Cuando
no existían televisión, celulares ni internet, la Radio era el
entretenimiento mayor. ¿Quiénes hacían los Radioteatros, cómo se
grababa una Radionovela? ¿Contribuyó la Radio al derrocamiento, por
una insurrección popular, del gobierno democrático del general
Isaías Medina Angarita? ¡Descúbralo en esta historia de intrigas
políticas y amores radiales que comienza la víspera del golpe al
Presidente por los militares de Marcos Pérez Jiménez y los civiles
de Rómulo Betancourt y concluye tres años después, el día de la
investidura como Primer Magistrado del novelista Rómulo Gallegos,
mucho de ello visto y narrado desde los estudios y micrófonos de uno
de los más populares circuitos radiales de Venezuela!
NOCHES DE RONDA
(amores radiales)
YANKO
DURÁN
A
mis queridos Compañeros
OTRA
PUBLICACIÓN DE
Enero
– 2012
Hecho
el Depósito de Ley:
Ifi25220138002219
ISBN:
978-980-12-6708-9
Licencia
SAFECREATIVE
(Todos
los Derechos Reservados)
NOTA:
Esta
novela es una ficción concebida
en
base a los hechos acontecidos en
Venezuela
entre Octubre de 1945 y
Enero de
1948.
Es
también un tributo a todos los
profesionales
con quienes tuve el
privilegio
de compartir micrófono
(la
mayoría de los cuales, aunque
ya eran
mayores, conservaban casi
místicamente
en la mirada y en el
espíritu
la añoranza por esa era de
esplendor
del divertimento nacional
por
antonomasia de aquellos
dorados años: La Radio).
Los
lugares son reales.
También
muchos de los personajes,
harto
conocidos.
El Autor
ÍNDICE:
1:
Los Golpeados
2:
Antecedentes
3:
Una Radionovela
4:
Cumbre Presidencial
5:
Los Gandoleros
6: ¡Hoy
no hay Comedia!
7:
¡Suspendidas las
Garantías!
8: ¡Esto
se Acabó!
9:
Los Decretos
10:
El Drama de Carmen
11:
Variadito, como el País
12:
Gardel en Venezuela
13:
Poblete y Torrijos
14:
Como en un Tango
15:
¡Más Drama!
16:
Lo que trajo la Lluvia
17:
Llueve y Escampa
18:
Verdad-es
19: Simón
20:
Plegarias y Cuentos
21:
Rompimientos
22: ¡Noche
de Ronda!
El Autor
NOCHES DE RONDA
(amores radiales)
(“Para
que lo que se escribe
pueda
denominarse literatura,
debe
producir en el lector un
placer
no sólo por lo que se dijo,
sino
por la manera de decirlo.”
Stopford Brooke)
I:
LOS
GOLPEADOS
El
Jueves 18 de Octubre, a media mañana, el Ministro del Interior,
Arturo Uslar Pietri, se dispuso a salir de su residencia rumbo al
Palacio de Miraflores, luego de efectuar algunas llamadas por
teléfono tratando de averiguar lo propuesto por el Presidente la
noche anterior con respecto a la carta fantasma.
Cuando
salía rumbo al garaje donde le esperaba el chofer, una de las
muchachas de servicio vino corriendo a avisarle, con tono
escandaloso:
–¡Doctor,
doctor, lo llaman por teléfono! ¡Dijeron que era urgente!
–¿Quién
es? –preguntó el escritor, acostumbrado al dramatismo de la
sirvienta.
–¡Un
amigo suyo, doctor, del gobierno!
–¿Y
no dijo su nombre, Úrsula? –volvió a preguntar, retornando a la
casa en pos de la criada.
–¡Sí
lo dijo, pero en la carrera por venir a avisarle antes que se fuera
se me olvidó, doctor, perdone!
–No
importa, Úrsula, no se preocupe –tranquilizó el patrón a la
negrita, que peló los dientes, avergonzada, y se fue a la cocina con
paso rápido en tanto el Doctor en Ciencias Políticas, ex Ministro
de Educación, ex Secretario de la Presidencia de la República, ex
Ministro de Hacienda y actual Ministro de Relaciones Interiores
recogió la bocina de marfil del vistoso teléfono, colgada
verticalmente.
–¿Aló,
sí, quién llama…?
Una
voz masculina, tensa pero bien conocida, le intranquilizó:
–¿Alo,
Arturo…? Es Pedro.
–Buen
día. ¿Qué ocurre, chico? Iba saliendo para Miraflores.
–Para
eso te llamo, vale. ¡La vaina como que está prendida por los lados
del Cuartel San Carlos! –dijo con tono alarmado Pedro Sotillo, el
Secretario de la Presidencia.
–¿Cómo
es eso?
–Guá,
vale, que se alzó ese Cuartel, pero no sé más nada. Yo voy
saliendo para el Palacio. ¿Quieres que te pase recogiendo?
–No,
no, muchas gracias, Pedro, no hace falta. Nos vemos en Miraflores
dentro de un rato.
–Bueno,
chico, adiós, y estate ojo avizor.
–Claro,
vale, cuídate tú también –recomendó, y colgó.
Una
arruga de preocupación apareció en su frente despejada, y por
espacio de varios minutos meditó en la acción a seguir que
fuese más conveniente. Después, ya decidido, llamó, presuroso
pero calmado:
–
Úrsula,
tenga la bondad de traerme la llave del mueble de las armas.
♫♫♫
–¡General
Celis Paredes, hay que suspender las Garantías, de inmediato!
–¡Sí,
señor Presidente! ¿Qué quiere que hagamos?
–Primero,
ya le ordené al Mayor Ochoa Briceño que no se le vaya a ocurrir
atacar el edificio de la Escuela Militar de La Planicie con la
policía sin orden expresa mía, por más que sepamos que ahí está
el comando de la rebelión.
–¡Pero
mi general, desde allá nos disparan con todo lo que tienen!
–¡Aunque
así sea! Repito que yo no voy a masacrar a muchachos inocentes que a
lo mejor ni saben de las intenciones de los alzados, ¿oíste,
Celis?; y segundo, mándame a reunir en el Palacio Federal
Legislativo a todos tus compañeros de Gabinete, estén donde estén,
para celebrar Consejo de Ministros.
–Como
usted ordene, señor Presidente. ¡Capitán Riverol!
–Espérate
un momento, Celis –recapacitó rápido el General Medina, mirando
fijamente a su Ministro de Fomento.
El
Presidente vestía fino traje gris y sombrero negro; Celis Paredes
tenía puesta una chaqueta de cuero y pantalón de gabardina negra.
–Sabemos
que el Cuartel de la Guardia de Honor Presidencial en la entrada del
Palacio de Miraflores está tomado por los insurgentes porque el
propio Capitán Nucete se hizo el sordo y no me abrió la reja hace
un rato cuando quise ir hasta mi Despacho; él como que cree que uno
es pendejo; ese debe estar en connivencia con el Mayor Celestino
Velasco, que siempre ha sido resabiado y es el Comandante del Cuartel
–dijo Medina de un tirón, y luego, adusto–: ¿Tú sabes cómo es
la cosa, Celis?, que necesitamos tomar medidas urgentes, pero ya,
antes que esta vaina se nos vaya de las manos... Voy a instalar el
comando de operaciones aquí.
–¿Aquí
en San Martín, Presidente?
–Sí,
chico, aquí mismo en el Cuartel Ambrosio Plaza.
–Bueno,
Presidente, pero...
–¿Pero
qué, chico? ¿No estás de acuerdo?
–Sí,
sí, mi general –asintió Celis, nervioso–, pero déjeme decirle
que me acaban de informar la novedad de que en el Palacio de
Miraflores hay un gentío preso por los insurgentes, y a lo mejor
usted no lo sabe; entre ellos varios de mis colegas del gabinete...
–¿Cómo
es eso? ¿Qué Ministros míos están presos allá?
–Mire,
mi general cuando varios funcionarios del gobierno se enteraron de
los enfrentamientos en los cuarteles alzados, o sea, el San
Carlos y el Bermúdez
de
La Planta, se
dirigieron al Palacio de Miraflores a brindarle su apoyo a usted y
fue cuando los detuvieron los alzaos a medida que llegaban sin que
pudieran...
–¡Pero
quiénes son, chico! –se impacientó Medina.
–Hay
muchos, Señor Presidente, pero le puedo nombrar a los ministros
Uslar Pietri y Pedro Sotillo; también Monseñor Pellín, Enrique
Tejera, Jóvito Villalba, Alirio Ugarte Pelayo, Mario Briceño
Iragorry, el general López Contreras, que acudió también a
solidarizarse con usted y lo...
–¿El
General López también?... ¡Y nosotros que pensábamos que él
estaba detrás de este relajo! ¡Qué buena vaina, Celis!
–Sí,
señor; le repito que todos iban a respaldar al gobierno y están
presos en varios lugares del Palacio; también le informo,
Presidente, que aquí en el Ambrosio Plaza permanecen encerrados
desde esta madrugada tres de los cabecillas del movimiento
subversivo, según acabo de saber por boca de...
–¿Quiénes
son esos cabecillas?
–Los
mayores Julio César Vargas y Marcos Pérez Jiménez y el teniente
Horacio López Conde.
–¡Grandísimos
ingratos, traidores! –gritó el Presidente sin poder contenerse,
pero de inmediato recobró el control de sus nervios–. Ajá. Has
que redoblen su vigilancia, por si acaso. Mira, ¿y quién comanda
este golpe ahí en la Escuela Militar de La Planicie entonces, chico?
–Carlos
Delgado Chalbaud y Mario Vargas, Presidente, a según me...
–¡Grandes
carajos! ¡Ingratos! ¡Es que de gente como esa, mal agradecida, está
sembrado el camino del infierno, carajo! –y miró al ministro–:
¿No he favorecido yo con especial consideración a esos dos
muérganos, Celis, dime tú?
–Así
es, mi general. Me consta.
–Cuerda
de desagradecidos, canallas es lo que son –y volvió a recobrar la
serenidad–. Mira, ¿se sabe ya dónde está el Ministro de Guerra?
–El
Coronel Delfín Becerra se reportó hace poco; ya viene para acá,
Presidente.
–¿Y
hemos tenido comunicación con Maracay?
–No,
mi general. No se sabe si la guarnición es nuestra o de ellos –dijo,
inquieto–. Y le informo que los rebeldes trataron de tomar las
instalaciones del Telégrafo, pero la policía lo impidió...
¿Mandamos a encadenar las emisoras para que usted se dirija a la
nación, mi general?
–No,
chico, todavía no; no hay por qué alarmar al país entero más de
lo necesario por unos revoltosos en Caracas. Mira, vamos a hacer una
vaina mejor: tráete a los demás Ministros para acá para el Cuartel
y emitimos el Decreto de Suspensión de Garantías desde aquí.
–¡A
la orden, Presidente!
II:
ANTECEDENTES
–¡No,
no, no; sea por Dios! ¡Es que esta varilla no se puede aguantar más,
muchachones!–protestó el Mayor Marcos Evangelista Pérez Jiménez
con el característico acento de su Táchira natal–. ¿Cómo les
parece que sea posible que un simple chofer de bus gane más que un
oficial del ejército, como dice a cada rato el periódico con mucha
razón, ah? ¿Dónde se ha visto semejante exabrupto?
–¿Qué
periódico dice eso, Marcos? –preguntó el Capitán Mario Ricardo
Vargas Cárdenas, con un cigarrillo en la boca.
–¿Y
es que usted no lee, Mario? –regañó Pérez, que era mediano de
estatura y relleno de carnes, cráneo de calvicie ya galopante y
gruesos anteojos de pasta detrás de cuyos cristales chispeaban sus
astutas pupilas–. ¿Qué periódico va a ser? ¡La
Esfera, pues!
–Ajá
–confirmó, reflexivo, el hombre alto y flaco, Mayor Carlos Delgado
Chalbaud, con un vaso de escocés en la mano del cual bebía largos
sorbos, saboreándose–. Hay que darle un parao a esta situación,
como dices tú, Marcos. Quiero que sepan que yo ya tengo convencido a
medio mundo, de Mayores para abajo.
–¿Cómo
cuántos tienes tú? –indagó el Capitán Vargas–. Porque entre
mi hermano Julio César y yo hemos palabreado como a cuarenta, entre
oficiales y suboficiales.
–Ya
sabemos que tenemos más de cien –cortó Pérez Jiménez,
práctico–; lo importante, lo verdaderamente significativo es que
no se vayan a echar para atrás a la hora de la verdad, cuando
empiece a zumbar el plomo, ¿sí me entienden?
Los
tres jóvenes oficiales conspiradores integrantes de la Unión
Patriótica Militar
(socie-dad o logia activada a principios del año 1945 con el
propósito de lograr, por
cualquier vía, las
reivindicaciones militares que sus miembros creían justas y
necesarias) estaban reunidos en la habitación de Marcos Pérez
Jiménez en la Escuela Militar de Venezuela, el jueves 11 de Octubre
del año 45, al anochecer, luego de haber asistido a su día de
clases.
–Sí;
Marcos tiene razón; yo tengo a los míos dispuestos –insistió
Vargas.
Pérez
Jiménez se quitó los lentes y los limpió con un pañuelito de pana
amarilla (los tres oficiales usaban gafas). La calva le brilló al
resplandor del ocaso naranja que se colaba por una de las ventanas de
su habitación de La
Planicie. Con sus
grandes ojos miopes miró a sus compañeros de armas alternativamente
y luego soltó, con estudiado énfasis:
–Yo
hablé esta mañana temprano con el
hombre.
–¿Ah
sí? ¡Cuenta! –saltaron los otros, flanqueándolo–. ¿Qué dijo,
qué te recomendó?
–Que
sigamos esperando el mejor momento, pero que no puede pasar de la
semana que viene. Me informó que el miércoles 17 en la noche él y
su gente tienen un mitin en el Nuevo Circo; que después de eso,
cuando nosotros lo creamos conveniente, actuemos con todos nuestros
recursos.
–Pero
ellos nos van a apoyar, los civiles, ¿no? –replicó Vargas–;
porque si no, tampoco les vamos a regalar esa guanábana madurita.
–Sí,
sí; dijo que después que estallara el rebullicio ellos salían para
la calle con su gente a buscar las armas que nosotros vamos a
facilitarles para combatir al gobierno.
–Huumm
–hizo Delgado Chalbaud, desconfiado, y volvió a beber–... Rómulo
Betancourt es una lanza tirada, como dicen en el llano. Hay que andar
ojo pelao y alertas con ese in-dividuo, muchachos.
–Yo
sé que Betancourt es un gran carajo –confirmó, con su hablar
cantadito, Pérez Jiménez–, pero hay que tirar la parada con él.
Ya estamos en el burro y hay que arrear, compañeros –afirmó, y
después, con una sonrisita indescifrable–. Dame un michito a mí,
Carlos.
♫♫♫
–¿Y
a ti te parece conveniente apoyarlos de una vez, chico? –preguntó
Raúl Leoni con aire de preocupación, y se pellizcó el mentón.
–Guá,
claro, Raúl. Y si no, ¿hasta cuándo vamos a seguir esperando,
vale? –contestó, rotundo, Rómulo Betancourt con su voz nasal y
encendiendo su infaltable pipa–. La Unión Militar tiene razón:
esta vaina es inaguantable. Medina no quiere servir para un carajo;
está empeñao en que el suyo es un gobierno democrático, cuando
apenas llegará a tímidamente
liberal, si acaso.
–¡Pero
él y los suyos dicen que son más vanguardistas que Reverón con la
luz, vale! –tronó Leoni de nuevo–. ¡Con el cuento ese de que
propició en abril la reforma constitucional que le otorgó voto a
los analfabetos mayores de 21 años para elegir diputados y a las
mujeres para elegir los miembros de los Concejos Municipales cree que
es Catón ligado con Licurgo, no me joroben!
–Menos
mal que le faltaron las bolas para impulsar la innovación de elegir
al Presidente por voto popular, porque de hacerlo nos hubiera zumbao
por un precipicio –subrayó Betancourt, y luego, otra vez con tono
encendido–: Todavía insiste en imponer ajuro a Ángel Biaggini
como el candidato de la Unidad Nacional, ¡no jodas!, un carajo cuyo
único mérito es ser tachirense también, como casi todos ellos...
¿No te parece, Gonzalo?
–No,
y no es nada –empató, vehemente, Leoni, sin esperar a que el otro
contestara, ajustándose los anteojos (los tres políticos usaban
anteojos y trajes oscuros; sus sombreros estaban sobre el
escritorio)–; ahora Biaggini “dizque es del pueblo”, y se la
pasan sacándolo en los periódicos besando carajitos y viejas, un
individuo que es tamaño latifundista, de quien dicen que tiene más
rial que un torero español, no friegue.
–Es
que no hay forma ni manera de que en el PDV entiendan que este país
quiere cambios profundos, quiere elegir a sus gobernantes desde la
base, que es el pueblo llano –insistió Betancourt.
–¡Estos
grandísimos carajos juran que esto que nosotros exigimos es
arbitrario e inconstitucional! –se quejó Leoni, enrojeciendo.
–No
te sulfures, Raúl, no seas pendejo –aconsejó el de la pipa–. Ya
nosotros, como organización política, fijamos bien clara en la
prensa nacional nuestra posición al respecto, con las advertencias
del caso.
–El
gobierno dijo que eran amenazas descaradas, Rómulo –murmuró
Leoni.
–¡Que
digan lo que les dé la gana, chico! –saltó ahora Betancourt
envuelto en una nube de oloroso humo–. ¡Más claro no canta un
gallo! ¿No le propusimos al zoquete de Medina que en enero del año
que viene el Congreso elija un presidente provisional, respaldado por
todas las fuerzas políticas, para que allane el camino a las
votaciones directas y secretas? ¿Qué más quieren?... Te repito que
ante el país está claro que en Acción
Democrática no
queremos soluciones de violencia, pero... ¡el que tenga oídos que
oiga, como dijo el otro!
–El
otro no, chico; como dijo Cristo –sonrió Leoni.
–¿Qué
dices tú, Gonzalo? –volvió a preguntar el guatireño, volviéndose
a mirar a quien no había dicho una sola palabra.
Gonzalo
Barrios juntó sus manos a la altura de la panza y miró a sus dos
amigos sin responder enseguida. Estaban sentados en el interior del
bufete que los dos abogados (Barrios y Leoni) mantenían en la
parroquia Altagracia, en la zona central de Caracas.
–El
gobierno está metido en un berenjenal –contestó al fin Barrios, y
sonrió–: Esos carajitos, los oficialitos, están desesperados y
arrechos, con mucha razón por lo demás, con López Contreras, con
Medina y con todos los viejos generales y coroneles que no los dejan
ascender, temerosos de que los desplacen –la sonrisa del astuto
abogado y político se ensanchó–. ¡Hay que aprovechar la
coyuntura, caballeros!
–¡Estoy
de acuerdo! –dijo Betancourt, incorporándose y poniéndose el
sombrero–. Vamos a celebrar con unas arepitas ahí en la esquina.
♫♫♫
–¿Y
tú qué opinas de esta esquelita,
Arturo...? –preguntó el poeta Pedro Sotillo, Secretario de la
Presidencia de la República, mirando con rostro tenso a Uslar
Pietri, su compañero de gabinete.
–Mira,
Pedro, a mí me parece que hay que actuar con mucho tino. Hay
acusaciones concretas y nombres con sus apellidos en ese anónimo
–acotó en tono sereno el caraqueño, actual Ministro de Relaciones
Interiores y fundador en el año 43 junto con el Presidente Medina y
una larga lista de intelectuales venezolanos del PDV (Partido
Democrático Venezolano).
–¿Y
usted, Presidente? –preguntó Sotillo con tono agrio, agresivo.
El
Primer Mandatario, sentado tras su enorme escritorio de caoba pulida,
parecía absorto, la vista fija en la carta que tan misteriosamente
había aparecido en el Despacho Presidencial.
Los
tres hombres vestían trajes oscuros, pero Medina tenía un poco
floja su corbata.
Al
notar sobre sí las miradas de sus dos Consejeros, reaccionó:
–¿No
acuartelamos las tropas entonces, Uslar? –repreguntó.
–Yo
creo que sí, Presidente, y cuanto antes, mejor, pero sin aspavientos
ni declaraciones a la prensa –recomendó el espigado y ya cuarentón
cuentista y novelista, con las manos en los bolsillos del pantalón.
–¡Y
has que encierren, preventivamente, a los hermanos Mario y Julio
César Vargas, a Delgado Chalbaud, a Pérez Jiménez y a los otros
cuatro que nombra ahí el fulano amigo
leal ese! –dijo,
vehemente, Sotillo, quien era conocido desde muchacho del General
Medina.
En
silencio, siempre meditabundo, Medina Angarita se incorporó y con
las manos a la espalda y el papel delator entre los dedos se paseó
por la amplia estancia ejecutiva del Palacio de Miraflores, sede
oficial del gobierno central de la nación venezolana desde 1904, año
cuando el Presidente Cipriano Castro abandonó la Casa Amarilla,
frente a la Plaza Bolívar, desde uno de cuyos balcones del segundo
piso hubo de saltar durante el terremoto del 28 de Octubre de 1900, y
se mudó a la fastuosa residencia que Joaquín Crespo mandó a
construir, de fábrica antisísmica.
El
general detuvo su caminar frente al gran ventanal y se quedó mirando
la silueta que la luna recién nacida componía contra la mole del
cerro guardián de Caracas.
–Como
ustedes bien saben, soy un militar de sentimientos republicanos
–dijo, con voz cargada de emoción–. La crítica ponzoñosa, la
cizaña, no me afecta gran cosa. ¿No dijeron, cuando fui Ministro,
que era, igual que Perón, admirador de Mussolini y que tenía un
retrato suyo en mi despacho? ¿No dicen ahora Betancourt y sus
amigotes de la prensa oposicionista que me la paso borracho en el
Longchamps,
que soy corrupto, mujeriego y no sé cuántas barbaridades más? Yo
no puedo, ni quiero, poner preso a todo el que hable mal de mi
persona, porque creo profundamente en la libertad de pensamiento. Soy
un hombre de criterio liberal y un demócrata de corazón, y a
ustedes les consta.
Uslar
y Sotillo asintieron y se miraron, inquietos. Aunque el Presidente
era hombre cultivado e inteligente, pocas veces explicaba sus
pensamientos tan ampliamente o justificaba sus acciones, y menos en
una situación política tan delicada como la que se vivía en el
país merced a dimes y diretes que corrían incesantemente hora tras
hora en los últimos días, cual si el Palacio de Miraflores fuese
una corte imperial renacentista.
Ciertamente,
en un fragmento de su mensaje al Congreso Nacional este año 45,
meses antes de estos sucesos de Octubre, el Presidente Medina
reconoció y advirtió lo precario del sistema de gobierno inaugurado
en el país por Eleazar López Contreras y continuado por él después
de los afrentosos 27 años de dictadura de Juan Vicente Gómez: “La
Democracia venezolana no es todavía lo suficientemente fuerte para
que pueda ignorar a sus enemigos, a todos los agentes de turbias
fuerzas que no pueden resignarse a que el país se rija por el
interés de la mayoría y no por el de unos cuantos privilegiados que
fingen considerar subversivo y peligroso todo orden social que no sea
el de amos y esclavos.”
Con
una nueva y reflexiva mirada a la carta misteriosa, prosiguió, como
si sus pensamientos estuvieran en otra parte:
–Jamás
olvido la anécdota aquella del general Carlos Soublette cuando era
Presidente, hace más de cien años, y un actor representó en el
teatro un juguete cómico en el cual se burlaba de su persona y de la
majestad presidencial, y él lo llamó a su presencia e hizo que el
humorista le leyera la cuestión y cuando terminó le dijo sonriente
algo así como “muy
simpática la pieza, señor, y las burlas hacia mi persona no son tan
fuertes; de todos modos, déjeme decirle una cosa: Venezuela no se
perderá porque un ciudadano se burle del Presidente; se perderá
porque el Presidente se burle de sus conciudadanos”...
¿No es así el cuento, Uslar?
–Por
ahí va la cosa, Presidente –sonrió, preocupado, el Ministro del
Interior.
–En
fin, señores; lo he dicho muchas veces y lo voy a repetir ahora: me
enorgullece que bajo mi gobierno no haya ni un preso político ni un
desterrado, ¡y este papelucho no hará cambiar eso!
–¡Pero
Isaías, chico, no parecen vainas tuyas! –saltó Sotillo con
abierta desesperación, usando su habla gruesa–. ¡En ese papel del
carajo dijo que se planea un atentado contra ti y que la guardia
presidencial está complicada, vale!... ¡Tienes que tomar en cuenta
las actuales circunstancias políticas del país, no juegue! ¡No se
te olvide la confidencia del subteniente Cimarra en la fiesta de la
semana pasada sobre un posible complot militar, y ahora esta vaina!
El
Presidente lo miró sin decir nada. Sotillo intentó una falsa
humorada:
–¡Isaías,
tú no puedes darte el lujo de hacer como Julio César, que ignoró
los avisos de su asesinato durante los idus de marzo...! ¡No peques
de bolsa, Presidente!
III:
UNA
RADIONOVELA
–A
continuación, Ondas
Populares, presente
siempre en todos los hogares, cuando son exactamente las 7 y 45
minutos de la noche de hoy miércoles 17 de Octubre de 1945, se
complace en presentar el primer capítulo de su nueva y estelar
radionovela: ¡La Loca
Luz Caraballo!
Así
perifoneó,
de pie ante su micrófono, con voz ronca y una mano sobre su oreja
izquierda el hombre de guayabera verde dentro del espacioso recinto
insonorizado.
Prosiguió,
con tono feriado:
–Inspirada
en el sentido poema homónimo de don Andrés Eloy Blanco, escrita y
dirigida por David Bocaranda Sucre, interpretada por un elenco de
primera línea encabezado por Liliana Conde y Luis Mistral, narrada y
producida por Saturnino Solórzano Salas, “el
Triple Ese”, quien
les habla, y radiada por una gentileza del Almacén
Americano...
El
locutor consultó el racimo de hojas de papel color ocre engrapadas
por la parte superior y miró al hombre de lentes que desde la sala
de los controles y a través del grueso cristal le señalaba que
aguardara.
El
Director
hizo entonces una muda llamada de atención a los demás intérpretes
presentes en el estudio y al técnico de los efectos especiales.
Todos estaban pendientes de sus respectivos libretos, en derredor de
otro micrófono multidireccional que colgaba del cielo raso.
–Vamos,
Chuy, tírala ya, ¿oíste? –le dijo al Operador el Autor-Director
del Radioteatro, David Bocaranda Sucre, un cincuentón de canas en
las sienes, nariz prominente y lentes culo de botella.
Chuy,
el técnico, obedeció y puso en marcha, con enérgicos movimientos,
los dos platos que reproducirían los discos con la música
seleccionada previamente y los efectos de sonido que no podían
hacerse en vivo. Saturnino Solórzano Salas, el Productor y Narrador
del espacio, entrecerró los párpados y al tiempo que un
angelical coro de voces y un ruido de viento fuerte
que le mandaban de la cabina le acompañaba por lo bajo y el director
le autorizaba, relató así, con voz profunda y resonante, posando
sus ojos en el papel:
–Desde
cuando soplaban otros vientos...,
desde
cuando el mundo conservaba vigentes sus equilibrios ecológicos,
existen estos riscos, estos paisajes infinitos, estos páramos
nuestros...
Una
música andina merideña instrumental remplazó los coros y
Saturnino, con estudiado dramatismo, enfatizó:
–Aquí,
entre los desfiladeros y los farallones, entre las profundas
gargantas y las barbas de nieve de los picos andinos, nació, hace
tiempo ya, la leyenda que el poeta cumanés aprisionó en su lira
para luego hechizarnos con el señuelo del verso popular...
Y
la voz se volvió finita, se transformó en flauta dulce y doliente
para declamar:
–Los
deditos de tus manos,
los
deditos de tus pies:
uno,
dos, tres, cuatro, cinco,
seis,
siete, ocho, nueve, diez...
De
Chapopo a Apartaderos
caminas,
Luz Caraballo,
con
violeticas de mayo,
con
carneritos de enero;
inviernos
del ventisquero,
farallón
de los veranos,
con
fríos cordilleranos,
con
riscos y ajetreos,
se
te van poniendo feos
los
deditos de tus manos...
Obedeciendo
una nueva orden de Bocaranda Sucre, la música subió de nivel y
luego se esfumó, gradualmente. Otro enérgico gesto del hombre de
las sienes plateadas hizo que, dentro del estudio, el corpulento
encargado de los efectos especiales tomara dos mitades de un coco
seco y golpeándolas rítmicamente dentro de un cajón lleno de
tierra las hiciera resonar como los cascos de una bestia al paso.
Después,
uno de los protagonistas, colocado como a un metro del micro, lanzó
un estentóreo llamado:
–¡Ah,
Caraballo!... ¡Caraballoooo!
Tras
una ligera pausa, retornó el narrador:
–La
voz, gruesa, altanera, mandona, se filtra por entre las rendijas del
rancho, se encarama sobre los techos buscando destinatario, y luego
escapa hacia la montaña, frustrada... El caballo que ha traído al
Juez Eberto Sulbarán, Autoridad indiscutida del caserío Laguna
Encantada, entre las vecindades de Chapopo y Apartaderos, en los
Andes merideños, luego de trasponer la empinada cuesta, resopla,
sudoroso.
Al
mismo tiempo que el narrador mencionaba la acción, el de los efectos
especiales en el estudio (José González, a quien todos apodaban
Camión
por su tamaño y mole gigantescos) acercó su boca al micrófono que
estaba sobre el cajón de tierra e imitó el bufar de un corcel.
–Su
dueño tiende en derredor la mirada de ave de rapiña, buscando:
–Mire,
pues; si hasta el viento se aquietó. No se oye un alma... ¿Habré
hecho el viaje en balde?
El
relator pasó a describir al personaje masculino, que, sea dicho de
paso, no tenía absolutamente ningún parecido físico con Luis
Mistral, el actor que lo estaba encarnando:
–El
Juez Eberto Sulbarán, bigotón, canoso, gordo, sombrerudo, con
casaca militar de grado indeterminado, echa pie a tierra mientras
maquinalmente acaricia la culata del revólver que desde la ancha
cintura pregona su poderío.
Ya
Camión
había abandonado los cocos-cascos y ahora imitaba con una de sus
manos, en otro compartimiento del cajón de tierra, los pasos del
juez sobre la supuesta grava de la entrada del rancho; luego hizo
como si éste estuviera llamando a la puerta, golpeando sobre una de
las hojas de madera del escaparate donde guardaba los artilugios de
su mágico oficio.
–¡Ah,
Caraballooo... soy yo, el doctor Sulbarán! ¿Estás por ahí…?
Se
escuchó un chirriar de goznes sin aceitar que Camión
hizo sonar abriendo y cerrando una especie de enorme tijereta de
madera. La actriz protagonista de la comedia miró al director,
esperando su señal, como a 60 centímetros del micrófono.
Cuando
Bocaranda Sucre la apuntó con su dedo índice, ella dijo,
impostando:
–Ajá,
buenas... No, él no está... ¿Qué se le ofrece por estas
soledades, doctor?
–¡Ah,
caramba! ¡Mire, pues: si es la doñita Luz de Caraballo!
–Un
brillo lujurioso ilumina los ojos grises de Eberto Sulbarán al
contemplar en el marco de la puerta de la choza la silueta
curvilínea, sensual y provocadora de Luz María de Caraballo,
ataviada con una larga bata casera que deja entrever su cuerpo
turgente, su piel de durazno, su femineidad innata, irreprochable,
a
pesar de sus muchos embarazos.
–¡Muy
buenas tardes, mi doña, ¿cómo me le va...? ¿Cómo me la trata
esta vida ingrata?... ¡Ah cará, me salió hasta en verso, mire
pues!
–Una
larga y odiosa carcajada remató el soso comentario y luego su tono
se hizo agresivo, dominante:
–Ajá...,
va a tener que perdonar lo repentino de la visita, doña Luz María,
pero el deber es el deber, ¿usté me comprende?
–Usté
dirá qué se le ofrece, doctor Sulbarán.
–¡Ah
cará, imagínese; pues de todo!... Mire, este, ¿y Caraballo, el
marío de usté...? ¿Salió?
–No...,
bueno, por mejor decir, sí; fue de un saltico allí... a casa de la
comadre Dominga, pero no debe de tardar. ¿Cómo para qué sería,
doctor?
Un
“acordetazo”
de suspense subrayó la ingenua pregunta de la protagonista y el
narrador aprovechó para prolongar la intriga:
–No
contesta enseguida el señor Juez Municipal... Despreocupado,
tranquilazo,
dueño de la situación, deja resbalar de nuevo su mirada libidinosa
por sobre el cuerpo tembloroso de la bella mujer. Al fin sonríe y la
ve a la cara, como lobo a la oveja:
–¿Y
no me va a invitar a pasar, mi doña?
–¿Cómo...?
Ah, sí, claro. Pase adelante, está en su casa, doctor Sulbarán.
–Con
el permiso, pues...
–De
un vistazo hijo de la costumbre, el Señor Juez inspecciona el rancho
miserable: las huérfanas paredes, la tierra del piso irregular, el
techo de palma con algunos boquetes, los escasos corotos, el fogón
con tres topias... Y allá, en el fondo, agrupados sin orden ni
concierto, los catres, desnudos de tibiezas: uno,
dos, tres, cuatro, cinco...
–Mire,
esteee... ¿Y los muchachos suyos también salieron? ¿Está usté
solitica, doña Luz?
El
director sacudió sus dos manos con súbita energía y un chelo
dramático, sordo, agorero, en una nota larga y decreciente, marcó
una transición en la acción de la radionovela, y cuando el acorde
se tornó inaudible ya, lo sustituyó, en lento crescendo, un trinar
de varios pajarillos cuyos gorjeos salían de los labios de José
“Camión”
González, el hacedor de efectos especiales, y que ambientaron la
próxima escena revelando que se desarrollaba en un bosque o en un
monte.
Una
actriz gorda y bastante mayor, de ojos abotagados, se transformó de
súbito en una jovencita de acento gocho y voz ronca de excitación,
al conjuro del gesto de Bocaranda Sucre:
–¡Ay,
no, Teodoro, deje quieto!... Pórtese bien, o lo acuso, ¿oyó,
Teodoro?
–Chito,
Irismariela, no vaya a gritar... ¿Con quién me va a acusar, ah...?
¿Con su mamá...?
–¡Acorralada
contra el tronco de un árbol, la hermosa muchacha, de grandes ojos
negros y cascada de cabellos del mismo color, finge defenderse
firmemente del acoso de su vecino, Teodoro Morán, un fogoso y
fornido joven, pero su manera de mirar los labios del agresor y su
respiración entrecortada dejan adivinar que ella no tiene ningún
deseo de que él se tranquilice!
–¡No,
no, déjeme! ¡No quiero, no quiero...!
La
voz juvenil e incitante de la señora obesa insistía ante el
micrófono, secundada por el actor que interpretaba a Teodoro, un
flaco alto y pecoso, de unos 30 años y gruesos lentes para el
astigmatismo:
–¡No
diga que no, que sí quiere, Irismariela, no sea embustera!... Yo la
voy a hacer feliz, ¿escuchó?, como el otro día, ¿no se
acuerda...?
–¡No,
no, no quiero, Teodoro, le dije...! ¡Usted es un hombre
comprometido, deje quieto!
La
señora mayor jadeaba mirando al director, que elevó la mano derecha
pidiendo más pasión, y los jadeos se convirtieron en sofocos
abiertamente amatorios:
–¡No,
no, déjeme! ¡No quiero, no quiero!
–¡Sí
quiere, Irismariela, yo sé que sí quiere!
Con
la explosión de resuellos y estertores de las juveniles voces de los
dos actores, Chuíto, el de los Controles, inundó el estudio con las
notas de “Conforme el
Tiempo Pasa”, el
tema musical de la película “Casablanca”,
estrenada recientemente en Caracas, y Saturnino Solórzano Salas,
sobrado, se deleitó con la descripción del cuadro:
–¡La
pasión, el instinto, el deseo y las ansias juveniles se imponen y
los dos cuerpos ruedan por la hierba y la bruma andina y los pájaros
del monte celebran, a su modo, la continuación del eterno sortilegio
del amor, siempre renovándose a sí mismo!
Desde
la cabina le impusieron una pausa dramática, estudiada:
–¡Pero...
no descuidemos a la autoridad de Laguna Encantada, porque corren
tiempos azarosos!
Obedeciendo
otra dinámica señal, la música cambió y los pájaros enmudecieron
en la garganta de “Camión”.
La
acción, trasladada por los acordes del vals andino, regresó al
rancho de Luz María de Caraballo, en las cumbres andinas.
Luis
Mistral y Liliana Conde reanudaron el diálogo:
–Ah
cará, ¿quiere decir que estamos solitos entonces, doña Luz?
–Esteee...
sí, pero... Marcos no debe tardar... o los muchachos… ¿Le... le
provoca un cafecito?
–¡Usté
sabe muy bien lo que a mí me provoca, Luz Caraballo, no se me haga
la desentendida!
–...¡No,
no, suelte, doctor Sulbarán, respete, no sea grosero!
–¡Grosero
no; macho es lo que yo soy, mi amor!
–¡No,
déjeme, déjeme...!
–¡Quieta,
pues!... No se me encabrite ni intente resis...
–¡Buenas
tardes, Doctor Sulbarán!...
La
voz de otro actor presente en el estudio sonó como un trallazo y de
inmediato la sorpresa y el rubor de Luz María se reflejaron en la
sola mención del nombre del marido:
–¡Marcos!
–¿Quién
es el hombre que milagrosamente ha salvado el honor de Luz María
Caraballo? ¿Cómo reaccionará el sátiro doctor Sulbarán? ¿Qué
va a suceder ahora? ¡Usted no debe ni puede perderse la conmovedora
segunda parte de esta estremecedora historia de amor y sacrificio: La
Loca Luz Caraballo!
Tras
una ligera pausa, Saturnino Solórzano Salas respiró profundamente y
de una sola y enérgica parrafada dio a conocer los nombres de
quienes habían intervenido en el episodio; después refrescó:
–Son
las siete y cincuenta y ocho minutos de esta preciosa noche del 17 de
Octubre de 1945, día de San Ignacio Mártir. Felicitamos una vez más
a todas las personas de este apelativo que nos sintonizan...
Desde
la cabina Chuíto miró al locutor y se pasó un dedo por el cuello
en señal de decapitación.
–¡Y
hasta aquí su Programa “Noches
de Ronda”!, por una
fina cortesía del Almacén Americano, de Pajaritos a la Palma, en el
centro de Caracas, teléfono 6181, donde usted, señora ama de casa,
señor amigo mío, consigue lo que su hogar solicita!... Nos
despedimos, como es habitual, con un criollo refrán: “Hijo
de turco..., vende quincalla”...
Frente al micrófono su amigo Saturnino Solórzano Salas, el Triple
Ese... Queden con la
orquesta de Glen Miller...
La
vetusta quinta que funcionaba como sede de la estación radial se
llenó de las notas de “In
the Mood”, de Glen
Miller. Camión
y los actores y actrices que acababan de hacer posible la
interpretación en vivo del primer episodio de “La
Loca Luz Caraballo”
se dirigieron a las macizas puertas de madera encima de cuyos
dinteles se veían sendas cajas de vidrio con un pequeño bombillo
rojo y otro verde y los letreros “EN
EL AIRE” y “FUERA DEL AIRE”,
éste último encendido en ambas hojas de madera ahora.
Saturnino
Solórzano Salas recogió las copias de los guiones y salió también.
Era un individuo de estatura mediana, poco corpulento, entradas muy
pronunciadas en las sienes, aviso de la inminente calvicie, y en su
rostro ovalado y atractivo, de ojos vivaces, una barba poblada y
recortada se unía al grueso bigote que casi ocultaba el labio
superior.
–Gracias,
Director. ¿Qué me dice? –preguntó al pasar a la Sala del Control
Maestro, entregar los papeles y recibir el jarrito con café que el
Director le extendía–. ¿Cómo estuvo?
–¡Del
carajo para arriba, poeta! ¡Arrechísimo! ¿Verdad, Chuy? –se
entusiasmó Bocaranda.
–¡Del
carajísimo! –confirmó, sonriente, el Técnico.
–Me
alegro. Yo estoy seguro que esta radionovela es un palo, poeta;
lástima que sea tan corta; ah vaina, que se lo digo yo.
–¡Quiera
Dios y su boca sea un sacramento, mi querido Saturnino; por algo lo
dice la voz más arrecha y redonda que tiene la Radio en Venezuela,
carajo! –gritó con entusiasmo real el autor del guion radiofónico,
saliendo del Control con sus libretos bajo el brazo.
–Mira,
Chuíto, ¿y ya llegó el locutor de guardia? –preguntó Triple
Ese bebiendo su café.
Chuíto
negó con la cabeza mientras contemplaba, goloso, a través del
cristal, el provocativo caminar hacia la puerta principal de la
actriz que interpretó a Luz de Caraballo. Saturnino siguió su
mirada y sonrió:
–Está
bien buena, ¿no?... Es una de las nuevas. Toda una estrella en su
país. Cubana, para más señas –y luego, mientras encendía un
cigarro y chasqueaba los dientes–: Qué vaina con este individuo,
el tal Mejías, el perifoneador nuevo, ¿no? Ayer tampoco llegó a
tiempo. Como que le gusta más de la cuenta zamparse sus estacazos
entre pecho y espalda, ¿no, Chuíto?
