre de 1945, se complace en presentar el primer capítulo de su nueva y estelar radionovela: ¡La Loca Luz Caraballo!
Así perifoneó, de pie ante su micrófono, con voz ronca y una mano sobre su oreja izquierda el hombre de guayabera verde dentro del espacioso recinto insonorizado.
Prosiguió, con tono feriado:
Inspirada en el sentido poema homónimo de don Andrés Eloy Blanco, escrita y dirigida por David Bocaranda Sucre, interpretada por un elenco de primera línea encabezado por Liliana Conde y Luis Mistral, narrada y producida por Saturnino Solórzano Salas, “el Triple Ese”, quien les habla, y radiada por una gentileza del Almacén Americano...
El locutor consultó el racimo de hojas de papel color ocre engrapadas por la parte superior y miró al hombre de lentes que desde la sala de los controles y a través del grueso cristal le señalaba que aguardara.
El Director hizo entonces una muda llamada de atención a los demás intérpretes presentes en el estudio y al técnico de los efectos especiales. Todos estaban pendientes de sus respectivos libretos, en derredor de otro micrófono multidireccional que colgaba del cielo raso.
Vamos, Chuy, tírala ya, ¿oíste? –le dijo al Operador el Autor-Director del Radioteatro, David Bocaranda Sucre, un cincuentón de canas en las sienes, nariz prominente y lentes culo de botella.
Chuy, el técnico, obedeció y puso en marcha, con enérgicos movimientos, los dos platos que reproducirían los discos con la música seleccionada previamente y los efectos de sonido que no podían hacerse en vivo. Saturnino Solórzano Salas, el Productor y Narrador del espacio, entrecerró los párpados y al tiempo que un angelical coro de voces y un ruido de viento fuerte que le mandaban de la cabina le acompañaba por lo bajo y el director le autorizaba, relató así, con voz profunda y resonante, posando sus ojos en el papel:
Desde cuando soplaban otros vientos...,
desde cuando el mundo conservaba vigentes sus equilibrios ecológicos, existen estos riscos, estos paisajes infinitos, estos páramos nuestros...
Una música andina merideña instrumental remplazó los coros y Saturnino, con estudiado dramatismo, enfatizó:
Aquí, entre los desfiladeros y los farallones, entre las profundas gargantas y las barbas de nieve de los picos andinos, nació, hace tiempo ya, la leyenda que el poeta cumanés aprisionó en su lira para luego hechizarnos con el señuelo del verso popular...
Y la voz se volvió finita, se transformó en flauta dulce y doliente para declamar:
Los deditos de tus manos,
los deditos de tus pies:
uno, dos, tres, cuatro, cinco,
seis, siete, ocho, nueve, diez...
De Chapopo a Apartaderos
caminas, Luz Caraballo,
con violeticas de mayo,
con carneritos de enero;
inviernos del ventisquero,
farallón de los veranos,
con fríos cordilleranos,
con riscos y ajetreos,
se te van poniendo feos
los deditos de tus manos...
Obedeciendo una nueva orden de Bocaranda Sucre, la música subió de nivel y luego se esfumó, gradualmente. Otro enérgico gesto del hombre de las sienes plateadas hizo que, dentro del estudio, el corpulento encargado de los efectos especiales tomara dos mitades de un coco seco y golpeándolas rítmicamente dentro de un cajón lleno de tierra las hiciera resonar como los cascos de una bestia al paso.
Después, uno de los protagonistas, colocado como a un metro del micro, lanzó un estentóreo llamado:
¡Ah, Caraballo!... ¡Caraballoooo!
Tras una ligera pausa, retornó el narrador:
La voz, gruesa, altanera, mandona, se filtra por entre las rendijas del rancho, se encarama sobre los techos buscando destinatario, y luego escapa hacia la montaña, frustrada... El caballo que ha traído al Juez Eberto Sulbarán, Autoridad indiscutida del caserío Laguna Encantada, entre las vecindades de Chapopo y Apartaderos, en los Andes merideños, luego de trasponer la empinada cuesta, resopla, sudoroso.
Al mismo tiempo que el narrador mencionaba la acción, el de los efectos especiales en el estudio (José González, a quien todos apodaban Camión por su tamaño y mole gigantescos) acercó su boca al micrófono que estaba sobre el cajón de tierra e imitó el bufar de un corcel.
Su dueño tiende en derredor la mirada de ave de rapiña, buscando:
Mire, pues; si hasta el viento se aquietó. No se oye un alma... ¿Habré hecho el viaje en balde?
El relator pasó a describir al personaje masculino, que, sea dicho de paso, no tenía absolutamente ningún parecido físico con Luis Mistral, el actor que lo estaba encarnando:
El Juez Eberto Sulbarán, bigotón, canoso, gordo, sombrerudo, con casaca militar de grado indeterminado, echa pie a tierra mientras maquinalmente acaricia la culata del revólver que desde la ancha cintura pregona su poderío.
Ya Camión había abandonado los cocos-cascos y ahora imitaba con una de sus manos, en otro compartimiento del cajón de tierra, los pasos del juez sobre la supuesta grava de la entrada del rancho; luego hizo como si éste estuviera llamando a la puerta, golpeando sobre una de las hojas de madera del escaparate donde guardaba los artilugios de su mágico oficio.
¡Ah, Caraballooo... soy yo, el doctor Sulbarán! ¿Estás por ahí…?
Se escuchó un chirriar de goznes sin aceitar que Camión hizo sonar abriendo y cerrando una especie de enorme tijereta de madera. La actriz protagonista de la comedia miró al director, esperando su señal, como a 60 centímetros del micrófono.
Cuando Bocaranda Sucre la apuntó con su dedo índice, ella dijo, impostando:
Ajá, buenas... No, él no está... ¿Qué se le ofrece por estas soledades, doctor?
¡Ah, caramba! ¡Mire, pues: si es la doñita Luz de Caraballo!
Un brillo lujurioso ilumina los ojos grises de Eberto Sulbarán al contemplar en el marco de la puerta de la choza la silueta curvilínea, sensual y provocadora de Luz María de Caraballo, ataviada con una larga bata casera que deja entrever su cuerpo turgente, su piel de durazno, su femineidad innata, irreprochable,
a pesar de sus muchos embarazos.
¡Muy buenas tardes, mi doña, ¿cómo me le va...? ¿Cómo me la trata esta vida ingrata?... ¡Ah cará, me salió hasta en verso, mire pues!
Una larga y odiosa carcajada remató el soso comentario y luego su tono se hizo agresivo, dominante:
Ajá..., va a tener que perdonar lo repentino de la visita, doña Luz María, pero el deber es el deber, ¿usté me comprende?
Usté dirá qué se le ofrece, doctor Sulbarán.
¡Ah cará, imagínese; pues de todo!... Mire, este, ¿y Caraballo, el marío de usté...? ¿Salió?
No..., bueno, por mejor decir, sí; fue de un saltico allí... a casa de la comadre Dominga, pero no debe de tardar. ¿Cómo para qué sería, doctor?
Un “acordetazo” de suspense subrayó la ingenua pregunta de la protagonista y el narrador aprovechó para prolongar la intriga:
No contesta enseguida el señor Juez Municipal... Despreocupado, tranquilazo, dueño de la situación, deja resbalar de nuevo su mirada libidinosa por sobre el cuerpo tembloroso de la bella mujer. Al fin sonríe y la ve a la cara, como lobo a la oveja:
¿Y no me va a invitar a pasar, mi doña?
¿Cómo...? Ah, sí, claro. Pase adelante, está en su casa, doctor Sulbarán.
Con el permiso, pues...
De un vistazo hijo de la costumbre, el Señor Juez inspecciona el rancho miserable: las huérfanas paredes, la tierra del piso irregular, el techo de palma con algunos boquetes, los escasos corotos, el fogón con tres topias... Y allá, en el fondo, agrupados sin orden ni concierto, los catres, desnudos de tibiezas: uno, dos, tres, cuatro, cinco...
Mire, esteee... ¿Y los muchachos suyos también salieron? ¿Está usté solitica, doña Luz?
El director sacudió sus dos manos con súbita energía y un chelo dramático, sordo, agorero, en una nota larga y decreciente, marcó una transición en la acción de la radionovela, y cuando el acorde se tornó inaudible ya, lo sustituyó, en lento crescendo, un trinar de varios pajarillos cuyos gorjeos salían de los labios de José “Camión” González, el hacedor de efectos especiales, y que ambientaron la próxima escena revelando que se desarrollaba en un bosque o en un monte.
Una actriz gorda y bastante mayor, de ojos abotagados, se transformó de súbito en una jovencita de acento gocho y voz ronca de excitación, al conjuro del gesto de Bocaranda Sucre:
¡Ay, no, Teodoro, deje quieto!... Pórtese bien, o lo acuso, ¿oyó, Teodoro?
Chito, Irismariela, no vaya a gritar... ¿Con quién me va a acusar, ah...? ¿Con su mamá...?
–¡Acorralada contra el tronco de un árbol, la hermosa muchacha, de grandes ojos negros y cascada de cabellos del mismo color, finge defenderse firmemente del acoso de su vecino, Teodoro Morán, un fogoso y fornido joven, pero su manera de mirar los labios del agresor y su respiración entrecortada dejan adivinar que ella no tiene ningún deseo de que él se tranquilice!
¡No, no, déjeme! ¡No quiero, no quiero...!
La voz juvenil e incitante de la señora obesa insistía ante el micrófono, secundada por el actor que interpretaba a Teodoro, un flaco alto y pecoso, de unos 30 años y gruesos lentes para el astigmatismo:
¡No diga que no, que sí quiere, Irismariela, no sea embustera!... Yo la voy a hacer feliz, ¿escuchó?, como el otro día, ¿no se acuerda...?
¡No, no, no quiero, Teodoro, le dije...! ¡Usted es un hombre comprometido, deje quieto!
La señora mayor jadeaba mirando al director, que elevó la mano derecha pidiendo más pasión, y los jadeos se convirtieron en sofocos abiertamente amatorios:
¡No, no, déjeme! ¡No quiero, no quiero!
¡Sí quiere, Irismariela, yo sé que sí quiere!
Con la explosión de resuellos y estertores de las juveniles voces de los dos actores, Chuíto, el de los Controles, inundó el estudio con las notas de “Conforme el Tiempo Pasa”, el tema musical de la película “Casablanca”, estrenada recientemente en Caracas, y Saturnino Solórzano Salas, sobrado, se deleitó con la descripción del cuadro:
¡La pasión, el instinto, el deseo y las ansias juveniles se imponen y los dos cuerpos ruedan por la hierba y la bruma andina y los pájaros del monte celebran, a su modo, la continuación del eterno sortilegio del amor, siempre renovándose a sí mismo!
Desde la cabina le impusieron una pausa dramática, estudiada:
¡Pero... no descuidemos a la autoridad de Laguna Encantada, porque corren tiempos azarosos!
Obedeciendo otra dinámica señal, la música cambió y los pájaros enmudecieron en la garganta de “Camión”.
La acción, trasladada por los acordes del vals andino, regresó al rancho de Luz María de Caraballo, en las cumbres andinas.
Luis Mistral y Liliana Conde reanudaron el diálogo:
Ah cará, ¿quiere decir que estamos solitos entonces, doña Luz?
Esteee... sí, pero... Marcos no debe tardar... o los muchachos… ¿Le... le provoca un cafecito?
¡Usté sabe muy bien lo que a mí me provoca, Luz Caraballo, no se me haga la desentendida!
...¡No, no, suelte, doctor Sulbarán, respete, no sea grosero!
¡Grosero no; macho es lo que yo soy, mi amor!
¡No, déjeme, déjeme...!
¡Quieta, pues!... No se me encabrite ni intente resis...
¡Buenas tardes, Doctor Sulbarán!...
La voz de otro actor presente en el estudio sonó como un trallazo y de inmediato la sorpresa y el rubor de Luz María se reflejaron en la sola mención del nombre del marido:
¡Marcos!
¿Quién es el hombre que milagrosamente ha salvado el honor de Luz María Caraballo? ¿Cómo reaccionará el sátiro doctor Sulbarán? ¿Qué va a suceder ahora? ¡Usted no debe ni puede perderse la conmovedora segunda parte de esta estremecedora historia de amor y sacrificio: La Loca Luz Caraballo!
Tras una ligera pausa, Saturnino Solórzano Salas respiró profundamente y de una sola y enérgica parrafada dio a conocer los nombres de quienes habían intervenido en el episodio; después refrescó:
Son las siete y cincuenta y ocho minutos de esta preciosa noche del 17 de Octubre de 1945, día de San Ignacio Mártir. Felicitamos una vez más a todas las personas de este apelativo que nos sintonizan...
Desde la cabina Chuíto miró al locutor y se pasó un dedo por el cuello en señal de decapitación.
¡Y hasta aquí su Programa “Noches de Ronda”!, por una fina cortesía del Almacén Americano, de Pajaritos a la Palma, en el centro de Caracas, teléfono 6181, donde usted, señora ama de casa, señor amigo mío, consigue lo que su hogar solicita!... Nos despedimos, como es habitual, con un criollo refrán: “Hijo de turco..., vende quincalla”... Frente al micrófono su amigo Saturnino Solórzano Salas, el Triple Ese... Queden con la orquesta de Glen Miller...
La vetusta quinta que funcionaba como sede de la estación radial se llenó de las notas de “In the Mood”, de Glen Miller. Camión y los actores y actrices que acababan de hacer posible la interpretación en vivo del primer episodio de “La Loca Luz Caraballo” se dirigieron a las macizas puertas de madera encima de cuyos dinteles se veían sendas cajas de vidrio con un pequeño bombillo rojo y otro verde y los letreros “EN EL AIRE” y “FUERA DEL AIRE”, éste último encendido en ambas hojas de madera ahora.
Saturnino Solórzano Salas recogió las copias de los guiones y salió también. Era un individuo de estatura mediana, poco corpulento, entradas muy pronunciadas en las sienes, aviso de la inminente calvicie, y en su rostro ovalado y atractivo, de ojos vivaces, una barba poblada y recortada se unía al grueso bigote que casi ocultaba el labio superior.
Gracias, Director. ¿Qué me dice? –preguntó al pasar a la Sala del Control Maestro, entregar los papeles y recibir el jarrito con café que el Director le extendía–. ¿Cómo estuvo?
¡Del carajo para arriba, poeta! ¡Arrechísimo! ¿Verdad, Chuy? –se entusiasmó Bocaranda.
¡Del carajísimo! –confirmó, sonriente, el Técnico.
Me alegro. Yo estoy seguro que esta radionovela es un palo, poeta; lástima que sea tan corta; ah vaina, que se lo digo yo.
¡Quiera Dios y su boca sea un sacramento, mi querido Saturnino; por algo lo dice la voz más arrecha y redonda que tiene la Radio en Venezuela, carajo! –gritó con entusiasmo real el autor del guion radiofónico, saliendo del Control con sus libretos bajo el brazo.
Mira, Chuíto, ¿y ya llegó el locutor de guardia? –preguntó Triple Ese bebiendo su café.
Chuíto negó con la cabeza mientras contemplaba, goloso, a través del cristal, el provocativo caminar hacia la puerta principal de la actriz que interpretó a Luz de Caraballo. Saturnino siguió su mirada y sonrió:
Está bien buena, ¿no?... Es una de las nuevas. Toda una estrella en su país. Cubana, para más señas –y luego, mientras encendía un cigarro y chasqueaba los dientes–: Qué vaina con este individuo, el tal Mejías, el perifoneador nuevo, ¿no? Ayer tampoco llegó a tiempo. Como que le gusta más de la cuenta zamparse sus estacazos entre pecho y espalda, ¿no, Chuíto?
Así parece, Triple Ese –respondió el operador, todavía mirando el trasero de la actriz, quien se había detenido cerca de la puerta a charlar con el actor que hiciera de Eberto Sulbarán–. Por cierto, doña Débora no se ha ido y se ha asomado varias veces. ¡Adivina adivinador!
¡Sí hombre!... ¡Seguro que es para pedirme que le haga la guardia otra vez al fulano Mejías!





IV:
CUMBRE PRESIDENCIAL


Los dos creían profundamente en el sistema democrático. Los dos eran gochos del Táchira. Uno de Queniquea y el otro de San Cristóbal. Los dos eran Generales, y “tenían tropa”. Uno ya había sido Presidente, el otro estaba al final de su mandato.
Mire, Presidente –dijo, supremamente serio, el general López Contreras con su característico tono gutural, condición por la que el pueblo y sus compañeros del ejército le apodaban el ronquito–, yo he creído conveniente y necesario venir para que aclaremos algunos asuntos.
Sus palabras mucho me animan, general López –respondió, también un poco arisco, Isaías Medina Angarita, Presidente Constitucional de los Estados Unidos de Venezuela desde mayo de 1941, cuando sucediera a su invitado de hoy.
Después de la muerte de Juan Vicente Gómez, quien gobernó con férrea rienda el país durante 27 largos años sin permitir disidencia ni oposición abierta a su real gana, el General en Jefe Eleazar López Contreras (Ministro de Guerra y Marina del régimen gomecista) fue elegido por el Congreso Nacional para el siguiente período de siete años (1936-1943) pero el propio Presidente, ya en funciones, solicitó una reforma constitucional el primer año para reducirlo a cinco.
La nación había quedado huérfana de partidos y de líderes políticos y sociales, si exceptuamos a los que sobrevivían en la resistencia callada y subterránea. De los viejos jefes liberales y conservadores no quedaba sino el recuerdo.
Las teorías del “Socialismo Científico” o “Comunismo” andaban por el mundo tocando puertas y en Caracas algunos rebeldes y descontentos le harán carantoñas a las ideas de Marx y Engels, y hasta el propio Medina admitiría una alianza con el Partido Comunista venezolano, luego de legalizado.
Debido al delicado clima político del país y a los constantes rumores de desestabilización en este año 45, el ex presidente Eleazar López Contreras (que tenía al país en suspenso jugando a la candelita con el asunto de su posible relección y su lanzamiento o no al ruedo electoral) aceptó reunirse con el Presidente Medina para... clarificar algunas cosas.
Permítame ofrecerle algo de beber, general López. ¿Le apetece un trago?
Yo no vine a su casa a beber nada sino a conversar con la seriedad del caso, general Medina, y perdone mi franqueza, pero ya sabe usted que me agrada ir directo a los asuntos –alegó el delgado y ya viejo caudillo, con expresión más hosca.
Medina Angarita sonrió casi imperceptiblemente. Llevaba una fresca camisa manga corta; el Ronquito vestía un liquilique blanco. El Presidente tenía 48 años; el ex Presidente, 62. Estaban en un saloncito de “La Quebradita” (al oeste de Caracas), nombre oficial de la residencia del Primer Mandatario, y por la ventana entraba una sabrosa brisa nocturna que bajaba del cerro que los indígenas nuestros bautizaron como Waraira-Repano y que mecía acompasadamente la bandera que adornaba una de las paredes de la salita, justo al lado de una pintura de Simón Bolívar en pose a lo Bonaparte y uniforme de gala.
Medina Angarita se sirvió un café negro de la jarra que su esposa Irma les trajera minutos antes e interiormente siguió sonriendo por la reacción de su visitante, provocada y esperada por él.
General López, déjeme decirle que agradezco en lo que vale su decisión de aceptar venir a mi humilde hogar a conversar sobre el futuro bienestar de la patria –dijo, en tono conciliatorio y respetuoso, tras beber un sorbo de su taza.
La patria es lo primero –respondió, incontinenti, López Contreras–. Ya lo decía el Libertador.
¡Justamente, general! –soltó el rollizo anfitrión, dejando sobre la bandeja de plata la taza y yendo a sentarse en el sofá de cuero marrón, muy cerca de su colega–. Siendo esa nuestra principal preocupación, el bien de la patria, aprovecho para rogarle encarecidamente que no enturbiemos las cristalinas corrientes sobre las cuales ya nuestros nombres se deslizan hacia el panteón de los bienhechores de Venezuela, Presidente López.
López Contreras acentuó su adustez y miró sin pestañear la solemne expresión que el Presidente en ejercicio había pintado en su semblante. “Aquí hay gato enmochilao –pensó el ronquito–. Me llamó Presidente”.
Me imagino que usted sabe que estoy hablando del asunto de las candidaturas presidenciales, mi General –asomó Medina, casi en un susurro y en tono melifluo.
López se previno: ¡conocía bien a quien fuera su Ministro de Guerra y Marina y sabía que cuando se lo proponía podía ser encantador y determinante, y acababa de decirle “mi General”!
Contésteme una cuestión con el corazón en la mano, mi general...
Usted dirá, general Medina.
¿Por fin va a lanzarse como candidato a la Presidencia?... Y me perdona lo directo de la pregunta, pero...
¡No, no, no, Presidente; ya que me está pidiendo usted sinceridad, voy a complacerlo! –sentenció, sintiendo en su rostro la sangre que la irritación contenida comenzaba a acumular.
Señaló con un flaco y tembloroso dedo la pintura de Simón Bolívar:
¡El 24 de Julio, Natalicio de nuestro Libertador, lo decreté yo como Día del Trabajo en Venezuela el año 38, y usted no tenía ningún derecho de cambiarlo para el 1º de Mayo! ¡Eso es una falta de respeto hacia mi persona, general Medina, y estoy muy sentido con usted por ello, máxime cuando estoy seguro que esa resolución la tomó usted instigado por sus aliados comunistas!
Medina Angarita dulcificó su expresión y miró a su maestro con desconcierto verdadero:
¡Mi General, por el amor de Dios! ¡Déjeme que se lo explique!... Mire, en casi todos los países del mundo se ha decretado el 1º de Mayo como Día del Trabajador en homenaje y recuerdo de los obreros caídos en Chicago. ¿Cómo voy a pretender ofenderlo yo a usted, mi general, que ha sido mi mentor? ¡Usted no puede creer de veras una cosa así de mí!... Usted es un estadista, general López, como yo, y ambos sabemos que nuestra patria está ávida de futuro, de cambios, de marchar al ritmo que marcan los nuevos tiempos... General López, por favor, déjeme decirle lo que en este momento me dictan mi conciencia y mi corazón.
López Contreras, serio, dándose cuenta de lo ceremonial del tono y continente de su antiguo subordinado, lo miró fijamente, esperando su explosión de elocuencia.
Presidente López, el eminente Benjamín Franklin decía que “el peor error que se comete en los negocios públicos es consagrarse a ellos”; me parece a mí que se equivocaba el genial estadista al decir esto, porque yo encuentro que hay un maravilloso mérito en quienes se dedican, como usted y como yo, a los “negocios públicos”..., pero, vea usted, apreciado maestro, tal vez lo que este buen político norteamericano quería decir era que el error consistía en consagrarse a esos negocios “más allá de lo necesario”... ¿No está usted de acuerdo conmigo?
Infiero que usted sigue hablando de mi posible candidatura..., pero olvida usted que a mí nadie me puede acusar de ambición de poder o de que me guste aferrarme al coroto, porque yo reduje, por decisión propia, de siete a cinco años el mandato que el Congreso me otorgó.
¡Mi querido general, escúcheme! –y fue como una locomotora sin freno que se le echó encima a su paisano tachirense y aferró sus hombros con vehemencia y apeló al recurso de mirarle fijamente a los ojos–: ¡Usted salvó a este país de la guerra civil después de la muerte del general Gómez hace 10 años; usted condujo a esta patria por los caminos de la paz y el entendimiento luego de recibirla llena de odios reconcentrados y de rencores revanchistas! ¿Por qué arriesgaría ese lugar de privilegio, ese puesto de honor que dignamente se ha ganado en la historia y en el corazón de su gente por una ambición plebeya? ¡Su regreso a la arena política, mi general, se lo digo con el más profundo respeto, irá en desmedro de ese prestigio y de esa autoridad que hoy hasta sus más enconados enemigos le reconocen!
Largos segundos permanecieron maestro y pupilo mirándose, midiéndose. Cuando el Presidente finalmente retiró sus manos de los flacos hombros del anciano, éste se incorporó moviendo la cabeza a uno y otro lado, irresoluto, y fue a situarse frente al cuadro del Libertador:
Dicen que Bolívar era así: persuasivo y magnético, como el cuento del famoso flautista con los ratones –y luego, endureciendo el tono–: Yo también sé frases de hombres ilustres, Presidente Medina, como aquella del canciller Bismarck que afirma que la Política es la menos exacta de las ciencias, seguramente por lo impredecibles que son sus resultados. En todo caso, y precisamente pensando en La Patria, creo que es mi deber, si el caso lo amerita, sacrificar ese lugar en la Historia al que usted se refiere por el bien y la prosperidad de mi pueblo.
¡Pero general, ¿no se da usted cuenta que ese mismo pueblo va a pensar, con razón, que como yo llegué a presidente con su apoyo político ahora le devuelvo el favor? ¡Pensarán que es una componenda, un continuismo, y nuestros enemigos aprovecharán ese error histórico para desprestigiarnos a ambos!
Durante los días más tumultuosos del comienzo de mi mandato presidencial yo aconsejé a los miembros de mi gobierno y al pueblo en general “calma y cordura” para mantener la paz y la gobernabilidad. Ahora le repito ese consejo a usted: calma y cordura, Presidente Medina. No se sofoque. Lo que va a ser, será.
Medina quedó unos segundos en silencio, sin saber qué replicar, y luego, resignado, se levantó también, y se encogió los hombros:
Entonces, general López, como comprenderá, yo no puedo apoyar su candidatura bajo ningún respecto –e intentó un último recurso–... ¿A usted no le parece que sería mejor buscar, juntos, a un individuo que en lugar de ensanchar las diferencias entre Medinismo y Lopecismo, las estreche? ¡Por caridad, general López, se lo pido como compatriota: hallemos un candidato para presidente que haga posible la unidad política de todos los venezolanos!
¡Le repito, Señor Presidente, que tengo tanto derecho como cualquier venezolano capaz para aspirar a volver a gobernar a mi pueblo! –dijo, acerado y rotundo, el ronquito, y a continuación, con una seca inclinación, abandonó la sala y la posibilidad de avenirse a los deseos del Presidente Medina.
Pocos días después, cuando finalmente el general López Contreras lanzó de modo formal su candidatura a las venideras elecciones presidenciales, Medina pidió a su hermano, el doctor Julio Medina Angarita, que se trasladara a Washington y le ofreciera el apoyo del partido de gobierno (el PDV) al doctor Diógenes Escalante, también tachirense y a la sazón Embajador de Venezuela en la capital estadounidense. Escalante era un hombre culto y refinado, diplomático de larga carrera y de muchísimas relaciones dentro y fuera del país, y estaba bien visto por todos los sectores influyentes de la sociedad venezolana, incluyendo a la gente de López Contreras, al punto que prometía ser el tan buscado factor de cohesión de todas las voluntades nacionales.
En principio, el Embajador Escalante se negó a aceptar el delicado compromiso, pero cuando eminentes delegados de las diversas corrientes políticas del país (como Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Jóvito Villalba) se trasladaron hasta la urbe norteamericana para persuadirlo de la conveniencia de aceptar la candidatura por la salud de la patria, ya que él era el auténtico representante de la unidad nacional, no pudo negarse. Desde luego, el apoyo que le ofrecieron los partidos de oposición al candidato contra la reacción (representada por López Contreras) estaba condicionado a la promesa de que, al ser investido por el Congreso como Presidente de la República, inmediatamente Escalante debía iniciar una reforma constitucional para impulsar el voto universal, directo y secreto en la elección de los poderes públicos, innovación que el Presidente Medina y los suyos no habían querido aplicar durante su gobierno por considerar que el pueblo todavía no estaba preparado para ejercer ese derecho, según se deduce de declaraciones posteriores. El tiempo estipulado para ejecutar esta reforma era de dos años, al término de los cuales Escalante debía entregar el poder a quien resultara elegido bajo el nuevo sistema electoral. Cuando, a comienzos de septiembre, el doctor Diógenes Escalante (alojado en la suite presidencial del lujoso Hotel Ávila, en la urbanización San Bernardino de Caracas) estaba a punto de iniciar una corta campaña electoral para darse a conocer entre el pueblo llano y coronar así su seguro camino hacia la presidencia de Venezuela, ¡comenzó a dar muestras de haber perdido la razón!, quizá debido a que sufría arteriosclerosis avanzada, como en su momento dijo el Ministro Arturo Uslar Pietri.
Luego de los exámenes de rigor, se le declaró incapacitado para ejercer el cargo.
Rota de nuevo la unidad nacional en torno a un candidato único, el partido de gobierno (PDV, Partido Democrático Venezolano) se dedicó a buscar el remplazo y escogió al doctor Ángel Biaggini, Ministro de Agricultura y Cría del Presidente Medina y uno de los propulsores de la exitosa Reforma Agraria puesta en marcha por el gobierno..., pero este candidato no contó con el respaldo de las fuerzas de oposición, ni con la gente del “lopecismo”.





V:
LOS GANDOLEROS


¡Epa, Encarnación!... ¡Compay Encarnación, escúcheme! – gritó Toño, tratando de hacerse oír por sobre el ensordecedor rugido del motor de la gandola–. ¡Encarnación...!
Encarnación Ruiz, un negro cincuentón de pelo chicharrón, confianzudo como él solo, de brillante y franca risa de dientes enormes, era el mejor amigo de Antonio “Toño” Solórzano Salas, también gandolero y el único hermano del periodista y hombre de radio Saturnino Solórzano Salas, el Triple Ese.
Toño era un catire alto y musculoso, de ojos negros y mirada franca, de unos 27 años de edad. Ambos choferes estaban en una recientemente inaugurada ensambladora de automóviles en la ciudad de Maturín, en el oriente venezolano, industria revolucionaria en el país, por cierto, instalada gracias a un convenio propiciado por el Presidente Medina con empresarios estadounidenses. Desde allí salían los grandes camiones (que aquí llamábamos gandolas) cargados con los automóviles listos para su uso, los cuales luego serían vendidos en todo el territorio nacional por los concesionarios de la firma.
Ante la insistencia del otro, el negro Encarnación Ruiz quitó el pie del acelerador y cuando el rugido de la máquina decreció y permitió la conversación, miró a su amigo desde la enorme altura que le proporcionaba la cabina del vehículo:
¿Qué fue, Toño? ¡Voy saliendo, mi vale! ¡Toy retaldao!
Que vao, mi caballo; apaga esa vaina y bájate...
¿Que qué?
¡Apágalo! El patrón dijo que nadie puede salir –confirmó Toño.
El negro lo miró un instante pensando en una broma del amigo, pero descartó la idea de inmediato: Toño sería incapaz de jugarse con el trabajo que representaba la arepa de sus muchachos.
Intrigado, cerró el paso de gasolina y el contacto eléctrico del vehículo y bajó de un gran salto.
¿Cómo que el patrón dijo que no puedo salí, Compay Toño? ¿Pol qué no, pué? ¿Qué pasa? ¡Ni que el camión no tuviera luces!
La vaina ‘tá pelúa, compa. Hay muchas bolas de que va a haber un golpe de estado y usté sabe que cuando el río suena... Parece que en cualquier momento suspenden las garantías y es peligroso circular. Eso dijo el jefe.
¿De veldad? ¡Vaya pa la porra! ¡Qué vaina! ¿Y sería que tumbaron a Medina, compay?
Yo no sé, porque las noticias son confusas, mi vale. De todos modos nadie puede salir hasta que no se aclare la cuestión.
¿Lo dijieron po’ el radio jue, Toñito?
Sí, sí, compa... Parece que en Caracas esta noche va a haber un mitin arrechísimo de todos los chivos adecos y de ahí se va la gentará pa Miraflores. Eso fue lo que dijeron unos musiúes que llegaron de la capital hace rato.
¡Ah carajo, entonces hasta aquí llegó Medina!
Quién sabe, compa. Véngase, más bien. Vamos al cafetín a chequeá en el radio qué está pasando y a echanos una al buche... yo invito.
Encarnación guardó en un bolsillo las llaves del encendido del camión y golpeó cariñosamente con su enorme puño un hombro de Toño mientras soltaba la risa:
¡Adiós cará; si así llueve, que no escampe! ¿Pero una sola nos vamos a tomá, compay...?
–Una sola... ¡pipa! –soltó también la risa Toño, y ambos choferes se encaminaron hacia el cafetín situado en el centro de la planta ensambladora.
Al llegar al sitio donde los camioneros solían reunirse para comer un refrigerio o tomar algo, se sentaron en los pequeños taburetes de madera destinados al efecto y pidieron dos cervezas mientras saludaban a los otros choferes que, como ellos, aguardaban su turno para salir a trabajar, en caso que la situación política reinante lo permitiera.
Tras el mostrador, una morena joven y buena moza se afanaba en sintonizar un viejo radio marca R.C.A. Víctor. Al ver a Toño, le gritó:
Oye, Toño Salas, ¿dónde es que es la radio esa del hermano tuyo; cómo es que se llama?
Se llama Ondas Populares y no es de mi hermano Saturnino sino que él trabaja ahí. Espérate, yo te la sintonizo, María del Carmen.
Gracias, Toñito... Mira, ¿y sí será verdá esa guaradinga que van a tumbá al Presidente?
Quién sabe, negra. Estate atenta, por si a las moscas... Ajá, ya está. Esa es Ondas Populares, ¿oíste?
Muy agradecida, Toñito; ya te llevo las frías para la mesa.
Ajá –hizo un gesto Toño, y fue a sentarse junto a su compadre.