–Así
parece, Triple Ese
–respondió el operador, todavía mirando el trasero de la actriz,
quien se había detenido cerca de la puerta a charlar con el actor
que hiciera de Eberto Sulbarán–. Por cierto, doña Débora no se
ha ido y se ha asomado varias veces. ¡Adivina adivinador!
–¡Sí
hombre!... ¡Seguro que es para pedirme que le haga la guardia otra
vez al fulano Mejías!
IV:
CUMBRE
PRESIDENCIAL
Los
dos creían profundamente en el sistema democrático. Los dos eran
gochos del Táchira. Uno de Queniquea y el otro de San Cristóbal.
Los dos eran Generales, y “tenían tropa”. Uno ya había sido
Presidente, el otro estaba al final de su mandato.
–Mire,
Presidente –dijo, supremamente serio, el general López Contreras
con su característico tono gutural, condición por la que el pueblo
y sus compañeros del ejército le apodaban el
ronquito–,
yo he creído conveniente y necesario venir para que aclaremos
algunos asuntos.
–Sus
palabras mucho me animan, general López –respondió, también un
poco arisco, Isaías Medina Angarita, Presidente Constitucional de
los Estados Unidos de Venezuela desde mayo de 1941, cuando sucediera
a su invitado de hoy.
Después
de la muerte de Juan Vicente Gómez, quien gobernó con férrea
rienda el país durante 27 largos años sin permitir disidencia ni
oposición abierta a su real gana, el General en Jefe Eleazar López
Contreras (Ministro de Guerra y Marina del régimen gomecista) fue
elegido por el Congreso Nacional para el siguiente período de siete
años (1936-1943) pero el propio Presidente, ya en funciones,
solicitó una reforma constitucional el primer año para reducirlo a
cinco.
La
nación había quedado huérfana de partidos y de líderes políticos
y sociales, si exceptuamos a los que sobrevivían en la resistencia
callada y subterránea. De los viejos jefes liberales y conservadores
no quedaba sino el recuerdo.
Las
teorías del “Socialismo
Científico” o
“Comunismo”
andaban por el mundo tocando puertas y en Caracas algunos rebeldes y
descontentos le harán carantoñas a las ideas de Marx y Engels, y
hasta el propio Medina admitiría una alianza con el Partido
Comunista venezolano, luego de legalizado.
Debido
al delicado clima político del país y a los constantes rumores de
desestabilización en este año 45, el ex presidente Eleazar López
Contreras (que tenía al país en suspenso jugando a
la candelita con el
asunto de su posible relección y su lanzamiento o no al ruedo
electoral) aceptó reunirse con el Presidente Medina para...
clarificar algunas cosas.
–Permítame
ofrecerle algo de beber, general López. ¿Le apetece un trago?
–Yo
no vine a su casa a beber nada sino a conversar con la seriedad del
caso, general Medina, y perdone mi franqueza, pero ya sabe usted que
me agrada ir directo a los asuntos –alegó el delgado y ya viejo
caudillo, con expresión más hosca.
Medina
Angarita sonrió casi imperceptiblemente. Llevaba una fresca camisa
manga corta; el
Ronquito vestía un
liquilique blanco. El Presidente tenía 48 años; el ex Presidente,
62. Estaban en un saloncito de “La
Quebradita” (al
oeste de Caracas), nombre oficial de la residencia del Primer
Mandatario, y por la ventana entraba una sabrosa brisa nocturna que
bajaba del cerro que los indígenas nuestros bautizaron como
Waraira-Repano y que mecía acompasadamente la bandera que adornaba
una de las paredes de la salita, justo al lado de una pintura de
Simón Bolívar en pose a lo Bonaparte y uniforme de gala.
Medina
Angarita se sirvió un café negro de la jarra que su esposa Irma les
trajera minutos antes e interiormente siguió sonriendo por la
reacción de su visitante, provocada y esperada por él.
–General
López, déjeme decirle que agradezco en lo que vale su decisión de
aceptar venir a mi humilde hogar a conversar sobre el futuro
bienestar de la patria –dijo, en tono conciliatorio y respetuoso,
tras beber un sorbo de su taza.
–La
patria es lo primero –respondió, incontinenti, López Contreras–.
Ya lo decía el Libertador.
–¡Justamente,
general! –soltó el rollizo anfitrión, dejando sobre la bandeja de
plata la taza y yendo a sentarse en el sofá de cuero marrón, muy
cerca de su colega–. Siendo esa nuestra principal preocupación, el
bien de la patria, aprovecho para rogarle encarecidamente que no
enturbiemos las cristalinas corrientes sobre las cuales ya nuestros
nombres se deslizan hacia el panteón de los bienhechores de
Venezuela, Presidente López.
López
Contreras acentuó su adustez y miró sin pestañear la solemne
expresión que el Presidente en ejercicio había pintado en su
semblante. “Aquí hay
gato enmochilao –pensó
el ronquito–.
Me llamó Presidente”.
–Me
imagino que usted sabe que estoy hablando del asunto de las
candidaturas presidenciales, mi General –asomó Medina, casi en un
susurro y en tono melifluo.
López
se previno: ¡conocía bien a quien fuera su Ministro de Guerra y
Marina y sabía que cuando se lo proponía podía ser encantador y
determinante, y acababa de decirle “mi
General”!
–Contésteme
una cuestión con el corazón en la mano, mi general...
–Usted
dirá, general Medina.
–¿Por
fin va a lanzarse como candidato a la Presidencia?... Y me perdona lo
directo de la pregunta, pero...
–¡No,
no, no, Presidente; ya que me está pidiendo usted sinceridad, voy a
complacerlo! –sentenció, sintiendo en su rostro la sangre que la
irritación contenida comenzaba a acumular.
Señaló
con un flaco y tembloroso dedo la pintura de Simón Bolívar:
–¡El
24 de Julio, Natalicio de nuestro Libertador, lo decreté yo como Día
del Trabajo en Venezuela el año 38, y usted no tenía ningún
derecho de cambiarlo para el 1º de Mayo! ¡Eso es una falta de
respeto hacia mi persona, general Medina, y estoy muy sentido con
usted por ello, máxime cuando estoy seguro que esa resolución la
tomó usted instigado por sus aliados comunistas!
Medina
Angarita dulcificó su expresión y miró a su maestro con
desconcierto verdadero:
–¡Mi
General, por el amor de Dios! ¡Déjeme que se lo explique!... Mire,
en casi todos los países del mundo se ha decretado el 1º de Mayo
como Día del Trabajador en homenaje y recuerdo de los obreros caídos
en Chicago. ¿Cómo voy a pretender ofenderlo yo a usted, mi general,
que ha sido mi mentor? ¡Usted no puede creer de veras una cosa así
de mí!... Usted es un estadista, general López, como yo, y ambos
sabemos que nuestra patria está ávida de futuro, de cambios, de
marchar al ritmo que marcan los nuevos tiempos... General López, por
favor, déjeme decirle lo que en este momento me dictan mi conciencia
y mi corazón.
López
Contreras, serio, dándose cuenta de lo ceremonial del tono y
continente de su antiguo subordinado, lo miró fijamente, esperando
su explosión de elocuencia.
–Presidente
López, el eminente Benjamín Franklin decía que “el peor error
que se comete en los negocios públicos es consagrarse a ellos”; me
parece a mí que se equivocaba el genial estadista al decir esto,
porque yo encuentro que hay un maravilloso mérito en quienes se
dedican, como usted y como yo, a los “negocios públicos”...,
pero, vea usted, apreciado maestro, tal vez lo que este buen político
norteamericano quería decir era que el error consistía en
consagrarse a esos negocios “más allá de lo necesario”... ¿No
está usted de acuerdo conmigo?
–Infiero
que usted sigue hablando de mi posible candidatura..., pero olvida
usted que a mí nadie me puede acusar de ambición de poder o de que
me guste aferrarme al coroto,
porque yo reduje, por decisión propia, de siete a cinco años el
mandato que el Congreso me otorgó.
–¡Mi
querido general, escúcheme! –y fue como una locomotora sin freno
que se le echó encima a su paisano tachirense y aferró sus hombros
con vehemencia y apeló al recurso de mirarle fijamente a los ojos–:
¡Usted salvó a este país de la guerra civil después de la muerte
del general Gómez hace 10 años; usted condujo a esta patria por los
caminos de la paz y el entendimiento luego de recibirla llena de
odios reconcentrados y de rencores revanchistas! ¿Por qué
arriesgaría ese lugar de privilegio, ese puesto de honor que
dignamente se ha ganado en la historia y en el corazón de su gente
por una ambición plebeya? ¡Su regreso a la arena política, mi
general, se lo digo con el más profundo respeto, irá en desmedro de
ese prestigio y de esa autoridad que hoy hasta sus más enconados
enemigos le reconocen!
Largos
segundos permanecieron maestro y pupilo mirándose, midiéndose.
Cuando el Presidente finalmente retiró sus manos de los flacos
hombros del anciano, éste se incorporó moviendo la cabeza a uno y
otro lado, irresoluto, y fue a situarse frente al cuadro del
Libertador:
–Dicen
que Bolívar era así: persuasivo y magnético, como el cuento del
famoso flautista con los ratones –y luego, endureciendo el tono–:
Yo también sé frases de hombres ilustres, Presidente Medina, como
aquella del canciller Bismarck que afirma que la Política es la
menos exacta de las ciencias, seguramente por lo impredecibles que
son sus resultados. En todo caso, y precisamente pensando en La
Patria, creo que es mi deber, si el caso lo amerita, sacrificar ese
lugar en la Historia al que usted se refiere por el bien y la
prosperidad de mi pueblo.
–¡Pero
general, ¿no se da usted cuenta que ese mismo pueblo va a pensar,
con razón, que como yo llegué a presidente con su apoyo político
ahora le devuelvo el favor? ¡Pensarán que es una componenda, un
continuismo, y nuestros enemigos aprovecharán ese error histórico
para desprestigiarnos a ambos!
–Durante
los días más tumultuosos del comienzo de mi mandato presidencial yo
aconsejé a los miembros de mi gobierno y al pueblo en general “calma
y cordura” para
mantener la paz y la gobernabilidad. Ahora le repito ese consejo a
usted: calma y cordura, Presidente Medina. No se sofoque. Lo que va a
ser, será.
Medina
quedó unos segundos en silencio, sin saber qué replicar, y luego,
resignado, se levantó también, y se encogió los hombros:
–Entonces,
general López, como comprenderá, yo no puedo apoyar su candidatura
bajo ningún respecto –e intentó un último recurso–... ¿A
usted no le parece que sería mejor buscar, juntos, a un individuo
que en lugar de ensanchar las diferencias entre Medinismo y
Lopecismo, las estreche? ¡Por caridad, general López, se lo pido
como compatriota: hallemos un candidato para presidente que haga
posible la unidad política de todos los venezolanos!
–¡Le
repito, Señor Presidente, que tengo tanto derecho como cualquier
venezolano capaz para aspirar a volver a gobernar a mi pueblo! –dijo,
acerado y rotundo, el
ronquito, y a
continuación, con una seca inclinación, abandonó la sala y la
posibilidad de avenirse a los deseos del Presidente Medina.
Pocos
días después, cuando finalmente el general López Contreras lanzó
de modo formal su candidatura a las venideras elecciones
presidenciales, Medina pidió a su hermano, el doctor Julio Medina
Angarita, que se trasladara a Washington y le ofreciera el apoyo del
partido de gobierno (el PDV) al doctor Diógenes Escalante, también
tachirense y a la sazón Embajador de Venezuela en la capital
estadounidense. Escalante era un hombre culto y refinado, diplomático
de larga carrera y de muchísimas relaciones dentro y fuera del país,
y estaba bien visto por todos los sectores influyentes de la sociedad
venezolana, incluyendo a la gente de López Contreras, al punto que
prometía ser el tan buscado factor de cohesión de todas las
voluntades nacionales.
En
principio, el Embajador Escalante se negó a aceptar el delicado
compromiso, pero cuando eminentes delegados de las diversas
corrientes políticas del país (como Rómulo Betancourt, Raúl Leoni
y Jóvito Villalba) se trasladaron hasta la urbe norteamericana para
persuadirlo de la conveniencia de aceptar la candidatura por
la salud de la patria,
ya que él era el
auténtico representante de la unidad nacional,
no pudo negarse. Desde luego, el apoyo que le ofrecieron los partidos
de oposición al candidato contra la reacción (representada por
López Contreras) estaba condicionado a la promesa de que, al ser
investido por el Congreso como Presidente de la República,
inmediatamente
Escalante debía
iniciar una reforma constitucional para impulsar el voto universal,
directo y secreto en la elección de los poderes públicos,
innovación que el Presidente Medina y los suyos no habían querido
aplicar durante su gobierno por considerar que el pueblo todavía no
estaba preparado para ejercer ese derecho, según se deduce de
declaraciones posteriores. El tiempo estipulado para ejecutar esta
reforma era de dos años, al término de los cuales Escalante debía
entregar el poder a quien resultara elegido bajo el nuevo sistema
electoral. Cuando, a comienzos de septiembre, el doctor Diógenes
Escalante (alojado en la suite presidencial del lujoso Hotel Ávila,
en la urbanización San Bernardino de Caracas) estaba a punto de
iniciar una corta campaña electoral para darse a conocer entre el
pueblo llano y coronar así su seguro camino hacia la presidencia de
Venezuela, ¡comenzó a dar muestras de haber perdido la razón!,
quizá debido a que sufría arteriosclerosis avanzada, como en su
momento dijo el Ministro Arturo Uslar Pietri.
Luego
de los exámenes de rigor, se le declaró incapacitado para ejercer
el cargo.
Rota
de nuevo la unidad
nacional en torno a un
candidato único, el partido de gobierno (PDV, Partido Democrático
Venezolano) se dedicó a buscar el remplazo y escogió al doctor
Ángel Biaggini, Ministro de Agricultura y Cría del Presidente
Medina y uno de los propulsores de la exitosa Reforma Agraria puesta
en marcha por el gobierno..., pero este candidato no contó con el
respaldo de las fuerzas de oposición, ni con la gente del
“lopecismo”.
V:
LOS
GANDOLEROS
–¡Epa,
Encarnación!... ¡Compay Encarnación, escúcheme! – gritó Toño,
tratando de hacerse oír por sobre el ensordecedor rugido del motor
de la gandola–. ¡Encarnación...!
Encarnación
Ruiz, un negro cincuentón de pelo chicharrón, confianzudo como él
solo, de brillante y franca risa de dientes enormes, era el mejor
amigo de Antonio “Toño” Solórzano Salas, también gandolero y
el único hermano del periodista y hombre de radio Saturnino
Solórzano Salas, el
Triple Ese.
Toño
era un catire alto y musculoso, de ojos negros y mirada franca, de
unos 27 años de edad. Ambos choferes estaban en una recientemente
inaugurada ensambladora de automóviles en la ciudad de Maturín, en
el oriente venezolano, industria revolucionaria en el país, por
cierto, instalada gracias a un convenio propiciado por el Presidente
Medina con empresarios estadounidenses. Desde allí salían los
grandes camiones (que aquí llamábamos gandolas)
cargados con los automóviles listos para su uso, los cuales luego
serían vendidos en todo el territorio nacional por los
concesionarios de la firma.
Ante
la insistencia del otro, el negro Encarnación Ruiz quitó el pie del
acelerador y cuando el rugido de la máquina decreció y permitió la
conversación, miró a su amigo desde la enorme altura que le
proporcionaba la cabina del vehículo:
–¿Qué
fue, Toño? ¡Voy saliendo, mi vale! ¡Toy retaldao!
–Que
vao, mi caballo; apaga esa vaina y bájate...
–¿Que
qué?
–¡Apágalo!
El patrón dijo que nadie puede salir –confirmó Toño.
El
negro lo miró un instante pensando en una broma del amigo, pero
descartó la idea de inmediato: Toño sería incapaz de jugarse con
el trabajo que representaba la arepa de sus muchachos.
Intrigado,
cerró el paso de gasolina y el contacto eléctrico del vehículo y
bajó de un gran salto.
–¿Cómo
que el patrón dijo que no puedo salí, Compay Toño? ¿Pol qué no,
pué? ¿Qué pasa? ¡Ni que el camión no tuviera luces!
–La
vaina ‘tá pelúa, compa. Hay muchas bolas de que va a haber un
golpe de estado y usté sabe que cuando el río suena... Parece que
en cualquier momento suspenden las garantías y es peligroso
circular. Eso dijo el jefe.
–¿De
veldad? ¡Vaya pa la porra! ¡Qué vaina! ¿Y sería que tumbaron a
Medina, compay?
–Yo
no sé, porque las noticias son confusas, mi vale. De todos modos
nadie puede salir hasta que no se aclare la cuestión.
–¿Lo
dijieron po’ el radio jue, Toñito?
–Sí,
sí, compa... Parece que en Caracas esta noche va a haber un mitin
arrechísimo de todos los chivos adecos y de ahí se va la gentará
pa Miraflores. Eso fue lo que dijeron unos musiúes que llegaron de
la capital hace rato.
–¡Ah
carajo, entonces hasta aquí llegó Medina!
–Quién
sabe, compa. Véngase, más bien. Vamos al cafetín a chequeá en el
radio qué está pasando y a echanos una al buche... yo invito.
Encarnación
guardó en un bolsillo las llaves del encendido del camión y golpeó
cariñosamente con su enorme puño un hombro de Toño mientras
soltaba la risa:
–¡Adiós
cará; si así llueve, que no escampe! ¿Pero una sola nos vamos a
tomá, compay...?
–Una
sola... ¡pipa! –soltó también la risa Toño, y ambos choferes se
encaminaron hacia el cafetín situado en el centro de la planta
ensambladora.
Al
llegar al sitio donde los camioneros solían reunirse para comer un
refrigerio o tomar algo, se sentaron en los pequeños taburetes de
madera destinados al efecto y pidieron dos cervezas mientras
saludaban a los otros choferes que, como ellos, aguardaban su turno
para salir a trabajar, en caso que la situación política reinante
lo permitiera.
Tras
el mostrador, una morena joven y buena moza se afanaba en sintonizar
un viejo radio marca R.C.A. Víctor. Al ver a Toño, le gritó:
–Oye,
Toño Salas, ¿dónde es que es la radio esa del hermano tuyo; cómo
es que se llama?
–Se
llama Ondas Populares
y no es de mi hermano Saturnino sino que él trabaja ahí. Espérate,
yo te la sintonizo, María del Carmen.
–Gracias,
Toñito... Mira, ¿y sí será verdá esa guaradinga que van a tumbá
al Presidente?
–Quién
sabe, negra. Estate atenta, por si a las moscas... Ajá, ya está.
Esa es Ondas Populares,
¿oíste?
–Muy
agradecida, Toñito; ya te llevo las frías para la mesa.
–Ajá
–hizo un gesto Toño, y fue a sentarse junto a su compadre.
♫♫♫
Tras
el largo silencio que se produjo luego de la conminación del
Secretario de la Presidencia, Uslar Pietri, intranquilo, se aproximó
a su amigo:
–Presidente,
a Pedro no le falta razón, aun cuando lo exprese a su manera tan
particular... Recuerde lo que supimos hace unos meses atrás por
intermedio de una amiga del doctor Edmundo Fernández...
–¡Oye,
chico, Arturo, verdad! –volvió a saltar Sotillo–. ¡Se me había
olvidado el detallito
de las reuniones conspirativas de Betancourt y sus acólitos con los
gorilas de la dichosa Unión
Militar esa,
propiciadas, a según, por el doctor Fernández!
El
Presidente se acomodó su corbata gris, miró a sus dos ministros,
regresó a sentarse y releyó la carta puesta por una mano
desconocida sobre su mesa de trabajo y encontrada a media tarde, al
regresar de almorzar de su casa. En ella, un incógnito amigo
leal le advertía que
estaba en marcha una conspiración comandada por lo más granado de
la joven y brillante oficialidad del ejército, descontenta, entre
otras razones, por los
sueldos miserables que devengaban, porque el Presidente se la pasaba
jugando golf en el Country Club y no atendía sus obligaciones, y
porque no había impulsado en su gestión la reforma electoral que
haría posible el voto directo, universal y secreto de todos los
venezolanos para elegir gobernantes…
En efecto, sólo una parte del pueblo votaba a los Diputados, y éstos
al Primer Mandatario Nacional.
–¡Estas
deben ser vainas del general López Contreras, que al fin se decidió
a echarle bolas de frente a una conspiración!, ¿no les parece a
ustedes? –se impacientó Sotillo, desesperado por la actitud
escrupulosa y dubitativa de su Jefe y de Uslar, el Ministro del
Interior.
En
realidad, al Presidente Medina y sus colaboradores les habían
llegado, por distintas vías, advertencias del descontento existente
en los cuarteles, denunciado, entre otros, por la gente de Acción
Democrática y por el diario La
Esfera, de tendencia
abiertamente opositora; eran casi del dominio público los rumores de
que, meses atrás, un grupo
de oficiales subalternos (Mayores, Capitanes, Tenientes) se había
reunido con Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Gonzalo Barrios, Luis
Beltrán Prieto Figueroa y otros líderes del partido adeco para
advertirles que estaban dispuestos a efectuar un movimiento sedicioso
que llevaría a Betancourt al Palacio de Miraflores presidiendo el
gobierno provisional que
acabaría con las vergonzosas rencillas por el continuismo entre el
Presidente Medina y el ex presidente López Contreras, promovería y
realizaría la reforma constitucional y convocaría, en el plazo de
un año, a elecciones generales para elegir un nuevo Jefe del Estado
(que
podría ser el mismo Betancourt), quien iniciaría la urgente
reivindicación de la institución castrense, tan olvidada por los
dos presidentes andinos que sucedieron a Juan Vicente Gómez.
En
los mentideros políticos se especuló mucho acerca de los motivos
por los cuales el Presidente y las autoridades de inteligencia
militar no investigaban a los supuestos miembros de la tan mentada
Unión
Patriótica Militar.
Unos aseguraban que tal cosa no existía y más bien era un trapo
rojo del mismo gobierno para tapar el descontento castrense; otros
afirmaban que la logia la presidía, imperialmente, el general López
Contreras…
En
fin, había rumores para todos los gustos, pero como Medina no era un
militar de montonera ni de chopo sino un hombre preparado y bien
relacionado, tachirense de nacimiento pero residente en Caracas desde
los 15 años de su edad y amante del arte y la filosofía, no hacía
caso de los cuchicheos y bolas que sus adversarios generaban.
Tenía,
por otra parte, una
fe ciega en sus hombres de uniforme; no en vano los conocía bien
recorriendo los cuarteles a lo largo y ancho del país desde el año
36, cuando era Ministro de Guerra y Marina de López Contreras.
¿Acaso no había
mandado él, en persona, al Perú y a la Argentina a varios jóvenes
oficiales a especializarse en distintas áreas técnicas del
conocimiento castrense para modernizar de esta manera el ejército
nacional, y entre ellos estaban algunos de los nombres aparecidos en
el aviso apócrifo? ¿No les tenía consideración y afecto a todos,
veteranos y bisoños?
Inclusive
había pensado recomendar seriamente un aumento de salarios
militares, ya en estudio, al próximo Presidente que eligiera el
Congreso el año entrante (y que había de ser, Dios mediante, el
candidato de su partido), pues él no había podido llevar a cabo
esas mejoras porque los fondos derivados de la reciente Ley de
Hidrocarburos se habían gastado en otros menesteres más urgentes.
–¡Un
momento! –dijo vivamente el Ministro del Interior–. El Inspector
del Ejército, el general Chalbaud Cardona, ¿no es el padre de la
esposa del Mayor Pérez Jiménez, general Medina?
–¡Pues
claro, Uslar; es su suegro! –respondió éste, cayendo en cuenta–.
¡Déjenme llamarlo! ¡Él debe saber algo de este bochinche!
Con
firmes movimientos y ánimo sereno (que mucho decían de su
incredulidad acerca de lo que se le advertía en el anónimo), Medina
consultó una pequeña libreta y luego discó un número telefónico.
–¿Ajá...?
Buenas tardes... Es el Presidente...
En
tanto el general Medina conversaba con su colega, Pedro Sotillo
sirvió para sí y para Uslar Pietri sendas copas del excelente coñac
que el mandatario guardaba en su Despacho.
–¿Tú
crees esa vaina de esos oficiales, Pedro? ¿Nos irán a tumbar en
serio?
–Pues
si nos tumban no será en joda, Arturo, te lo aseguro. Acuérdate que
siempre te he dicho que esa cuerda de carajitos vinieron envenenados
de Perú y de Argentina cuando estuvieron haciendo curso allá, y
creen firmemente en pajaritos preñaos y piensan que se puede
cambiar, por las malas, el estado de cosas que impera en este país
desde hace más de cuarenta años. ¡Sí oh! ¡Yo no sé qué le pasa
a Isaías que no manda a acuartelar de una vez las fuerzas militares
y policiales y arresta a cuanto carajo aparezca como sospechoso y san
se acabó la vaina!
–No
es tan fácil, Pedro. Los hermanos Vargas, Delgado Chalbaud, Pérez
Jiménez y los demás oficiales que aparecen en esa carta son líderes
entre los suyos; tienen tropa bajo su mando. No se puede proceder
contra ellos por rumores y papeles anónimos como ese.
–¡Te
aseguro que si hay un golpe andando, hay civiles complicados,
empezando por los adecos! –enfatizó Sotillo, apurando su copa al
ver que el Presidente colgaba la pesada bocina telefónica.
–Chalbaud
Cardona jura que nada es cierto –dijo Medina, acercándose e
indicando al Secretario que le sirviera una copa también–; el
domingo lo visitaron su hija y Pérez Jiménez y me garantiza que lo
de esa carta son habladeras de pistoladas de algún guasón o de un
jodedor mal intencionado.
–¡Pues
aunque así sea, Isaías, tú eres el Presidente y el primer blanco
de una vaina así; acuartela las tropas y pon a Inteligencia Militar
a trabajar; vigila a esos muérganos de la lista y carga una pistola
en el bolsillo de ahora en adelante, hazme caso! –regañó Sotillo
al amigo, y Uslar murmuró:
–Esta
varilla parece uno de esos programas dramáticos por radio que tanto
gustan a las masas.
–Está
bueno ya, Pedro, Arturo; no le den tanta importancia a un simple
anónimo; de todos modos ya mandé a llamar al Ministro de Guerra y
Marina para que inicie una investigación, pero discretamente, porque
tampoco quiero dañar la carrera y el prestigio de ningún muchacho
militar inocente. Vean ustedes por su lado qué pueden averiguar y me
avisan, ¿oyeron?, pero sin escándalos, les agradezco.
Los
dos ministros asintieron y salieron en silencio del Despacho
Presidencial. Sabían que la preocupación del mandatario para no
involucrar a militares que nada tuviesen que ver con el posible
alzamiento era genuina.
♫♫♫
A
través de las ondas hertzianas de Ondas
Populares resonaban
ahora los compases de La
Pelota, un merengue
criollo que el maestro Luis Alfonso Larrain grabara en ritmo de
guaracha con su popular orquesta.
Triple
Ese, que seguía
conversando con Chuíto en el Control Central, vio venir a una
elegante dama que, con gestos nerviosos, entró a la cabina y lo
abordó con manifiesta autoridad:
–¡Usted
no se puede ir, Licenciado Solórzano!
–¿Ah?
–¡Lo
que oyó!
–¿Pero
por qué, señora Débora? Ya terminé mi programa.
–Sí,
sí, ya sé, ya sé, pero Mejías, el locutor de la noche, no ha
llegado, supongo que por los líos que hay por ahí por donde vive
él..., por ahí por el Nuevo Circo... No, no, de ninguna manera;
usted no se puede ir todavía –reafirmó la mujer mirando hacia la
silla vacía del locutor de guardia.
Saturnino
se llevó un cigarrillo a los labios mientras pensaba en cuál podía
ser el motivo de la agitación de la Gerente de Producción de la
Estación, Débora Jaimes, pariente cercana de los propietarios, y
una aún bella mujer de 45 años.
Sin
poder apartar de su cabeza el asunto de su verdadera preocupación,
ella recriminó:
–¡Acuérdese
que aquí no se puede fumar, Licenciado, caramba!
–¿Y
qué problema hay en el Nuevo Circo, señora Débora? –disimuló
él, soltando una bocanada.
–Ah,
¿pero es que usted no sabe?
–¿Qué
tendría que saber?
Los
verdes ojos de Débora Jaimes voltearon con presteza hacia el
ventanal vidriado, vigilantes, como si su dueña temiera ser
escuchada por oídos indiscretos.
–Licenciado...,
¡se dice que al Presidente Medina lo tumban en cualquier momento
entre esta noche y mañana! –murmulló.
La
reacción del periodista hizo sonreír a Chuíto y elevó la
exaltación de la mujer:
–¿Otra
vez han echado a correr esos rumores? ¿Pero hasta cuándo vamos a
seguir con ese bochinche en este país? ¡Nuestra pobre Democracia,
tan joven y tan asediada! ¡Señora Débora, acuérdese que nadie
sabe lo que tiene hasta que lo pierde, ah!
–¡Apague
el bendito cigarro!... –grito, casi histérica, y enseguida, en
tono de disculpa–. ¡No me haga caso!... Estoy muy nerviosa porque
esta vez la cosa como que es grave de verdad-verdad, Saturnino, señor
Chuy...; ¡hasta hablan de magnicidio!
“La
pelota, la pelota..., la pelota del Carey... el ritmo que está de
moda en la esquina del Mamey...”
repetía, incansable, el coro del disco de 78 r.p.m. en el tornamesa
de la consola, poniendo una nota algo absurda en el áspero silencio
que siguió.
Todos
miraron involuntariamente hacia la entrada, como esperando ver
aparecer por ella guardias armados. Triple
Ese apagó el cigarro
contra el suelo y cobró bríos:
–Estas
cosas siempre son “graves”, señora Débora. ¡Ojalá hubiera un
antídoto para las bolas
que los inescrupulosos echan a rodar cuando quieren que las masas se
agiten!
–Umjú,
así mismo es, Triple
Ese –soltó Chuíto.
–¿Y
quiénes se supone que van a tumbar o a matar a Medina, ah? ¿Su
propia gente del Partido Democrático Venezolano?, porque el pueblo
no; el pueblo lo apoya.
–No
se crea usted, Licenciado –dijo ella, haciendo un mohín–. Desde
hace días la situación es confusa... Y ese mitin que lleva a cabo
Acción Democrática esta misma noche en el Nuevo Circo va a ser la
tapa del frasco, ya verá usted. Dicen que hay bandas armadas con
palos y cabillas por si los partidarios del gobierno se presentan en
el sitio a sabotear. Por eso digo que debe haber zaperoco por los
alrededores del Nuevo Circo.
–¿Pero
entonces usted cree que Betancourt y sus adecos socialistoides se
arriesguen a tanto, señora Débora? –y bajó la voz a instancias
de la aprensión que vio reflejada en el bello rostro de su jefa–.
¿A dar un golpe de estado con magnicidio incluido?
–¡Ay,
yo no sé ya lo que creo, Saturnino, por amor a Dios! –se exasperó
ella.
–Si
se arriesgan, le van a hacer un enorme mal al futuro democrático de
este país –remachó el locutor con voz de trueno–. Claro, como
Diógenes Escalante, que era el candidato de la unidad nacional, se
volvió loco de metra, no les gusta Ángel Biaggini y que porque es
latifundista y tachirense, como si Escalante fuera caraqueño.
–El
loco no era caraqueño, pero si independiente, Triple
Ese –metió baza
Chuíto–. Los adecos dicen que si gana ahora Biaggini o gana López
Contreras, va a ser la misma miasma, lo que no hubiese ocurrido con
Escalante, que, a según, tenía criterio propio antes de perder la
chaveta.
–Claro,
y como ellos no tienen un gallo que pelee contra esos dos en las
elecciones, porque Rómulo Gallegos no aceptó lanzarse, recurren al
golpe, ¡qué sabroso!
–No,
no; lo que pasa es que Betancourt no quiere lanzar otra vez, como
hizo en el 41, una candidatura “simbólica”, porque sabe que
tampoco ahora tiene chance de ganar –explicó Débora, moviendo
mucho las delicadas y aristocráticas manos, y luego, más agitada–;
en fin, según mis fuentes, muy confiables por cierto, entre los
adecos y los militares jóvenes de la Unión
Patriótica Militar tienen
todo listo para echarse encima tamaña responsabilidad histórica –y
miró a los dos hombres con evidente nerviosidad–. ¿Ustedes creen
que se atrevan?
–¡Coño,
mano, por fin! –le dijo Chuíto al locutor de la noche de Ondas
Populares cuando éste
se reportó en el Control Maestro con un inconfundible tufo a anís y
una falsa sonrisa de preocupación–. Si no te avispas, doña
Débora te va a cantar el
Manisero, Mejías.
Agradece que Triple Ese
se quedó a hacerte la gauchada, que si no...
–¡Es
que mi mujer es una verga seria, Chuíto, qué buena vaina!
¡Imagínate que ahora le dio por estar yendo para la montaña de
Sorte a sacarse los malos espíritus, y yo tengo que acompañarla, no
me joda!
–Los
malos espíritus te van a salir a ti si vuelves a llegar retardao, mi
hermano; te repito que están por decirte “me
vooooyyyy, me vooooyyy...”
–entonó Chuíto, jodedor.
–No,
mi vale, ya tú vas a ver que no volverá a pasar –se justificó el
moreno locutor, que estaba ataviado de traje marrón y corbata lengua
de vaca, limpiando su frente perlada de gotas de la resaca con un
grueso pañuelo mostaza–. Mira, Chuíto, antes de meterme en la
cabina cuéntame cómo estuvo la nueva comedia, la que empezó hoy,
esa de La Loca Luz Caraballo, que no la pude oír.
–¡Del
carajo! –soltó Chuíto, circunspecto.
VI:
¡HOY
NO HAY COMEDIA!
–¡No,
no, Bocaranda!, ¿cómo se le ocurre? –alzó la voz Débora Jaimes
entrando al Control Maestro, otra vez con la agitación del día
anterior fresquecita. Le seguía el Jefe de Prensa, con cara de haber
descubierto un complot planetario y esgrimiendo un largo papel de
teletipo en las manos–. ¡Ay, perdóneme los gritos, Bocaranda; es
que tengo los nervios de punta con todo este zaperoco, y la cosa está
fea-fea, usted sabe!
–¿Entonces
mandamos a la gente para su casa? –preguntó, con tono neutro, el
Director de las radionovelas.
–Sí,
sí... ¡Hoy no hay comedia, sino golpe! –le espetó a quien, según
las malas lenguas de la estación, tenía su jujú
con ella.
–¡Señor
Chuy, atiéndame...!
Débora
Jaimes habló atropelladamente con el Operador. Luego hizo
perentorios llamados a Triple
Ese mostrando a través
del cristal la cuartilla escrita que el empleado de Prensa trajera.
El
elenco de la radionovela, que se preparaba para salir al aire a pesar
del desorden reinante en la capital, se paralizó. Chuíto, con
maneras calmadas, buscó el cajetín con el allegro
de música clásica especial para los extras noticiosos. Saturnino
corrió a buscar el pliego y regresó al micrófono, dando un vistazo
por encima a la información.
Luego
que Chuíto disminuyó la escandalosa música, el locutor dijo, en
tono de alarma:
–¡Atención,
atención...! ¡Su atención, por favor! ¡Ondas Populares, siempre
presente en sus hogares, informa: Debido a los insistentes rumores
sobre situaciones irregulares en algunos cuarteles y plazas militares
de Caracas y el interior de la república, nuestros reporteros han
podido comprobar, pese al hermetismo de las autoridades, que, en
efecto, hay señales de agitación político-militar en la capital!
Después de los enfrentamientos de anoche en las afueras del Nuevo
Circo, afortunadamente sin víctimas fatales que lamentar, entre
partidarios de la oposición y del gobierno luego de los duros
conceptos de los líderes del partido Acción Democrática contra los
inquilinos de Miraflores emitidos durante el mitin, reinó una tensa
calma en Caracas, como la que precede a las grandes tormentas.
Repetimos que ningún vocero oficial ha querido hablar con la prensa,
pero sabemos de primera mano los movimientos del Presidente de la
República en el día de hoy, jueves 18 de Octubre, y a continuación
los detallamos, con la advertencia de que es información extra
oficial.
Tomó
una pausa el locutor y miró con ojos indescifrables a Débora
Jaimes; el Jefe de Prensa había regresado a su cubículo, llamado
por el encargado del teletipo.
–Luego
de almorzar en su residencia, el Jefe del Estado recibió una
misteriosa llamada telefónica y salió apresuradamente hacia
Miraflores en compañía de su chofer y de dos edecanes, pero el Jefe
de Previsión de Palacio, Capitán Nucete, uno de los oficiales
insurreccionados, no le dejó entrar al Palacio Blanco. El Presidente
se dirigió entonces al Cuartel de la Guardia Nacional en Villa
Zoila, componente militar que no ha querido sumarse a la rebelión;
de allí salió al poco rato con numerosos vehículos y tanquetas
atestados de guardias armados y se dirigió al Cuartel Bermúdez,
en La Planta, declarado en rebeldía y aparentemente sumado al golpe
que pretende desestabilizar los poderes legalmente constituidos. Al
promediar la tarde, los rebeldes del Bermúdez
se rindieron, pero en el Cuartel
San Carlos se
incrementó el sangriento enfrentamiento que había estallado en
horas del mediodía entre fuerzas rebeldes y tropas leales al general
Medina, mismo que a estas horas todavía persiste, con un saldo
indeterminado aún de muertos y heridos.
Saturnino
hizo otra pausa, pero su semblante reveló que no tenía ni idea de
que la situación fuese tan grave en la capital. Cuando reanudó el
parte informativo, su voz era más dura y condenatoria:
–El
Presidente pasó luego por el Cuartel General de Policía, en la
esquina de Las Monjas, cuyos integrantes, que suman casi 200 agentes,
se apegaron totalmente al orden democrático; en estos momentos,
según nuestros últimos informes, el Señor Presidente celebra un
Consejo de Ministros en el Cuartel Ambrosio
Plaza de Artigas.
Asimismo, es nuestro deber informar que varios ministros y altos
funcionarios están prisioneros en Miraflores, incluyendo al General
en Jefe Eleazar López Contreras, de quien se rumoraba que
acaudillaba el alzamiento, pero ahora se sabe que fue uno de los
primeros en presentarse a las puertas de Miraflores a brindar su
apoyo irrestricto al gobierno constitucional. Se conoce, igualmente,
que en varios sectores de la capital ha habido saqueos y
enfrentamientos civiles, además de incrementarse hoy las compras
nerviosas que desde hace varios días, cuando comenzaron los rumores
de golpe, la población venía haciendo. Tropas leales al gobierno, a
pie y a caballo, patrullan la ciudad evitando los desórdenes que la
falta de energía eléctrica propicia. La situación es muy confusa y
las autoridades ruegan a los venezolanos en todo el territorio
nacional permanecer en sus hogares con calma hasta que la
irregularidad se haya corregido. Cerramos este informe, cuando son
las siete y treinta y ocho minutos de la noche, citando las palabras
que dijera el Presidente de la República, General Isaías Medina
Angarita, en su Discurso
en el estado Zulia, en Mene Grande, hace tres años, porque creemos
que la mejor manera de evitar la anarquía es defender la
institucionalidad. Dijo
el Presidente en aquella fecha: “Entiendo
la Democracia de una manera clara, y creo que es dar la ocasión y la
oportunidad a que todos salgamos del mismo sitio, pero aquel que
tenga mejores condiciones o se prepare mejor, llegue más arriba. La
finalidad que un gobierno democrático debe perseguir es dar a cada
ciudadano la oportunidad para que triunfe en la lucha por la vida.”
Saturnino
miró a Chuíto y le hizo señas de que pusiera un disco:
–Escuchen
un poco de música criolla instrumental mientras indagamos más
noticias para ustedes. Informó Ondas
Populares, siempre
presente en todos los hogares.
VII:
¡SUSPENDIDAS
LAS GARANTÍAS!
–¿Entonces
es un golpe-golpe, señora Débora? –preguntó Saturnino con grave
tono, abandonando la cabina del aire. Sus demás compañeros, a
prudente distancia, miraron ansiosamente a su jefa, esperando
respuestas.
–¡Riiiinnngg!,
sobresaltó a todos la chicharra del teléfono negro del Control
Maestro. Débora cortó en seco el gesto del Director de Dramáticos,
que se disponía a contestar, e impuso distancias:
–Deje,
deje, Bocaranda, yo atiendo. Estoy esperando una llamada oficial.
Cuando
la enjoyada mano descolgó la bocina, Chuíto bajó un adarme el
volumen del retorno de la música instrumental en el recinto.
Tras
escuchar unos momentos, la viuda palideció intensamente. Al colgar,
musitó:
–Es
que uno no gana para sustos. ¿No digo yo?
–¿Qué
está pasando, Débora? –interrogó Bocaranda.
–Pues
que la cosa sigue fea-fea, David –respondió, llamándolo por su
nombre de pila sin darse cuenta siquiera. Tornó a mirar a
Saturnino–: Es un golpe cívico-militar bien preparado, tal como yo
lo dije ayer, Licenciado. Viene ya una transmisión conjunta del
Presidente Medina por Radio Nacional anunciando medidas, en unos dos
minutos más o menos. ¡Cónchale, déjame enviar a otro reportero
para la calle!
–¿Pero
quién la llamó, señora Débora? –preguntó Triple
Ese.
Ella
le indicó con un gesto que aguardara en tanto daba indicaciones por
teléfono a un empleado de la sala de prensa. Después,
olvidándose del cartel que prohibía fumar en la cabina de
controles, encendió un Chesterfield de una cajetilla que sacó de
uno de los bolsillos de su ajustado y fino vestido; miró al Técnico
y señaló el teléfono:
–Le
agradezco que esté pendiente, señor Chuy –y envolviendo a los
otros dos en el humo de su fino cigarro, razonó–. Con este agite
no podemos pasar novelas; manden a todo el mundo para su casa. La
llamada fue del Ministerio.
–¿Pero
de qué trata la cadena? ¿Del golpe será? –apremió Saturnino.
–Seguramente...
–respondió ella–. Bueno, despachen a la gente, hagan el favor...
¡Ay, no, qué va, yo quiero tomarme un té con leche! ¿Dónde está
la señora de servicio? ¿Se fue?
–Sí,
hace un ratico –dijo Chuíto.
–¡Qué
broma! –siguió Débora, cigarrillo en mano–. ¡Seguro que ya nos
mandaron la Guardia para acá!... Bueno, qué remedio; mire, señor
Chuy, cuando vuelva a timbrar el teléfono abre el micrófono y
le da la señal al Licenciado Saturnino para la dichosa transmisión
en cadena.
Justo
en ese momento zumbó la chicharra del aparato.
La
armoniosa voz del locutor resonó a través de los altavoces
diseminados por los pasillos y oficinas de la edificación:
–Señoras
y señores, a continuación Ondas Populares pasa a transmitir
conjuntamente con la Radio Nacional de Venezuela y la red de emisoras
comerciales del país un mensaje del Señor Presidente de la
República, General Isaías Medina Angarita.
Tras
unos segundos de tensa calma en medio de los cuales se oyó el
chasquido de los papeles de la carpeta del Primer Mandatario a
través de los micrófonos, se dejó escuchar su voz, ronca de
indignación, aunque sin prescindir de la majestad que el caso
ameritaba:
Decreto
número 550. Isaías Medina Angarita,
Presidente
de los Estados Unidos de Venezuela, Considerando: Que han ocurrido
actos de rebelión en varios cuarteles de las guarniciones de Caracas
y Maracay que pueden dar motivo a graves acontecimientos y que
han puesto en peligro el orden institucional y la paz y la
seguridad de la República, en uso de la atribución 23 del
artículo 104 de la Constitución Nacional y de conformidad con
lo estatuido en el artículo 37 de la misma, en Consejo de Ministros,
Decreta: Artículo 1º. Se suspende el ejercicio de las garantías
ciudadanas en todo el territorio de la República, con las únicas
excepciones que la propia Constitución establece en el citado
artículo 37, mientras dure la situación mencionada. Artículo 2º.
Los Ministros del Despacho Ejecutivo quedan encargados de la
ejecución del presente Decreto. Isaías Medina Angarita, Presidente
de los Estados Unidos De Venezuela, a los dieciocho días del mes de
Octubre de mil novecientos cuarenta y cinco.
Cuando
cesó la enfática voz del militar y se escucharon toses y voces de
mando alejadas, Chuíto se apresuró a hacerle una seña a Saturnino
y a enseñarle una carátula de disco.
–Esta
ha sido una transmisión conjunta. Escuchemos música de cámara y
luego volveremos con más detalles de estos sucesos.
♫♫♫
–¡Oigan,
muchachas, muchachos, en la friyider
del patio de atrás hay más cerveza fría, y caviar, para que lo
sepan. No quiero guabineaderas en esta vaina! ¡Vamonó, pues! –dijo
con voz bastante ebria en mitad de la sala el tipo catire y todavía
bien plantado, al tiempo que con la mano seguía el compás de la voz
del tenor y patólogo mexicano Alfonso Ortiz Tirado (médico de
cabecera de la pintora Frida Kahlo y del músico y compositor Agustín
Lara) cantando “Amapola”,
uno de sus más grandes éxitos, que el pick-up
(el picó
criollo, animador indiscutible de los saraos de pobres y ricos
por igual) reproducía chillonamente.
A
pesar de los insistentes runrunes sobre desorden institucional que
corrían como pólvora desde días atrás, sobretodo en la capital
venezolana, no todos sus habitantes estaban pendientes de ello.
Muchos, como el doctor Wilfredo Poblete (y sus alegres invitados)
preferían ignorar la situación y tratar de gozar de la vida.
El
catire
Poblete (como le conocían sus allegados) era un experimentado
abogado, maduro y ladino, boyante a punta de fullerías, que no
reparaba en escrúpulos o debilidades morales con tal de conseguir
sus propósitos. Todo cuanto oliera a riqueza le interesaba. Era
Poblete, en fin, “un
desalmado de sonrisa atractiva que comía caviar ruso con cazabe
criollo”, como le
calificó apropiadamente una emperejilada dama caraqueña, conquista
suya por más señas.
El
catire
estaba casado con una sensible, bella e inteligente mujer llamada Ana
Sofía Jaimes (la única hija de la viuda Débora Jaimes,
Gerente de Producción de Ondas
Populares, como el
lector recordará).
–Mira,
doctor Poblete –dijo una muchacha rubia, bien mareada (con el tinte
pidiendo a gritos renovación)–; ven acá, chico; tú no has
bailado conmigo, ingrato... ¿Qué te he hecho yo, ah? ¡Explícame,
pues!
Poblete,
que acostumbraba llevar a su lujosa y enorme casa (una mansión
enclavada en la escasamente poblada Urbanización San Antonio de Los
Altos, en la vía hacia Los Teques) a amigas y amigos de reputación
dudosa, y bailar y beber hasta el amanecer, dejó la copa que tenía
en la mano y apechugó
groseramente a la jovencita quinceañera de ajustado pantalón de
pana y cota de seda que le acababa de reclamar un baile, aprovechando
que Ana Sofía, su esposa, no se veía por ninguna parte.
–Ven
acá pues, caramelito... ¿Cómo es que te llamas tú, mi reina, ah?
–Aminta,
doctor Poblete, Aminta... ¡Umjú, chico, pareces un pulpo!... Deja
las manos quietas, que tu mujer debe andar por ahí y te vas a meter
en un vaporón.
–¿Y
tú no querías bailar conmigo, pues? ¿O te vas a echar para atrás
ahora, ah, pescaíto?
Nada
hacía la joven por librarse de los brutales estrujones que Poblete
practicaba en sus grandes tetas, aunque con risotadas disimulaba ante
los otros bailarines del salón, vanamente, pues cada quien estaba
pendiente de su pareja de baile nada más.
–¡Ay,
chico, doctor, tú sí eres! ¡Deja te digo!... Anda, vale, ve a
buscar a tu mujer; yo no quiero problemas... ¡Que dejes te digo!
♫♫♫
–¡Bueno
pues, nos cayó frutero, señora Débora! –estalló Saturnino,
mortificado–. ¡Ahora se arma el despelote, porque cómo le encanta
a este país un relajo de esta naturaleza!
Conversaban
ahora los dos en la amplia oficina de ella en Ondas
Populares. Por los
parlantes empotrados en el falso techo de anime se escuchaba la
Missa
Solemnis de Mozart, ya
que era costumbre en las emisoras venezolanas cuando había agitación
política (o aires de
golpe si atendemos al
lenguaje popular) hacer renacer a Mozart, a Beethoven, Bach, Liszt,
Strauss...
Saturnino
Solórzano Salas era un demócrata convencido que apoyaba
irrestrictamente la labor del Presidente Medina desde el
programa que conducía noche a noche en la popular emisora caraqueña.
Débora, viuda de Tulio Jaimes, un industrial trujillano, sin ser
militante activa, simpatizaba más con el Partido Acción
Democrática, organización política de tendencia socialista en
cuyas filas militaban figuras como Rómulo Gallegos, Rómulo
Betancourt, Andrés Eloy Blanco, Fabricio Ojeda, Antonio Pinto
Salinas, Raúl Leoni, Gonzalo Barrios, Carlos Andrés Pérez, entre
otros muchos.
Mientras
encendía un cigarrillo, Triple
Ese miró de reojo las
morenas y bien torneadas piernas de su patrona. “Cará
–pensó–, a la doña
todavía se le puede jugar su quintico. ¡Qué buenas columnas tiene!
Aunque me parece que Bocaranda Sucre tiene la mano metida en esa
rifa, el muy vivo… ¡Y es tan refinada!... No como Concha, que es
más amargada y ordinaria que el carajo.”
–¿Quiénes
cree usted que estén complicados, Licenciado? –interrumpió ella
sus lúbricos pensamientos.
–¡Vaya
uno a saber!... Los adecos, seguro.
–Hasta
ahora sólo se sabe de alzamiento de cuarteles –argumentó Débora
mirándolo con fijeza–. No hay civiles enredados.
–¡Pues
le apuesto fuertes a locha que Rómulo Betancourt está metido en
este zaperoco!
–Bueno,
yo no sé; puede que sí como también puede que no –suspiró la
atractiva mujer mirando la fotografía de su difunto marido, que le
sonreía desde la mesa–. Espero que los insurgentes no tengan
éxito, porque ya se sabe que “más vale malo conocido...”
–Mire,
señora Débora –saltó con vehemencia el medinista–, ya se que
usted y yo no estamos del mismo lado, políticamente hablando,
pero el general Medina tiene logros que nadie puede discutirle, así
que eso de “malo conocido...”
–No
voy a cuestionar los méritos del gobierno de Medina, pero no me
negará usted que en esta administración hay mucho militar corrupto.
–¿Y
en cuál no? –se exaltó de nuevo el locutor–. Desde 1830 para
acá, empezando por el propio Páez, que se cogió todo lo que se
pudo coger, pasando por los Monagas, Guzmán Blanco, Cipriano Castro,
Juan Vicente Gómez y el mismo López Contreras, el militarismo ha
tenido bajo su bota a la sociedad civil y ha hecho con los bienes
públicos lo que le ha dado su realísima gana. Sin embargo, el
general Medina ha luchado por adecentar el ejército y tratar de
acabar con el terrible flagelo que significan los militares en el
poder en tiempos de paz.
–Huumm
–hizo ella, desconfiada e inconforme–. Le repito que Medina, sin
ser un mal Presidente, es un populista, Licenciado.
–¡No
señor! ¡Populista es Perón, que ya habla de ser presidente de
Argentina y se ha aprovechado de su cargo de Ministro del
Trabajo para engañar a los “descamisados”, como les dicen
allá a los “Juan Bimba”! ¡Medina es un demócrata, señora
Débora! Fíjese, tenga en cuenta este detalle: a pesar de ser un
militar de carrera, propició la creación y la legalización de
todos los partidos políticos, ¡de todos, ah!, porque él sabe bien
que sin ellos, sin quien haga oposición auténtica, no puede
haber democracia verdadera.
–Pues
no digo que no –admitió ella, cruzando las piernas, movimiento que
él siguió disimuladamente al través del grueso cristal que
hacía de tablero del escritorio–; pero parece que le faltara
guáramo para mandar, a pesar de ser todo un general. Ya el año
pasado, por ejemplo, se le alzó un tal sargento Camejo, ¿se
acuerda?, ¡un sargento!
–El
sargento Alexis Perdomo Camejo, cómo no, me acuerdo. El Periódico
La Esfera
se encarga de recordarnos todos los días que el general Medina ha
descuidado a sus colegas militares, pero nunca habla de sus
logros, de lo acertado de su política internacional al romper
relaciones con Alemania, con Japón, con Italia, banderas del
fascismo y del nazismo en esta pavorosa guerra mundial, ni habla
de la creación del Seguro Social, del nuevo Código Civil, de la Ley
de Hidrocarburos, del Banco Obrero, de la Urbanización El Silencio,
y pare usted de contar...
–Ya
le dije que no discuto los méritos de Medina, pero...
–¡Mire,
señora Débora, Isaías Medina Angarita es un auténtico defensor
del Sistema Democrático, y eso para mí es lo más importante!
–Usted
perdone, Licenciado, pero si eso fuera verdad habría impulsado en el
mes de abril el voto universal y secreto para todo el mundo, ¿no es
así?, pero no se atrevió; además yo insisto en que es muy
blandengue –porfió ella–. Por ejemplo, dígame ese mitin de
anoche ahí en el Nuevo Circo en el cual Rómulo Betancourt
prácticamente incitó a la gente a tomar el Palacio de
Miraflores. A eso es que yo me refiero. ¿Usted leyó el resumen del
discurso que publicó la prensa? Betancourt jura que es
inminente un estallido social.
–¡Ese
bachaco es un hijo de su madre, y perdone el énfasis! –soltó,
airado.
–¡Ah
pues, acaba de descubrir usted cómo se tibia el agua, Licenciado!
–soltó ella una risa coqueta y burlona–... Mire, aquí en este
país todos somos bachacos, desde Simón Bolívar para abajo, y
a mucha honra; debe ser por eso que cada quien hace lo que le da la
gana, ¡y no me venga a decir lo contrario, Saturnino, porque usted
es medio fanático también, caramba!
–¡Ajá,
yo sabía! ¿No ve? ¿No ve? ¡Volvemos a lo mismo!... ¡Ése es el
problema de los venezolanos: cuando no estamos presos, nos andan
buscando!
–¿Cómo
es eso? –preguntó ella, volviendo a cruzar las piernas, sin
preocuparse de que la falda subiera generosamente. El locutor tosió,
atorado, al ser testigo del generoso picón.
–Ejeemm...
–¿Qué
le pasa?
–No,
nada –dijo, reponiéndose–, sino que somos tan de malas que a lo
mejor en este momento se nos está montando de nuevo en el Palacio de
Miraflores un gorila con cachucha, como todos los que mencioné
antes, después que López Contreras y el propio Medina han logrado
que los militares permanezcan tranquilos en sus cuarteles… Pero
claro, si los civiles empiezan a tentarlos, a alborotarlos otra
vez...
–¿Y
qué me dice usted de su Presidente? ¿No acaba de suspender las
garantías ciudadanas hace escasos minutos? ¿Cómo le parece? Dígame
sinceramente, ¿había necesidad de eso?
–¡Pero
bueno, señora Débora, no sabemos qué tan seria y grande sea la
sedición, por el amor de Dios! –alzó, agrio–. Además, ¿qué
quería usted que hiciera? ¿Acaso no lo quieren tumbar los amigos de
usted, los adecos golpistas, aliados con militares revanchistas? ¿O
me va a negar que esa es tamaña irresponsabilidad?
–Ay,
Licenciado, con tal que no nos vengan a estar allanando a cada rato
–reculó ella, con la mente en otra parte ya–... Cónchale,
déjame hablarle a la hija mía, Ana Sofía, a ver cómo está el
rebulú por allá por San Antonio de los Altos, donde ella vive.
VIII:
¡ESTO
SE ACABÓ!
Toc-toc
hizo en la puerta de la habitación el catire Poblete, y abrió y
entró...
–Ah,
estás aquí... –dijo, tartajoso–. ¿Por qué estabas a
oscuras...? ¿Qué te pasa?
–Nada,
Poblete... –contestó Ana Sofía, su esposa, llamándolo por el
apellido como hacía cada vez que se hartaba de sus vicios y
parrandas–. Es que... me dolía un poco la cabeza y vine a
recostarme un momento.
–¿Seguro,
Ana Sofía...? ¿No será más bien que los amigos que traje no te
simpatizan porque no son de la jai?
–No
empecemos con lo mismo, Poblete, por caridad.
–¡Pues
no me niegues tú que es una grosería que no los atiendas, Ana
Sofía, coño! ¡Tú eres la dueña de la casa! –se exaltó,
semiborracho.
–No
quiero discutir. Me aburren tus amigos.
–De
bola; como no son refinados, ni artistas, ni poetas, ni gente de
radio como tu mamá, ni escultores, ni maricones que...
–Pues
no sería mala idea que alguna vez trajeras a alguien con quien se
pueda conversar de otra cosa que no sea de política y de negocios
–atajó la bella mujer–. Además, esos amigotes tuyos me
miran como si me desnudaran.
–¡Son
amigos míos y tienes que ser amable con ellos, chica, te lo vuelvo a
repetir! –gritó, ya enardecido–. ¡Necesito la influencia
que tienen, y más ahora que se avecinan cambios políticos
importantes!
–¿Necesitas
de ellos? –preguntó sin estridencias, pero firme y sin quitarle de
encima la mirada avellana, y luego espetó, rotunda–: ¡Pues
entonces sé amable tú, Poblete!
♫♫♫
El
mismo jueves 18 de Octubre, tarde en la noche, recrudecieron los
enfrentamientos. Las turbas de Acción
Democrática, azuzadas
por sus líderes, asaltaron los cuarteles militares y se apoderaron
de armas y municiones. En la Escuela Militar de La
Planicie repartieron
máuseres y revólveres a los civiles para que combatieran a la
Policía y a la Guardia Nacional, fieles al Gobierno. Hubo tiroteos
en Parque Carabobo
(la antigua Plaza de la
Misericordia), en El
Silencio, en
Catia,
en Miraflores
y sus alrededores, en el Cuartel San
Carlos, “igualitos a
los que se ven en las películas de gángsteres y en las de vaqueros
del Cine Apolo
y el Continental”,
según contó Godofredo Mejías, el locutor nuevo, a sus compañeros
de Ondas Populares.
Los
comercios y tiendas habían cerrado desde el mediodía. Los programas
dramáticos y musicales de todas las radios fueron suspendidos
momentáneamente, pero igual los escuchas llamaban a las emisoras
para quejarse; pedían, enojados, que radiaran los capítulos de las
comedias porque se aburrían encerrados en sus casas calándose
la música clásica que la mayoría de las estaciones ponían al aire
(y que el vulgo llamaba música
de muerto y música
pavosa).
Saturnino
y Bocaranda Sucre consultaron con Débora Jaimes para transmitir La
Loca Luz Caraballo,
pero ella se mostró inflexible: “Es
riesgoso para el talento
–arguyó–; y
además, no quiero que nos vengan a allanar por desconsiderados o por
frívolos. Eso sí: Tengan el reparto atento por si acaso mañana
se compone la cosa, ¿oyeron?”
♫♫♫
Pero
la cosa
siguió igual al día siguiente, viernes 19 de Octubre. O peor.
La
aviación, que estaba con los rebeldes, bombardeó desde las 5 de la
mañana los cuarteles y guarniciones que apoyaban al gobierno; la
Guardia Nacional y la Policía se enfrentaron a civiles armados
por segundo día consecutivo. En su comando de La
Planicie, algunos de
los Jefes de la revuelta, como el Mayor Carlos Delgado Chalbaud
y los Capitanes Mario Vargas y Raúl Fernández, preocupados por la
masacre que desencadenaron, pidieron los buenos oficios de sus
prisioneros Uslar Pietri y López Contreras (que fueron trasladados a
la Escuela Militar) para que hablaran con el general Medina y
hallaran una solución que no supusiera más muertes. No se logró,
sin embargo, la intermediación, por diversas razones, entre ellas
porque todo contacto telegráfico o telefónico con la Escuela
Militar estaba interrumpido.
Las
autoridades controlaban todos los medios de comunicación, excepto
una emisora de radio que pusieron a funcionar los rebeldes desde
el Ministerio de Guerra y Marina y a través de la cual los
sediciosos llamaron al pueblo a defender su causa, en nombre del
partido Acción
Democrática.
Por
su parte, los líderes del Partido Comunista de Venezuela, entre
quienes estaban los hermanos Gustavo y Eduardo Machado, Luis
Miquilena y Pompeyo Márquez, aliados de Medina, lo llamaron por
teléfono al Cuartel Ambrosio
Plaza para proponerle
la voladura del Palacio
de Miraflores con dos
autobuses cargados de explosivos que lanzarían desde las empinadas
calles de La Pastora,
acción que, según unos sindicalistas españoles que les asesoraban,
sofocaría de raíz la insurrección.
Con
serenas pero firmes razones el Presidente declinó la sanguinaria
solución.
Finalmente,
cerca del mediodía del viernes 19 de Octubre, cuando Medina estaba
reunido con su Estado Mayor y su Gabinete en el Ambrosio
Plaza planeando una
arremetida definitiva que obligara a rendirse a los alzados contando
para ello con las tropas, vehículos y parque del Cuartel de Maracay,
ocurrió algo que hizo inclinar la balanza...
–Señor
Ministro, ¿qué sabemos entonces de Maracay? –preguntó el
Presidente, sin ocultar su ansiedad–. ¿Vienen o no los
refuerzos, y cuándo?
–Lo
lamento, mi general, pero no hay noticias todavía –respondió,
abochornado, el Coronel Delfín Becerra, Ministro de la Guerra.
En
eso, uno de los edecanes se cuadró delante del Presidente (quien
tenía la camisa arremangada y estaba sin sombrero) y le
participó que tenía una comunicación telefónica urgente. El tono
del joven militar fue tan perentorio que todos los oficiales que
estaban estudiando la estrategia a seguir en el mapa de Venezuela
guindado en la pared sobre una pizarra de corcho ribeteado de
alfileres de colores voltearon como víctimas de una misma
corazonada. Medina Angarita también percibió un no sé qué inusual
en la voz del oficial y tras mirarlo largamente, sin una palabra,
soltó el lápiz que tenía en la mano y se dirigió a atender.
–Habla
el Presidente –dijo, ronco, a la bocina negra.
Un
silencio premonitorio se adueñó del bunker.
El
Presidente, tras escuchar durante un breve lapso, colgó el teléfono,
sin despedirse ni agradecer. Cuando regresó junto a los suyos, su
semblante estaba demudado y un ligero temblor en su labio
superior delataba la tormenta interior. Sin embargo, la voz le salió
firme y resuelta:
–Atención,
señores oficiales... Atención todos, por favor. Hay malas noticias.
Estaba prevenido para una contingencia así y tengo mi
resolución tomada. Cuento con la comprensión de todos ustedes,
aunque sea difícil de entender. Les aseguro que estoy consciente de
la aciaga hora que las circunstancias me obligan a vivir –dijo con
tono solemne y luego, tajantemente–: ¡Oficial, escriba lo que voy
a dictarle: “El
Gobierno Nacional ha decidido rendirse a los insurgentes, no por
falta de dignidad ni de coraje, sino para evitar inútiles
derramamientos de sangre venezolana, porque el parque y las fuerzas
que estaban en Maracay han caído en poder del enemigo.”
–¡Pero
mi general...! –saltó el Coronel Delfín Becerra, y otro tanto
hicieron los demás oficiales y personal civil del Comando, pero el
Presidente, grave el semblante y majestuoso el gesto, les contuvo:
–¡Pedí
su comprensión, señores; no me defrauden! Ese mensaje hay que
mandarlo, luego de que yo lo haya firmado, a todas las dependencias
militares y civiles de la nación, Coronel Delfín, ocúpese. No hay
esperanza; hemos perdido el Cuartel San
Carlos también, que
ha sido tomado por civiles armados. Coronel, tráigame a Marcos Pérez
Jiménez y a Julio César Vargas para acá. Voy a negociar la
rendición. ¡Esto se acabó!
En
su libro “Cuatro
años de Democracia”,
editado en 1963, Medina Angarita reconoció, a propósito de su
derrocamiento: “El
18 de Octubre constituyó para mí una sorpresa; tenía, y no me
duele proclamarlo, la confianza más absoluta e inquebrantable de la
lealtad acrisolada de los Oficiales del Ejército Nacional. No
en la lealtad hacia un hombre, sino hacia el Presidente de la
República y hacia la superioridad jerárquica; no en la lealtad
hacia un grupo político, sino hacia la Constitución y las
Leyes de la República que habían jurado defender, aun al
precio de la propia vida.”
♫♫♫
–¿Entonces
mañana tampoco podemos salí a repartí, pariente? –preguntó,
cerveza en mano, Macario, otro de los gandoleros de la compañía
ensambladora de automóviles, en tanto Toño Solórzano Salas
manipulaba el botón del dial del aparato de radio.
–Yo
creo que no, pariente Macario –confirmó el muchacho, poniendo boca
abajo sus fichas.
Estaban
en el patio inmediato a la cocina de la casa de habitación de
Encarnación Ruiz en la ciudad de Maturín, en el estado Monagas, y
mientras Macario (un sujeto bajito, de largo pelo lacio y rasgos
indígenas) y un negro flaco y alto se enfrentaban en la mesa de
dominó contra los dos compadres (que trataban de escuchar las
noticias entre jugada y jugada), en el zaguán de tierra, a la
macilenta luz de una bombilla amarillosa, varios muchachos jugaban al
trompo, y en la cocina la comadre (la mujer de Encarnación, una
india retaquita, de clineja cortica y dientes picados) preparaba unas
arepas de maíz pilado.
–¿Pero
cómo sabes tú que siguen suspendías las garantías, compay Toño?
–se interesó el Negro Encarnación, destapando una botella de
cerveza.
–Lo
volvieron a decir hoy en la tardecita, compa –contestó Toño.
–Así
mismito es –corroboró el negro flaco y alto–. Parece que hay
varios muertos y un coñazo de heridos por el peo de los
enfrentamientos entre los alzaos y el gobierno allá en Caracas.
–¡Epa,
escuchen la fanfarria! ¡Dele volumen, pariente! –chilló el indio
Macario, poniendo sus piedras boca abajo e incorporándose para
acercarse al receptor.
La
estridente trompeta de la estación radial hizo que los muchachos
suspendieran sus juegos y se acercaran también, y la india, con
la masa en las manos, se asomó por el hueco donde debiera estar la
puerta de la cocina para apreciar mejor las noticias.
Por
el altavoz del aparato se escuchó la voz tensa y sonora de Saturnino
Solórzano Salas. Toño sonrió con abierto orgullo.
–Señoras
y señores... A continuación, Ondas Populares pasa a transmitir,
conjuntamente con la Radio Nacional de Venezuela y el circuito de
emisoras comerciales del país, el Primer Comunicado Oficial al
pueblo venezolano de las nuevas autoridades constituidas... Con
ustedes la voz del señor Rómulo Betancourt.
–Ah
vai--le, tumbaron ahora sí al hombre –comentó, preocupado, el
negro flaco.
–Schiist...
Deja oír... Ese que habló es mi hermano Saturnino.
–¡Esooo,
Toño; púyalo! –dijo, vacilador, el indio.
–¡Schiist...!
El
líder accióndemocratista informó, con su característica voz
nasal:
–Esta
noche,
después del triunfo alcanzado por el Ejército y el pueblo unidos
contra el funesto régimen político que venía imperando en el país,
ha quedado constituido un Gobierno Revolucionario Provisional
presidido por quien les habla, Rómulo Betancourt, e integrado por
dos Oficiales del Ejército:
el
Mayor Carlos Delgado Chalbaud y el Capitán Mario Vargas; además de
tres dirigentes más de Acción Democrática: el doctor Luis Beltrán
Prieto Figueroa, el doctor Gonzalo Barrios y el doctor Raúl Leoni, y
el doctor Edmundo Fernández, de filiación política independiente.
–¡No
joda, yo sabía que ese carajo estaba metido en esa vaina! –reventó,
con grandes aspavientos, el negro flaco y descomunal.
–¡Coño,
pero por favor, vamos a escuchar! –se molestó Toño.
–Este
Gobierno Provisional tendrá como misión inmediata la de convocar al
país a elecciones generales para que mediante el sistema de sufragio
directo, universal y secreto puedan los venezolanos elegir sus
representantes, darse la Constitución que anhelan y escoger al
futuro Presidente de la República.
–¡Ojalá
sea verdá, Compay! –dijo el indio Macario, bajito.
–Este
Gobierno constituido hoy hará enjuiciar ante los tribunales, como
reos de peculado, a los personeros más destacados de las
administraciones padecidas por la República desde fines del pasado
siglo. Están presos, y deberán comparecer ante los tribunales a
explicar el origen de sus fortunas la mayor parte de esos reos contra
la cosa pública. El General López Contreras y el General Medina
Angarita se encuentran entre los detenidos. Ninguno de ellos ha
sufrido ni sufrirá vejamen en su persona, ni atropello de ninguna
naturaleza...
–¡No,
si así es! –ironizó
el negro Encarnación–. ¡Muelde aquí!
–¡Schiiiissstt!
–...Pero
deberán devolver a la nación y al pueblo lo que le usurparon
mediante el deshonesto manejo de los dineros públicos.
–¡Yo
sabía, yo sabía que eso venía! –enfatizó el flaco.
–¡Coño,
deja oír, mi vale! –pidió Toño, de mala gana.
–...Severo,
implacablemente severo será el Gobierno Provisional contra todos los
incursos en el delito de enriquecimiento ilícito al amparo del
Poder. Tomaremos inmediatas medidas encaminadas a abaratar el costo
de la vida y a elevar las condiciones económicas y sociales en que
vive el pueblo.
–¡Con
tal que no sea habladera‘e pistolá, Virgen der Valle! –dijo la
india.
–Sin
demagogia ni aparatosidad, con sencillez de quienes están cumpliendo
con su deber hacia la colectividad, afrontaremos con ánimo de
contribuir a su solución las más apremiantes necesidades de las
clases media,
obrera y campesina.
Garantizaremos el orden público, sin apelar a violencias
coercitivas.
Habrá garantía para el libre desarrollo de las actividades de todas
las clases sociales. Será mantenido en vigencia el Decreto
de Suspensión de Garantías Constitucionales, hasta tanto no
sea recuperado el orden público turbado, para cuyo efecto pedimos
y esperamos la colaboración ciudadana.
–Vergación,
Compay, como que no vamos a podé salí mañana tampoco –dijo el
dueño de casa.
–Así
parece, compa, qué vaina tan seria. Si no rodamos, no ganamos.
–El
pueblo venezolano, todas las clases sociales democráticas
de la nación, nos respaldarán con su fervor solidario; y
ese respaldo hará posible el logro de nuestro objetivo central como
Gobierno Provisional: garantizar unas elecciones libérrimas, sin
imposición ni parcialización ejecutivista por ninguna de las
corrientes
políticas en pugna, para que de las limpias manos del pueblo
surja un Presidente de la República lealmente asistido de
la confianza nacional.
–¡Coño,
Presidente, ojalá su boca sea un templo, carajo! –se le escapó a
Toño, y los demás le miraron con gravedad, impuestos de la
solemnidad que la voz del Jefe de la Junta de Gobierno transmitía.
–Al
hablarle a la nación, este Gobierno Provisional quiere exaltar
el desinterés generoso y patriótico de la oficialidad, clases y
soldados del Ejército, la Marina y la Aviación, virtudes de las que
han dado impresionante revelación con esta jornada magnífica, la
cual ha contribuido a
que
Venezuela comience a incorporarse al número de las
naciones realmente
democráticas de América.
–Qué
bolas tiene éste –dijo, mordaz, Macario–; los militares tumban a
un Presidente legítimo y él los pone por las nubes; ¡los conejos
detrás de los perros, pues!
–¡Schiiissstt...!
–lo apabullaron todos.
–Su
actitud, unida a la valerosa
decisión
del pueblo, ha hecho
posible esta hora en que la nueva
Venezuela
afirma su voluntad
de hacer historia. Miraflores, 19 de Octubre de 1945. Rómulo
Betancourt. Mayor Carlos Delgado Chalbaud. Capitán
Mario Vargas. Dr. Raúl Leoni. Dr. Luis B.
Prieto F. Dr. Edmundo Fernández. Dr. Gonzalo Barrios.”
Tras
un momento de silencio en la transmisión radial, se volvió a oír a
Triple
Ese:
–Esta
ha sido una transmisión conjunta. Seguimos con música clásica.
–No
me jorobe, Compay, apague esa guarandinga –dijo Ruiz. Toño
obedeció y rió:
–Bueno,
vamonó, compadre, ¡zapato con estos ñeritos!
–Epa,
Eliodora, ¿qué pasa con esas arepas, pué? –gritó el Negro,
tomando un largo buche de cerveza–. ¡Tengo un hambre mata gente,
mija!
–Ya
casi ‘tán, negro Chón, pero tienen que mandá a pedí ají ca’jel
compadre Lorenzo, o allá ‘onde Macario, porque el de aquí se
acabó, ¿sabe? –rezongó ella.
IX:
LOS
DECRETOS
En
el Palacio de
Miraflores, en el
Despacho Presidencial, se reunió la Junta Revolucionaria de
Gobierno en pleno. Los dos integrantes militares (Mayor Carlos
Delgado Chalbaud y Capitán Mario Vargas) se sentaron a la derecha,
ligeramente distanciados de la silla del presidente provisional.
Gonzalo
Barrios y Luis Beltrán Prieto Figueroa, en el otro extremo,
conversaban, distraídos. El Médico Edmundo Fernández (especialista
en trastornos endocrinos) reía, en falsete, un chiste del abogado
Raúl Leoni.
Mientras
los mozos servían café, arepas y sándwiches a los nuevos
gobernantes, que llevaban 14 horas consecutivas trabajando en los
decretos que había que implementar, Rómulo Betancourt estaba en la
sala de baño aseándose.
Varios
mecheros de carburo y algunas velas enormes alumbraban el despacho
debido a que la energía eléctrica (que escaseaba en gran parte de
la ciudad desde el jueves 18) todavía no había sido restablecida.
Un
observador imparcial se daría cuenta de inmediato de que, tras la
aparente euforia de todos los miembros de la Junta por la oportunidad
histórica de trabajar por el bien de la patria y trascender, estaba
ya presente (aquí y ahora) el germen de la división entre civiles y
militares.
Los
dos hombres de uniforme, sin disimularlo mucho, se dedicaban a
observar los gestos y palabras de los otros con una actitud y una
sonrisa que mucho tenían de desdeñosas y despreciativas.
Cuando
Betancourt regresó, secándose las manos y la cara con un pañuelo
blanco, se escucharon toses y rodar de sillas. El caudillo pudo
palpar la tensa atmósfera que rondaba el salón como un viento de
desgracia, provocada por la actitud de los dos militares.
–Muy
bien, señores, proseguimos –dijo el guatireño, y miró
acerbamente y sin disimulos a los de cachucha.
Era
implacable la expresión de reproche que su rostro pecoso y moreno
exhibía. El tono de su voz era acerado, sin rastros de
condescendencia.
–Hay
que sacar las conclusiones ligero, porque el país entero está
aguardando por nosotros.
Vargas
rodó su silla hacia atrás con más ruido del que era necesario y se
puso en pie. Se produjo un silencio presagioso. Casi se podía
escuchar el entrechocar de las mandíbulas del militar al tener que
someterse a aquel civil casi cuarentón, moreno, irreverente y
bajito.
–Bueno,
lo relativo a la cuestión de los rangos y ascensos militares está
listo, Presidente
–dijo, pero había puesto tal énfasis en el adjetivo, que parecía
como si quisiera llamar la atención de los otros sobre un posible
nuevo significado castrense
del fonema.
Tosió
fuerte, ex profeso, y alargó una carpeta al hombre de mirada
imperturbable:
–Aquí
tiene nuestra propuesta definitiva.
–Ajá...
¡Se pusieron de acuerdo por fin! –comentó con leve tono
sarcástico Betancourt, tomando la carpeta que el Mayor Vargas le
extendía
–A
ver... Ajá... Muy bien... muy bien, Mayor... ¿De modo que
congelamos entonces hasta nuevo aviso todos
los ascensos militares, sin
excepción?
–Sin
excepción, Presidente
–respondió Vargas con firmeza–. Es la única manera de poner
orden en este despelote que es la Fuerza Armada Nacional.
–Perfectamente
–asintió el Presidente de la Junta de Gobierno. Encendió la pipa
y miró largo a los civiles–. Supongo que todos estamos de acuerdo
en este punto, ¿no es eso?
Todas
las cabezas asintieron.
–¿Y
lo del asunto de los oficiales de alta graduación?
–También
está ahí en la carpeta, Presidente.
–¿O
sea que generales, coroneles y tenientes coroneles pasan a retiro de
inmediato, también sin excepciones, caballeros? –insistió
Betancourt, revisando papeles, pipa en boca.
–Eso
es correcto, Presidente –metió baza Delgado Chalbaud.
–Pero
esa no se la van a calar tan fácilmente los oficiales de mayor
graduación –intervino, con su vozarrón intermitente, el oriental
Luis Beltrán Prieto Figueroa, rascándose una de sus enormes
orejas–. Ahí vamos a tener problemas, ya verán.
Entonces
se escuchó una voz con dejo gocho, fuerte, mandona y clara:
–¡Ahí
no va a haber problema de ninguna naturaleza, doctor Prieto!
Era
el Mayor Marcos Pérez Jiménez, que venía entrando. Al caminar
hacía rechinar sus brillantes zapatos de cuero de patente negro.
Habló con acento autoritario:
–Eso
ya lo discutimos mis colegas y yo, y general u oficial que se oponga,
sea quien sea, pues va derechito para afuera, vea, al exilio, porque
si no, ¿para qué nos atrevimos, pues? ¿Para seguir en lo mismo?
¿Para que esa cuerda de viejos carcamales de cuando Cipriano Castro
no dejen ascender a uno el joven?
La
teatral entrada dio el resultado esperado: todos asintieron, con la
cabeza gacha y las caras amarradas.
–El
Mayor tiene razón –apoyó de seguidas Raúl Leoni, terminando de
masticar los restos de una arepa de queso guayanés–. Hay un nuevo
orden en el país y hay que respetarlo, y quien no lo haga, que se
atenga a las consecuencias de sus acciones.
Prieto
Figueroa, que era aspirante a la Cartera de Educación, insistió:
–No,
no, está bien, eso es correcto, pero yo que se los digo, señores:
No se van a quedar quietos.
–Allá
ellos con su conciencia –sentenció Vargas.
–Perfecto,
estamos de acuerdo entonces, compañeros –puso orden Betancourt,
tras una breve y significativa mirada al orejón margariteño–.
Revisemos la versión definitiva de los Decretos, si son tan amables
–agregó–. Ciudadana Secretaria, haga el favor de leerlos.
Así,
de estas agotadoras sesiones de trabajo de los (por sí mismos)
recién investidos de gobierno, comenzaron a germinar las nuevas
disposiciones que pretendían regularizar la ingobernabilidad y la
anarquía reinantes.
Se
nombraban nuevos Presidentes para los veinte Estados y los dos
Territorios Federales.
El
Mayor Carlos Delgado Chalbaud fue designado Encargado
del Ministerio de Guerra y Marina
y el Mayor Marcos Pérez Jiménez Jefe
de Estado Mayor Conjunto.
A
Juan Pablo Pérez Alfonzo, el futuro Padre de la Opep,
se le nombró nuevo Ministro
de Fomento y al
abogado Gonzalo Barrios Gobernador
de Caracas…
Se
disolvieron las estructuras del estado que al nuevo gobierno le
pareció apropiado eliminar o remplazar: el Congreso, las Asambleas
Legislativas, los Concejos Municipales, las Juntas Comunales, el
Consejo Supremo Electoral…
♫♫♫
–Oiga,
compay Toño, si quiere nos paramos en esa bomba de allá; yo tengo
mucha sé.
El
compadre de Solórzano Salas iba de copiloto momentáneo en la enorme
gandola cargada de automóviles sin estrenar que finalmente les
autorizaron a trasladar el sábado 20 de Octubre de 1945.
El
dicharachero negro miró con cara traviesa a su compañero:
–Ajá,
¿nos echamos una lisita o qué, ñerito?
–¡Basirruque
no monta en coche! –sonrió Toño– ¡Qué riñones tiene usté,
compa! ¿A ver si pasa algún supervisor de la compañía y nos dan
matarile a los dos?
–No-hombre,
Compay, que va a está pasando naide, no sea aguao.
–Seguro
mató a confiao, valecito. Mejor se aguanta hasta que lleguemos ca’je
la portuguesa Agustina; usté sabe que allá no hay problema, porque
ella nos tapa.
–Tá
güeno –aceptó el Negro.
De
golpe se acordó de lo que le venía rebullendo en la cabeza y le
quería preguntar al muchacho. Mostró sus enormes dientes con
picardía:
–Coye,
compa Toño, hablando ’e la poltuguesa Agustina, ¿a usté entuavía
le gusta la hija d’ella?
–¿Carmen?
–suspiró Toño–. ¡Ay, mi caballo, esa mujer me tiene los
cauchos espichaos! Pero la muy muérgana qué va, no quiere nada
conmigo.
Los
ojos de Encarnación parecían dos pepas de mamón macho:
–¡No
pué sé, Toñito! ¡Usté no me diga que esa ñera tuavía sigue
esperando a Hugo!
–Sí,
vale... todavía –respondió con voz repentinamente sombría y
despechada Toño Solórzano Salas.
♫♫♫
Luego
del último tema musical, el locutor de guardia en las noches y los
fines de semana, Godofredo Mejías, amplió el intermedio:
–Ondas
Populares informa: El
golpe cívico-militar que derrocó al general Isaías Medina
Angarita, quien se rindió ante los rebeldes en horas del mediodía
de ayer viernes 19, como oportunamente informáramos, ha sido
bautizado ya como “La
Revolución de Octubre”...
Mejías
(que vestía hoy una camisa de popelina con coloridos y escandalosos
cocoteros bordados atrás y adelante) sacó una carterita de anís
del bolsillo trasero de su pantalón de caqui y, cuidando que el
Operador no lo viera, tomó un largo trago. Ya más a tono,
prosiguió:
–El
mayor Marcos Pérez Jiménez, Jefe del Estado Mayor del Ejército,
reiteró que los generales Isaías Medina Angarita y Eleazar López
Contreras podrían salir pronto al exilio vía Nueva York.