♫♫♫

Tras el largo silencio que se produjo luego de la conminación del Secretario de la Presidencia, Uslar Pietri, intranquilo, se aproximó a su amigo:
Presidente, a Pedro no le falta razón, aun cuando lo exprese a su manera tan particular... Recuerde lo que supimos hace unos meses atrás por intermedio de una amiga del doctor Edmundo Fernández...
¡Oye, chico, Arturo, verdad! –volvió a saltar Sotillo–. ¡Se me había olvidado el detallito de las reuniones conspirativas de Betancourt y sus acólitos con los gorilas de la dichosa Unión Militar esa, propiciadas, a según, por el doctor Fernández!
El Presidente se acomodó su corbata gris, miró a sus dos ministros, regresó a sentarse y releyó la carta puesta por una mano desconocida sobre su mesa de trabajo y encontrada a media tarde, al regresar de almorzar de su casa. En ella, un incógnito amigo leal le advertía que estaba en marcha una conspiración comandada por lo más granado de la joven y brillante oficialidad del ejército, descontenta, entre otras razones, por los sueldos miserables que devengaban, porque el Presidente se la pasaba jugando golf en el Country Club y no atendía sus obligaciones, y porque no había impulsado en su gestión la reforma electoral que haría posible el voto directo, universal y secreto de todos los venezolanos para elegir gobernantes… En efecto, sólo una parte del pueblo votaba a los Diputados, y éstos al Primer Mandatario Nacional.
¡Estas deben ser vainas del general López Contreras, que al fin se decidió a echarle bolas de frente a una conspiración!, ¿no les parece a ustedes? –se impacientó Sotillo, desesperado por la actitud escrupulosa y dubitativa de su Jefe y de Uslar, el Ministro del Interior.
En realidad, al Presidente Medina y sus colaboradores les habían llegado, por distintas vías, advertencias del descontento existente en los cuarteles, denunciado, entre otros, por la gente de Acción Democrática y por el diario La Esfera, de tendencia abiertamente opositora; eran casi del dominio público los rumores de que, meses atrás, un grupo de oficiales subalternos (Mayores, Capitanes, Tenientes) se había reunido con Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Gonzalo Barrios, Luis Beltrán Prieto Figueroa y otros líderes del partido adeco para advertirles que estaban dispuestos a efectuar un movimiento sedicioso que llevaría a Betancourt al Palacio de Miraflores presidiendo el gobierno provisional que acabaría con las vergonzosas rencillas por el continuismo entre el Presidente Medina y el ex presidente López Contreras, promovería y realizaría la reforma constitucional y convocaría, en el plazo de un año, a elecciones generales para elegir un nuevo Jefe del Estado (que podría ser el mismo Betancourt), quien iniciaría la urgente reivindicación de la institución castrense, tan olvidada por los dos presidentes andinos que sucedieron a Juan Vicente Gómez.
En los mentideros políticos se especuló mucho acerca de los motivos por los cuales el Presidente y las autoridades de inteligencia militar no investigaban a los supuestos miembros de la tan mentada Unión Patriótica Militar. Unos aseguraban que tal cosa no existía y más bien era un trapo rojo del mismo gobierno para tapar el descontento castrense; otros afirmaban que la logia la presidía, imperialmente, el general López Contreras…
En fin, había rumores para todos los gustos, pero como Medina no era un militar de montonera ni de chopo sino un hombre preparado y bien relacionado, tachirense de nacimiento pero residente en Caracas desde los 15 años de su edad y amante del arte y la filosofía, no hacía caso de los cuchicheos y bolas que sus adversarios generaban.
Tenía, por otra parte, una fe ciega en sus hombres de uniforme; no en vano los conocía bien recorriendo los cuarteles a lo largo y ancho del país desde el año 36, cuando era Ministro de Guerra y Marina de López Contreras. ¿Acaso no había mandado él, en persona, al Perú y a la Argentina a varios jóvenes oficiales a especializarse en distintas áreas técnicas del conocimiento castrense para modernizar de esta manera el ejército nacional, y entre ellos estaban algunos de los nombres aparecidos en el aviso apócrifo? ¿No les tenía consideración y afecto a todos, veteranos y bisoños?
Inclusive había pensado recomendar seriamente un aumento de salarios militares, ya en estudio, al próximo Presidente que eligiera el Congreso el año entrante (y que había de ser, Dios mediante, el candidato de su partido), pues él no había podido llevar a cabo esas mejoras porque los fondos derivados de la reciente Ley de Hidrocarburos se habían gastado en otros menesteres más urgentes.
¡Un momento! –dijo vivamente el Ministro del Interior–. El Inspector del Ejército, el general Chalbaud Cardona, ¿no es el padre de la esposa del Mayor Pérez Jiménez, general Medina?
¡Pues claro, Uslar; es su suegro! –respondió éste, cayendo en cuenta–. ¡Déjenme llamarlo! ¡Él debe saber algo de este bochinche!
Con firmes movimientos y ánimo sereno (que mucho decían de su incredulidad acerca de lo que se le advertía en el anónimo), Medina consultó una pequeña libreta y luego discó un número telefónico.
¿Ajá...? Buenas tardes... Es el Presidente...
En tanto el general Medina conversaba con su colega, Pedro Sotillo sirvió para sí y para Uslar Pietri sendas copas del excelente coñac que el mandatario guardaba en su Despacho.
¿Tú crees esa vaina de esos oficiales, Pedro? ¿Nos irán a tumbar en serio?
Pues si nos tumban no será en joda, Arturo, te lo aseguro. Acuérdate que siempre te he dicho que esa cuerda de carajitos vinieron envenenados de Perú y de Argentina cuando estuvieron haciendo curso allá, y creen firmemente en pajaritos preñaos y piensan que se puede cambiar, por las malas, el estado de cosas que impera en este país desde hace más de cuarenta años. ¡Sí oh! ¡Yo no sé qué le pasa a Isaías que no manda a acuartelar de una vez las fuerzas militares y policiales y arresta a cuanto carajo aparezca como sospechoso y san se acabó la vaina!
No es tan fácil, Pedro. Los hermanos Vargas, Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez y los demás oficiales que aparecen en esa carta son líderes entre los suyos; tienen tropa bajo su mando. No se puede proceder contra ellos por rumores y papeles anónimos como ese.
¡Te aseguro que si hay un golpe andando, hay civiles complicados, empezando por los adecos! –enfatizó Sotillo, apurando su copa al ver que el Presidente colgaba la pesada bocina telefónica.
Chalbaud Cardona jura que nada es cierto –dijo Medina, acercándose e indicando al Secretario que le sirviera una copa también–; el domingo lo visitaron su hija y Pérez Jiménez y me garantiza que lo de esa carta son habladeras de pistoladas de algún guasón o de un jodedor mal intencionado.
¡Pues aunque así sea, Isaías, tú eres el Presidente y el primer blanco de una vaina así; acuartela las tropas y pon a Inteligencia Militar a trabajar; vigila a esos muérganos de la lista y carga una pistola en el bolsillo de ahora en adelante, hazme caso! –regañó Sotillo al amigo, y Uslar murmuró:
Esta varilla parece uno de esos programas dramáticos por radio que tanto gustan a las masas.
Está bueno ya, Pedro, Arturo; no le den tanta importancia a un simple anónimo; de todos modos ya mandé a llamar al Ministro de Guerra y Marina para que inicie una investigación, pero discretamente, porque tampoco quiero dañar la carrera y el prestigio de ningún muchacho militar inocente. Vean ustedes por su lado qué pueden averiguar y me avisan, ¿oyeron?, pero sin escándalos, les agradezco.
Los dos ministros asintieron y salieron en silencio del Despacho Presidencial. Sabían que la preocupación del mandatario para no involucrar a militares que nada tuviesen que ver con el posible alzamiento era genuina.

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A través de las ondas hertzianas de Ondas Populares resonaban ahora los compases de La Pelota, un merengue criollo que el maestro Luis Alfonso Larrain grabara en ritmo de guaracha con su popular orquesta.
Triple Ese, que seguía conversando con Chuíto en el Control Central, vio venir a una elegante dama que, con gestos nerviosos, entró a la cabina y lo abordó con manifiesta autoridad:
¡Usted no se puede ir, Licenciado Solórzano!
¿Ah?
¡Lo que oyó!
¿Pero por qué, señora Débora? Ya terminé mi programa.
Sí, sí, ya sé, ya sé, pero Mejías, el locutor de la noche, no ha llegado, supongo que por los líos que hay por ahí por donde vive él..., por ahí por el Nuevo Circo... No, no, de ninguna manera; usted no se puede ir todavía –reafirmó la mujer mirando hacia la silla vacía del locutor de guardia.
Saturnino se llevó un cigarrillo a los labios mientras pensaba en cuál podía ser el motivo de la agitación de la Gerente de Producción de la Estación, Débora Jaimes, pariente cercana de los propietarios, y una aún bella mujer de 45 años.
Sin poder apartar de su cabeza el asunto de su verdadera preocupación, ella recriminó:
¡Acuérdese que aquí no se puede fumar, Licenciado, caramba!
¿Y qué problema hay en el Nuevo Circo, señora Débora? –disimuló él, soltando una bocanada.
Ah, ¿pero es que usted no sabe?
¿Qué tendría que saber?
Los verdes ojos de Débora Jaimes voltearon con presteza hacia el ventanal vidriado, vigilantes, como si su dueña temiera ser escuchada por oídos indiscretos.
Licenciado..., ¡se dice que al Presidente Medina lo tumban en cualquier momento entre esta noche y mañana! –murmulló.
La reacción del periodista hizo sonreír a Chuíto y elevó la exaltación de la mujer:
¿Otra vez han echado a correr esos rumores? ¿Pero hasta cuándo vamos a seguir con ese bochinche en este país? ¡Nuestra pobre Democracia, tan joven y tan asediada! ¡Señora Débora, acuérdese que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, ah!
¡Apague el bendito cigarro!... –grito, casi histérica, y enseguida, en tono de disculpa–. ¡No me haga caso!... Estoy muy nerviosa porque esta vez la cosa como que es grave de verdad-verdad, Saturnino, señor Chuy...; ¡hasta hablan de magnicidio!
La pelota, la pelota..., la pelota del Carey... el ritmo que está de moda en la esquina del Mamey...” repetía, incansable, el coro del disco de 78 r.p.m. en el tornamesa de la consola, poniendo una nota algo absurda en el áspero silencio que siguió.
Todos miraron involuntariamente hacia la entrada, como esperando ver aparecer por ella guardias armados. Triple Ese apagó el cigarro contra el suelo y cobró bríos:
Estas cosas siempre son “graves”, señora Débora. ¡Ojalá hubiera un antídoto para las bolas que los inescrupulosos echan a rodar cuando quieren que las masas se agiten!
Umjú, así mismo es, Triple Ese –soltó Chuíto.
¿Y quiénes se supone que van a tumbar o a matar a Medina, ah? ¿Su propia gente del Partido Democrático Venezolano?, porque el pueblo no; el pueblo lo apoya.
No se crea usted, Licenciado –dijo ella, haciendo un mohín–. Desde hace días la situación es confusa... Y ese mitin que lleva a cabo Acción Democrática esta misma noche en el Nuevo Circo va a ser la tapa del frasco, ya verá usted. Dicen que hay bandas armadas con palos y cabillas por si los partidarios del gobierno se presentan en el sitio a sabotear. Por eso digo que debe haber zaperoco por los alrededores del Nuevo Circo.
¿Pero entonces usted cree que Betancourt y sus adecos socialistoides se arriesguen a tanto, señora Débora? –y bajó la voz a instancias de la aprensión que vio reflejada en el bello rostro de su jefa–. ¿A dar un golpe de estado con magnicidio incluido?
¡Ay, yo no sé ya lo que creo, Saturnino, por amor a Dios! –se exasperó ella.
Si se arriesgan, le van a hacer un enorme mal al futuro democrático de este país –remachó el locutor con voz de trueno–. Claro, como Diógenes Escalante, que era el candidato de la unidad nacional, se volvió loco de metra, no les gusta Ángel Biaggini y que porque es latifundista y tachirense, como si Escalante fuera caraqueño.
El loco no era caraqueño, pero si independiente, Triple Ese –metió baza Chuíto–. Los adecos dicen que si gana ahora Biaggini o gana López Contreras, va a ser la misma miasma, lo que no hubiese ocurrido con Escalante, que, a según, tenía criterio propio antes de perder la chaveta.
Claro, y como ellos no tienen un gallo que pelee contra esos dos en las elecciones, porque Rómulo Gallegos no aceptó lanzarse, recurren al golpe, ¡qué sabroso!
No, no; lo que pasa es que Betancourt no quiere lanzar otra vez, como hizo en el 41, una candidatura “simbólica”, porque sabe que tampoco ahora tiene chance de ganar –explicó Débora, moviendo mucho las delicadas y aristocráticas manos, y luego, más agitada–; en fin, según mis fuentes, muy confiables por cierto, entre los adecos y los militares jóvenes de la Unión Patriótica Militar tienen todo listo para echarse encima tamaña responsabilidad histórica –y miró a los dos hombres con evidente nerviosidad–. ¿Ustedes creen que se atrevan?

¡Coño, mano, por fin! –le dijo Chuíto al locutor de la noche de Ondas Populares cuando éste se reportó en el Control Maestro con un inconfundible tufo a anís y una falsa sonrisa de preocupación–. Si no te avispas, doña Débora te va a cantar el Manisero, Mejías. Agradece que Triple Ese se quedó a hacerte la gauchada, que si no...
¡Es que mi mujer es una verga seria, Chuíto, qué buena vaina! ¡Imagínate que ahora le dio por estar yendo para la montaña de Sorte a sacarse los malos espíritus, y yo tengo que acompañarla, no me joda!
Los malos espíritus te van a salir a ti si vuelves a llegar retardao, mi hermano; te repito que están por decirte “me vooooyyyy, me vooooyyy...” –entonó Chuíto, jodedor.
No, mi vale, ya tú vas a ver que no volverá a pasar –se justificó el moreno locutor, que estaba ataviado de traje marrón y corbata lengua de vaca, limpiando su frente perlada de gotas de la resaca con un grueso pañuelo mostaza–. Mira, Chuíto, antes de meterme en la cabina cuéntame cómo estuvo la nueva comedia, la que empezó hoy, esa de La Loca Luz Caraballo, que no la pude oír.
¡Del carajo! –soltó Chuíto, circunspecto.




VI:
¡HOY NO HAY COMEDIA!


¡No, no, Bocaranda!, ¿cómo se le ocurre? –alzó la voz Débora Jaimes entrando al Control Maestro, otra vez con la agitación del día anterior fresquecita. Le seguía el Jefe de Prensa, con cara de haber descubierto un complot planetario y esgrimiendo un largo papel de teletipo en las manos–. ¡Ay, perdóneme los gritos, Bocaranda; es que tengo los nervios de punta con todo este zaperoco, y la cosa está fea-fea, usted sabe!
¿Entonces mandamos a la gente para su casa? –preguntó, con tono neutro, el Director de las radionovelas.
Sí, sí... ¡Hoy no hay comedia, sino golpe! –le espetó a quien, según las malas lenguas de la estación, tenía su jujú con ella.
¡Señor Chuy, atiéndame...!
Débora Jaimes habló atropelladamente con el Operador. Luego hizo perentorios llamados a Triple Ese mostrando a través del cristal la cuartilla escrita que el empleado de Prensa trajera.
El elenco de la radionovela, que se preparaba para salir al aire a pesar del desorden reinante en la capital, se paralizó. Chuíto, con maneras calmadas, buscó el cajetín con el allegro de música clásica especial para los extras noticiosos. Saturnino corrió a buscar el pliego y regresó al micrófono, dando un vistazo por encima a la información.
Luego que Chuíto disminuyó la escandalosa música, el locutor dijo, en tono de alarma:
¡Atención, atención...! ¡Su atención, por favor! ¡Ondas Populares, siempre presente en sus hogares, informa: Debido a los insistentes rumores sobre situaciones irregulares en algunos cuarteles y plazas militares de Caracas y el interior de la república, nuestros reporteros han podido comprobar, pese al hermetismo de las autoridades, que, en efecto, hay señales de agitación político-militar en la capital! Después de los enfrentamientos de anoche en las afueras del Nuevo Circo, afortunadamente sin víctimas fatales que lamentar, entre partidarios de la oposición y del gobierno luego de los duros conceptos de los líderes del partido Acción Democrática contra los inquilinos de Miraflores emitidos durante el mitin, reinó una tensa calma en Caracas, como la que precede a las grandes tormentas. Repetimos que ningún vocero oficial ha querido hablar con la prensa, pero sabemos de primera mano los movimientos del Presidente de la República en el día de hoy, jueves 18 de Octubre, y a continuación los detallamos, con la advertencia de que es información extra oficial.
Tomó una pausa el locutor y miró con ojos indescifrables a Débora Jaimes; el Jefe de Prensa había regresado a su cubículo, llamado por el encargado del teletipo.
Luego de almorzar en su residencia, el Jefe del Estado recibió una misteriosa llamada telefónica y salió apresuradamente hacia Miraflores en compañía de su chofer y de dos edecanes, pero el Jefe de Previsión de Palacio, Capitán Nucete, uno de los oficiales insurreccionados, no le dejó entrar al Palacio Blanco. El Presidente se dirigió entonces al Cuartel de la Guardia Nacional en Villa Zoila, componente militar que no ha querido sumarse a la rebelión; de allí salió al poco rato con numerosos vehículos y tanquetas atestados de guardias armados y se dirigió al Cuartel Bermúdez, en La Planta, declarado en rebeldía y aparentemente sumado al golpe que pretende desestabilizar los poderes legalmente constituidos. Al promediar la tarde, los rebeldes del Bermúdez se rindieron, pero en el Cuartel San Carlos se incrementó el sangriento enfrentamiento que había estallado en horas del mediodía entre fuerzas rebeldes y tropas leales al general Medina, mismo que a estas horas todavía persiste, con un saldo indeterminado aún de muertos y heridos.
Saturnino hizo otra pausa, pero su semblante reveló que no tenía ni idea de que la situación fuese tan grave en la capital. Cuando reanudó el parte informativo, su voz era más dura y condenatoria:
El Presidente pasó luego por el Cuartel General de Policía, en la esquina de Las Monjas, cuyos integrantes, que suman casi 200 agentes, se apegaron totalmente al orden democrático; en estos momentos, según nuestros últimos informes, el Señor Presidente celebra un Consejo de Ministros en el Cuartel Ambrosio Plaza de Artigas. Asimismo, es nuestro deber informar que varios ministros y altos funcionarios están prisioneros en Miraflores, incluyendo al General en Jefe Eleazar López Contreras, de quien se rumoraba que acaudillaba el alzamiento, pero ahora se sabe que fue uno de los primeros en presentarse a las puertas de Miraflores a brindar su apoyo irrestricto al gobierno constitucional. Se conoce, igualmente, que en varios sectores de la capital ha habido saqueos y enfrentamientos civiles, además de incrementarse hoy las compras nerviosas que desde hace varios días, cuando comenzaron los rumores de golpe, la población venía haciendo. Tropas leales al gobierno, a pie y a caballo, patrullan la ciudad evitando los desórdenes que la falta de energía eléctrica propicia. La situación es muy confusa y las autoridades ruegan a los venezolanos en todo el territorio nacional permanecer en sus hogares con calma hasta que la irregularidad se haya corregido. Cerramos este informe, cuando son las siete y treinta y ocho minutos de la noche, citando las palabras que dijera el Presidente de la República, General Isaías Medina Angarita, en su Discurso en el estado Zulia, en Mene Grande, hace tres años, porque creemos que la mejor manera de evitar la anarquía es defender la institucionalidad. Dijo el Presidente en aquella fecha: Entiendo la Democracia de una manera clara, y creo que es dar la ocasión y la oportunidad a que todos salgamos del mismo sitio, pero aquel que tenga mejores condiciones o se prepare mejor, llegue más arriba. La finalidad que un gobierno democrático debe perseguir es dar a cada ciudadano la oportunidad para que triunfe en la lucha por la vida.
Saturnino miró a Chuíto y le hizo señas de que pusiera un disco:
Escuchen un poco de música criolla instrumental mientras indagamos más noticias para ustedes. Informó Ondas Populares, siempre presente en todos los hogares.




VII:
¡SUSPENDIDAS LAS GARANTÍAS!

¿Entonces es un golpe-golpe, señora Débora? –preguntó Saturnino con grave tono, abandonando la cabina del aire. Sus demás compañeros, a prudente distancia, miraron ansiosamente a su jefa, esperando respuestas.
¡Riiiinnngg!, sobresaltó a todos la chicharra del teléfono negro del Control Maestro. Débora cortó en seco el gesto del Director de Dramáticos, que se disponía a contestar, e impuso distancias:
Deje, deje, Bocaranda, yo atiendo. Estoy esperando una llamada oficial.
Cuando la enjoyada mano descolgó la bocina, Chuíto bajó un adarme el volumen del retorno de la música instrumental en el recinto.
Tras escuchar unos momentos, la viuda palideció intensamente. Al colgar, musitó:
Es que uno no gana para sustos. ¿No digo yo?
¿Qué está pasando, Débora? –interrogó Bocaranda.
Pues que la cosa sigue fea-fea, David –respondió, llamándolo por su nombre de pila sin darse cuenta siquiera. Tornó a mirar a Saturnino–: Es un golpe cívico-militar bien preparado, tal como yo lo dije ayer, Licenciado. Viene ya una transmisión conjunta del Presidente Medina por Radio Nacional anunciando medidas, en unos dos minutos más o menos. ¡Cónchale, déjame enviar a otro reportero para la calle!
¿Pero quién la llamó, señora Débora? –preguntó Triple Ese.
Ella le indicó con un gesto que aguardara en tanto daba indicaciones por teléfono a un em­pleado de la sala de prensa. Después, olvidándose del cartel que prohibía fumar en la cabina de controles, encendió un Chesterfield de una cajetilla que sacó de uno de los bolsillos de su ajustado y fino vestido; miró al Técnico y señaló el teléfono:
Le agradezco que esté pendiente, señor Chuy –y envolviendo a los otros dos en el humo de su fino cigarro, razonó–. Con este agite no podemos pasar novelas; manden a todo el mundo para su casa. La llamada fue del Ministerio.
¿Pero de qué trata la cadena? ¿Del golpe será? –apremió Saturnino.
Seguramente... –respondió ella–. Bueno, despachen a la gente, hagan el favor... ¡Ay, no, qué va, yo quiero tomarme un té con leche! ¿Dónde está la señora de servicio? ¿Se fue?
Sí, hace un ratico –dijo Chuíto.
¡Qué broma! –siguió Débora, cigarrillo en mano–. ¡Seguro que ya nos mandaron la Guardia para acá!... Bueno, qué remedio; mire, señor Chuy, cuando vuelva a timbrar el telé­fono abre el micrófono y le da la señal al Licenciado Saturnino para la dichosa transmisión en cadena.
Justo en ese momento zumbó la chicharra del aparato.
La armoniosa voz del locutor resonó a través de los altavoces diseminados por los pasillos y oficinas de la edificación:
Señoras y señores, a continuación Ondas Populares pasa a trans­mitir conjuntamente con la Radio Nacional de Venezuela y la red de emisoras comerciales del país un mensaje del Señor Presidente de la República, General Isaías Medina Angarita.
Tras unos segundos de tensa calma en medio de los cuales se oyó el chasquido de los pape­les de la carpeta del Primer Mandatario a través de los micrófonos, se dejó escuchar su voz, ronca de indignación, aunque sin prescindir de la majestad que el caso ameritaba:
Decreto número 550. Isaías Medina Angarita,
Presidente de los Estados Unidos de Venezuela, Considerando: Que han ocurrido actos de rebelión en varios cuarteles de las guarniciones de Caracas y Maracay que pueden dar motivo a gra­ves acontecimientos y que han puesto en peligro el orden institu­cional y la paz y la seguridad de la República, en uso de la atribu­ción 23 del artículo 104 de la Constitución Nacional y de confor­midad con lo estatuido en el artículo 37 de la misma, en Consejo de Ministros, Decreta: Artículo 1º. Se suspende el ejercicio de las garantías ciudadanas en todo el territorio de la República, con las únicas excepciones que la propia Constitución establece en el ci­tado artículo 37, mientras dure la situación mencionada. Artículo 2º. Los Ministros del Despacho Ejecutivo quedan encargados de la ejecución del presente Decreto. Isaías Medina Angarita, Presiden­te de los Estados Unidos De Venezuela, a los dieciocho días del mes de Octubre de mil novecientos cuarenta y cinco.
Cuando cesó la enfática voz del militar y se escucharon toses y voces de mando alejadas, Chuíto se apresuró a hacerle una seña a Saturnino y a enseñarle una carátula de disco.
Esta ha sido una transmisión conjunta. Escuchemos música de cámara y luego volveremos con más detalles de estos sucesos.

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¡Oigan, muchachas, muchachos, en la friyider del patio de atrás hay más cerveza fría, y caviar, para que lo sepan. No quiero guabineaderas en esta vaina! ¡Vamonó, pues! –dijo con voz bastante ebria en mitad de la sala el tipo catire y todavía bien plantado, al tiempo que con la mano seguía el compás de la voz del tenor y patólogo mexicano Alfonso Ortiz Tirado (mé­dico de cabecera de la pintora Frida Kahlo y del músico y compositor Agustín Lara) cantando “Amapola”, uno de sus más grandes éxitos, que el pick-up (el picó criollo, animador indiscuti­ble de los saraos de pobres y ricos por igual) reproducía chillonamente.
A pesar de los insistentes runrunes sobre desorden institucional que corrían como pólvora desde días atrás, sobretodo en la capital venezolana, no todos sus habitantes estaban pendien­tes de ello. Muchos, como el doctor Wilfredo Poblete (y sus alegres invitados) preferían igno­rar la situación y tratar de gozar de la vida.
El catire Poblete (como le conocían sus allegados) era un experimentado abogado, maduro y ladino, boyante a punta de fullerías, que no reparaba en escrúpulos o debilidades morales con tal de conseguir sus propósitos. Todo cuanto oliera a riqueza le interesaba. Era Poblete, en fin, “un desalmado de sonrisa atractiva que comía caviar ruso con cazabe criollo”, como le calificó apropiadamente una emperejilada dama caraqueña, conquista suya por más señas.
El catire estaba casado con una sensible, bella e inteligente mujer llamada Ana Sofía Jai­mes (la única hija de la viuda Débora Jaimes, Gerente de Producción de Ondas Populares, como el lector recordará).
Mira, doctor Poblete –dijo una muchacha rubia, bien mareada (con el tinte pidiendo a gritos renovación)–; ven acá, chico; tú no has bailado conmigo, ingrato... ¿Qué te he hecho yo, ah? ¡Explícame, pues!
Poblete, que acostumbraba llevar a su lujosa y enorme casa (una mansión enclavada en la escasamente poblada Urbanización San Antonio de Los Altos, en la vía hacia Los Teques) a amigas y amigos de reputación dudosa, y bailar y beber hasta el amanecer, dejó la copa que tenía en la mano y apechugó groseramente a la jovencita quinceañera de ajustado pantalón de pana y cota de seda que le acababa de reclamar un baile, aprovechando que Ana Sofía, su es­posa, no se veía por ninguna parte.
Ven acá pues, caramelito... ¿Cómo es que te llamas tú, mi reina, ah?
Aminta, doctor Poblete, Aminta... ¡Umjú, chico, pareces un pulpo!... Deja las manos quietas, que tu mujer debe andar por ahí y te vas a meter en un vaporón.
¿Y tú no querías bailar conmigo, pues? ¿O te vas a echar para atrás ahora, ah, pescaíto?
Nada hacía la joven por librarse de los brutales estrujones que Poblete practicaba en sus grandes tetas, aunque con risotadas disimulaba ante los otros bailarines del salón, vanamente, pues cada quien estaba pendiente de su pareja de baile nada más.
¡Ay, chico, doctor, tú sí eres! ¡Deja te digo!... Anda, vale, ve a buscar a tu mujer; yo no quiero problemas... ¡Que dejes te digo!
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¡Bueno pues, nos cayó frutero, señora Débora! –estalló Saturnino, mortificado–. ¡Ahora se arma el despelote, porque cómo le encanta a este país un relajo de esta naturaleza!
Conversaban ahora los dos en la amplia oficina de ella en Ondas Populares. Por los parlan­tes empotrados en el falso techo de anime se escuchaba la Missa Solemnis de Mozart, ya que era costumbre en las emisoras venezolanas cuando había agitación política (o aires de golpe si atendemos al lenguaje popular) hacer renacer a Mozart, a Beethoven, Bach, Liszt, Strauss...
Saturnino Solórzano Salas era un demócrata convencido que apoyaba irrestrictamente la la­bor del Presidente Medina desde el programa que conducía noche a noche en la popular emisora caraqueña. Débora, viuda de Tulio Jaimes, un industrial trujillano, sin ser militante activa, simpatizaba más con el Partido Acción Democrática, organización política de tenden­cia socialista en cuyas filas militaban figuras como Rómulo Gallegos, Rómulo Betancourt, Andrés Eloy Blanco, Fabricio Ojeda, Antonio Pinto Salinas, Raúl Leoni, Gonzalo Barrios, Carlos Andrés Pérez, entre otros muchos.
Mientras encendía un cigarrillo, Triple Ese miró de reojo las morenas y bien torneadas piernas de su patrona. “Cará –pensó–, a la doña todavía se le puede jugar su quintico. ¡Qué buenas columnas tiene! Aunque me parece que Bocaranda Sucre tiene la mano metida en esa rifa, el muy vivo… ¡Y es tan refinada!... No como Concha, que es más amargada y or­dinaria que el carajo.
¿Quiénes cree usted que estén complicados, Licenciado? –interrumpió ella sus lúbricos pensamientos.
¡Vaya uno a saber!... Los adecos, seguro.
Hasta ahora sólo se sabe de alzamiento de cuarteles –argumentó Débora mirándolo con fijeza–. No hay civiles enredados.
¡Pues le apuesto fuertes a locha que Rómulo Betancourt está metido en este zaperoco!
Bueno, yo no sé; puede que sí como también puede que no –suspiró la atractiva mujer mirando la fotografía de su difunto marido, que le sonreía desde la mesa–. Espero que los in­surgentes no tengan éxito, porque ya se sabe que “más vale malo conocido...”
Mire, señora Débora –saltó con vehemencia el medinista–, ya se que usted y yo no es­tamos del mismo lado, políticamente hablando, pero el general Medina tiene logros que nadie puede discutirle, así que eso de “malo conocido...”
No voy a cuestionar los méritos del gobierno de Medina, pero no me negará usted que en esta administración hay mucho militar corrupto.
¿Y en cuál no? –se exaltó de nuevo el locutor–. Desde 1830 para acá, empezando por el propio Páez, que se cogió todo lo que se pudo coger, pasando por los Monagas, Guzmán Blanco, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez y el mismo López Contreras, el militarismo ha tenido bajo su bota a la sociedad civil y ha hecho con los bienes públicos lo que le ha dado su realísima gana. Sin embargo, el general Medina ha luchado por adecentar el ejército y tratar de acabar con el terrible flagelo que significan los militares en el poder en tiempos de paz.
Huumm –hizo ella, desconfiada e inconforme–. Le repito que Medina, sin ser un mal Presidente, es un populista, Licenciado.
¡No señor! ¡Populista es Perón, que ya habla de ser presidente de Argentina y se ha apro­vechado de su cargo de Ministro del Trabajo para engañar a los “descamisados”, como les di­cen allá a los “Juan Bimba”! ¡Medina es un demócrata, señora Débora! Fíjese, tenga en cuenta este detalle: a pesar de ser un militar de carrera, propició la creación y la legalización de todos los partidos políticos, ¡de todos, ah!, porque él sabe bien que sin ellos, sin quien haga oposi­ción auténtica, no puede haber democracia verdadera.
Pues no digo que no –admitió ella, cruzando las piernas, movimiento que él siguió disi­muladamente al través del grueso cristal que hacía de tablero del escritorio–; pero parece que le faltara guáramo para mandar, a pesar de ser todo un general. Ya el año pasado, por ejemplo, se le alzó un tal sargento Camejo, ¿se acuerda?, ¡un sargento!
El sargento Alexis Perdomo Camejo, cómo no, me acuerdo. El Periódico La Esfera se encarga de recordarnos todos los días que el general Medina ha descuidado a sus colegas mili­tares, pero nunca habla de sus logros, de lo acertado de su política internacional al romper re­laciones con Alemania, con Japón, con Italia, banderas del fascismo y del nazismo en esta pa­vorosa guerra mundial, ni habla de la creación del Seguro Social, del nuevo Código Civil, de la Ley de Hidrocarburos, del Banco Obrero, de la Urbanización El Silencio, y pare usted de contar...
Ya le dije que no discuto los méritos de Medina, pero...
¡Mire, señora Débora, Isaías Medina Angarita es un auténtico defensor del Sistema De­mocrático, y eso para mí es lo más importante!
Usted perdone, Licenciado, pero si eso fuera verdad habría impulsado en el mes de abril el voto universal y secreto para todo el mundo, ¿no es así?, pero no se atrevió; además yo in­sisto en que es muy blandengue –porfió ella–. Por ejemplo, dígame ese mitin de anoche ahí en el Nuevo Circo en el cual Rómulo Betancourt prácticamente incitó a la gente a tomar el Pa­lacio de Miraflores. A eso es que yo me refiero. ¿Usted leyó el resumen del discurso que pu­blicó la prensa? Betancourt jura que es inminente un estallido social.
¡Ese bachaco es un hijo de su madre, y perdone el énfasis! –soltó, airado.
¡Ah pues, acaba de descubrir usted cómo se tibia el agua, Licenciado! –soltó ella una risa coqueta y burlona–... Mire, aquí en este país todos somos bachacos, desde Simón Bolí­var para abajo, y a mucha honra; debe ser por eso que cada quien hace lo que le da la gana, ¡y no me venga a decir lo contrario, Saturnino, porque usted es medio fanático también, caram­ba!
¡Ajá, yo sabía! ¿No ve? ¿No ve? ¡Volvemos a lo mismo!... ¡Ése es el problema de los ve­nezolanos: cuando no estamos presos, nos andan buscando!
¿Cómo es eso? –preguntó ella, volviendo a cruzar las piernas, sin preocuparse de que la falda subiera generosamente. El locutor tosió, atorado, al ser testigo del generoso picón.
Ejeemm...
¿Qué le pasa?
No, nada –dijo, reponiéndose–, sino que somos tan de malas que a lo mejor en este momento se nos está montando de nuevo en el Palacio de Miraflores un gorila con cachucha, como todos los que mencioné antes, después que López Contreras y el propio Medina han lo­grado que los militares permanezcan tranquilos en sus cuarteles… Pero claro, si los civiles empiezan a tentarlos, a alborotarlos otra vez...
¿Y qué me dice usted de su Presidente? ¿No acaba de suspender las garantías ciudadanas hace escasos minutos? ¿Cómo le parece? Dígame sinceramente, ¿había necesidad de eso?
¡Pero bueno, señora Débora, no sabemos qué tan seria y grande sea la sedición, por el amor de Dios! –alzó, agrio–. Además, ¿qué quería usted que hiciera? ¿Acaso no lo quieren tumbar los amigos de usted, los adecos golpistas, aliados con militares revanchistas? ¿O me va a negar que esa es tamaña irresponsabilidad?
Ay, Licenciado, con tal que no nos vengan a estar allanando a cada rato –reculó ella, con la mente en otra parte ya–... Cónchale, déjame hablarle a la hija mía, Ana Sofía, a ver cómo está el rebulú por allá por San Antonio de los Altos, donde ella vive.




VIII:
¡ESTO SE ACABÓ!


Toc-toc hizo en la puerta de la habitación el catire Poblete, y abrió y entró...
Ah, estás aquí... –dijo, tartajoso–. ¿Por qué estabas a oscuras...? ¿Qué te pasa?
Nada, Poblete... –contestó Ana Sofía, su esposa, llamándolo por el apellido como hacía cada vez que se hartaba de sus vicios y parrandas–. Es que... me dolía un poco la cabeza y vine a recostarme un momento.
¿Seguro, Ana Sofía...? ¿No será más bien que los amigos que traje no te simpatizan por­que no son de la jai?
No empecemos con lo mismo, Poblete, por caridad.
¡Pues no me niegues tú que es una grosería que no los atiendas, Ana Sofía, coño! ¡Tú eres la dueña de la casa! –se exaltó, semiborracho.
No quiero discutir. Me aburren tus amigos.
De bola; como no son refinados, ni artistas, ni poetas, ni gente de radio como tu mamá, ni escultores, ni maricones que...
Pues no sería mala idea que alguna vez trajeras a alguien con quien se pueda conversar de otra cosa que no sea de política y de negocios –atajó la bella mujer–. Además, esos ami­gotes tuyos me miran como si me desnudaran.
¡Son amigos míos y tienes que ser amable con ellos, chica, te lo vuelvo a repetir! –gri­tó, ya enardecido–. ¡Necesito la influencia que tienen, y más ahora que se avecinan cambios políticos importantes!
¿Necesitas de ellos? –preguntó sin estridencias, pero firme y sin quitarle de encima la mirada avellana, y luego espetó, rotunda–: ¡Pues entonces sé amable tú, Poblete!

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El mismo jueves 18 de Octubre, tarde en la noche, recrudecieron los enfrentamientos. Las turbas de Acción Democrática, azuzadas por sus líderes, asaltaron los cuarteles militares y se apoderaron de armas y municiones. En la Escuela Militar de La Planicie repartieron máuseres y revólveres a los civiles para que combatieran a la Policía y a la Guardia Nacional, fieles al Gobierno. Hubo tiroteos en Parque Carabobo (la antigua Plaza de la Misericordia), en El Si­lencio, en Catia, en Miraflores y sus alrededores, en el Cuartel San Carlos, “igualitos a los que se ven en las películas de gángsteres y en las de vaqueros del Cine Apolo y el Continen­tal”, según contó Godofredo Mejías, el locutor nuevo, a sus compañeros de Ondas Populares.
Los comercios y tiendas habían cerrado desde el mediodía. Los programas dramáticos y musicales de todas las radios fueron suspendidos momentáneamente, pero igual los escuchas llamaban a las emisoras para quejarse; pedían, enojados, que radiaran los capítulos de las co­medias porque se aburrían encerrados en sus casas calándose la música clásica que la mayoría de las estaciones ponían al aire (y que el vulgo llamaba música de muerto y música pavosa).
Saturnino y Bocaranda Sucre consultaron con Débora Jaimes para transmitir La Loca Luz Caraballo, pero ella se mostró inflexible: “Es riesgoso para el talento –arguyó–; y además, no quiero que nos vengan a allanar por desconsiderados o por frívolos. Eso sí: Tengan el re­parto atento por si acaso mañana se compone la cosa, ¿oyeron?