Cuando
había leído cinco comerciales de la pauta de la emisora, Mejías
levantó la mirada hacia Chuy Moreno para chequear si en el estudio
grande estaban listos para continuar con la radionovela. El Técnico
hizo un movimiento afirmativo en tanto dejaba colar unos acordes de
intriga.
Triple
Ese ubicó la acción:
–Al
día siguiente, temprano, Marcos Caraballo, desvelado y desesperado,
busca encontrarse a solas con su hija Irismariela. Cuando los cuatro
varones se han desperdigado por los riscos con carneros y ovejas y la
hermosa muchacha está tendiendo ropa, se oyen venir sus pasos entre
la tierra del patio trasero...
–Irismariela,
mija, ¿puedo hablar con usted? ¿Dónde anda su mamá?
–Por
allá, Taita, por el otro corral. ¿Qué le pasa?
–No,
a mí no me pasa nada, mija... Atienda: ¿usted por una casualidad
sabrá dónde tiene su mamá los papeles de propiedad de todos estos
terrenos, que es que los necesito...?
–¿Qué
papeles, Taita? Yo no se nada de eso. ¿Por qué?
–¡Por
nada, muchacha!... ¡Válgame Dios, a esta familia se la llevó quien
la trajo!
–Transición,
música tormentosa y los truenos espaciados, ¿oíste, Chuy? –pidió
Bocaranda–... Voy con narrador...
–Ese
mismo día, al atardecer, el cielo se cubre de nubes plomizas y los
truenos anuncian la inminencia de una fuerte tormenta... También en
la choza junto al farallón se presiente borrasca... A la hora de la
frugal cena, ni el padre ni el menor de los hijos, Emiliano, de 8
años, han aparecido. Irismariela, Ramiro, Chucho y Martín tratan de
disimular su propio desasosiego para no aumentar la inquietud
creciente de la madre. Luz María, en tanto les sirve los embutidos
de queso de cabra, indaga:
–¿Pero
y cómo va a ser eso que ninguno de ustedes cuatro ha visto a su
papá ni a Emilianito, ah?
Un
actor cuarentón, aindiado, que hacía un bolito
como Ramiro,
el mayor de los varones, fue el encargado de explicarle a Luz María:
–No,
mamá, a Emiliano sí lo vimos más temprano,
cerca
del farallón negro, pero a papá no.
–¿Emilianito
cerca del farallón negro, Ramiro? ¡Virgen Santa!... ¿Y qué hacía
ese muchacho por esos rumbos tan peligrosos?
La
mujer gruesa de ojos saltones que prestaba su voz a Irismariela
tranquilizó a Luz María:
–Mamá,
no se haga afán; ése conoce esos huracos como la palma de su mano.
–Sí,
Irismariela, pero escuche esos truenos. Lo que viene es una tempestad
de esas de granizo.
Aquí
la voz de la esbelta cubana Liliana Conde se tornó una dolorosa
súplica:
–Ramiro,
Chucho, ustedes que son los mayores, ¿por qué no van a buscar a su
hermanito, ah?
–Vamos
a esperar un rato, mamá. Ese debe andar con el viejo. No deben de
tardar.
A
continuación, tras una brevísima y enervante cortina musical y bajo
la tajante orden de Bocaranda, se desató un verdadero pandemónium
en el estudio: Chuíto lanzó unos acordes trágicos, oscuramente
conmovedores, y fue filtrando una ráfaga de vientos coléricos, en
tanto Camión
imitaba magistralmente los sonidos de una violenta granizada y hacía
un ensordecedor ruido golpeando un trozo de lata de zinc con una vara
de hierro.
Triple
Ese, con el tono y la
intención exageradamente trágicos (instado por los imperiosos
gestos de Bocaranda, que pedía drama), narró:
–¡Ya
a las diez de la noche, Luz María Caraballo no soporta la zozobra y
en plena tempestad, con un farol de aceite por toda guía, sale hacia
las breñas a indagar el paradero del marido y del hijo tuñeco!...
Ramiro y Chucho la secundan, a regañadientes:
–¡Emilianooo...!
¡Marcoooos...!
–¡Papáaaaaaaaa...!
–¡Eeemiiiliaaano...!
–¡Sube
todos los efectos full! –pidió enérgicamente Bocaranda–: ¡Dame
transición muy lenta!
–Toda
la noche dura la recia tormenta... Toda la noche, también, la cada
vez más desesperada y desesperanzada búsqueda de la familia
Caraballo..., hasta que el nuevo día se lleva el temporal…, pero
trae los signos de la desgracia… Unos toques desesperados en la
puerta del rancho sobresaltan la duermevela de Luz María Caraballo:
–¡Comadre,
comadre Luz María, abra rápido...!
–¿Quién
es...? Voooyy...
Se
oyó el chirriar de puerta que Camión
ejecutó esta vez con una de las de su escaparate de trucos.
–¿Qué
fue, comadre Dominga?
–¡Comadre
Luz María, venga, apúrese!
–¿Para
dónde, comadre, qué sucede?
–¡El
ovejo, comadrita; el ovejo de Emilianito apareció en el fondo del
farallón negro!
–¿Quéeeee...?
Triple
Ese (hoy ataviado
de guayabera negra) despidió con voz súper engolada:
–¡Hasta
aquí el episodio especial de hoy sábado de La
Loca Luz Caraballo!...
No se pierda la conclusión de este fantástico radiodrama pasado
mañana lunes 22 a las 7 y 40 minutos de la noche en su espacio
estelar preferido “Noches
de Ronda”, a través
de estas antenas de Ondas
Populares, por una
exquisita cortesía del Almacén
Americano, que anuncia
las nuevas y revolucionarias cocinas a Kerosén Perfection...
Y
como en ello le iba la manutención de su programa, se regodeó con
el comercial:
–¡Higiénicas,
prácticas, cómodas y económicas, las Cocinas Perfection
no ahuman, no manchan,
no despiden olor de ninguna especie y están fabricadas con el más
fino gusto!... Las tenemos pequeñas y grandes. ¡Venga a verlas, en
modelos desde ciento diez bolívares con cuarenta céntimos! Servicio
y repuestos asegurados. ¡Almacén Americano, siempre a sus gratas
órdenes de Pajaritos a La Palma en Caracas, teléfono 6181!...
¡Pronto también en el interior!
X:
EL
DRAMA DE CARMEN
–¡Adiós,
mijo! ¿Pero Calmen tá creyendo en serio que ese individuo va a
regresá por ella? ¡Tá tostá la muchachita, Compay Toño!
Toño
asintió, botando por la ventanilla el cigarrillo que fumaba:
–Claro
que está loca, pero no hay quien la convenza de lo contrario. Ella
jura que Hugo Bosner la va a llevá al altar.
–¡No
juegue! al manicomio será, si sigue así!
Luego
de un momento, chasqueó los dientes el Negro Encarnación:
–Pobrecita,
compay... Usté va a tené que convencela… ¿A quién se le ocurre
que el hijo mayol, el heredero, pué, del Gerente de la Ensambladora
Fold de Venezuela se va a enredá en serio con la hija de una
poltuguesa que tiene una taguara ’e carretera, ah? ¡Hazme tú el
favol, compay!
–Así
es la vida, mi compa. Acuérdese cómo fue la cosa... El tipo, el
Hugo Bosner, estuvo hasta manejando gandolas por orden de su papá
para que se empapara del más mínimo detalle de la compañía;
conoció a Carmen, la enamoró, y la muy zoqueta creyó en todas las
promesas que él le hizo.
–Mire,
Toño Solólzano –se enserió Encarnación–, yo tengo tiempo que
no la veo, pero usté tiene que decile que no siga creyendo en
pájaros preñaos.
–¡No
jó, compa! ¡Ni la mama ha podido convencerla que Hugo nada más
quería pasar el tiempo con ella por joder!
–Más
a mi favol; usté, que la quiere con güenas intenciones, y eso me
consta, convénzala que es una pendejá que siga pensando en ese
patiquín.
–¿Y
qué es lo yo no he intentado?, pero qué va... cada vez que asomo el
tema, me embarulla, me dice que eso es problema d‘ella, que ella
sabe lo que hace...
–¡No,
si así es! –ironizó el Negro, y bostezó largamente–. ’Chacho,
tengo caligüeva...
Al
rato volvió a avivarse en lo que escuchó un bolero en la radio del
vehículo:
–¡Ajá!...
Dele volumen ahí, que esa me gusta... esa es Un
Viejo Amol...
–Esa
misma es.
–Mire,
compa, ¿y ónde me toca a mí?
–¿Manejar?...
No se preocupe; duerma otro rato si quiere. Yo le doy hasta donde la
portuguesa.
♫♫♫
–Ven
a cenar. Ya está servido –dijo con acento áspero Concha, la
esposa de Saturnino Solórzano Salas.
Él
escribía en su vieja Remington
en la habitación que usaba como despacho de trabajo en su casa de la
parroquia La Pastora,
cerca de la iglesia y la plaza del mismo nombre. Sin interrumpir el
tecleo, con cierto fastidio reprimido, murmuró:
–Ya
voy, Concha, ya voy...
–¡Nada
de ya voy, chico, que yo no soy ninguna esclava para estar calentando
comida! –regañó ella con acritud.
Con
un elocuente gesto de resignación (como niño llevado ajuro a misa)
dejó la máquina, echó atrás la silla y caminó sin ganas hasta el
comedor. Se sentó, observó la comida y tomó los cubiertos,
flanqueado por Concha.
–¿Tú
no sabes dónde está Simón? –dijo, agria, ella.
–No,
chica, no sé.
–Pero
bueno, ¿cómo que no sabes, chico?
–Pues
no sé, Concha. Dijo que iba por ahí, a casa de no se quién; que
venía en un saltico.
–¿Y
tú no le preguntaste? –se asombró con exageración ella, poniendo
los brazos en jarras–. ¡Es que francamente, vale, tú eres un caso
serio! ¿Quiere decir que tú vas a dejar que ese muchacho te domine,
que haga lo que le dé la gana es, piazo ‘e zoquete?
Él
soltó ruidosamente los cubiertos con los cuales había cortado y
trinchado un trozo de carne y miró a su esposa.
Concha
era una mujer de mediana edad, muy delgada y pálida, de ademanes
malcriados, insinceros, y rostro que alguna vez fue atractivo pero
que ahora lucía envejecido y amargado. El periodista y locutor, tras
tomar aire profundamente para controlarse y no iniciar una de las
frecuentes discusiones a las que su mujer parecía tan adicta, volvió
a asir el tenedor y probó la comida. Concha, que le observaba
atentamente apoyada en una de las sillas que circundaban la mesa,
volvió a la carga:
–Contéstame
pues, Saturnino: ¿Tú vas a dejar que tu hijo te gobierne?
–Concha,
¿qué es esto, qué le echaste a esta carne? –dijo, paladeando el
trozo de bistec.
–Nada,
¿qué le voy a echar? Tomate y sal... ¡Ahora, si no te gusta mi
comida, cómprate el recetario de cocina de Marichú y te la haces tú
mismo!
Saturnino
masticó un poco más el bocado y luego lo escupió ruidosamente en
el plato:
–Concha,
¡esta carne tiene ajo!
–¡Adiós,
coroto! ¿Quién dijo, quién dijo?
–¡Yo
digo! ¡Yo digo! ¿Acaso no la estoy probando? –se enfureció, tras
volver a arrojar el cubierto contra la losa–. Contesta: ¿le
echaste ajo?
–Chico,
que no.
–¡No
me digas que no, Concha! ¡Tú no me vas a mamar el gallo a mí;
respétame, ah!
–¡Ah
no, mijito! ¿Vas a armar esta tremenda galleta por una migajita de
ajo que a lo mejor se me coló en la carne?
Obstinado,
sabiendo que ella lo que quería era mortificarlo, él rodó con
violencia la silla hacia atrás, se puso de pie y la encaró, pero no
con la cólera ciega del hombre humillado o escarnecido por su mujer,
sino con la furia impotente y tácita que la buena educación y los
sostenidos años de matrimonio le habían sembrado en el alma:
–¡Concha,
por tu madre! ¡Casi 15 años de casados ya, sabes que no me gusta el
ajo, sabes que no lo puedo ver ni pintado y todavía insistes en
engañarme, en hacérmelo comer sin que yo me dé cuenta!
¡Francamente, chica!
Y
ella, defendiéndose, pero con el aire culpable y triunfal de quien
consiguió su propósito:
–Pero
chico, si lo que le puse fue un adarme, ¡y además se lo eché
rallao!
♫♫♫
El
lunes en la tarde, Débora Jaimes, la buena moza Gerente de
Producción de Ondas
Populares, estaba
sentada con aire de preocupación ante su bonito escritorio de vidrio
niquelado cuando Saturnino Solórzano Salas se asomó por la
entreabierta puerta.
–¿Usted
me solicita, señora Débora?
–Sí,
sí, Licenciado; pase y siéntese, hágame la caridad –rogó, con
aire reservado.
Él
entró y se acomodó en el sillón mientras daba un vistazo fugaz a
las bien torneadas piernas de la viuda por encima del cristal.
–Bueno...
usted me dirá –carraspeó él
Débora,
cuyo ánimo no estaba en este momento para apreciar un piropo visual,
se estrujó las enjoyadas manos, nerviosa. Con un gesto ofreció café
del termo que estaba a su espalda, pero el locutor, intrigado, negó
con la cabeza.
Ella,
para esconder el verdadero motivo de la consulta, preguntó algo que
ya sabía.
–Licenciado,
¿hoy es el final de La
Loca Luz Caraballo, no
es así?
Triple
Ese se la quedó
mirando con extrañeza.
–A
las 7 y 40, señora Débora. ¿Por qué pregunta? ¿Se le había
olvidado?
–La
transmisión del sábado fue una verdadera primicia, una idea genial,
un éxito total y absoluto –evadió ella–. Francamente, es
lamentable que esa serie sea tan corta, Licenciado.
–Sí,
estoy de acuerdo con usted. Yo conversé con Bocaranda para
alargarla, pero se rehusó. Dice que los dramas dan lo que tienen que
dar. Bueno, usted lo conoce mejor que yo –remachó, con intención–.
En eso es inflexible. Jura que no hay que malacostumbrar
al público.
–Sí,
hombre... Él es muy delicado en eso, pero imagínese que todavía
seguimos recibiendo llamadas y telegramas, porque como el sábado
usted dijo que hoy terminaba la novela, la gente quiere más; no le
gusta que sea tan corta.
El
locutor, que conocía bastante bien a su patrona, se impacientó:
–¿En
qué le puedo servir, señora Débora? Mire que tengo que redactar
una cuña de un cliente nuevo para “Noches
de Ronda”.
–¿Ah
sí? ¿Otro cliente patrocinador? ¡Congratulaciones!
Saturnino,
con una amable sonrisa, se incorporó y dijo, con extrema delicadeza:
–Señora
Débora, cuando se acuerde para qué me hizo llamar, me avisa y yo
con mucho gusto...
Ella
volvió a cruzar las piernas sin saber cómo comenzar:
–No,
no, siéntese, Saturnino... Ya sabe usted que goza de mi aprecio y de
mi profunda estimación, y debe perdonarme esta confidencia que voy a
hacerle, pero es que estoy... algo desorientada.
–Ah
caramba... Expláyese con toda confianza, señora Débora –sonrió
él.
–Se
trata de... de mi hija, Ana Sofía Jaimes de Poblete, mi única hija.
Usted no la conoce, ¿verdad, Licenciado?
–No,
no, señora Débora, no tengo el gusto –negó, sonreído y cada vez
más confundido.
Ella
encendió uno de sus cigarrillos estadounidenses y continuó por las
ramas:
–Ana
Sofía es... una buena muchacha, pero algo rebelde, porque Tulio, mi
difunto marido, que en gloria esté, la consentía mucho, ya sabe
usted cómo es eso.
–Sí,
claro, también tengo un hijo –volvió a sonreír Triple
Ese, cada vez más
impaciente–. Se llama Simón.
–Ah...,
bueno –replicó ella, haciendo un gesto vago con la mano–, el
asunto es que, a lo mejor por llevarle la contraria a su padre, como
quien dice, Ana Sofía se casó con un patán, un abogado tramposo y
pícaro –y como notara el gesto de incomodidad e impaciencia del
locutor, pidió–: –Permítame hacerle el cuento corto, Saturnino:
yo no puedo aconsejar a mi hija porque jamás tuve desavenencias con
mi marido en 25 años de casados, y además ella no me haría caso;
por eso se me ocurrió que tal vez usted... Bueno, no sé, quizá
podría darle alguna recomendación, una guía o algo así...
Débora
Jaimes se interrumpió al notar que Saturnino Solórzano Salas había
comenzado a reír suavemente, pero sin burla, cuando ella mencionó
la palabra recomendación.
–¿Qué
le sucede, Licenciado Solórzano?
–¡Por
favor, discúlpeme, señora Débora! –se sonrojó él–. No fue mi
intención interrumpirla ni mucho menos mofarme, pero es que –una
expresión dolorosa sustituyó la amarga risa. Un pañuelo asomó a
sus manos–. ...Señora Débora, buscó usted a la persona menos
apropiada para darle un consejo a nadie en esa materia.
–¿Y
eso por qué? Usted es un hombre estudiado, inteligente; además,
tiene muchos años de casado, ¿no es eso?
–¡Sí,
pero lo que usted no sabe es que quien necesita una recomendación
matrimonial soy yo!
–¡Ah,
caramba, mire usted cómo son las cosas! ¿Y eso por qué,
Licenciado, qué le pasa? ¿Se lleva mal con su esposa?
–Mal
no, señora Débora... ¡Me llevo peor!
♫♫♫
–¡Muy
bien, elenco, todos atentos, por favor, que viene! –avisó David
Bocaranda Sucre, enérgico como siempre y mirando por el cristal a
sus actrices y actores–. ¡Es capítulo final, pónganle el
corazón, ¿sí?; cerremos con broche de oro!
Una
ráfaga musical atronadora y angustiante inundó los altavoces. En el
estudio (al que pronto le pondrían gradas para que el público
radio-oyente pudiera asistir a las transmisiones en vivo y a las
grabaciones) todos sabían que había llegado la parte más dramática
del nudo argumental de la historia, el segmento en el cual se les
exigiría un mayor esfuerzo.
Chuíto
puyó con el pulgar el botón del cajetín de la música de la
presentación y a la señal de Bocaranda Sucre, Triple
Ese recitó así, con
conmovido acento:
–El
hambre lleva en sus cachos
algodón
de tus corderos;
tu
ilusión cuenta sombreros
mientras
tú cuentas muchachos;
una
hembra y cuatro machos,
subida,
bajada y brinco,
y
cuando pide tu ahínco
frailejón
para olvidarte,
la
angustia se te reparte:
uno,
dos, tres, cuatro, cinco...
–Música,
dame más música, Chuy, por favor –pidió el Director, y sus manos
se elevaron durante unos segundos, y cuando bajaron, su dedo (el
índice) señaló a la actriz que hacía de madrina de Emilianito, el
hijo menor de Luz María Caraballo (ahora perdido entre los
farallones andinos, según la trama).
–¡El
ovejo, comadre Luz María ; el ovejo de Emilianito, mi ahijado,
apareció en el fondo del farallón negro!
–¿Quéeeeee...?
Otro
acordetazo
enervante hizo que Liliana Conde-Caraballo
estrujara con angustia las hojas del libreto y se ajustara los
espejuelos:
–¿Qué?...
¡No... no es posible, comadre...! ¡Eso no es posible!
–Bueno,
mire, el marido mío vio al animal solito, comadrita, pero como ellos
eran inseparables...
–¡Dios
del cielo, yo lo presentía, yo lo presentía!... ¡Vamos, comadre
Dominga, lléveme para allá!
–¿Y
no le va a avisar a los demás hijos suyos?
–Están
durmiendo, porque pasamos la noche en vela... Déjelos quietos.
¡Vamos, vamos...!
–Lo
que viene es un pensamiento –advirtió Bocaranda, y Chuíto
manipuló la perilla que abría el efecto de eco o resonancia en el
micrófono que usaría la protagonista para su fervorosa súplica
interior:
–¡Virgen
Dolorosa, que sea el carnero únicamente, que sea el carnero
únicamente!
–¡Cierra
el eco!
–Ah,
comadrita, ¿y apareció el sinvergüenza ese del compadre Marcos?
–¡Un
ramalazo de angustia enturbia la mirada de Luz María Caraballo al
pensar que puede haber perdido hijo y marido en una sola noche, y se
lleva las manos al conturbado y lloroso semblante, y mira hacia
arriba, hacia el cielo andino, que otra vez ha quedado
inmaculadamente limpio, teñido de un azul doliente, y repite la
inútil plegaria, esta vez en voz alta y desesperada!
–¡Que
sea el carnero únicamente, Dios Todopoderoso..., que sea únicamente
el carnero!
–¡Venga,
coño, la música fúnebre arriba unos segundos! –imploró
Bocaranda, ronco, tratando de que la sensación del deleite puro y
casi místico del compromiso artístico llevado a feliz término no
interfiriera con su papel de guía–. ¡Y el viento bien fuerte,
Chuy! ¡Entra, Triple
Ese!
El
narrador del radio-teatro pareció sufrir una convulsión a
consecuencia del apremio que el clímax dramático ejercía sobre su
ánimo y sobre su responsabilidad de voz omnisciente y conductora de
los sentimientos y emociones del radioyente:
–¡Pero,
desgraciadamente, no es únicamente el carnero!... A unos pocos
metros del ovejo destrozado en el fondo del barranco, las comadres
consiguen el cuerpo sin vida de Emilianito Caraballo, el hijo
menor... ¡El alucinante grito de angustia de Luz María resuena por
riscos y cañadas y desfiladeros y se queda repitiendo entre la
piedra eterna lo efímero de la existencia humana!:
–¡Nooooo...,
Emiliano no, mi Dios, Emiliano nooooooooooo...!
Luego
del impresionante alarido de genuino dolor que la versatilidad de la
actriz cubana sembró en el estudio (¡y en la sensibilidad de los
numerosísimos oyentes del espectáculo radial en casi todo el
territorio nacional, a no dudarlo!), siguió la música espeluznante
que subrayaba el terrible convencimiento de la muerte del menor de
los vástagos del personaje protagónico, y acto seguido surgió el
largo puente musical que aseguraba la esperada y necesaria catarsis
dramática:
–A
los tres días, luego del entierro de Emilianito, un muro de torpe
silencio se interpone entre los hijos y la madre... Los cuatro
sienten que ella, de algún modo, los culpa, pero ningún reproche
alcanza a salir de los labios de Luz María Caraballo; únicamente
sus negros ojos la delatan... A los pocos meses se recibe una carta
de Marco Caraballo, el marido ausente, por intermedio de un arriero
del pueblo vecino... No hay en ella ninguna explicación; sólo la
incierta promesa de que un día regresará; nada más... Con el pasar
de los días, el carácter de Luz María se torna hosco y ausente con
todos, excepto con Martín, el menor de los varones vivos. Como es
natural y humano, los tres mayores resienten el trato agresivo y
vejatorio de la madre, y un amanecer gris y tormentoso los catres de
Ramiro y Chucho amanecen ociosos; el mortecino sol sorprende a
Irismariela, la mayor, constatando, catre por catre, que los páramos
le han robado ya tres hermanos... Sólo quedan en la casa ella,
Martín el menor, y la atontada madre...
Se
produjo otra pausa vocal para la música oscura y tenebrosa que
Chuíto escogió para el anticlímax. La narración se tornó
sombría, fúnebre:
–De
la suerte de Ramiro y Chucho, los dos hijos mayores, nunca se supo
nada digno de considerarse veraz. En cuanto a Irismariela, la única
y rebelde hembra, Dominga, la comadre, la misma que trajera la
noticia de la muerte del cordero de su ahijado Emilianito meses
atrás, entra una mañana de sol serrano a la choza con parecida y
escandalosa conmoción:
–¡Comadre!...
¡Comadre Luz María...!
–De
entre las brumas de los catres vacíos y los tristes balidos de
ovejos deslanados, trasquilados, que van y vienen por la miserable
choza sin objeto ni control, surge una sombra pálida, un ser frágil,
murmuroso, inquietante, que interroga casi involuntariamente:
–¿Ajá,
comadre?
–Comadre,
¿sabe lo que me dijeron esta mañanita en Laguna Encantada?
–¿Qué
será?
–¡Pues
que Irismariela, la hija suya apareció, comadrita!
–¿Irismariela...?
–¡Ah
pues, ¿no le estoy diciendo? Mire, estaba trabajando en... bueno, en
una casa de... de “esas” de... de citas, usted sabe, por allá
por Cúcuta, en Colombia... ¿Cómo le parece, comadre?
–¡Comadre
Dominga, a que usted no me adivina cuántos ovejos había en el
pesebre del Niño Jesús la noche de Navidá!
–¿Qué...?
Pero comadre Luz María, ¿usted entendió lo que le dije...? Qué
Irismariela se metió a...
–¡Umjú!
¡Treinta y tres ovejos, pues, ¿cuántos iban a ser!
¡Ajájajajaja....! ¡Segurito que usted me iba a decir que eran
diez, ¿no ve que usted no sabe contar? ¡Venga, venga para afuera
para que los enumeremos! Venga... Mire, son... once... doce...
trece...
–¡Final,
final, el vals andino del final, rápido, ya, Chuy, coño! –se
emocionó hasta las lágrimas Bocaranda, y Chuíto (también con los
ojos aguados) dejó filtrar la sentimental y nostálgica melodía del
apogeo del entretenimiento radial.
Saturnino,
igualmente arrebatado (como todos los demás integrantes del elenco),
concluyó, echando mano a la dosis de sobriedad y control que quince
años de experiencia profesional le brindaban:
–¿Qué
sucedió con Martín, el otro hijo varón? ¿Regresó Marcos
Caraballo alguna vez, el esposo vacuo y padre irresponsable...? ¿Y
el Juez Sulbarán? ¿Es cierto que consiguió apropiarse de las
tierras que tanto ambicionaba, y que poseyó finalmente a la mujer
que era la legítima dueña de aquella heredad? ¡Dejemos que la
última estrofa del sublime poema de Don Andrés Eloy Blanco que la
ha inspirado sirva de epílogo a esta magistral historia!
–¡El
vals, Chuy, arriba, arriba, chico! ¡El vals, más arriba, coño,
más...! ¡Mantenlo ahí!... Un poco más –pidió desesperadamente
Bocaranda Sucre, como temeroso de que se rompiera el encanto del
lacrimoso final del dramático– ¡Ahora, ahora sí, que entre el
narrador...!
Saturnino
volvió a presionar su oreja izquierda y recitó con voz sabiamente
trágica:
–Tu
hija está en un serrallo,
dos
hijos se te murieron;
los
otros dos se te fueron
detrás
de un hombre a caballo.
“¡La
loca Luz Caraballo!”,
dice
el decreto del Juez,
porque
te encontró una vez,
sin
hijos y sin carneros,
contandito
los luceros:
...seis,
siete, ocho, nueve, diez...
–¡Arriba,
arriba la música, Chuíto, arriba full, full, carajo, que se
reviente esa vaina! –gritó, ahora sí, entre emocionadas risas el
Director y Libretista de la radionovela terminada, en medio de los
aplausos entusiastas, las sonrisas, los parabienes y algún llanto
sentimental de los participantes en el programa.
XI:
¡VARIADITO,
COMO EL PAÍS!
Las
revueltas aguas de la política nacional lentamente fueron volviendo
a su cauce, en medio de las dificultades que obviamente representaba
para las nuevas e inexpertas autoridades asumir las riendas de un
país semiagrario, semipetrolero, semidemocrático, sin continuidad
administrativa y en un lógico clima de improvisación en todos los
niveles.
El
viernes 30 de noviembre de 1945, la Junta Revolucionaria de Gobierno
decidió “extrañar” del territorio venezolano a varios líderes
políticos por “razones de seguridad pública”, y así lo anunció
a la prensa escrita y a la radio. Fueron extrañados
(para respetar el eufemismo del gobierno) del país los dos ex
presidentes López Contreras y Medina Angarita, y el ex ministro
Arturo Uslar Pietri, entre otras muchas personalidades del quehacer
nacional cuya presencia se consideraba “perturbadora”.
Tal
como lo prometiera, uno de los primeros intereses del nuevo gobierno
fue tratar de resolver la menguada situación económica y moral del
ejército, para lo cual se decretaron aumentos en la ración
pecuniaria de todos los componentes militares del país, desde tropa
hasta oficiales, y la exoneración de pago de algunos servicios
domésticos como barbería, lavado de ropa, etc, que eran descontados
de su peculio, así como el mejoramiento de su alimentación y
vivienda, y el de sus familias.
También
en este mes de noviembre, por medio de un Decreto-Ley, se creó la
comisión encargada de la redacción del proyecto de convocar al
pueblo a elecciones, hecho que no sucedía desde los tiempos del
general Joaquín Crespo, cincuenta años atrás.
♫♫♫
–Mamá,
le juro que ya no aguanto más –dijo, desolada, Ana Sofía Jaimes
de Poblete bajando la mirada hacia el lujoso mantel verde con dibujos
de rosas blancas.
El
discreto rumor de las conversaciones de las gentes de las mesas
vecinas y el solaz que propiciaban el pianista y su instrumento sobre
una pequeña tarima tornaron la respuesta de la madre en apenas un
murmullo:
–Pero
Ana Sofía, mija, no puede ser tan grave. Trate de llevar las cosas
con moderación, porque usted siempre ha sido un tanto rebelde, no se
le olvide. Yo sé que ese hombre la quiere, Ana Sofía.
Ana
Sofía levantó el rostro con presteza y miró a la madre largamente.
La hija de Débora Jaimes y esposa del depravado abogado Wilfredo
Poblete poseía un rostro de óvalo perfecto, facciones y nariz
helénicas, decididas y agresivas; brillantes y rasgados ojos
avellana, de un castaño claro y límpido; sedoso cabello azabache y
resplandeciente piel color canela, como la de su madre. No
sobrepasaba los veinticinco años, pero una sombra de indefinible
amargura opacaba su salvaje belleza.
Madre
e hija se habían citado en la taberna del Hotel Ávila, uno de los
más populares restaurantes (entre la gente pudiente) de Caracas.
Hacía
solo unos años atrás que, poco a poco, la capital venezolana había
comenzado a dejar de ser provinciana y estaba aprendiendo a degustar
la cocina internacional, sobre todo la francesa, de la mano del
aventurero, chef y empresario galo Pierre René Delloffre, ahora
caído en desgracia. El emprendedor francés regentó, entre las
esquinas de Cochera a Puente, en la Parroquia San Juan de Caracas, el
famoso restaurante Longchamps,
separado del cabaret Trocadero
únicamente por una gruesa cortina. Ambos negocios fueron saqueados y
destruidos por las turbas antimedinistas el 19 de Octubre del 45,
pues se sabía en Caracas que Delloffre era amigo personal del
presidente Medina Angarita.
La
crisis en el matrimonio de la joven Ana Sofía era tal que se atrevió
a revelarle a su madre parte de la verdad, a pesar de la humillación
que ello significaba para la orgullosa y bella muchacha.
Una
sonrisa amarga y fugaz precedió a su irónico comentario:
–¿En
verdad usted cree que mi esposo Wilfredo me quiere, mamá? ¿Después
de todo lo que le he contado?
–Mire,
hija, sé que debe estar muy confundida –musitó Débora, y con
discretas miradas a los lados y fingiendo leer la carta de vinos,
murmuró–: Mija, ¿por qué no agarra y se va con su esposo a
temperar unos días en Macuto? Tal vez con el cambio de aire y la...
–¡Mamá,
¿por qué no puede entender que estoy a punto de cometer una locura
si esto sigue así?! –estalló, aunque contenida, la joven–. ¡Ya
no aguanto más!
Débora
se escandalizó, pero lo supo disimular.
–¡Muchacha,
no diga sonseras! Parece usted un personaje de esos de las
radionovelas, pero la vida no es una radionovela, Ana Sofía; la vida
es... la vida es la vida –dijo, como resumiendo en la frase la
esencia de su filosofía existencial.
Al
rato clavó en la hija su mirada esmeraldina:
–Mire,
mija, las mujeres estamos en este mundo de hombres para casarnos,
tener hijos y atender a nuestros maridos, no para criticarlos o poner
en entredicho lo que hagan.
–Pues
usted no parece ser unas de ésas, mamá, y perdone que se lo diga.
–Pero
lo fui, Ana Sofía..., al menos mientras su papá estuvo vivo.
Luego
suavizó rostro y tono:
–Ana
Sofía, escúcheme bien: ni siquiera piense en la palabra divorcio,
porque no hay causal en nuestras leyes para que una mujer pida la
disolución del contrato matrimonial por esas nimiedades que usted me
cuenta.
–¿Nimiedades,
mamá?
–¡O
“gravedades”, si usted prefiere, Ana Sofía, pero ese es uno de
los riesgos del matrimonio, y yo bastante se lo advertí! ¿Cómo
cree que nos tratarían nuestras amistades y relacionados si a usted
se le ocurriera propiciar tamaño escándalo, ah?
Un
largo silencio siguió a la frívola pregunta-comentario. Un
carraspeo largo y exagerado delató a Débora Jaimes:
–En
fin, vamos a ordenar, Ana Sofía. Tengo apetito.
–Yo
no –dijo la chica con tono fúnebre.
La
madre se desesperó un poco:
–¡Ay,
Ana Sofía, cómo es usted!... A ver... ¿Qué es lo que quiere? ¿Qué
hable yo con el pájaro bravo ese de su marido y le cante las
cuarenta?
Los
deslumbrantes ojos color miel volvieron a mirar acusadoramente a los
verdes:
–No,
mamá... no deseo eso. Ni nada. Únicamente quería... desahogarme.
¿Me pide un jerez, por favor?
–¿Un
jerez? –saltó, escandalizada–. ¡Pero Ana Sofía, esa es una
bebida para hombres! –y pasó al tuteo rezongón–: ¿Y desde
cuándo bebes tú eso, niña?
–Desde
poco después de casarme, mamá. ¿Lo pide usted o lo pido yo?
–¡Jesús
contigo, Ana Sofía! –se le escapó a la madre, en voz alta.
♫♫♫
–Escucharon
"Noche de Ronda", en la voz su autor, el mexicano Agustín Lara.
Triple
Ese vestía en esta
ocasión una vistosa guayabera roja y azul.
–En
Ondas populares
son ahora las diez en punto de la noche de hoy lunes 31 de diciembre,
última
noche de este año
1945, y así hemos llegado a ésta entrega especial de su programa
Noches de Ronda,
por una fina cortesía del Almacén Americano, entre las
caraqueñísimas esquinas de Pajaritos a La Palma... Nos
despedimos con un viejo
refrán castellano: “Cuando
el año es frijolero, del cielo nos caen las vainas.”
¡Próspero 1946, amables amigos, y ahí está "El
Año Viejo", del
también azteca Tony Camargo...!
♫♫♫
Toño
sonrió examinando el tapizado de los asientos y la madera pulida del
tablero del auto en el cual se desplazaban por el centro de Caracas.
–Y
entonces, Saturnino, ¿cómo va todo? Me imagino que requete bien,
porque este Studebaker
es nuevo, ¿no?
–Del
año pasado, pero comprado a crédito, tú sabes. ¿Y tú...? ¿Sigues
de camionero?
–De
gandolero, y a mucha honra, hermano mayor.
–Pues
me parece muy bien, vale. El trabajo decente no deshonra a nadie y
sirve para que uno se pueda meter la mano en el bolsillo –filosofó
Saturnino, al tiempo que daba un giro violento al volante para evitar
rozar una reata de burros que salió de una bocacalle.
Sonrió
de nuevo mirando a Toño:
–¿Y
de amores qué? ¿Algún caramelito, ah?
–En
esa materia estoy fregao, ñero.
El
locutor frenó para dar paso a uno de los pocos tranvías (uno color
naranja) que aún quedaban en Caracas y que iba rumbo a La
Pastora con pocos
pasajeros cuando apenas comenzaba la tarde.
–¿Entonces
sigues soltero, chico? ¡Mucho cuidado y te quedas por fuera como mis
guayaberas, hermano menor!
–¡Epa,
hermano, qué es! –rio el muchacho–. No, mire, hay una muchacha
de Valencia que me tiene, como se dice, la empalizá en el suelo,
vale; en tres y dos me tiene. Una portuguesita.
–¿Una
portuguesa? ¿Sí, Toño? –sonrió Saturnino, satisfecho.
A
lo largo de la empedrada calle, en las tiendas y ventorrillos se
notaba aún el ambiente del pasado mes de diciembre por las
colgaduras rojas y verdes y las luces navideñas de colores que
titilaban aún de día, como nostálgico testimonio de lo que la
gente compraba año a año para adornar sus nacimientos.
Los
hermanos Solórzano Salas habían quedado huérfanos de padre y madre
seis años atrás (el año 40), cuando el matrimonio (que residía en
Cumaná con el camionero) murió repentinamente contagiado de una
extraña y maligna deshidratación que los médicos del lugar no
pudieron diagnosticar a tiempo y la cual atribuyeron, luego de los
decesos, al cólera.
Aunque
el padre, Gregorio Solórzano Pérez, Capitán (en situación de
retiro) del ejército, intentó que de la clínica local les
trasladasen a su esposa y a él al Hospital Vargas de Caracas, cuando
llegó la autorización y se consiguió una ambulancia, ya no había
nada que hacer.
Luego
del primer luto, el periodista quiso que su hermano menor se viniese
a vivir con él a la capital, pero Toño declinó el ofrecimiento y
se quedó en la casa paterna, atendido por una tía y por la solícita
comprensión de sus vecinos y sus amigos.
–Mira,
estaba pensando una cosa ahorita... ¿Tú tienes algo que hacer hoy,
Toño?
–Eeehh...
Pues... no; hasta mañana temprano, que tengo que irme cargado para
Maturín con unos repuestos, no. ¿Por qué?
–¿Cómo
te parece si pasamos de un saltico a mi casa, buscamos a Simón y nos
vamos a ver una película?
–¿Con
mi sobrino? ¡La
cátedra, hermano! ¿Y
qué película?
–Ya
va, déjame devolverme aquí –atajó.
Dió
un giro en “u” en la esquina del Puente del Guanábano, el
preferido de los suicidas en la capital, y siguió el hilo de la
conversación:
–Me
parece que en el cine Apolo
dan una de Cantinflas, Toño.
–¡Cátedra,
Saturnino!... ¡Malhaya que no sea en Valencia, para atreverme a
invitar a la portuguesita aprovechando que estoy con usté, hermano!
–¡Adiós
cará! –bromeó Saturnino– ¡Este bicho
llega hasta allá en un soplo, chico!
♫♫♫
–¡Escuchaban
El Manisero,
la estupenda pieza de Moisés Simons en la voz del astro cubano
Antonio Machín! Ahora complacemos a unas buenas amigas escuchas de
la Laguna de Catia con don Andrés Cisneros cantando Cuatro
Líneas para el Cielo...
¡Suénala, Chuy Moreno!
♫♫♫
En
enero del año 1946, concretamente el domingo 13, se constituyó una
nueva agrupación política presidida por el doctor Rafael Caldera
Rodríguez, quien era el Procurador General de la Nación: COPEI se
llamó (Comité de Organización Política Electoral Independiente).
Entre
sus numerosos miembros directivos fundadores estuvieron José Antonio
Pérez Díaz, Mauro Páez Pumar, Lorenzo Fernández y Pedro del
Corral, para sólo mencionar algunos al azar.
Esta
organización partidista, junto con las opositoras y ya constituidas
URD y PC presentó dura batalla electoral a Acción Democrática
conforme se iba acercando la fecha de las elecciones anunciadas por
la Junta Revolucionaria de Gobierno (en la cual, como sabemos, tenía
mayoría de miembros el partido del Presidente de la misma, Rómulo
Betancourt).
Los
enfrentamientos en los mítines entre los partidarios de las cuatro
asociaciones políticas no se hicieron esperar, la mayoría de las
veces con saldo de muertos y heridos, tanta era la efervescencia
despertada por la promesa de formar parte del pastel electoral.
Cuando
llegó el mes de Octubre de 1946, fecha de elegir la Asamblea
Constituyente que redactaría una nueva Constitución y un nuevo
estatuto Electoral, se embochinchó completamente el clima electoral;
los voceros de los aludidos cuatro partidos políticos principales
recorrieron el territorio nacional prometiendo lo que la gente quería
que le prometieran, y las descalificaciones y ofensas a los rivales
estuvieron a la orden del día.
La
iglesia, el comercio, las asociaciones civiles no partidistas, el
magisterio, las mismas fuerzas armadas y hasta los incipientes
sindicatos petroleros (y no petroleros), todos se vieron envueltos en
la vorágine electorera, amén de que este ambiente de enfrentamiento
civil contribuyó a la agitación insurreccional en los cuarteles
militares, amenaza siempre constante en la patria de Bolívar desde
su nacimiento como nación independiente.
Se
comentaba insistentemente que el exilado general Eleazar López
Contreras (el ronquito,
asentado ahora en Medellín, Colombia) a fuerza de comunicados,
declaraciones, cartas y telegramas a amigos, partidarios y hasta a
sus enemigos, ayudaba a sembrar el clima de zozobra que caracterizó
los meses posteriores al golpe de Octubre del 45 en Venezuela.
Finalmente,
el domingo 27 de Octubre de 1946 el pueblo concurrió masivamente a
manifestar su voluntad en las urnas electorales para elegir a los
miembros de la tan esperada Asamblea Constituyente.
Los
Diputados por Acción Democrática obtuvieron casi el 79% de las
papeletas; los de COPEI, casi el 14%; los de URD, el 4,25% y los del
Partido Comunista el 3,62%.
XII:
GARDEL:
DOCE AÑOS DE AUSENCIA
En
noviembre del mismo año, Saturnino Solórzano Salas fue llamado para
integrar el nuevo staff de un circuito radial con sede en Caracas
cuyos propietarios (pese al caldeado clima político del país) se
arriesgaron a invertir en la modernización y transformación de su
empresa y quisieron contar con el radiodifusor en su triple condición
de locutor, periodista y productor. Buscando renovar sus relaciones
laborales, ya que las sentimentales estaban en bancarrota, el
comunicador aceptó y se despidió, en los mejores términos, de
Débora Jaimes, su jefa en Ondas
Populares.
–Créame,
señora Débora, que me marcho por motivos estrictamente
profesionales; ya le dije que la oferta que me hicieron es demasiado
generosa como para rechazarla, pero espero que quedemos amigos como
siempre lo hemos sido.
–Pero
desde luego, Saturnino –respondió ella, cálida–. ¿Por qué no
habíamos de quedar así? ¡Por supuesto que sí, y demás está
decirle que Ondas Populares sigue siendo su casa, Licenciado!
–Muchísimas
gracias. Ojalá no tenga que arrepentirme de mi decisión.
–¡No
diga eso, Licenciado Solórzano! ¡Nada de lo que hagamos en la vida
para mejorar puede ser motivo de arrepentimiento!
Lo
dijo tomando una de sus manos cariñosamente, y él sintió que la
bella y distinguida viuda hablaba con sincero convencimiento. Con un
nudo en la garganta, la abrazó:
–¡Dios
la bendiga, señora Débora!
♫♫♫
El
aguacero hizo huir momentáneamente a los patinadores que en los dos
últimos meses del año acostumbraban reunirse al caer la tarde en
verdaderas bandadas en el interior y los alrededores del parque de
Los Caobos
formando interminables y ondulantes cadenas humanas de alegres
muchachas y muchachos, cual colorido ciempiés con ruedas. Pacheco,
el tradicional frío caraqueño que bajaba tenazmente del cerro El
Ávila en noviembre, diciembre y enero, era celebrado (y combatido) a
punta de guayoyo, café con leche, chocolate y abrigos y chaquetas y
suéteres de todos los colores, texturas y grosores.
Los
días de diciembre de 1946 (previos a la instalación de la Asamblea
Constituyente) estuvieron signados por la agitación popular y por
los desencuentros sociales. Casi todas las corrientes políticas del
país le hicieron férrea oposición al gobierno y al partido Acción
Democrática, acusándoles de extremistas y sectarios por la gran
ventaja electoral que habían conseguido. Se produjeron pequeños,
medianos y grandes alzamientos militares, y la Junta Revolucionaria
se vio obligada a suspender las garantías ciudadanas de nuevo.
Se
alzó un Mayor en Carabobo, y se alzó en Valencia un Teniente
Coronel ¡hermano de Marcos Pérez Jiménez, el Jefe del Estado
Mayor, nada menos! Fueron detenidos numerosos ciudadanos (civiles y
militares) acusados de conspirar para derrocar al gobierno, entre
ellos el orador y líder de URD
Jóvito Villalba, y muchos de los oficiales conjurados en Octubre del
45.
Se
declaró a prensa y radio que el ex presidente López Contreras,
desde Colombia, era el artífice de la conjura (para variar), pero no
se presentaron pruebas de ello. Finalmente, el martes 17 de diciembre
de 1946 se instaló solemnemente la Asamblea Nacional Constituyente.
Como Vicepresidentes fueron nombrados Jesús González Cabrera y el
sindicalista Augusto Malavé Villalba, y el poeta y abogado Andrés
Eloy Blanco fungió de Presidente.
♫♫♫
A
comienzos de Febrero de 1947, en un pequeño edificio remodelado y
equipado para tal fin, se reinauguraron los estudios de la
refaccionada estación radial que había llamado a sus filas al
popular Triple Ese,
con la nutrida asistencia de lo más granado de las llamadas fuerzas
vivas del país.
Saturnino
Solórzano Salas (que en la nueva emisora ya no quiso usar su
pegajoso apelativo), en su calidad de Jefe de Locutores,
profundamente emocionado, inició la nueva programación con una
transmisión dramatizada especialmente realizada por él para la
ocasión:
–¡Desde
Caracas, Venezuela, cuna del Libertador Simón Bolívar, transmite
Radio Cultura, la señal inteligente que prefiere la gente...!
Presentamos: “Tierra de Gracia, el Luminoso Mañana”, un programa
de Saturnino Solórzano Salas!
♫♫♫
Por
exigencias de la Gerencia de Producción de su nueva estación
radial, Saturnino tuvo que incorporar (igual que en la otra emisora)
a su programa musical nocturno “Noches
de Ronda” el
ingrediente que garantizaba el éxito de público (y de
patrocinadores, especialmente los de productos del hogar como
detergentes y artículos de limpieza): los programas dramáticos
(radioteatros o
radionovelas).
Para
ello invitó a cenar y a unos tragos a su antiguo compañero de
equipo, el Libretista y Director David Bocaranda Sucre, y le hizo una
tentadora oferta. El escritor, que se sentía desaprovechado en la
estación de Débora Jaimes, además de que estaba reñido
(sentimental-mente) con ella, decidió probar suerte con su antiguo
Productor y aceptó trabajar en Radio
Cultura, aunque no
abandonó del todo sus programas en Ondas
Populares.
Como
estaban a mediados del mes de junio, decidieron comenzar con un
programa especial, dramatizado y musical, sobre el gran cantor
argentino Carlos Gardel, para conmemorar los doce años de su trágica
desaparición. Bocaranda buscó a Raúl Montenegro, un actor uruguayo
conocido suyo que mataba
tigres en otras
emisoras como actor de carácter, y se lo trajo para que interpretara
al gran Carlitos Gardel. Saturnino sería el narrador, por supuesto.
Tras
una semana completa de campaña de promoción e intriga publicitaria,
el sábado 22 de junio grabaron el Especial para lanzarlo al aire en
horario estelar al día siguiente, domingo 23, víspera del doceavo
aniversario de la muerte del inmortal cantor de tangos.
Bocaranda
escribió el libreto, el cual discurría sobre los días que
permaneció el celebrado tanguista en nuestro país con sus músicos,
aderezado con la inclusión de sus más renombrados éxitos
musicales.
–Cuando
quiera, poeta; aquí estamos listos –dijo Saturnino, mirando hacia
la cabina de controles. Bocaranda Sucre le hizo señas de que
esperara.
–¡Grabando!
–dijo Críspulo, el Operador asignado a la grabación en Radio
Cultura, un cuarentón delgado y bajito, muy sangre liviana, con un
bigotito a lo Clark Gable y de fácil sonrisa.
El
Director habló por su micrófono (toolback,
una herramienta que no tenía en Ondas
Populares) a los del
estudio:
–¡Estamos
grabando Gardel,
señores!, ¿oyeron? ¡Atentos...! ¡Señor Narrador, por favor
identifique!
–Grabando
“Carlos Gardel, 12
años de Inolvidable Ausencia”...
–Perfecto...
¡Arrancamos!... ¡Sonido de escritura para iniciar, señor
efectista!
El
de los efectos de sonidos en el estudio (que no era Camión,
porque no pudo asistir a éste por estar matando
otro tigre en Radio
Continente), un sujeto como de cincuenta años, retaquito y aindiado,
tomó un trozo de cartón y con la uña comenzó a hacer como unos
rasguños que semejaban al oído con bastante precisión el ruido de
los trazos de una pluma fuente sobre papel.
–Ponle
un punto de eco al uruguayo, Críspulo –ordenó Bocaranda al
técnico–, porque se supone que Gardel está escribiendo una carta
y hay que dar la sensación de que la señora está escuchando a su
hijo...
Raúl
Montenegro, que sabía que la vida le estaba brindando una inesperada
oportunidad de lucirse (a un mismo tiempo y compás) como actor, como
amante del tango y como uruguayo, echó el resto desde el principio y
comenzó a dar verosimilitud a la leyenda:
“Mi
querida mamita: He tardado un poco en escribirte, primero por no
saber dónde debías contestarme, pues como me cambio muy seguido
tengo miedo se pierdan las cartas, pero yo haré que cuando salga a
otro sitio me las envíen a donde yo vaya. Como ves te escribo desde
Venezuela, el país que vos conocés lo mismo que tío Juan; aquí me
han recibido como a un presidente. No te podés imaginar; las
películas han hecho una popularidad enorme...”
–Ve
colando El Día Que Me
Quieras, y lo dejas de
fondo... ¡Pasos suaves y abre ventana!
El
eco de las fustigantes órdenes de Bocaranda llegó al estudio y el
hombre de los efectos de sonido reprodujo el ruido apagado de unos
pasos y luego el chirriar de una ventana al abrirse.
Montenegro-Gardel
prosiguió, apropiado ya de la piel del peligroso (por lo conocido y
popular) personaje.
–¡Estos
venezolanos...! ¡Qué lindos y sentidos que son, qué cálidos! ¡Es
que no hay manera de que abandonen los alrededores del hotel! ¡Qué
gran corazón que tienen!
El
tema musical interpretado por Gardel (autoría suya y de Alfredo Le
Pera) se mantuvo de fondo como colchón a la narración que hizo a
continuación la sobria voz de Saturnino Solórzano Salas:
–Tras
concluir, en papel con membrete del sitio en el cual se aloja, la
misiva dirigida a su madre en Argentina, y luego de dedicar una
sonrisa al aparato de radio que reproduce el tema musical de una de
sus películas, se asoma por la ventana de su lujosa habitación en
el segundo piso del Hotel Majestic, frente al majestuoso Teatro
Municipal de Caracas, un hombre cuya visita, acontecida hace varios
días ya, no ha cesado de turbar la casi conventual tranquilidad de
la capital venezolana... ¡Y con toda razón: se trata del gran
cantante conocido como El
Zorzal Criollo, El Morocho del Abasto, El Rey del Tango, El Mudo!...
¡Es nada menos que el
gran Carlitos Gardel, triunfador latino en grabaciones de discos y
películas en Broadway y Hollywood y rival en París, en España y en
las tres Américas del fallecido latin
lover Rodolfo
Valentino!
El
Gardel radial suspiró profundamente en el micro:
–¡Hoy
quiero ir a pasear por donde mientan el Puente de Hierro! ¡Puede ser
que la vea!
En
eso se oye otra sonora voz de acento argentino en el estudio.
–Pibe,
¿sos sordo ahora vos?
–Eh,
Le Pera, vení... ¿Qué querés?
–No,
¿qué querés vos? ¿Preocuparme...? Llevo como cinco minutos
tocándote la puerta. Estás más raro que el final de una novela de
misterio, pibe. ¿Seguís mal de la garganta...? ¿Suspendemos la
función de hoy también?
–No,
no, Le Pera, pará, pará... No suspendás nada, ¿estás loco vos?
No me pasa nada, che. ¿Por qué lo decís?
–Y...
¿Vos te has mirado al espejo la cara de tango que cargás? ¿Querés
engañarme a mí, al tipo que ha escrito casi todos los argumentos de
tus películas, pibe? ¿Tenés nostalgia de Buenos Aires o qué,
Carlitos?
–No,
no, Le Pera… Vení, vestite, vayamos a echar una carta al correo
para mi mamita y a dar un paseíto por donde llaman el Puente de
Hierro, ¿querés?
El
actor criollo y barrigón que interpretaba al compositor Alfredo Le
Pera sonrió, cómplice:
–¿Eh,
qué sucede…? ¿El zorzal suspira por una zorzalita? Decime, pibe,
¿te habés enamorado de esa morocha criollita tan bien proporcionada
y linda que nos presentaron el pasado sábado?
–Callá,
Le Pera...
–¡No,
no, no! –interrumpió el Director por el tolbac–.
Vamos de nuevo con tu parlamento, Le Pera, porque te salió muy
criollo; muy caraqueño, quiero decir... Exagera un poco más el
acento argentino, por favor.
–Como
usted mande, señor Director –dijo el actor, con una sonrisa de
disculpa, y luego, con marcadísimo acento charrúa, repitió:
–¿Eh,
qué sucede…? ¿El zorzal suspira por una zorzalita, che? Decime,
pibe, ¿te habés enamorado de esa morocha criollita tan bien
proporcionada y linda que nos presentaron el pasado sábado?
–Callá,
Le Pera... Callá y no preguntés tanto, que parecés maestro en
examen final. Andá a cambiarte, viejo.
–El
tema argentino instrumental, por favor –pidió el Director, y
cuando sonó, apuntó con su vara-índice a Saturnino:
–Carlos
Gardel ha arribado al
puerto de La Guaira diez días atrás, procedente
de San Juan de Puerto Rico... Toca
tierra venezolana el
jueves 25 de abril de 1935, en la motonave Lara.
Es
un mediodía
incandescente y en el puerto lo espera una cálida multitud que se
desborda en entusiasmo popular.
En
el estudio se oyó la algarabía que el técnico mandaba desde los
controles.
–Tanta
es la conmoción que su llegada causa, que
debe ser guarecido en una fábrica de vidrios de los alrededores.
–Transición
breve –dijo Bocaranda–. Pon Dama
Antañona
de fondo y vas filtrando efecto de tren...
–Pasada
la
una y media de la tarde, parte el tren desde la estación de La
Guaira.
El Rey del Tango viaja en un vagón
especial alquilado para él. Viste traje gris, bufanda de seda de
colores y sombrero
claro de fieltro. Durante todo el trayecto, el cantor se asoma,
incansable, para saludar
a sus admiradores, diseminados a lo largo de las vías...
–Mirá,
Le Pera, este es el famoso cerro Ávila, el guardián de Caracas, del
cual tanto me habla mamita.
–¡Qué
fenómeno, che, qué verde más lindo!
–El
cantor siempre
sintió curiosidad por conocer a Venezuela,
porque, según parece, Berthe Gardés,
su madre, y un tío muy
querido por Gardel estuvieron, de niños, residenciados en Puerto
Cabello.
–Mire,
Director –dijo el técnico–. Lo llaman de allá adentro. Parece
que Gardel quiere salir.
–Sí,
hombre –comentó Bocaranda–. Es que ese carajo sufre de un riñón
y se la pasa en esa orinadera. Vamos a parar diez minutos, ¿oíste,
Críspulo?
XIII:
POBLETE
Y TORRIJOS
(o
la Política es del carajo)
Caracas
rápidamente se ha ido poblando de manera desordenada, desquiciada y
anárquica, como si tuviera prisa por equipararse a otras metrópolis
y recuperar el tiempo derrochado en las muchas décadas de barbarie y
dictaduras. Más de 400.000 almas habitaban la capital venezolana
para 1947, la mayoría en los cinturones de miseria que la
circundaban y que habían ido asfixiando las otroras tranquilas
urbanizaciones residenciales.
En
las afueras, vía San Antonio de Los Altos, en una fastuosa
residencia tenía lugar uno de los constantes saraos a los que el
frívolo y depravado jurista Wilfredo Poblete era tan aficionado.
Desde
el picó,
la orquesta Serenata
Tropical dejaba
escuchar las notas de la rumba de Rafael Hernández “Cachita”.
El catire Poblete, ataviado con saco azul marino cruzado de grandes
botones dorados, pantalón blanco y zapatos de dos tonos con tacón a
la cubana, agasajaba a un invitado especial:
–¿Y
entonces, mi querido doctor Torrijos? ¿Qué le parece la
fiestezurra?
–¡Fiestezurra!
–admiró la palabreja el hombre de impecable corte inglés de
casimir. Su rostro, poblado de arrugas, soltó una desagradable
carcajada–. ¡Tronco de adjetivo, Poblete, en serio! ¡La
fiestezurra!... Pues mire, mi amigo, muy animada, ¿qué quiere que
le diga? Mis más expresivas gracias por su invitación.
–No,
no; no me agradezca nada, mi caballo –protestó, meloso–.
¡Faltaría más! Mire, mi dóctor,
usted se merece este honor y todos cuantos se le hagan. ¡Usted es un
hombre grande entre los grandes, no juegue! –aduló, ladino, y el
lisonjeado sonrió de la boca para afuera siguiéndole el juego en
tanto buceaba los traseros de las muchachas que bailaban en la sala.
–Favor
que me hace...
–¡No,
no, en serio: Usted, mi querido amigo, es el mejor gerente estatal
que tiene este país en este momento, y cuidado si es el mejor de
todos los tiempos, sin ánimo de desmeritar a los que honrosamente
han pasado por la Administración Pública de nuestra excelsa nación,
no joda!
–No
hombre, no diga eso, mi querido Poblete. Yo sólo intento cumplir con
mi humilde deber.
–Yo
sé, yo sé, y por eso es que lo admiro –continuó el truhán,
baboso–... ¿Nos echamos otra champañita, mi dóctor?
–No,
no, chico, todavía no me acabo ésta... ¿Qué pretende, mi querido
colega? ¿Emborracharme…? ¿Ah? –y una risa soez, falsaria,
remató su celebración.
Algunas
de las muchachas a quienes Poblete había indicado la conveniencia de
celebrar (con escandaloso bullicio) cualquier comentario del invitado
(por estúpido que pareciera), siguiendo sus instrucciones estallaron
en carcajadas aparentemente divertidas.
–¡Coño,
Poblete, te está quedando bordada la vaina, en serio! –sonrió
Torrijos, ya entonado.
El
indocto leguleyo que era Poblete, con risita de hiena, incansable,
siguió su jaladera:
–¡Mire,
queridísimo colega, yo lo único que quiero es que usted la pase
cátedra, ¿oyó?!
Con
un gesto obsceno señaló a las mujeres muy jóvenes y casi en cueros
que bailaban provocativamente. Graznó, exultante:
–¿Ya
se dio de cuenta la clase de amiguitas que invité hoy, ah...? ¿Ah,
ah...? ¡Todavía no me ha dado su experta opinión referente a la
materia!
–No
se puede negar que los caramelitos están como les da la gana,
chico...
–Coño,
pero tome, mi dóctor, no sea aguao, beba... ¡No joda, mire que
ahora es que hay champaña fría para usté en esas bichas, colega!
–rio, señalando los dos gigantescos freezer’s colocados en la
terraza.
♫♫♫
–Bueno,
seguimos, seguimos, que nos enfriamos –apuró el director. –Entras
tú, Saturnino.
–Al
día siguiente de su llegada, el viernes 26 de abril, a las 9 y
cuarto de la noche, Carlos Gardel debuta en el Teatro Principal
de Caracas, en la esquina del mismo nombre, con arrollador y
clamoroso éxito... Llueve a raudales, pero en el local no cabe un
alfiler. El primer número musical que interpreta es “Cobardía”,
y luego canta sus más conocidos tangos.
–Ponle
Mano
a Mano
de fondo, Críspulo... Eso es..., y lígale aplausos atronadores y te
los vas llevando para que entre Triple
Ese
–pidió, entusiasmado, Bocaranda.
–¿Quién
es Triple
Ese?
–preguntó el Técnico, extrañado.
–Saturnino
Solórzano Salas
–pronunció con énfasis Bocaranda–. ¿Aquí no le dicen así?
–Qué
va.
–Bueno...
Voy con él... déjale el tango instrumental de apoyo, bajito...
–Pero...,
¿dónde nació realmente Carlos Gardel: en Francia... o en Uruguay?
¿Quién fue su padre? ¿Tuvo o no tuvo hijos? ¿Se casó alguna vez,
como muchos especulan aún? ¿Cómo fue su niñez?... Si existe un
término para designar los hechos relativos a la vida privada de
Carlos Gardel es: Misterio...
Todo lo relacionado con su pasado es oscuro, contradictorio,
recóndito. Respecto de este asunto, casi todos los investigadores
están de acuerdo en que el mismo Gardel, ex profeso, era ambiguo al
hablar de su origen y de sus primeros años... Dio distintas fechas y
lugares de nacimiento, contribuyendo con ello a enmarañar más su
ascendencia, aunque en su testamento, hecho de su puño y letra,
declaró ser francés de nacimiento, y se sabe de cierto que
solicitó la nacionalidad argentina y le fue concedida.
–Ahora
pon Madreselva
y lo dejas completo, Críspulo, y después ligamos con efecto de
carro viejo en marcha y ambiente de calle caraqueña de ese tiempo,
para que entre Le Pera.
–Está
pago –dijo el Operador.
–Che,
Carlitos, ¿vamos a pasear toda la tarde por acá?
–Esperá,
Le Pera, ¿qué apuro tenés?
–¿Yo...?
Ninguno.
–Calla
el letrista Alfredo Le Pera ante el rostro extrañamente serio del
zorzal. En uno de los pocos automóviles de alquiler existentes en
Caracas en estos años se desplazan los dos artistas entre la zona
del Puente de Hierro a San Agustín... La adustez de Gardel se debe a
que no ha podido ver a una bella morena venezolana que llamara su
atención días antes, una caraqueña de unos 18 años llamada
Gardenia, de escultural cuerpo y esplendente sonrisa, residente en
San Agustín del Sur...
–Che Carlitos...
–¿Hum...?
–¿Cuándo
le vamos a responder al Presidente?
–¿Qué
Presidente, pibe?
–Al
de aquí, che, al general Gómez.
–Ah.
Pues no sé... ¿Es obligatorio atender su invitación?
–¡Naturalmente!
¿Qué imaginás? ¡Es el tipo que lleva mandando aquí no sé
cuántos años, y le gusta tu música, tus tangos, che!
–Fenómeno.
Vamos pasado mañana. Arreglalo todo.
–Bien...
–...Ah,
Le Pera...
–¿Sí...?
–Acordate
de lo del asunto de las entradas.
–¿Qué
entradas?
–¡Ahora
el distraído sos vos! Lo que te comenté que hablaras con los
empresarios para las entradas de la última presentación.
–Perdoname,
pibe, pero se me fue el hilo... ¿Última presentación dónde?
Porque acordate que tenés funciones también, además de en el
Teatro Principal, en el Teatro Rialto de aquí de Caracas..., en
el... José Ángel Lamas de La Guaira..., en Valencia, en Maracaibo,
en Cabimas...
–Loco,
no me volvás un enredo con esos nombres que no conozco… Escuchá:
como no todo el mundo en Caracas puede pagar lo que estos empresarios
cobran por entrar al teatro...
–Esperá,
Carlitos, no te metás en problemas. Eso no nos concierne.
–¡Claro
que nos concierne, Alfredo Le Pera!
Alzó
el tono Carlos Gardel, y era tan apasionada la interpretación del
actor charrúa, que la mano que sostenía el libreto temblaba:
–¡Mi
música, mis canciones son populares, son para la masa, para el
pueblo, que a veces no puede pagar lo que le cobran!
–No,
fenómeno, yo sé y estoy de acuerdo, pibe, pero...
–¡Nada
de peros,
Le Pera!...
¿Cuánto cuestan los boletos?
–Esperate,
dejame recordar... Ah, sí: Galería, dos bolívares; balcón,
cuatro, y patio, seis bolívares.
–Fenómeno;
pues le decís a nuestros amigos empresarios que yo les pido con todo
respeto que bajen esos precios a la mitad en la última función,
para que el pueblo me pueda escuchar, ¿me entendés?
–Sí,
sí, no te preocupés.
–¡Bien,
muy bien!... Que descansen un poco allá adentro mientras dejamos
sonar El
Carretero
completico, ¿oíste, Crispulo?
♫♫♫
En
la carretera que conducía a Valencia, Toño Solórzano Salas, a
bordo de su enorme transporte cargado de vehículos recién
ensamblados, se dirigía al punto de descanso preferido de los
choferes de la compañía en ese trayecto, el motel y restaurante
propiedad de la portuguesa Agustina Oliveira.
Solitario
en la cabina del gigantesco camión (pues su compañero de siempre,
el locuaz Negro Encarnación Ruiz, estaba en ruta con otra gandola
cargada de repuestos automotrices) el muchacho espantaba el fastidio
de la lenta marcha escuchando en la pequeña corneta de la radio
empotrada en el tablero de madera de la gandola a Alfredo Sadel
cantando Diamante
Negro, su homenaje a
Luis Sánchez, el torero venezolano triunfador en las Américas y
España, al tiempo que repasaba a media voz lo que ya se había
convertido en una obsesión para él:
–¡Coño,
esa Carmen parece pazguata también! ¡Hay que ver, vale! Sigue
pensando en el Hugo Bosner, la muy pendeja –y escupió por la
ventanilla, molesto.
Luego
de encender las luces bajas del vehículo y un cigarrillo, prosiguió
su soliloquio.
–¿Por
qué las mujeres serán tan zoquetas, Dios mío, ah?... ¡Cónchale,
si yo pudiera encontrar la manera de hablarle de eso, Virgen de
Coromoto! ¿Pero cómo hacer para que esa porfiada me escuche? No hay
forma ni manera; cada vez que abro la boca para ver si podemos tocar
el tema, o me avienta una carcajada y cambia la conversa, o se pone
seria y pica los cabos... ¡Qué verga tan seria son las mujeres,
vale!
De
pronto, una chispa iluminadora relumbró en los ojos negros del
conductor:
–¡Momento,
ya va, ya va!... Esta noche me toca quedarme en Valencia para llegar
mañana a Los Teques con esta carga... Pero bueno, ¿y si la invito a
ver una película y ahí aprovecho y le hablo, como me aconsejó mi
hermano Saturnino? Lo más que puede pasar es que me diga que no…
¿Aceptará la... tibia esa?
Una
sonrisa pícara y esperanzadora le animó el simpático rostro:
«¡Tamaña
idea, Toño!... La voy a llevar a ver la película esa mexicana que
acaban de estrenar, esa de María Félix y el charro éste que canta
arrechísimo... ¿Cómo es que se llama el carajo...?»
♫♫♫
Con
una milonga instrumental como fondo musical, Saturnino Solórzano
Salas narró:
–Charles
Romualdo Gardès,
de nombre artístico Carlos Gardel, hijo de Marie Berthe Gardès y de
padre desconocido, era francés, nacido en Toulouse un 11 de
diciembre de 1890, según su propio testimonio asentado en
su testamento
ológrafo, como apuntáramos antes. Sin embargo, desde el mismo
momento de su muerte comenzaron las especulaciones acerca del lugar
donde había venido al mundo, llegándose a afirmar que nació en
Tacuarembó, Uruguay, hijo de un militar de ese país y de una de sus
amantes, pero los sostenedores de esta aseveración jamás han podido
presentar pruebas fiables de tal tesis, al menos hasta ahora.
–Redondo,
redondo... Ahora ponle Melodía
de Arrabal,
como dice el libreto, ¿oíste?
–Está
pago, Director.
–¿Fue
tormentosa la vida sentimental de Carlos Gardel?... Uno de sus
mejores amigos,
Vicente
Padula, comentó que el hombre por quien infinidad de mujeres de todo
el mundo suspiraban y con el que soñaban le dijo con voz triste en
una ocasión, entre tragos y confidencias:
–¿Sabés,
Vicente?; te parecerá harto extraño, pero no me enamoré nunca.
–¿Dejo
la música o la quito, director?
–Déjala,
tenuecita...
–Casi
todos cuantos le conocieron coinciden en que Gardel trató de huirle
siempre a cualquier
compromiso amoroso formal. Como sucede a menudo con los grandes
triunfadores, se le atribuyeron amoríos con casi todas las actrices
con quienes trabajó, amén de algunas damas millonarias y supuestas
madres de hijos suyos en varios de los países que visitó. Otras
elucubraciones, escasas por demás, ponían en entredicho la
sexualidad del artista.
♫♫♫
–Bueno,
Poblete, yo me imagino que esta “fiestezurrita”
tan agradable no me la está ofreciendo usted porque sí; algo tiene
entre ceja y ceja, vagabundón...
Y
el viejo economista sonrió, sardónico, pellizcando uno de los
carrillos de Poblete en la terraza de la residencia aledaña a San
Antonio de Los Altos.
–No,
no, doctor Torrijos, de ninguna manera, ¿cómo se le ocurre? Lo hago
porque lo aprecio mucho, y eso usted lo sabe –dijo el ladino
abogado, con hipócrita sonrisa.
Luego,
con un carraspeo vil, viendo llegada su oportunidad, aprovechó:
–Ahora,
que si usted, en su calidad de Administrador General del Ministerio
quiere concederme el contrato ese para la construcción de aquella
urbanización en Valencia, pues...
Una
risotada gutural, vulgar y basta, celebró el atrevimiento:
–¡Ah,
qué Poblete éste para sinvergüenza! ¡Ya sabía yo que andaba
pescando algo!
–Acuérdese
que yo le había hablado del asunto, ¿se recuerda? La constructora
del socio mío haría un buen trabajo, mi dóctor: rápido y
garantizado... y, por supuesto, en un contrato de esos uno tiene que
recompensar a los amigos como se lo merecen, ¿usted me entiende...?
Deme acá para traerle otra copita.
–No,
no, deje, deje, Poblete... Bueno, sí, pero vamos juntos.
–¡Pues
cátedra!; véngase conmigo, mi dóctor...
Un
súbito relámpago iluminó los picos vecinos a Los Teques y luego
retumbó un trueno, amenazador... Los dos hombres se dirigieron
lentamente a la cocina, atravesando por el amplio salón donde las
muchachas ligeritas de ropas bailaban Ojos
Malvados con la Casino
de La Playa,
emparejadas con sujetos de aspecto triunfador (económicamente al
menos).
Poblete
(que doblaba los 25 años de edad de su esposa Ana Sofía, aunque
todavía resultaba atractivo a las hembras más jóvenes) sirvió dos
copas de champaña y pasó un brazo por los hombros del influyente
político.
–Mire,
doctor Torrijos... observe... ahí está su Secretario Privado
bailando con esa catira que está más buena que el carajo. ¿No se
anima a intentarlo? ¿O es que no puede, mi dóctor? ¡No me venga a
resultar un gallo pataruco usted, mi caballo!
Otra
bien estudiada carcajada le respondió, y un confianzudo tuteo:
–¡Eres
un piazo ‘e zorro, Poblete, un verdadero Maquiavelo!
–Amigo
suyo es lo que yo soy, ¿oyó? –dijo, ya bastante estimulado–.
¿Va a bailar o no?
El
viejo sátiro lo miró fijo, cansado ya del juego, y sin ganas de
perder más tiempo, giró la vista en derredor:
–A
propósito, Poblete, ¿qué se hizo tu mujer, chico?
XIV:
COMO
EN UN TANGO
–¡Pasos
mantenidos! ¡Murmullos! –pidió el Director, y el efectista y el
elenco obedecieron.
Saturnino,
siempre con su mano sobre la oreja izquierda (para oírse), relató:
–Una
noche, un poco antes de una de sus presentaciones en el Teatro
Principal
de Caracas, cuando Carlos Gardel y Alfredo Le Pera van llegando al
local...
–Le
Pera, oí...
–Decime,
pibe...
–No
te olvidés de mandar tenerme a punto el traje de fantasía de gaucho
para la presentación ante el Presidente Gómez. Voy a cantar de
entrada el aire “Pobre
Gallo Bataraz”,
porque me dijeron que él tiene muchos animales de pelea. Quiero
impresionarlo, che.
–¡Para
impresionarlo sólo tenés que cantar como vos sabés hacerlo, che
Carlitos!
–Ya
sabés que no me gustan los dictadores, pero si no hay más
remedio...
De
pronto se escuchó una voz amable e implorante:
–Disculpen...
Señor Carlos Gardel...
Era
una de las actrices invitadas a la grabación, una catira bajita, de
ojos azules rayados y senos turgentes. Su timbre tenía un dejo
desgarrador, casi inquietante.
–Discúlpenos,
señora, pero el señor Gardel tiene que entrar al teatro. Va a
empezar la función.
–No,
no, yo sé, y no quiero molestar, sino darle este papelito.
–Señora,
perdonemé, pero necesitamos...
–Esperá,
Le Pera... A ver, señora, deme... ¿Qué quiere? ¿Un autógrafo?
–Bueno,
sí, pero no es para mí, aunque me gusta mucho como usted canta,
señor Gardel.
–Muchas
gracias, señora, muy amable. ¿A quién quiere que se lo dedique?
–Mire,
es que... Tengo una niña, ¿sabe?... Tiene como diez años...
–Ah,
ya comprendo; dígame cómo se llama su hija para escribirle una...
–No,
no, perdone, señor Gardel... No quisiera parecer fastidiosa o mal
educada, sino que ella, mi niña, le mandó esa carta a usted.
–¡Acorde
sentimental, suave, y se lo dejas de fondo, Críspulo, ojo pelao!
–Está
pago, Director.
Al
actor Raúl Montenegro-Gardel
le brillaban los ojos de emoción:
–¿Su
pebeta de diez añitos me escribió personalmente esta carta, señora?
–¡Sí,
señor Gardel!... Ella lo admira mucho, ¿sabe?, igual que mi esposo,
que murió, que trabajaba en el puerto, y le dejó todos los discos a
ella, y ella quería venir a verlo aquí a Caracas, pero como está
enferma...
–¿Su
pebetita está enferma? ¿Qué tiene?
–¡Ay,
señor Gardel, si usted viera cómo se pone cuando escucha una
canción suya en la radio o en el picó!... Sí, ella tiene... tiene
parálisis…, polio, pues, y no puede caminar ni moverse de su
camita, pero...
–¡Señora,
no diga más!... ¡Si su linda nena no puede venir a ver a Gardel,
Gardel irá a ver a su nena! ¡Le Pera, tomale la dirección de la
casa a esta buena señora, hacé el favor, y sea donde sea que viva,
mañana mismo iremos con los guitarristas a cantarle muchas canciones
a la mejor de mis admiradoras!... ¿Le parece, doñita?
¡Esta
escena suscita un clima de magia, de sentimientos a flor de piel
entre artistas y técnicos del programa especial! La actriz que está
representando a la madre de la niña inválida tiene el rostro bañado
en lágrimas, y sus demás compañeros están igualmente al borde del
llanto...
–¡Ay,
don Carlitos Gardel, con razón es usted quien es! ¡Dios me lo
bendiga, me lo favorezca y me le dé mucha vida y mucha salú!
–¡Que
así sea, señora! ¿Quiere pasar al teatro, por favor?... Yo la
invito a oírme cantar esta noche para dedicarle mi presentación de
hoy a su niña.
–¡Música,
coño, música arriba, Críspulo!–gritó, lloroso, Bocaranda–...
¡Eso! ¡Y lígale Sus
Ojos se Cerraron...
¡Eso es!... ¡Voy con Saturnino-Triple
Ese!
El
narrador tenía un nudo en la garganta y la visión nublada:
–Según
las crónicas, al día siguiente, Gardel, acompañado de todos sus
músicos, se trasladó hasta la casa de la niña enferma, que residía
en Maiquetía, y le cantó sus más conocidos temas... ¡Qué
maravilloso don otorga el Creador a sus Elegidos al darles esa
capacidad de hacer felices a los demás...!
Luego
de una imprescindible pausa y tras mirar hacia el Control a través
del grueso cristal, volvió al tono sobrio:
–En
Argentina dicen que Gardel y el tango nacieron casi al mismo tiempo,
para encontrarse luego y convertirse aquel en el testimonio
imperecedero de éste; para trocarse, cual una simbiosis irrevocable,
en la voz sacrosanta e inmortal del mensaje doloroso, rebelde unas
veces, resignado otras, del pueblo rioplatense.
–¡Súbele
a esa milonga, Críspulo, coño, y mantenla, carajo...!
–¿Cuándo
y cómo nace el tango? Gardel
y el tango nacen en la década de los 80 del siglo XIX... Entre
guapos, gigolós, prostitutas, rufianes y delincuentes…
Entre la fauna de los lupanares y los bajos fondos aparece el tango,
sin letra formal todavía, porque sus coplas son tan escabrosas que
deben ser reprimidas... En estos años, la Argentina se llena
de inmigrantes,
sobretodo italianos; llegan tantos, que en un momento dado
más de la mitad de la población del país es extranjera.
–¡Perfecto,
perfecto! ¡Está vaina está quedando redondita, para que lo sepan!
¡Vamos, seguimos, muchachones, para no enfriarnos! Dame la música
criolla instrumental, Críspulo.
–Está
pago, Director.
–¡Murmullos
allá adentro, y toses y eso! ¡Ambiente del recital, por favor!
¡Entra, Triple!
–Llega
el día de la presentación del ídolo sureño en
la residencia presidencial de Las Delicias, en Maracay, el Hotel
Jardín, ante
el general y Presidente Juan Vicente Gómez, amo y señor absoluto
del país durante 27 largos años... Gardel y sus tres guitarristas
están frente al anciano dictador quien, sentado y rodeado de
familiares y áulicos, apoyadas sus manos enguantadas en el bastón,
mira con sus ojillos felinos el rico y brillante traje de gaucho de
fantasía que luce Gardel... Alfredo Le Pera, embutido en un elegante
esmoquin, hace la presentación:
–Señor
Presidente, señores ministros, señoras y señores, es para
nosotros, humildes artistas sureños, un indescriptible privilegio
estar en la tierra de Bolívar, ser recibidos por su Excelencia y
tratar de entretener a todos y cada uno de ustedes con el sencillo
pero sincero talento que Dios nos ha dado... Es con mucho orgullo y
complacencia, mi general, señoras y señores todos..., que les dejo
en la gratísima compañía del arte inigualable del gran cantante
internacional... ¡Carlos Gardel!
–¡Aplausos
expectantes, Críspulo, y liga Pobre
Gallo Bataraz,
rápido, y lo dejas sonar todo!
Con
la eficiencia que da la experiencia, el operador de los controles
obedeció al instante y en tanto sonaba la vieja grabación del
cantor de tangos, un silencio contemplativo, admirativo, casi de
adoración recorrió el estudio y la cabina...
Luego:
–¡Ahora
es la celebración, ojo! –gritó Bocaranda por su micrófono–.
¡Risas y murmullos, que se oigan, vamos!
–Tres
canciones seguidas interpreta
el Morocho
del Abasto
ante la selecta audiencia... “Pobre
Gallo Bataraz”
es la que más agrada al Presidente Gómez, así como la versión
instrumental en guitarra que hace el Indio
Aguilar del himno sentimental uruguayo “La Cumparsita”.
Al
concluir el acto, durante el agasajo a los artistas, el
Benemérito
hace entregar al cantor la cuantiosa suma (para la época) de 10.000
bolívares, dinero que Gardel intenta rechazar, pero Alfredo Le Pera
y los otros le hacen comprender que sería un error y una
imprudencia; ¡no se puede
desairar al
amo de Venezuela!... Días más tarde, cuando se
detiene brevemente en Curazao, Gardel
deja en manos
de un grupo de exiliados venezolanos residentes en la isla holandesa
el dinero que el general Gómez le diera. Esta anécdota, corroborada
por muchos investigadores, pinta de cuerpo entero la bondad y el
desprendimiento del inmortal Rey del Tango.
–¡Voy
con Madreselva
de fondo, Director! –advirtió Bracho.
–¡Dale!
–A
mediados del año 1911, El
Morocho,
que ya se destacaba
como cantor folklórico, se topa con José Razzano, apodado El
Oriental, por ser
uruguayo, quien tenía cierta fama como cantante de tangos. En la
calle Guardia Vieja
de Buenos Aires y que hoy se llama Calle
Carlos Gardel, se
midieron en un duelo musical. No se dio como vencedor a ninguno de
los dos, y a raíz de ello nació el dúo “Gardel-Razzano”,
triunfador nacional e internacionalmente... Después del año 1925,
Razzano tuvo que abandonar el canto por problemas de salud y Gardel
continuó solo.
–¡Dale,
tira Mi Noche Triste!
–pidió con su habitual vehemencia Bocaranda.
–La
primera grabación de Carlos Gardel, el tango Mi
Noche triste,
realizada en 1918, se convierte en un arrollador éxito comercial y
su carrera se encumbra definitivamente; sigue
actuando en diferentes cabarés
de Buenos Aires y Montevideo; se multiplican sus
presentaciones en radio, y otra parte de su tiempo la dedica a una de
sus mayores pasiones: los caballos de carrera. Desde 1920 tenia un
Stud
en sociedad con Razzano, llamado Las
Dos Guitarras.
Es en esta época cuando graba y dedica su famoso tango “Leguisamo
Solo”
a su gran amigo el jinete Irineo Leguisamo... En
1928, Carlos Gardel debuta en París y en 1933 en Nueva York, donde
rueda varias películas, todas dentro del género musical y
destinadas a su lucimiento como cantante, entre ellas “Mano
a Mano”, “Luces de Buenos Aires”, “Melodía de Arrabal”,
“Cuesta Abajo”, “El Tango en Broadway”;
luego, en 1935, hace las dos últimas, “El
Día Que me Quieras” y
“Tango Bar”,
y a continuación en el mes de abril
emprende su trágica gira, programada para ir a Puerto Rico,
Venezuela, Aruba, Curazao, Colombia, Panamá, Cuba y México.
–¡Voy
ligando Angustia,
Director!
–¡Así
me gusta, carajo, que se me adelante! –susurró, satisfecho,
Bocaranda Sucre.