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Pero la cosa siguió igual al día siguiente, viernes 19 de Octubre. O peor.
La aviación, que estaba con los rebeldes, bombardeó desde las 5 de la mañana los cuarteles y guarniciones que apoyaban al gobierno; la Guardia Nacional y la Policía se enfrentaron a ci­viles armados por segundo día consecutivo. En su comando de La Planicie, algunos de los Je­fes de la revuelta, como el Mayor Carlos Delgado Chalbaud y los Capitanes Mario Vargas y Raúl Fernández, preocupados por la masacre que desencadenaron, pidieron los buenos oficios de sus prisioneros Uslar Pietri y López Contreras (que fueron trasladados a la Escuela Militar) para que hablaran con el general Medina y hallaran una solución que no supusiera más muertes. No se logró, sin embargo, la intermediación, por diversas razones, entre ellas porque todo contacto telegráfico o telefónico con la Escuela Militar estaba interrumpido.
Las autoridades controlaban todos los medios de comunicación, excepto una emisora de ra­dio que pusieron a funcionar los rebeldes desde el Ministerio de Guerra y Marina y a través de la cual los sediciosos llamaron al pueblo a defender su causa, en nombre del partido Acción Democrática.
Por su parte, los líderes del Partido Comunista de Venezuela, entre quienes estaban los her­manos Gustavo y Eduardo Machado, Luis Miquilena y Pompeyo Márquez, aliados de Medi­na, lo llamaron por teléfono al Cuartel Ambrosio Plaza para proponerle la voladura del Pala­cio de Miraflores con dos autobuses cargados de explosivos que lanzarían desde las empina­das calles de La Pastora, acción que, según unos sindicalistas españoles que les asesoraban, sofocaría de raíz la insurrección.
Con serenas pero firmes razones el Presidente declinó la sanguinaria solución.
Finalmente, cerca del mediodía del viernes 19 de Octubre, cuando Medina estaba reunido con su Estado Mayor y su Gabinete en el Ambrosio Plaza planeando una arremetida definitiva que obligara a rendirse a los alzados contando para ello con las tropas, vehículos y parque del Cuartel de Maracay, ocurrió algo que hizo inclinar la balanza...
Señor Ministro, ¿qué sabemos entonces de Maracay? –preguntó el Presidente, sin ocul­tar su ansiedad–. ¿Vienen o no los refuerzos, y cuándo?
Lo lamento, mi general, pero no hay noticias todavía –respondió, abochornado, el Co­ronel Delfín Becerra, Ministro de la Guerra.
En eso, uno de los edecanes se cuadró delante del Presidente (quien tenía la camisa arre­mangada y estaba sin sombrero) y le participó que tenía una comunicación telefónica urgente. El tono del joven militar fue tan perentorio que todos los oficiales que estaban estudiando la estrategia a seguir en el mapa de Venezuela guindado en la pared sobre una pizarra de corcho ribeteado de alfileres de colores voltearon como víctimas de una misma corazonada. Medina Angarita también percibió un no sé qué inusual en la voz del oficial y tras mirarlo largamente, sin una palabra, soltó el lápiz que tenía en la mano y se dirigió a atender.
Habla el Presidente –dijo, ronco, a la bocina negra.
Un silencio premonitorio se adueñó del bunker.
El Presidente, tras escuchar durante un breve lapso, colgó el teléfono, sin despedirse ni agradecer. Cuando regresó junto a los suyos, su semblante estaba demudado y un ligero tem­blor en su labio superior delataba la tormenta interior. Sin embargo, la voz le salió firme y re­suelta:
Atención, señores oficiales... Atención todos, por favor. Hay malas noticias. Estaba pre­venido para una contingencia así y tengo mi resolución tomada. Cuento con la comprensión de todos ustedes, aunque sea difícil de entender. Les aseguro que estoy consciente de la aciaga hora que las circunstancias me obligan a vivir –dijo con tono solemne y luego, tajantemente–: ¡Oficial, escriba lo que voy a dictarle: “El Gobierno Nacional ha decidido rendirse a los insurgentes, no por falta de dignidad ni de coraje, sino para evitar inútiles derramamientos de sangre venezolana, porque el parque y las fuerzas que estaban en Maracay han caído en poder del enemigo.”
¡Pero mi general...! –saltó el Coronel Delfín Becerra, y otro tanto hicieron los demás oficiales y personal civil del Comando, pero el Presidente, grave el semblante y majestuoso el gesto, les contuvo:
¡Pedí su comprensión, señores; no me defrauden! Ese mensaje hay que mandarlo, luego de que yo lo haya firmado, a todas las dependencias militares y civiles de la nación, Coronel Delfín, ocúpese. No hay esperanza; hemos perdido el Cuartel San Carlos también, que ha sido tomado por civiles armados. Coronel, tráigame a Marcos Pérez Jiménez y a Julio César Var­gas para acá. Voy a negociar la rendición. ¡Esto se acabó!

En su libro “Cuatro años de Democracia”, editado en 1963, Medina Angarita reconoció, a propósito de su derrocamiento: “El 18 de Octubre constituyó para mí una sorpresa; tenía, y no me duele proclamarlo, la confianza más absoluta e inquebrantable de la lealtad acrisola­da de los Oficiales del Ejército Nacional. No en la lealtad hacia un hombre, sino hacia el Presidente de la República y hacia la superioridad jerárquica; no en la lealtad hacia un gru­po político, sino hacia la Constitución y las Leyes de la República que habían jurado defen­der, aun al precio de la propia vida.”

♫♫♫

¿Entonces mañana tampoco podemos salí a repartí, pariente? –preguntó, cerveza en mano, Macario, otro de los gandoleros de la compañía ensambladora de automóviles, en tanto Toño Solórzano Salas manipulaba el botón del dial del aparato de radio.
Yo creo que no, pariente Macario –confirmó el muchacho, poniendo boca abajo sus fi­chas.
Estaban en el patio inmediato a la cocina de la casa de habitación de Encarnación Ruiz en la ciudad de Maturín, en el estado Monagas, y mientras Macario (un sujeto bajito, de largo pelo lacio y rasgos indígenas) y un negro flaco y alto se enfrentaban en la mesa de dominó contra los dos compadres (que trataban de escuchar las noticias entre jugada y jugada), en el zaguán de tierra, a la macilenta luz de una bombilla amarillosa, varios muchachos jugaban al trompo, y en la cocina la comadre (la mujer de Encarnación, una india retaquita, de clineja cortica y dientes picados) preparaba unas arepas de maíz pilado.
¿Pero cómo sabes tú que siguen suspendías las garantías, compay Toño? –se interesó el Negro Encarnación, destapando una botella de cerveza.
Lo volvieron a decir hoy en la tardecita, compa –contestó Toño.
Así mismito es –corroboró el negro flaco y alto–. Parece que hay varios muertos y un coñazo de heridos por el peo de los enfrentamientos entre los alzaos y el gobierno allá en Ca­racas.
¡Epa, escuchen la fanfarria! ¡Dele volumen, pariente! –chilló el indio Macario, poniendo sus piedras boca abajo e incorporándose para acercarse al receptor.
La estridente trompeta de la estación radial hizo que los muchachos suspendieran sus jue­gos y se acercaran también, y la india, con la masa en las manos, se asomó por el hueco donde debiera estar la puerta de la cocina para apreciar mejor las noticias.
Por el altavoz del aparato se escuchó la voz tensa y sonora de Saturnino Solórzano Salas. Toño sonrió con abierto orgullo.
Señoras y señores... A continuación, Ondas Populares pasa a transmitir, conjuntamente con la Radio Nacional de Venezuela y el circuito de emisoras comerciales del país, el Primer Comunicado Oficial al pueblo venezolano de las nuevas autoridades constituidas... Con ustedes la voz del señor Rómulo Betancourt.
Ah vai--le, tumbaron ahora sí al hombre –comentó, preocupado, el negro flaco.
Schiist... Deja oír... Ese que habló es mi hermano Saturnino.
¡Esooo, Toño; púyalo! –dijo, vacilador, el indio.
¡Schiist...!
El líder accióndemocratista informó, con su característica voz nasal:
Esta noche, después del triunfo alcanzado por el Ejército y el pueblo unidos contra el funesto régimen político que venía imperando en el país, ha quedado constituido un Gobierno Revolucionario Provisional presidido por quien les habla, Rómulo Betancourt, e integrado por dos Oficiales del Ejército:
el Mayor Carlos Delgado Chalbaud y el Capitán Mario Vargas; además de tres dirigentes más de Acción Democrática: el doctor Luis Beltrán Prieto Figueroa, el doctor Gonzalo Barrios y el doctor Raúl Leoni, y el doctor Edmundo Fernández, de filiación política independiente.
¡No joda, yo sabía que ese carajo estaba metido en esa vaina! –reventó, con grandes as­pavientos, el negro flaco y descomunal.
¡Coño, pero por favor, vamos a escuchar! –se molestó Toño.
Este Gobierno Provisional tendrá como misión inmediata la de convocar al país a elecciones generales para que mediante el sistema de sufragio directo, universal y secreto puedan los venezolanos elegir sus representantes, darse la Constitución que anhelan y escoger al futuro Presidente de la República.
¡Ojalá sea verdá, Compay! –dijo el indio Macario, bajito.
Este Gobierno constituido hoy hará enjuiciar ante los tribunales, como reos de peculado, a los personeros más destacados de las administraciones padecidas por la República desde fines del pasado siglo. Están presos, y deberán comparecer ante los tribunales a explicar el origen de sus fortunas la mayor parte de esos reos contra la cosa pública. El General López Contreras y el General Medina Angarita se encuentran entre los detenidos. Ninguno de ellos ha sufrido ni sufrirá vejamen en su persona, ni atropello de ninguna naturaleza...
¡No, si así es! –ironizó el negro Encarnación–. ¡Muelde aquí!
¡Schiiiissstt!
...Pero deberán devolver a la nación y al pueblo lo que le usurparon mediante el deshonesto manejo de los dineros públicos.
¡Yo sabía, yo sabía que eso venía! –enfatizó el flaco.
¡Coño, deja oír, mi vale! –pidió Toño, de mala gana.
...Severo, implacablemente severo será el Gobierno Provisional contra todos los incursos en el delito de enriquecimiento ilícito al amparo del Poder. Tomaremos inmediatas medidas encaminadas a abaratar el costo de la vida y a elevar las condiciones económicas y sociales en que vive el pueblo.
¡Con tal que no sea habladera‘e pistolá, Virgen der Valle! –dijo la india.
Sin demagogia ni aparatosidad, con sencillez de quienes están cumpliendo con su deber hacia la colectividad, afrontaremos con ánimo de contribuir a su solución las más apremiantes necesidades de las clases media, obrera y campesina. Garantizaremos el orden público, sin apelar a violencias coercitivas. Habrá garantía para el libre desarrollo de las actividades de todas las clases sociales. Será mantenido en vigencia el Decreto de Suspensión de Garantías Constitucionales, hasta tanto no sea recuperado el orden público turbado, para cuyo efecto pedimos y esperamos la colaboración ciudadana.
Vergación, Compay, como que no vamos a podé salí mañana tampoco –dijo el dueño de casa.
Así parece, compa, qué vaina tan seria. Si no rodamos, no ganamos.
El pueblo venezolano, todas las clases sociales democráticas de la nación, nos respaldarán con su fervor solidario; y ese respaldo hará posible el logro de nuestro objetivo central como Gobierno Provisional: garantizar unas elecciones libérrimas, sin imposición ni parcialización ejecutivista por ninguna de las corrientes políticas en pugna, para que de las limpias manos del pueblo surja un Presidente de la República lealmente asistido de la confianza nacional.
¡Coño, Presidente, ojalá su boca sea un templo, carajo! –se le escapó a Toño, y los demás le miraron con gravedad, impuestos de la solemnidad que la voz del Jefe de la Junta de Gobierno transmitía.
Al hablarle a la nación, este Gobierno Provisional quiere exaltar el desinterés generoso y patriótico de la oficialidad, clases y soldados del Ejército, la Marina y la Aviación, virtudes de las que han dado impresionante revelación con esta jornada magnífica, la cual ha contribuido a que Venezuela comience a incorporarse al número de las naciones realmente democráticas de América.
Qué bolas tiene éste –dijo, mordaz, Macario–; los militares tumban a un Presidente legítimo y él los pone por las nubes; ¡los conejos detrás de los perros, pues!
¡Schiiissstt...! –lo apabullaron todos.
Su actitud, unida a la valerosa decisión del pueblo, ha hecho posible esta hora en que la nueva Venezuela afirma su voluntad de hacer historia. Miraflores, 19 de Octubre de 1945. Rómulo Betancourt. Mayor Carlos Delgado Chalbaud. Capitán Mario Vargas. Dr. Raúl Leoni. Dr. Luis B. Prieto F. Dr. Edmundo Fernández. Dr. Gonzalo Barrios.”
Tras un momento de silencio en la transmisión radial, se volvió a oír a Triple Ese:
Esta ha sido una transmisión conjunta. Seguimos con música clásica.
No me jorobe, Compay, apague esa guarandinga –dijo Ruiz. Toño obedeció y rió:
Bueno, vamonó, compadre, ¡zapato con estos ñeritos!
Epa, Eliodora, ¿qué pasa con esas arepas, pué? –gritó el Negro, tomando un largo buche de cerveza–. ¡Tengo un hambre mata gente, mija!
Ya casi ‘tán, negro Chón, pero tienen que mandá a pedí ají ca’jel compadre Lorenzo, o allá ‘onde Macario, porque el de aquí se acabó, ¿sabe? –rezongó ella.





IX:
LOS DECRETOS


En el Palacio de Miraflores, en el Despacho Presidencial, se reunió la Junta Revoluciona­ria de Gobierno en pleno. Los dos integrantes militares (Mayor Carlos Delgado Chalbaud y Capitán Mario Vargas) se sentaron a la derecha, ligeramente distanciados de la silla del presidente provisional.
Gonzalo Barrios y Luis Beltrán Prieto Figueroa, en el otro extremo, conversaban, distraídos. El Médico Edmundo Fernández (especialista en trastornos endocrinos) reía, en falsete, un chiste del abogado Raúl Leoni.
Mientras los mozos servían café, arepas y sándwiches a los nuevos gobernantes, que llevaban 14 horas consecutivas trabajando en los decretos que había que implementar, Rómulo Betancourt estaba en la sala de baño aseándose.
Varios mecheros de carburo y algunas velas enormes alumbraban el despacho debido a que la energía eléctrica (que escaseaba en gran parte de la ciudad desde el jueves 18) todavía no había sido restablecida.
Un observador imparcial se daría cuenta de inmediato de que, tras la aparente euforia de todos los miembros de la Junta por la oportunidad histórica de trabajar por el bien de la patria y trascender, estaba ya presente (aquí y ahora) el germen de la división entre civiles y militares.
Los dos hombres de uniforme, sin disimularlo mucho, se dedicaban a observar los gestos y palabras de los otros con una actitud y una sonrisa que mucho tenían de desdeñosas y despreciativas.
Cuando Betancourt regresó, secándose las manos y la cara con un pañuelo blanco, se escucharon toses y rodar de sillas. El caudillo pudo palpar la tensa atmósfera que rondaba el salón como un viento de desgracia, provocada por la actitud de los dos militares.
Muy bien, señores, proseguimos –dijo el guatireño, y miró acerbamente y sin disimulos a los de cachucha.
Era implacable la expresión de reproche que su rostro pecoso y moreno exhibía. El tono de su voz era acerado, sin rastros de condescendencia.
Hay que sacar las conclusiones ligero, porque el país entero está aguardando por nosotros.
Vargas rodó su silla hacia atrás con más ruido del que era necesario y se puso en pie. Se produjo un silencio presagioso. Casi se podía escuchar el entrechocar de las mandíbulas del militar al tener que someterse a aquel civil casi cuarentón, moreno, irreverente y bajito.
Bueno, lo relativo a la cuestión de los rangos y ascensos militares está listo, Presidente –dijo, pero había puesto tal énfasis en el adjetivo, que parecía como si quisiera llamar la atención de los otros sobre un posible nuevo significado castrense del fonema.
Tosió fuerte, ex profeso, y alargó una carpeta al hombre de mirada imperturbable:
Aquí tiene nuestra propuesta definitiva.
Ajá... ¡Se pusieron de acuerdo por fin! –comentó con leve tono sarcástico Betancourt, tomando la carpeta que el Mayor Vargas le extendía
A ver... Ajá... Muy bien... muy bien, Mayor... ¿De modo que congelamos entonces hasta nuevo aviso todos los ascensos militares, sin excepción?
Sin excepción, Presidente –respondió Vargas con firmeza–. Es la única manera de poner orden en este despelote que es la Fuerza Armada Nacional.
Perfectamente –asintió el Presidente de la Junta de Gobierno. Encendió la pipa y miró largo a los civiles–. Supongo que todos estamos de acuerdo en este punto, ¿no es eso?
Todas las cabezas asintieron.
¿Y lo del asunto de los oficiales de alta graduación?
También está ahí en la carpeta, Presidente.
¿O sea que generales, coroneles y tenientes coroneles pasan a retiro de inmediato, también sin excepciones, caballeros? –insistió Betancourt, revisando papeles, pipa en boca.
Eso es correcto, Presidente –metió baza Delgado Chalbaud.
Pero esa no se la van a calar tan fácilmente los oficiales de mayor graduación –intervino, con su vozarrón intermitente, el oriental Luis Beltrán Prieto Figueroa, rascándose una de sus enormes orejas–. Ahí vamos a tener problemas, ya verán.
Entonces se escuchó una voz con dejo gocho, fuerte, mandona y clara:
¡Ahí no va a haber problema de ninguna naturaleza, doctor Prieto!
Era el Mayor Marcos Pérez Jiménez, que venía entrando. Al caminar hacía rechinar sus brillantes zapatos de cuero de patente negro. Habló con acento autoritario:
Eso ya lo discutimos mis colegas y yo, y general u oficial que se oponga, sea quien sea, pues va derechito para afuera, vea, al exilio, porque si no, ¿para qué nos atrevimos, pues? ¿Para seguir en lo mismo? ¿Para que esa cuerda de viejos carcamales de cuando Cipriano Castro no dejen ascender a uno el joven?
La teatral entrada dio el resultado esperado: todos asintieron, con la cabeza gacha y las caras amarradas.
El Mayor tiene razón –apoyó de seguidas Raúl Leoni, terminando de masticar los restos de una arepa de queso guayanés–. Hay un nuevo orden en el país y hay que respetarlo, y quien no lo haga, que se atenga a las consecuencias de sus acciones.
Prieto Figueroa, que era aspirante a la Cartera de Educación, insistió:
No, no, está bien, eso es correcto, pero yo que se los digo, señores: No se van a quedar quietos.
Allá ellos con su conciencia –sentenció Vargas.
Perfecto, estamos de acuerdo entonces, compañeros –puso orden Betancourt, tras una breve y significativa mirada al orejón margariteño–. Revisemos la versión definitiva de los Decretos, si son tan amables –agregó–. Ciudadana Secretaria, haga el favor de leerlos.
Así, de estas agotadoras sesiones de trabajo de los (por sí mismos) recién investidos de gobierno, comenzaron a germinar las nuevas disposiciones que pretendían regularizar la ingobernabilidad y la anarquía reinantes.
Se nombraban nuevos Presidentes para los veinte Estados y los dos Territorios Federales.
El Mayor Carlos Delgado Chalbaud fue designado Encargado del Ministerio de Guerra y Marina y el Mayor Marcos Pérez Jiménez Jefe de Estado Mayor Conjunto.
A Juan Pablo Pérez Alfonzo, el futuro Padre de la Opep, se le nombró nuevo Ministro de Fomento y al abogado Gonzalo Barrios Gobernador de Caracas
Se disolvieron las estructuras del estado que al nuevo gobierno le pareció apropiado eliminar o remplazar: el Congreso, las Asambleas Legislativas, los Concejos Municipales, las Juntas Comunales, el Consejo Supremo Electoral…
♫♫♫
Oiga, compay Toño, si quiere nos paramos en esa bomba de allá; yo tengo mucha sé.
El compadre de Solórzano Salas iba de copiloto momentáneo en la enorme gandola cargada de automóviles sin estrenar que finalmente les autorizaron a trasladar el sábado 20 de Octubre de 1945.
El dicharachero negro miró con cara traviesa a su compañero:
Ajá, ¿nos echamos una lisita o qué, ñerito?
¡Basirruque no monta en coche! –sonrió Toño– ¡Qué riñones tiene usté, compa! ¿A ver si pasa algún supervisor de la compañía y nos dan matarile a los dos?
No-hombre, Compay, que va a está pasando naide, no sea aguao.
Seguro mató a confiao, valecito. Mejor se aguanta hasta que lleguemos ca’je la portuguesa Agustina; usté sabe que allá no hay problema, porque ella nos tapa.
Tá güeno –aceptó el Negro.
De golpe se acordó de lo que le venía rebullendo en la cabeza y le quería preguntar al muchacho. Mostró sus enormes dientes con picardía:
Coye, compa Toño, hablando ’e la poltuguesa Agustina, ¿a usté entuavía le gusta la hija d’ella?
¿Carmen? –suspiró Toño–. ¡Ay, mi caballo, esa mujer me tiene los cauchos espichaos! Pero la muy muérgana qué va, no quiere nada conmigo.
Los ojos de Encarnación parecían dos pepas de mamón macho:
¡No pué sé, Toñito! ¡Usté no me diga que esa ñera tuavía sigue esperando a Hugo!
Sí, vale... todavía –respondió con voz repentinamente sombría y despechada Toño Solórzano Salas.

♫♫♫

Luego del último tema musical, el locutor de guardia en las noches y los fines de semana, Godofredo Mejías, amplió el intermedio:
Ondas Populares informa: El golpe cívico-militar que derrocó al general Isaías Medina Angarita, quien se rindió ante los rebeldes en horas del mediodía de ayer viernes 19, como oportunamente informáramos, ha sido bautizado ya como La Revolución de Octubre”...
Mejías (que vestía hoy una camisa de popelina con coloridos y escandalosos cocoteros bordados atrás y adelante) sacó una carterita de anís del bolsillo trasero de su pantalón de caqui y, cuidando que el Operador no lo viera, tomó un largo trago. Ya más a tono, prosiguió:
El mayor Marcos Pérez Jiménez, Jefe del Estado Mayor del Ejército, reiteró que los generales Isaías Medina Angarita y Eleazar López Contreras podrían salir pronto al exilio vía Nueva York.
Cuando había leído cinco comerciales de la pauta de la emisora, Mejías levantó la mirada hacia Chuy Moreno para chequear si en el estudio grande estaban listos para continuar con la radionovela. El Técnico hizo un movimiento afirmativo en tanto dejaba colar unos acordes de intriga.
Triple Ese ubicó la acción:
Al día siguiente, temprano, Marcos Caraballo, desvelado y desesperado, busca encontrarse a solas con su hija Irismariela. Cuando los cuatro varones se han desperdigado por los riscos con carneros y ovejas y la hermosa muchacha está tendiendo ropa, se oyen venir sus pasos entre la tierra del patio trasero...
Irismariela, mija, ¿puedo hablar con usted? ¿Dónde anda su mamá?
Por allá, Taita, por el otro corral. ¿Qué le pasa?
No, a mí no me pasa nada, mija... Atienda: ¿usted por una casualidad sabrá dónde tiene su mamá los papeles de propiedad de todos estos terrenos, que es que los necesito...?
¿Qué papeles, Taita? Yo no se nada de eso. ¿Por qué?
¡Por nada, muchacha!... ¡Válgame Dios, a esta familia se la llevó quien la trajo!
Transición, música tormentosa y los truenos espaciados, ¿oíste, Chuy? –pidió Bocaran­da–... Voy con narrador...
Ese mismo día, al atardecer, el cielo se cubre de nubes plomizas y los truenos anuncian la inminencia de una fuerte tormenta... También en la choza junto al farallón se presiente borrasca... A la hora de la frugal cena, ni el padre ni el menor de los hijos, Emiliano, de 8 años, han aparecido. Irismariela, Ramiro, Chucho y Martín tratan de disimular su propio desasosiego para no aumentar la inquietud creciente de la madre. Luz María, en tanto les sirve los embutidos de queso de cabra, indaga:
¿Pero y cómo va a ser eso que ninguno de ustedes cuatro ha visto a su papá ni a Emilianito, ah?
Un actor cuarentón, aindiado, que hacía un bolito como Ramiro, el mayor de los varones, fue el encargado de explicarle a Luz María:
No, mamá, a Emiliano sí lo vimos más temprano,
cerca del farallón negro, pero a papá no.
¿Emilianito cerca del farallón negro, Ramiro? ¡Virgen Santa!... ¿Y qué hacía ese muchacho por esos rumbos tan peligrosos?
La mujer gruesa de ojos saltones que prestaba su voz a Irismariela tranquilizó a Luz María:
Mamá, no se haga afán; ése conoce esos huracos como la palma de su mano.
Sí, Irismariela, pero escuche esos truenos. Lo que viene es una tempestad de esas de granizo.
Aquí la voz de la esbelta cubana Liliana Conde se tornó una dolorosa súplica:
Ramiro, Chucho, ustedes que son los mayores, ¿por qué no van a buscar a su hermanito, ah?
Vamos a esperar un rato, mamá. Ese debe andar con el viejo. No deben de tardar.
A continuación, tras una brevísima y enervante cortina musical y bajo la tajante orden de Bocaranda, se desató un verdadero pandemónium en el estudio: Chuíto lanzó unos acordes trágicos, oscuramente conmovedores, y fue filtrando una ráfaga de vientos coléricos, en tanto Camión imitaba magistralmente los sonidos de una violenta granizada y hacía un ensordecedor ruido golpeando un trozo de lata de zinc con una vara de hierro.
Triple Ese, con el tono y la intención exageradamente trágicos (instado por los imperiosos gestos de Bocaranda, que pedía drama), narró:
¡Ya a las diez de la noche, Luz María Caraballo no soporta la zozobra y en plena tempestad, con un farol de aceite por toda guía, sale hacia las breñas a indagar el paradero del marido y del hijo tuñeco!... Ramiro y Chucho la secundan, a regañadientes:
¡Emilianooo...! ¡Marcoooos...!
¡Papáaaaaaaaa...!
¡Eeemiiiliaaano...!
¡Sube todos los efectos full! –pidió enérgicamente Bocaranda–: ¡Dame transición muy lenta!
Toda la noche dura la recia tormenta... Toda la noche, también, la cada vez más desesperada y desesperanzada búsqueda de la familia Caraballo..., hasta que el nuevo día se lleva el temporal…, pero trae los signos de la desgracia… Unos toques desesperados en la puerta del rancho sobresaltan la duermevela de Luz María Caraballo:
¡Comadre, comadre Luz María, abra rápido...!
¿Quién es...? Voooyy...
Se oyó el chirriar de puerta que Camión ejecutó esta vez con una de las de su escaparate de trucos.
¿Qué fue, comadre Dominga?
¡Comadre Luz María, venga, apúrese!
¿Para dónde, comadre, qué sucede?
¡El ovejo, comadrita; el ovejo de Emilianito apareció en el fondo del farallón negro!
¿Quéeeee...?
Triple Ese (hoy ataviado de guayabera negra) despidió con voz súper engolada:
¡Hasta aquí el episodio especial de hoy sábado de La Loca Luz Caraballo!... No se pierda la conclusión de este fantástico radiodrama pasado mañana lunes 22 a las 7 y 40 minutos de la noche en su espacio estelar preferido “Noches de Ronda”, a través de estas antenas de Ondas Populares, por una exquisita cortesía del Almacén Americano, que anuncia las nuevas y revolucionarias cocinas a Kerosén Perfection...
Y como en ello le iba la manutención de su programa, se regodeó con el comercial:
¡Higiénicas, prácticas, cómodas y económicas, las Cocinas Perfection no ahuman, no manchan, no despiden olor de ninguna especie y están fabricadas con el más fino gusto!... Las tenemos pequeñas y grandes. ¡Venga a verlas, en modelos desde ciento diez bolívares con cuarenta céntimos! Servicio y repuestos asegurados. ¡Almacén Americano, siempre a sus gratas órdenes de Pajaritos a La Palma en Caracas, teléfono 6181!... ¡Pronto también en el interior!




X:
EL DRAMA DE CARMEN


¡Adiós, mijo! ¿Pero Calmen tá creyendo en serio que ese individuo va a regresá por ella? ¡Tá tostá la muchachita, Compay Toño!
Toño asintió, botando por la ventanilla el cigarrillo que fumaba:
Claro que está loca, pero no hay quien la convenza de lo contrario. Ella jura que Hugo Bosner la va a llevá al altar.
¡No juegue! al manicomio será, si sigue así!
Luego de un momento, chasqueó los dientes el Negro Encarnación:
Pobrecita, compay... Usté va a tené que convencela… ¿A quién se le ocurre que el hijo mayol, el heredero, pué, del Gerente de la Ensambladora Fold de Venezuela se va a enredá en serio con la hija de una poltuguesa que tiene una taguara ’e carretera, ah? ¡Hazme tú el favol, compay!
Así es la vida, mi compa. Acuérdese cómo fue la cosa... El tipo, el Hugo Bosner, estuvo hasta manejando gandolas por orden de su papá para que se empapara del más mínimo detalle de la compañía; conoció a Carmen, la enamoró, y la muy zoqueta creyó en todas las promesas que él le hizo.
Mire, Toño Solólzano –se enserió Encarnación–, yo tengo tiempo que no la veo, pero usté tiene que decile que no siga creyendo en pájaros preñaos.
¡No jó, compa! ¡Ni la mama ha podido convencerla que Hugo nada más quería pasar el tiempo con ella por joder!
Más a mi favol; usté, que la quiere con güenas intenciones, y eso me consta, convénzala que es una pendejá que siga pensando en ese patiquín.
¿Y qué es lo yo no he intentado?, pero qué va... cada vez que asomo el tema, me embarulla, me dice que eso es problema d‘ella, que ella sabe lo que hace...
¡No, si así es! –ironizó el Negro, y bostezó largamente–. ’Chacho, tengo caligüeva...
Al rato volvió a avivarse en lo que escuchó un bolero en la radio del vehículo:
¡Ajá!... Dele volumen ahí, que esa me gusta... esa es Un Viejo Amol...
Esa misma es.
Mire, compa, ¿y ónde me toca a mí?
¿Manejar?... No se preocupe; duerma otro rato si quiere. Yo le doy hasta donde la portuguesa.

♫♫♫

Ven a cenar. Ya está servido –dijo con acento áspero Concha, la esposa de Saturnino Solórzano Salas.
Él escribía en su vieja Remington en la habitación que usaba como despacho de trabajo en su casa de la parroquia La Pastora, cerca de la iglesia y la plaza del mismo nombre. Sin interrumpir el tecleo, con cierto fastidio reprimido, murmuró:
Ya voy, Concha, ya voy...
¡Nada de ya voy, chico, que yo no soy ninguna esclava para estar calentando comida! –regañó ella con acritud.
Con un elocuente gesto de resignación (como niño llevado ajuro a misa) dejó la máquina, echó atrás la silla y caminó sin ganas hasta el comedor. Se sentó, observó la comida y tomó los cubiertos, flanqueado por Concha.
¿Tú no sabes dónde está Simón? –dijo, agria, ella.
No, chica, no sé.
Pero bueno, ¿cómo que no sabes, chico?
Pues no sé, Concha. Dijo que iba por ahí, a casa de no se quién; que venía en un saltico.
¿Y tú no le preguntaste? –se asombró con exageración ella, poniendo los brazos en jarras–. ¡Es que francamente, vale, tú eres un caso serio! ¿Quiere decir que tú vas a dejar que ese muchacho te domine, que haga lo que le dé la gana es, piazo ‘e zoquete?
Él soltó ruidosamente los cubiertos con los cuales había cortado y trinchado un trozo de carne y miró a su esposa.
Concha era una mujer de mediana edad, muy delgada y pálida, de ademanes malcriados, insinceros, y rostro que alguna vez fue atractivo pero que ahora lucía envejecido y amargado. El periodista y locutor, tras tomar aire profundamente para controlarse y no iniciar una de las frecuentes discusiones a las que su mujer parecía tan adicta, volvió a asir el tenedor y probó la comida. Concha, que le observaba atentamente apoyada en una de las sillas que circundaban la mesa, volvió a la carga:
Contéstame pues, Saturnino: ¿Tú vas a dejar que tu hijo te gobierne?
Concha, ¿qué es esto, qué le echaste a esta carne? –dijo, paladeando el trozo de bistec.
Nada, ¿qué le voy a echar? Tomate y sal... ¡Ahora, si no te gusta mi comida, cómprate el recetario de cocina de Marichú y te la haces tú mismo!
Saturnino masticó un poco más el bocado y luego lo escupió ruidosamente en el plato:
Concha, ¡esta carne tiene ajo!
¡Adiós, coroto! ¿Quién dijo, quién dijo?
¡Yo digo! ¡Yo digo! ¿Acaso no la estoy probando? –se enfureció, tras volver a arrojar el cubierto contra la losa–. Contesta: ¿le echaste ajo?
Chico, que no.
¡No me digas que no, Concha! ¡Tú no me vas a mamar el gallo a mí; respétame, ah!
¡Ah no, mijito! ¿Vas a armar esta tremenda galleta por una migajita de ajo que a lo mejor se me coló en la carne?
Obstinado, sabiendo que ella lo que quería era mortificarlo, él rodó con violencia la silla hacia atrás, se puso de pie y la encaró, pero no con la cólera ciega del hombre humillado o escarnecido por su mujer, sino con la furia impotente y tácita que la buena educación y los sostenidos años de matrimonio le habían sembrado en el alma:
¡Concha, por tu madre! ¡Casi 15 años de casados ya, sabes que no me gusta el ajo, sabes que no lo puedo ver ni pintado y todavía insistes en engañarme, en hacérmelo comer sin que yo me dé cuenta! ¡Francamente, chica!
Y ella, defendiéndose, pero con el aire culpable y triunfal de quien consiguió su propósito:
Pero chico, si lo que le puse fue un adarme, ¡y además se lo eché rallao!
♫♫♫
El lunes en la tarde, Débora Jaimes, la buena moza Gerente de Producción de Ondas Populares, estaba sentada con aire de preocupación ante su bonito escritorio de vidrio niquelado cuando Saturnino Solórzano Salas se asomó por la entreabierta puerta.
¿Usted me solicita, señora Débora?
Sí, sí, Licenciado; pase y siéntese, hágame la caridad –rogó, con aire reservado.
Él entró y se acomodó en el sillón mientras daba un vistazo fugaz a las bien torneadas piernas de la viuda por encima del cristal.
Bueno... usted me dirá –carraspeó él
Débora, cuyo ánimo no estaba en este momento para apreciar un piropo visual, se estrujó las enjoyadas manos, nerviosa. Con un gesto ofreció café del termo que estaba a su espalda, pero el locutor, intrigado, negó con la cabeza.
Ella, para esconder el verdadero motivo de la consulta, preguntó algo que ya sabía.
Licenciado, ¿hoy es el final de La Loca Luz Caraballo, no es así?
Triple Ese se la quedó mirando con extrañeza.
A las 7 y 40, señora Débora. ¿Por qué pregunta? ¿Se le había olvidado?
La transmisión del sábado fue una verdadera primicia, una idea genial, un éxito total y absoluto –evadió ella–. Francamente, es lamentable que esa serie sea tan corta, Licenciado.
Sí, estoy de acuerdo con usted. Yo conversé con Bocaranda para alargarla, pero se rehusó. Dice que los dramas dan lo que tienen que dar. Bueno, usted lo conoce mejor que yo –remachó, con intención–. En eso es inflexible. Jura que no hay que malacostumbrar al público.
Sí, hombre... Él es muy delicado en eso, pero imagínese que todavía seguimos recibiendo llamadas y telegramas, porque como el sábado usted dijo que hoy terminaba la novela, la gente quiere más; no le gusta que sea tan corta.
El locutor, que conocía bastante bien a su patrona, se impacientó:
¿En qué le puedo servir, señora Débora? Mire que tengo que redactar una cuña de un cliente nuevo para “Noches de Ronda”.
¿Ah sí? ¿Otro cliente patrocinador? ¡Congratulaciones!
Saturnino, con una amable sonrisa, se incorporó y dijo, con extrema delicadeza:
Señora Débora, cuando se acuerde para qué me hizo llamar, me avisa y yo con mucho gusto...
Ella volvió a cruzar las piernas sin saber cómo comenzar:
No, no, siéntese, Saturnino... Ya sabe usted que goza de mi aprecio y de mi profunda estimación, y debe perdonarme esta confidencia que voy a hacerle, pero es que estoy... algo desorientada.
Ah caramba... Expláyese con toda confianza, señora Débora –sonrió él.
Se trata de... de mi hija, Ana Sofía Jaimes de Poblete, mi única hija. Usted no la conoce, ¿verdad, Licenciado?
No, no, señora Débora, no tengo el gusto –negó, sonreído y cada vez más confundido.
Ella encendió uno de sus cigarrillos estadounidenses y continuó por las ramas:
Ana Sofía es... una buena muchacha, pero algo rebelde, porque Tulio, mi difunto marido, que en gloria esté, la consentía mucho, ya sabe usted cómo es eso.
Sí, claro, también tengo un hijo –volvió a sonreír Triple Ese, cada vez más impaciente–. Se llama Simón.
Ah..., bueno –replicó ella, haciendo un gesto vago con la mano–, el asunto es que, a lo mejor por llevarle la contraria a su padre, como quien dice, Ana Sofía se casó con un patán, un abogado tramposo y pícaro –y como notara el gesto de incomodidad e impaciencia del locutor, pidió–: –Permítame hacerle el cuento corto, Saturnino: yo no puedo aconsejar a mi hija porque jamás tuve desavenencias con mi marido en 25 años de casados, y además ella no me haría caso; por eso se me ocurrió que tal vez usted... Bueno, no sé, quizá podría darle alguna recomendación, una guía o algo así...
Débora Jaimes se interrumpió al notar que Saturnino Solórzano Salas había comenzado a reír suavemente, pero sin burla, cuando ella mencionó la palabra recomendación.
¿Qué le sucede, Licenciado Solórzano?
¡Por favor, discúlpeme, señora Débora! –se sonrojó él–. No fue mi intención interrumpirla ni mucho menos mofarme, pero es que –una expresión dolorosa sustituyó la amarga risa. Un pañuelo asomó a sus manos–. ...Señora Débora, buscó usted a la persona menos apropiada para darle un consejo a nadie en esa materia.
¿Y eso por qué? Usted es un hombre estudiado, inteligente; además, tiene muchos años de casado, ¿no es eso?
¡Sí, pero lo que usted no sabe es que quien necesita una recomendación matrimonial soy yo!
¡Ah, caramba, mire usted cómo son las cosas! ¿Y eso por qué, Licenciado, qué le pasa? ¿Se lleva mal con su esposa?
Mal no, señora Débora... ¡Me llevo peor!