–Después
de regalarnos a los venezolanos casi un mes de su valiosa existencia,
el Zorzal
emprendió viaje desde Maracaibo en el vapor “Libertador”
rumbo a Curazao el jueves 23 de mayo... De allí pasó a Bogotá, se
quedó en la capital colombiana unos días y luego abordó un avión
trimotor para continuar su gira por Cali y Cartagena, pero debió
detenerse en Medellín para reabastecer combustible. Seis días antes
de su funesto accidente, el 18 de junio de 1935, en el diario El
Nacional de Bogotá,
Carlos Gardel declaró a un periodista colombiano lo siguiente:
–¡Dame
leve reverberancia, Críspulo, que va a hablar el Gardel inmortal!
–¡Está
pago, Director!
“He
amado muchas veces en mi vida y conservo de ello gratísimos
recuerdos, como que en todos mis amores he sido feliz. En ellos he
querido de diferente manera según el temperamento de la chica, las
circunstancias y el ambiente. Sin embargo, cada vez que me enamoro
creo ser ésta la única ocasión en que verdaderamente he querido...
Prefiero las latinas, por ser de mi misma raza y por lo tanto
comprender más mi temperamento, pero todas las mujeres atractivas e
inteligentes me agradan... Debido a mi carrera, no soy partidario del
casamiento.”
–¡Voy
con Silencio,
Director! –gritó, emocionado, Críspulo.
–¡Dale!...
Y no le abras el micro todavía a Saturnino... ¡Deja que se oiga el
tango!
–¡En
Medellín, al Morocho
del Abasto lo aguarda
su lugar en la leyenda, en el mito, en la perennidad de la idolatría
popular, pues ya ha hecho camino para ello con su arte incomparable y
con los enigmas que sembró por doquiera cual flores de misterio…!
¡Carlos Gardel no tuvo escuela; fue intuición en su grado más
puro, pero no hay mejor escuela que él; Gardel no es la voz del
tango: es el tango mismo, encarnado, redivivo eternamente!
–¡Coño,
maestro, qué tronco de texto, carajo; le quedó bordado!
–Favor
que me haces, Críspulo... Ahora vamos colando Sus
Ojos Se Cerraron y lo
dejamos de fondo.
–Está
pago.
–...Y
prepárate para ligar el ruido del accidente, el choque, fuerte,
¿oíste?
–Perfecto.
–Hay
numerosas especulaciones acerca de las razones que motivaron la
espantosa colisión del avión trimotor donde viajaba Gardel contra
la otra nave sobre la pista del aeropuerto Enrique
Olaya Herrera de la
ciudad de Medellín ese 24 de Junio del año 1935 una hora después
de que cargaran gasolina. Gardel y los suyos habían empleado esa
hora para almorzar, pues tenían que actuar en Cali, como antes
asentamos.
–Ruido
del avión –susurró Bocaranda.
–Va...
–A
cinco minutos para las tres de la tarde comienzan a abordar la nave
el empresario Celedonio Palacios; Henry Swart, gerente de la
Universal Pictures
de Colombia; Alfredo Le Pera; Corpas Moreno; el guitarrista Domingo
Riverol; José Plaja, copiloto y profesor de idiomas del cantante;
Ernesto Samper Mendoza, piloto y propietario del avión; Carlos
Gardel; el Indio
Aguilar, guitarrista,
y
el señor Grant Flynn, de la tripulación. Aguilar, uno de los tres
sobrevivientes de la tragedia, contó que a pesar de los desesperados
esfuerzos del piloto Samper para que el avión despegara, no pudo
lograrlo y fue a estrellarse contra la nave Manizales,
que estaba estacionada frente a su hangar.
–¡Pausa,
coño..., pausa! –gimió el Director, alzando sus dos manos hasta
más arriba de su cabeza.
Luego
del puente musical, Saturnino continuó con tono cargado de fúnebre
solemnidad:
–Hasta
el día de hoy se mantienen las distintas especulaciones sobre las
causas del accidente, algunas francamente novelescas. Se dice que
segundos antes del despegue se suscitó una trifulca en el interior
de la nave entre Gardel y Le Pera porque éste, que era el Productor
de los espectáculos, había obligado al zorzal a cantar en un
estadio al aire libre, sin sonido, y gran parte del público se había
molestado porque no oía al cantor y Gardel quería despedir a Le
Pera, por lo que el guionista sacó una pistola y disparó y la bala
le dio al piloto en la cabeza, originando la tragedia. José Plaja,
otro de los sobrevivientes, dice que el F-31 donde iban ellos no pudo
despegar por exceso de carga; otra hipótesis, la más difundida y
aceptada, asegura que el piloto Samper quiso darle un susto al piloto
del Manizales por
viejas rencillas entre ellos y enfiló su máquina hacia él para
elevarse cuando estuviera muy cerca, pero debido a su poca pericia
con este tipo de avión con exceso de peso, no pudo levantarlo y se
produjo la pavorosa colisión, a las 14:57 horas del 24 de junio de
1935.
–Muy
bien, muy bien, eso es... Ahora ve colando Volver
de fondito... Eso es...
–Ese
lunes 24 de Junio de 1935, el tango se revistió de luto. La
conmoción, la tristeza y la incredulidad subyugaron a la América
toda y a Francia, y a España, y al mundo. En cada una de las grandes
urbes se celebraron luctuosas ceremonias. Buenos Aires se ahogó en
impotente e incrédulo llanto... ¡Ha muerto el
Mudo, alma y aliento
de los cien barrios porteños!... Desde entonces, y hace doce años
ya, los homenajes en todas partes no han cesado; en Tacuarembó, en
Buenos Aires, en Medellín, en Caracas, en París... En todas las
ciudades y en todos los corazones donde el tango es la expresión del
alma popular argentina, seguirá la voz de oro del cantor inmortal
recordándonos que “veinte
años no es nada”...
–¡Venga,
Críspulo, sube Volver,
que viene el final, ya, ya...!
–¡Está
pago, Director!
Saturnino,
con voz lastimera, apretando con fuerza su oreja izquierda, dijo,
solemne:
–A
continuación, como emocionado epílogo a este especial sobre Carlos
Gardel, escuchemos su postrera voluntad, su Testamento...
–Dame
un poco de reverberancia... –gritó Bocaranda Sucre, claramente
conmocionado por el final del especial.
“Este
es mi testamento. En esta ciudad de Buenos Aires el día siete de
noviembre de 1933, encontrándome en pleno goce de mis facultades
intelectuales otorgo este mi testamento ológrafo, disponiendo en él
de mis bienes para después de mi fallecimiento, en la siguiente
forma: primero, soy
francés nacido
en Toulouse, el día 11 de diciembre de 1890, y soy hijo de Berthe
Gardés; segundo, hago constar expresamente que mi verdadero nombre y
apellido son Carlos Romualdo Gardés, pero con motivo de mi profesión
de artista, he adoptado y usado siempre el apellido "Gardel"
y con este apellido soy conocido en todas partes. Asimismo hago
constar que las cuentas que tengo en los Bancos, expresamente en el
Banco de la Nación Argentina, así como mis títulos de propiedad y
demás papeles figuran invariablemente con mi nombre y apellido de
adopción, o sea Carlos Gardel; tercero, soy de estado soltero y no
tengo hijos naturales; cuarto, no debo suma alguna y perdono todo lo
que me deben. Mis bienes resultarán de los títulos y papeles que
tenga a la fecha de mi fallecimiento. Quinto, nombro por mi única y
universal heredera de todos mis bienes y derechos a mi nombrada madre
Berthe Gardés. Sexto, nombro mi albacea testamentario a mi amigo
Armando Defino para que liquide mi testamentaria y asesore a mi
nombrada madre durante la tramitación de la misma. No teniendo otras
disposiciones que hacer, hago constar que el presente ha sido
redactado de mi puño y letra y de una sola vez lo firmo en la fecha
de arriba indicada. Carlos Gardel.”
XV:
¡MÁS
DRAMA!
Concha
entró como un vendaval en el estudio de trabajo de Saturnino y lo
miró con ojos puyudos como puñales, para que él supiera que la
luna no es pan de horno:
–¡Escúchame
atentamente, Saturnino Solórzano! –escupió, ahogada de furor y
despecho.
(Cuando
el asunto era perentorio, como hoy, por ejemplo, Concha le sustraía
el Salas
al marido como una manera de disminuirlo y de que supiera que de nada
le valdrían indulgencias
con escapulario ajeno,
como desde chiquita le enseñó la abuela que había que proceder con
los hombres, ¡faltaría más!)
Hacía
tan solo un rato que el comunicador acababa de llegar a casa luego de
la exitosa pero extenuante grabación del programa especial sobre
Carlos Gardel. Con un dejo de infinito hastío dejó de escribir en
su Royal Quiet de Luxe,
se frotó los párpados, suspiró con la paciencia rebelde y amarga
que almacenamos para lo que no tiene remedio, y se dispuso a
negociar.
Concha,
inconmovible, resteada, exprimió su papel de mártir:
–¡Atiende,
Solórzano: yo no voy a permitir que ese muchacho me trate como un
trapo, a mí, ¡a mí!, que lo parí! ¡Hoy sábado, pues! ¡Tú me
dirás...!
No
replicó el periodista. No podía. Se masajeo otra vez los ojos.
“Coño,
pensó, ¿hasta cuándo
Gómez?”
¿Pero
qué hacer? En el aparato de radio que tenía junto a su máquina de
escribir (más que todo para chequear los dramáticos de las emisoras
de la competencia) se escuchaba uno de los temas musicales que más
sonaban a través de las ondas hertzianas desde España hasta
Argentina: Doce
Cascabeles, cantando
Juan Legido con Los Churumbeles de España.
Concha,
con los brazos en las caderas y la mirada chisporroteante, parecía
dispuesta a una confrontación definitiva.
Saturnino
bajó un poco el volumen del Zenith.
Tuvo arrestos para tratar de conciliar, por más que el alma le
exigía hombría:
–Concha,
¿no ves que estoy escribiendo un artículo para El
Nacional?
Ella
destrozó cualquier esbozo de regularización de la lucha o de
entendimiento siquiera. Sacudió los cimientos y los espejos del
hogar con su tono irreconciliable:
–¡Me
importa un comino tu artículo, chico! ¡Yo lo que quiero saber es si
algún día podré contar contigo como el hombre que debería llevar
los pantalones en esta casa, por Dios!
El
periodista entrecerró los párpados y, tras un largo suspiro, se
incorporó de la silla.
–Qué
es lo que sucede con Simoncito, Concha, dime…
–En
primer lugar, ya no es ningún “Simoncito”, sino un mastodonte
más alto que tú...
–Más
a mi favor, Concha: Nuestro hijo es un hombre ya, pero tú no quieres
darte...
–¿Un
hombre, con apenas 15 años? ¡Y aunque así sea! ¿Por eso vas a
dejar que se gobierne solo? ¿Sabes tú lo que está haciendo a esta
hora, con quién anda, en casa de quién se halla, ah, ah?
Un
trueno ensordecedor estalló hacia el este de la ciudad, por los
lados de Petare, aviso de la reanudación del aguacero. El
periodista, como si el desahogo de la Naturaleza le hubiese servido
de ejemplo, explotó también, y al tiempo que tomaba su chaqueta de
cuero del respaldo de la silla y se dirigía a la puerta de la calle,
le vociferó en la cara a la sorprendida mujer:
–¡Pues
si tanto te interesa averígualo tú misma! ¡Caramba contigo, vale!
¡Qué necia te pones, Concha!
El
portazo coincidió con otro estentóreo trueno, y Concha, atontada,
sólo acertó a murmurar, primero, y luego a gritar:
–¿Cómo
me dijiste, Saturnino?... ¡Saturnino, ven acá...! ¡Saturninoooo!
Y
mientras el cantor cubano-español clamaba “un
par de claveles al pelo prendíos... lleva mi romera”,
la esposa del otrora Triple
Ese le habló al
aparato que lo reproducía:
–¡Francamente!...;
es que ya no se le puede hablar... ¿Tú has visto? ¡Se enfurece por
nada!
♫♫♫
–¿Mi
mujer? ¿Ana Sofía?
La
pregunta había tomado desprevenido al adulante alcahuete.
–Guá,
claro, ¿cuál más? –asintió tranquilamente Torrijos–. ¿Dónde
está ella?
–Pues...
No sé, colega... Por ahí andará... ¿Por qué pregunta?
–Porque
es muy buena moza tu mujer, mi vale, pero eso lo sabes tú mejor que
yo, tronco ‘e vivo.
–Bueno,
sí... Sí, eso dicen todos. Y es la pura verdad. Ana Sofía es más
bella que el cuadro ese de la tal Monalisa, ¿no le parece a usted?
–Así
mismo es, chico –y volvió a clavarle la mirada de buitre–. ¿Por
qué no la buscas, Poblete? A lo mejor con ella sí me animo a bailar
unos boleritos de esos bien pegaditos.
Wilfredo
Poblete parpadeó con aire inocente; no entendió (o no quiso
entender) las groseras insinuaciones del invitado y preguntó con
gesto de extrañeza:
–¿Usted
quiere bailar con mi esposa Ana Sofía, doctor Torrijos?
–Eco-le-cuá,
Poblete: Eco le cuá... ¿Por qué no la buscas? –y para que no
quedara rescoldo de duda de la naturaleza de sus deseos, puntualizó–:
¿O tal vez ya no estás interesado en ese contrato del cual me
hablaste?
El
picapleitos contempló un momento al funcionario gubernamental; éste
le sostenía la mirada con fiera sonrisa sin la más leve indecisión,
sin un parpadeo.
Finalmente,
la incrédula mente de Poblete tuvo que aceptar la verdad:
“A
este hijo de puta viejo verde no le provoca ninguna de las zorritas
que le conseguí para que se sintiera como un pachá... Quiere es a
Ana Sofía, el muy coño de madre. No hay pele; lo insinuó más
claro que el agua mineral: Únicamente me dará el maldito contrato
si mi mujer acepta, en principio, bailar con él. ¡Qué arrechera!”
–¿Y
entonces, Pobletico?
–Eeehhh,
sí, bueno..., espérese un momentico... Voy a buscar a Ana Sofía
para comunicarle que usted quiere... bailar con ella.
–¡Veinte
puntos, mi amigo! Me gusta la gente inteligente. Y asegúrate que
acepte ahorita, de inmediato, porque no soy muy paciente.
–No
se preocupe, colega –sonrió con aire idiota el cornudo.
Como
oyera retumbar otro trueno más cerca, comentó con sonrisa rastrera:
–Pareciera
que va a llover, ¿no le parece, mi dóctor?
–Ve
a hacer lo que tienes que hacer, chico –repuso el viejo con voz
helada–. ¿O es que esta mierda de casa tiene goteras?
–¡No,
no, claro que no, coleguita; no se vaya, que ya regreso!
♫♫♫
La
lluvia semejaba un tupido e incesante telón cuyo rumor de aplauso
embotaba los sentidos. Sus trazos de plata parpadeaban, cegadores, al
fragmentarse contra las luces del vehículo. El quejumbroso runrún
del motor se perdía a veces, desbordado por los truenos retumbantes.
Saturnino
Solórzano Salas, exasperado y malhumorado por la discusión
sostenida con su esposa Concha, conducía su vehículo tratando de
despejarse un poco y de pasar su disgusto fumando y tomando coñac de
un envase que había comprado en una botillería que estaba al
cerrar.
No
iba a un lugar específico, ni siquiera sabía adónde le había
conducido su errabundo paseo; sólo tenía ante sí la lluvia y el
camino, bajo el naciente destellar de las estrellas.
Cuando
se sosegó un poco, notó que el carro le llevaba por una carretera
de tierra, desolada y oscura.
“¿Dónde
estaré...? Esta lluvia no me deja ver nada... ¡Qué buena vaina con
Concha! No puedo seguir así. Me estoy amargando la vida cada día
más. Es que está insoportable..., o tal vez sea yo quien tenga la
culpa, no sé, pero la situación es insostenible. Ya no me provoca
llegar a mi casa. ¿Para qué, si sé que tarde o temprano ella o yo
buscaremos un pretexto para comenzar una pelea?... No soy un viejo,
ni ella tampoco. Simón Saturnino ya casi no nos necesita; en
cualquier momento se enamora y se va, como es natural que ocurra.
Concha y yo todavía podemos rehacer nuestras vidas. Cada uno por su
lado, claro. No sé cómo lo tomará, pero esta misma noche le
planteo la cuestión; le hago ver que lo mejor para ambos es…
Bueno, separarnos, por las buenas, eso sí.”
El
temporal arreció.
Saturnino
bajó un poco la ventanilla para que saliera el humo del tabaco.
Excepto
por el amarillento e indeciso resplandor que brindaban los faros del
automóvil, el fangoso sendero era un inmenso pozo de oscuridad y
quietud habitado por los grillos y el diluvio.
–Qué
va, así no puedo seguir manejando. Allá se ve una sombra grande. Un
árbol.
♫♫♫
–¡Ana
Sofía, levántate inmediatamente de esa cama y ven a atender a
nuestros invitados!
La
bella hija de Débora Jaimes, tendida boca abajo en el enorme lecho,
volteó a mirar a su marido con reprimida indignación.
Vestía
una fina bata de casa de seda rosa, y a juzgar por sus enrojecidas
pupilas, había estado llorando, detalle que al degenerado marido le
tenía muy sin cuidado,
como se lo había gritado a la cara en ocasiones semejantes.
La
despreciativa mirada de ella le encolerizó:
–¡No
me mires así y obedece, condenada rebelde!
–¡Te
equivocas si crees que me voy a mezclar con esas mujeres que
trajiste! –saltó, incorporándose.
–¡Claro
que lo harás! ¡Vístete y ven conmigo, Ana Sofía! –ordenó el
marido.
Tenía
los ojos relampagueantes por el licor y los pases de cocaína que
había ingerido en una de las salas de aseo del pasillo con el
corrupto doctor Torrijos.
Ana
Sofía, con un estremecimiento de frío, se acercó al ventanal. El
temporal golpeaba con furia los cristales, como queriendo penetrar.
Sin volverse, dijo, metálica:
–Escúchame:
yo no voy a salir ahí afuera para que tus amigos me baboseen. Y no
son nuestros
invitados; son tus
invitados.
El
catire Poblete, que había traído una copa en la mano, la estrelló
iracundo contra la pared y se acercó a su mujer con los ojos
entrecerrados y los dientes chirriantes:
–Mira,
Ana Sofía, trata de entender esta vaina: Para mí es muy, muy
importante que el hijo de puta del doctor Torrijos me conceda un
ventajoso contrato que estoy trajinando desde hace meses. Creo que lo
tengo a punto de melcocha ya y me ha pedido, como condición única
para hacerme ese inmenso favor, que tú aceptes bailar un ratico con
él; nada más, Ana Sofía, de modo y manera que vas a salir y vas a
hacerlo con la mejor dispo...
–¡Yo
no voy a bailar con nadie, Poblete! –gritó, girando, y sin darle
tiempo a continuar la infamante proposición–: ¡Mucho menos con
ese viejo verde y baboso! ¡Si tiene ganas de bailar, o de lo que
sea, pues que agarre una de esas mujercitas que tú trajiste!
Poblete
sintió como un ardor en la cara y un peso en el estómago por la ira
que crecía y se le acumulaba en todo el cuerpo:
–¡Óyeme
bien, condenada puta de mierda: voy a salir de este cuarto y le voy a
decir al tipo que mi mujer saldrá en un momento a atenderlo, así
que te vistes y te arreglas un poco, grandísima egoísta, porque de
lo contrario vas a hacer que pierda la paciencia y me dé una de esas
arrecheras que me hacen volverme como loco y perder los estribos y
ponerme violento y tú no quieres eso! ¿Verdad que no...?
Le
propinó una bofetadita de advertencia y salió, cerrando con
suavidad la puerta.
Ana
Sofía se espantó de un manotazo las lágrimas. Desde luego, no era
la primera vez que su pervertido marido quería hacerle pasar por una
vergüenza semejante, sólo que ya estaba asqueada de representar el
papel de anfitriona amable y complaciente. Su dignidad se sentía
pisoteada ante la alcahuetería del desalmado individuo con quien,
más por contradecir a su madre y escapar de la casa que por amor, en
mala hora se había casado. Por otro lado, sabía que los ataques de
cólera de Poblete eran temibles. En oportunidades anteriores había
llegado al extremo (siempre empericado)
de golpearla, amarrarla y encerrarla en el sótano por negarse a
participar en sus bacanales. Esta vez ella estaba al borde de cometer
una locura, como le pronosticara a su madre cuando almorzaran
juntas, semanas antes.
En
la tarde, adivinando lo que le esperaba al asomarse y ver y escuchar
el alboroto, había acari-ciado (con perturbador consuelo) en par de
ocasiones el cañón del revolver que su marido escondía en el
interior de la cazadora de piel de búfalo, y luego, atemorizada, lo
había devuelto a su lugar.
Pero
ya no quería fingir ni degradarse más.
“¿Qué
hago, Dios mío? –musitó–.
¿Me mato o lo mato a él? ¿O a ambos...?”
Sabía
que tenía poco tiempo. En unos minutos Poblete volvería a entrar y
las cosas no quedarían sólo en palabras, sobretodo si él seguía
drogándose, como ella había advertido que estaba.
Desechó
lo del arma. No tenía la suficiente resolución para cometer un acto
así. Volvió el rostro hacia la ventana y se decidió. Sin meditarlo
un momento más, se calzó unos zapatos deportivos, corrió las hojas
de cristal y saltó...
Un
viento agresivo, furioso, húmedo le golpeó con fuerza el rostro y
los brazos, pero no se amilanó; echó a correr por entre el bosque,
confundiéndose con las sombras.
XVI:
LO
QUE TRAJO LA LLUVIA
(o
la realidad supera a la ficción)
Concha
de Solórzano, que tuvo que salir sola a hacer unas compras en el
centro de la ciudad luego que el aguacero huyó con rumbo a Catia,
aprovechó la ocasión para visitar a un hermano suyo que trabajaba
como dependiente en una panadería por los lados de El Silencio,
propiedad de un portugués más
pichirre que una locha ‘e queso,
como Bonifacio (el hermano de ella, alto, fortachón, con la cara
marcada por un viejo y virulento acné juvenil) decía entre risas.
Cuando,
entre café y cachitos de jamón (seriamente preocupada) le contó la
pelea con su marido, Bonifacio se carcajeó largamente.
–¡No
jó, chica! ¿Y eso fue todo?... No hombre, deja el afán. El cuñao
Saturnino es un alma ‘e Dios, vale. Quédate quieta.
–...Pero
es que salió muy bravo; hasta un portazo dió, y él nunca había
hecho eso, Bonifacio.
–Ah
pues, Concha, ¿vas a seguí? Te digo que no es nada. Ese debe estar
por ahí tomándose una cerveza, quédate quieta te dije.
–¿Tú
crees, chico? –dudó.
Pensó
en el brillo colérico que por primera vez en tantos años de
discusiones y peleas le viera al marido en los ojos cuando salió,
tirando la puerta, también por vez inédita.
Bonifacio,
encendiendo un tabaco barato con el mechero que sacó de uno de los
bolsillos de la bata que alguna vez fuera blanca, sonrió, superior:
–Umjú,
Concha, no seas pendeja, mija. Arrúgale la cara cuando regrese, para
que respete, y no le des de
aquello en quince
días.
–¡Qué
es, Bonifacio, chico, tú sí que eres, respeta! –se escandalizó
la hermana.
–¡Ah
pues, no seas gafa y hazme caso! –rió, y le entregó unas bolsas
de papel de estraza–: Toma, mete ahí dos panes andinos de aquellos
grandes de allá, cortesía del coño de madre del portugués.
♫♫♫
Hacia
Las Adjuntas
y Los Teques
la lluvia seguía cayendo fina, menuda, con su áspera cantinela.
Arriba, la luna recién nacida alumbró con fulgor plateado el
pedregoso sendero por donde una mujer solitaria y huérfana de afecto
y comprensión buscaba refugio contra la inclemencia de la naturaleza
y contra su profundo desamparo.
De
pronto, entre las penumbras, distinguió una enorme silueta y una
luminiscencia, como si una luciérnaga la llamara.
–Ahí
hay un árbol grande –musitó, emparamada y febril.
Bajo
la frondosa y gigantesca ceiba, el hombre de la radio había
terminado de dar rienda suelta a su amargura terminando el brandy y
fumando cigarrillo tras cigarrillo.
(La
lluvia, el anochecer, la helada brisa, pero sobretodo la
incomprensión y el desgano de sus respectivas parejas juntarán muy
pronto a estos dos seres solitarios bajo el refugio de un árbol en
un camino desolado,
como diría Saturnino ante el micrófono si estuviera narrando estos
hechos.)
Solórzano
Salas dio otra bocanada al cigarro cuyo fulgor Ana Sofía confundió
con un cocuyo y apuró completo el resto del frasco de licor. Cuando
arrojó el envase hacia el monte creyó distinguir una sombra
moviéndose entre los oscuros matorrales.
Cuando
ésta estuvo más cerca:
“Pero
si... ¡sí, vale! ¡Es una mujer! ¡Pobrecita; debe estar muerta de
frío!”,
se conmovió.
Alzó
el tono, gentil:
–¡Oiga...
venga,… por aquí...!
La
sombra llegó corriendo, desvalida, indefensa...
–Buenas
noches, señor...
–Venga,
venga, póngase aquí, mire... En esta parte no se filtra la lluvia.
–Muchas
gracias, señor, muy amable.
La
luz de la luna apenas lograba a traspasar la espesa cortina líquida.
Solamente
se adivinaban las facciones el uno al otro, pero las voces parecían
jóvenes aún, pensaron ambos.
Él
alcanzó a percibir el castañetear de sus dientes y el temblor de su
cuerpo.
–¡Huy,
señorita, pero sí está usted temblando! ¡Y empapada!
–Sí,
sí, claro –sonrió, entristecida.
En
la oscuridad él percibió la albura de la dentadura.
–Es
que llevo rato caminando.
–Espere,
le voy a dar mi chaqueta para que se abrigue un poquito. Está seca y
es de cuero.
–No
se moleste, señor, muchas gracias, así estoy bien.
–Pero
si no es molestia –insistió, quitándose la prenda y dándosela–.
Póngasela, haga el favor.
–Muy
amable –agradeció Ana Sofía.
Trató
de adivinarle la fisonomía en la oscuridad. Saturnino sonrió.
–Se
accidentó su automóvil, me imagino.
–¿Cómo?
–se sorprendió ella.
De
momento había olvidado la pavorosa circunstancia que la había
llevado hasta allí.
–Sí,
sí... Me... accidenté y bajé y empecé a caminar buscando ayuda,
pero comenzó a llover –logró balbucir, roja la faz por la mentira
inocente (pero mentira al fin).
–Claro,
con esos truenos, no era para menos –justificó él, y como éstos
no habían cesado y engendraban más relámpagos, pudo vislumbrar
fugazmente la radiante belleza de la dama.
“¡Virgen
del Valle –pensó–,
qué hermosa se ve a la
luz de la luna, y qué triste!”
–Yo
tengo mi carro ahí cerca, ¿oyó? –acotó, para tranquilizarla.
Ella
notó (y le gustó) su voz de roble, profunda, noble.
–Cuando
escampe, que yo creo que será pronto a pesar de esos truenos, porque
fíjese que ya no llueve tan fuerte, iremos a ver qué tiene el suyo,
¿le parece?
–Muchas
gracias, muy agradecida –musitó, estudiándolo también entre
destello y destello.
“Es
atractivo. Y sobretodo gentil. ¡Tan distinto del patán de Poblete!”
–¿Le
apetece un cigarrillo?
–No,
gracias, señor. No fumo.
La
lluvia y los relámpagos y los truenos (como había dicho el
desconocido) iban aplacando su furia.
El
locutor sonrió, simpático y galán:
–No
sabe cuánto lamento no tener un poco de coñac para ofrecerle, pero
me terminé una carterita que compré más temprano.
Ella
se turbó:
–No
importa, señor. Tampoco bebo.
–¡Ah
caramba, pero no me mire así! –ensanchó la sonrisa afable–. No
crea que soy uno de esos borrachitos de puente, no, sino que...
Ella
notó un dejo de amargura en el timbre varonil y oscuro.
–…A
veces uno tiene que... ¡Cóntrale, pero si está temblando otra vez,
usted!
Reprimiendo
el escozor que sentía en los párpados, temblorosa y a punto de
derrumbarse su entereza, asintió:
–Sí...
estoy... muy mojada, pero su chaqueta me está dando calor, no se
preocupe. Le agradezco muchísimo su ayuda, ¿sabe, señor?
–¿Cuál
ayuda, señorita? ¿Una piche chamarra?
El
chubasco, aventado por la brisa, se escapó tan repentinamente como
apareciera y les dejó únicamente por compañía la luna y el agudo
cri cri de los grillos.
Saturnino
sintió una oleada de ternura mezclada con una convulsión en el
pecho cuando vislumbró las formas de la mujer (prominentes, casi
exultantes), que la seda mojada parecía ceñir y resaltar, como
incubando un grito de auxilio, una desesperada llamada pasional.
¿Cómo
podría imaginar el narrador y productor de exitosas radionovelas que
esta sensual mujer que apareció entre los gemidos de la lluvia y los
rigores del anochecer era aquella misma hija para quien su ex patrona
Débora Jaimes alguna vez le pidió un consejo matrimonial?
Ella
tiritaba violentamente, temblorosos los labios, castañeteantes los
dientes.
(Se
miraron, ansiosos, acobardados. ¿Cómo culparlos si ocurriese lo
que, de mediar otras circuns-tancias, quizá ninguno de los dos
osaría pensar?)
Callaron
largo rato.
Encendió
él otro cigarro. Ella tanteó el tronco del árbol buscando algo
donde recostar su fatiga.
De
golpe, entre las penumbras, las miradas chocaron, como si los ojos
fuesen manos de ciegos buscándose. Él dejó caer el cigarrillo (que
murió instantáneamente en un charco) y abrió los brazos. Ana Sofía
se zambulló en ellos como si el suelo cediera.
Intentó
hablar, entender, explicar...
–Yo...
Tengo frío... No te conozco, pero...
Emborrachado
de pasión y alcohol, enamorado del amor por primera vez, miró los
labios carnosos que le embrujaban, y murmuró, cursi y protector,
como todos los enamorados que en el mundo han sido:
–Calla...
calla... Yo te salvaré del frío. Te ampararé de la noche y te
protegeré del viento y de las impurezas humanas.
Ana
Sofía cerró los ojos y entreabrió la boca para que él se saciara,
y para que le regalara esta ternura nueva que ella no conocía, y
sintió entonces que flotaba encima de la copa de la ceiba. Una
melodía de violines que su angustia inventaba, embriagadora, le
aturdía. Susurró, ingrávida:
“Esto
no es real... Es un sueño... Un cuento maravilloso pero ilusorio...”
Él
la levantó en vilo y se la comió a besos:
–¿Dónde
estabas, mujer de niebla...? Te he buscado siempre, siempre... desde
mi primera lluvia de hombre...
Ciertamente.
No mentía el hombre de la Radio. Como todos, había buscado su alma
gemela, su ideal de mujer desde que obtuvo su graduación de adulto;
al no encontrarla, igual también que casi todos, se conformó con
algo parecido y se casó con Concha. Pero había sido suficiente una
mirada, un gemido, un beso tibio de Ana Sofía para que comprendiera
rotunda y absolutamente que ésta desconocida aparecida de la nada
era ella,
la que siempre esperó, su compañera ideal, su otra mitad, su
apología de la vida. Y a la siempre inconforme muchacha le ocurrió
otro tanto; este hombre maduro y gentil y atractivo que
espontáneamente le ofreció su chaqueta y el calor de su mirada y el
refugio sin condiciones de su abrazo, era el caballero que toda mujer
esperaba, el tan mentado Príncipe Azul con que toda adolescente
soñaba, el Amor que ella toda la vida presintió y nunca había
experimentado. Y lloró de felicidad por primera vez en la emoción
del inefable hallazgo, y se encontró dichosa de padecer un dolor y
un mal tan gratificante, tan apacible y dulce (como decía aquel
poema de Andrés Eloy Blanco que tanto le gustaba), y se lo confesó
entre los respiros que él le permitía entre los besos:
–Yo
te... yo te he esperado siempre, siempre… Desde que bailé mi
primer vals…
Un
sollozo inevitable pero sublime para su alma le sacudió las
entrañas, y lloró mansamente al advertir que tal vez el Amor,
el Verdadero,
ya no pudiera ser en su vida.
–Si
hubieses aparecido, si te hubiera conocido antes de... Pero ahora es
tarde... Estoy casada...
–Schiiiissst
–hizo la nueva dulzura de él–... El antes no existe... Sólo la
luna, la noche, la lluvia que te trajo y se fue, este árbol
protector, y nosotros... Sólo nosotros...
–¡Sí,
sí, sí...! –gimió ella, compartiendo el sortilegio que él
fabricaba–. Sólo nosotros...
XVII:
LLUEVE
Y ESCAMPA
Eran
pasadas las ocho de la noche cuando Toño Solórzano Salas llegó a
las inmediaciones de Valencia y paró en el negocio de la portuguesa
Agustina, que era un modesto motel de carretera donde los gandoleros
y camioneros que transitaban por la ruta solían comer y a veces
dormir cuando no podían o no debían seguir viaje de noche.
El
atractivo principal del lugar era la presencia fresca y simpática de
Carmen, la hija de Agustina, una espigada muchacha como de 18 años
de edad que atendía a los viajeros con extremada cortesía y para
todos tenía una frase cariñosa y una sonrisa amable.
Una
vez que Toño hubo cenado y tomado café, llegó al motel el negro
Encarnación Ruiz y de inmediato se sentó a su mesa y pidió comida
y cerveza. Con acento confidencial, el muchacho le confesó que
aprovecharía la escasez de clientes para tratar de sostener con
Carmen la conversación cuyos términos había ensayado en solitario
durante todo el viaje.
Aupado
por su compadre, se acercó a la barra donde la joven contaba unas
monedas.
–Carmen...
estéeee...
–Qué
fue, Toño? –dijo, sin mirarlo–. ¿Qué más quieres? ¿Otra
cerveza?
–No,
no –y se aclaró la garganta, nervioso–... Es que... Quiero...
quería, bueno, conversar contigo... ¿Nos podemos sentar un ratico?
Ella
ahora sí le miró. Presintió que él hoy tenía tal vez los bríos
que de costumbre le faltaban, y trató de evadir la incómoda
situación.
–Cónchale,
Toño, ¿no ves que estoy atendiendo a los clientes?
–¿Cuáles
clientes, chica, si los pocos que hay ya comieron...?
–Bueno,
a los que lleguen.
–No,
Carmen, deja que tu mamá se ocupe de eso.
Lo
dijo con inesperada autoridad y soltura, azuzado por los gestos que
le hacía el Negro Encarnación desde la mesa.
–Ven,
chica, sentémonos aquí, que quiero hablar contigo y... bueno,
hacerte una invitación.
–¡Umjú!
–hizo ella, algo curiosa y coqueta, sin moverse de la caja
registradora–. ¿Una invitación? ¡Zape, mijo! ¿Cómo es eso,
Toño Solórzano?
–Ah
pues, chica, ¿cómo que zape? Una invitación, mija... ¿No te puedo
hacer una invitación?
–¿Pero
y tú no tienes que seguir viaje? ¿O te toca quedarte aquí esta
noche es?
–Ajá.
Mañana como al mediodía es que tengo que entregar esos carros que
llevo en la gandola.
–Bueno,
cátedra –accedió por fin ella –. Me voy a sentar contigo un
ratico, pues.
Carmen
(que era hija de madre lusitana y padre criollo y nacida en Carabobo)
vestía debajo de la bata azul de mesera un sencillo vestido de
flores blancas que destacaba su candor y su belleza mansa, natural y
tranquila, como agua de manantial.
Ya
en la mesa, a solas, ella interrogó, en guardia, pero divertida:
–¿Y
para dónde me piensas invitar, Toño? ¿A bailar? ¡Mira que en un
club de aquí va a tocar esta noche la Orquesta Aragón! ¿Tú tienes
para pagar esas entradas, mijito?
–¿Y
qué fue, pues? Para eso trabajo como un esclavo –se engalló él,
y luego, carraspeando y sudando de los nervios–: Mira, pero... yo
para donde te pensaba invitar era... para el cine, chica, a ver El
Peñón de las Ánimas,
que yo la ví, y es muy buena, con María Félix y el cantante
mejicano ése, vale, ése que...
–Sí,
sí; Jorge Negrete. Yo también la vi.
–Y
si no la película que tú quieras, pero si te provoca ir a bailar
con la Aragón, yo te llevo, no hay lío.
–¿En
serio, Toñito? –se burló la joven.
–En
serio, Carmen, lo único es que... Bueno, como todavía no he
cobrado, no sé si me alcance la plata, aunque mi compadre me puede
prestar lo que...
–¡Ay,
no, Toño, chico, no importa! –estalló ella en una sabrosa
carcajada exenta de burla que hizo brillar la dentadura del Negro
Encarnación en una amplia sonrisa al ver que todo iba bien para su
querido pero tímido compadre.
–¡No,
chico, era para ver qué decías! ¡Esa música de la Aragón es para
viejos, vale! Vamos al cine, cátedra, pero yo quiero ver es Lo
Que el Viento se Llevó,
que la están dando otra vez. ¡Esa sí es chévere, Toño!
–Bueno,
vamos a ver ésa si quieres.
–Pero
tienes que pedirle permiso a mi mamá.
–No
hay problema. Tú sabes que ella me quiere mucho.
–¡Si
hasta parece que fueras también hijo d’ella! –dijo, riendo y
mirándolo a los ojos.
Pero
luego, como cayendo en cuenta que el muchacho se había atrevido a
invitarla a ir, ¡solos!, al cine, cosa que no dejaba de ser un poco
escandalosa y hasta inusitada en él, se le quedó viendo de otra
manera:
–Mira,
chico, ¿y esa rareza? ¿De cuando acá tú me invitas a salir, y
sola?
–No,
no, sino que – tartamudeó, y no se aguantó–... Mira, pasa lo
siguiente; yo quería hablarte era de Hugo, chica.
Ella
abrió los ojos y se estrujó las manos con tanto contento, que el
infeliz camionero volteó a mirar a su compadre, aterrado.
Carmen
flotaba de felicidad:
–¿Es
en serio, Toño? ¿Qué pasó...? ¿Ya regresó de Estados Unidos es?
¿Me mandó a decir algo contigo? ¿Dónde está?
♫♫♫
–Por
fin escampó. ¿Cuánto tiempo habrá pasado? –dijo ella, con los
ojos cerrados.
–No
sé –murmuró él–. No quiero saber. Una hora, dos... Mil… No
importa…
–Sí
importa. Ya la lluvia se fue. También yo debo hacerlo.
Se
produjo un silencio chocante. La luz de la luna permitía ver los
contornos de las cosas.
Saturnino,
pleno de expectativas, se incorporó del húmedo suelo bajo la ceiba.
–Entiendo
–dijo, mirándola–. Mi nombre es Saturnino Solórzano Salas.
¿Cuál es el tuyo?
–Debo
irme. Es muy tarde –evadió ella, saciada pero avergonzada,
incorporándose con rapidez.
–Espérate...
Yo te llevo a buscar tu automóvil.
Pero
la mujer ya se alejaba, irremediablemente, tras devolverle la prenda:
–Me
voy... Gracias por haberme prestado tu chaqueta... y por todo lo
demás. Adiós.
–Espera
un momento... Oye, ni siquiera me dijiste tu nombre –gritó hacia
la noche, que se había tragado a la desconocida–. Oyeeee, yo
trabajo en Radio Cultura, ¿oíste?... ¿Oísteee?
Su
reclamo fue inútil. Sólo a los grillos escuchó. Un acre sabor le
subió a la boca al pensar que ni siquiera el nombre de la mujer de
su vida pudo retener.
–¿Quién
eres? ¿Por qué has compartido conmigo un rato que ha sido como una
vida y ahora te esfumas como un bello sueño? ¿Cómo te llamas,
mujer de misterio? –suspiró, vulnerable, con una fea corazonada en
el pecho.
♫♫♫
¡Vaya
pa la auyama! ¡Ya metí la pata!
–pensó el camionero, sin valor para decirle la amarga verdad.
Refulgían,
felices, los ojos aceitunados de la hija de la inmigrante portuguesa,
esperanzados con la promesa de tener noticias del amado ausente. Toño
desvió los suyos del rostro anhelante de ella y sintió una quemazón
en los párpados y un agudo retortijón de tripas.
Ella
notó su incomodidad y vio venir una nueva decepción, pero
valientemente preguntó:
–¿Qué
pasa, Toño...? ¿No... no has visto a Hugo?
–Yo
no dije que había visto a Hugo, Carmen.
–¿Y
no ibas a hablarme de él, pues?
–Claro,
pero no para decirte lo que tú estás esperando que te diga,... sino
la verdad.
Se
oyó el rodar violento de una silla:
–Hablamos
mejor después, Toño.
–¡No,
ya va, Carmen, no te vayas! Alguien tiene que hablarte claro de una
buena vez, porque ya basta.
–¿Ya
basta de qué, chico? –gritó, arisca y al borde del llanto.
–¡De
mentiras, chica, de engañarte tú misma! Aunque te molestes conmigo,
te voy a hablar más claro que el agua –insistió, con franco
acento, sin soltarle la mano que le había aferrado–. Tú sabes que
yo soy tu amigo, ¿no es así?
–Sí
–asintió, bajito–, yo sé. ¿Por qué?
–Porque
te voy a hablar como amigo, por muy... incómodo que me resulte.