♫♫♫

¡Muy bien, elenco, todos atentos, por favor, que viene! –avisó David Bocaranda Sucre, enérgico como siempre y mirando por el cristal a sus actrices y actores–. ¡Es capítulo final, pónganle el corazón, ¿sí?; cerremos con broche de oro!
Una ráfaga musical atronadora y angustiante inundó los altavoces. En el estudio (al que pronto le pondrían gradas para que el público radio-oyente pudiera asistir a las transmisiones en vivo y a las grabaciones) todos sabían que había llegado la parte más dramática del nudo argumental de la historia, el segmento en el cual se les exigiría un mayor esfuerzo.
Chuíto puyó con el pulgar el botón del cajetín de la música de la presentación y a la señal de Bocaranda Sucre, Triple Ese recitó así, con conmovido acento:
El hambre lleva en sus cachos
algodón de tus corderos;
tu ilusión cuenta sombreros
mientras tú cuentas muchachos;
una hembra y cuatro machos,
subida, bajada y brinco,
y cuando pide tu ahínco
frailejón para olvidarte,
la angustia se te reparte:
uno, dos, tres, cuatro, cinco...
Música, dame más música, Chuy, por favor –pidió el Director, y sus manos se elevaron durante unos segundos, y cuando bajaron, su dedo (el índice) señaló a la actriz que hacía de madrina de Emilianito, el hijo menor de Luz María Caraballo (ahora perdido entre los farallones andinos, según la trama).
¡El ovejo, comadre Luz María ; el ovejo de Emilianito, mi ahijado, apareció en el fondo del farallón negro!
¿Quéeeeee...?
Otro acordetazo enervante hizo que Liliana Conde-Caraballo estrujara con angustia las hojas del libreto y se ajustara los espejuelos:
¿Qué?... ¡No... no es posible, comadre...! ¡Eso no es posible!
Bueno, mire, el marido mío vio al animal solito, comadrita, pero como ellos eran inseparables...
¡Dios del cielo, yo lo presentía, yo lo presentía!... ¡Vamos, comadre Dominga, lléveme para allá!
¿Y no le va a avisar a los demás hijos suyos?
Están durmiendo, porque pasamos la noche en vela... Déjelos quietos. ¡Vamos, vamos...!
Lo que viene es un pensamiento –advirtió Bocaranda, y Chuíto manipuló la perilla que abría el efecto de eco o resonancia en el micrófono que usaría la protagonista para su fervorosa súplica interior:
¡Virgen Dolorosa, que sea el carnero únicamente, que sea el carnero únicamente!
¡Cierra el eco!
Ah, comadrita, ¿y apareció el sinvergüenza ese del compadre Marcos?
¡Un ramalazo de angustia enturbia la mirada de Luz María Caraballo al pensar que puede haber perdido hijo y marido en una sola noche, y se lleva las manos al conturbado y lloroso semblante, y mira hacia arriba, hacia el cielo andino, que otra vez ha quedado inmaculadamente limpio, teñido de un azul doliente, y repite la inútil plegaria, esta vez en voz alta y desesperada!
¡Que sea el carnero únicamente, Dios Todopoderoso..., que sea únicamente el carnero!
¡Venga, coño, la música fúnebre arriba unos segundos! –imploró Bocaranda, ronco, tratando de que la sensación del deleite puro y casi místico del compromiso artístico llevado a feliz término no interfiriera con su papel de guía–. ¡Y el viento bien fuerte, Chuy! ¡Entra, Triple Ese!
El narrador del radio-teatro pareció sufrir una convulsión a consecuencia del apremio que el clímax dramático ejercía sobre su ánimo y sobre su responsabilidad de voz omnisciente y conductora de los sentimientos y emociones del radioyente:
¡Pero, desgraciadamente, no es únicamente el carnero!... A unos pocos metros del ovejo destrozado en el fondo del barranco, las comadres consiguen el cuerpo sin vida de Emilianito Caraballo, el hijo menor... ¡El alucinante grito de angustia de Luz María resuena por riscos y cañadas y desfiladeros y se queda repitiendo entre la piedra eterna lo efímero de la existencia humana!:
¡Nooooo..., Emiliano no, mi Dios, Emiliano nooooooooooo...!
Luego del impresionante alarido de genuino dolor que la versatilidad de la actriz cubana sembró en el estudio (¡y en la sensibilidad de los numerosísimos oyentes del espectáculo radial en casi todo el territorio nacional, a no dudarlo!), siguió la música espeluznante que subrayaba el terrible convencimiento de la muerte del menor de los vástagos del personaje protagónico, y acto seguido surgió el largo puente musical que aseguraba la esperada y necesaria catarsis dramática:
A los tres días, luego del entierro de Emilianito, un muro de torpe silencio se interpone entre los hijos y la madre... Los cuatro sienten que ella, de algún modo, los culpa, pero ningún reproche alcanza a salir de los labios de Luz María Caraballo; únicamente sus negros ojos la delatan... A los pocos meses se recibe una carta de Marco Caraballo, el marido ausente, por intermedio de un arriero del pueblo vecino... No hay en ella ninguna explicación; sólo la incierta promesa de que un día regresará; nada más... Con el pasar de los días, el carácter de Luz María se torna hosco y ausente con todos, excepto con Martín, el menor de los varones vivos. Como es natural y humano, los tres mayores resienten el trato agresivo y vejatorio de la madre, y un amanecer gris y tormentoso los catres de Ramiro y Chucho amanecen ociosos; el mortecino sol sorprende a Irismariela, la mayor, constatando, catre por catre, que los páramos le han robado ya tres hermanos... Sólo quedan en la casa ella, Martín el menor, y la atontada madre...
Se produjo otra pausa vocal para la música oscura y tenebrosa que Chuíto escogió para el anticlímax. La narración se tornó sombría, fúnebre:
De la suerte de Ramiro y Chucho, los dos hijos mayores, nunca se supo nada digno de considerarse veraz. En cuanto a Irismariela, la única y rebelde hembra, Dominga, la comadre, la misma que trajera la noticia de la muerte del cordero de su ahijado Emilianito meses atrás, entra una mañana de sol serrano a la choza con parecida y escandalosa conmoción:
¡Comadre!... ¡Comadre Luz María...!
De entre las brumas de los catres vacíos y los tristes balidos de ovejos deslanados, trasquilados, que van y vienen por la miserable choza sin objeto ni control, surge una sombra pálida, un ser frágil, murmuroso, inquietante, que interroga casi involuntariamente:
¿Ajá, comadre?
Comadre, ¿sabe lo que me dijeron esta mañanita en Laguna Encantada?
¿Qué será?
¡Pues que Irismariela, la hija suya apareció, comadrita!
¿Irismariela...?
¡Ah pues, ¿no le estoy diciendo? Mire, estaba trabajando en... bueno, en una casa de... de “esas” de... de citas, usted sabe, por allá por Cúcuta, en Colombia... ¿Cómo le parece, comadre?
¡Comadre Dominga, a que usted no me adivina cuántos ovejos había en el pesebre del Niño Jesús la noche de Navidá!
¿Qué...? Pero comadre Luz María, ¿usted entendió lo que le dije...? Qué Irismariela se metió a...
¡Umjú! ¡Treinta y tres ovejos, pues, ¿cuántos iban a ser! ¡Ajájajajaja....! ¡Segurito que usted me iba a decir que eran diez, ¿no ve que usted no sabe contar? ¡Venga, venga para afuera para que los enumeremos! Venga... Mire, son... once... doce... trece...
¡Final, final, el vals andino del final, rápido, ya, Chuy, coño! –se emocionó hasta las lágrimas Bocaranda, y Chuíto (también con los ojos aguados) dejó filtrar la sentimental y nostálgica melodía del apogeo del entretenimiento radial.
Saturnino, igualmente arrebatado (como todos los demás integrantes del elenco), concluyó, echando mano a la dosis de sobriedad y control que quince años de experiencia profesional le brindaban:
¿Qué sucedió con Martín, el otro hijo varón? ¿Regresó Marcos Caraballo alguna vez, el esposo vacuo y padre irresponsable...? ¿Y el Juez Sulbarán? ¿Es cierto que consiguió apropiarse de las tierras que tanto ambicionaba, y que poseyó finalmente a la mujer que era la legítima dueña de aquella heredad? ¡Dejemos que la última estrofa del sublime poema de Don Andrés Eloy Blanco que la ha inspirado sirva de epílogo a esta magistral historia!
¡El vals, Chuy, arriba, arriba, chico! ¡El vals, más arriba, coño, más...! ¡Mantenlo ahí!... Un poco más –pidió desesperadamente Bocaranda Sucre, como temeroso de que se rompiera el encanto del lacrimoso final del dramático– ¡Ahora, ahora sí, que entre el narrador...!
Saturnino volvió a presionar su oreja izquierda y recitó con voz sabiamente trágica:
Tu hija está en un serrallo,
dos hijos se te murieron;
los otros dos se te fueron
detrás de un hombre a caballo.
¡La loca Luz Caraballo!”,
dice el decreto del Juez,
porque te encontró una vez,
sin hijos y sin carneros,
contandito los luceros:
...seis, siete, ocho, nueve, diez...
¡Arriba, arriba la música, Chuíto, arriba full, full, carajo, que se reviente esa vaina! –gritó, ahora sí, entre emocionadas risas el Director y Libretista de la radionovela terminada, en medio de los aplausos entusiastas, las sonrisas, los parabienes y algún llanto sentimental de los participantes en el programa.




XI:
¡VARIADITO, COMO EL PAÍS!


Las revueltas aguas de la política nacional lentamente fueron volviendo a su cauce, en medio de las dificultades que obviamente representaba para las nuevas e inexpertas autoridades asumir las riendas de un país semiagrario, semipetrolero, semidemocrático, sin continuidad administrativa y en un lógico clima de improvisación en todos los niveles.
El viernes 30 de noviembre de 1945, la Junta Revolucionaria de Gobierno decidió “extrañar” del territorio venezolano a varios líderes políticos por “razones de seguridad pública”, y así lo anunció a la prensa escrita y a la radio. Fueron extrañados (para respetar el eufemismo del gobierno) del país los dos ex presidentes López Contreras y Medina Angarita, y el ex ministro Arturo Uslar Pietri, entre otras muchas personalidades del quehacer nacional cuya presencia se consideraba “perturbadora”.
Tal como lo prometiera, uno de los primeros intereses del nuevo gobierno fue tratar de resolver la menguada situación económica y moral del ejército, para lo cual se decretaron aumentos en la ración pecuniaria de todos los componentes militares del país, desde tropa hasta oficiales, y la exoneración de pago de algunos servicios domésticos como barbería, lavado de ropa, etc, que eran descontados de su peculio, así como el mejoramiento de su alimentación y vivienda, y el de sus familias.
También en este mes de noviembre, por medio de un Decreto-Ley, se creó la comisión encargada de la redacción del proyecto de convocar al pueblo a elecciones, hecho que no sucedía desde los tiempos del general Joaquín Crespo, cincuenta años atrás.
♫♫♫
Mamá, le juro que ya no aguanto más –dijo, desolada, Ana Sofía Jaimes de Poblete bajando la mirada hacia el lujoso mantel verde con dibujos de rosas blancas.
El discreto rumor de las conversaciones de las gentes de las mesas vecinas y el solaz que propiciaban el pianista y su instrumento sobre una pequeña tarima tornaron la respuesta de la madre en apenas un murmullo:
Pero Ana Sofía, mija, no puede ser tan grave. Trate de llevar las cosas con moderación, porque usted siempre ha sido un tanto rebelde, no se le olvide. Yo sé que ese hombre la quiere, Ana Sofía.
Ana Sofía levantó el rostro con presteza y miró a la madre largamente. La hija de Débora Jaimes y esposa del depravado abogado Wilfredo Poblete poseía un rostro de óvalo perfecto, facciones y nariz helénicas, decididas y agresivas; brillantes y rasgados ojos avellana, de un castaño claro y límpido; sedoso cabello azabache y resplandeciente piel color canela, como la de su madre. No sobrepasaba los veinticinco años, pero una sombra de indefinible amargura opacaba su salvaje belleza.
Madre e hija se habían citado en la taberna del Hotel Ávila, uno de los más populares restaurantes (entre la gente pudiente) de Caracas.
Hacía solo unos años atrás que, poco a poco, la capital venezolana había comenzado a dejar de ser provinciana y estaba aprendiendo a degustar la cocina internacional, sobre todo la francesa, de la mano del aventurero, chef y empresario galo Pierre René Delloffre, ahora caído en desgracia. El emprendedor francés regentó, entre las esquinas de Cochera a Puente, en la Parroquia San Juan de Caracas, el famoso restaurante Longchamps, separado del cabaret Trocadero únicamente por una gruesa cortina. Ambos negocios fueron saqueados y destruidos por las turbas antimedinistas el 19 de Octubre del 45, pues se sabía en Caracas que Delloffre era amigo personal del presidente Medina Angarita.
La crisis en el matrimonio de la joven Ana Sofía era tal que se atrevió a revelarle a su madre parte de la verdad, a pesar de la humillación que ello significaba para la orgullosa y bella muchacha.
Una sonrisa amarga y fugaz precedió a su irónico comentario:
¿En verdad usted cree que mi esposo Wilfredo me quiere, mamá? ¿Después de todo lo que le he contado?
Mire, hija, sé que debe estar muy confundida –musitó Débora, y con discretas miradas a los lados y fingiendo leer la carta de vinos, murmuró–: Mija, ¿por qué no agarra y se va con su esposo a temperar unos días en Macuto? Tal vez con el cambio de aire y la...
¡Mamá, ¿por qué no puede entender que estoy a punto de cometer una locura si esto sigue así?! –estalló, aunque contenida, la joven–. ¡Ya no aguanto más!
Débora se escandalizó, pero lo supo disimular.
¡Muchacha, no diga sonseras! Parece usted un personaje de esos de las radionovelas, pero la vida no es una radionovela, Ana Sofía; la vida es... la vida es la vida –dijo, como resumiendo en la frase la esencia de su filosofía existencial.
Al rato clavó en la hija su mirada esmeraldina:
Mire, mija, las mujeres estamos en este mundo de hombres para casarnos, tener hijos y atender a nuestros maridos, no para criticarlos o poner en entredicho lo que hagan.
Pues usted no parece ser unas de ésas, mamá, y perdone que se lo diga.
Pero lo fui, Ana Sofía..., al menos mientras su papá estuvo vivo.
Luego suavizó rostro y tono:
Ana Sofía, escúcheme bien: ni siquiera piense en la palabra divorcio, porque no hay causal en nuestras leyes para que una mujer pida la disolución del contrato matrimonial por esas nimiedades que usted me cuenta.
¿Nimiedades, mamá?
¡O “gravedades”, si usted prefiere, Ana Sofía, pero ese es uno de los riesgos del matrimonio, y yo bastante se lo advertí! ¿Cómo cree que nos tratarían nuestras amistades y relacionados si a usted se le ocurriera propiciar tamaño escándalo, ah?
Un largo silencio siguió a la frívola pregunta-comentario. Un carraspeo largo y exagerado delató a Débora Jaimes:
En fin, vamos a ordenar, Ana Sofía. Tengo apetito.
Yo no –dijo la chica con tono fúnebre.
La madre se desesperó un poco:
¡Ay, Ana Sofía, cómo es usted!... A ver... ¿Qué es lo que quiere? ¿Qué hable yo con el pájaro bravo ese de su marido y le cante las cuarenta?
Los deslumbrantes ojos color miel volvieron a mirar acusadoramente a los verdes:
No, mamá... no deseo eso. Ni nada. Únicamente quería... desahogarme. ¿Me pide un jerez, por favor?
¿Un jerez? –saltó, escandalizada–. ¡Pero Ana Sofía, esa es una bebida para hombres! –y pasó al tuteo rezongón–: ¿Y desde cuándo bebes tú eso, niña?
Desde poco después de casarme, mamá. ¿Lo pide usted o lo pido yo?
¡Jesús contigo, Ana Sofía! –se le escapó a la madre, en voz alta.
♫♫♫

Escucharon "Noche de Ronda", en la voz su autor, el mexicano Agustín Lara.
Triple Ese vestía en esta ocasión una vistosa guayabera roja y azul.
En Ondas populares son ahora las diez en punto de la noche de hoy lunes 31 de diciembre, última noche de este año 1945, y así hemos llegado a ésta entrega especial de su programa Noches de Ronda, por una fina cortesía del Almacén Americano, entre las caraqueñísimas esquinas de Pajaritos a La Palma... Nos despedimos con un viejo refrán castellano: “Cuando el año es frijolero, del cielo nos caen las vainas.” ¡Próspero 1946, amables amigos, y ahí está "El Año Viejo", del también azteca Tony Camargo...!

♫♫♫

Toño sonrió examinando el tapizado de los asientos y la madera pulida del tablero del auto en el cual se desplazaban por el centro de Caracas.
Y entonces, Saturnino, ¿cómo va todo? Me imagino que requete bien, porque este Studebaker es nuevo, ¿no?
Del año pasado, pero comprado a crédito, tú sabes. ¿Y tú...? ¿Sigues de camionero?
De gandolero, y a mucha honra, hermano mayor.
Pues me parece muy bien, vale. El trabajo decente no deshonra a nadie y sirve para que uno se pueda meter la mano en el bolsillo –filosofó Saturnino, al tiempo que daba un giro violento al volante para evitar rozar una reata de burros que salió de una bocacalle.
Sonrió de nuevo mirando a Toño:
¿Y de amores qué? ¿Algún caramelito, ah?
En esa materia estoy fregao, ñero.
El locutor frenó para dar paso a uno de los pocos tranvías (uno color naranja) que aún quedaban en Caracas y que iba rumbo a La Pastora con pocos pasajeros cuando apenas comenzaba la tarde.
¿Entonces sigues soltero, chico? ¡Mucho cuidado y te quedas por fuera como mis guayaberas, hermano menor!
¡Epa, hermano, qué es! –rio el muchacho–. No, mire, hay una muchacha de Valencia que me tiene, como se dice, la empalizá en el suelo, vale; en tres y dos me tiene. Una portuguesita.
¿Una portuguesa? ¿Sí, Toño? –sonrió Saturnino, satisfecho.
A lo largo de la empedrada calle, en las tiendas y ventorrillos se notaba aún el ambiente del pasado mes de diciembre por las colgaduras rojas y verdes y las luces navideñas de colores que titilaban aún de día, como nostálgico testimonio de lo que la gente compraba año a año para adornar sus nacimientos.
Los hermanos Solórzano Salas habían quedado huérfanos de padre y madre seis años atrás (el año 40), cuando el matrimonio (que residía en Cumaná con el camionero) murió repentinamente contagiado de una extraña y maligna deshidratación que los médicos del lugar no pudieron diagnosticar a tiempo y la cual atribuyeron, luego de los decesos, al cólera.
Aunque el padre, Gregorio Solórzano Pérez, Capitán (en situación de retiro) del ejército, intentó que de la clínica local les trasladasen a su esposa y a él al Hospital Vargas de Caracas, cuando llegó la autorización y se consiguió una ambulancia, ya no había nada que hacer.
Luego del primer luto, el periodista quiso que su hermano menor se viniese a vivir con él a la capital, pero Toño declinó el ofrecimiento y se quedó en la casa paterna, atendido por una tía y por la solícita comprensión de sus vecinos y sus amigos.
Mira, estaba pensando una cosa ahorita... ¿Tú tienes algo que hacer hoy, Toño?
Eeehh... Pues... no; hasta mañana temprano, que tengo que irme cargado para Maturín con unos repuestos, no. ¿Por qué?
¿Cómo te parece si pasamos de un saltico a mi casa, buscamos a Simón y nos vamos a ver una película?
¿Con mi sobrino? ¡La cátedra, hermano! ¿Y qué película?
Ya va, déjame devolverme aquí –atajó.
Dió un giro en “u” en la esquina del Puente del Guanábano, el preferido de los suicidas en la capital, y siguió el hilo de la conversación:
Me parece que en el cine Apolo dan una de Cantinflas, Toño.
¡Cátedra, Saturnino!... ¡Malhaya que no sea en Valencia, para atreverme a invitar a la portuguesita aprovechando que estoy con usté, hermano!
¡Adiós cará! –bromeó Saturnino– ¡Este bicho llega hasta allá en un soplo, chico!

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¡Escuchaban El Manisero, la estupenda pieza de Moisés Simons en la voz del astro cubano Antonio Machín! Ahora complacemos a unas buenas amigas escuchas de la Laguna de Catia con don Andrés Cisneros cantando Cuatro Líneas para el Cielo... ¡Suénala, Chuy Moreno!

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En enero del año 1946, concretamente el domingo 13, se constituyó una nueva agrupación política presidida por el doctor Rafael Caldera Rodríguez, quien era el Procurador General de la Nación: COPEI se llamó (Comité de Organización Política Electoral Independiente).
Entre sus numerosos miembros directivos fundadores estuvieron José Antonio Pérez Díaz, Mauro Páez Pumar, Lorenzo Fernández y Pedro del Corral, para sólo mencionar algunos al azar.
Esta organización partidista, junto con las opositoras y ya constituidas URD y PC presentó dura batalla electoral a Acción Democrática conforme se iba acercando la fecha de las elecciones anunciadas por la Junta Revolucionaria de Gobierno (en la cual, como sabemos, tenía mayoría de miembros el partido del Presidente de la misma, Rómulo Betancourt).
Los enfrentamientos en los mítines entre los partidarios de las cuatro asociaciones políticas no se hicieron esperar, la mayoría de las veces con saldo de muertos y heridos, tanta era la efervescencia despertada por la promesa de formar parte del pastel electoral.
Cuando llegó el mes de Octubre de 1946, fecha de elegir la Asamblea Constituyente que redactaría una nueva Constitución y un nuevo estatuto Electoral, se embochinchó completamente el clima electoral; los voceros de los aludidos cuatro partidos políticos principales recorrieron el territorio nacional prometiendo lo que la gente quería que le prometieran, y las descalificaciones y ofensas a los rivales estuvieron a la orden del día.
La iglesia, el comercio, las asociaciones civiles no partidistas, el magisterio, las mismas fuerzas armadas y hasta los incipientes sindicatos petroleros (y no petroleros), todos se vieron envueltos en la vorágine electorera, amén de que este ambiente de enfrentamiento civil contribuyó a la agitación insurreccional en los cuarteles militares, amenaza siempre constante en la patria de Bolívar desde su nacimiento como nación independiente.
Se comentaba insistentemente que el exilado general Eleazar López Contreras (el ronquito, asentado ahora en Medellín, Colombia) a fuerza de comunicados, declaraciones, cartas y telegramas a amigos, partidarios y hasta a sus enemigos, ayudaba a sembrar el clima de zozobra que caracterizó los meses posteriores al golpe de Octubre del 45 en Venezuela.
Finalmente, el domingo 27 de Octubre de 1946 el pueblo concurrió masivamente a manifestar su voluntad en las urnas electorales para elegir a los miembros de la tan esperada Asamblea Constituyente.
Los Diputados por Acción Democrática obtuvieron casi el 79% de las papeletas; los de COPEI, casi el 14%; los de URD, el 4,25% y los del Partido Comunista el 3,62%.




XII:
GARDEL: DOCE AÑOS DE AUSENCIA


En noviembre del mismo año, Saturnino Solórzano Salas fue llamado para integrar el nuevo staff de un circuito radial con sede en Caracas cuyos propietarios (pese al caldeado clima político del país) se arriesgaron a invertir en la modernización y transformación de su empresa y quisieron contar con el radiodifusor en su triple condición de locutor, periodista y productor. Buscando renovar sus relaciones laborales, ya que las sentimentales estaban en bancarrota, el comunicador aceptó y se despidió, en los mejores términos, de Débora Jaimes, su jefa en Ondas Populares.
Créame, señora Débora, que me marcho por motivos estrictamente profesionales; ya le dije que la oferta que me hicieron es demasiado generosa como para rechazarla, pero espero que quedemos amigos como siempre lo hemos sido.
Pero desde luego, Saturnino –respondió ella, cálida–. ¿Por qué no habíamos de quedar así? ¡Por supuesto que sí, y demás está decirle que Ondas Populares sigue siendo su casa, Licenciado!
Muchísimas gracias. Ojalá no tenga que arrepentirme de mi decisión.
¡No diga eso, Licenciado Solórzano! ¡Nada de lo que hagamos en la vida para mejorar puede ser motivo de arrepentimiento!
Lo dijo tomando una de sus manos cariñosamente, y él sintió que la bella y distinguida viuda hablaba con sincero convencimiento. Con un nudo en la garganta, la abrazó:
¡Dios la bendiga, señora Débora!
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El aguacero hizo huir momentáneamente a los patinadores que en los dos últimos meses del año acostumbraban reunirse al caer la tarde en verdaderas bandadas en el interior y los alrededores del parque de Los Caobos formando interminables y ondulantes cadenas humanas de alegres muchachas y muchachos, cual colorido ciempiés con ruedas. Pacheco, el tradicional frío caraqueño que bajaba tenazmente del cerro El Ávila en noviembre, diciembre y enero, era celebrado (y combatido) a punta de guayoyo, café con leche, chocolate y abrigos y chaquetas y suéteres de todos los colores, texturas y grosores.
Los días de diciembre de 1946 (previos a la instalación de la Asamblea Constituyente) estuvieron signados por la agitación popular y por los desencuentros sociales. Casi todas las corrientes políticas del país le hicieron férrea oposición al gobierno y al partido Acción Democrática, acusándoles de extremistas y sectarios por la gran ventaja electoral que habían conseguido. Se produjeron pequeños, medianos y grandes alzamientos militares, y la Junta Revolucionaria se vio obligada a suspender las garantías ciudadanas de nuevo.
Se alzó un Mayor en Carabobo, y se alzó en Valencia un Teniente Coronel ¡hermano de Marcos Pérez Jiménez, el Jefe del Estado Mayor, nada menos! Fueron detenidos numerosos ciudadanos (civiles y militares) acusados de conspirar para derrocar al gobierno, entre ellos el orador y líder de URD Jóvito Villalba, y muchos de los oficiales conjurados en Octubre del 45.
Se declaró a prensa y radio que el ex presidente López Contreras, desde Colombia, era el artífice de la conjura (para variar), pero no se presentaron pruebas de ello. Finalmente, el martes 17 de diciembre de 1946 se instaló solemnemente la Asamblea Nacional Constituyente. Como Vicepresidentes fueron nombrados Jesús González Cabrera y el sindicalista Augusto Malavé Villalba, y el poeta y abogado Andrés Eloy Blanco fungió de Presidente.
♫♫♫
A comienzos de Febrero de 1947, en un pequeño edificio remodelado y equipado para tal fin, se reinauguraron los estudios de la refaccionada estación radial que había llamado a sus filas al popular Triple Ese, con la nutrida asistencia de lo más granado de las llamadas fuerzas vivas del país.
Saturnino Solórzano Salas (que en la nueva emisora ya no quiso usar su pegajoso apelativo), en su calidad de Jefe de Locutores, profundamente emocionado, inició la nueva programación con una transmisión dramatizada especialmente realizada por él para la ocasión:
¡Desde Caracas, Venezuela, cuna del Libertador Simón Bolívar, transmite Radio Cultura, la señal inteligente que prefiere la gente...! Presentamos: “Tierra de Gracia, el Luminoso Mañana”, un programa de Saturnino Solórzano Salas!
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Por exigencias de la Gerencia de Producción de su nueva estación radial, Saturnino tuvo que incorporar (igual que en la otra emisora) a su programa musical nocturno “Noches de Ronda” el ingrediente que garantizaba el éxito de público (y de patrocinadores, especialmente los de productos del hogar como detergentes y artículos de limpieza): los programas dramáticos (radioteatros o radionovelas).
Para ello invitó a cenar y a unos tragos a su antiguo compañero de equipo, el Libretista y Director David Bocaranda Sucre, y le hizo una tentadora oferta. El escritor, que se sentía desaprovechado en la estación de Débora Jaimes, además de que estaba reñido (sentimental-mente) con ella, decidió probar suerte con su antiguo Productor y aceptó trabajar en Radio Cultura, aunque no abandonó del todo sus programas en Ondas Populares.
Como estaban a mediados del mes de junio, decidieron comenzar con un programa especial, dramatizado y musical, sobre el gran cantor argentino Carlos Gardel, para conmemorar los doce años de su trágica desaparición. Bocaranda buscó a Raúl Montenegro, un actor uruguayo conocido suyo que mataba tigres en otras emisoras como actor de carácter, y se lo trajo para que interpretara al gran Carlitos Gardel. Saturnino sería el narrador, por supuesto.
Tras una semana completa de campaña de promoción e intriga publicitaria, el sábado 22 de junio grabaron el Especial para lanzarlo al aire en horario estelar al día siguiente, domingo 23, víspera del doceavo aniversario de la muerte del inmortal cantor de tangos.
Bocaranda escribió el libreto, el cual discurría sobre los días que permaneció el celebrado tanguista en nuestro país con sus músicos, aderezado con la inclusión de sus más renombrados éxitos musicales.
Cuando quiera, poeta; aquí estamos listos –dijo Saturnino, mirando hacia la cabina de controles. Bocaranda Sucre le hizo señas de que esperara.
¡Grabando! –dijo Críspulo, el Operador asignado a la grabación en Radio Cultura, un cuarentón delgado y bajito, muy sangre liviana, con un bigotito a lo Clark Gable y de fácil sonrisa.
El Director habló por su micrófono (toolback, una herramienta que no tenía en Ondas Populares) a los del estudio:
¡Estamos grabando Gardel, señores!, ¿oyeron? ¡Atentos...! ¡Señor Narrador, por favor identifique!
Grabando “Carlos Gardel, 12 años de Inolvidable Ausencia”...
Perfecto... ¡Arrancamos!... ¡Sonido de escritura para iniciar, señor efectista!
El de los efectos de sonidos en el estudio (que no era Camión, porque no pudo asistir a éste por estar matando otro tigre en Radio Continente), un sujeto como de cincuenta años, retaquito y aindiado, tomó un trozo de cartón y con la uña comenzó a hacer como unos rasguños que semejaban al oído con bastante precisión el ruido de los trazos de una pluma fuente sobre papel.
Ponle un punto de eco al uruguayo, Críspulo –ordenó Bocaranda al técnico–, porque se supone que Gardel está escribiendo una carta y hay que dar la sensación de que la señora está escuchando a su hijo...
Raúl Montenegro, que sabía que la vida le estaba brindando una inesperada oportunidad de lucirse (a un mismo tiempo y compás) como actor, como amante del tango y como uruguayo, echó el resto desde el principio y comenzó a dar verosimilitud a la leyenda:
Mi querida mamita: He tardado un poco en escribirte, primero por no saber dónde debías contestarme, pues como me cambio muy seguido tengo miedo se pierdan las cartas, pero yo haré que cuando salga a otro sitio me las envíen a donde yo vaya. Como ves te escribo desde Venezuela, el país que vos conocés lo mismo que tío Juan; aquí me han recibido como a un presidente. No te podés imaginar; las películas han hecho una popularidad enorme...”
Ve colando El Día Que Me Quieras, y lo dejas de fondo... ¡Pasos suaves y abre ventana!
El eco de las fustigantes órdenes de Bocaranda llegó al estudio y el hombre de los efectos de sonido reprodujo el ruido apagado de unos pasos y luego el chirriar de una ventana al abrirse.
Montenegro-Gardel prosiguió, apropiado ya de la piel del peligroso (por lo conocido y popular) personaje.
¡Estos venezolanos...! ¡Qué lindos y sentidos que son, qué cálidos! ¡Es que no hay manera de que abandonen los alrededores del hotel! ¡Qué gran corazón que tienen!
El tema musical interpretado por Gardel (autoría suya y de Alfredo Le Pera) se mantuvo de fondo como colchón a la narración que hizo a continuación la sobria voz de Saturnino Solórzano Salas:
Tras concluir, en papel con membrete del sitio en el cual se aloja, la misiva dirigida a su madre en Argentina, y luego de dedicar una sonrisa al aparato de radio que reproduce el tema musical de una de sus películas, se asoma por la ventana de su lujosa habitación en el segundo piso del Hotel Majestic, frente al majestuoso Teatro Municipal de Caracas, un hombre cuya visita, acontecida hace varios días ya, no ha cesado de turbar la casi conventual tranquilidad de la capital venezolana... ¡Y con toda razón: se trata del gran cantante conocido como El Zorzal Criollo, El Morocho del Abasto, El Rey del Tango, El Mudo!... ¡Es nada menos que el gran Carlitos Gardel, triunfador latino en grabaciones de discos y películas en Broadway y Hollywood y rival en París, en España y en las tres Américas del fallecido latin lover Rodolfo Valentino!
El Gardel radial suspiró profundamente en el micro:
¡Hoy quiero ir a pasear por donde mientan el Puente de Hierro! ¡Puede ser que la vea!
En eso se oye otra sonora voz de acento argentino en el estudio.
Pibe, ¿sos sordo ahora vos?
Eh, Le Pera, vení... ¿Qué querés?
No, ¿qué querés vos? ¿Preocuparme...? Llevo como cinco minutos tocándote la puerta. Estás más raro que el final de una novela de misterio, pibe. ¿Seguís mal de la garganta...? ¿Suspendemos la función de hoy también?
No, no, Le Pera, pará, pará... No suspendás nada, ¿estás loco vos? No me pasa nada, che. ¿Por qué lo decís?
Y... ¿Vos te has mirado al espejo la cara de tango que cargás? ¿Querés engañarme a mí, al tipo que ha escrito casi todos los argumentos de tus películas, pibe? ¿Tenés nostalgia de Buenos Aires o qué, Carlitos?
No, no, Le Pera… Vení, vestite, vayamos a echar una carta al correo para mi mamita y a dar un paseíto por donde llaman el Puente de Hierro, ¿querés?
El actor criollo y barrigón que interpretaba al compositor Alfredo Le Pera sonrió, cóm­plice:
¿Eh, qué sucede…? ¿El zorzal suspira por una zorzalita? Decime, pibe, ¿te habés enamorado de esa morocha criollita tan bien proporcionada y linda que nos presentaron el pasado sábado?
Callá, Le Pera...
¡No, no, no! –interrumpió el Director por el tolbac–. Vamos de nuevo con tu parlamento, Le Pera, porque te salió muy criollo; muy caraqueño, quiero decir... Exagera un poco más el acento argentino, por favor.
Como usted mande, señor Director –dijo el actor, con una sonrisa de disculpa, y luego, con marcadísimo acento charrúa, repitió:
¿Eh, qué sucede…? ¿El zorzal suspira por una zorzalita, che? Decime, pibe, ¿te habés enamorado de esa morocha criollita tan bien proporcionada y linda que nos presentaron el pasado sábado?
Callá, Le Pera... Callá y no preguntés tanto, que parecés maestro en examen final. Andá a cambiarte, viejo.
El tema argentino instrumental, por favor –pidió el Director, y cuando sonó, apuntó con su vara-índice a Saturnino:
Carlos Gardel ha arribado al puerto de La Guaira diez días atrás, procedente de San Juan de Puerto Rico... Toca tierra venezolana el jueves 25 de abril de 1935, en la motonave Lara. Es un mediodía incandescente y en el puerto lo espera una cálida multitud que se desborda en entusiasmo popular.
En el estudio se oyó la algarabía que el técnico mandaba desde los controles.
Tanta es la conmoción que su llegada causa, que debe ser guarecido en una fábrica de vidrios de los alrededores.
Transición breve –dijo Bocaranda–. Pon Dama Antañona de fondo y vas filtrando efecto de tren...
Pasada la una y media de la tarde, parte el tren desde la estación de La Guaira. El Rey del Tango viaja en un vagón especial alquilado para él. Viste traje gris, bufanda de seda de colores y sombrero claro de fieltro. Durante todo el trayecto, el cantor se asoma, incansable, para saludar a sus admiradores, diseminados a lo largo de las vías...
Mirá, Le Pera, este es el famoso cerro Ávila, el guardián de Caracas, del cual tanto me habla mamita.
¡Qué fenómeno, che, qué verde más lindo!
El cantor siempre sintió curiosidad por conocer a Venezuela, porque, según parece, Berthe Gardés, su madre, y un tío muy querido por Gardel estuvieron, de niños, residenciados en Puerto Cabello.
Mire, Director –dijo el técnico–. Lo llaman de allá adentro. Parece que Gardel quiere salir.
Sí, hombre –comentó Bocaranda–. Es que ese carajo sufre de un riñón y se la pasa en esa orinadera. Vamos a parar diez minutos, ¿oíste, Críspulo?