Y
ella, sabiendo letra por letra todo lo que él iba a criticarle y a
recomendarle, le atajó, zafando su mano con suavidad y dejando que
finalmente las lágrimas rodasen por su rostro de facciones un poco
toscas, campesinas.
–Yo
sé que tú me aprecias mucho y que sufres cuando me ves sufrir, y yo
te lo agradezco –lloró, ya sin reservas.
Él
se moría por abrazarla, y estuvo a punto de hacerlo, instado por las
señas de Encarnación, pero no era tan valiente.
Pasados
unos momentos, ella siguió, entre sollozos y toses:
–Te
juro por ese cariño que yo sé que me tienes que he hecho hasta lo
imposible por olvidarme de Hugo, pero nada, Toño, ¿y qué quieres
que haga, si no puedo?
–Aunque
así sea, Carmen, yo tengo que decirte las cosas como son: Hugo
Bosner no va a volver nunca; tú no significaste nada en su vida.
–¡Embuste,
embuste, embuste! –estalló, como un niño a quien le revelan que
los Reyes Magos no existen.
–Te
juro por mi madre muerta que es cierto; estás desperdiciando tu
vida, tu preciosa juventud.
–¡Pero
es que yo lo quiero, Toño, lo necesito!, ¿no entiendes?
Toño
volvió a tomar sus manos y le buscó los ojos:
–No
seas zoqueta, vale. Lo único que tú de verdad necesitas es quererte
un poco tú misma, Carmen. Tú vales mucho para un patiquín como
Hugo, carajita.
–Ay,
Toñito, tan bueno que eres tú conmigo, vale –hipó, calmándose
un poco.
–Yo
soy tu amigo y conmigo puedes contar para lo que quieras.
–¡Ay,
tan tierno! Dios te lo pague, Toñito.
–¿Cómo
estuvo la comida, Toñitu? –dijo una voz gruesa acercándose a la
mesa, y al ver las lágrimas de la hija, se alarmó–: ¿Qué fue,
qué tienes, rapaciña?
La
rolliza Agustina Oliveira notó que su hija tenía los ojos
enrojecidos y la cabeza gacha mientras sus hombros se estremecían
levemente. Una mirada al rostro apenado de Toño le reveló lo
sucedido. Su mano, gordezuela y callosa por el duro y esclavizante
trabajo diario, acarició el cabello de la hija con maternal ternura.
–¿Qué
sucede, Carmenciña...? ¿Por qué lloras?
–No
es nada, Agustina –dijo él–; conversación de amigos, tú sabes.
–Con
permiso, voy al baño –murmuró Carmen, y salió en carrera,
llorando.
Agustina
se quedó mirando su marcha. Después miró al camionero, triste.
–Por
fin te atreviste a decirle la verdad, ¿no?
–Ya
tú sabes lo que yo siento por ella, Agustina; alguien tenía que
decirle, y como yo veía que tú no procedías, pues...
–Mira,
Toñitu, para una madre es muy difícil, muy complicao tener que
romper el corazún de una hija de esa manera –explicó la buena
mujer con su lusitano acriollado–. Simplemente nu se puede,
¿comprendes?
–Sí,
Agustina. Tampoco creas que para mí fue fácil, pero te repito que
había que hacerlo. Ahora te toca a ti consolarla un poquito –y
añadió, en tono de complicidad–: dile que se recuerde que tenemos
que ir al cine; si tú das permiso, claro...
–Ay,
miju, te lo he dicho muchas veces: prefiero a mi Carmenciña contigu
que con ese vago ricachón y sinvergüenza de Hugo Busner.
–Yo
sé, Agustina, y te lo agradezco.
–Pero
en el corazún no se manda, Toñitu –filosofó ella, y echó a
andar–. Voy a hablar con ella. Échame un oju al negociu, ¿eh,
Toñitu?
–Sí,
hombre... Anda tranquila. ¡Para la gente que hay!
La
corpulenta portuguesa, que había dado unos pasos, se regresó de
súbito, rascándose la cabeza, pensativa.
–Ah,
mira, casi se me olvida... Esta tarde te vino buscando una mujer por
aquí por el negociu.
–¿A
mí? ¿Aquí...?
–Sí.
Me preguntó por Antoniu Solórzanu Salas. Eres tú, ¿no?
–Claro.
¿Y dijo cómo se llamaba?
–No,
no diju.
–¿Y
por qué no se lo preguntaste, Agustina?
–Porque
en Madeira me enseñaron a no meterme en lo que no me importa,
mijitu, por eso.
–Bueno,
bueno, no hay problema, chica, no te encrespes. ¿Qué le dijiste
tú?
–Que
si quería dejarte algún recadu, lo dejara, que tú todas las
semanas venías por aquí, pero dijo que no, y se fue.
–¡Basirruque!
–exclamó el joven, y luego, curioso–: ¿Quién sería...?
–Algún
familiar tuyo.
–No,
no creo, Agustina. Tengo muy pocos, y cuando alguno se quiere
comunicar conmigo, me llaman allá a la compañía y me dejan el
recao, o me avisan con Saturnino, que yo siempre estoy en contacto
con él. ¿Quién puede ser esa mujer? ¿Cómo era, Agustina?
–¿La
mujer? Una muchacha bonita, blanca...
–¿Y
a ti no te pareció raro que no quisiera dejar su nombre, chica?
–Sí,
un poquiñu, pero tampocu le hice mucho caso porque tenía gente que
atender –concluyó Agustina.
Con
aire áspero se fue rumbo a la cortina de canutillos que separaba el
restaurante propiamente dicho de las habitaciones particulares de
ambas mujeres.
Toño
quedó en la mesa, pensativo.
El
Negro Encarnación, que desde la suya del rincón había visto y oído
todo, se acercó a su compadre y tomó asiento.
–Épale,
compay... ¿Qué jue? ¿Too bien?
–Sí...
Todo bien.
–Ajá
–hizo el negro, mirando al muchacho. Tosió fuerte, elocuente, por
tres veces–. ¿Le
cantó las cuarenta a la inocente o qué, compay?
–Sí
–susurró, con un dejo amargo–. Le dije la verdad; que Hugo nada
más había jugado con ella, que no iba a regresar nunca, y le pegó
fuerte, como te darías cuenta, compa.
–Guá,
naturalmente; ¿y qué querías tú, pué? Pero lo mejol es lo que
sucede, como decía el agüelo mío. Más vale caé que tá
guindando, mi compay.
El
negro estudió, preocupado, la seria cara de su amigo, y luego hizo
la pregunta que le quemaba el pecho:
–Y
tú, compay Toño, ¿‘chaste pa juera too lo tuyo?
–¡No,
qué va!... Primero, no me dio tiempo, y segundo, no sé si me
hubiera atrevido. Le hablé nada más como amigo.
–¡Jumm!
–hizo, escudriñándole el rostro–. Mire, compañero, hombre
miedoso no besa mujel bonita, y el que no tiene dientes tiene que
apretá con las encías.
Después
de un corto silencio, se incorporó, serio el semblante.
–Pero
usté sabrá su cosa; me voy a dormí, compae Toño, polque tengo que
cogé carretera tempranito.
–Ajá,
nos estamos viendo, compadre –dijo el otro, con aire ausente.
–Dios
me lo gualde, compa, ¡y quite esa cara de sapo pisao ‘e carreta,
que pol lo menos se atrevió a hablale, y algo es algo, piol es nada!
Una
sonrisa triste le despidió:
–¡Vaya
pa’... la auyama, compay Encarnación!
XVIII:
VERDAD-ES
–¿Dónde
carrizo andabas tú, Ana Sofía? –se encolerizó el catire
Poblete–. ¡Contéstame, carajo! ¿Dónde coño andabas tú, zorra?
Ella,
que había entrado por la parte trasera de la vivienda con el cabello
en desorden y la fina bata rosa manchada de tierra y hierba pero con
la mirada franca y distinta, nada contestó.
Quiso
ir a su habitación, pero él, luchando por contener su cólera, le
cerró el paso. El alcohol y la cocaína consumidos le tenían las
órbitas de los ojos desencajadas y las mandíbulas rumiantes.
–¡Dime
dónde andabas, Ana Sofía Poblete!
–Por
ahí, Wilfredo, caminando –respondió empleando el nombre de pila
de él como un modo de apaciguarlo para retardar lo inevitable.
–¿Caminando?
–se atragantó de ira el alcahuete esposo–. ¿Te fuiste a caminar
de noche por esos senderos íngrimos y con la lluvia que estaba
cayendo? ¿Y te pasaste casi cuatro horas caminando? ¡No seas
ridícula y descarada, chica! ¿O es que tú crees que yo soy cogío
a lazo? ¿Con quién te fuiste a ver tú, ah?
Lo
miró, callada.
–¡Coño,
Ana Sofía, contéstame, carajo!
–Estoy
cansada, Wilfredo. Voy a acostarme.
Sus
maneras eran tan pasivas, tan distante su mirada, que el abogado no
encontró asidero para descargar con violencia física su rabia, su
despecho, como le pedía el cuerpo. Pero siguió intentándolo:
–Responde,
Ana Sofía; ¿para dónde andabas tú?
Ella
levantó los ojos al cabo y le arrojó su desprecio en el rostro,
incontenible:
–Déjame
en paz, degenerado.
Intentó
ir a su alcoba sin preocuparse más del colérico y frustrado
Poblete, pero éste, fuera de sí, le cruzó la cara con un bestial
bofetón; ella exhaló apenas un quejido, le tendió otra mirada
cargada de desdeñosa indiferencia y echó a andar.
Él,
desconcertado, impotente, la dejó ir.
–¡No
creas que esto se va a quedar así, maldita puta de mierda! –gritó–.
¿Escuchaste, vagabunda? ¡Me hiciste perder un tronco de negocio,
pero me las vas a pagar...! ¿Estás oyendo, callejera...?
♫♫♫
En
Valencia, cuando Carmen Oliveira se calmó un poco, Toño, con la
ayuda de Agustina, la convenció para ir al cinematógrafo como
habían quedado. Casi a regañadientes, la muchacha convino.
Sin
embargo, de regreso, el pobre chico se arrepintió de su insistencia;
no pudo lograr que ella pronunciara una sola palabra. Encerrada en un
mutismo absoluto, ni siquiera se dignó comentar si la película le
había gustado. Cuando entraron al restaurante del motel, desierto a
esa hora, la madre de la joven les recibió, soñolienta y curiosa.
–¿Cómu
les fue? ¿Te gustó la película, Carmiña?
–Si,
mamá –respondió en un susurro.
Agustina
sonrió, conociendo a la hija.
–Pero
no parece, rapaciña, pur la cara que traes –criticó, y después
se acordó–: Ah, Toñitu, la mujer que vino esta tarde a buscarte,
regresó.
–¿Ah
sí? ¿Y qué dijo, Agustina?
–Todavía
está aquí.
–¿Qué?
–se asombró él.
–Allá,
en aquella mesa del fondu. Mira, ahí viene...
Carmen
y Toño voltearon.
Una
mujer de unos 27 años, blanca, agraciada, esbelta, de mirada un poco
triste pero de sonrisa radiante se acercó al grupo.
–¡Hola,
Antonio, mi amor! ¡Por fin! –dijo, simpática.
–¡Ernestina!
–musitó Toño, con genuina sorpresa, mientras la mujer se acercaba
y besaba su boca, ante la curiosidad de las otras dos.
–La
mismita que viste y calza, y en persona, mi amor... ¿Pero por qué
esa cara, chico?
–Por
nada, sino que… Te juro que ni me pasó por la cabeza que fueras
tú, Ernestina, sinceramente te digo.
–Pues
ya viste que sí. ¿Cómo estás tú, mi cielo? –dulcificó más su
tono la visitante.
–Bien,
bien –dijo, sin reponerse del todo de la sorpresa–. ¿Y tú? ¿Qué
es de tu vida?
Agustina,
notando que ni ella ni su hija habían sido tomadas en cuenta, tosió
con discreción:
–Bueno,
con permiso... Vamos, Carmiña, hija.
–¡Cónchale,
Agustina, ya va!; perdonen la falta de educación; lo que pasa es que
me sorprendió tanto ver a Ernestina, que... Bueno, mira, Ernestina,
ella es Agustina, la dueña del negocio; esta es Carmen, su hija...
Agustina, Carmen, ella es Ernestina... Ernestina es mi –un ligero
titubeo lo delató–... Una vieja amiga.
–¿Una
vieja “amiga” nada más, nené?
–y enfatizó el localismo como si acabara de inventarlo.
–Bueno,
encantada de conocerla, señorita –saludó Agustina, amable–...
Estamus a su disposición aquí en el negociu.
–Muchas
gracias, señora Agustina, muy amable; es un gusto –siguió
sonriendo.
Luego
extendió la mano a Carmen, que la ignoró y le dedicó un seco hola
en tanto admiraba (secretamente) la elegancia natural de la otra, su
cabello corto y moderno, su blusa de fina franela blanca con flecos y
su falda gris con vivos dorados.
–Hola
–respondió Ernestina, sin más, y se dedicó a él–. Antonio,
papito, ¿dónde podemos... hablar?
–¿Y
no lo estamos haciendo ya, pues? –dijo, insípido.
–Sí,
claro, pero me refiero... a solas.
Agustina
tomó por el brazo a Carmen y tras una leve inclinación de cabeza se
alejaron rumbo a la barra.
Toño
(sin saber qué hacer con ellas) se metió las manos en los bolsillos
del pantalón:
–¡Uuff,
repito que ésta sí que es una sorpresa, no juegue!... ¡Lo que es
la vida, no!... ¿Y de dónde sales después de tanto tiempo, ah,
Ernestina Beltrán? –y trató de que no se le notara mucho el
despecho y la rabia viejos.
–De
por ahí, de la vida, chico –dijo ella, desen-vuelta, jovial; y
después, bromista–: Mira, ¿es que es muy caro sentarse en una
mesa de estas, que no me invitas, nené?
–¡Cóntrale,
chica!... Perdona... Ven –la llevó a una y se sentaron–.
¿Quieres tomar o comer algo?
–Café
negro.
–Vamos
a ver si queda hecho. ¡Epa, Carmen, dos cafés, si hay!
–¿Cómo
los quieres? –contestó, alejada y de mala gana.
–¡Negritos!
Hubo
un largo silencio. Toño, que era como tres años menor que ella,
puso sus gruesos antebrazos de gandolero cruzados sobre la mesa y la
miró todavía con la incredulidad alumbrándole la faz.
–¿Y
eso, Ernestina, cómo fue que se te ocurrió buscarme aquí en el
negocio de la portuguesa Agustina?
–Guá,
mi amor, muy fácil: te seguí el rastro.
–¿Cómo
es eso?
–Pues
le pregunté por tu paradero a unos gandoleros amigos tuyos en
Guarenas, donde yo vivo, y me dijeron que aquí podía encontrarte
sin falta, y me vine, y ya. Tú me conoces, Antonio Solórzano Salas.
(Siempre
se negó a decirle Toño: “¿no
ve que así le dice todo el mundo?”)
–Ah,
claro –dijo, mirándola a los ojos y sintiendo un coletazo de su
antigua nulidad ante su desparpajo–. Te repito que cuando la
portuguesa me dijo que una mujer había estao buscándome esta tarde,
jamás se me ocurrió pensar que fueras tú.
–¿Por
qué no? –quiso saber ella, esperando los reproches (que sabía
merecidos).
–Porque
no tuve más noticias tuyas desde la última vez que nos vimos...
¡Pensé que te habías ido a otro planeta, a la luna, qué se yo!
–Vieras
que no... Estuve –y la sonrisa fácil y simpática se le congeló
en el bonito rostro, que se fue volviendo más doliente–... Estuve
por ahí, rodando...
Otro
silencio penoso. Toño la miró, fugaz:
–¿Por
qué apareciste, Ernestina? ¿Necesitas ayuda o qué?
–Vine
por ti, Antonio.
Se
oyó un taconeo y Carmen puso con brusquedad dos tazas de café sobre
la mesa:
–Aquí
está el café. Dos negritos.
Pero
la pareja no le prestó atención, ocupados en sus remembranzas.
–¿Por
mí? –dijo él–. ¿Viniste por mí? No entiendo.
–¡Epa,
dije que aquí está el café! –gritó Carmen, impertinente, para
sorpresa de la pareja.
–Sí,
ya sabemos, señorita... Muchas gracias –murmuró Ernestina,
mirándola.
–Gracias,
Carmen, muy amable –agradeció Toño con suavidad, aunque
extrañado.
–Por
nada... Que les aproveche –graznó, y tras una fiera y desafiante
mirada a la otra mujer (a quien descubría como rival y superior,
para propia y mayúscula sorpresa), se alejó con paso vivo y
altanero. Ernestina observó su marcha y supo en su interior que
entre ella y Antonio existía algo, pero se abstuvo de comentarlo, y
fue directo a lo que le interesaba.
–Me
imagino que no te habrás casado, ¿verdad?
–No,
no me he casao, Ernestina –contestó, agresivo. Ella se le quedó
mirando; después le acarició una mejilla.
–Te
noto... cambiado... Como más maduro.
–Lógico.
El tiempo pasa, para todos, Ernestina, y los golpes enseñan.
–¿Son
cosas mías o escucho un reproche en tu voz?
Toño
endulzó su café con el azucarero de vidrio, tras ofrecerle a ella,
que no quiso. Mientras movía la cucharilla de aluminio, respondió,
seco:
–¿Un
reproche? Acabas de decir que vienes por mí, como si yo fuera un
camión que dejaste parao y apagao un tiempo y ahora quieres
prenderlo otra vez... ¿De qué te extrañas?
–Pero
yo no he hablado de camiones –objetó, dulce.
–Mira,
Ernestina, tuvimos una...; bueno, lo que sea que tuvimos, y fue
cátedra, pero un día volaste sin ninguna explicación, y eso...
–¡Pero
yo te quiero, Antonio! –exclamó con súbita pasión, con repentino
miedo al notar el despego de él–. ¡Te adoro!
–¡Si
hó! –ironizó Antonio.
–¡Nada
de si hó;
siempre te quise! –se apasionó, y le tomó el rostro con las manos
y le obligó a mirarla– ¡Antonio, lo pasado, pasado; regresé a ti
y por ti, y eso es lo que importa!
–Así
es muy fácil.
–¡No
me digas que ya tú no sientes nada por mí...! –dijo, incrédula,
Ernestina Beltrán. Toño sonrió con amargura, casi divertido.
–¡A
ti como que te patina el coco, chica! ¿Cómo voy a sentir algo por
ti si más nunca volví a saber tuyo?
–Pero
Antonio, papi, nené,
¿y lo que teníamos, lo que vivimos, nuestro amor...?
–¿Nuestro
amor? –se carcajeó el muchacho, ya sin despecho–. ¿Cuál amor,
Ernestina? Eso se perdió, a ese amor se le acabó la gasolina; tú
lo dejaste echase a perder, accidentarse –y se quitó con firmeza
las manos de ella de su cara–. Mira, mija, al pan, pan, y al vino,
vino, como dice la portuguesa Agustina: Para ti nuestro
amor fue como un
guante olvidao en un picoteo.
–¡No,
no, Antonio, eso es embuste, eso es embuste! ¡Lo nuestro fue
hermoso, es hermoso todavía, yo lo sé, yo lo sé!
–Desengáñese,
comadre, que no hay angelitos negros,
como dice Andrés Eloy –soltó, frío.
–¡No
me digas así, Antonio!; yo necesito que me des otra oportunidad para
demos...
–¡Ernestina,
no te vistas, que no
vas!
–¡Antonio,
por tu madre, no me hagas esto, papito! –se desesperó la elegante
caraqueña, pero no quería llorar enfrente de él.
Se
volvieron a oír los pasos fuertes, marcados, de la hija de la
portuguesa, que se acercaban, chocantes:
–Permiso
por aquí... ¿Terminaron?
–Sí,
sí, Carmen –dijo él–... Llévate las tazas, y muchas gracias.
–Bueno,
se apuran, porque ya vamos a cerrar.
–¿Van
a cerrar? Pero si apenas van a ser las…
–¡No
me interesa nada! ¡Se acabó la ñapa! ¡Se apuran en su habladera
ahí porque ya vamos a cerrar, dije!
Y
obviamente celosa (aunque este sentimiento, nuevo en ella, la tenía
confundida todavía) les dejó con un palmo de narices. Toño no lo
podía creer:
–¡Adiós
coroto! ¿Y qué le pasa a esa niña? Nunca la había visto portase
con esa retrechería... ¡No sabía que era tan mal educada!
–No
me digas que no lo habías notado –comentó Ernestina, con sonrisa
afligida.
–¿Qué
era tan malcriada? Pues no...
–¿No
te habías dado cuenta que esa niña está enamorada de ti?
–¿Quién,
chica? –negó, perplejo, pero acariciando secretamente la
posibilidad.
–Cualquiera
puede verlo –susurró ella, despechada–. ¿Es tu novia?
–¡Claro
que no! ¡Ojalá!
–Haces
mal en negarlo. Se nota que está celosa, y además te vi cuando
venías de la calle con ella del brazo. ¿La quieres mucho...?
–Pues
sí –dijo Toño, tras un largo suspiro–... Yo la quiero mucho,
pero ella a mí no.
Tras
un minuto de hosco silencio, ella no pudo contener más un llanto
silencioso, digno.
–Bueno,
C'est la vie,
como dicen los franceses –sollozó la guapa mujer, limpiándose con
contenida rabia las mejillas lagrimeadas con el dorso de la mano–.
¿Dónde queda el baño de damas, Antonio, por favor?
–Por
allá, a la izquierda, pero creo que siempre está cerrao... Tú
sabes, pa que los tipos no lo utilicen, porque hay mucho cochino
suelto –intentó él aliviarle la pena–. Tienes que pedirle la
llave a Carmen.
–¿Y
tú crees que me la dé? –bromeó, llorosa, y se dirigió hacia
donde la hija de la portuguesa fingía secar unos vasos mientras a
hurtadillas observaba a la pareja.
XIX:
SIMÓN
–Bendición,
papá –oyó Saturnino que decía su hijo cuando sacó las llaves y
entró por la puerta de la calle, todavía con las huellas de su
aventura con la desconocida visibles en su ropa y persona.
–Dios
te bendiga, mijo. ¿Qué haces despierto?
–¿Todo
bien? –insistió el adolescente en voz baja mirando por detrás de
su hombro hacia la puerta del cuarto de su madre.
–Sí,
todo bien –contestó el padre, cerrando con suavidad.
Entró
en su despacho, encendió la luz y buscó una botella de güisqui. El
joven le siguió. Casi en seguida unos pasos rápidos trajeron una
figura seca y severa, que tenía el cabello lleno de cilindros de
papel sanitario, la cara embadurnada de un menjurje marrón, el flaco
cuerpo embutido en una fea y vieja bata de casa morada y calzaba unos
chanclos de gruesa y resonante madera.
Era
Concha de Solórzano.
–¡Mírame
eso! ¡Apareció el perdido! ¿Y se puede saber dónde estabas tú,
Saturnino, ah?
El
locutor, sin fuerzas ni ganas para lidiar con ella, se sirvió el
güisqui y se derrumbó en su sillón, con aire ausente y desprovisto
de agresividad. Ella insistió, amenazadora:
–¡Contéstame,
Saturnino!
–Estaba...
por ahí, en la vía.
–¿Por
ahí dónde, chico, en qué vía? ¿Por qué traes la ropa y los
zapatos llenos de barro, ah?
–Concha,
¿me harías el enorme favor de dejarme tranquilo, por caridad? No
tengo ganas de discutir –pidió, lanzando un profundo suspiro de
apaciguamiento, pero ella no estaba dispuesta a desaprovechar la
ocasión:
–Mira,
mijito, por mí puedes tirártele a un carro si quieres, pero el que
me preocupa es este hijo tuyo. ¿Sabes qué hora es, Saturnino
Solórzano?
–Son
casi las doce, Concha, ¿por qué? ¿Qué sucede con Simón?
–¿Sabes
a qué hora llegó...?
–No,
Concha, no sé a qué hora llegó.
–¡Hace
cinco minutos llegó, hazme tú el favor, ¿ah?; y no hay forma de
que me diga dónde andaba!
Saturnino
se quitó las manos de la cabeza y volteó a mirar a Simón, que,
recostado de la pared, con los brazos cruzados y una mueca
irreverente sólo les miraba discutir.
–Simón,
hijo, ¿dónde estabas?
–Por
ahí, papá, con unos amigos –replicó, fastidiado.
El
hijo de Concha y Saturnino era alto y corpulento para sus 16 años,
de cabello con corte cepillo e incipiente bigote que aún no había
probado una hojilla.
–¿También
usted se va a poner como mamá, que no quiere darse cuenta que ya soy
un hombre hecho y derecho? –preguntó, aspaventoso, el adolescente.
–¿Ves,
ves? ¿No tengo razón? ¡Fíjate cómo le contesta a uno, manotiando
y demás!
–Ya
va, chica, deja, yo hablo con él.
–¡Pues
no, señor! –saltó, colérica–. ¡De cuándo acá! Yo también
voy a participar en esto. Yo lo parí, ¿no es así?
–Claro,
claro –admitió el locutor–. Simón, escucha, quiero explicarte
una cosa...
–¿Qué
me va a explicar usted, papá?
Saturnino
abandonó su aire indolente y se acercó al hijo con mirada
sentenciosa:
–Simón,
escúchame bien; no importa qué edad tengas, tú vives en esta casa
y nos debes respeto y obediencia. No puedes coger la calle y perderte
y llegar a la hora que quieras, porque esto no es un hotel, Simón;
esto es un hogar, y tu deber...
–¿Esto
es un hogar, papá? –rió, mordaz, el zagalón–. ¿Está seguro?
–¿Qué
quieres decir con eso, falta’e respeto? –gritó Concha, agresiva,
yéndosele encima, pero Saturnino se interpuso, rápido:
–Espérate,
Concha; te dije que me dejaras llevar esto a mí. A ver, Simón,
¿quieres aclarar eso? ¿Para ti éste no es tu hogar, entonces?
–Usted
sabe lo que quise decir, papá; usted no es bruto.
–¡Pues
a lo mejor yo sí! –volvió a saltar, hecha una fiera–. ¡Habla
más claro, Simón Saturnino!
–Mamá,
¿en serio usted cree que esto es un hogar?... Esta casa más bien
parece un ring de lucha libre donde cada uno está buscando humillar
y fregar al otro como sea.
–¿Pero
tú estás oyendo a este hijo tuyo, Saturnino Solórzano Salas?
–Espérate
te dije, Concha, por Dios –se impacientó–. Mira, Simón, no te
niego que tu madre y yo peleamos alguna que otra vez, pero eso es muy
normal entre...
–¿Alguna
que otra vez, papá? –ironizó de nuevo el muchacho, doliente–.
¡No me haga reír! ¿Saben por qué me voy por ahí cuando llego de
clases? ¡Para no verlos pelear, para no oírlos intercambiar
insultos como si en lugar de ser marido y mujer fueran dos personas
que se odian!
–¡Ya
está bueno ya, Simón Saturnino! ¡Cállese a la boca!
–Cátedra,
mamá. Me callo –aceptó, con los ojos brillosos de rabia.
–¡Coño,
haz el favor de dejarme hablar con el carajito a mí solo, por Dios
Santo, Concha!
–¡Ya
te dije que yo también tengo derecho a intervenir en esto! –se
rebeló, furiosa.
Él
se volvió y la encaró por vez primera en su perra vida:
–¡Carajo!
¿Estás sorda? ¿Sales, o prefieres que te saque yo?
Ella
lo miró con ojos de sorpresa y rabia.
–Bueno;
me voy –aceptó, a regañadientes–... ¡Pero después tenemos que
hablar tú y yo, Saturnino, no creas que voy a dejar que esto pase
por debajo de la mesa!
–Claro
que sí; ya lo creo que tenemos que hablar. Ahora sal, has el
favor...
Tras
una última mirada a ambos recordándoles que aquello no había
acabado, Concha salió, cerrando la puerta. Saturnino suspiró
profundamente y cerró los ojos, tratando de que el hijo no notara el
profundo naufragio interior que estaba atravesando.
Se
sirvió otro medio vaso de licor, se le acercó más y le habló en
tono pausado, afectuoso y respetuoso:
–Simón,
hijo, óyeme bien: Sé que tienes razón; que éste no es lo que, en
el más estricto sentido del vocablo pudiéramos llamar un hogar,
pero es el único que tienes y quiero que lo respetes, ¿está bien?
El
joven se quedó mirando los ojos de su padre. Luego asintió, ya sin
agresividad:
–Sí,
papá. Comprendo. Al menos con usted se puede hablar, pero mamá
es... muy intransigente.
–Aunque
así sea, es tu madre, Simón Saturnino –casi volvió al tono
regañón el periodista, pero se aguantó a tiempo.
Bebió
otro enorme sorbo y sólo así se atrevió a expresar en palabras lo
que su mente había venido decidiendo una y otra vez desde horas
antes, cuando viviera su extraña aventura con la mujer desconocida
con la cual la lluvia le había agasajado:
–Hijo,
creo que de ahora en más tendrás que ocuparte solito de tu mamá…
El
hijo, quizá comprendiendo que su graduación como adulto se
aceleraba a pasos supersónicos a partir de esta conversación que
presentía definitiva, nada dijo, pero no apartaba los ojos
preguntones del rostro de su papá.
–Hijo,
yo me voy.
–¿Cómo
es eso? –susurró Simón–. ¿Se va...? ¿Para dónde, viejo?
–No
sé todavía, pero voy a pedirle el divorcio a tu madre, Simón.
Se
miraron, serios los rostros. Saturnino estaba esperando ver rechazo,
quizá desprecio en la expresión del adolescente, pero nada de esto
reflejó su semblante. Ya con templanza de hombre, sin desviar la
mirada, el muchacho respondió:
–El
divorcio –repitió, y tosió, como sopesando las implicaciones del
término–. Comprendo.
–¿Lo
comprendes? –se asombró, se admiró el comunicador–. ¿De veras
lo entiendes, Simón? ¿No vas a criticarme, a censurarme?
–No,
papá. Tal vez no justifique su decisión, pero soy capaz de
entenderla.
Con
un nudo en la garganta, el padre lo abrazó con fuerza. Después, con
mirada pícara, poniendo un dedo sobre sus labios y señalando la
puerta, le ofreció un poco de licor, como realizando una secreta
ceremonia masculina de iniciación.
El
muchacho rio, orgulloso y confundido, y bebió un gran trago. Tosió
y se le llenaron los ojos de lágrimas; sonrieron ambos y volvieron a
abrazarse, como cómplices de un pacto que sólo ellos conocían.
Después, inevitablemente, el hijo preguntó:
–¿Y
ya usted le habló a mamá de eso, papá?
–No,
hijo. Voy a hacerlo ahora.
–Viejo,
estéee –titubeó, como con pena ajena–... Papá, ¿usted tiene
otra mujer es?
Al
locutor se le hizo un nudo en la garganta y una sombra le habitó
fugazmente la mirada:
–¿Quieres
que te sea sincero, Simón Saturnino? No vayas a reírte, pero…,
¡la verdad es que no lo sé!
♫♫♫
–Oiga,
señorita Carmen, ¿me puede hacer el favor de prestarme la llave del
baño?
Carmen
dejó de restregar la esponja de musgo natural con detergente sobre
los platos de loza ordinaria y miró sin ninguna cortesía a la
elegante mujer. Tras largos segundos de ingrato silencio, se dignó
contestar, con sequedad evidente:
–Ya
va, espérese un momento.
Secando
con ofensiva parsimonia sus manos mojadas en el delantal que se había
puesto sobre la bata de atender las mesas, fue hasta la vieja caja
registradora, la abrió y sacó una pequeña lata de sardinas dentro
de la cual, amarrada con un trozo de cable de electricidad, estaba
una enorme llave.
–Tome
–le dijo, arrojándola sobre el mostrador–. A veces cuesta abrir.
Ernestina
contestó con sonrisa triste, sin tomarla y tuteándola:
– ¿Podrías
acompañarme y abrirme la puerta, Carmen?
–¿Por
qué, pues? ¿Usted es mocha o qué? –respondió, retrechera, pero
tomó la lata y se encaminó al pasillo donde estaban los baños
públicos del motel.
La
otra la siguió, siempre amable y resignada.
–No
soy mocha ni nada, pero así aprovechamos de hablar.
–¡Adiós
coroto! ¡Yo no tengo nada que hablar con usted, sabe! –dijo, menos
agresiva, cuando ya habían llegado a la altura de la puerta de los
sanitarios.
Ernestina,
sin perder su compostura ni su expresión de resignación, insistió:
–¿Por
qué me tienes rabia, niña? Yo no te he hecho nada.
–¡Yo
no soy ninguna niña!, ¿sabe? –volteó la mesera, como si la
hubieran abofeteado–. ¿Y quién dijo que yo le tenía rabia a
usted? Yo no le tengo rabia. ¿Por qué se la iba a tener? ¿Acaso
que usted me ha hecho algo? –siguió, abriendo la puerta–. Listo.
Ya puede pasar.
–Eres
la novia de Antonio, ¿no es verdad?
–¿De
Toño? ¡Yo sí! –contestó, retadora, en un impulso–. ¿Por qué?
–Porque
él me lo dijo –respondió Ernestina, ampliando su expresión de
aceptado despecho.
–¿Cómo?
–se asombró Carmen–. ¿Toño le dijo que yo era su novia?
La
examante miró a la muchacha con nobleza, envidiando quizá su
simpleza, su ingenuidad libre de artificios.
–No...,
pero me dijo que te quería mucho y que tú no lo querías a él, y
yo le aclaré que estaba equivocado, que a ti se te notaba que
estabas enamorada de él.
–Pues
ahí se peló, porque yo no estoy enamorada dél –negó, y ya menos
belicosa, señalando un recipiente y un trozo de trapo colgado de un
clavo en la pared–. Ahí tiene jabón y paño.
La
citadina la miró con una luz nueva en los ojos, como con verdadero
aturdimiento, y su sonrisa llena de conformidad suavizó las maneras
agrestes de Carmen.
–Te
lo agradezco.
–Usted
fue... novia de Toño, ¿no es así?
Una
dulce y amplia sonrisa le respondió antes de que Ernestina entrara
al urinario:
–Fui
su mujer, su amante..., pero hace mucho tiempo de eso.
–¿Mucho
tiempo? –se sorprendió Carmen. Dudó–. ¡Vacié, cará! Ni que
ustedes fueran unos viejos.
Hubo
un silencio. Luego de desahogar la vejiga. y lavarse las manos,
mientras se secaba, Ernestina movió la cabeza con inocultable
congoja:
–Éramos
jóvenes, Carmen, muy jóvenes. Pero ya eso pasó; ya él no siente
nada por mí.
–Pues
por mí tampoco, ¿sabe? Toño es mi amigo nada más.
–Entonces
eres bien tonta –concilió Ernestina–. Antonio es muy buen mozo,
y muy noble; un hombre de limpios sentimientos, te lo digo yo, porque
lo sé muy bien.
XX:
PLEGARIAS
Y CUENTOS
Desde
aquel anochecer cuando la lluvia arrojara en sus brazos a la mujer
misteriosa que le hizo vivir por vez primera e intensa aunque breve
el Amor
con mayúscula, Saturnino Solórzano Salas iba todas las noches
(antes de radiar su popular programa de 10 a 12 pm en Radio
Cultura) al camino
pedregoso y solitario y se detenía junto al árbol de ceiba bajo
cuyas ramas conociera el auténtico éxtasis..., inútilmente: Ella,
la desconocida, la mujer sin nombre, sin huella, sin compromiso, no
estaba, no acudía... Y el amante se desesperaba, febril de ansiedad…
“¿Dónde
estás, dama de niebla...? ¿Eres real o mi desilusión te creó?
¿Fuiste un ensueño? ¿Te aluciné?... Pero, ¿entonces por qué
late mi sangre a tu conjuro, por qué te recuerdo con cada gota
cuando llueve?”
Atormentado,
suplicante, el enamorado imposible se arrodillaba delante del árbol
de su amor y juntaba las manos y elevaba la mirada al cielo en una
plegaria veraz:
«¡Dios
Mío, Dios Santo, Dios de los Milagros de mi niñez, escúchame; si
eres tan piadoso, favoréceme, Señor! ¡Regálame el prodigio
pequeño de volverla a ver una vez más, una sola, mi Dios, y te juro
que iré andando de rodillas desde aquí hasta tu iglesia más
cercana, y trataré de no pecar tanto, Señor Dios del Cielo!»
♫♫♫
Carmen
se la quedó mirando, dubitativa, ya sin despecho y sin saber qué
pensar de ella.
La
caraqueña la observó un momento, caminó hacia la puerta y señaló
un murito de piedra que servía de separación entre los sanitarios y
un pequeño parque-jardín que allí había, tenuemente iluminado por
una farola. Carmen asintió, todavía dubitativa, y en él se
sentaron.
Ernestina
abrió su monedero y sacó fuego y cigarrillos, y encendió uno.
–Supongo
que no fumas.
–No,
muchas gracias –negó, y como se había quedado pensándolo,
murmuró–: Bueno, yo tampoco es que estoy diciendo que Toño sea un
hombre sin sentimientos, sino que...
–Mira,
te voy a echar un cuento antes de irme –interrumpió la otra, con
una profunda exhalación de humo y emociones–. Para que veas que no
soy una mujer maluca.
–Yo
no estoy diciendo que usted sea maluca...
–No,
pero a lo mejor lo has pensado. Pon cuidao:… Había un hombre que
tenía una casa preciosa a la entrada de un bosque...
–Mire,
perdone, Ernestina, pero yo no estoy en este momento para cuenticos
de...
–¡Pon
atención, muchacha terca, que te conviene! Yo tengo mucha más
experiencia de la vida que tú y quiero referirte esta historia
porque a lo mejor te sirve de algo.
Sonrió
sin asomo de sarcasmo. La mesera no la miraba.
–Además,
es corta y simple. ¿La vas a escuchar o no?
La
otra se alisó una invisible arruga en el delantal de fregar los
platos:
–Cátedra;
eche pa’fuera, pues...
Ernestina
la detalló un momento, acaso arrepentida de su arrebato de candor,
pero como era de natural bondadoso, aspiró una bocanada y susurró,
con tono sombrío:
–Te
decía que un hombre tenía una casa muy bonita en los linderos de un
bosque... Este hombre sufría de asma, y una vieja curandera indígena
le dijo que recuperaría su salud si buscaba una planta llamada
sanagua
y tomaba un guarapo hecho con ella… El hombre salió al bosque
cercano y empezó a buscar afanosamente la sanagua,
según las indicaciones que la anciana india le había dado.
–¿Y
la encontró?
Ernestina
sonrió y lanzó el cigarrillo lejos.
–...Al
rato de estar en eso, el hombre sufrió un horrible ataque que le
cortaba la respiración, pero aún así continuó buscando la sanagua
por todo el bosque, aunque inútilmente… No encontró el menor
indicio de la planta milagrosa. Finalmente, asfixiado, trancado del
pecho, retornó a su casa, mas no alcanzó a llegar a la puerta: cayó
como un fardo en el jardín que había en la entrada, y entonces, de
bruces en la tierra, sin poder respirar ya, agónico, vio frente a
sus ojos una mata, y la reconoció, y se dio cuenta de que allí, a
pocos pasos de él, ¡en su propio huerto!, estaba la planta de
sanagua
que tanto buscaba... y colorín–colorao, ese era todo el cuento –y
se quedó mirando fijamente a la semilusitana.
Carmen
le sostuvo la mirada y susurró, presintiendo la moraleja:
–Es...
un cuento muy triste, pero no entiendo en qué puede...
–Entiende,
Carmen –atropelló Ernestina, llorosa y quebrada ya–: A mí me
acaba de pasar lo que al hombre de mi historia: me di cuenta de que
tenía a mi lado lo que salí a buscar afanosamente por ahí por los
bosques de la vida, pero lo supe demasiado tarde, cuando ya no puedo
alcanzarlo...
Sacó
de un bolsillo un minúsculo pañuelo azul y se enjugó el llanto.
–...Ahora
la planta de sanagua
es tuya, Carmen, pero ten cuidado, no vaya a ser que te metas al
monte sin ninguna necesidad...; ¿sí me entiendes?
–Claro,
Ernestina, y muchas gracias por el cuento –respondió, con dulzura
y sin rastro de altanería. Ganada por la nobleza de la rival, pasó
a tutearla, avergonzada–: Cónchale, vale, en verdad fui muy
grosera contigo, manita, y no sé por qué; yo no soy así, en
verdaíta, pero es que no sé qué me pasó...
–Estabas
celosa, ¿cierto?
–Me
imagino que fue eso, chica –reconoció, pero rápido arguyó–;
aunque él no es nada mío, pero como siempre ha sido mi amiguito y
nunca lo había visto con una mujer...
–Antonio
te quiere, Carmen. No lo vayas a perder; acuérdate de mi cuento y la
sanagua...
¡Y dime cómo puedo salir sin llamar la atención; no quiero que
Antonio me vea llorar otra vez!
Tras
el sincero agradecimiento de Carmen, Ernestina se alejó del motel
sin despedirse de Toño Solórzano Salas, tal como lo hiciera nueve
años atrás, sólo que esta vez no tenía intención de
volverse a cruzar en su camino.
Carmen,
por su parte, estaba ahora dispuesta a reconocer que su corazón
amaba a Toño y que el infame Hugo Brosner era sólo un recuerdo
perturbador.