XIII:
POBLETE Y TORRIJOS
(o la Política es del carajo)




Caracas rápidamente se ha ido poblando de manera desordenada, desquiciada y anárquica, como si tuviera prisa por equipararse a otras metrópolis y recuperar el tiempo derrochado en las muchas décadas de barbarie y dictaduras. Más de 400.000 almas habitaban la capital venezolana para 1947, la mayoría en los cinturones de miseria que la circundaban y que habían ido asfixiando las otroras tranquilas urbanizaciones residenciales.
En las afueras, vía San Antonio de Los Altos, en una fastuosa residencia tenía lugar uno de los constantes saraos a los que el frívolo y depravado jurista Wilfredo Poblete era tan aficionado.
Desde el picó, la orquesta Serenata Tropical dejaba escuchar las notas de la rumba de Rafael Hernández “Cachita”. El catire Poblete, ataviado con saco azul marino cruzado de grandes botones dorados, pantalón blanco y zapatos de dos tonos con tacón a la cubana, agasajaba a un invitado especial:
¿Y entonces, mi querido doctor Torrijos? ¿Qué le parece la fiestezurra?
¡Fiestezurra! –admiró la palabreja el hombre de impecable corte inglés de casimir. Su rostro, poblado de arrugas, soltó una desagradable carcajada–. ¡Tronco de adjetivo, Poblete, en serio! ¡La fiestezurra!... Pues mire, mi amigo, muy animada, ¿qué quiere que le diga? Mis más expresivas gracias por su invitación.
No, no; no me agradezca nada, mi caballo –protestó, meloso–. ¡Faltaría más! Mire, mi dóctor, usted se merece este honor y todos cuantos se le hagan. ¡Usted es un hombre grande entre los grandes, no juegue! –aduló, ladino, y el lisonjeado sonrió de la boca para afuera siguiéndole el juego en tanto buceaba los traseros de las muchachas que bailaban en la sala.
Favor que me hace...
¡No, no, en serio: Usted, mi querido amigo, es el mejor gerente estatal que tiene este país en este momento, y cuidado si es el mejor de todos los tiempos, sin ánimo de desmeritar a los que honrosamente han pasado por la Administración Pública de nuestra excelsa nación, no joda!
No hombre, no diga eso, mi querido Poblete. Yo sólo intento cumplir con mi humilde deber.
Yo sé, yo sé, y por eso es que lo admiro –continuó el truhán, baboso–... ¿Nos echamos otra champañita, mi dóctor?
No, no, chico, todavía no me acabo ésta... ¿Qué pretende, mi querido colega? ¿Emborracharme…? ¿Ah? –y una risa soez, falsaria, remató su celebración.
Algunas de las muchachas a quienes Poblete había indicado la conveniencia de celebrar (con escandaloso bullicio) cualquier comentario del invitado (por estúpido que pareciera), siguiendo sus instrucciones estallaron en carcajadas aparentemente divertidas.
¡Coño, Poblete, te está quedando bordada la vaina, en serio! –sonrió Torrijos, ya entonado.
El indocto leguleyo que era Poblete, con risita de hiena, incansable, siguió su jaladera:
¡Mire, queridísimo colega, yo lo único que quiero es que usted la pase cátedra, ¿oyó?!
Con un gesto obsceno señaló a las mujeres muy jóvenes y casi en cueros que bailaban provocativamente. Graznó, exultante:
¿Ya se dio de cuenta la clase de amiguitas que invité hoy, ah...? ¿Ah, ah...? ¡Todavía no me ha dado su experta opinión referente a la materia!
No se puede negar que los caramelitos están como les da la gana, chico...
Coño, pero tome, mi dóctor, no sea aguao, beba... ¡No joda, mire que ahora es que hay champaña fría para usté en esas bichas, colega! –rio, señalando los dos gigantescos freezer’s colocados en la terraza.
♫♫♫

Bueno, seguimos, seguimos, que nos enfriamos –apuró el director. –Entras tú, Saturnino.
Al día siguiente de su llegada, el viernes 26 de abril, a las 9 y cuarto de la noche, Carlos Gardel debuta en el Teatro Principal de Caracas, en la esquina del mismo nombre, con arrollador y clamoroso éxito... Llueve a raudales, pero en el local no cabe un alfiler. El primer número musical que interpreta es “Cobardía”, y luego canta sus más conocidos tangos.
Ponle Mano a Mano de fondo, Críspulo... Eso es..., y lígale aplausos atronadores y te los vas llevando para que entre Triple Ese –pidió, entusiasmado, Bocaranda.
¿Quién es Triple Ese? –preguntó el Técnico, extrañado.
Saturnino Solórzano Salas –pronunció con énfasis Bocaranda–. ¿Aquí no le dicen así?
Qué va.
Bueno... Voy con él... déjale el tango instrumental de apoyo, bajito...
Pero..., ¿dónde nació realmente Carlos Gardel: en Francia... o en Uruguay? ¿Quién fue su padre? ¿Tuvo o no tuvo hijos? ¿Se casó alguna vez, como muchos especulan aún? ¿Cómo fue su niñez?... Si existe un término para designar los hechos relativos a la vida privada de Carlos Gardel es: Misterio... Todo lo relacionado con su pasado es oscuro, contradictorio, recóndito. Respecto de este asunto, casi todos los investigadores están de acuerdo en que el mismo Gardel, ex profeso, era ambiguo al hablar de su origen y de sus primeros años... Dio distintas fechas y lugares de nacimiento, contribuyendo con ello a enmarañar más su ascendencia, aunque en su testamento, hecho de su puño y letra, declaró ser francés de nacimiento, y se sabe de cierto que solicitó la nacionalidad argentina y le fue concedida.
Ahora pon Madreselva y lo dejas completo, Críspulo, y después ligamos con efecto de carro viejo en marcha y ambiente de calle caraqueña de ese tiempo, para que entre Le Pera.
Está pago –dijo el Operador.
Che, Carlitos, ¿vamos a pasear toda la tarde por acá?
Esperá, Le Pera, ¿qué apuro tenés?
¿Yo...? Ninguno.
Calla el letrista Alfredo Le Pera ante el rostro extrañamente serio del zorzal. En uno de los pocos automóviles de alquiler existentes en Caracas en estos años se desplazan los dos artistas entre la zona del Puente de Hierro a San Agustín... La adustez de Gardel se debe a que no ha podido ver a una bella morena venezolana que llamara su atención días antes, una caraqueña de unos 18 años llamada Gardenia, de escultural cuerpo y esplendente sonrisa, residente en San Agustín del Sur... –Che Carlitos...
¿Hum...?
¿Cuándo le vamos a responder al Presidente?
¿Qué Presidente, pibe?
Al de aquí, che, al general Gómez.
Ah. Pues no sé... ¿Es obligatorio atender su invitación?
¡Naturalmente! ¿Qué imaginás? ¡Es el tipo que lleva mandando aquí no sé cuántos años, y le gusta tu música, tus tangos, che!
Fenómeno. Vamos pasado mañana. Arreglalo todo.
Bien...
...Ah, Le Pera...
¿Sí...?
Acordate de lo del asunto de las entradas.
¿Qué entradas?
¡Ahora el distraído sos vos! Lo que te comenté que hablaras con los empresarios para las entradas de la última presentación.
Perdoname, pibe, pero se me fue el hilo... ¿Última presentación dónde? Porque acordate que tenés funciones también, además de en el Teatro Principal, en el Teatro Rialto de aquí de Caracas..., en el... José Ángel Lamas de La Guaira..., en Valencia, en Maracaibo, en Cabimas...
Loco, no me volvás un enredo con esos nombres que no conozco… Escuchá: como no todo el mundo en Caracas puede pagar lo que estos empresarios cobran por entrar al teatro...
Esperá, Carlitos, no te metás en problemas. Eso no nos concierne.
¡Claro que nos concierne, Alfredo Le Pera!
Alzó el tono Carlos Gardel, y era tan apasionada la interpretación del actor charrúa, que la mano que sostenía el libreto temblaba:
¡Mi música, mis canciones son populares, son para la masa, para el pueblo, que a veces no puede pagar lo que le cobran!
No, fenómeno, yo sé y estoy de acuerdo, pibe, pero...
¡Nada de peros, Le Pera!... ¿Cuánto cuestan los boletos?
Esperate, dejame recordar... Ah, sí: Galería, dos bolívares; balcón, cuatro, y patio, seis bolívares.
Fenómeno; pues le decís a nuestros amigos empresarios que yo les pido con todo respeto que bajen esos precios a la mitad en la última función, para que el pueblo me pueda escuchar, ¿me entendés?
Sí, sí, no te preocupés.
¡Bien, muy bien!... Que descansen un poco allá adentro mientras dejamos sonar El Carretero completico, ¿oíste, Crispulo?

♫♫♫

En la carretera que conducía a Valencia, Toño Solórzano Salas, a bordo de su enorme transporte cargado de vehículos recién ensamblados, se dirigía al punto de descanso preferido de los choferes de la compañía en ese trayecto, el motel y restaurante propiedad de la portuguesa Agustina Oliveira.
Solitario en la cabina del gigantesco camión (pues su compañero de siempre, el locuaz Negro Encarnación Ruiz, estaba en ruta con otra gandola cargada de repuestos automotrices) el muchacho espantaba el fastidio de la lenta marcha escuchando en la pequeña corneta de la radio empotrada en el tablero de madera de la gandola a Alfredo Sadel cantando Diamante Negro, su homenaje a Luis Sánchez, el torero venezolano triunfador en las Américas y España, al tiempo que repasaba a media voz lo que ya se había convertido en una obsesión para él:
¡Coño, esa Carmen parece pazguata también! ¡Hay que ver, vale! Sigue pensando en el Hugo Bosner, la muy pendeja –y escupió por la ventanilla, molesto.
Luego de encender las luces bajas del vehículo y un cigarrillo, prosiguió su soliloquio.
¿Por qué las mujeres serán tan zoquetas, Dios mío, ah?... ¡Cónchale, si yo pudiera encontrar la manera de hablarle de eso, Virgen de Coromoto! ¿Pero cómo hacer para que esa porfiada me escuche? No hay forma ni manera; cada vez que abro la boca para ver si podemos tocar el tema, o me avienta una carcajada y cambia la conversa, o se pone seria y pica los cabos... ¡Qué verga tan seria son las mujeres, vale!
De pronto, una chispa iluminadora relumbró en los ojos negros del conductor:
¡Momento, ya va, ya va!... Esta noche me toca quedarme en Valencia para llegar mañana a Los Teques con esta carga... Pero bueno, ¿y si la invito a ver una película y ahí aprovecho y le hablo, como me aconsejó mi hermano Saturnino? Lo más que puede pasar es que me diga que no… ¿Aceptará la... tibia esa?
Una sonrisa pícara y esperanzadora le animó el simpático rostro:
«¡Tamaña idea, Toño!... La voy a llevar a ver la película esa mexicana que acaban de estrenar, esa de María Félix y el charro éste que canta arrechísimo... ¿Cómo es que se llama el carajo...?»
♫♫♫

Con una milonga instrumental como fondo musical, Saturnino Solórzano Salas narró:
Charles Romualdo Gardès, de nombre artístico Carlos Gardel, hijo de Marie Berthe Gardès y de padre desconocido, era francés, nacido en Toulouse un 11 de diciembre de 1890, según su propio testimonio asentado en su testamento ológrafo, como apuntáramos antes. Sin embargo, desde el mismo momento de su muerte comenzaron las especulaciones acerca del lugar donde había venido al mundo, llegándose a afirmar que nació en Tacuarembó, Uruguay, hijo de un militar de ese país y de una de sus amantes, pero los sostenedores de esta aseveración jamás han podido presentar pruebas fiables de tal tesis, al menos hasta ahora.
Redondo, redondo... Ahora ponle Melodía de Arrabal, como dice el libreto, ¿oíste?
Está pago, Director.
¿Fue tormentosa la vida sentimental de Carlos Gardel?... Uno de sus mejores amigos, Vicente Padula, comentó que el hombre por quien infinidad de mujeres de todo el mundo suspiraban y con el que soñaban le dijo con voz triste en una ocasión, entre tragos y confidencias:
¿Sabés, Vicente?; te parecerá harto extraño, pero no me enamoré nunca.
¿Dejo la música o la quito, director?
Déjala, tenuecita...
Casi todos cuantos le conocieron coinciden en que Gardel trató de huirle siempre a cualquier compromiso amoroso formal. Como sucede a menudo con los grandes triunfadores, se le atribuyeron amoríos con casi todas las actrices con quienes trabajó, amén de algunas damas millonarias y supuestas madres de hijos suyos en varios de los países que visitó. Otras elucubraciones, escasas por demás, ponían en entredicho la sexualidad del artista.
♫♫♫

Bueno, Poblete, yo me imagino que esta “fiestezurrita” tan agradable no me la está ofreciendo usted porque sí; algo tiene entre ceja y ceja, vagabundón...
Y el viejo economista sonrió, sardónico, pellizcando uno de los carrillos de Poblete en la terraza de la residencia aledaña a San Antonio de Los Altos.
No, no, doctor Torrijos, de ninguna manera, ¿cómo se le ocurre? Lo hago porque lo aprecio mucho, y eso usted lo sabe –dijo el ladino abogado, con hipócrita sonrisa.
Luego, con un carraspeo vil, viendo llegada su oportunidad, aprovechó:
Ahora, que si usted, en su calidad de Administrador General del Ministerio quiere concederme el contrato ese para la construcción de aquella urbanización en Valencia, pues...
Una risotada gutural, vulgar y basta, celebró el atrevimiento:
¡Ah, qué Poblete éste para sinvergüenza! ¡Ya sabía yo que andaba pescando algo!
Acuérdese que yo le había hablado del asunto, ¿se recuerda? La constructora del socio mío haría un buen trabajo, mi dóctor: rápido y garantizado... y, por supuesto, en un contrato de esos uno tiene que recompensar a los amigos como se lo merecen, ¿usted me entiende...? Deme acá para traerle otra copita.
No, no, deje, deje, Poblete... Bueno, sí, pero vamos juntos.
¡Pues cátedra!; véngase conmigo, mi dóctor...
Un súbito relámpago iluminó los picos vecinos a Los Teques y luego retumbó un trueno, amenazador... Los dos hombres se dirigieron lentamente a la cocina, atravesando por el amplio salón donde las muchachas ligeritas de ropas bailaban Ojos Malvados con la Casino de La Playa, emparejadas con sujetos de aspecto triunfador (económicamente al menos).
Poblete (que doblaba los 25 años de edad de su esposa Ana Sofía, aunque todavía resultaba atractivo a las hembras más jóvenes) sirvió dos copas de champaña y pasó un brazo por los hombros del influyente político.
Mire, doctor Torrijos... observe... ahí está su Secretario Privado bailando con esa catira que está más buena que el carajo. ¿No se anima a intentarlo? ¿O es que no puede, mi dóctor? ¡No me venga a resultar un gallo pataruco usted, mi caballo!
Otra bien estudiada carcajada le respondió, y un confianzudo tuteo:
¡Eres un piazo ‘e zorro, Poblete, un verdadero Maquiavelo!
Amigo suyo es lo que yo soy, ¿oyó? –dijo, ya bastante estimulado–. ¿Va a bailar o no?
El viejo sátiro lo miró fijo, cansado ya del juego, y sin ganas de perder más tiempo, giró la vista en derredor:
A propósito, Poblete, ¿qué se hizo tu mujer, chico?




XIV:
COMO EN UN TANGO


¡Pasos mantenidos! ¡Murmullos! –pidió el Director, y el efectista y el elenco obedecieron.
Saturnino, siempre con su mano sobre la oreja izquierda (para oírse), relató:
Una noche, un poco antes de una de sus presentaciones en el Teatro Principal de Caracas, cuando Carlos Gardel y Alfredo Le Pera van llegando al local...
Le Pera, oí...
Decime, pibe...
No te olvidés de mandar tenerme a punto el traje de fantasía de gaucho para la presentación ante el Presidente Gómez. Voy a cantar de entrada el aire “Pobre Gallo Bataraz”, porque me dijeron que él tiene muchos animales de pelea. Quiero impresionarlo, che.
¡Para impresionarlo sólo tenés que cantar como vos sabés hacerlo, che Carlitos!
Ya sabés que no me gustan los dictadores, pero si no hay más remedio...
De pronto se escuchó una voz amable e implorante:
Disculpen... Señor Carlos Gardel...
Era una de las actrices invitadas a la grabación, una catira bajita, de ojos azules rayados y senos turgentes. Su timbre tenía un dejo desgarrador, casi inquietante.
Discúlpenos, señora, pero el señor Gardel tiene que entrar al teatro. Va a empezar la función.
No, no, yo sé, y no quiero molestar, sino darle este papelito.
Señora, perdonemé, pero necesitamos...
Esperá, Le Pera... A ver, señora, deme... ¿Qué quiere? ¿Un autógrafo?
Bueno, sí, pero no es para mí, aunque me gusta mucho como usted canta, señor Gardel.
Muchas gracias, señora, muy amable. ¿A quién quiere que se lo dedique?
Mire, es que... Tengo una niña, ¿sabe?... Tiene como diez años...
Ah, ya comprendo; dígame cómo se llama su hija para escribirle una...
No, no, perdone, señor Gardel... No quisiera parecer fastidiosa o mal educada, sino que ella, mi niña, le mandó esa carta a usted.
¡Acorde sentimental, suave, y se lo dejas de fondo, Críspulo, ojo pelao!
Está pago, Director.
Al actor Raúl Montenegro-Gardel le brillaban los ojos de emoción:
¿Su pebeta de diez añitos me escribió personalmente esta carta, señora?
¡Sí, señor Gardel!... Ella lo admira mucho, ¿sabe?, igual que mi esposo, que murió, que trabajaba en el puerto, y le dejó todos los discos a ella, y ella quería venir a verlo aquí a Caracas, pero como está enferma...
¿Su pebetita está enferma? ¿Qué tiene?
¡Ay, señor Gardel, si usted viera cómo se pone cuando escucha una canción suya en la radio o en el picó!... Sí, ella tiene... tiene parálisis…, polio, pues, y no puede caminar ni moverse de su camita, pero...
¡Señora, no diga más!... ¡Si su linda nena no puede venir a ver a Gardel, Gardel irá a ver a su nena! ¡Le Pera, tomale la dirección de la casa a esta buena señora, hacé el favor, y sea donde sea que viva, mañana mismo iremos con los guitarristas a cantarle muchas canciones a la mejor de mis admiradoras!... ¿Le parece, doñita?
¡Esta escena suscita un clima de magia, de sentimientos a flor de piel entre artistas y técnicos del programa especial! La actriz que está representando a la madre de la niña inválida tiene el rostro bañado en lágrimas, y sus demás compañeros están igualmente al borde del llanto...
¡Ay, don Carlitos Gardel, con razón es usted quien es! ¡Dios me lo bendiga, me lo favorezca y me le dé mucha vida y mucha salú!
¡Que así sea, señora! ¿Quiere pasar al teatro, por favor?... Yo la invito a oírme cantar esta noche para dedicarle mi presentación de hoy a su niña.
¡Música, coño, música arriba, Críspulo!–gritó, lloroso, Bocaranda–... ¡Eso! ¡Y lígale Sus Ojos se Cerraron... ¡Eso es!... ¡Voy con Saturnino-Triple Ese!
El narrador tenía un nudo en la garganta y la visión nublada:
Según las crónicas, al día siguiente, Gardel, acompañado de todos sus músicos, se trasladó hasta la casa de la niña enferma, que residía en Maiquetía, y le cantó sus más conocidos temas... ¡Qué maravilloso don otorga el Creador a sus Elegidos al darles esa capacidad de hacer felices a los demás...!
Luego de una imprescindible pausa y tras mirar hacia el Control a través del grueso cristal, volvió al tono sobrio:
En Argentina dicen que Gardel y el tango nacieron casi al mismo tiempo, para encontrarse luego y convertirse aquel en el testimonio imperecedero de éste; para trocarse, cual una simbiosis irrevocable, en la voz sacrosanta e inmortal del mensaje doloroso, rebelde unas veces, resignado otras, del pueblo rioplatense.
¡Súbele a esa milonga, Críspulo, coño, y mantenla, carajo...!
¿Cuándo y cómo nace el tango? Gardel y el tango nacen en la década de los 80 del siglo XIX... Entre guapos, gigolós, prostitutas, rufianes y delincuentes… Entre la fauna de los lupanares y los bajos fondos aparece el tango, sin letra formal todavía, porque sus coplas son tan escabrosas que deben ser reprimidas... En estos años, la Argentina se llena de inmigrantes, sobretodo italianos; llegan tantos, que en un momento dado más de la mitad de la población del país es extranjera.
¡Perfecto, perfecto! ¡Está vaina está quedando redondita, para que lo sepan! ¡Vamos, seguimos, muchachones, para no enfriarnos! Dame la música criolla instrumental, Críspulo.
Está pago, Director.
¡Murmullos allá adentro, y toses y eso! ¡Ambiente del recital, por favor! ¡Entra, Triple!
Llega el día de la presentación del ídolo sureño en la residencia presidencial de Las Delicias, en Maracay, el Hotel Jardín, ante el general y Presidente Juan Vicente Gómez, amo y señor absoluto del país durante 27 largos años... Gardel y sus tres guitarristas están frente al anciano dictador quien, sentado y rodeado de familiares y áulicos, apoyadas sus manos enguantadas en el bastón, mira con sus ojillos felinos el rico y brillante traje de gaucho de fantasía que luce Gardel... Alfredo Le Pera, embutido en un elegante esmoquin, hace la presentación:
Señor Presidente, señores ministros, señoras y señores, es para nosotros, humildes artistas sureños, un indescriptible privilegio estar en la tierra de Bolívar, ser recibidos por su Excelencia y tratar de entretener a todos y cada uno de ustedes con el sencillo pero sincero talento que Dios nos ha dado... Es con mucho orgullo y complacencia, mi general, señoras y señores todos..., que les dejo en la gratísima compañía del arte inigualable del gran cantante internacional... ¡Carlos Gardel!
¡Aplausos expectantes, Críspulo, y liga Pobre Gallo Bataraz, rápido, y lo dejas sonar todo!
Con la eficiencia que da la experiencia, el operador de los controles obedeció al instante y en tanto sonaba la vieja grabación del cantor de tangos, un silencio contemplativo, admirativo, casi de adoración recorrió el estudio y la cabina...
Luego:
¡Ahora es la celebración, ojo! –gritó Bocaranda por su micrófono–. ¡Risas y murmullos, que se oigan, vamos!
Tres canciones seguidas interpreta el Morocho del Abasto ante la selecta audiencia... “Pobre Gallo Bataraz” es la que más agrada al Presidente Gómez, así como la versión instrumental en guitarra que hace el Indio Aguilar del himno sentimental uruguayo “La Cumparsita”. Al concluir el acto, durante el agasajo a los artistas, el Benemérito hace entregar al cantor la cuantiosa suma (para la época) de 10.000 bolívares, dinero que Gardel intenta rechazar, pero Alfredo Le Pera y los otros le hacen comprender que sería un error y una imprudencia; ¡no se puede desairar al amo de Venezuela!... Días más tarde, cuando se detiene brevemente en Curazao, Gardel deja en manos de un grupo de exiliados venezolanos residentes en la isla holandesa el dinero que el general Gómez le diera. Esta anécdota, corroborada por muchos investigadores, pinta de cuerpo entero la bondad y el desprendimiento del inmortal Rey del Tango.
¡Voy con Madreselva de fondo, Director! –advirtió Bracho.
¡Dale!
A mediados del año 1911, El Morocho, que ya se destacaba como cantor folklórico, se topa con José Razzano, apodado El Oriental, por ser uruguayo, quien tenía cierta fama como cantante de tangos. En la calle Guardia Vieja de Buenos Aires y que hoy se llama Calle Carlos Gardel, se midieron en un duelo musical. No se dio como vencedor a ninguno de los dos, y a raíz de ello nació el dúo “Gardel-Razzano”, triunfador nacional e internacionalmente... Después del año 1925, Razzano tuvo que abandonar el canto por problemas de salud y Gardel continuó solo.
¡Dale, tira Mi Noche Triste! –pidió con su habitual vehemencia Bocaranda.
La primera grabación de Carlos Gardel, el tango Mi Noche triste, realizada en 1918, se convierte en un arrollador éxito comercial y su carrera se encumbra definitivamente; sigue actuando en diferentes cabarés de Buenos Aires y Montevideo; se multiplican sus presentaciones en radio, y otra parte de su tiempo la dedica a una de sus mayores pasiones: los caballos de carrera. Desde 1920 tenia un Stud en sociedad con Razzano, llamado Las Dos Guitarras. Es en esta época cuando graba y dedica su famoso tango “Leguisamo Solo” a su gran amigo el jinete Irineo Leguisamo... En 1928, Carlos Gardel debuta en París y en 1933 en Nueva York, donde rueda varias películas, todas dentro del género musical y destinadas a su lucimiento como cantante, entre ellas Mano a Mano”, “Luces de Buenos Aires”, “Melodía de Arrabal”, “Cuesta Abajo”, “El Tango en Broadway”; luego, en 1935, hace las dos últimas, “El Día Que me Quieras” y “Tango Bar”, y a continuación en el mes de abril emprende su trágica gira, programada para ir a Puerto Rico, Venezuela, Aruba, Curazao, Colombia, Panamá, Cuba y México.
¡Voy ligando Angustia, Director!
¡Así me gusta, carajo, que se me adelante! –susurró, satisfecho, Bocaranda Sucre.
Después de regalarnos a los venezolanos casi un mes de su valiosa existencia, el Zorzal emprendió viaje desde Maracaibo en el vapor “Libertador” rumbo a Curazao el jueves 23 de mayo... De allí pasó a Bogotá, se quedó en la capital colombiana unos días y luego abordó un avión trimotor para continuar su gira por Cali y Cartagena, pero debió detenerse en Medellín para reabastecer combustible. Seis días antes de su funesto accidente, el 18 de junio de 1935, en el diario El Nacional de Bogotá, Carlos Gardel declaró a un periodista colombiano lo siguiente:
¡Dame leve reverberancia, Críspulo, que va a hablar el Gardel inmortal!
¡Está pago, Director!
He amado muchas veces en mi vida y conservo de ello gratísimos recuerdos, como que en todos mis amores he sido feliz. En ellos he querido de diferente manera según el temperamento de la chica, las circunstancias y el ambiente. Sin embargo, cada vez que me enamoro creo ser ésta la única ocasión en que verdaderamente he querido... Prefiero las latinas, por ser de mi misma raza y por lo tanto comprender más mi temperamento, pero todas las mujeres atractivas e inteligentes me agradan... Debido a mi carrera, no soy partidario del casamiento.”
¡Voy con Silencio, Director! –gritó, emocionado, Críspulo.
¡Dale!... Y no le abras el micro todavía a Saturnino... ¡Deja que se oiga el tango!
¡En Medellín, al Morocho del Abasto lo aguarda su lugar en la leyenda, en el mito, en la perennidad de la idolatría popular, pues ya ha hecho camino para ello con su arte incomparable y con los enigmas que sembró por doquiera cual flores de misterio…! ¡Carlos Gardel no tuvo escuela; fue intuición en su grado más puro, pero no hay mejor escuela que él; Gardel no es la voz del tango: es el tango mismo, encarnado, redivivo eternamente!
¡Coño, maestro, qué tronco de texto, carajo; le quedó bordado!
Favor que me haces, Críspulo... Ahora vamos colando Sus Ojos Se Cerraron y lo dejamos de fondo.
Está pago.
...Y prepárate para ligar el ruido del accidente, el choque, fuerte, ¿oíste?
Perfecto.
Hay numerosas especulaciones acerca de las razones que motivaron la espantosa colisión del avión trimotor donde viajaba Gardel contra la otra nave sobre la pista del aeropuerto Enrique Olaya Herrera de la ciudad de Medellín ese 24 de Junio del año 1935 una hora después de que cargaran gasolina. Gardel y los suyos habían empleado esa hora para almorzar, pues tenían que actuar en Cali, como antes asentamos.
Ruido del avión –susurró Bocaranda.
Va...
A cinco minutos para las tres de la tarde comienzan a abordar la nave el empresario Celedonio Palacios; Henry Swart, gerente de la Universal Pictures de Colombia; Alfredo Le Pera; Corpas Moreno; el guitarrista Domingo Riverol; José Plaja, copiloto y profesor de idiomas del cantante; Ernesto Samper Mendoza, piloto y propietario del avión; Carlos Gardel; el Indio Aguilar, guitarrista,
y el señor Grant Flynn, de la tripulación. Aguilar, uno de los tres sobrevivientes de la tragedia, contó que a pesar de los desesperados esfuerzos del piloto Samper para que el avión despegara, no pudo lograrlo y fue a estrellarse contra la nave Manizales, que estaba estacionada frente a su hangar.
¡Pausa, coño..., pausa! –gimió el Director, alzando sus dos manos hasta más arriba de su cabeza.
Luego del puente musical, Saturnino continuó con tono cargado de fúnebre solemnidad:
Hasta el día de hoy se mantienen las distintas especulaciones sobre las causas del accidente, algunas francamente novelescas. Se dice que segundos antes del despegue se suscitó una trifulca en el interior de la nave entre Gardel y Le Pera porque éste, que era el Productor de los espectáculos, había obligado al zorzal a cantar en un estadio al aire libre, sin sonido, y gran parte del público se había molestado porque no oía al cantor y Gardel quería despedir a Le Pera, por lo que el guionista sacó una pistola y disparó y la bala le dio al piloto en la cabeza, originando la tragedia. José Plaja, otro de los sobrevivientes, dice que el F-31 donde iban ellos no pudo despegar por exceso de carga; otra hipótesis, la más difundida y aceptada, asegura que el piloto Samper quiso darle un susto al piloto del Manizales por viejas rencillas entre ellos y enfiló su máquina hacia él para elevarse cuando estuviera muy cerca, pero debido a su poca pericia con este tipo de avión con exceso de peso, no pudo levantarlo y se produjo la pavorosa colisión, a las 14:57 horas del 24 de junio de 1935.
Muy bien, muy bien, eso es... Ahora ve colando Volver de fondito... Eso es...
Ese lunes 24 de Junio de 1935, el tango se revistió de luto. La conmoción, la tristeza y la incredulidad subyugaron a la América toda y a Francia, y a España, y al mundo. En cada una de las grandes urbes se celebraron luctuosas ceremonias. Buenos Aires se ahogó en impotente e incrédulo llanto... ¡Ha muerto el Mudo, alma y aliento de los cien barrios porteños!... Desde entonces, y hace doce años ya, los homenajes en todas partes no han cesado; en Tacuarembó, en Buenos Aires, en Medellín, en Caracas, en París... En todas las ciudades y en todos los corazones donde el tango es la expresión del alma popular argentina, seguirá la voz de oro del cantor inmortal recordándonos que “veinte años no es nada”...
¡Venga, Críspulo, sube Volver, que viene el final, ya, ya...!
¡Está pago, Director!
Saturnino, con voz lastimera, apretando con fuerza su oreja izquierda, dijo, solemne:
A continuación, como emocionado epílogo a este especial sobre Carlos Gardel, escuchemos su postrera voluntad, su Testamento...
Dame un poco de reverberancia... –gritó Bocaranda Sucre, claramente conmocionado por el final del especial.
Este es mi testamento. En esta ciudad de Buenos Aires el día siete de noviembre de 1933, encontrándome en pleno goce de mis facultades intelectuales otorgo este mi testamento ológrafo, disponiendo en él de mis bienes para después de mi fallecimiento, en la siguiente forma: primero, soy francés nacido en Toulouse, el día 11 de diciembre de 1890, y soy hijo de Berthe Gardés; segundo, hago constar expresamente que mi verdadero nombre y apellido son Carlos Romualdo Gardés, pero con motivo de mi profesión de artista, he adoptado y usado siempre el apellido "Gardel" y con este apellido soy conocido en todas partes. Asimismo hago constar que las cuentas que tengo en los Bancos, expresamente en el Banco de la Nación Argentina, así como mis títulos de propiedad y demás papeles figuran invariablemente con mi nombre y apellido de adopción, o sea Carlos Gardel; tercero, soy de estado soltero y no tengo hijos naturales; cuarto, no debo suma alguna y perdono todo lo que me deben. Mis bienes resultarán de los títulos y papeles que tenga a la fecha de mi fallecimiento. Quinto, nombro por mi única y universal heredera de todos mis bienes y derechos a mi nombrada madre Berthe Gardés. Sexto, nombro mi albacea testamentario a mi amigo Armando Defino para que liquide mi testamentaria y asesore a mi nombrada madre durante la tramitación de la misma. No teniendo otras disposiciones que hacer, hago constar que el presente ha sido redactado de mi puño y letra y de una sola vez lo firmo en la fecha de arriba indicada. Carlos Gardel.”




XV:
¡MÁS DRAMA!