Cuando
regresó junto al muchacho y se sentó frente a él, puso cara de
pícara:
–Oye,
Toño, ¿por qué tú le dijiste a Ernestina que yo era tu novia?
–¿Quién
te dijo eso? ¿Ella? –repreguntó él, sin asombro.
–¿Quién
más?
–¡Qué
lengua larga es, vale! ¡Deja que regrese para que veas la enjaboná
que le voy a echar!
Ella
le tomó una de las manos y le susurró, tierna:
–Toñito,
Ernestina no va a regresar. Hace rato que se fue por la parte de
atrás.
–¿Se
fue? ¿Pero por qué?
–¿Te
pesa? –murmuró ella.
Y
él, tomándole la otra mano, con una gran sonrisa:
–¡Me
alivia, gafa! –y después, con tono íntimo y sensual–: Mira,
¿cómo es eso de que tú quieres ser mi novia, ah?
–¡Ay;
míralo, pues! ¡Qué pretencioso! –rió ella, entregada.
♫♫♫
El
porvenir parecía auspicioso para Toño si de amores hablamos…
En
cambio, a su hermano Saturnino la vida se le convirtió en un atroz
infierno al no tener ni la más leve noticia del paradero de su amada
imposible, la misteriosa mujer que se le entregara tan intensamente
bajo la luna y el árbol.
A
pesar de que seguía acudiendo casi todas las noches y aguardando
junto a la ceiba cómplice de su pasada dicha, nada ocurría: no
halló jamás el menor rastro de su Dama
de La Lluvia, como le
gustaba íntima y secretamente llamarla.
♫♫♫
En
Valencia, conforme iban pasando los meses, Carmen Oliveira y Toño
Solórzano Salas, bajo la cariñosa bendición de la madre de la
muchacha, se habían convertido en novios formales, como mandaban la
moral y las buenas costumbres..., pero, jóvenes al fin, cuando la
buena portuguesa se descuidaba, los grillos y las luciérnagas eran
testigos y cómplices del éxtasis amoroso de sus ardientes
corazones.
Cobijabánse
por la noche, bajo el cielo estrellado, en el jardincito donde, meses
atrás, la caraqueña Ernestina Beltrán, en un arrebato de
desprendimiento, convenciera a la valenciana Carmen Oliveira del amor
de Toño.
–¡Mi
amor, cuánto tiempo perdimos! –se desquitaba el muchacho de su
larga vigilia a la causante de sus desvelos–. ¡Ven, mi novia, mi
mujer, mi amante, mi portuguesita bella...!
♫♫♫
–¿Qué
opina usté, jefe? –preguntó con manifiesta ironía Ismael Romero,
el Operador nocturno de Radio Cultura, un individuo alto y fuerte, de
difícil sonrisa–. ¿No le parece que el maestro Gallegos no tiene
padrote en esa carrera?
–¡De
bolas, porque así es muy sabroso, mi caballo! –contestó
Saturnino, saliendo de su cabina a tomarse un receso durante la
transmisión en vivo de “Noches
de Ronda”, que (aquí
también) se había convertido en un exitoso programa de variedades
radiales.
Encendiendo
un cigarrillo y mirando al compañero de labores a los ojos,
insistió, ardoroso y deslenguado:
–¡Es
que a este país se lo llevó el diablo, Romerito, mi hermanazo!
¿Será que estos tipos de la Junta Revolucionaria de Gobierno
piensan que uno es pendejo, vale? ¿Ah? ¿A quién le van a meter la
coba Betancourt y su corte de mafiosos civiles y militares de que
ellos van a repartir la teta del gobierno? ¡De bolas que gana
Gallegos galopando! ¿No tienen todos los hilos del poder, chico, tú
como que eres güevón? ¿Ah...? ¡Como si todo el mundo en este país
no supiera que si gana otro carajo que no sea un adeco, va a ser un
pelele, un pagapeos de ellos! ¡Mira, Romerito, alguna vaina muy
brava le hicimos los venezolanos a Dios que nos castiga con todos
estos coños de madre militares en el Palacio de Miraflores, en lugar
de estar en sus cuarteles, ¿no te parece?!
Romero
volteó por tercera vez hacia la puerta para asegurarse de que no
había nadie escuchando las temerarias expresiones del periodista.
Ya
todos en la emisora conocían el desprecio de Saturnino hacia el
poder militar y le habían recomendado moderar sus opiniones, pero el
locutor, que era explosivo y extremista en apariencia, tampoco era
tonto y sabía con quién y dónde desahogarse sin correr demasiados
riesgos.
Dando
un cariñoso golpecito en el hombro del Técnico, se dirigió a la
salida:
–¡Seguimos
más salados que pescado de Semana Santa, Romerón, que buen vainón,
hermano, pero ya se verá, mi vale! –rio.
Y
después, con aire cómplice y simpático:
–Mira,
carajito,
pon otros dos discos después de éste, los que tú quieras, que voy
un minuto a la esquina a tomarme algo, y acuérdate que mañana a las
3 grabamos dos capítulos de la novela de aventuras El
Llanero Vengador,
¿oíste, valezón?
–Vaya
tranquilo, jefe –dijo el gigantón, bajando la mirada.
♫♫♫
Ya
en las postrimerías de 1947, con el país incendiado por la elección
del próximo Presidente, que sería elegido por el tan ansiado voto
universal, directo y secreto, y con los tres partidos políticos
principales peleando salvajemente en la calle a sus candidatos (el
novelista Rómulo Gallegos por Acción Democrática, Rafael Caldera
por el Partido Socialcristiano Copei y Gustavo Machado, el gallo del
Partido Comunista), Saturnino se reunió en un bar de la Parroquia
Candelaria, en Caracas, con su hermano Toño, cerveza de por medio.
–¡Salud,
hermano menor!
–¡Salú,
hermano mayor...!
Empinaron
las enormes jarras y pidieron más, contentos de hallarse juntos y
saludables.
–Bueno,
Saturnino, cuénteme... ¿Cómo está la familia, la señora, el
sobrino Simoncito? Ya debe ser todo un hombrezote, ¿no?
El
radiodifusor le lanzó una irónica mirada:
–¿Cuál
familia, hermano? –hizo una mueca y luego se sinceró–. Ah, es
verdad que nunca le he contado de eso, Toño. No, vale; yo estoy por
divorciarme.
–¿Qué...?
¿Cómo así?
–Sí.
Ya no aguanto más. Y Simón ya está grande. Me voy a separar de
Concha.
–¡Embuste!
–En
serio. Estoy en eso, pero no es fácil. Bueno, falta que ella
consienta. Pero estoy haciéndole la lucha.
–¡Upaa...!
–dijo el camionero, aún incrédulo–. ¿Y eso? ¿Qué pasó,
Saturnino?
–Pasó
que me tropecé de bruces con el amor, Toño.
Una
mueca más de perplejidad que de incomprensión se dibujó en la faz
del menor de los Solórzano Salas, que apuró la jarra de cerveza de
un golpe.
–¡Carajo,
Saturnino, usté si que tiene cosas! A ver, barájemela más
despacio, le agradezco.
–Encontré
a la mujer de mi vida, pero la perdí, Toñito. Se me escapó.
–Eso
lo que parece es una ranchera, no juegue –se burló cariñosamente
Toño–... Deje de guabinear y hable la verdá, ¿sí, Saturnino?
Écheme el cuento.
–No,
hombre, no vale la pena, porque el final es feo y es historia vieja,
vale. Sería gastar pólvora en zamuros. Hablemos de política mejor.
–No
me jorobe, Saturnino; yo de eso no sé nada. Volvamos a su problema;
no sea aguao y hable, caramba.
–No;
¡la pistola! –se escabulló el locutor–... Al menos sí sabes
por quién vas a votar, Toñito, ¿o no te llama la atención ninguno
de los candidatos?
–Es
que ni siquiera sé quiénes corren en esa carrera, hermano.
Ilumíneme usté.
–¡No,
señor! ¡El voto es secreto y no es adeco! –se burló Saturnino
mirando con afecto a su pariente.
Pidió
más cerveza y le habló con tono protector:
–Mejor
háblame de ti. ¿Sigues como la una, solitario de metra?
–¿Yo?
No, qué va, mi hermano... Creo que me caso en cualquier momento.
–¡Adiós
cará!; sería justicia. A ver, cuéntame, contra quién es la
vaina...
Y
se contaron sus experiencias más recientes, como colegiales haciendo
una tarea... Después se abrazaron, se desearon buena suerte y se
despidieron, igual que tenaces viajeros que sabían que no volverían
a saber uno del otro pronto...
XXI:
ROMPIMIENTOS
–Ondas
populares informa: A coso lleno celebró ayer el Partido Comunista su
mitin de cierre de campaña en el Teatro Olimpia, con la
intervención, entre otros oradores, de Gustavo Machado, Aquiles
Nazoa y Miguel Otero Silva… En Noches
de Ronda escuchen el
saludo del astro mejicano Genaro Salinas y de seguidas su hit: Mis
Noches Sin Ti.
♫♫♫
El
14 de diciembre de 1947, tras la empecinada campaña electoral de su
partido, resultó electo Presidente Constitucional de la República
de Venezuela el presidente de Acción Democrática, Rómulo Gallegos,
con 871.752 votos.
Rafael
Caldera obtuvo 264.204 y el candidato comunista apenas 36.564. La
apoteosis de la victoria adeca volvió a embochinchar el país, esta
vez con los excesos del triunfalismo de la organización fundada por
Betancourt y los suyos.
♫♫♫
“Lluvia,
Madre Natura, devuélvemela... Diosito Bendito, hazla volver... Hazla
aparecer... Hazla regresar...”
Así
imploraba Saturnino Solórzano Salas frente a la ceiba, arrodillado
bajo la fina lluvia, recitando como una plegaria, como un salmo, como
una queja y un requerimiento a la vez, cual si de la absurda
jaculatoria dependiera la agonía de su desesperanza.
Ocho
meses hacía ya que visitar con paciencia de peregrino el árbol del
camino pedregoso aledaño a San Antonio de Los Altos era una especie
de ceremonia mística para Saturnino Solórzano Salas. Pero, a
excepción de alguno que otro automóvil que cruzaba por allí, en
ninguna ocasión encontró la menor señal de la misteriosa mujer sin
cuya presencia no imaginaba su vida ahora, pese a que renegaba ante
sí mismo y a diario de esta verdad.
Hoy,
empero, la lluvia (menuda como un ruego) pareció oír su
imploración.
Incrédulo
pero ilusionado, al límite de la alucinación, la vio venir
(diminuta y mojada), casi irrisoria de lo increíble que le resultaba
el prodigio:
–¡Dios
de mi niñez, es ella! –fervorizó, y lo repitió con voz
minúscula, para que ni el viento pudiera arrebatarle su gozo–:
¡Allá viene! ¡Es ella, es ella, es ella!
Una
parte de su cerebro se resistía a creerlo, pero era cierto. Miró
venir a su encuentro, entre los rezagos de la tarde y los vapores de
la brisa mojada, la imagen mil veces prefigurada, la forma imprecisa
y perdida, a fuerza de pensarla, de su amor imposible, de su Dama
de La Lluvia.
Ella
corrió hacia él en blanco y negro (como en un filme de uno de los
John’s, Ford o Huston, ya no recordaba cual, ni importaba) con
pisadas ligeras e incrédulas, y se abrazaron frente al árbol,
borrachos del otro.
Ella
de gris, como la llovizna; él de guayabera negra y pantalón marfil.
–¡Mi
amor, mi friolenta desconocida, por fin, por fin, por fin! –se
ahogó.
Y
Ana Sofía, menos expresiva pero igualmente emocionada:
–¡Hola,
mi amor!
Él
la asfixió a besos; a besos le secó el rostro mojado, el cabello
(más corto ahora), el cuello moreno.
–¡Mi
vida, mi alma, mi dama del árbol, de la lluvia, pensé que no te
vería nunca más!
–También
yo... pero no me aguanté –gimió ella–. Tenía que venir a ver
si te encontraba...
–¡Ah,
gracias a Dios, gracias a Dios, coño! –gritaba, enloquecido.
–Por
favor... Vámonos de aquí... Alguien podría pasar y...
–Sí,
sí, lo que quieras –concedió él, mareado de besarla–. Vamos,
vamos...
Más
tarde, al abrigo protector de un discreto hotel citadino, los dos
solitarios saciaron sus apetitos, sus zozobras, sus angustias
amorosas, y, claro, comenzaron a aflorar las aclaraciones.
–Mi
reina, ¿por qué te fuiste así aquella noche? Ni siquiera me
dejaste el consuelo de tu nombre, amor.
–Estaba
muy asustada por lo que hice. Era la primera vez que...; bueno, tenía
muchos remordimientos –musitó ella.
–Comprendo
–dijo, haciendo una profunda inspiración y quitándose la sábana
del tórax–. Dijiste que eras casada, y te vi el anillo.
Un
sí minúsculo y tímido salió de los labios de Ana Sofía. Él
sonrió:
–También
yo lo soy. ¿Lo sabías?
–Lo
presentí al principio, y luego palpé tu aro también –dijo. Y
después de otro silencio–: ¿Qué vamos a hacer...?
–¡Luchar,
defender nuestro amor, Amor! –se enserió, vehemente, Saturnino–.
No te dejaré ir ahora por nada de este mundo, ¡no, Señor!; ni
creas que te voy a perder de nuevo cuando finalmente te encontré.
Ella
le miró con desconcierto y atención:
–Pero...,
¿y tu esposa?
–No
es problema –sonrió Saturnino–. Aunque no me ha dado el divorcio
aún, estamos separados ya. No vivo con ella.
–¡Oh!
–hizo Ana Sofía–. Lo lamento. En serio.
Él
la cubrió en un abrazo protector.
–No
tienes por qué; había decidido divorciarme aun antes de conocerte,
así que no te sientas culpable.
–Cuando
te separaste, ¿le... hablaste de lo nuestro? –quiso saber.
–No...
no tuve valor, tal vez porque no estaba seguro de que fueses real.
Ella
lanzó un hondo suspiro y se contempló las uñas sin pintar.
–Sí
–dijo–... Me pasó igual. No pude. Pero también voy a
divorciarme.
–No
es lo mismo para un hombre que para una mujer, mi amor –aclaró,
mirándola.
–Estoy
consciente. Pero eso no me importa. Lo lograré –aseguró ella.
Saturnino
la volvió a abrazar y besar, y después tomó el bello rostro entre
sus manos blandas y la obligó a mirarlo:
–Mi
reina, ¿por qué no confiaste en mí esa noche?
–¿Cómo
podía? –se sinceró ella–. Eras... como un sueño, una visión,
un escape...
El
narrador sufrió otro arrebato de ternura y la volvió a cubrir de
besos:
–¡Te
amo! ¿Cómo pude vivir sin ti tanto tiempo? –Luego sonrió–:
¿Tendrás nombre, por casualidad de la vida?
Ella
le miró con la disculpa en los ojos:
–Me
llamo Ana Sofía..., Saturnino –y le miró, traviesa. Él se
admiró.
–¡Recuerdas
el mío!
–Por
supuesto, Amor –dijo ella, tierna, y después, de pronto, y muy
seria–. Mira, ¿y tú no piensas pedir comida, chico?
♫♫♫
Ya
se sabe que para los enamorados el romance parece eterno..., pero
también se sabe que nada dura para siempre.
El
camionero Toño Solórzano Salas no contaba con suficientes recursos
monetarios para casarse de inmediato; Carmen exigió casa en
Valencia, propia y decorosamente amueblada. El muchacho pospuso la
boda y debió resignarse a que su prometida siguiera atendiendo
clientes en el motel de su madre.
Ella,
a pesar de que amaba con sinceridad a Toño, descubrió (luego de
entregarle su castidad) que era una mujer apasionada, joven y
atractiva, apetecible, y estaba rodeada casi siempre por hombres que
la piropeaban y la devoraban con la mirada.
Se
mantenía fiel a su prometido, pero cada día le costaba más.
Llegaron entonces las previsibles escenas de celos. Carmen padecía
de impetuosos sofocos y pesadillas vergonzosas en medio de las cuales
se veía llegando al extremo de mendigar sexo o vender su cuerpo por
unas monedas para calmar aquellos ardores.
Por
añadidura, su amante (y futuro esposo) pasaba mucho tiempo lejos de
ella, viajando, y en su afán de reunir el dinero para el matrimonio
cada día era más esclavo de su gandola.
En
una de esas escasas noches en que él la visitó (de pasada para San
Cristóbal) estalló el conflicto en el furtivo encuentro que
tuvieron en uno de los cuartos del motel. Cuando el amante, ansioso
de pasión, intentó desvestirla, ella se mostró desinteresada,
desabrida (y no era la primera vez que ocurría).
–¡Ay,
no, Toño, deja, deja!
–¿Qué
fue, mi amor? –se quejó, frustrado.
–Ya,
ya, déjame, te digo... Deja; tengo que ir a ayudar a mi mamá.
–…Pero
bueno, mi reina, uno rapidito y ya, ¿sí?
–No,
no; hay mucha gente en el negocio, vale... Cuando vuelvas.
–¡Pero
ven acá, Carmen, no te vayas! –se impacientó–. Tenía muchos
días sin verte... Ven, vale, bésame, mi amor.
–Después,
te dije –pero él siguió queriendo derribarla en el lecho–.
¡Deja el fastidio, Toño, cónchale!
Él
se cimbró cuando entendió que el rechazo esta vez era más que eso;
casi repugnancia. De un salto se interpuso entre ella y la puerta,
dispuesto a las aclaratorias.
–¿Cuál
fastidio, Carmen? ¿Qué te pasa?
–Nada,
nada, déjame salir.
–No.
Dime qué pasa.
–Te
dije que nada, sino que tengo que ir a ayudar a mi mamá, eso es
todo, pero tú no entiendes.
–¿Qué
es lo que tengo que entender? –se enserió, pero sin agresividad–
¿Esta... actitud tuya últimamente? Las pocas veces que puedo y
quiero estar a solas contigo, siempre tienes que hacer algo, estás
apurada, me esquivas, no sé. ¿Qué es lo que está pasando,
Carmen?; y quiero la verdad.
Ella
comprendió que no podría irse sin descubrirle su alma, porque él
estaba atento a sus reacciones, a sus huidizos ojos, a su boca
esquiva. Y lo hizo.
–Bueno,
Toño, pasa que... que llevamos un bojotón de meses de novios ya y
tú no me has vuelto a hablar de matrimonio. ¿Qué te crees tú?
¿Qué yo vivo del aire, que no tengo ilusiones y sueños, como
cualquier mujer?
–¿Pero
cómo así? –se desconcertó él–. Justamente yo estoy es
haciendo plata para que podamos casarnos, mi amor.
Pero
Carmen ya había acelerado por aquella pendiente y siguió rodando:
–No
sé, Toño, no sé... ¡Así es cátedra para ti! Yo no puedo saber
lo que haces por ahí cuando viajas, que es a cada rato, y cuando
llegas, empiezas con tus dudas, con tus celos, y quieres que yo
abandone lo que esté haciendo para estar contigo todo el tiempo. ¿Y
entonces? ¿Cómo es eso, Toño, ah? ¿La ley del embudo: lo ancho
para ti y lo angostico para mí?
Y
a continuación pronunció las palabras que él había estado
presintiendo:
–Mira
chico, ¿por qué mejor no dejamos esto de ese tamaño y ya está?
–¡No,
no, Carmen, mi vida, no digas eso! ¡Hablemos, mi reina, vamos a
arreglar esto!
–¡Yo
creo que esto ya no tiene arreglo, Toño!
¡Afortunadamente
para el desesperado muchacho, su compadre el Negro Encarnación Ruiz
le regaló un amuleto “rezao” para que a Carmen se
le quitaran las malcriadeces!
♫♫♫
–¿Cómo
es el golpe, Ana Sofía? –preguntó Wilfredo Poblete, no muy
sorprendido, aunque su natural teatralidad le impelía a exagerar
siempre–. ¿El divorcio?
Ana
Sofía Jaimes de Poblete lucía más bella que nunca, probablemente
por la entereza de espíritu que experimentó al tomar la decisión
de enfrentar a su ruin marido y poner las cartas sobre la mesa sin
tapujos, como acababa de hacerlo, luego que convinieran en conversar
como gente civilizada, moderna, como sugirió ella.
–¿Entonces
esto se trata de eso, del divorcio, no de arreglar las cosas, o fue
que oí mal?
–Oíste
perfectamente bien –asentó ella, sin un parpadeo–. Nuestro
matrimonio no tiene sentido, tú lo sabes. No hay nada que arreglar.
El
catire la detalló. En verdad estaba en el esplendor de su adultez,
de su belleza casi bárbara, tan agresiva. Pero ya a él no le servía
más que para exhibirla como un trofeo, y no era suficiente. Lucía
un vestido verde manzana, acampanado, como los de la heroína de Lo
que el Viento se Llevó,
que hacía un atractivo contraste con sus ojos color miel. Zapatos
verde claro, de grandes tacones, y algunas joyas en orejas y manos.
Parecía que fuese a retratarse para la portada de una revista de
esas de modas.
“Lástima
–pensó el abogado–, cualquiera
enloquecería por una mujer así”...,
pero él no. Él no era un cualquiera, y ella era pura fachada; por
dentro estaba podrida; no hacía ningún caso de lo que uno le
exigía, y no le importaba el dinero; un caso lastimosamente perdido,
en realidad.
Le
quitó los ojos de encima y abrió el mueble-bar y se sirvió un
coñac. Ana Sofía, con una serenidad hábilmente trabajada,
insistió:
–¿Me
darás el divorcio o no?
–¿Te
vas a ver con tu amante o te vas a sacar una fotografía, que estás
vestida así?
–¿Me
darás el divorcio o no? –repitió con calma. Él la remiró.
–Eco
le cuá, chica;
convengo en darte el divorcio –le escupió casi.
A
continuación sonrió como había visto que lo hacían siempre los
malos de las películas, y bebió dos sorbos.
–Está
pago, chica. Con una condición.
–Ya
me extrañaba –sonrió un poquito el rostro exquisitamente
maquillado–. ¿Qué condición, Wilfredo?
Le
llamó por su nombre de pila, como lo hacía al principio de la
desastrosa unión, cuando todo era ilusión.
–Me
firmarás un documento por el cual renuncias a lo que te corresponde
de los bienes habidos en el matrimonio. Dicho en criollo, mi amor: Si
quieres irte con otro pazguato, cátedra; no me afecta gran cosa mi
noble corazón; ya conseguiré otra mujer bonita por ahí, pero te
irás sin una locha en la cartera. Tú decides.
–Ya
está decidido, Wilfredo Poblete–respondió Ana Sofía al momento,
seria, para no provocarlo, pero sintiendo que el corazón se le salía
por la boca–. Acepto.
–¿Así
no más, sin pataleos? –se extrañó un poco él.
–Ya
te dije que acepto. ¡Redacta los papeles!
XXII:
¡NOCHE DE
RONDA!
“Los
libros siempre hablan de otros libros,
y
cada historia cuenta una historia que ya se ha contado.”
(Umberto
Eco)
–¡No,
si así es que es que es! –barbulló ella, hecha una fiera.
–¡Pero
Concha, óyeme…!
–¡No
insistas, piazo ‘e sinvergüenza, vagamundo...!
¡Nada de divorcio! ¡Primero muerta!
–Pero
hablemos, mujer, ven acá…
–¡Nada,
nada! –gritó, tratando de encerrarse en el cuarto de baño para
que él entendiera que no quería discutir el asunto.
Saturnino
le cerró el paso con suaves maneras, apelando (como hiciera Ana
Sofía con Poblete) a las memorias de sus primeros años con ella.
–Escucha,
por amor a Dios, Concha; ¿qué justificación tiene que sigamos
casados...?
–¡Olvídate
de eso, Saturnino Solórzano Salas; yo no te voy a dar el divorcio!
¡No me vas a convencer ni que me hipnotices! –dijo con
infranqueable firmeza–. Si tienes otra mujer, va a tener que
conformarse con ser tu querida, tu segundo frente, tu cualquier cosa,
pero no acepto este abuso tuyo.
–¿Abuso
mío? –dijo el locutor, y suspiró profundamente–. ¡Abuso es
seguir con este lazo absurdo tú y yo!... Concha, por tu madre,
tenemos que...
–¡Tenemos
que nada! ¡Se acabó lo que se daba, chico! ¡Palito en boca! ¡Está
bueno que no vivamos juntos, pero no quiero saber nada de divorcio!
¡Punto!
–Bueno,
cátedra, Concha. Buscaré abogados entonces... Ellos sabrán qué
hacer.
–¡Busca
a Perry Meison
si quieres, pero por las buenas nunca te daré la separación! ¡No
faltaría más sino regalao: encima de fiao, con ñapa, no friegue!
♫♫♫
En
una mesa de una solitaria fuente de soda situada en Chacao, en
Caracas, un hombre con sombrero y lentes oscuros (a pesar de que ya
era noche cerrada) fumaba un tabaquito negro con evidente
nerviosidad.
Volteaba
a cada momento a uno y otro lado de la acera, cuyos extremos se
abarcaban perfectamente desde detrás del cristal que hacía de
pared-vitrina del cafetín.
Era
Saturnino Solórzano Salas, vestido de traje gris y caucho negro
encima, por si acaso llovía.
“¿Qué
pasa, pues...? Ya es la hora y no ha llegado. ¿Le habrá sucedido
algo? ¿Por qué no me llamó a la radio si no podía venir? Las seis
y treinta y dos.”
De
golpe se escuchó un grito proveniente de la acera de enfrente:
–¡Saturnino...!
– ¡Mi
amor, por fin...! –murmuró.
Salió
apresuradamente a esperar que ella cruzara la calle y la recibió con
un abrazo descomunal, como si estuvieran en el aeropuerto de
Maiquetía y ella hubiera llegado de un lejano país.
–¡Mi
cielo, un beso!
–No,
espérate, Saturnino... Alguien podría vernos.
–Está
bien –convino él–. Mira, aquí al voltear hay una boite
que abre a las siete. Conozco al dueño y nos dejará entrar; es un
sitio muy reservado.
Los
dulzones compases de la flauta y las pailas de la orquesta cubana
Acerina y su Danzonera
tocando Entre espumas
flotaban en la penumbra del cabaret iluminado vagamente por farolas
rojas.
Apenas
se distinguía el contorno de los amplios sillones y las pequeñas
mesas. Ana Sofía y Saturnino, perdidos en un rincón del espacioso
recinto, se sintieron a salvo.
–¿Hablaste
con tu marido?
–Sí,
hoy.
–¿Y...?
–Todo
arreglado.
–¿En
serio? –se atragantó el locutor.
–Sí,
amor. Quiere que renuncie a todo lo que me toca en la partición de
bienes, pero no se opuso, no hay problema, mi vida.
–¡Ca...ramba!
–alzó el tono Saturnino, besando, feliz, a su amante–. ¡Voy a
pedir champaña, preciosa, ¿sí...?!
–Claro,
mi amor, celebremos –aceptó ella, aunque sin demasiado entusiasmo,
como si todavía no creyera que lo dicho por Poblete fuese a
concretarse.
Al
rato, algo achispada por la bebida, Ana Sofía se atrevió a indagar:
–¿Y
tú, Saturnino...? ¿Volviste a hablar con tu esposa?
Él
se tornó sombrío al instante. Puso la copa en la mesita y el tabaco
recién encendido en el cenicero. Ella le buscó los ojos en la media
luz que apenas silueteaba el contorno de la barba.
–¿Qué
pasó, amor? ¿No quiso?
–No.
Hablé con Concha seriamente, pero no quiere saber nada del asunto.
Se mostró inflexible.
–¿Y
qué vamos a hacer entonces, mi vida? –se desesperó la bella
morena.
–Tranquilízate.
Ya hablé con unos abogados amigos míos y se están ocupando del
asunto. Son un taco. Quédate quieta.
–Pero
si ella no te da el divorcio, no hay forma de...
–Ellos
dicen que tardará un poco, pero que lo conseguirán aunque Concha no
quiera.
–Bueno,
al menos es una esperanza –se resignó.
La
música cambió, pero la canción no, advirtió Saturnino casi sin
darse cuenta. Ahora era Barbarito Diez quien dolientemente aseguraba:
Si este amor nació de
una cerveza, otra cerveza beberé para olvidar… Un querer que surge
en una mesa, entre espumas se debe sepultar…
La
acongojada voz de ella lo sacó de su abstracción.
–¿Y
mientras tanto qué haremos, cielo?
–Tendremos
que seguir viéndonos a escondidas. Los abogados me recomendaron
tener cuidado, no dejarme ver contigo en público en plan de romance.
–Sí,
hombre. También Wilfredo me dijo que esperara a que saliera la
sentencia para irme de la casa y hacerlo público, y que para que no
perjudicara su imagen
–dijo, sarcástica.
–Ven,
bailemos ese danzón.
–Bueno…
♫♫♫
El
Domingo 15 de Enero de 1948, en medio del júbilo popular de la
mayoría de sus compatriotas (que veían la continuación de la senda
democrática abierta por López Contreras y Medina Angarita) y de una
impresionante cantidad de invitados especiales de todo el continente,
Rómulo Gallegos juró la toma de posesión de la Jefatura del Estado
Venezolano.
La
sugestiva ceremonia se radió en vivo y directo por casi todas las
emisoras del país. Por la noche, Radio Cultura comenzó a transmitir
(también en vivo y directo) la arrolladora presentación de dos
renombrados artistas mexicanos en los salones del Club Venezuela. El
animador era Saturnino Solórzano Salas, amigo personal de uno de los
artistas. En el local no cabía un alma más, y el debut de los
músicos aztecas estaba anunciado para las once.
Mientras
una popular orquesta local calentaba los ánimos y ponía a bailar a
los asistentes al exclusivo espectáculo, en una de las mesas más
cercanas a la tarima departían alegremente Débora de Jaimes y su
hija Ana Sofía, ambas en la exquisitez de su belleza y elegancia; el
Libretista y Director radial David Bocaranda Sucre; Toño Solórzano
Salas y su novia Carmen Oliveira, y Saturnino, el anfitrión..., y
presentador:
–¡Damas
y caballeros, distinguidas personalidades de países amigos que nos
visitan para celebrar con nosotros la fiesta de la Democracia: es un
enorme privilegio para este servidor y para la emisora que
represento, Radio Cultura, que está transmitiendo en vivo este
maravilloso acontecimiento, dar nuevamente la bienvenida a suelo
venezolano, venido directamente desde el Distrito Federal de la
nación mexicana, a mi entrañable amigo y maestro, Don Ángel
Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso Rojas Canela del
Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino, el Flaco de Oro
de México...! ¡Recibamos con un caluroso saludo criollo, señoras y
señores, a Don Agustín Lara!
Una
impresionante salva de aplausos saludó la salida al escenario del
compositor, intérprete y pianista nacido en la capital mexicana pero
veracruzano de crianza y corazón.
Vestía
un riguroso esmoquin negro con solapas doradas. Con aire solemne se
acercó a Saturnino (también de esmoquin) y le abrazó con calor,
sonriente. Después se inclinó y agradeció el tributo de palmas
sonoras, que no cesaba...
A
continuación se dirigió al piano colocado en mitad del escenario y
se sentó. Probó el micrófono, tocó unos dulces acordes en las
teclas y entonces, sobándose por instinto la ya legendaria cicatriz
del lado izquierdo de su rostro (inferida por una mesera celosa y
borracha en un cabaret de su tierra), dijo:
–Buenas
noches, respetable público...
Antes que nada quiero
agradecer a mi estimado amigo Saturnino Solórzano Salas sus palabras
de bienvenida y el homenaje de su amistad…
Ahora
los aplausos sonaron para el venezolano.
–También
a su prestigiosa emisora, Radio Cultura, que ha hecho posible nuestra
venida a esta tierra generosa y cálida y le permite a él seguir
demostrando por qué es una gran figura de la Radio y la Farándula
nacionales.
El
público, encantado con la ronca voz y la delgada presencia del
célebre músico, no paraba de homenajearle.
Cuando
la sala quedó por fin en silencio, Agustín Lara desgranó al piano
las notas de Farolito,
y la cantó con nostalgia y sentimiento, como acostumbraba. Después,
acompañado por la orquesta y siempre sentado ante el teclado de su
instrumento, interpretó Solamente
Una Vez, y cuando el
refinado público presente rompió el hielo y empezó a pedirle las
canciones que compusiera para su famosa esposa (María Félix), el
maestro sonrió y en medio de una atronadora ovación cantó
María Bonita, Humo en
los Ojos y Aquel Amor...
Intervino
de nuevo el animador:
–¡Señoras
y señores para
completar esta celebra-ción y dando formal cumplimiento a los
anuncios publicitarios que hiciéramos, es con un inmenso placer que
me honro en presentar en este escenario a una de las más fieles
exponentes de la música y el arte del maestro Agustín Lara...!
¡Recibamos como se merece a la más destacada cancionista del bolero
caribeño, la sin par María
Antonia del Carmen Peregrino Álvarez, Toña la Negra...!
Otra
vez el salón se vino abajo con el estruendoso recibimiento a la
artista jarocha, quien salió enfundada en un ajustado vestido rojo
fuego cuyo ruedo besaba las tablas del escenario. Tras una profunda
reverencia, miró a su paisano y éste arrancó las notas de Oración
Caribe, uno de los
tantos temas que escribiera para ella, y la sensual voz de Toña La
Negra, hecha para el bolero (construida para los sones y las
cadencias del resultado de las fusiones de las razas ardientes
acrisoladas en los mares nuestros), cantó así:
“Oración
Caribe
que sabe implorar,
canto
de los negros,
oración del mar.
Piedad, piedad
para
el que sufre,
piedad, piedad
para el que llora.
Un
poco de calor
en nuestras vidas
y un poquito de luz
en
nuestra aurora...”
Fue
una noche fantástica, inolvidable.
Fue
(como dijo después una de las tres damas homenajeadas) un racimo de
pequeños instantes perennes; una rara ocasión de esas que
experimentas una o dos veces en esta vida y que luego te permite
vivirla sin amargura (pese a ella misma), aunque únicamente sea por
el hecho inesperado y acaso inmerecido de poder referir que no fue
ajeno, que nadie te lo contó, que estuviste allí cuando sucedía;
uno de esos momentos irrepetibles cuando la magia se digna mostrarse
(la verdadera, la que apela a las leyes naturales para burlar la
realidad).
La
bolerista mexicana entonó casi todos sus éxitos con el maestro:
Veracruz,
Noche Criolla,
La Clave Azul,
La Cumbancha,
Obsesión, Mentiras Tuyas, Angelitos Negros, De Mujer a Mujer,
Cenizas...
Ana
Sofía, Débora y Carmen no paraban de gritar y pedir canciones,
radiantes de dicha, ganadas absolutamente por el magnetismo de los
intérpretes mexicanos.
El
delirio sobrevino cuando, a ojos vistas, Agustín Lara le dio un
papelito a su protegida señalando hacia la mesa donde estaban
Saturnino y los demás; entonces la cantante sonrió con afecto y se
acercó al borde de la tarima para que no hubiese duda de a quienes
se refería:
–Con
la venia del generoso público que nos ha hecho el inmenso regalo de
asistir esta noche a ver y escuchar al maestro Agustín Lara y a esta
servidora, quisiéramos saludar con especial deferencia a los
acompañantes de nuestro anfitrión Saturnino Solórzano Salas; son
ellos las damas Débora Amengual Jaimes, Ana Sofía Jaimes y Carmen
Oliveira, y los caballeros David Bocaranda Sucre, conocido escritor y
director de radioteatros, y el distinguido Antonio Solórzano Salas,
hermano de Saturnino.
Toña
La Negra se volvió a inclinar ante los integrantes de la mesa, que
estaban de pie, y volvieron a sonar las salvas. Acto seguido, con las
notas de una de las canciones más exitosas compuesta por el
Flaco de Oro de México,
la exquisita cancionera, con una enorme sonrisa de complicidad
alumbrándole la morena faz, dedicó:
–Ya
para cerrar, honorables amigas y amigos, quisiéramos, el maestro y
yo, dedicar este último número a las personas anteriormente
nombradas, para que ustedes compartan con nosotros estas noticias: el
insigne libretista Bocaranda Sucre está escribiendo un nuevo
dramático que titulará “Solamente Una Vez”, en honor del
maestro Agustín Lara.
El
público, agradecido por la brillante actuación de la pareja, no se
cansaba de aplaudir.
–Celebremos,
igualmente, junto con el triunfo de la Democracia y del maestro
Rómulo Gallegos, tan caro a nosotros los mexicanos, los compromisos
matrimoniales del señor Bocaranda Sucre con Débora Amengual;
también del señor Antonio Solórzano Salas con Carmen Oliveira e
igualmente de nuestro querido Saturnino con Ana Sofía Jaimes…
¡Felicidades a los seis y para ellos y ustedes, nos despedimos
con... Noche
de Ronda!
Cuando
Toña la Negra comenzó a entonar con su voz redonda y armoniosa
Noche
de Ronda...,
qué
triste pasas...,
qué
triste cruzas...
por
mi balcón…,
las
tres parejas de futuros contrayentes estaban bañándose de champaña
entre sí...
♫♫♫
–¡Viva
mil veces la lluvia, bendita sea, que me hizo conocerte! –dijo en
mitad de la calle y del intenso aguacero Ana Sofía, plena de
felicidad, cuando al amanecer, todos exhaustos, salieron del recinto.
–¡Viva
el amor, coño! –gritaba repetidamente Saturnino.
–¡Chico,
grosero!
–¡Perdón!...
Oye, amor, todavía me falta algo por hacer.
–¿Además
de casarnos? –preguntó ella, un poco asustada de su dicha de
ahora–. ¿Algo por hacer de qué, Saturnino?
–¡Pero
no pongas esa cara, chica! –la tranquilizó él–. Es una promesa
que tengo que cumplir.
–¿Qué
promesa, mi amor?
–Yo
sé mi cosa, mi amor... pero si me quieres acompañar, ¡tenemos que
ir de rodillas desde la ceiba nuestra hasta la iglesia más cercana!
–rio, pícaro el locutor. Y ella, también cómplice:
–¡Ah...,
entiendo!... Bueno, te acompaño... ¡Y vivan las promesas, no joda!
–¡Muchacha,
grosera, vulgar! –se carcajearon, abrazados, besándose, empapados.
Unos
metros más allá, dentro de la fuente de la plaza, eufóricos de
licor, de lluvia y de esa alegría plena y desenfadada que sólo
brinda el presentimiento de que la felicidad total tiene que ser
pasajera para que dure toda la vida, las otras dos parejas, Carmen y
Toño, y Débora y Bocaranda Sucre, festejaban igualmente la promesa
de un futuro mejor juntos.
Desde
la radio del Cadillac
nuevo de Saturnino, estacionado cerca, Daniel Santos, el
Inquieto Anacobero,
gemía su propia versión del popular tema que el enamoradizo
compositor mexicano dedicaba a su esposa, María Félix, cuando
estaban reñidos:
“...Dile
que la quiero,
dile
que me muero de tanto esperar...
que
vuelva ya...
que
las rondas no son buenas,
que
hacen daño, que dan penas,
que
se acaba... por llorar...”
FIN
EL AUTOR
Yanko
Durán (Urbano
Antonio Durán,
Boconó,
Trujillo, Venezuela, 1950) es un
experimentado
escritor de Radio y Televisión desde 1975. Ha sido Productor,
Director y Guionista en los más importantes canales de televisión
venezolanos.
Es
autor de “Alucard,
Príncipe de la
Noche”,
“Testigo
de Cargo” y
“¿Quién
está dentro de Alicia?”,
entre otras muchas
obras
para TV, además de las exitosas series radiales: ¡Spectrum!,
Raza Bravía,
Tambores
de Sangre,
La Ladrona,
Únicamente Tú, Desesperado, Cimarrón,
Ciclo Terror, Su Novela de Misterio, La Historia de una Canción, La
Vida de las Canciones, y un largo etcétera.
Fue
Productor Ejecutivo y General de: ¿Cuánto
Vale el Show?,
Fantástico Internacional, Crecer con Papá,
El Show de Fantástico y
Juventud Fantástica,
y
Gerente
de Producción de la firma Sono-Star.
Además
del Meridiano
de Oro
, Musa
de
Oro,
Mara de Oro y
Tiuna de Oro como
profesional
de radio y televisión, Yanko Durán ganó el Primer Lugar como
Compositor
en
el V Festival de Música
Criolla
Ignacio
“Indio” Figueredo
(Caracas, 1975).
Ha
escrito
las novelas “Nous,
el
Hombre de Humo”;
“Los
Fantasmas
de
Paita”
(Reconstrucción
Histórica que
obtuvo
Mención
Especial
en el II
Certamen
de Novela corta Giralda,
en
Sevilla,
España); “El
Comisario
Infante y el Caso de la Occisa del Bar la Gladiola”;
“El
Salón de los Relatos”, “El
Asesino de la Posada del Pirata”
y “Eres
Mala y Traicionera” (Noches de Ronda, relato
ficcional de la llamada Revolución de Octubre venezolana); los
libros
de cuentos “Atavismos”,
“El
Mayordomo”
y
“Cuentario”;
el Poemario
“Alas
al Viento”;
los
dramas
teatrales
“La
Coronela”,
“Sume
y Siga” y
“Juegos
de Teatro”.
Yanko
Durán ha escrito cuentos y poemas para revistas y periódicos
diversas y tiene inéditos dos guiones de cine. Figura en varias
antologías modernas como Poeta y Cuentista.
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