Concha entró como un vendaval en el estudio de trabajo de Saturnino y lo miró con ojos puyudos como puñales, para que él supiera que la luna no es pan de horno:
¡Escúchame atentamente, Saturnino Solórzano! –escupió, ahogada de furor y despecho.
(Cuando el asunto era perentorio, como hoy, por ejemplo, Concha le sustraía el Salas al marido como una manera de disminuirlo y de que supiera que de nada le valdrían indulgencias con escapulario ajeno, como desde chiquita le enseñó la abuela que había que proceder con los hombres, ¡faltaría más!)
Hacía tan solo un rato que el comunicador acababa de llegar a casa luego de la exitosa pero extenuante grabación del programa especial sobre Carlos Gardel. Con un dejo de infinito hastío dejó de escribir en su Royal Quiet de Luxe, se frotó los párpados, suspiró con la paciencia rebelde y amarga que almacenamos para lo que no tiene remedio, y se dispuso a negociar.
Concha, inconmovible, resteada, exprimió su papel de mártir:
¡Atiende, Solórzano: yo no voy a permitir que ese muchacho me trate como un trapo, a mí, ¡a mí!, que lo parí! ¡Hoy sábado, pues! ¡Tú me dirás...!
No replicó el periodista. No podía. Se masajeo otra vez los ojos.
Coño, pensó, ¿hasta cuándo Gómez?
¿Pero qué hacer? En el aparato de radio que tenía junto a su máquina de escribir (más que todo para chequear los dramáticos de las emisoras de la competencia) se escuchaba uno de los temas musicales que más sonaban a través de las ondas hertzianas desde España hasta Argentina: Doce Cascabeles, cantando Juan Legido con Los Churumbeles de España.
Concha, con los brazos en las caderas y la mirada chisporroteante, parecía dispuesta a una confrontación definitiva.
Saturnino bajó un poco el volumen del Zenith. Tuvo arrestos para tratar de conciliar, por más que el alma le exigía hombría:
Concha, ¿no ves que estoy escribiendo un artículo para El Nacional?
Ella destrozó cualquier esbozo de regularización de la lucha o de entendimiento siquiera. Sacudió los cimientos y los espejos del hogar con su tono irreconciliable:
¡Me importa un comino tu artículo, chico! ¡Yo lo que quiero saber es si algún día podré contar contigo como el hombre que debería llevar los pantalones en esta casa, por Dios!
El periodista entrecerró los párpados y, tras un largo suspiro, se incorporó de la silla.
Qué es lo que sucede con Simoncito, Concha, dime…
En primer lugar, ya no es ningún “Simoncito”, sino un mastodonte más alto que tú...
Más a mi favor, Concha: Nuestro hijo es un hombre ya, pero tú no quieres darte...
¿Un hombre, con apenas 15 años? ¡Y aunque así sea! ¿Por eso vas a dejar que se gobierne solo? ¿Sabes tú lo que está haciendo a esta hora, con quién anda, en casa de quién se halla, ah, ah?
Un trueno ensordecedor estalló hacia el este de la ciudad, por los lados de Petare, aviso de la reanudación del aguacero. El periodista, como si el desahogo de la Naturaleza le hubiese servido de ejemplo, explotó también, y al tiempo que tomaba su chaqueta de cuero del respaldo de la silla y se dirigía a la puerta de la calle, le vociferó en la cara a la sorprendida mujer:
¡Pues si tanto te interesa averígualo tú misma! ¡Caramba contigo, vale! ¡Qué necia te pones, Concha!
El portazo coincidió con otro estentóreo trueno, y Concha, atontada, sólo acertó a murmu­rar, primero, y luego a gritar:
¿Cómo me dijiste, Saturnino?... ¡Saturnino, ven acá...! ¡Saturninoooo!
Y mientras el cantor cubano-español clamaba “un par de claveles al pelo prendíos... lleva mi romera”, la esposa del otrora Triple Ese le habló al aparato que lo reproducía:
¡Francamente!...; es que ya no se le puede hablar... ¿Tú has visto? ¡Se enfurece por nada!

♫♫♫

¿Mi mujer? ¿Ana Sofía?
La pregunta había tomado desprevenido al adulante alcahuete.
Guá, claro, ¿cuál más? –asintió tranquilamente Torrijos–. ¿Dónde está ella?
Pues... No sé, colega... Por ahí andará... ¿Por qué pregunta?
Porque es muy buena moza tu mujer, mi vale, pero eso lo sabes tú mejor que yo, tronco ‘e vivo.
Bueno, sí... Sí, eso dicen todos. Y es la pura verdad. Ana Sofía es más bella que el cuadro ese de la tal Monalisa, ¿no le parece a usted?
Así mismo es, chico –y volvió a clavarle la mirada de buitre–. ¿Por qué no la buscas, Poblete? A lo mejor con ella sí me animo a bailar unos boleritos de esos bien pegaditos.
Wilfredo Poblete parpadeó con aire inocente; no entendió (o no quiso entender) las groseras insinuaciones del invitado y preguntó con gesto de extrañeza:
¿Usted quiere bailar con mi esposa Ana Sofía, doctor Torrijos?
Eco-le-cuá, Poblete: Eco le cuá... ¿Por qué no la buscas? –y para que no quedara rescoldo de duda de la naturaleza de sus deseos, puntualizó–: ¿O tal vez ya no estás interesado en ese contrato del cual me hablaste?
El picapleitos contempló un momento al funcionario gubernamental; éste le sostenía la mirada con fiera sonrisa sin la más leve indecisión, sin un parpadeo.
Finalmente, la incrédula mente de Poblete tuvo que aceptar la verdad:
A este hijo de puta viejo verde no le provoca ninguna de las zorritas que le conseguí para que se sintiera como un pachá... Quiere es a Ana Sofía, el muy coño de madre. No hay pele; lo insinuó más claro que el agua mineral: Únicamente me dará el maldito contrato si mi mujer acepta, en principio, bailar con él. ¡Qué arrechera!
¿Y entonces, Pobletico?
Eeehhh, sí, bueno..., espérese un momentico... Voy a buscar a Ana Sofía para comunicarle que usted quiere... bailar con ella.
¡Veinte puntos, mi amigo! Me gusta la gente inteligente. Y asegúrate que acepte ahorita, de inmediato, porque no soy muy paciente.
No se preocupe, colega –sonrió con aire idiota el cornudo.
Como oyera retumbar otro trueno más cerca, comentó con sonrisa rastrera:
Pareciera que va a llover, ¿no le parece, mi dóctor?
Ve a hacer lo que tienes que hacer, chico –repuso el viejo con voz helada–. ¿O es que esta mierda de casa tiene goteras?
¡No, no, claro que no, coleguita; no se vaya, que ya regreso!

♫♫♫

La lluvia semejaba un tupido e incesante telón cuyo rumor de aplauso embotaba los sentidos. Sus trazos de plata parpadeaban, cegadores, al fragmentarse contra las luces del vehículo. El quejumbroso runrún del motor se perdía a veces, desbordado por los truenos retumbantes.
Saturnino Solórzano Salas, exasperado y malhumorado por la discusión sostenida con su esposa Concha, conducía su vehículo tratando de despejarse un poco y de pasar su disgusto fumando y tomando coñac de un envase que había comprado en una botillería que estaba al cerrar.
No iba a un lugar específico, ni siquiera sabía adónde le había conducido su errabundo paseo; sólo tenía ante sí la lluvia y el camino, bajo el naciente destellar de las estrellas.
Cuando se sosegó un poco, notó que el carro le llevaba por una carretera de tierra, desolada y oscura.
¿Dónde estaré...? Esta lluvia no me deja ver nada... ¡Qué buena vaina con Concha! No puedo seguir así. Me estoy amargando la vida cada día más. Es que está insoportable..., o tal vez sea yo quien tenga la culpa, no sé, pero la situación es insostenible. Ya no me provoca llegar a mi casa. ¿Para qué, si sé que tarde o temprano ella o yo buscaremos un pretexto para comenzar una pelea?... No soy un viejo, ni ella tampoco. Simón Saturnino ya casi no nos necesita; en cualquier momento se enamora y se va, como es natural que ocurra. Concha y yo todavía podemos rehacer nuestras vidas. Cada uno por su lado, claro. No sé cómo lo tomará, pero esta misma noche le planteo la cuestión; le hago ver que lo mejor para ambos es… Bueno, separarnos, por las buenas, eso sí.”
El temporal arreció.
Saturnino bajó un poco la ventanilla para que saliera el humo del tabaco.
Excepto por el amarillento e indeciso resplandor que brindaban los faros del automóvil, el fangoso sendero era un inmenso pozo de oscuridad y quietud habitado por los grillos y el diluvio.
Qué va, así no puedo seguir manejando. Allá se ve una sombra grande. Un árbol.

♫♫♫

¡Ana Sofía, levántate inmediatamente de esa cama y ven a atender a nuestros invitados!
La bella hija de Débora Jaimes, tendida boca abajo en el enorme lecho, volteó a mirar a su marido con reprimida indignación.
Vestía una fina bata de casa de seda rosa, y a juzgar por sus enrojecidas pupilas, había estado llorando, detalle que al degenerado marido le tenía muy sin cuidado, como se lo había gritado a la cara en ocasiones semejantes.
La despreciativa mirada de ella le encolerizó:
¡No me mires así y obedece, condenada rebelde!
¡Te equivocas si crees que me voy a mezclar con esas mujeres que trajiste! –saltó, incorporándose.
¡Claro que lo harás! ¡Vístete y ven conmigo, Ana Sofía! –ordenó el marido.
Tenía los ojos relampagueantes por el licor y los pases de cocaína que había ingerido en una de las salas de aseo del pasillo con el corrupto doctor Torrijos.
Ana Sofía, con un estremecimiento de frío, se acercó al ventanal. El temporal golpeaba con furia los cristales, como queriendo penetrar. Sin volverse, dijo, metálica:
Escúchame: yo no voy a salir ahí afuera para que tus amigos me baboseen. Y no son nuestros invitados; son tus invitados.
El catire Poblete, que había traído una copa en la mano, la estrelló iracundo contra la pared y se acercó a su mujer con los ojos entrecerrados y los dientes chirriantes:
Mira, Ana Sofía, trata de entender esta vaina: Para mí es muy, muy importante que el hijo de puta del doctor Torrijos me conceda un ventajoso contrato que estoy trajinando desde hace meses. Creo que lo tengo a punto de melcocha ya y me ha pedido, como condición única para hacerme ese inmenso favor, que tú aceptes bailar un ratico con él; nada más, Ana Sofía, de modo y manera que vas a salir y vas a hacerlo con la mejor dispo...
¡Yo no voy a bailar con nadie, Poblete! –gritó, girando, y sin darle tiempo a continuar la infamante proposición–: ¡Mucho menos con ese viejo verde y baboso! ¡Si tiene ganas de bailar, o de lo que sea, pues que agarre una de esas mujercitas que tú trajiste!
Poblete sintió como un ardor en la cara y un peso en el estómago por la ira que crecía y se le acumulaba en todo el cuerpo:
¡Óyeme bien, condenada puta de mierda: voy a salir de este cuarto y le voy a decir al tipo que mi mujer saldrá en un momento a atenderlo, así que te vistes y te arreglas un poco, grandísima egoísta, porque de lo contrario vas a hacer que pierda la paciencia y me dé una de esas arrecheras que me hacen volverme como loco y perder los estribos y ponerme violento y tú no quieres eso! ¿Verdad que no...?
Le propinó una bofetadita de advertencia y salió, cerrando con suavidad la puerta.
Ana Sofía se espantó de un manotazo las lágrimas. Desde luego, no era la primera vez que su pervertido marido quería hacerle pasar por una vergüenza semejante, sólo que ya estaba asqueada de representar el papel de anfitriona amable y complaciente. Su dignidad se sentía pisoteada ante la alcahuetería del desalmado individuo con quien, más por contradecir a su madre y escapar de la casa que por amor, en mala hora se había casado. Por otro lado, sabía que los ataques de cólera de Poblete eran temibles. En oportunidades anteriores había llegado al extremo (siempre empericado) de golpearla, amarrarla y encerrarla en el sótano por negarse a participar en sus bacanales. Esta vez ella estaba al borde de cometer una locura, como le pro­nosticara a su madre cuando almorzaran juntas, semanas antes.
En la tarde, adivinando lo que le esperaba al asomarse y ver y escuchar el alboroto, había acari-ciado (con perturbador consuelo) en par de ocasiones el cañón del revolver que su marido escondía en el interior de la cazadora de piel de búfalo, y luego, atemorizada, lo había devuelto a su lugar.
Pero ya no quería fingir ni degradarse más.
¿Qué hago, Dios mío? –musitó–. ¿Me mato o lo mato a él? ¿O a ambos...?”
Sabía que tenía poco tiempo. En unos minutos Poblete volvería a entrar y las cosas no quedarían sólo en palabras, sobretodo si él seguía drogándose, como ella había advertido que estaba.
Desechó lo del arma. No tenía la suficiente resolución para cometer un acto así. Volvió el rostro hacia la ventana y se decidió. Sin meditarlo un momento más, se calzó unos zapatos deportivos, corrió las hojas de cristal y saltó...
Un viento agresivo, furioso, húmedo le golpeó con fuerza el rostro y los brazos, pero no se amilanó; echó a correr por entre el bosque, confundiéndose con las sombras.




XVI:
LO QUE TRAJO LA LLUVIA
(o la realidad supera a la ficción)





Concha de Solórzano, que tuvo que salir sola a hacer unas compras en el centro de la ciudad luego que el aguacero huyó con rumbo a Catia, aprovechó la ocasión para visitar a un hermano suyo que trabajaba como dependiente en una panadería por los lados de El Silencio, propiedad de un portugués más pichirre que una locha ‘e queso, como Bonifacio (el hermano de ella, alto, fortachón, con la cara marcada por un viejo y virulento acné juvenil) decía entre risas.
Cuando, entre café y cachitos de jamón (seriamente preocupada) le contó la pelea con su marido, Bonifacio se carcajeó largamente.
¡No jó, chica! ¿Y eso fue todo?... No hombre, deja el afán. El cuñao Saturnino es un alma ‘e Dios, vale. Quédate quieta.
...Pero es que salió muy bravo; hasta un portazo dió, y él nunca había hecho eso, Bonifacio.
Ah pues, Concha, ¿vas a seguí? Te digo que no es nada. Ese debe estar por ahí tomándose una cerveza, quédate quieta te dije.
¿Tú crees, chico? –dudó.
Pensó en el brillo colérico que por primera vez en tantos años de discusiones y peleas le viera al marido en los ojos cuando salió, tirando la puerta, también por vez inédita.
Bonifacio, encendiendo un tabaco barato con el mechero que sacó de uno de los bolsillos de la bata que alguna vez fuera blanca, sonrió, superior:
Umjú, Concha, no seas pendeja, mija. Arrúgale la cara cuando regrese, para que respete, y no le des de aquello en quince días.
¡Qué es, Bonifacio, chico, tú sí que eres, respeta! –se escandalizó la hermana.
¡Ah pues, no seas gafa y hazme caso! –rió, y le entregó unas bolsas de papel de estraza–: Toma, mete ahí dos panes andinos de aquellos grandes de allá, cortesía del coño de madre del portugués.

♫♫♫

Hacia Las Adjuntas y Los Teques la lluvia seguía cayendo fina, menuda, con su áspera cantinela. Arriba, la luna recién nacida alumbró con fulgor plateado el pedregoso sendero por donde una mujer solitaria y huérfana de afecto y comprensión buscaba refugio contra la inclemencia de la naturaleza y contra su profundo desamparo.
De pronto, entre las penumbras, distinguió una enorme silueta y una luminiscencia, como si una luciérnaga la llamara.
Ahí hay un árbol grande –musitó, emparamada y febril.

Bajo la frondosa y gigantesca ceiba, el hombre de la radio había terminado de dar rienda suelta a su amargura terminando el brandy y fumando cigarrillo tras cigarrillo.
(La lluvia, el anochecer, la helada brisa, pero sobretodo la incomprensión y el desgano de sus respectivas parejas juntarán muy pronto a estos dos seres solitarios bajo el refugio de un árbol en un camino desolado, como diría Saturnino ante el micrófono si estuviera narrando estos hechos.)
Solórzano Salas dio otra bocanada al cigarro cuyo fulgor Ana Sofía confundió con un cocuyo y apuró completo el resto del frasco de licor. Cuando arrojó el envase hacia el monte creyó distinguir una sombra moviéndose entre los oscuros matorrales.
Cuando ésta estuvo más cerca:
Pero si... ¡sí, vale! ¡Es una mujer! ¡Pobrecita; debe estar muerta de frío!”, se conmovió.
Alzó el tono, gentil:
¡Oiga... venga,… por aquí...!
La sombra llegó corriendo, desvalida, indefensa...
Buenas noches, señor...
Venga, venga, póngase aquí, mire... En esta parte no se filtra la lluvia.
Muchas gracias, señor, muy amable.
La luz de la luna apenas lograba a traspasar la espesa cortina líquida.
Solamente se adivinaban las facciones el uno al otro, pero las voces parecían jóvenes aún, pensaron ambos.
Él alcanzó a percibir el castañetear de sus dientes y el temblor de su cuerpo.
¡Huy, señorita, pero sí está usted temblando! ¡Y empapada!
Sí, sí, claro –sonrió, entristecida.
En la oscuridad él percibió la albura de la dentadura.
Es que llevo rato caminando.
Espere, le voy a dar mi chaqueta para que se abrigue un poquito. Está seca y es de cuero.
No se moleste, señor, muchas gracias, así estoy bien.
Pero si no es molestia –insistió, quitándose la prenda y dándosela–. Póngasela, haga el favor.
Muy amable –agradeció Ana Sofía.
Trató de adivinarle la fisonomía en la oscuridad. Saturnino sonrió.
Se accidentó su automóvil, me imagino.
¿Cómo? –se sorprendió ella.
De momento había olvidado la pavorosa circunstancia que la había llevado hasta allí.
Sí, sí... Me... accidenté y bajé y empecé a caminar buscando ayuda, pero comenzó a llover –logró balbucir, roja la faz por la mentira inocente (pero mentira al fin).
Claro, con esos truenos, no era para menos –justificó él, y como éstos no habían cesado y engendraban más relámpagos, pudo vislumbrar fugazmente la radiante belleza de la dama.
¡Virgen del Valle –pensó–, qué hermosa se ve a la luz de la luna, y qué triste!”
Yo tengo mi carro ahí cerca, ¿oyó? –acotó, para tranquilizarla.
Ella notó (y le gustó) su voz de roble, profunda, noble.
Cuando escampe, que yo creo que será pronto a pesar de esos truenos, porque fíjese que ya no llueve tan fuerte, iremos a ver qué tiene el suyo, ¿le parece?
Muchas gracias, muy agradecida –musitó, estudiándolo también entre destello y destello.
Es atractivo. Y sobretodo gentil. ¡Tan distinto del patán de Poblete!”
¿Le apetece un cigarrillo?
No, gracias, señor. No fumo.
La lluvia y los relámpagos y los truenos (como había dicho el desconocido) iban aplacando su furia.
El locutor sonrió, simpático y galán:
No sabe cuánto lamento no tener un poco de coñac para ofrecerle, pero me terminé una carterita que compré más temprano.
Ella se turbó:
No importa, señor. Tampoco bebo.
¡Ah caramba, pero no me mire así! –ensanchó la sonrisa afable–. No crea que soy uno de esos borrachitos de puente, no, sino que...
Ella notó un dejo de amargura en el timbre varonil y oscuro.
–…A veces uno tiene que... ¡Cóntrale, pero si está temblando otra vez, usted!
Reprimiendo el escozor que sentía en los párpados, temblorosa y a punto de derrumbarse su entereza, asintió:
Sí... estoy... muy mojada, pero su chaqueta me está dando calor, no se preocupe. Le agradezco muchísimo su ayuda, ¿sabe, señor?
¿Cuál ayuda, señorita? ¿Una piche chamarra?
El chubasco, aventado por la brisa, se escapó tan repentinamente como apareciera y les dejó únicamente por compañía la luna y el agudo cri cri de los grillos.
Saturnino sintió una oleada de ternura mezclada con una convulsión en el pecho cuando vislumbró las formas de la mujer (prominentes, casi exultantes), que la seda mojada parecía ceñir y resaltar, como incubando un grito de auxilio, una desesperada llamada pasional.
¿Cómo podría imaginar el narrador y productor de exitosas radionovelas que esta sensual mujer que apareció entre los gemidos de la lluvia y los rigores del anochecer era aquella misma hija para quien su ex patrona Débora Jaimes alguna vez le pidió un consejo matrimonial?
Ella tiritaba violentamente, temblorosos los labios, castañeteantes los dientes.
(Se miraron, ansiosos, acobardados. ¿Cómo culparlos si ocurriese lo que, de mediar otras circuns-tancias, quizá ninguno de los dos osaría pensar?)
Callaron largo rato.
Encendió él otro cigarro. Ella tanteó el tronco del árbol buscando algo donde recostar su fatiga.
De golpe, entre las penumbras, las miradas chocaron, como si los ojos fuesen manos de ciegos buscándose. Él dejó caer el cigarrillo (que murió instantáneamente en un charco) y abrió los brazos. Ana Sofía se zambulló en ellos como si el suelo cediera.
Intentó hablar, entender, explicar...
Yo... Tengo frío... No te conozco, pero...
Emborrachado de pasión y alcohol, enamorado del amor por primera vez, miró los labios carnosos que le embrujaban, y murmuró, cursi y protector, como todos los enamorados que en el mundo han sido:
Calla... calla... Yo te salvaré del frío. Te ampararé de la noche y te protegeré del viento y de las impurezas humanas.
Ana Sofía cerró los ojos y entreabrió la boca para que él se saciara, y para que le regalara esta ternura nueva que ella no conocía, y sintió entonces que flotaba encima de la copa de la ceiba. Una melodía de violines que su angustia inventaba, embriagadora, le aturdía. Susurró, ingrávida:
Esto no es real... Es un sueño... Un cuento maravilloso pero ilusorio...”
Él la levantó en vilo y se la comió a besos:
¿Dónde estabas, mujer de niebla...? Te he buscado siempre, siempre... desde mi primera lluvia de hombre...
Ciertamente. No mentía el hombre de la Radio. Como todos, había buscado su alma gemela, su ideal de mujer desde que obtuvo su graduación de adulto; al no encontrarla, igual también que casi todos, se conformó con algo parecido y se casó con Concha. Pero había sido suficiente una mirada, un gemido, un beso tibio de Ana Sofía para que comprendiera rotunda y absolutamente que ésta desconocida aparecida de la nada era ella, la que siempre esperó, su compañera ideal, su otra mitad, su apología de la vida. Y a la siempre inconforme muchacha le ocurrió otro tanto; este hombre maduro y gentil y atractivo que espontáneamente le ofreció su chaqueta y el calor de su mirada y el refugio sin condiciones de su abrazo, era el caballero que toda mujer esperaba, el tan mentado Príncipe Azul con que toda adolescente soñaba, el Amor que ella toda la vida presintió y nunca había experimentado. Y lloró de felicidad por primera vez en la emoción del inefable hallazgo, y se encontró dichosa de padecer un dolor y un mal tan gratificante, tan apacible y dulce (como decía aquel poema de Andrés Eloy Blanco que tanto le gustaba), y se lo confesó entre los respiros que él le permitía entre los besos:
Yo te... yo te he esperado siempre, siempre… Desde que bailé mi primer vals…
Un sollozo inevitable pero sublime para su alma le sacudió las entrañas, y lloró mansamen­te al advertir que tal vez el Amor, el Verdadero, ya no pudiera ser en su vida.
Si hubieses aparecido, si te hubiera conocido antes de... Pero ahora es tarde... Estoy casada...
Schiiiissst –hizo la nueva dulzura de él–... El antes no existe... Sólo la luna, la noche, la lluvia que te trajo y se fue, este árbol protector, y nosotros... Sólo nosotros...
¡Sí, sí, sí...! –gimió ella, compartiendo el sortilegio que él fabricaba–. Sólo nosotros...




XVII:
LLUEVE Y ESCAMPA


Eran pasadas las ocho de la noche cuando Toño Solórzano Salas llegó a las inmediaciones de Valencia y paró en el negocio de la portuguesa Agustina, que era un modesto motel de carretera donde los gandoleros y camioneros que transitaban por la ruta solían comer y a veces dormir cuando no podían o no debían seguir viaje de noche.
El atractivo principal del lugar era la presencia fresca y simpática de Carmen, la hija de Agustina, una espigada muchacha como de 18 años de edad que atendía a los viajeros con extremada cortesía y para todos tenía una frase cariñosa y una sonrisa amable.
Una vez que Toño hubo cenado y tomado café, llegó al motel el negro Encarnación Ruiz y de inmediato se sentó a su mesa y pidió comida y cerveza. Con acento confidencial, el muchacho le confesó que aprovecharía la escasez de clientes para tratar de sostener con Carmen la conversación cuyos términos había ensayado en solitario durante todo el viaje.
Aupado por su compadre, se acercó a la barra donde la joven contaba unas monedas.
Carmen... estéeee...
Qué fue, Toño? –dijo, sin mirarlo–. ¿Qué más quieres? ¿Otra cerveza?
No, no –y se aclaró la garganta, nervioso–... Es que... Quiero... quería, bueno, conversar contigo... ¿Nos podemos sentar un ratico?
Ella ahora sí le miró. Presintió que él hoy tenía tal vez los bríos que de costumbre le faltaban, y trató de evadir la incómoda situación.
Cónchale, Toño, ¿no ves que estoy atendiendo a los clientes?
¿Cuáles clientes, chica, si los pocos que hay ya comieron...?
Bueno, a los que lleguen.
No, Carmen, deja que tu mamá se ocupe de eso.
Lo dijo con inesperada autoridad y soltura, azuzado por los gestos que le hacía el Negro Encarnación desde la mesa.
Ven, chica, sentémonos aquí, que quiero hablar contigo y... bueno, hacerte una invitación.
¡Umjú! –hizo ella, algo curiosa y coqueta, sin moverse de la caja registradora–. ¿Una invitación? ¡Zape, mijo! ¿Cómo es eso, Toño Solórzano?
Ah pues, chica, ¿cómo que zape? Una invitación, mija... ¿No te puedo hacer una invitación?
¿Pero y tú no tienes que seguir viaje? ¿O te toca quedarte aquí esta noche es?
Ajá. Mañana como al mediodía es que tengo que entregar esos carros que llevo en la gandola.
Bueno, cátedra –accedió por fin ella –. Me voy a sentar contigo un ratico, pues.
Carmen (que era hija de madre lusitana y padre criollo y nacida en Carabobo) vestía debajo de la bata azul de mesera un sencillo vestido de flores blancas que destacaba su candor y su belleza mansa, natural y tranquila, como agua de manantial.
Ya en la mesa, a solas, ella interrogó, en guardia, pero divertida:
¿Y para dónde me piensas invitar, Toño? ¿A bailar? ¡Mira que en un club de aquí va a tocar esta noche la Orquesta Aragón! ¿Tú tienes para pagar esas entradas, mijito?
¿Y qué fue, pues? Para eso trabajo como un esclavo –se engalló él, y luego, carraspeando y sudando de los nervios–: Mira, pero... yo para donde te pensaba invitar era... para el cine, chica, a ver El Peñón de las Ánimas, que yo la ví, y es muy buena, con María Félix y el cantante mejicano ése, vale, ése que...
Sí, sí; Jorge Negrete. Yo también la vi.
Y si no la película que tú quieras, pero si te provoca ir a bailar con la Aragón, yo te llevo, no hay lío.
¿En serio, Toñito? –se burló la joven.
En serio, Carmen, lo único es que... Bueno, como todavía no he cobrado, no sé si me alcance la plata, aunque mi compadre me puede prestar lo que...
¡Ay, no, Toño, chico, no importa! –estalló ella en una sabrosa carcajada exenta de burla que hizo brillar la dentadura del Negro Encarnación en una amplia sonrisa al ver que todo iba bien para su querido pero tímido compadre.
¡No, chico, era para ver qué decías! ¡Esa música de la Aragón es para viejos, vale! Vamos al cine, cátedra, pero yo quiero ver es Lo Que el Viento se Llevó, que la están dando otra vez. ¡Esa sí es chévere, Toño!
Bueno, vamos a ver ésa si quieres.
Pero tienes que pedirle permiso a mi mamá.
No hay problema. Tú sabes que ella me quiere mucho.
¡Si hasta parece que fueras también hijo d’ella! –dijo, riendo y mirándolo a los ojos.
Pero luego, como cayendo en cuenta que el muchacho se había atrevido a invitarla a ir, ¡solos!, al cine, cosa que no dejaba de ser un poco escandalosa y hasta inusitada en él, se le quedó viendo de otra manera:
Mira, chico, ¿y esa rareza? ¿De cuando acá tú me invitas a salir, y sola?
No, no, sino que – tartamudeó, y no se aguantó–... Mira, pasa lo siguiente; yo quería hablarte era de Hugo, chica.
Ella abrió los ojos y se estrujó las manos con tanto contento, que el infeliz camionero volteó a mirar a su compadre, aterrado.
Carmen flotaba de felicidad:
¿Es en serio, Toño? ¿Qué pasó...? ¿Ya regresó de Estados Unidos es? ¿Me mandó a decir algo contigo? ¿Dónde está?
♫♫♫

Por fin escampó. ¿Cuánto tiempo habrá pasado? –dijo ella, con los ojos cerrados.
No sé –murmuró él–. No quiero saber. Una hora, dos... Mil… No importa…
Sí importa. Ya la lluvia se fue. También yo debo hacerlo.
Se produjo un silencio chocante. La luz de la luna permitía ver los contornos de las cosas.
Saturnino, pleno de expectativas, se incorporó del húmedo suelo bajo la ceiba.
Entiendo –dijo, mirándola–. Mi nombre es Saturnino Solórzano Salas. ¿Cuál es el tuyo?
Debo irme. Es muy tarde –evadió ella, saciada pero avergonzada, incorporándose con rapidez.
Espérate... Yo te llevo a buscar tu automóvil.
Pero la mujer ya se alejaba, irremediablemente, tras devolverle la prenda:
Me voy... Gracias por haberme prestado tu chaqueta... y por todo lo demás. Adiós.
Espera un momento... Oye, ni siquiera me dijiste tu nombre –gritó hacia la noche, que se había tragado a la desconocida–. Oyeeee, yo trabajo en Radio Cultura, ¿oíste?... ¿Oísteee?
Su reclamo fue inútil. Sólo a los grillos escuchó. Un acre sabor le subió a la boca al pensar que ni siquiera el nombre de la mujer de su vida pudo retener.
¿Quién eres? ¿Por qué has compartido conmigo un rato que ha sido como una vida y ahora te esfumas como un bello sueño? ¿Cómo te llamas, mujer de misterio? –suspiró, vulnerable, con una fea corazonada en el pecho.

♫♫♫

¡Vaya pa la auyama! ¡Ya metí la pata! –pensó el camionero, sin valor para decirle la amarga verdad.
Refulgían, felices, los ojos aceitunados de la hija de la inmigrante portuguesa, esperanzados con la promesa de tener noticias del amado ausente. Toño desvió los suyos del rostro anhelante de ella y sintió una quemazón en los párpados y un agudo retortijón de tripas.
Ella notó su incomodidad y vio venir una nueva decepción, pero valientemente preguntó:
¿Qué pasa, Toño...? ¿No... no has visto a Hugo?
Yo no dije que había visto a Hugo, Carmen.
¿Y no ibas a hablarme de él, pues?
Claro, pero no para decirte lo que tú estás esperando que te diga,... sino la verdad.
Se oyó el rodar violento de una silla:
Hablamos mejor después, Toño.
¡No, ya va, Carmen, no te vayas! Alguien tiene que hablarte claro de una buena vez, porque ya basta.
¿Ya basta de qué, chico? –gritó, arisca y al borde del llanto.
¡De mentiras, chica, de engañarte tú misma! Aunque te molestes conmigo, te voy a hablar más claro que el agua –insistió, con franco acento, sin soltarle la mano que le había aferrado–. Tú sabes que yo soy tu amigo, ¿no es así?
Sí –asintió, bajito–, yo sé. ¿Por qué?
Porque te voy a hablar como amigo, por muy... incómodo que me resulte.
Y ella, sabiendo letra por letra todo lo que él iba a criticarle y a recomendarle, le atajó, zafando su mano con suavidad y dejando que finalmente las lágrimas rodasen por su rostro de facciones un poco toscas, campesinas.
Yo sé que tú me aprecias mucho y que sufres cuando me ves sufrir, y yo te lo agradezco –lloró, ya sin reservas.
Él se moría por abrazarla, y estuvo a punto de hacerlo, instado por las señas de Encarnación, pero no era tan valiente.
Pasados unos momentos, ella siguió, entre sollozos y toses:
Te juro por ese cariño que yo sé que me tienes que he hecho hasta lo imposible por olvidarme de Hugo, pero nada, Toño, ¿y qué quieres que haga, si no puedo?
Aunque así sea, Carmen, yo tengo que decirte las cosas como son: Hugo Bosner no va a volver nunca; tú no significaste nada en su vida.
¡Embuste, embuste, embuste! –estalló, como un niño a quien le revelan que los Reyes Magos no existen.
Te juro por mi madre muerta que es cierto; estás desperdiciando tu vida, tu preciosa juventud.
¡Pero es que yo lo quiero, Toño, lo necesito!, ¿no entiendes?
Toño volvió a tomar sus manos y le buscó los ojos:
No seas zoqueta, vale. Lo único que tú de verdad necesitas es quererte un poco tú misma, Carmen. Tú vales mucho para un patiquín como Hugo, carajita.
Ay, Toñito, tan bueno que eres tú conmigo, vale –hipó, calmándose un poco.
Yo soy tu amigo y conmigo puedes contar para lo que quieras.
¡Ay, tan tierno! Dios te lo pague, Toñito.
¿Cómo estuvo la comida, Toñitu? –dijo una voz gruesa acercándose a la mesa, y al ver las lágrimas de la hija, se alarmó–: ¿Qué fue, qué tienes, rapaciña?
La rolliza Agustina Oliveira notó que su hija tenía los ojos enrojecidos y la cabeza gacha mientras sus hombros se estremecían levemente. Una mirada al rostro apenado de Toño le reveló lo sucedido. Su mano, gordezuela y callosa por el duro y esclavizante trabajo diario, acarició el cabello de la hija con maternal ternura.
¿Qué sucede, Carmenciña...? ¿Por qué lloras?
No es nada, Agustina –dijo él–; conversación de amigos, tú sabes.
Con permiso, voy al baño –murmuró Carmen, y salió en carrera, llorando.
Agustina se quedó mirando su marcha. Después miró al camionero, triste.
Por fin te atreviste a decirle la verdad, ¿no?
Ya tú sabes lo que yo siento por ella, Agustina; alguien tenía que decirle, y como yo veía que tú no procedías, pues...
Mira, Toñitu, para una madre es muy difícil, muy complicao tener que romper el corazún de una hija de esa manera –explicó la buena mujer con su lusitano acriollado–. Simplemente nu se puede, ¿comprendes?
Sí, Agustina. Tampoco creas que para mí fue fácil, pero te repito que había que hacerlo. Ahora te toca a ti consolarla un poquito –y añadió, en tono de complicidad–: dile que se recuerde que tenemos que ir al cine; si tú das permiso, claro...
Ay, miju, te lo he dicho muchas veces: prefiero a mi Carmenciña contigu que con ese vago ricachón y sinvergüenza de Hugo Busner.
Yo sé, Agustina, y te lo agradezco.
Pero en el corazún no se manda, Toñitu –filosofó ella, y echó a andar–. Voy a hablar con ella. Échame un oju al negociu, ¿eh, Toñitu?
Sí, hombre... Anda tranquila. ¡Para la gente que hay!
La corpulenta portuguesa, que había dado unos pasos, se regresó de súbito, rascándose la cabeza, pensativa.
Ah, mira, casi se me olvida... Esta tarde te vino buscando una mujer por aquí por el negociu.
¿A mí? ¿Aquí...?
Sí. Me preguntó por Antoniu Solórzanu Salas. Eres tú, ¿no?
Claro. ¿Y dijo cómo se llamaba?
No, no diju.
¿Y por qué no se lo preguntaste, Agustina?
Porque en Madeira me enseñaron a no meterme en lo que no me importa, mijitu, por eso.
Bueno, bueno, no hay problema, chica, no te encrespes. ¿Qué le dijiste tú?
Que si quería dejarte algún recadu, lo dejara, que tú todas las semanas venías por aquí, pero dijo que no, y se fue.
¡Basirruque! –exclamó el joven, y luego, curioso–: ¿Quién sería...?
Algún familiar tuyo.
No, no creo, Agustina. Tengo muy pocos, y cuando alguno se quiere comunicar conmigo, me llaman allá a la compañía y me dejan el recao, o me avisan con Saturnino, que yo siempre estoy en contacto con él. ¿Quién puede ser esa mujer? ¿Cómo era, Agustina?
¿La mujer? Una muchacha bonita, blanca...
¿Y a ti no te pareció raro que no quisiera dejar su nombre, chica?
Sí, un poquiñu, pero tampocu le hice mucho caso porque tenía gente que atender –concluyó Agustina.
Con aire áspero se fue rumbo a la cortina de canutillos que separaba el restaurante propiamente dicho de las habitaciones particulares de ambas mujeres.
Toño quedó en la mesa, pensativo.
El Negro Encarnación, que desde la suya del rincón había visto y oído todo, se acercó a su compadre y tomó asiento.
Épale, compay... ¿Qué jue? ¿Too bien?
Sí... Todo bien.
Ajá –hizo el negro, mirando al muchacho. Tosió fuerte, elocuente, por tres veces–. ¿Le cantó las cuarenta a la inocente o qué, compay?
Sí –susurró, con un dejo amargo–. Le dije la verdad; que Hugo nada más había jugado con ella, que no iba a regresar nunca, y le pegó fuerte, como te darías cuenta, compa.
Guá, naturalmente; ¿y qué querías tú, pué? Pero lo mejol es lo que sucede, como decía el agüelo mío. Más vale caé que tá guindando, mi compay.
El negro estudió, preocupado, la seria cara de su amigo, y luego hizo la pregunta que le quemaba el pecho:
Y tú, compay Toño, ¿‘chaste pa juera too lo tuyo?
¡No, qué va!... Primero, no me dio tiempo, y segundo, no sé si me hubiera atrevido. Le hablé nada más como amigo.
¡Jumm! –hizo, escudriñándole el rostro–. Mire, compañero, hombre miedoso no besa mujel bonita, y el que no tiene dientes tiene que apretá con las encías.
Después de un corto silencio, se incorporó, serio el semblante.
Pero usté sabrá su cosa; me voy a dormí, compae Toño, polque tengo que cogé carretera tempranito.
Ajá, nos estamos viendo, compadre –dijo el otro, con aire ausente.
Dios me lo gualde, compa, ¡y quite esa cara de sapo pisao ‘e carreta, que pol lo menos se atrevió a hablale, y algo es algo, piol es nada!
Una sonrisa triste le despidió:
¡Vaya pa’... la auyama, compay Encarnación!




XVIII:
VERDAD-ES


¿Dónde carrizo andabas tú, Ana Sofía? –se encolerizó el catire Poblete–. ¡Contéstame, carajo! ¿Dónde coño andabas tú, zorra?
Ella, que había entrado por la parte trasera de la vivienda con el cabello en desorden y la fina bata rosa manchada de tierra y hierba pero con la mirada franca y distinta, nada contestó.
Quiso ir a su habitación, pero él, luchando por contener su cólera, le cerró el paso. El alcohol y la cocaína consumidos le tenían las órbitas de los ojos desencajadas y las mandíbulas rumiantes.
¡Dime dónde andabas, Ana Sofía Poblete!
Por ahí, Wilfredo, caminando –respondió empleando el nombre de pila de él como un modo de apaciguarlo para retardar lo inevitable.
¿Caminando? –se atragantó de ira el alcahuete esposo–. ¿Te fuiste a caminar de noche por esos senderos íngrimos y con la lluvia que estaba cayendo? ¿Y te pasaste casi cuatro horas caminando? ¡No seas ridícula y descarada, chica! ¿O es que tú crees que yo soy cogío a lazo? ¿Con quién te fuiste a ver tú, ah?
Lo miró, callada.
¡Coño, Ana Sofía, contéstame, carajo!
Estoy cansada, Wilfredo. Voy a acostarme.
Sus maneras eran tan pasivas, tan distante su mirada, que el abogado no encontró asidero para descargar con violencia física su rabia, su despecho, como le pedía el cuerpo. Pero siguió intentándolo:
Responde, Ana Sofía; ¿para dónde andabas tú?
Ella levantó los ojos al cabo y le arrojó su desprecio en el rostro, incontenible:
Déjame en paz, degenerado.
Intentó ir a su alcoba sin preocuparse más del colérico y frustrado Poblete, pero éste, fuera de sí, le cruzó la cara con un bestial bofetón; ella exhaló apenas un quejido, le tendió otra mirada cargada de desdeñosa indiferencia y echó a andar.
Él, desconcertado, impotente, la dejó ir.
¡No creas que esto se va a quedar así, maldita puta de mierda! –gritó–. ¿Escuchaste, vagabunda? ¡Me hiciste perder un tronco de negocio, pero me las vas a pagar...! ¿Estás oyendo, callejera...?
♫♫♫
En Valencia, cuando Carmen Oliveira se calmó un poco, Toño, con la ayuda de Agustina, la convenció para ir al cinematógrafo como habían quedado. Casi a regañadientes, la muchacha convino.
Sin embargo, de regreso, el pobre chico se arrepintió de su insistencia; no pudo lograr que ella pronunciara una sola palabra. Encerrada en un mutismo absoluto, ni siquiera se dignó comentar si la película le había gustado. Cuando entraron al restaurante del motel, desierto a esa hora, la madre de la joven les recibió, soñolienta y curiosa.
¿Cómu les fue? ¿Te gustó la película, Carmiña?
Si, mamá –respondió en un susurro.
Agustina sonrió, conociendo a la hija.
Pero no parece, rapaciña, pur la cara que traes –criticó, y después se acordó–: Ah, Toñitu, la mujer que vino esta tarde a buscarte, regresó.
¿Ah sí? ¿Y qué dijo, Agustina?
Todavía está aquí.
¿Qué? –se asombró él.
Allá, en aquella mesa del fondu. Mira, ahí viene...
Carmen y Toño voltearon.
Una mujer de unos 27 años, blanca, agraciada, esbelta, de mirada un poco triste pero de sonrisa radiante se acercó al grupo.
¡Hola, Antonio, mi amor! ¡Por fin! –dijo, simpática.
¡Ernestina! –musitó Toño, con genuina sorpresa, mientras la mujer se acercaba y besaba su boca, ante la curiosidad de las otras dos.
La mismita que viste y calza, y en persona, mi amor... ¿Pero por qué esa cara, chico?
Por nada, sino que… Te juro que ni me pasó por la cabeza que fueras tú, Ernestina, sinceramente te digo.
Pues ya viste que sí. ¿Cómo estás tú, mi cielo? –dulcificó más su tono la visitante.
Bien, bien –dijo, sin reponerse del todo de la sorpresa–. ¿Y tú? ¿Qué es de tu vida?
Agustina, notando que ni ella ni su hija habían sido tomadas en cuenta, tosió con discreción:
Bueno, con permiso... Vamos, Carmiña, hija.
¡Cónchale, Agustina, ya va!; perdonen la falta de educación; lo que pasa es que me sorprendió tanto ver a Ernestina, que... Bueno, mira, Ernestina, ella es Agustina, la dueña del negocio; esta es Carmen, su hija... Agustina, Carmen, ella es Ernestina... Ernestina es mi –un ligero titubeo lo delató–... Una vieja amiga.
¿Una vieja “amiga” nada más, nené? –y enfatizó el localismo como si acabara de inventarlo.
Bueno, encantada de conocerla, señorita –saludó Agustina, amable–... Estamus a su disposición aquí en el negociu.
Muchas gracias, señora Agustina, muy amable; es un gusto –siguió sonriendo.
Luego extendió la mano a Carmen, que la ignoró y le dedicó un seco hola en tanto admiraba (secretamente) la elegancia natural de la otra, su cabello corto y moderno, su blusa de fina franela blanca con flecos y su falda gris con vivos dorados.
Hola –respondió Ernestina, sin más, y se dedicó a él–. Antonio, papito, ¿dónde podemos... hablar?
¿Y no lo estamos haciendo ya, pues? –dijo, insípido.
Sí, claro, pero me refiero... a solas.
Agustina tomó por el brazo a Carmen y tras una leve inclinación de cabeza se alejaron rumbo a la barra.
Toño (sin saber qué hacer con ellas) se metió las manos en los bolsillos del pantalón:
¡Uuff, repito que ésta sí que es una sorpresa, no juegue!... ¡Lo que es la vida, no!... ¿Y de dónde sales después de tanto tiempo, ah, Ernestina Beltrán? –y trató de que no se le notara mucho el despecho y la rabia viejos.
De por ahí, de la vida, chico –dijo ella, desen-vuelta, jovial; y después, bromista–: Mira, ¿es que es muy caro sentarse en una mesa de estas, que no me invitas, nené?
¡Cóntrale, chica!... Perdona... Ven –la llevó a una y se sentaron–. ¿Quieres tomar o comer algo?
Café negro.
Vamos a ver si queda hecho. ¡Epa, Carmen, dos cafés, si hay!
¿Cómo los quieres? –contestó, alejada y de mala gana.
¡Negritos!
Hubo un largo silencio. Toño, que era como tres años menor que ella, puso sus gruesos antebrazos de gandolero cruzados sobre la mesa y la miró todavía con la incredulidad alumbrándole la faz.
¿Y eso, Ernestina, cómo fue que se te ocurrió buscarme aquí en el negocio de la portuguesa Agustina?
Guá, mi amor, muy fácil: te seguí el rastro.
¿Cómo es eso?
Pues le pregunté por tu paradero a unos gandoleros amigos tuyos en Guarenas, donde yo vivo, y me dijeron que aquí podía encontrarte sin falta, y me vine, y ya. Tú me conoces, Antonio Solórzano Salas.
(Siempre se negó a decirle Toño: “¿no ve que así le dice todo el mundo?”)
Ah, claro –dijo, mirándola a los ojos y sintiendo un coletazo de su antigua nulidad ante su desparpajo–. Te repito que cuando la portuguesa me dijo que una mujer había estao buscándome esta tarde, jamás se me ocurrió pensar que fueras tú.
¿Por qué no? –quiso saber ella, esperando los reproches (que sabía merecidos).
Porque no tuve más noticias tuyas desde la última vez que nos vimos... ¡Pensé que te habías ido a otro planeta, a la luna, qué se yo!
Vieras que no... Estuve –y la sonrisa fácil y simpática se le congeló en el bonito rostro, que se fue volviendo más doliente–... Estuve por ahí, rodando...
Otro silencio penoso. Toño la miró, fugaz:
¿Por qué apareciste, Ernestina? ¿Necesitas ayuda o qué?
Vine por ti, Antonio.
Se oyó un taconeo y Carmen puso con brusquedad dos tazas de café sobre la mesa:
Aquí está el café. Dos negritos.
Pero la pareja no le prestó atención, ocupados en sus remembranzas.
¿Por mí? –dijo él–. ¿Viniste por mí? No entiendo.
¡Epa, dije que aquí está el café! –gritó Carmen, impertinente, para sorpresa de la pareja.
Sí, ya sabemos, señorita... Muchas gracias –murmuró Ernestina, mirándola.
Gracias, Carmen, muy amable –agradeció Toño con suavidad, aunque extrañado.
Por nada... Que les aproveche –graznó, y tras una fiera y desafiante mirada a la otra mujer (a quien descubría como rival y superior, para propia y mayúscula sorpresa), se alejó con paso vivo y altanero. Ernestina observó su marcha y supo en su interior que entre ella y Antonio existía algo, pero se abstuvo de comentarlo, y fue directo a lo que le interesaba.
Me imagino que no te habrás casado, ¿verdad?
No, no me he casao, Ernestina –contestó, agresivo. Ella se le quedó mirando; después le acarició una mejilla.
Te noto... cambiado... Como más maduro.
Lógico. El tiempo pasa, para todos, Ernestina, y los golpes enseñan.
¿Son cosas mías o escucho un reproche en tu voz?
Toño endulzó su café con el azucarero de vidrio, tras ofrecerle a ella, que no quiso. Mientras movía la cucharilla de aluminio, respondió, seco:
¿Un reproche? Acabas de decir que vienes por mí, como si yo fuera un camión que dejaste parao y apagao un tiempo y ahora quieres prenderlo otra vez... ¿De qué te extrañas?
Pero yo no he hablado de camiones –objetó, dulce.
Mira, Ernestina, tuvimos una...; bueno, lo que sea que tuvimos, y fue cátedra, pero un día volaste sin ninguna explicación, y eso...
¡Pero yo te quiero, Antonio! –exclamó con súbita pasión, con repentino miedo al notar el despego de él–. ¡Te adoro!
¡Si hó! –ironizó Antonio.
¡Nada de si hó; siempre te quise! –se apasionó, y le tomó el rostro con las manos y le obligó a mirarla– ¡Antonio, lo pasado, pasado; regresé a ti y por ti, y eso es lo que importa!
Así es muy fácil.
¡No me digas que ya tú no sientes nada por mí...! –dijo, incrédula, Ernestina Beltrán. Toño sonrió con amargura, casi divertido.
¡A ti como que te patina el coco, chica! ¿Cómo voy a sentir algo por ti si más nunca volví a saber tuyo?
Pero Antonio, papi, nené, ¿y lo que teníamos, lo que vivimos, nuestro amor...?
¿Nuestro amor? –se carcajeó el muchacho, ya sin despecho–. ¿Cuál amor, Ernestina? Eso se perdió, a ese amor se le acabó la gasolina; tú lo dejaste echase a perder, accidentarse –y se quitó con firmeza las manos de ella de su cara–. Mira, mija, al pan, pan, y al vino, vino, como dice la portuguesa Agustina: Para ti nuestro amor fue como un guante olvidao en un picoteo.
¡No, no, Antonio, eso es embuste, eso es embuste! ¡Lo nuestro fue hermoso, es hermoso todavía, yo lo sé, yo lo sé!
Desengáñese, comadre, que no hay angelitos negros, como dice Andrés Eloy –soltó, frío.
¡No me digas así, Antonio!; yo necesito que me des otra oportunidad para demos...
¡Ernestina, no te vistas, que no vas!
¡Antonio, por tu madre, no me hagas esto, papito! –se desesperó la elegante caraqueña, pero no quería llorar enfrente de él.
Se volvieron a oír los pasos fuertes, marcados, de la hija de la portuguesa, que se acercaban, chocantes:
Permiso por aquí... ¿Terminaron?
Sí, sí, Carmen –dijo él–... Llévate las tazas, y muchas gracias.
Bueno, se apuran, porque ya vamos a cerrar.
¿Van a cerrar? Pero si apenas van a ser las…
¡No me interesa nada! ¡Se acabó la ñapa! ¡Se apuran en su habladera ahí porque ya vamos a cerrar, dije!
Y obviamente celosa (aunque este sentimiento, nuevo en ella, la tenía confundida todavía) les dejó con un palmo de narices. Toño no lo podía creer:
¡Adiós coroto! ¿Y qué le pasa a esa niña? Nunca la había visto portase con esa retrechería... ¡No sabía que era tan mal educada!
No me digas que no lo habías notado –comentó Ernestina, con sonrisa afligida.
¿Qué era tan malcriada? Pues no...
¿No te habías dado cuenta que esa niña está enamorada de ti?
¿Quién, chica? –negó, perplejo, pero acariciando secretamente la posibilidad.
Cualquiera puede verlo –susurró ella, despechada–. ¿Es tu novia?
¡Claro que no! ¡Ojalá!
Haces mal en negarlo. Se nota que está celosa, y además te vi cuando venías de la calle con ella del brazo. ¿La quieres mucho...?
Pues sí –dijo Toño, tras un largo suspiro–... Yo la quiero mucho, pero ella a mí no.
Tras un minuto de hosco silencio, ella no pudo contener más un llanto silencioso, digno.
Bueno, C'est la vie, como dicen los franceses –sollozó la guapa mujer, limpiándose con contenida rabia las mejillas lagrimeadas con el dorso de la mano–. ¿Dónde queda el baño de damas, Antonio, por favor?
Por allá, a la izquierda, pero creo que siempre está cerrao... Tú sabes, pa que los tipos no lo utilicen, porque hay mucho cochino suelto –intentó él aliviarle la pena–. Tienes que pedirle la llave a Carmen.
¿Y tú crees que me la dé? –bromeó, llorosa, y se dirigió hacia donde la hija de la portuguesa fingía secar unos vasos mientras a hurtadillas observaba a la pareja.




XIX:
SIMÓN


Bendición, papá –oyó Saturnino que decía su hijo cuando sacó las llaves y entró por la puerta de la calle, todavía con las huellas de su aventura con la desconocida visibles en su ropa y persona.
Dios te bendiga, mijo. ¿Qué haces despierto?
¿Todo bien? –insistió el adolescente en voz baja mirando por detrás de su hombro hacia la puerta del cuarto de su madre.
Sí, todo bien –contestó el padre, cerrando con suavidad.
Entró en su despacho, encendió la luz y buscó una botella de güisqui. El joven le siguió. Casi en seguida unos pasos rápidos trajeron una figura seca y severa, que tenía el cabello lleno de cilindros de papel sanitario, la cara embadurnada de un menjurje marrón, el flaco cuerpo embutido en una fea y vieja bata de casa morada y calzaba unos chanclos de gruesa y resonante madera.
Era Concha de Solórzano.
¡Mírame eso! ¡Apareció el perdido! ¿Y se puede saber dónde estabas tú, Saturnino, ah?
El locutor, sin fuerzas ni ganas para lidiar con ella, se sirvió el güisqui y se derrumbó en su sillón, con aire ausente y desprovisto de agresividad. Ella insistió, amenazadora:
¡Contéstame, Saturnino!
Estaba... por ahí, en la vía.
¿Por ahí dónde, chico, en qué vía? ¿Por qué traes la ropa y los zapatos llenos de barro, ah?
Concha, ¿me harías el enorme favor de dejarme tranquilo, por caridad? No tengo ganas de discutir –pidió, lanzando un profundo suspiro de apaciguamiento, pero ella no estaba dispuesta a desaprovechar la ocasión:
Mira, mijito, por mí puedes tirártele a un carro si quieres, pero el que me preocupa es este hijo tuyo. ¿Sabes qué hora es, Saturnino Solórzano?
Son casi las doce, Concha, ¿por qué? ¿Qué sucede con Simón?
¿Sabes a qué hora llegó...?
No, Concha, no sé a qué hora llegó.
¡Hace cinco minutos llegó, hazme tú el favor, ¿ah?; y no hay forma de que me diga dónde andaba!
Saturnino se quitó las manos de la cabeza y volteó a mirar a Simón, que, recostado de la pared, con los brazos cruzados y una mueca irreverente sólo les miraba discutir.
Simón, hijo, ¿dónde estabas?
Por ahí, papá, con unos amigos –replicó, fastidiado.
El hijo de Concha y Saturnino era alto y corpulento para sus 16 años, de cabello con corte cepillo e incipiente bigote que aún no había probado una hojilla.
¿También usted se va a poner como mamá, que no quiere darse cuenta que ya soy un hombre hecho y derecho? –preguntó, aspaventoso, el adolescente.
¿Ves, ves? ¿No tengo razón? ¡Fíjate cómo le contesta a uno, manotiando y demás!
Ya va, chica, deja, yo hablo con él.
¡Pues no, señor! –saltó, colérica–. ¡De cuándo acá! Yo también voy a participar en esto. Yo lo parí, ¿no es así?
Claro, claro –admitió el locutor–. Simón, escucha, quiero explicarte una cosa...
¿Qué me va a explicar usted, papá?
Saturnino abandonó su aire indolente y se acercó al hijo con mirada sentenciosa:
Simón, escúchame bien; no importa qué edad tengas, tú vives en esta casa y nos debes respeto y obediencia. No puedes coger la calle y perderte y llegar a la hora que quieras, porque esto no es un hotel, Simón; esto es un hogar, y tu deber...
¿Esto es un hogar, papá? –rió, mordaz, el zagalón–. ¿Está seguro?
¿Qué quieres decir con eso, falta’e respeto? –gritó Concha, agresiva, yéndosele encima, pero Saturnino se interpuso, rápido:
Espérate, Concha; te dije que me dejaras llevar esto a mí. A ver, Simón, ¿quieres aclarar eso? ¿Para ti éste no es tu hogar, entonces?
Usted sabe lo que quise decir, papá; usted no es bruto.
¡Pues a lo mejor yo sí! –volvió a saltar, hecha una fiera–. ¡Habla más claro, Simón Saturnino!
Mamá, ¿en serio usted cree que esto es un hogar?... Esta casa más bien parece un ring de lucha libre donde cada uno está buscando humillar y fregar al otro como sea.
¿Pero tú estás oyendo a este hijo tuyo, Saturnino Solórzano Salas?
Espérate te dije, Concha, por Dios –se impacientó–. Mira, Simón, no te niego que tu madre y yo peleamos alguna que otra vez, pero eso es muy normal entre...
¿Alguna que otra vez, papá? –ironizó de nuevo el muchacho, doliente–. ¡No me haga reír! ¿Saben por qué me voy por ahí cuando llego de clases? ¡Para no verlos pelear, para no oírlos intercambiar insultos como si en lugar de ser marido y mujer fueran dos personas que se odian!
¡Ya está bueno ya, Simón Saturnino! ¡Cállese a la boca!
Cátedra, mamá. Me callo –aceptó, con los ojos brillosos de rabia.
¡Coño, haz el favor de dejarme hablar con el carajito a mí solo, por Dios Santo, Concha!
¡Ya te dije que yo también tengo derecho a intervenir en esto! –se rebeló, furiosa.
Él se volvió y la encaró por vez primera en su perra vida:
¡Carajo! ¿Estás sorda? ¿Sales, o prefieres que te saque yo?
Ella lo miró con ojos de sorpresa y rabia.
Bueno; me voy –aceptó, a regañadientes–... ¡Pero después tenemos que hablar tú y yo, Saturnino, no creas que voy a dejar que esto pase por debajo de la mesa!
Claro que sí; ya lo creo que tenemos que hablar. Ahora sal, has el favor...
Tras una última mirada a ambos recordándoles que aquello no había acabado, Concha salió, cerrando la puerta. Saturnino suspiró profundamente y cerró los ojos, tratando de que el hijo no notara el profundo naufragio interior que estaba atravesando.
Se sirvió otro medio vaso de licor, se le acercó más y le habló en tono pausado, afectuoso y respetuoso:
Simón, hijo, óyeme bien: Sé que tienes razón; que éste no es lo que, en el más estricto sentido del vocablo pudiéramos llamar un hogar, pero es el único que tienes y quiero que lo respetes, ¿está bien?
El joven se quedó mirando los ojos de su padre. Luego asintió, ya sin agresividad:
Sí, papá. Comprendo. Al menos con usted se puede hablar, pero mamá es... muy intransigente.
Aunque así sea, es tu madre, Simón Saturnino –casi volvió al tono regañón el periodista, pero se aguantó a tiempo.
Bebió otro enorme sorbo y sólo así se atrevió a expresar en palabras lo que su mente había venido decidiendo una y otra vez desde horas antes, cuando viviera su extraña aventura con la mujer desconocida con la cual la lluvia le había agasajado:
Hijo, creo que de ahora en más tendrás que ocuparte solito de tu mamá…
El hijo, quizá comprendiendo que su graduación como adulto se aceleraba a pasos supersónicos a partir de esta conversación que presentía definitiva, nada dijo, pero no apartaba los ojos preguntones del rostro de su papá.
Hijo, yo me voy.
¿Cómo es eso? –susurró Simón–. ¿Se va...? ¿Para dónde, viejo?
No sé todavía, pero voy a pedirle el divorcio a tu madre, Simón.
Se miraron, serios los rostros. Saturnino estaba esperando ver rechazo, quizá desprecio en la expresión del adolescente, pero nada de esto reflejó su semblante. Ya con templanza de hombre, sin desviar la mirada, el muchacho respondió:
El divorcio –repitió, y tosió, como sopesando las implicaciones del término–. Comprendo.
¿Lo comprendes? –se asombró, se admiró el comunicador–. ¿De veras lo entiendes, Simón? ¿No vas a criticarme, a censurarme?
No, papá. Tal vez no justifique su decisión, pero soy capaz de entenderla.
Con un nudo en la garganta, el padre lo abrazó con fuerza. Después, con mirada pícara, poniendo un dedo sobre sus labios y señalando la puerta, le ofreció un poco de licor, como realizando una secreta ceremonia masculina de iniciación.
El muchacho rio, orgulloso y confundido, y bebió un gran trago. Tosió y se le llenaron los ojos de lágrimas; sonrieron ambos y volvieron a abrazarse, como cómplices de un pacto que sólo ellos conocían. Después, inevitablemente, el hijo preguntó:
¿Y ya usted le habló a mamá de eso, papá?
No, hijo. Voy a hacerlo ahora.
Viejo, estéee –titubeó, como con pena ajena–... Papá, ¿usted tiene otra mujer es?
Al locutor se le hizo un nudo en la garganta y una sombra le habitó fugazmente la mirada:
¿Quieres que te sea sincero, Simón Saturnino? No vayas a reírte, pero…, ¡la verdad es que no lo sé!

♫♫♫

Oiga, señorita Carmen, ¿me puede hacer el favor de prestarme la llave del baño?
Carmen dejó de restregar la esponja de musgo natural con detergente sobre los platos de loza ordinaria y miró sin ninguna cortesía a la elegante mujer. Tras largos segundos de ingrato silencio, se dignó contestar, con sequedad evidente:
Ya va, espérese un momento.
Secando con ofensiva parsimonia sus manos mojadas en el delantal que se había puesto sobre la bata de atender las mesas, fue hasta la vieja caja registradora, la abrió y sacó una pequeña lata de sardinas dentro de la cual, amarrada con un trozo de cable de electricidad, estaba una enorme llave.
Tome –le dijo, arrojándola sobre el mostrador–. A veces cuesta abrir.
Ernestina contestó con sonrisa triste, sin tomarla y tuteándola:
¿Podrías acompañarme y abrirme la puerta, Carmen?
¿Por qué, pues? ¿Usted es mocha o qué? –respondió, retrechera, pero tomó la lata y se encaminó al pasillo donde estaban los baños públicos del motel.
La otra la siguió, siempre amable y resignada.
No soy mocha ni nada, pero así aprovechamos de hablar.
¡Adiós coroto! ¡Yo no tengo nada que hablar con usted, sabe! –dijo, menos agresiva, cuando ya habían llegado a la altura de la puerta de los sanitarios.
Ernestina, sin perder su compostura ni su expresión de resignación, insistió:
¿Por qué me tienes rabia, niña? Yo no te he hecho nada.
¡Yo no soy ninguna niña!, ¿sabe? –volteó la mesera, como si la hubieran abofeteado–. ¿Y quién dijo que yo le tenía rabia a usted? Yo no le tengo rabia. ¿Por qué se la iba a tener? ¿Acaso que usted me ha hecho algo? –siguió, abriendo la puerta–. Listo. Ya puede pasar.
Eres la novia de Antonio, ¿no es verdad?
¿De Toño? ¡Yo sí! –contestó, retadora, en un impulso–. ¿Por qué?
Porque él me lo dijo –respondió Ernestina, ampliando su expresión de aceptado despecho.
¿Cómo? –se asombró Carmen–. ¿Toño le dijo que yo era su novia?
La examante miró a la muchacha con nobleza, envidiando quizá su simpleza, su ingenuidad libre de artificios.
No..., pero me dijo que te quería mucho y que tú no lo querías a él, y yo le aclaré que estaba equivocado, que a ti se te notaba que estabas enamorada de él.
Pues ahí se peló, porque yo no estoy enamorada dél –negó, y ya menos belicosa, señalando un recipiente y un trozo de trapo colgado de un clavo en la pared–. Ahí tiene jabón y paño.
La citadina la miró con una luz nueva en los ojos, como con verdadero aturdimiento, y su sonrisa llena de conformidad suavizó las maneras agrestes de Carmen.
Te lo agradezco.
Usted fue... novia de Toño, ¿no es así?
Una dulce y amplia sonrisa le respondió antes de que Ernestina entrara al urinario:
Fui su mujer, su amante..., pero hace mucho tiempo de eso.
¿Mucho tiempo? –se sorprendió Carmen. Dudó–. ¡Vacié, cará! Ni que ustedes fueran unos viejos.
Hubo un silencio. Luego de desahogar la vejiga. y lavarse las manos, mientras se secaba, Ernestina movió la cabeza con inocultable congoja:
Éramos jóvenes, Carmen, muy jóvenes. Pero ya eso pasó; ya él no siente nada por mí.
Pues por mí tampoco, ¿sabe? Toño es mi amigo nada más.
Entonces eres bien tonta –concilió Ernestina–. Antonio es muy buen mozo, y muy noble; un hombre de limpios sentimientos, te lo digo yo, porque lo sé muy bien.



XX:
PLEGARIAS Y CUENTOS


Desde aquel anochecer cuando la lluvia arrojara en sus brazos a la mujer misteriosa que le hizo vivir por vez primera e intensa aunque breve el Amor con mayúscula, Saturnino Solórzano Salas iba todas las noches (antes de radiar su popular programa de 10 a 12 pm en Radio Cultura) al camino pedregoso y solitario y se detenía junto al árbol de ceiba bajo cuyas ramas conociera el auténtico éxtasis..., inútilmente: Ella, la desconocida, la mujer sin nombre, sin huella, sin compromiso, no estaba, no acudía... Y el amante se desesperaba, febril de ansiedad…
¿Dónde estás, dama de niebla...? ¿Eres real o mi desilusión te creó? ¿Fuiste un ensueño? ¿Te aluciné?... Pero, ¿entonces por qué late mi sangre a tu conjuro, por qué te recuerdo con cada gota cuando llueve?”
Atormentado, suplicante, el enamorado imposible se arrodillaba delante del árbol de su amor y juntaba las manos y elevaba la mirada al cielo en una plegaria veraz:
«¡Dios Mío, Dios Santo, Dios de los Milagros de mi niñez, escúchame; si eres tan piadoso, favoréceme, Señor! ¡Regálame el prodigio pequeño de volverla a ver una vez más, una sola, mi Dios, y te juro que iré andando de rodillas desde aquí hasta tu iglesia más cercana, y trataré de no pecar tanto, Señor Dios del Cielo!»

♫♫♫

Carmen se la quedó mirando, dubitativa, ya sin despecho y sin saber qué pensar de ella.
La caraqueña la observó un momento, caminó hacia la puerta y señaló un murito de piedra que servía de separación entre los sanitarios y un pequeño parque-jardín que allí había, tenuemente iluminado por una farola. Carmen asintió, todavía dubitativa, y en él se sentaron.
Ernestina abrió su monedero y sacó fuego y cigarrillos, y encendió uno.
Supongo que no fumas.
No, muchas gracias –negó, y como se había quedado pensándolo, murmuró–: Bueno, yo tampoco es que estoy diciendo que Toño sea un hombre sin sentimientos, sino que...
Mira, te voy a echar un cuento antes de irme –interrumpió la otra, con una profunda exhalación de humo y emociones–. Para que veas que no soy una mujer maluca.
Yo no estoy diciendo que usted sea maluca...
No, pero a lo mejor lo has pensado. Pon cuidao:… Había un hombre que tenía una casa preciosa a la entrada de un bosque...
Mire, perdone, Ernestina, pero yo no estoy en este momento para cuenticos de...
¡Pon atención, muchacha terca, que te conviene! Yo tengo mucha más experiencia de la vida que tú y quiero referirte esta historia porque a lo mejor te sirve de algo.
Sonrió sin asomo de sarcasmo. La mesera no la miraba.
Además, es corta y simple. ¿La vas a escuchar o no?
La otra se alisó una invisible arruga en el delantal de fregar los platos:
Cátedra; eche pa’fuera, pues...
Ernestina la detalló un momento, acaso arrepentida de su arrebato de candor, pero como era de natural bondadoso, aspiró una bocanada y susurró, con tono sombrío:
Te decía que un hombre tenía una casa muy bonita en los linderos de un bosque... Este hombre sufría de asma, y una vieja curandera indígena le dijo que recuperaría su salud si buscaba una planta llamada sanagua y tomaba un guarapo hecho con ella… El hombre salió al bosque cercano y empezó a buscar afanosamente la sanagua, según las indicaciones que la anciana india le había dado.
¿Y la encontró?
Ernestina sonrió y lanzó el cigarrillo lejos.
...Al rato de estar en eso, el hombre sufrió un horrible ataque que le cortaba la respiración, pero aún así continuó buscando la sanagua por todo el bosque, aunque inútilmente… No encontró el menor indicio de la planta milagrosa. Finalmente, asfixiado, trancado del pecho, retornó a su casa, mas no alcanzó a llegar a la puerta: cayó como un fardo en el jardín que había en la entrada, y entonces, de bruces en la tierra, sin poder respirar ya, agónico, vio frente a sus ojos una mata, y la reconoció, y se dio cuenta de que allí, a pocos pasos de él, ¡en su propio huerto!, estaba la planta de sanagua que tanto buscaba... y colorín–colorao, ese era todo el cuento –y se quedó mirando fijamente a la semilusitana.
Carmen le sostuvo la mirada y susurró, presintiendo la moraleja:
Es... un cuento muy triste, pero no entiendo en qué puede...
Entiende, Carmen –atropelló Ernestina, llorosa y quebrada ya–: A mí me acaba de pasar lo que al hombre de mi historia: me di cuenta de que tenía a mi lado lo que salí a buscar afanosamente por ahí por los bosques de la vida, pero lo supe demasiado tarde, cuando ya no puedo alcanzarlo...
Sacó de un bolsillo un minúsculo pañuelo azul y se enjugó el llanto.
...Ahora la planta de sanagua es tuya, Carmen, pero ten cuidado, no vaya a ser que te metas al monte sin ninguna necesidad...; ¿sí me entiendes?
Claro, Ernestina, y muchas gracias por el cuento –respondió, con dulzura y sin rastro de altanería. Ganada por la nobleza de la rival, pasó a tutearla, avergonzada–: Cónchale, vale, en verdad fui muy grosera contigo, manita, y no sé por qué; yo no soy así, en verdaíta, pero es que no sé qué me pasó...
Estabas celosa, ¿cierto?
Me imagino que fue eso, chica –reconoció, pero rápido arguyó–; aunque él no es nada mío, pero como siempre ha sido mi amiguito y nunca lo había visto con una mujer...
Antonio te quiere, Carmen. No lo vayas a perder; acuérdate de mi cuento y la sanagua... ¡Y dime cómo puedo salir sin llamar la atención; no quiero que Antonio me vea llorar otra vez!
Tras el sincero agradecimiento de Carmen, Ernestina se alejó del motel sin despedirse de Toño Solórzano Salas, tal como lo hiciera nueve años atrás, sólo que esta vez no tenía inten­ción de volverse a cruzar en su camino.
Carmen, por su parte, estaba ahora dispuesta a reconocer que su corazón amaba a Toño y que el infame Hugo Brosner era sólo un recuerdo perturbador.
Cuando regresó junto al muchacho y se sentó frente a él, puso cara de pícara:
Oye, Toño, ¿por qué tú le dijiste a Ernestina que yo era tu novia?
¿Quién te dijo eso? ¿Ella? –repreguntó él, sin asombro.
¿Quién más?
¡Qué lengua larga es, vale! ¡Deja que regrese para que veas la enjaboná que le voy a echar!
Ella le tomó una de las manos y le susurró, tierna:
Toñito, Ernestina no va a regresar. Hace rato que se fue por la parte de atrás.
¿Se fue? ¿Pero por qué?
¿Te pesa? –murmuró ella.
Y él, tomándole la otra mano, con una gran sonrisa:
¡Me alivia, gafa! –y después, con tono íntimo y sensual–: Mira, ¿cómo es eso de que tú quieres ser mi novia, ah?
¡Ay; míralo, pues! ¡Qué pretencioso! –rió ella, entregada.

♫♫♫

El porvenir parecía auspicioso para Toño si de amores hablamos…
En cambio, a su hermano Saturnino la vida se le convirtió en un atroz infierno al no tener ni la más leve noticia del paradero de su amada imposible, la misteriosa mujer que se le entregara tan intensamente bajo la luna y el árbol.
A pesar de que seguía acudiendo casi todas las noches y aguardando junto a la ceiba cómplice de su pasada dicha, nada ocurría: no halló jamás el menor rastro de su Dama de La Lluvia, como le gustaba íntima y secretamente llamarla.

♫♫♫

En Valencia, conforme iban pasando los meses, Carmen Oliveira y Toño Solórzano Salas, bajo la cariñosa bendición de la madre de la muchacha, se habían convertido en novios formales, como mandaban la moral y las buenas costumbres..., pero, jóvenes al fin, cuando la buena portuguesa se descuidaba, los grillos y las luciérnagas eran testigos y cómplices del éxtasis amoroso de sus ardientes corazones.
Cobijabánse por la noche, bajo el cielo estrellado, en el jardincito donde, meses atrás, la caraqueña Ernestina Beltrán, en un arrebato de desprendimiento, convenciera a la valenciana Carmen Oliveira del amor de Toño.
¡Mi amor, cuánto tiempo perdimos! –se desquitaba el muchacho de su larga vigilia a la causante de sus desvelos–. ¡Ven, mi novia, mi mujer, mi amante, mi portuguesita bella...!

♫♫♫

¿Qué opina usté, jefe? –preguntó con manifiesta ironía Ismael Romero, el Operador nocturno de Radio Cultura, un individuo alto y fuerte, de difícil sonrisa–. ¿No le parece que el maestro Gallegos no tiene padrote en esa carrera?
¡De bolas, porque así es muy sabroso, mi caballo! –contestó Saturnino, saliendo de su cabina a tomarse un receso durante la transmisión en vivo de “Noches de Ronda”, que (aquí también) se había convertido en un exitoso programa de variedades radiales.
Encendiendo un cigarrillo y mirando al compañero de labores a los ojos, insistió, ardoroso y deslenguado:
¡Es que a este país se lo llevó el diablo, Romerito, mi hermanazo! ¿Será que estos tipos de la Junta Revolucionaria de Gobierno piensan que uno es pendejo, vale? ¿Ah? ¿A quién le van a meter la coba Betancourt y su corte de mafiosos civiles y militares de que ellos van a repartir la teta del gobierno? ¡De bolas que gana Gallegos galopando! ¿No tienen todos los hilos del poder, chico, tú como que eres güevón? ¿Ah...? ¡Como si todo el mundo en este país no supiera que si gana otro carajo que no sea un adeco, va a ser un pelele, un pagapeos de ellos! ¡Mira, Romerito, alguna vaina muy brava le hicimos los venezolanos a Dios que nos castiga con todos estos coños de madre militares en el Palacio de Miraflores, en lugar de estar en sus cuarteles, ¿no te parece?!
Romero volteó por tercera vez hacia la puerta para asegurarse de que no había nadie escuchando las temerarias expresiones del periodista.
Ya todos en la emisora conocían el desprecio de Saturnino hacia el poder militar y le habían recomendado moderar sus opiniones, pero el locutor, que era explosivo y extremista en apariencia, tampoco era tonto y sabía con quién y dónde desahogarse sin correr demasiados riesgos.
Dando un cariñoso golpecito en el hombro del Técnico, se dirigió a la salida:
¡Seguimos más salados que pescado de Semana Santa, Romerón, que buen vainón, hermano, pero ya se verá, mi vale! –rio.
Y después, con aire cómplice y simpático:
Mira, carajito, pon otros dos discos después de éste, los que tú quieras, que voy un minuto a la esquina a tomarme algo, y acuérdate que mañana a las 3 grabamos dos capítulos de la novela de aventuras El Llanero Vengador, ¿oíste, valezón?
Vaya tranquilo, jefe –dijo el gigantón, bajando la mirada.

♫♫♫

Ya en las postrimerías de 1947, con el país incendiado por la elección del próximo Presidente, que sería elegido por el tan ansiado voto universal, directo y secreto, y con los tres partidos políticos principales peleando salvajemente en la calle a sus candidatos (el novelista Rómulo Gallegos por Acción Democrática, Rafael Caldera por el Partido Socialcristiano Copei y Gustavo Machado, el gallo del Partido Comunista), Saturnino se reunió en un bar de la Parroquia Candelaria, en Caracas, con su hermano Toño, cerveza de por medio.
¡Salud, hermano menor!
¡Salú, hermano mayor...!
Empinaron las enormes jarras y pidieron más, contentos de hallarse juntos y saludables.
Bueno, Saturnino, cuénteme... ¿Cómo está la familia, la señora, el sobrino Simoncito? Ya debe ser todo un hombrezote, ¿no?
El radiodifusor le lanzó una irónica mirada:
¿Cuál familia, hermano? –hizo una mueca y luego se sinceró–. Ah, es verdad que nunca le he contado de eso, Toño. No, vale; yo estoy por divorciarme.
¿Qué...? ¿Cómo así?
Sí. Ya no aguanto más. Y Simón ya está grande. Me voy a separar de Concha.
¡Embuste!
En serio. Estoy en eso, pero no es fácil. Bueno, falta que ella consienta. Pero estoy haciéndole la lucha.
¡Upaa...! –dijo el camionero, aún incrédulo–. ¿Y eso? ¿Qué pasó, Saturnino?
Pasó que me tropecé de bruces con el amor, Toño.
Una mueca más de perplejidad que de incomprensión se dibujó en la faz del menor de los Solórzano Salas, que apuró la jarra de cerveza de un golpe.
¡Carajo, Saturnino, usté si que tiene cosas! A ver, barájemela más despacio, le agradezco.
Encontré a la mujer de mi vida, pero la perdí, Toñito. Se me escapó.
Eso lo que parece es una ranchera, no juegue –se burló cariñosamente Toño–... Deje de guabinear y hable la verdá, ¿sí, Saturnino? Écheme el cuento.
No, hombre, no vale la pena, porque el final es feo y es historia vieja, vale. Sería gastar pólvora en zamuros. Hablemos de política mejor.
No me jorobe, Saturnino; yo de eso no sé nada. Volvamos a su problema; no sea aguao y hable, caramba.
No; ¡la pistola! –se escabulló el locutor–... Al menos sí sabes por quién vas a votar, Toñito, ¿o no te llama la atención ninguno de los candidatos?
Es que ni siquiera sé quiénes corren en esa carrera, hermano. Ilumíneme usté.
¡No, señor! ¡El voto es secreto y no es adeco! –se burló Saturnino mirando con afecto a su pariente.
Pidió más cerveza y le habló con tono protector:
Mejor háblame de ti. ¿Sigues como la una, solitario de metra?
¿Yo? No, qué va, mi hermano... Creo que me caso en cualquier momento.
¡Adiós cará!; sería justicia. A ver, cuéntame, contra quién es la vaina...
Y se contaron sus experiencias más recientes, como colegiales haciendo una tarea... Después se abrazaron, se desearon buena suerte y se despidieron, igual que tenaces viajeros que sabían que no volverían a saber uno del otro pronto...




XXI:
ROMPIMIENTOS


Ondas populares informa: A coso lleno celebró ayer el Partido Comunista su mitin de cierre de campaña en el Teatro Olimpia, con la intervención, entre otros oradores, de Gustavo Machado, Aquiles Nazoa y Miguel Otero Silva… En Noches de Ronda escuchen el saludo del astro mejicano Genaro Salinas y de seguidas su hit: Mis Noches Sin Ti.

♫♫♫

El 14 de diciembre de 1947, tras la empecinada campaña electoral de su partido, resultó electo Presidente Constitucional de la República de Venezuela el presidente de Acción Democrática, Rómulo Gallegos, con 871.752 votos.
Rafael Caldera obtuvo 264.204 y el candidato comunista apenas 36.564. La apoteosis de la victoria adeca volvió a embochinchar el país, esta vez con los excesos del triunfalismo de la organización fundada por Betancourt y los suyos.
♫♫♫

Lluvia, Madre Natura, devuélvemela... Diosito Bendito, hazla volver... Hazla aparecer... Hazla regresar...”
Así imploraba Saturnino Solórzano Salas frente a la ceiba, arrodillado bajo la fina lluvia, recitando como una plegaria, como un salmo, como una queja y un requerimiento a la vez, cual si de la absurda jaculatoria dependiera la agonía de su desesperanza.
Ocho meses hacía ya que visitar con paciencia de peregrino el árbol del camino pedregoso aledaño a San Antonio de Los Altos era una especie de ceremonia mística para Saturnino Solórzano Salas. Pero, a excepción de alguno que otro automóvil que cruzaba por allí, en ninguna ocasión encontró la menor señal de la misteriosa mujer sin cuya presencia no imaginaba su vida ahora, pese a que renegaba ante sí mismo y a diario de esta verdad.
Hoy, empero, la lluvia (menuda como un ruego) pareció oír su imploración.
Incrédulo pero ilusionado, al límite de la alucinación, la vio venir (diminuta y mojada), casi irrisoria de lo increíble que le resultaba el prodigio:
¡Dios de mi niñez, es ella! –fervorizó, y lo repitió con voz minúscula, para que ni el viento pudiera arrebatarle su gozo–: ¡Allá viene! ¡Es ella, es ella, es ella!
Una parte de su cerebro se resistía a creerlo, pero era cierto. Miró venir a su encuentro, entre los rezagos de la tarde y los vapores de la brisa mojada, la imagen mil veces prefigurada, la forma imprecisa y perdida, a fuerza de pensarla, de su amor imposible, de su Dama de La Lluvia.
Ella corrió hacia él en blanco y negro (como en un filme de uno de los John’s, Ford o Huston, ya no recordaba cual, ni importaba) con pisadas ligeras e incrédulas, y se abrazaron frente al árbol, borrachos del otro.
Ella de gris, como la llovizna; él de guayabera negra y pantalón marfil.
¡Mi amor, mi friolenta desconocida, por fin, por fin, por fin! –se ahogó.
Y Ana Sofía, menos expresiva pero igualmente emocionada:
¡Hola, mi amor!
Él la asfixió a besos; a besos le secó el rostro mojado, el cabello (más corto ahora), el cuello moreno.
¡Mi vida, mi alma, mi dama del árbol, de la lluvia, pensé que no te vería nunca más!
También yo... pero no me aguanté –gimió ella–. Tenía que venir a ver si te encontraba...
¡Ah, gracias a Dios, gracias a Dios, coño! –gritaba, enloquecido.
Por favor... Vámonos de aquí... Alguien podría pasar y...
Sí, sí, lo que quieras –concedió él, mareado de besarla–. Vamos, vamos...

Más tarde, al abrigo protector de un discreto hotel citadino, los dos solitarios saciaron sus apetitos, sus zozobras, sus angustias amorosas, y, claro, comenzaron a aflorar las aclaraciones.
Mi reina, ¿por qué te fuiste así aquella noche? Ni siquiera me dejaste el consuelo de tu nombre, amor.
Estaba muy asustada por lo que hice. Era la primera vez que...; bueno, tenía muchos remordimientos –musitó ella.
Comprendo –dijo, haciendo una profunda inspiración y quitándose la sábana del tórax–. Dijiste que eras casada, y te vi el anillo.
Un sí minúsculo y tímido salió de los labios de Ana Sofía. Él sonrió:
También yo lo soy. ¿Lo sabías?
Lo presentí al principio, y luego palpé tu aro también –dijo. Y después de otro silencio–: ¿Qué vamos a hacer...?
¡Luchar, defender nuestro amor, Amor! –se enserió, vehemente, Saturnino–. No te dejaré ir ahora por nada de este mundo, ¡no, Señor!; ni creas que te voy a perder de nuevo cuando finalmente te encontré.
Ella le miró con desconcierto y atención:
Pero..., ¿y tu esposa?
No es problema –sonrió Saturnino–. Aunque no me ha dado el divorcio aún, estamos separados ya. No vivo con ella.
¡Oh! –hizo Ana Sofía–. Lo lamento. En serio.
Él la cubrió en un abrazo protector.
No tienes por qué; había decidido divorciarme aun antes de conocerte, así que no te sientas culpable.
Cuando te separaste, ¿le... hablaste de lo nuestro? –quiso saber.
No... no tuve valor, tal vez porque no estaba seguro de que fueses real.
Ella lanzó un hondo suspiro y se contempló las uñas sin pintar.
Sí –dijo–... Me pasó igual. No pude. Pero también voy a divorciarme.
No es lo mismo para un hombre que para una mujer, mi amor –aclaró, mirándola.
Estoy consciente. Pero eso no me importa. Lo lograré –aseguró ella.
Saturnino la volvió a abrazar y besar, y después tomó el bello rostro entre sus manos blandas y la obligó a mirarlo:
Mi reina, ¿por qué no confiaste en mí esa noche?
¿Cómo podía? –se sinceró ella–. Eras... como un sueño, una visión, un escape...
El narrador sufrió otro arrebato de ternura y la volvió a cubrir de besos:
¡Te amo! ¿Cómo pude vivir sin ti tanto tiempo? –Luego sonrió–: ¿Tendrás nombre, por casualidad de la vida?
Ella le miró con la disculpa en los ojos:
Me llamo Ana Sofía..., Saturnino –y le miró, traviesa. Él se admiró.
¡Recuerdas el mío!
Por supuesto, Amor –dijo ella, tierna, y después, de pronto, y muy seria–. Mira, ¿y tú no piensas pedir comida, chico?
♫♫♫

Ya se sabe que para los enamorados el romance parece eterno..., pero también se sabe que nada dura para siempre.
El camionero Toño Solórzano Salas no contaba con suficientes recursos monetarios para casarse de inmediato; Carmen exigió casa en Valencia, propia y decorosamente amueblada. El muchacho pospuso la boda y debió resignarse a que su prometida siguiera atendiendo clientes en el motel de su madre.
Ella, a pesar de que amaba con sinceridad a Toño, descubrió (luego de entregarle su castidad) que era una mujer apasionada, joven y atractiva, apetecible, y estaba rodeada casi siempre por hombres que la piropeaban y la devoraban con la mirada.
Se mantenía fiel a su prometido, pero cada día le costaba más. Llegaron entonces las previsibles escenas de celos. Carmen padecía de impetuosos sofocos y pesadillas vergonzosas en medio de las cuales se veía llegando al extremo de mendigar sexo o vender su cuerpo por unas monedas para calmar aquellos ardores.
Por añadidura, su amante (y futuro esposo) pasaba mucho tiempo lejos de ella, viajando, y en su afán de reunir el dinero para el matrimonio cada día era más esclavo de su gandola.
En una de esas escasas noches en que él la visitó (de pasada para San Cristóbal) estalló el conflicto en el furtivo encuentro que tuvieron en uno de los cuartos del motel. Cuando el amante, ansioso de pasión, intentó desvestirla, ella se mostró desinteresada, desabrida (y no era la primera vez que ocurría).
¡Ay, no, Toño, deja, deja!
¿Qué fue, mi amor? –se quejó, frustrado.
Ya, ya, déjame, te digo... Deja; tengo que ir a ayudar a mi mamá.
–…Pero bueno, mi reina, uno rapidito y ya, ¿sí?
No, no; hay mucha gente en el negocio, vale... Cuando vuelvas.
¡Pero ven acá, Carmen, no te vayas! –se impacientó–. Tenía muchos días sin verte... Ven, vale, bésame, mi amor.
Después, te dije –pero él siguió queriendo derribarla en el lecho–. ¡Deja el fastidio, Toño, cónchale!
Él se cimbró cuando entendió que el rechazo esta vez era más que eso; casi repugnancia. De un salto se interpuso entre ella y la puerta, dispuesto a las aclaratorias.
¿Cuál fastidio, Carmen? ¿Qué te pasa?
Nada, nada, déjame salir.
No. Dime qué pasa.
Te dije que nada, sino que tengo que ir a ayudar a mi mamá, eso es todo, pero tú no entiendes.
¿Qué es lo que tengo que entender? –se enserió, pero sin agresividad– ¿Esta... actitud tuya últimamente? Las pocas veces que puedo y quiero estar a solas contigo, siempre tienes que hacer algo, estás apurada, me esquivas, no sé. ¿Qué es lo que está pasando, Carmen?; y quiero la verdad.
Ella comprendió que no podría irse sin descubrirle su alma, porque él estaba atento a sus reacciones, a sus huidizos ojos, a su boca esquiva. Y lo hizo.
Bueno, Toño, pasa que... que llevamos un bojotón de meses de novios ya y tú no me has vuelto a hablar de matrimonio. ¿Qué te crees tú? ¿Qué yo vivo del aire, que no tengo ilusiones y sueños, como cualquier mujer?
¿Pero cómo así? –se desconcertó él–. Justamente yo estoy es haciendo plata para que podamos casarnos, mi amor.
Pero Carmen ya había acelerado por aquella pendiente y siguió rodando:
No sé, Toño, no sé... ¡Así es cátedra para ti! Yo no puedo saber lo que haces por ahí cuando viajas, que es a cada rato, y cuando llegas, empiezas con tus dudas, con tus celos, y quieres que yo abandone lo que esté haciendo para estar contigo todo el tiempo. ¿Y entonces? ¿Cómo es eso, Toño, ah? ¿La ley del embudo: lo ancho para ti y lo angostico para mí?
Y a continuación pronunció las palabras que él había estado presintiendo:
Mira chico, ¿por qué mejor no dejamos esto de ese tamaño y ya está?
¡No, no, Carmen, mi vida, no digas eso! ¡Hablemos, mi reina, vamos a arreglar esto!
¡Yo creo que esto ya no tiene arreglo, Toño!
¡Afortunadamente para el desesperado muchacho, su compadre el Negro Encarnación Ruiz le regaló un amuleto “rezao” para que a Carmen se le quitaran las malcriadeces!

♫♫♫

¿Cómo es el golpe, Ana Sofía? –preguntó Wilfredo Poblete, no muy sorprendido, aunque su natural teatralidad le impelía a exagerar siempre–. ¿El divorcio?
Ana Sofía Jaimes de Poblete lucía más bella que nunca, probablemente por la entereza de espíritu que experimentó al tomar la decisión de enfrentar a su ruin marido y poner las cartas sobre la mesa sin tapujos, como acababa de hacerlo, luego que convinieran en conversar como gente civilizada, moderna, como sugirió ella.
¿Entonces esto se trata de eso, del divorcio, no de arreglar las cosas, o fue que oí mal?
Oíste perfectamente bien –asentó ella, sin un parpadeo–. Nuestro matrimonio no tiene sentido, tú lo sabes. No hay nada que arreglar.
El catire la detalló. En verdad estaba en el esplendor de su adultez, de su belleza casi bárbara, tan agresiva. Pero ya a él no le servía más que para exhibirla como un trofeo, y no era suficiente. Lucía un vestido verde manzana, acampanado, como los de la heroína de Lo que el Viento se Llevó, que hacía un atractivo contraste con sus ojos color miel. Zapatos verde claro, de grandes tacones, y algunas joyas en orejas y manos. Parecía que fuese a retratarse para la portada de una revista de esas de modas.
Lástima –pensó el abogado–, cualquiera enloquecería por una mujer así”..., pero él no. Él no era un cualquiera, y ella era pura fachada; por dentro estaba podrida; no hacía ningún caso de lo que uno le exigía, y no le importaba el dinero; un caso lastimosamente perdido, en realidad.
Le quitó los ojos de encima y abrió el mueble-bar y se sirvió un coñac. Ana Sofía, con una serenidad hábilmente trabajada, insistió:
¿Me darás el divorcio o no?
¿Te vas a ver con tu amante o te vas a sacar una fotografía, que estás vestida así?
¿Me darás el divorcio o no? –repitió con calma. Él la remiró.
Eco le cuá, chica; convengo en darte el divorcio –le escupió casi.
A continuación sonrió como había visto que lo hacían siempre los malos de las películas, y bebió dos sorbos.
Está pago, chica. Con una condición.
Ya me extrañaba –sonrió un poquito el rostro exquisitamente maquillado–. ¿Qué condición, Wilfredo?
Le llamó por su nombre de pila, como lo hacía al principio de la desastrosa unión, cuando todo era ilusión.
Me firmarás un documento por el cual renuncias a lo que te corresponde de los bienes habidos en el matrimonio. Dicho en criollo, mi amor: Si quieres irte con otro pazguato, cátedra; no me afecta gran cosa mi noble corazón; ya conseguiré otra mujer bonita por ahí, pero te irás sin una locha en la cartera. Tú decides.
–Ya está decidido, Wilfredo Poblete–respondió Ana Sofía al momento, seria, para no provocarlo, pero sintiendo que el corazón se le salía por la boca–. Acepto.
¿Así no más, sin pataleos? –se extrañó un poco él.
–Ya te dije que acepto. ¡Redacta los papeles!





XXII:
¡NOCHE DE RONDA!
Los libros siempre hablan de otros libros,
y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado.”
(Umberto Eco)


¡No, si así es que es que es! –barbulló ella, hecha una fiera.
¡Pero Concha, óyeme…!
¡No insistas, piazo ‘e sinvergüenza, vagamundo...! ¡Nada de divorcio! ¡Primero muerta!
Pero hablemos, mujer, ven acá…
¡Nada, nada! –gritó, tratando de encerrarse en el cuarto de baño para que él entendiera que no quería discutir el asunto.
Saturnino le cerró el paso con suaves maneras, apelando (como hiciera Ana Sofía con Poblete) a las memorias de sus primeros años con ella.
Escucha, por amor a Dios, Concha; ¿qué justificación tiene que sigamos casados...?
¡Olvídate de eso, Saturnino Solórzano Salas; yo no te voy a dar el divorcio! ¡No me vas a convencer ni que me hipnotices! –dijo con infranqueable firmeza–. Si tienes otra mujer, va a tener que conformarse con ser tu querida, tu segundo frente, tu cualquier cosa, pero no acepto este abuso tuyo.
¿Abuso mío? –dijo el locutor, y suspiró profundamente–. ¡Abuso es seguir con este lazo absurdo tú y yo!... Concha, por tu madre, tenemos que...
¡Tenemos que nada! ¡Se acabó lo que se daba, chico! ¡Palito en boca! ¡Está bueno que no vivamos juntos, pero no quiero saber nada de divorcio! ¡Punto!
Bueno, cátedra, Concha. Buscaré abogados entonces... Ellos sabrán qué hacer.
¡Busca a Perry Meison si quieres, pero por las buenas nunca te daré la separación! ¡No faltaría más sino regalao: encima de fiao, con ñapa, no friegue!

♫♫♫

En una mesa de una solitaria fuente de soda situada en Chacao, en Caracas, un hombre con sombrero y lentes oscuros (a pesar de que ya era noche cerrada) fumaba un tabaquito negro con evidente nerviosidad.
Volteaba a cada momento a uno y otro lado de la acera, cuyos extremos se abarcaban perfectamente desde detrás del cristal que hacía de pared-vitrina del cafetín.
Era Saturnino Solórzano Salas, vestido de traje gris y caucho negro encima, por si acaso llovía.
¿Qué pasa, pues...? Ya es la hora y no ha llegado. ¿Le habrá sucedido algo? ¿Por qué no me llamó a la radio si no podía venir? Las seis y treinta y dos.”
De golpe se escuchó un grito proveniente de la acera de enfrente:
¡Saturnino...!
¡Mi amor, por fin...! –murmuró.
Salió apresuradamente a esperar que ella cruzara la calle y la recibió con un abrazo descomunal, como si estuvieran en el aeropuerto de Maiquetía y ella hubiera llegado de un lejano país.
¡Mi cielo, un beso!
No, espérate, Saturnino... Alguien podría vernos.
Está bien –convino él–. Mira, aquí al voltear hay una boite que abre a las siete. Conozco al dueño y nos dejará entrar; es un sitio muy reservado.

Los dulzones compases de la flauta y las pailas de la orquesta cubana Acerina y su Danzonera tocando Entre espumas flotaban en la penumbra del cabaret iluminado vagamente por farolas rojas.
Apenas se distinguía el contorno de los amplios sillones y las pequeñas mesas. Ana Sofía y Saturnino, perdidos en un rincón del espacioso recinto, se sintieron a salvo.
¿Hablaste con tu marido?
Sí, hoy.
¿Y...?
Todo arreglado.
¿En serio? –se atragantó el locutor.
Sí, amor. Quiere que renuncie a todo lo que me toca en la partición de bienes, pero no se opuso, no hay problema, mi vida.
¡Ca...ramba! –alzó el tono Saturnino, besando, feliz, a su amante–. ¡Voy a pedir champaña, preciosa, ¿sí...?!
Claro, mi amor, celebremos –aceptó ella, aunque sin demasiado entusiasmo, como si todavía no creyera que lo dicho por Poblete fuese a concretarse.
Al rato, algo achispada por la bebida, Ana Sofía se atrevió a indagar:
¿Y tú, Saturnino...? ¿Volviste a hablar con tu esposa?
Él se tornó sombrío al instante. Puso la copa en la mesita y el tabaco recién encendido en el cenicero. Ella le buscó los ojos en la media luz que apenas silueteaba el contorno de la barba.
¿Qué pasó, amor? ¿No quiso?
No. Hablé con Concha seriamente, pero no quiere saber nada del asunto. Se mostró inflexible.
¿Y qué vamos a hacer entonces, mi vida? –se desesperó la bella morena.
Tranquilízate. Ya hablé con unos abogados amigos míos y se están ocupando del asunto. Son un taco. Quédate quieta.
Pero si ella no te da el divorcio, no hay forma de...
Ellos dicen que tardará un poco, pero que lo conseguirán aunque Concha no quiera.
Bueno, al menos es una esperanza –se resignó.
La música cambió, pero la canción no, advirtió Saturnino casi sin darse cuenta. Ahora era Barbarito Diez quien dolientemente aseguraba: Si este amor nació de una cerveza, otra cerveza beberé para olvidar… Un querer que surge en una mesa, entre espumas se debe sepultar…
La acongojada voz de ella lo sacó de su abstracción.
¿Y mientras tanto qué haremos, cielo?
Tendremos que seguir viéndonos a escondidas. Los abogados me recomendaron tener cuidado, no dejarme ver contigo en público en plan de romance.
Sí, hombre. También Wilfredo me dijo que esperara a que saliera la sentencia para irme de la casa y hacerlo público, y que para que no perjudicara su imagen –dijo, sarcástica.
Ven, bailemos ese danzón.
Bueno…

♫♫♫

El Domingo 15 de Enero de 1948, en medio del júbilo popular de la mayoría de sus compatriotas (que veían la continuación de la senda democrática abierta por López Contreras y Medina Angarita) y de una impresionante cantidad de invitados especiales de todo el continente, Rómulo Gallegos juró la toma de posesión de la Jefatura del Estado Venezolano.
La sugestiva ceremonia se radió en vivo y directo por casi todas las emisoras del país. Por la noche, Radio Cultura comenzó a transmitir (también en vivo y directo) la arrolladora presentación de dos renombrados artistas mexicanos en los salones del Club Venezuela. El animador era Saturnino Solórzano Salas, amigo personal de uno de los artistas. En el local no cabía un alma más, y el debut de los músicos aztecas estaba anunciado para las once.
Mientras una popular orquesta local calentaba los ánimos y ponía a bailar a los asistentes al exclusivo espectáculo, en una de las mesas más cercanas a la tarima departían alegremente Débora de Jaimes y su hija Ana Sofía, ambas en la exquisitez de su belleza y elegancia; el Libretista y Director radial David Bocaranda Sucre; Toño Solórzano Salas y su novia Carmen Oliveira, y Saturnino, el anfitrión..., y presentador:
¡Damas y caballeros, distinguidas personalidades de países amigos que nos visitan para celebrar con nosotros la fiesta de la Democracia: es un enorme privilegio para este servidor y para la emisora que represento, Radio Cultura, que está transmitiendo en vivo este maravilloso acontecimiento, dar nuevamente la bienvenida a suelo venezolano, venido directamente desde el Distrito Federal de la nación mexicana, a mi entrañable amigo y maestro, Don Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso Rojas Canela del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino, el Flaco de Oro de México...! ¡Recibamos con un caluroso saludo criollo, señoras y señores, a Don Agustín Lara!
Una impresionante salva de aplausos saludó la salida al escenario del compositor, intérprete y pianista nacido en la capital mexicana pero veracruzano de crianza y corazón.
Vestía un riguroso esmoquin negro con solapas doradas. Con aire solemne se acercó a Saturnino (también de esmoquin) y le abrazó con calor, sonriente. Después se inclinó y agradeció el tributo de palmas sonoras, que no cesaba...
A continuación se dirigió al piano colocado en mitad del escenario y se sentó. Probó el micrófono, tocó unos dulces acordes en las teclas y entonces, sobándose por instinto la ya legendaria cicatriz del lado izquierdo de su rostro (inferida por una mesera celosa y borracha en un cabaret de su tierra), dijo:
Buenas noches, respetable público... Antes que nada quiero agradecer a mi estimado amigo Saturnino Solórzano Salas sus palabras de bienvenida y el homenaje de su amistad
Ahora los aplausos sonaron para el venezolano.
También a su prestigiosa emisora, Radio Cultura, que ha hecho posible nuestra venida a esta tierra generosa y cálida y le permite a él seguir demostrando por qué es una gran figura de la Radio y la Farándula nacionales.
El público, encantado con la ronca voz y la delgada presencia del célebre músico, no paraba de homenajearle.
Cuando la sala quedó por fin en silencio, Agustín Lara desgranó al piano las notas de Farolito, y la cantó con nostalgia y sentimiento, como acostumbraba. Después, acompañado por la orquesta y siempre sentado ante el teclado de su instrumento, interpretó Solamente Una Vez, y cuando el refinado público presente rompió el hielo y empezó a pedirle las canciones que compusiera para su famosa esposa (María Félix), el maestro sonrió y en medio de una atrona­dora ovación cantó María Bonita, Humo en los Ojos y Aquel Amor...
Intervino de nuevo el animador:
¡Señoras y señores para completar esta celebra-ción y dando formal cumplimiento a los anuncios publicitarios que hiciéramos, es con un inmenso placer que me honro en presentar en este escenario a una de las más fieles exponentes de la música y el arte del maestro Agustín Lara...! ¡Recibamos como se merece a la más destacada cancionista del bolero caribeño, la sin par María Antonia del Carmen Peregrino Álvarez, Toña la Negra...!
Otra vez el salón se vino abajo con el estruendoso recibimiento a la artista jarocha, quien salió enfundada en un ajustado vestido rojo fuego cuyo ruedo besaba las tablas del escenario. Tras una profunda reverencia, miró a su paisano y éste arrancó las notas de Oración Caribe, uno de los tantos temas que escribiera para ella, y la sensual voz de Toña La Negra, hecha para el bolero (construida para los sones y las cadencias del resultado de las fusiones de las razas ardientes acrisoladas en los mares nuestros), cantó así:
Oración Caribe
que sabe implorar,
canto de los negros,
oración del mar.
Piedad, piedad
para el que sufre,
piedad, piedad
para el que llora.
Un poco de calor
en nuestras vidas
y un poquito de luz
en nuestra aurora...”

Fue una noche fantástica, inolvidable.
Fue (como dijo después una de las tres damas homenajeadas) un racimo de pequeños instantes perennes; una rara ocasión de esas que experimentas una o dos veces en esta vida y que luego te permite vivirla sin amargura (pese a ella misma), aunque únicamente sea por el hecho inesperado y acaso inmerecido de poder referir que no fue ajeno, que nadie te lo contó, que estuviste allí cuando sucedía; uno de esos momentos irrepetibles cuando la magia se digna mostrarse (la verdadera, la que apela a las leyes naturales para burlar la realidad).
La bolerista mexicana entonó casi todos sus éxitos con el maestro: Veracruz, Noche Criolla, La Clave Azul, La Cumbancha, Obsesión, Mentiras Tuyas, Angelitos Negros, De Mujer a Mujer, Cenizas...
Ana Sofía, Débora y Carmen no paraban de gritar y pedir canciones, radiantes de dicha, ganadas absolutamente por el magnetismo de los intérpretes mexicanos.
El delirio sobrevino cuando, a ojos vistas, Agustín Lara le dio un papelito a su protegida señalando hacia la mesa donde estaban Saturnino y los demás; entonces la cantante sonrió con afecto y se acercó al borde de la tarima para que no hubiese duda de a quienes se refería:
Con la venia del generoso público que nos ha hecho el inmenso regalo de asistir esta noche a ver y escuchar al maestro Agustín Lara y a esta servidora, quisiéramos saludar con especial deferencia a los acompañantes de nuestro anfitrión Saturnino Solórzano Salas; son ellos las damas Débora Amengual Jaimes, Ana Sofía Jaimes y Carmen Oliveira, y los caballeros David Bocaranda Sucre, conocido escritor y director de radioteatros, y el distinguido Antonio Solórzano Salas, hermano de Saturnino.
Toña La Negra se volvió a inclinar ante los integrantes de la mesa, que estaban de pie, y volvieron a sonar las salvas. Acto seguido, con las notas de una de las canciones más exitosas compuesta por el Flaco de Oro de México, la exquisita cancionera, con una enorme sonrisa de complicidad alumbrándole la morena faz, dedicó:
Ya para cerrar, honorables amigas y amigos, quisiéramos, el maestro y yo, dedicar este último número a las personas anteriormente nombradas, para que ustedes compartan con nosotros estas noticias: el insigne libretista Bocaranda Sucre está escribiendo un nuevo dramático que titulará “Solamente Una Vez”, en honor del maestro Agustín Lara.
El público, agradecido por la brillante actuación de la pareja, no se cansaba de aplaudir.
Celebremos, igualmente, junto con el triunfo de la Democracia y del maestro Rómulo Gallegos, tan caro a nosotros los mexicanos, los compromisos matrimoniales del señor Bocaranda Sucre con Débora Amengual; también del señor Antonio Solórzano Salas con Carmen Oliveira e igualmente de nuestro querido Saturnino con Ana Sofía Jaimes… ¡Felicidades a los seis y para ellos y ustedes, nos despedimos con... Noche de Ronda!
Cuando Toña la Negra comenzó a entonar con su voz redonda y armoniosa
Noche de Ronda...,
qué triste pasas...,
qué triste cruzas...
por mi balcón…,
las tres parejas de futuros contrayentes estaban bañándose de champaña entre sí...
♫♫♫

¡Viva mil veces la lluvia, bendita sea, que me hizo conocerte! –dijo en mitad de la calle y del intenso aguacero Ana Sofía, plena de felicidad, cuando al amanecer, todos exhaustos, salieron del recinto.
¡Viva el amor, coño! –gritaba repetidamente Saturnino.
¡Chico, grosero!
¡Perdón!... Oye, amor, todavía me falta algo por hacer.
¿Además de casarnos? –preguntó ella, un poco asustada de su dicha de ahora–. ¿Algo por hacer de qué, Saturnino?
¡Pero no pongas esa cara, chica! –la tranquilizó él–. Es una promesa que tengo que cumplir.
¿Qué promesa, mi amor?
Yo sé mi cosa, mi amor... pero si me quieres acompañar, ¡tenemos que ir de rodillas desde la ceiba nuestra hasta la iglesia más cercana! –rio, pícaro el locutor. Y ella, también cómplice:
¡Ah..., entiendo!... Bueno, te acompaño... ¡Y vivan las promesas, no joda!
¡Muchacha, grosera, vulgar! –se carcajearon, abrazados, besándose, empapados.
Unos metros más allá, dentro de la fuente de la plaza, eufóricos de licor, de lluvia y de esa alegría plena y desenfadada que sólo brinda el presentimiento de que la felicidad total tiene que ser pasajera para que dure toda la vida, las otras dos parejas, Carmen y Toño, y Débora y Bocaranda Sucre, festejaban igualmente la promesa de un futuro mejor juntos.
Desde la radio del Cadillac nuevo de Saturnino, estacionado cerca, Daniel Santos, el Inquieto Anacobero, gemía su propia versión del popular tema que el enamoradizo compositor mexicano dedicaba a su esposa, María Félix, cuando estaban reñidos:
...Dile que la quiero,
dile que me muero de tanto esperar...
que vuelva ya...
que las rondas no son buenas,
que hacen daño, que dan penas,
que se acaba... por llorar...”

FIN









EL  AUTOR









Yanko Durán (Urbano Antonio Durán, Boconó, Trujillo, Venezuela, 1950) es un experimentado escritor de Radio y Televisión desde 1975. Ha sido Productor, Director y Guionista en los más importantes canales de televisión venezolanos.


Es autor de “Alucard, Príncipe de la Noche”, Testigo de Cargo” y “¿Quién está dentro de Alicia?”, entre otras muchas obras para TV, además de las exitosas series radiales: ¡Spectrum!, Raza Bravía, Tambores de Sangre, La Ladrona, Únicamente Tú, Desesperado, Cimarrón, Ciclo Terror, Su Novela de Misterio, La Historia de una Canción, La Vida de las Canciones, y un largo etcétera.

Fue Productor Ejecutivo y General de: ¿Cuánto Vale el Show?, Fantástico Internacional, Crecer con Papá, El Show de Fantástico y Juventud Fantástica, y Gerente de Producción de la firma Sono-Star.


Además del Meridiano de Oro , Musa de Oro, Mara de Oro y Tiuna de Oro como profesional de radio y televisión, Yanko Durán ganó el Primer Lugar como Compositor en el V Festival de Música Criolla Ignacio “Indio” Figueredo (Caracas, 1975).

Ha escrito las novelas “Nous, el Hombre de Humo”; “Los Fantasmas de Paita(Reconstrucción Histórica que obtuvo Mención Especial en el II Certamen de Novela corta Giralda, en Sevilla, España); El Comisario Infante y el Caso de la Occisa del Bar la Gladiola;El Salón de los Relatos”,El Asesino de la Posada del Piratay Eres Mala y Traicionera” (Noches de Ronda, relato ficcional de la llamada Revolución de Octubre venezolana); los libros de cuentos “Atavismos, “El Mayordomoy “Cuentario”; el Poemario “Alas al Viento; los dramas teatrales “La Coronela”, “Sume y Siga” y “Juegos de Teatro”.

Yanko Durán ha escrito cuentos y poemas para revistas y periódicos diversas y tiene inéditos dos guiones de cine. Figura en varias antologías modernas como Poeta y Cuentista.







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